Otra vez con la Sarmiento.
El Bachiller Martin de Villavicencio, alias Garatuza, no pensó despues
de la muerte del Oidor, y cuando el Ahuizote le arrancó del lugar del
acontecimiento, sino en buscar un paraje seguro en donde escapar de las
garras de los alguaciles y corchetes, en caso de que algo se llegase á
descubrir, y ni á él ni al Ahuizote les ocurrió lugar mas á propósito,
que las cuevas de la Sarmiento, y para la casa de esta se dirigieron.
Verdaderamente el Bachiller ni sospechas tenia de quién habia sido el
hombre muerto por su mano; el Ahuizote no habia recibido de la Sarmiento
mas que instrucciones para llevar allí á Martin, y él tampoco podia
sacarle de dudas.
Cuando llegaron los dos á la casa de la bruja, esta tambien acababa de
llegar, tambien ella habia ido á presenciar la escena, y por eso Martin
escuchó su carcajada en el momento en que vió abrirse la casa de María.
--¿Qué andáis haciendo?--preguntó la bruja haciéndose de las nuevas.
--Señora Sarmiento--contestó Martin--acabo de matar á un hombre por
justos motivos, y témome mucho que la justicia dé sobre mí, si algo
sospecha, y vengo á pediros asilo.
--Lo tendréis, que ya esperaba yo que por eso vendriais de un día al
otro.
--¿Luego vos sabiais ya algo de María?
--Nada.
--¿Entonces?
--Sencillamente, porque en estos dias se han cumplido los cinco meses
que os anuncié que pasarian, para que un amigo vuestro muriese asesinado
por mano de un su amigo, ¿recordáis?
--¿Es decir que el hombre que yo he muerto?
--Es el Oidor Don Fernando de Quesada.
--¡Maldita sea mi suerte!--esclamó Martin, dándose una palmada en la
frente, y quedándose luego en una especie de estupor, que por largo
tiempo respetaron la bruja y el Ahuizote.
--Voy á denunciarme yo mismo--dijo de repente Martin, dirigiéndose á la
puerta.
--Si yo te lo consiento--contestó el Ahuizote apoyándose de espaldas en
la puerta cerrada, y tomando á Martin de los brazos.
--Quiere decir--preguntó Martin con una calma espantosa--que despues de
que tú me has señalado la víctima para herir, me impides vengarme de mí
mismo por crimen tan atroz.
--Yo no sabia de quién se trataba.
--Sí, tú lo sabias lo mismo que la Sarmiento que me ha dicho á quien yo
maté, cuando aun yo mismo lo ignoraba.
--Pero tú estás cierto de que ese hombre ha estado en la casa de tu
querida en altas horas de la noche, y yo no te llevé sino á desengañarte
de lo que tú me negabas.
--Ahuizote--dijo Martin con la misma calma que antes--¿me dejas salir ó
no?
--Martin--dijo la bruja--¿queréis que os dejemos salir, cuando estamos
ciertos de que vuestra denuncia nos conduce á mí á la hoguera y al
Ahuizote á la horca?
--No soy yo capaz de denunciar á nadie, y menos á vosotros, á quienes
estoy unido por los juramentos de la _Compañía negra_: voy á declararme
culpable yo solo; á que me juzguen y me castiguen á mí solo, porque no
puedo ya soportar la vida, tras lo que ha pasado.
--Pero eso es un suicidio, una locura que nosotros no podemos consentir
de ninguna manera.
--Por última vez, ¿me dejan el paso libre?
--No, no, y no--dijo en esta vez con resolucion el Ahuizote.
Garatuza se hizo un poco atrás y sacó su daga para lanzarse sobre el
Ahuizote; pero en el momento de alzar el brazo sintió que se lo tomaban
como entre dos tenazas de hierro, volvió el rostro, y era el sordo-mudo
Anselmo que durante la disputa habia venido acercándose á una señal de
la Sarmiento.
El Ahuizote le tomó los pies y la bruja la cabeza, y en un instante el
Bachiller quedó completamente sujeto y con una mordaza.
--Bachiller--le dijo la Sarmiento--tenemos que mirar por nosotros
mismos, estais loco, os perdeis y nos vais á perder á todos; ya os
entrará la calma y entonces agradecereis todo esto que por vos
hacemos--y luego agregó dirigiéndose al Ahuizote y haciendo una seña al
sordo--Al subterráneo.
