Donde el “diablo tira de la manta.”
Seis dias después de los acontecimientos que referimos en el capítulo
anterior, en el comercio circulaba la noticia de que Don Manuel de la
Sosa habia muerto de una manera estraña, y cada uno comentó la cosa á su
manera, y la honra de su viuda andaba en lenguas, buenas ó malas, y
todos acudian á la casa del difunto á dar el pésame á Luisa, que los
recibia con muestras de profundo pesar, cubierta con negras tocas, en un
lujoso aposento colgado de negro.
De los primeros en acudir allí, fué como era de suponerse, Don Pedro de
Mejía. Don Pedro amaba á Luisa y al saber que estaba viuda pensó en lo
que ella tantas veces le habia dicho, y creyó que á partir desde aquel
momento Luisa seria enteramente suya; pero Luisa no pensaba sino en Don
Cesar, y el amor y el orgullo ofendido de aquella muger, la hacian no
pensar sino en su venganza.
--Luisa--le dijo Don Pedro--ya sois libre.
--Y bien--contestó.
--Que ya nada se opone á que seais mia, no mas que mia.
--Don Pedro, aun el alma de Don Manuel vaga y pena tal vez por estos
lugares.
--Pero ¿no me dijísteis mil veces que me amabais, que solo esperabais
ser libre?
--Sí, pero.........
--¿Pero qué, Luisa?
--¿Me amais, Don Pedro?
--Mas que á mi vida.
--¿Estais dispuesto á hacer por mí cuanto yo os diga?
--Cuanto querais.
--Pues bien, casaos conmigo, soy libre y vos tambien.
Todo podia esperar Don Pedro, menos eso. La reputacion que Luisa tenia
en la ciudad no le habia impedido amarla, pero hacerla su muger era ya
otra cosa, y vaciló.
--¿Casarnos, y para qué? ¿nos hemos de amar mas por eso? ¿hemos acaso de
ser mas felices así?
--Pues de otra manera, nada alcanzareis de mí.
--Luisa, por Dios, no seais exigente.
--Lo quiero.
--Pero tan pronto.
--Si he de ser vuestra esposa, necesito por vos y por mí que sea pronto.
--Seria un escándalo.
--Mas lo será que sepan que soy vuestra querida, acabando de morir mi
esposo; además, entonces vuestros intereses serán los mios, y por vos y
por mí, os lo repito, conviene que el matrimonio se verifique
inmediatamente que pasen los primeros dias de luto, de esto depende la
salvacion de la mayor parte de vuestra fortuna.
--¿De mi fortuna? ¿qué quereis decir?
--Quiero deciros que he descubierto un secreto que os vale la mitad de
vuestra fortuna, y que solo os diré el dia en que me deis formal promesa
de casamiento.
--¿Y qué secreto es ese?
--Hacedme la promesa y os lo digo.
--Pero.........
--Mirad que os digo la verdad de Dios, dadme formal promesa de
casamiento y os doy el secreto, y si me decís que no os importa la mitad
de vuestro caudal, conforme estoy en que se rompa.
Don Pedro comenzaba á alarmarse sériamente; su gran vicio era la
avaricia, y la pérdida de la mitad de su caudal era para él negocio muy
grave.
Pensó en engañar á Luisa para arrancarle aquel secreto, estaban solos,
¿qué prueba tendria ella despues de aquella conversacion?
--Sí--dijo resueltamente--os doy mi palabra de casarme con vos tan
pronto como pasen los primeros dias del luto de vuestro esposo.
--Entonces--dijo solemnemente Luisa--firmad aquí.
Y sacó de su seno un pergamino en el que constaba una formal promesa de
matrimonio, á la que no faltaba mas requisito que la firma de Don Pedro.
--Eso no--dijo Don Pedro, retrocediendo como si hubiera visto un
escorpion.
--Lo que quiere decir, que quereis engañarme, ¿es verdad?
--Lo qué quiere decir, que basta mi palabra, y desconfiais de ella.
--Bien, no firmeis: entonces Don Pedro de Mejía, os quedareis sin la
muger que puede haceros tan feliz con su amor, y sin la mayor parte de
vuestro caudal, ¿lo dudais? os doy tres meses de plazo, entonces vereis
que Luisa tenia razon, y entonces, ¡ay de vos, que no habrá remedio!
--Firmaré--dijo Don Pedro espantado.
--Firmad--contestó Luisa, estendiendo el pergamino, al pié del cual Don
Pedro puso su nombre con mano trémula.
--Ahora el secreto--dijo limpiándose el sudor que brotaba de la raiz de
sus cabellos--El secreto.
--Oidlo--dijo Luisa doblando el pergamino y guardándolo en su seno, el
dia que vuestra hermana se case, tendreis que entregarle la mitad de
vuestro caudal, ¿es verdad?
--Sí, es cierto.
--Pues bien, vuestra hermana Doña Blanca, tiene un amante.
--Mentira--dijo Don Pedro, levantándose como impulsado por un resorte.
--Poco galante sois con vuestra esposa; pero os lo perdono por la
situacion en que os pone la noticia.
--¿Pero quién es ese amante, ¿cómo lo sabeis?
--Lo sé, porque los he sorprendido en una conversacion amorosa, porque
he procurado averiguarlo todo, porque á pesar de la resistencia que
oponeis para ser mí marido, yo velo por vos y por vuestros intereses,
para probaros cuánto ganais uniéndoos conmigo.
