Como en donde menos se piensa.....
Don Pedro y Don Alonso esperaban con impaciencia la hora de la cita con
Luisa, en la casa de la calle de la Celada.
Todo estaba dispuesto por ellos de la manera mas á propósito para
apoderarse de aquella muger, si la ocasion se presentaba favorable para
hacerla desaparecer.
Don Alonso no queria tener mas auxiliar en la empresa que á Teodoro, á
quien no conocia sino por su lealtad con Doña Beatriz, y su discrecion.
Teodoro tenia ya en toda forma su carta de libertad, otorgada por Doña
Beatriz; pero ni habia querido mostrarla, ni hacer uso de ella, como
hemos visto, con el solo objeto de seguir la pista á los que habian
causado la muerte del Oidor, y la desgracia de Doña Beatriz.
Sonaron las ocho de la noche en un inmenso reloj que habia en la sala en
que Don Pedro y Don Alonso esperaban, y los dos dirijieron
instintivamente la vista á la puerta por donde debia aparecer Luisa.
Teodoro habia recibido órden de ocultarse en el alféizar de una ventana,
cubierto por el cortinaje, y de no aparecer hasta que fuese llamado.
Era llegado el momento, y una silla de manos penetró en la casa de Don
Alonso conducida por dos robustos mocetones, y escoltada por otros dos
que llevaban luces para alumbrar el camino.
Los hombres con la silla llegaron hasta la antesala, y allí la colocaron
cuidadosamente en el suelo: uno de los escuderos, que era el Ahuizote,
abrió la portezuela y Luisa enlutada como en el dia anterior salió de la
silla.
Un lacayo esperaba ya en la antesala para anunciar á su amo la esperada
visita: el lacayo era un hombre de toda confianza para Don Alonso, que
habia tenido cuidado de alejar á todos los demas criados, para que nada
advirtiesen de lo que allí podia tener lugar.
--Anunciad á unos señores, que deben estar adentro--dijo Luisa al
lacayo--que aquí está la dama á quien aguardan.
El lacayo hizo una reverencia y entró.
--Es un hombre solo--dijo Luisa precipitadamente al Ahuizote--nadie mas
hay por aquí.
--Todo va bien, saldrá como lo habeis dispuesto.
El lacayo volvió.
--Señora--dijo á Luisa--podeis pasar--y abriendo la puerta se inclinó
respetuosamente, dejando pasar á la dama.
--Decid á mis criados que se retiren al pié de la escalera, á esperar
que se les llame--dijo Luisa al entrar; pero de manera que esta órden
fuese escuchada por los que estaban esperándola, y por los que la habian
traido y estaban en la antesala.
--Muy bien señora--contestó el lacayo cerrando la puerta por donde habia
entrado Luisa.
El hombre se volvia á dar á los conductores la órden de la señora,
cuando repentinamente todos ellos, sacando los puñales que traian
ocultos, se lanzaron sobre él y le rodearon.
--Si das un solo grito, eres muerto--dijo el Ahuizote.
--Pero, señores--contestó el lacayo temblando.
--Nada te haremos--agregó el Ahuizote--pero obedece, y en primer lugar
desnúdate de la librea; pero inmediatamente.
El lacayo sin replicar se desnudó.
--Ahora entra en esta silla.
El hombre obedeció, y la silla fué colocada en un rincon.
--Si haces el menor ruido mueres en el acto--dijo el Ahuizote--ahora tú
vístete esta librea--agregó dirijiéndose á uno de los que lo
acompañaban.--Con ella podrás esplorar sin temor de que por el traje
vayas á infundir sospechas.
Aquel otro hombre se vistió la librea, y en un momento quedó
trasformado.
--Ahora mira en los cuartos de aquí cerca si hay álguien.
El hombre salió con precaucion y volvió diciendo:
--Nadie.
--Bueno--dijo el Ahuizote--á cualquiera que venga, tú lo despedirás como
lacayo del señor Don Alonso: ahora á nuestros puestos.
Y todos se agruparon en la puerta á escuchar lo que pasaba adentro.
--¿Habeis traido con vos la escritura? decia dulcemente Don Pedro.
--Sí que la traje; pero antes prudente seria que hablásemos--contestó
Luisa--que al fin solos podemos considerarnos, porque Don Alonso está
tan interesado como vos en el asunto.
--¿Por qué decís eso? preguntó Don Alonso.
--Para esplicarlo, ¿me permitireis contaros una historia, que será corta
pero interesante?
--Hablad, señora--dijo Don Alonso--que en todas partes la belleza y el
talento tienen derecho mas de mandar que de pedir.
--Verdaderamente sois muy galan, pero escuchadme.