Anselmo y el Ahuizote se acercaron al Bachiller y le tomaron entre los
dos, la vieja con un farol guiaba y descendieron así la escalera del
subterráneo, solo que esta vez, no siguieron de frente como habia visto
siempre Martin, sino que tomaron á la izquierda, y la bruja abrió una
puerta sumamente gruesa y pesada, y penetró á otra bóveda en la que
habia algunas camas y jergones en desorden.
La Sarmiento puso en el suelo la luz, arregló uno de aquellos lechos, y
allí colocaron á Martin sus conductores.
La bruja le quitó la mordaza que lo fatigaba, dejó la luz en el suelo y
salió seguida del Ahuizote.
El sordo-mudo se sentó sobre un cajon al lado de Martin y á poco comenzó
á dormitar.........
El Bachiller á pesar de sus ligaduras y de su desesperacion, llegó á
dormirse, y durmió mucho, pero á él le pareció un instante, porque al
abrir los ojos el mismo candil ardia puesto en el suelo y Anselmo
dormitaba en el mismo lugar, y sin embargo, habian pasado seis horas.
Martin estaba completamente calmado y comprendió que le habia ido mejor
con la agarrotada que le habian dado la bruja y el Ahuizote, que si se
hubiera ido á denunciar voluntariamente, y casi, casi, comenzó á
agradecérselos. Pero ya se sentia muy incómodo y deseaba que llegara la
Sarmiento.
Como aunque hubiera gritado mucho no habria logrado hacerse oir de
Anselmo, determinó esperar con paciencia hasta que él le viese, para
poder hacerle aunque fuese con la cabeza una seña.
Anselmo no se hizo esperar, volvió la vista, miró que Martin se movia, y
se levantó inmediatamente y salió.
El Bachiller quedó pensando qué iria á hacer el mudo.
A poco la puerta volvió á abrirse y se presentó la Sarmiento.
--Buenos dias, señor Bachiller--le dijo--¿qué tal os sentís?
--Bien, pero me incomodan mucho, me lastiman estas ligaduras.
--Os libraré de ellas si estáis ya mas calmado y no pensais en la locura
de iros á denunciar.
--De ninguna manera, que con un corto rato que he dormido, estoy
completamente variado.
--¡Eh, si habeis roncado como seis horas! ¿y llamáis á eso corto
rato?--esclamó la vieja comenzando á desatar á Martin.
--Seis horas--decia Martin, estendiendo los brazos con deleite, ¿pues
qué horas serán?
--Son como las siete de la mañana.
--¿Y tan oscuro?
--¿Olvidais que este es un subterráneo?
--Es cierto, y ¿podré salir de aquí?
--No, no me pareceria prudente hasta no saber lo que se dice en la
ciudad respecto á lo pasado anoche, y entonces ya podreis libremente
pasearos si la razón es buena, y largaros si es mala.
--Me parece muy bien, ¿sabeis que tengo hambre?
--Anselmo os traerá pronto el desayuno.
--Pero no vayais á mezclarle algunos de vuestros infernales menjurges.
--Si yo tuviera malas intenciones contra vos, ¿quién me impedia haberos
_despachado_ anoche, que os tenia entre mis manos como un corderito, y
que nadie os habia visto entrar? no seais desconfiado, ni insulteis de
esa manera á los buenos amigos.
Martin se desayunó con grande apetito.
En la tarde llegó el Ahuizote, contando la prision de la criada de
María, sin decir nada de esta, y refiriendo las activas pesquisas de la
justicia, y se acordó entre los tres que Martin seguiria escondido hasta
ver el resultado que tenian aquellas indagaciones.
Así se pasaron muchos días, sin atreverse el Bachiller á salir á la
calle, y viviendo en la casa de la Sarmiento.
Una madrugada oyó la bruja golpes repetidos en la puerta, y el corazón
le dió como ella decía, una vuelta; levantóse precipitadamente, y acudió
á abrir.
--Buenos dias--dijo entrándose bruscamente un joven, casi un niño,
hermoso y elegantemente vestido.
--Dios os guarde, niño--contestó la bruja prendada de la gallardía y
belleza del mancebo, que sin ceremonia tomaba asiento en uno de los
sitiales.
--Señora Sarmiento--dijo el adolescente, bajándose el embozo y acercando
á su rostro el candil encendido que tenia la bruja.
--Solo para serviros--dijo mas y mas admirada la Sarmiento.
--Miradme bien: ¿qué me advertís?
--Mas os miro, y no os conozco, y solo veo--dijo con cierta salamería la
bruja--un niño como un ángel.
