De cómo las brujas solian tener razon.
En una estancia pobre pero decentemente amueblada, y alumbrada por dos
bujías de cera, un hombre y una muger jóvenes ambos, y ambos hermosos,
se miraban amorosamente y de cuando en cuando unian con ardor sus
labios, pero en medio del mayor silencio.
El hombre vestia ropilla, gregüescos y capa corta de terciopelo envinado
y calzas de seda blancas; la jóven estaba lujosamente ataviada.
Tenia una especie de justillo sin mangas de rica tela de holanda blanca
con jaldetas y ajustado con un ancho cinturon de oro, una saya de seda
azul recamada con randas de oro, con mangas perdidas que llegaban casi
hasta la orla de la basquiña.
Sus negros y hermosos cabellos estaban sujetos por una escofieta de
infinitas y graciosas labores, encima de la cual tenia una redecilla de
seda del color del vestido, atada con una cinta de oro que cruzaba por
encima de su frente, y en la que bordada de seda encarnada se leía «amor
me da la vida.»
Sus pequeños piés estaban aprisionados en unos altos zapatitos de
tafilete, con las zuelas guarnecidas por fuera con una delicada varilla
de plata.
En su cuello ostentaba ricos collares de perlas, y en sus hermosos
brazos pulseras de oro, anchas, lisas y perfectamente bruñidas.
Aquella jóven era María, la muda de la casa de la Sarmiento, y el hombre
el Bachiller Don Martin de Villavicencio, nuestro antiguo conocido.
Cinco meses habian pasado desde los acontecimientos que referimos en el
capítulo anterior, y nosotros no podemos asegurar si María se enamoró de
Martin por los hechizos de la Sarmiento, ó lo que es mas seguro, porque
era él un buen mozo.
Lo indudable era, que la jóven se habia tomado todo el elíxir que la
bruja dió á Martin, pero todo junto y no en gotas: contaremos á nuestras
lectoras el lance para que ellas calculen si el tal elíxir tendria
alguna parte en el amor de la muda, porque entonces cosa seria de
ponerse á llorar por la pérdida de la receta, si el cronista de esta
verdadera historia no la hubiera conservado en su poder.
Martin comenzó á frecuentar la casa de la Sarmiento á pesar de su mala
nota, y procurando estar siempre cerca de María, se esforzaba por
comprender sus señas y darse él por su parte á entender.
María desde el principio le miró con cariño, y no huia de él como del
Ahuizote. Martin sostenia perfectamente su papel de hombre valiente, aun
en los momentos en que la muchacha sentada á su lado comenzaba á sacar
de sus jaulas sapos, culebras é iguanas para darles el alimento y
hacerles algunas caricias. Cuando alguno de estos animales se atrevia á
subirse por las manos ó las piernas del Bachiller, éste se estremecia á
su pesar; pero entonces María con una esquisita delicadeza tomaba aquel
animal con sus blandas manecitas, como si hubiera tomado un canario ó un
gorrion, y lo volvia á su jaula.
Sin embargo, á pesar de todo, Martin no habia llegado á declararse
porque aun no estaba perfectamente seguro de la seña que debia hacer en
ese caso, y temia ser ó demasiado corto, ó demasiado esplícito, y
determinó esperar.
No habia tenido oportunidad de probar el elíxir.
Una mañana llegó á la casa de la Sarmiento en los momentos en que María
estaba sola, y se preparaba á desayunarse.
Martin se sentó á su lado, pero de repente alguna cosa tuvo que hacer
María fuera y se paró. Martin creyó que era la oportunidad, sacó la
redoma y virtió dos gotas en el agua que debia tomar la jóven.
Pocos instantes despues entró María, y sin mostrar alteracion alguna en
su rostro se dirijió á Martin, que la dejaba hacer admirado de aquello,
y le sacó de la bolsa de los gregüescos la redomita del elíxir, la
destapó, virtió dentro del vaso su contenido hasta la última gota, y
luego con una sonrisa encantadora arrojó lejos el frasco vacío y apuró
el vaso de agua.
Martin la miraba espantado. María dejó el vaso sobre la mesa, sonriendo
siempre, y echando sus brazos al cuello de Martin, besó su boca.
El Bachiller lo comprendió todo.
María tomando el elíxir le probaba la charlataneria de la bruja, admitia
las gotas que el Bachiller habia vertido como una declaracion, y
correspondia ese amor con todo el ardor de su alma.
Ocho dias despues la jóven desapareció de la casa de la Sarmiento, y
quizá solo la bruja comprendió la causa pero á nadie dijo nada. El sordo
mudo hizo á la Sarmiento una seña que ésta contestó con otra, y no
volvió allí á darse otro indicio de que habia pasado tal acontecimiento.