--Habia en una ciudad una hechicera que se llamaba, como vos querais
llamarla, supongamos la Sarmiento, y me ocurre este nombre porque he
oido mentar mucho en México á una que lleva este nombre: ¿vosotros la
conoceis?
--No, no--dijo mostrando indeferencia Don Alonso.
Don Pedro no se atrevió á contestar.
--Pues bien--continuó Luisa--eso no importa, pues esa muger tenia los
secretos de muchos y ricos señores de aquella ciudad: una vez supo ella
que una dama muy protectora suya, estaba en un muy grande trabajo,
porque un sugeto se negaba á cumplirla, una palabra que la habia
empeñado, y como él era poderoso y fuerte, y la dama débil y desvalida,
creía él que podria burlarla con solo querer. La hechicera fué á la casa
de la dama, y la dijo--Buena señora, sé lo que os pasa, y no os apeneis,
que vos me habeis hecho beneficios, y yo me precio de agradecida, tomad
este amuleto, y con él lograreis dominar la voluntad, no solo de vuestro
rebelde amigo, sino de un compañero suyo tan identificado con él en
suerte, que lo que á uno quepa, en virtud de este amuleto, cabrá tambien
al otro.
--¿Y qué amuleto fué ese?--preguntó Mejía, procurando disimular su
turbacion.
--El velo de una novicia, teñido con la sangre de un Oidor, que debia
haber sido su esposo.
Don Alonso y Don Pedro quedaron sombríos.
Teodoro se estremeció en su escondite, y Luisa con una terrible sangre
fria, continuó.
--Pues la hechicera esplicó á la dama como aquel velo, tinto con aquella
sangre, se habia comprado con dinero que los dos enemigos de la dama
habian prodigado, y le esplicó todas las circunstancias que habian
mediado para conseguirlo. Ahora que tal vez comprendereis la moral de mi
cuento, comenzaremos á tratar de nuestro negocio.
--Está bien--dijo Don Pedro tratando de sobreponerse á su
malestar--¿cuánto exijis por devolverme mi palabra de casamiento?
--¡Exijir! yo nada pido por ella, ni mi intencion ha sido nunca la de
venderla. Don Pedro, desde anoche he creido inútil esta conferencia,
porque no exijo mas sino que me contesteis si estais dispuesto á cumplir
vuestra palabra ó no, y yo no saldré de esta pregunta.
--Señora--dijo Don Alonso.
--Caballero, os suplico que á mí nada me digais; aconsejad á vuestro
amigo, en el concepto de que si se niega iremos ante los tribunales, y
podré referiros delante del alcalde, ó de la misma Audiencia, el cuento
de la Sarmiento con todos sus pormenores: ¿lo entendeis?
Luisa calló y los tres quedaron en silencio: de repente Don Pedro, con
una mal fingida alegría, esclamó:
--¡Luisa mía! habeis vencido; vuestro será mi nombre, como mia será
vuestra hermosura: dama de tal ingenio y tal belleza, digna es de un
monarca.
--Gracias á Dios--dijo hipócritamente Don Alonso.
--Al fin Don Pedro ¿reconoceis vuestra injusticia conmigo?
--Sí, Luisa mia, sí, venid á mis brazos, y séllese nuestro eterno amor.
Don Pedro estrechó entre sus brazos á Luisa dulcemente.
--Esposa mia, ¿en dónde está esa promesa? que ahora mas que nunca me
alegro de haber firmado, porque va á hacer mi felicidad.
--Aquí está esposo mio, aquí--dijo Luisa sacando de su seno un
pergamino--ingrato, que habeis hecho padecer tanto á mi corazon.
--Me arrepiento, me arrepiento de todo eso--dijo Don Pedro
verdaderamente contento, por tener en su mano el pergamino objeto de
tantas ansias--y en prueba de ello, mirad cómo voy á destruir esta
escritura para que veais que este matrimonio no mas que á mi amor lo
debeis.
--Lástima--decia candorosamente Luisa, mirando arder con gran dificultad
el pergamino en una bujía--lástima, ya se consumió todo, ¿y cuándo será
la boda?
--Ya veremos, ya veremos--contestó Mejía menos amoroso que antes.
--Es que yo quiero que sea muy pronto--insistió Luisa.
--No puede ser, tengo mil negocios que arreglar antes, y no podrá ser la
boda hasta dentro de un año.
--¿Un año? no, imposible, no me espero.
--Entonces no esperéis, haced lo que os plazca.
--Lo que me place es que sea en este mes, ó de lo contrario me
presentaré.
--Presentaos--dijo sonriéndose Mejía--y llevad á la Audiencia esas
cenizas, no dejarán de haceros caso.
