En que se verá cuán cierto es aquello de que “nunca la prudencia es
miedo.”
Doña Blanca de Mejía vivia verdaderamente en un duro cautiverio, y sin
embargo su persona era objeto de profundas cavilaciones, por parte de su
hermano Don Pedro para obligarla á tomar el velo; por parte de Don
Alonso para obtener su amor y su mano, y en el fondo, ni el uno la
aborrecia de corazon, ni el otro la amaba; el interes movia tan solo á
aquellos dos hombres. Blanca sufria resignada como un ángel todas
aquellas persecuciones sin quejarse siquiera porque la única persona á
quien podia abrir su corazon era su madrina Doña Beatriz, y ésta habia
entrado al convento.
Doña Blanca se consumia sola con su infortunio, como se marchita con los
rayos del sol una flor en una playa arenosa.
Don Pedro solo contra ella se ensañaba, porque era el único obstáculo
que encontraba á su paso; pero para Don Alonso el obstáculo principal
era Don Pedro, y aunque mintiéndole amistad no pensaba sino en hacerle
desaparecer para dirijirse con mas franqueza á Doña Blanca.
La noche siguiente á los acontecimientos que referimos en el capítulo
anterior, á las ocho y media Don Alonso llegaba á la casa de Don Pedro,
seguido de Teodoro que llevaba un farol para alumbrar el camino á su
señor.
Doña Beatriz antes de profesar dió á Teodoro carta de libertad pero el
negro juró á su señora averiguar todo lo relativo á la muerte del Oidor,
y con su natural sagacidad comprendió que aquel golpe habia salido de
Don Pedro y Don Alonso, y conoció tambien que ganando la confianza de su
amo muy pronto se haria dueño de aquel secreto: en su interior habia
jurado vengar á Doña Beatriz y á Don Fernando, y Teodoro era hombre que
sabia cumplir sus juramentos.
Don Alonso entró á los aposentos de Don Pedro, y Teodoro apagó su farol
y se sentó en el corredor en la puerta de la antesala, no tenia ni con
quién platicar, porque como era de noche no habia allí mas visita que
Don Alonso, no habia tampoco ni lacayos ni esclavos esperando con
faroles á sus amos.
Comenzaba ya á dormirse cuando oyó pasos por la escalera y apareció una
dama encubierta con un escudero por detrás.
Aquella debia ser alguna aventurera.
Al llegar cerca de Teodoro, que procuraba ocultar su rostro y que se
fingió dormido, la dama dijo á su rodrigón.
--Debe de estar aquí álguien de visita, porque miro un esclavo
aguardando con un farol.
Teodoro sintió helarse su sangre, aquella voz era demasiado conocida
para él, era Luisa; ¿Luisa en la casa de Don Pedro de Mejía?
--Si quereis que pregunte á este esclavo--contestó el Ahuizote, que era
el que acompañaba á Luisa.
--Es inútil, me haré anunciar, y hablaré á solas con Don Pedro de Mejía.
Luisa entró, y el Ahuizote comenzó á pasearse por el corredor mirando
las plantas y los tibores de china, y el reverbero formado de pedacitos
de vidrio con mechero de aceite, que alumbraba la escalera, hasta que
cansado se sentó.
Teodoro se sentia devorado por la curiosidad; cualquiera cosa hubiera
dado por saber á qué venia Luisa, pero le era imposible.
Esperaba ver salir muy pronto á Don Alonso, pero no fué así; ni Luisa ni
Don Alonso salian, era una conferencia sin duda muy larga.
Nosotros mas felices que Teodoro vamos á ver lo que pasaba en el
interior de la casa de Don Pedro.
Luisa se dirigió á un lacayo y le dijo.
--Hacedme la gracia de decir á vuestro amo, que una dama desea hablarle
á solas.
El lacayo pensó prudente pasar inmediatamente el recado.
--¡Una dama!--dijo Don Pedro admirado.