--Poned mas cuidado--¿qué notais?
--¡Ah! ¡las orejas agujeradas!
--¿Entónces?
--¡Una dama!
El muchacho hizo una señal afirmativa con la cabeza. La bruja
reflexionó, mirándole con suma atencion, como si quisiera tener un
recuerdo de aquella fisonomía á fuerza de mirarla.
--¡Ah!--volvió á esclamar.
--¿Qué?
--Ya caigo--dijo acercándose y hablando muy bajo--La señora Doña Luisa.
--La misma--dijo Luisa.
--¿Pero á esta hora? ¿en ese traje?
--Las circunstancias lo exigian así, por ahora, necesito en primer lugar
que me deis posada esta noche y mañana durante todo el dia.
--Pero si.........
--No hay disculpa, que siempre te he pagado muy bien: en segundo lugar,
que para mañana en la noche me tengas preparadas saya y tocas negras de
viuda, y en tercer lugar, que mañana en la noche esté aquí el Ahuizote:
¿lo entiendes?
--Sí, Doña Luisa.
--Pagaré como de costumbre; comenzaremos por lo primero: ¿á dónde me
acuesto, que estoy sumamente cansada?
--Pues si os place, en mi mismo aposento, y en la cama que era de
María.
--¿Qué le sucedió á esa muchacha?
--Se huyó de aquí sin saberse con quién.
--Muy bien hizo.
--La trataba yo como cuerpo de rey.
--Pero no querria estar en casa, á donde tan de continuo visita el
diablo; vamos, despachad.
La bruja condujo á Luisa á su aposento y le mostró la cama que habia
sido de María.
Luisa se tendió en ella sin desnudarse, y poco después su respiración
dulce y tranquila indicaba que dormia.
Durante todo el dia siguiente el Bachiller, advertido por la Sarmiento,
no salió de su escondite.
Luisa llamó en la tarde á la bruja.
--Señora Sarmiento--la dijo--quisiera contar contigo para un negocio que
traigo entre manos.
--Decidme cuál.
--Soy viuda como tú sabes.
--Y demasiado.
--Bien, no te pregunto mas; quiero casarme por segunda vez, y he elegido
á Don Pedro de Mejía para mi esposo.
--Soberbio casamiento, ¿pero él querrá?
--Le obligarémos, pero fuerza es que tú me ayudes, y que por supuesto
cuentes con una magnífica recompensa.
--Haré de mi parte cuanto pueda.
Oyeme, tengo en mi poder una promesa formal de matrimonio, firmada por
Don Pedro.
--Oh, entonces sobra.
--No sobra, porque tengo que combatir con que Don Pedro está enamorado
de Doña Beatriz de Rivera, y que tal vez quiera meter pleito para anular
esa obligación y como es hombre tan rico, ¿quién sabe?
--Desechad esos temores porque Doña Beatriz de Rivera se ha metido á
monja desde la muerte del Oidor Don Fernando de Quesada.
--¡Muerto el Oidor! ¡Monja Beatriz!
--Estráñame que no sepais nada, cuando tanto ruido han hecho esos
acontecimientos en la ciudad.
--Desde la muerte de Sosa no he salido para nada de una quinta, cerca de
aquí.
--Entonces ignorareis también que Don Cesar de Villaclara, para quien me
pedisteis un elíxir, ha sido desterrado á Filipinas por haber dado una
terrible estocada á Don Alonso de Rivera.
--También lo ignoraba--dijo Luisa--sintiendo calmarse sus zelos por Doña
Blanca con la ausencia de Villaclara.
--Pues todo eso ha pasado, de manera que ya Doña Beatriz no es obstáculo
para vos en cuanto á que Don Pedro intente un pleito; no lo hará si le
amenazais con revelar la parte que tuvo en preparar el asesinato del
Oidor Quesada.
--¿Y qué parte fue esa?
--Os lo voy á referir para que os sirva de una arma, segura yo de que
nunca de esto hablareis á la justicia, por la parte que en ello me
pudiera tocar, y porque una vez presa yo por vuestra causa, me veria en
la necesidad de dar mi declaracion en todo lo relativo á la muerte de
vuestro marido Don Manuel de la Sosa.
--No temas, y háblame con franqueza.
La bruja entonces refirió á Luisa todo lo relativo á la muerte del
Oidor, sin ocultarle ni aun lo que el lector no sabe, que al otro dia de
la muerte de Don Fernando recibió una fuerte suma.