--¿Conque para eso quisísteis la escritura?
--¿Os figurais que soy un niño, que habia de tenerla en mis manos y
habia de dejar que volviera á las vuestras, conociéndoos?
--¿Os figurais, vos, Don Pedro--dijo sonriéndose Luisa, que yo soy acaso
una niña, que conociéndoos á mi vez, os hubiera entregado la escritura?
--¿Qué decís?
--Lo que habeis oído, Don Pedro; ese pergamino que os he dado, y que vos
tan traidoramente habeis entregado al fuego, no era vuestra promesa de
matrimonio.
--¿Qué era, pues?
--Un pergamino cualquiera que traje a prevencion, porque suponia ya esta
jugada de parte vuestra.
--Pero eso es una traicion.
--¿Y cómo llamais á la vuestra?
--No, eso no puede ser cierto, el pergamino quemado era mi promesa, y
quereis espantarme, porque no os queda ya otro recurso.
--¿No lo creeis? Pues mirad vuestra promesa--dijo Luisa retirándose y
mostrando á Don Pedro el documento original, mirad.
--Luisa, habeis cometido una imprudencia enseñándome ese pergamino que
necesito quitaros, y que viva ó muerta os tengo de arrancar, porque lo
que es hoy, lo he jurado, que no saldreis de aquí con él, y vive Dios
que hombre es Don Pedro de Mejía para cumplir lo que una vez ofrece.
--Probad á quitármele--dijo Luisa.
Don Pedro y Don Alonso hicieron intencion de lanzarse sobre Luisa, pero
ésta dió un paso atrás y sacó de su seno un puñalito agudo y brillante.
--Si os atreveis á acercaros, sois muertos.
--Luisa, entregad ese documento--dijo Don Alonso--ó nos obligareis á
usar de la fuerza.
--¿Creeis que tendré miedo á los asesinos de Don Fernando de Quesada?
--Luisa--dijo Don Pedro.
--Teodoro--gritó Don Alonso.
--Entrad--dijo Luisa al mismo tiempo, dirigiéndose á la puerta.
Don Pedro y Don Alonso retrocedieron espantados, al ver entrar por la
puerta de la antesala á tres hombres con puñales.
[Illustration]
Luisa á su turno cobró valor y se dirigió sobre ellos.
--Don Pedro--dijo Luisa--ya veis que mal os ha..........
La palabra de Luisa se heló en sus labios. Teodoro mudo y sombrío con
los brazos cruzados les contemplaba.
Luisa se quedó enteramente turbada; muerto Don Manuel de la Sosa,
Teodoro era el único hombre que la conocia sobre la tierra.
Don Alonso observó el efecto que la presencia de su esclavo obraba en
Luísa, y sin meterse á averiguar la causa, quiso aprovecharse de él.
--Teodoro--le dijo--has que salgan esos hombres, y conduce á esta señora
allá dentro.
--Señor--contestó Teodoro--no seré yo el que sobre esta dama ponga mi
mano, á pesar de que mas que vosotros tenia yo el derecho de hacerlo.
Habia pronunciado Teodoro estas palabras con tanta dignidad, que Don
Alonso le miró espantado, sin creer casi que él hubiera sido.
--Es decir--le preguntó--que te revelas contra la voluntad de tu amo.
--Aquí, señor, ya no hay ni amo, ni esclavo, sois un caballero y mi
señor; pero yo soy libre por escritura otorgada por mi señora Doña
Beatriz de Rivera, ante el escribano Félix de Matoso Salavarría.
--Pero entonces ¿por qué no te has separado de mi servidumbre?
--Esperaba solo lo que he alcanzado á conseguir hoy.
--¿Y qué has conseguido?
--Saber quiénes son los culpables de la muerte de Don Fernando de
Quesada, y de la desgracia de mi ama Doña Beatriz.
--¿Con que tú me traicionabas?
--No señor, servia yo á mi bienhechora.
Don Pedro y Don Alonso se miraron entre sí.
--Luisa--dijo Teodoro--podeis retiraros si os parece mejor.
--Señor Don Pedro--esclamó Luisa--mañana enviaré á pediros por escrito
vuestra resolucion acerca de nuestro enlace, y vos me dareis por escrito
la que os pareciere mejor--y salió seguida de los que le acompañaban.
El lacayo preso en la silla de manos, dejó su lugar á la dama, y no se
atrevió ni á reclamar su librea.
Cuando la comitiva llegó á la casa de la Sarmiento, habia una persona de
mas. Era Teodoro que habia seguido á Luisa hasta las habitaciones de la
bruja.