--Sí señor--contestó el lacayo--cubierta y enlutada.
--Me retiro para dejaros en la mas completa libertad--dijo Don Alonso.
--Oh, de ninguna manera, que otra sala hay donde pueda hablar yo con esa
señora, y como me figuro que no será asunto muy largo....
--Entonces os esperaré.
--Que pase esa dama--dijo Don Pedro al lacayo--á la sala encarnada.
El lacayo hizo una reverencia, salió y condujo á Luisa á una sala cuyos
muebles estaban tapizados de damasco de seda encarnada.
Luisa quedó allí sola, pero á pocos momentos se presentó Don Pedro.
Luisa inclinó graciosamente la cabeza, levantándose un poco del sitial
para saludar á Don Pedro.
--Señora--le dijo galantemente Mejía porque el talle de aquella muger y
sus manos eran hechiceras, y al través del tupido punto de su velo se
adivinaba el brillo de sus ojos--permitidme que antes de preguntaros en
qué tendré la dicha de seros útil, me felicite por la fortuna de veer en
esta casa, dama que debe ser tan principal como bella.
--Don Pedro--dijo Luisa levantándose el velo--¿me conoceis?
--¡Luisa!--esclamó Mejía sorprendido.
--Sí, Luisa, á quien sin duda habiais olvidado ya.
--¿Olvidado? no, pero vuestra desaparicion.
--Segura ya de vuestro amor, quise huir de la imprudente solicitud de
tantos que llamándose amigos, no van á la casa de una viuda jóven y
hermosa, sino con la esperanza de tener parte en la herencia del
difunto.
--Bien, ¿pero sin avisarme? sin decirme siquiera adios?
--Para hacer una accion que es buena no es preciso avisar; deciros
adios, ¿y para qué, cuando tan poca pena tomásteis por mi ausencia? si
hubiérais querido, pronto me hubiérais encontrado.
--¿Pero en qué puedo ahora seros útil--dijo Mejía queriendo cortar
aquella conversacion, y saber definitivamente cuáles eran las
intenciones de Luisa?
--Vengo nada mas á preguntaros, ¿para cuándo habeis fijado el dia de
nuestra boda?
--¿De nuestra boda?--preguntó Mejía haciendo un gesto de disgusto--¿aun
insistís en eso?
--¿Que si aun insisto? pues qué olvidais que tengo una formal promesa
vuestra?
--¿Y si yo me resistiera á llevarla á efecto?
--No creo que lo hiciérais.
--Por qué, ¿no estoy en mi derecho?
--En ese caso yo me presentaria pidiendo justicia, y os obligarian á
casaros.
--O no, que mi obligacion no puede subsistir cuando habeis desaparecido
por tanto tiempo, sin saber yo á dónde habeis ido.
--Probaria yo que he estado en un convento.
--Bien, veremos quién obtiene la palma; os advierto, señora, que haré
uso de todo mi influjo.
--Admito el desafio, y os advierto á mi vez tambien, que será entonces
necesario que la Audiencia y el Santo Oficio sepan vuestras relaciones
con la bruja Sarmiento, y vuestro participio en el negocio de la muerte
de Don Fernando de Quesada.
--¿Qué decís?--esclamó espantado Mejía.
--Nada, os indicaba lo que pudiera descubrirse en el caso de que
tengamos que llegar hasta la justicia.
--¿Pero vos cómo sabeis?
--Yo sé mas de lo que podeis vos suponeros, y lo probaré.
--¡Luisa!
--Me retiro--dijo Luisa levantándose de su asiento.
--Esperad, esperad un momento, hablaremos.
--Decid, que es ya tarde.
--¿No habria una manera de que quedásemos en paz?
--Sí la hay, y muy fácil.
--¿Y cuál es? decidla.
--Casaos conmigo.
--¡Pero Luisa!
--No retrocedo.
--¿Habeis traido el documento que os otorgué?
--No, pero si quereis volver á verle convendreis en que no os deja
arbitrio, está puesto por un escribano.