Martin pasando aun la plaza de servidor del Arzobispo, tenia á la muda
en una casa que para ella habia tomado y la trataba perfectamente. El
amor no necesita de la palabra, aquellos dos jóvenes se entendian
perfectamente, y cada dia el Bachiller se sentia mas enamorado de María.
Para poder comprender los acontecimientos que van á tener lugar es
necesario poner al corriente á nuestros lectores de lo que habia
ocurrido en los cinco meses que hace que dejamos á nuestros personajes.
Los vecinos de la casa de la Plaza de las Escuelas atraidos por los
gritos que habian escuchado en el cuarto de la madre Cleofas, entraron á
ver lo que allí pasaba, y encontraron á Don Alonso de Rivera atravesado
de una estocada y á la beata con cuatro puñaladas, los dos desmayados en
un lago de sangre.
Nadie se atrevió á intervenir y la justicia con todo su aparato, vino en
auxilio de los vecinos, y los dos heridos fueron levantados.
A Don Alonso como caballero tan principal, se le condujo á su casa, y en
cuanto á la beata como era pobre, fué á dar á uno de los hospitales que
tenia entonces ya la ciudad de México.
La noticia circuló con la velocidad de la luz, y los menos maldicientes
atribuyeron aquello á Don Fernando de Quesada, de quien se sabia la
enemiga que tenia con Don Alonso, ya por el ruidoso asunto de la
fundacion del convento, ya por oponerse Rivera al casamiento de Doña
Beatriz con el Oidor.
Por una coincidencia notable, tan pronto como estuvo Don Alonso en
disposicion de declarar, se le interrogó por la justicia, y él se
obstinó en ocultar, dando con esto mayor pábulo á los comentarios del
vulgo.
La beata no estaba capaz de declarar, porque aunque dando esperanzas de
vida, quedaba en un estado tal de insensates, que nada se podia sacar de
ella.
La justicia se calló, y todo se pasó ya sin nuevas averiguaciones.
Don Fernando y Doña Beatriz determinaron suspender todas las diligencias
de su enlace, hasta el completo restablecimiento de Don Alonso.
Pero Don Alonso, como todos los hombres que tienen un enemigo, lo culpan
de todo mal que les acontece, porque encuentran cierto placer en
fomentar su encono, y justificar ante su conciencia la causa de su odio:
culpaba á Don Fernando de todas sus desgracias, y no meditaba mas que en
su venganza.
La única visita que tenia era Don Pedro, el menos á propósito para
calmar sus pasiones.
--Don Pedro--le decia una tarde el herido--no parece sino que Dios nos
ha dejado de su mano, segun la lluvia de males que ha caido sobre
nosotros.
--En efecto, que mas comprometida no puede ser nuestra situacion, aunque
creo que hay cosas que podrán tener eficaz remedio.
--Véngueme yo de Don Fernando y lo demás se remediará muy fácilmente.
--¿Creereis, Don Alonso, que yo he llegado á persuadirme de que es él la
causa de nuestros infortunios?
--Os lo he dicho, y me alegro de que hayais llegado á convenceros.
--Es necesario que deje de existir.
--Tal creo, pero la violencia de su muerte en estos momentos, á nadie
seria atribuida mas que á nosotros, porque clara es ya nuestra enemistad
con él.
--¿Entonces qué pensais?
--Ante todo es necesario impedir su boda con Doña Beatriz.
--¿Pero cómo, si veis que está ya depositada en palacio, aunque en clase
de dama de la vireina?
--Robémonosla.
--Robárnosla.
--Si, un rapto que aun en el caso de ser descubierto, poco importaria,
siendo como sois su hermano.
--Teneis razon, ¿y cómo haremos?
--Dejad eso á mi cargo, que solo necesito de vuestro consentimiento.
--Os le doy.
--Entonces desde este momento comienzo á trabajar, y ya vereis.
Y Don Pedro se separó de Rivera para comenzar á poner en planta su
proyecto.
En esa noche la Sarmiento oyó llamar á su puerta, y Don Pedro se
presentó á ella.
--Señora, buenas noches--dijo Don Pedro.
--Así se las dé Dios á su señoría--contestó la vieja.
--¿Os acordais de mí?
--Su señoría es mi amo Don Pedro de Mejía que.........
--Bien, vengo á proponeros un negocio.
--Mande su señoría.
--Podéis ganar en él mucho dinero.
--Dígame su señoría.
--Se trata de robarse una dama.........
--Yo no entiendo en esas cosas.........
--Ea, callad, se trata de robarse una dama que está depositada en
palacio para casarse.