--¿Quereis que aplacemos para mañana la conversacion?
--Sí.
--Pero no en esta casa.
--¿Pues en dónde?
--En la calle de la Celada, en la casa de Don Alonso de Rivera á las
ocho de la noche, ¿ó preferís que yo vaya á veros?
--No, iré á la casa de Don Alonso.
--¿Y llevareis el documento?
--Le llevaré.
--Estamos conformes.
--Adios--dijo Luisa levantándose y tendiendo la mano á Don Pedro--adios,
esposo mio.
--Todavía no, todavía no--contestó Don Pedro con galantería, besando la
mano de Luisa.
--Pero ya casi es seguro, hasta mañana.
Luisa se envolvió con su velo, y acompañada de Don Pedro atravesó en
silencio, pero magestuosa como una deidad, aquellas antesalas hasta
llegar á la escalera. Don Pedro le dió la mano para bajar y la dejó
hasta la puerta de la calle. Habia en él mas amabilidad que la que era
de esperarse.
Luisa salió á la calle seguida del Ahuizote, y Don Pedro volvió á subir
en busca de Don Alonso.
Teodoro observaba todo sin moverse.
--Don Pedro--dijo Rivera, al verle entrar.--Estais demudado.
--¡Ay amigo mio! es que puedo deciros que casi he visto al diablo.
--¿Cómo?
--Luisa acaba de llegar á reclamarme el cumplimiento de mi promesa de
matrimonio.
--¿Supongo que os habreis negado redondamente?
--No, porque esa muger es un enemigo terrible, y tiene armas poderosas.
--¿Y habeis cejado por temor?
--No Don Alonso, por prudencia. Oíd lo que ha pasado con ella.........
* * * * *
--Por mi fé que la cosa está mas séria de lo que yo creia, dijo Don
Alonso despues de escuchar la relacion de Don Pedro--y lo peor del caso
es, que segun se ve, esa muger sabe cuanto ha pasado y nos puede
envolver á los dos en la misma ruina.
--Así es en efecto--dijo Don Pedro--por eso es que ahora mas que nunca
debemos disponernos á combatirla.
--Quizá no haya, mas medio que condescender con ella, y despues mirar
como nos libramos de su presencia.
--Eso será para el último caso, mientras probaremos á vencerla, mañana
la he citado para vuestra, casa y me ha prometido llevar el documento:
si pudiéramos disponer las cosas de manera que nos apoderásemos de su
persona, le quitariamos ese documento y luego.........
--Pero, ¿suponeis que ella no sospecha ya que se trata de tenderle una
celada?
--No, nada sospecha, os lo aseguro.
--Entonces prepararé las cosas de manera que si hubiese necesidad del
rigor.........
--Eso es, eso es.........
--¿A qué hora es la cita?
--A las ocho de la noche.
--Os esperaré.
* * * * *
* * * * *
Luisa seguida siempre del Ahuizote llegó á la casa de la bruja.
--¿Qué tal?--dijo la Sarmiento al verles entrar.
--Así, así--contestó con indiferencia Luisa--me ha citado Don Pedro para
mañana en la noche, y espero que allí se arreglará todo.
--¿Para dónde os citó?
--Para la calle de la Celada, á las ocho, y me encargó que no deje de
llevar el documento.
--¿Y cumplireis?
--Cumpliré, aunque la cita en la calle de la Celada tiene traza de ser
una verdadera celada, pero tomaré mis precauciones.
--Y hareis perfectamente.
--Sí, que en todo caso no es miedo la prudencia, y nunca cuando se trata
con personas de esta clase.--Ahuizote te espero mañana á las oraciones,
y cuida de buscar tres ó cuatro compañeros de confianza, y bien armados
que vengan también contigo: puedes retirarte.
El Ahuizote saludó y se retiró.
--Ahora nosotras á descansar--dijo Luisa.
--A descansar--replicó la Sarmiento--que mañana será otro dia.