--Ya, Doña Beatriz de Rivera.........
--La misma, ¿quién os lo dijo?
--Nadie, yo lo adivino.
--Bien, ojala tan astuta seais para lo que voy á confiaros; se trata de
robarse á Doña Beatriz.
--¿Para vos?
--No, para su hermano mismo.
--Es decir, quiere mi señor Don Alonso impedir á todo trance la boda.
--Cabalmente, y como Doña Beatriz no sale de palacio, es fuerza que vos
entreis allí y la hagais salir con algun engaño.
--Empresa dificil me encargais.
--Pagaré bien.
--Probaré á encontrar un arbitrio, volvod dentro de cuatro dias.
--Está bien, y pensad en que esto puede haceros rica.
--Descuidad.
Don Pedro salió, y la bruja se puso á meditar; á las diez de la noche
tomó un manto de lana negro, hizo una seña al sordo-mudo para que la
siguiese, y cerrando su casa se puso en marcha con direccion á las
calles del Factor.
El sordo-mudo llevaba un farolillo y seguia á la bruja, y así llegaron
hasta una casa que habia en la calle del Factor, á la que llamó la vieja
con mucha prudencia.
La puerta se abrió y la Sarmiento penetró en la sala en que hemos visto
á Martin y á María al comenzar este capítulo.
Los dos jóvenes estaban como les hemos descrito, sentados amorosamente
el uno al lado del otro.
La entrada de la Sarmiento fué para ambos una sorpresa. María se quedó
sentada, pero Martin se paró precipitadamente como para defenderla.
Era la primera vez que la bruja penetraba allí.
--Sosegaos, hijos mios--dijo la bruja--que no vengo á causaros ningun
mal, por el contrario, á veros, señor Bachiller, que puesto que os dí el
elíxir con la única condicion de que no me abandonarais á María, y la
habeis cumplido, nada os puede alarmar de mi parte.
--Teneis razon, que mal hice en alarmarme al veros, ¿qué teneis qué
mandarme?
--Hacedme favor de oir dos palabras á solas.
--Pasad por acá--dijo el Bachiller indicándole la puerta de otra
habitacion.
La Sarmiento y el Bachiller pasaron en tanto que los dos mudos
emprendian una acalorada conversacion.
--¿Aun estimais tanto á vuestro amigo el Oidor Quesada? preguntó la
bruja.
--Como siempre, que cada dia mas obligado le estoy á sus favores.
--¿Y él está siempre enamorado de Doña Beatriz de Rivera?
--Mas que nunca.
--Pues bien, de eso tengo que hablar con vos: ¿viene acá algunas veces?
--Nunca, no sabe que tengo aquí á María.
--¿Pero supongo que vos le vereis?
--Todos los dias.
--Entonces observad bien su conducta y vigilad por su vida, porque mas
amenazada está ahora que nunca: Doña Beatriz le es infiel.
--Imposible.
--Sois un niño y no conoceis á las mugeres: Doña Beatriz le es ya
infiel, yo os lo probaré mas adelante; por eso hay que cuidar mas á Don
Fernando: el hombre que galantea á Doña Beatriz, y que es correspondido,
mira al Oidor como un obstáculo del que es preciso deshacerse, para
libertar á Doña Beatriz de la palabra empeñada: ¿comprendeis esto?
--Sí; pero es imposible que Doña Beatriz.........
--¿Quereis convenceros mañana?
--Sí.
--Bien: á las once os espero en mi casa, y mirad si podeis llevarme
alguna prenda del Oidor, como una sortija, una cadena, para hacer un
conjuro y os diré mil cosas; sobre todo, si es prenda que haya
pertenecido tambien á ella.
--Iré y llevaré la prenda: ¿quién es el rival de Don Fernando?
--¿Guardareis el secreto, y nada direis al Oidor hasta que yo os lo
permita?
--Sí.
--Pues se llama Don Pedro de Mejía.
--¡Jesus!
--No hay que espantarse, que peores cosas hemos visto: «Dádivas ablandan
peñas,» y sobre todo--agregó la vieja con aire de burla--es un tonto el
que cree en la fidelidad de la muger.
--¿Qué quereis decir?
--Nada, ya lo sabreis mas tarde.
La bruja salió, se cubrió con su manton y se dirijió á su casa.
Martin quedó pensativo, preocupado y diciendo á cada momento.
--Con esto de Doña Beatriz tiene razón la Sarmiento: «es un tonto el que
cree en la fidelidad de las mugeres:» tiene razon. ¿Pero á qué me lo
diria á mí? ¿Acaso María?......... ¡Jesus, qué horor, ni pensarlo! Pero
en fin, la bruja tiene razon.