--Pero su nombre, señora, el nombre de ese hombre.
--Se llama, Don Cesar de Villaclara.
--¡Don Cesar! ¡Don Cesar! ¡ah! lo conozco, infame, pero no logrará lo
que desea.
--Don Cesar, sí, protegido por vuestra dama, por la madrina de Doña
Blanca, por Doña Beatriz de Rivera; he ahí, cómo mira por vos la que
queriais hacer vuestra esposa, abandonándome á mí.
--¿Por Doña Beatriz?
--Sí, por Doña Beatriz, y para que mas os agrade, de acuerdo con vuestro
afortunado rival el Oidor Don Fernando de Quesada.
--Pero esto es inícuo, Luisa, ¿y cómo sabeis todo eso?
--Y aun mas, os diré que debe andar en esto, cierta beata llamada
Cleofas.
--Es cierto, es cierto, la he visto en casa estos últimos dias con mucha
frecuencia.
--Lo veis.
--¿Pero en dónde habeis averiguado.........?
--Eso se lo diré á mi marido; por ahora creo que confesareis que os he
hecho un servicio tal, que á no ser por él, hubiérais sufrido un golpe
terrible, ¿os arrepentís de haber firmado?
--Nunca, Luisa, nunca, me habeis salvado, y sois digna de ser mi esposa.
Don Pedro tomó su sombrero y salió casi sin despedirse; la infernal
comedia inventada por Luisa, tenia todo el carácter de la verdad, y el
hombre habia sentido el golpe en el corazon.
Luisa se quedó sola, y sacó entonces el pergamino, lo volvió á leer, y
dijo con una sonrisa de orgullo:
--Ahora sí soy rica.
Luisa salió de aquella estancia, y pocos momentos despues una de las
puertas se abrió suavemente y asomó la cabeza de un hombre que paseó su
mirada inquieta por todas partes.
La estancia estaba desierta y el hombre aquel penetró con confianza en
ella; era Don Cárlos de Arellano: su fisonomía estaba descompuesta y
pálida, oprimia convulsivamente con su mano izquierda el puño de su
espada, y maltrataba con la derecha el sombrero que se habia quitado al
penetrar allí.
Se detuvo en la mitad de aquella sala, con la cabeza inclinada y como
meditando, y luego alzó su frente sacudiendo con cólera su cabellera.
--Con que es decir, Luisa, que me engañas, con que es decir que ese amor
de tantos años, y esos juramentos de tantos dias los olvidas por el vil
interes del dinero; vive Dios Luisa, que te engañas tú, si crees poder
convertirme en el torpe juguete de tus pasiones: me has dicho que eres
mia para siempre, y mia serás mal que te pese; lo veremos.
Y como armado de una violenta resolucion, se dirijió á una de las
pantallas que en el salon aquel habia, apartó la negra gaza que la
envolvia, y se puso tranquilamente á componerse los pliegues del fino
encaje de su gola, y de las mangas de su ropilla.
--En esta operacion le encontró Luisa.--Muy bien le dijo con una ternura
encantadora--muy bien, los galanes tan apuestos como Don Cárlos de
Arellano deben cuidar de su persona en cualquiera parte.
--Luisa mia--contestó Arellano imitando perfectamente el tono de
Luisa--cuando hay que presentarse ante una dama como vos, ningun
cuidado, ni ningun esmero son por demás; que ante la deidad los
adoradores deben llegar lo mejor que les sea posible.
--Adulador--dijo Luisa enlazando sus brazos al cuello de Arellano, y
colgándose en él con negligencia.
Arellano inclinó la cabeza y besó los ojos de Luisa.
--Os encuentro preocupado, Don Cárlos.
--Ilusion vuestra, que en verdad, jamás he estado mas tranquilo.
--¿De veras?
--Os lo aseguro.
--Pues entrad, hacedme compañía, es tan triste estar sola.
--Luisa, volveré si me lo permitis, que en estos momentos necesito ir al
palacio.
--Haced lo que os plazca mejor, ¿pero me dais vuestra palabra de volver
pronto?
--Es mi mayor anhelo.
--Entonces os doy licencia de salir, pero antes tomad--y estampó un beso
en los labios de Arellano.
Don Cárlos tiene algo--dijo cuando quedó sola--algo grave y que trata de
ocultarme; veremos si lo descubro.
Y saliendo violentamente dió órden á un lacayo de seguir á Arellano
hasta donde fuese, y volver con una exacta razon.
El lacayo volvió diciendo que Arellano habia entrado á su casa, y no
mas.
Él habia dicho á Luisa que iba á palacio, y esto no era cierto, las
sospechas de aquella muger comenzaban á tomar cuerpo: ¿tendria él otros
amores?
Luisa estuvo inquieta toda la tarde, tenia ya comprometida su boda con
Mejía, y sin embargo una falta de Arellano la preocupaba: era que
aquella muger amaba, sin ser correspondida á Don Cesar, y necesitaba
ahogar su pena con la disipacion.
En la noche Arellano llegó mas alegre que nunca y mas amable con Luisa,
y conversó con ella sobre cosas indiferentes, pero festivas, hasta que
la aguja de su reloj marcó las once.
--Hora es de retirarse--dijo.
--Esperad algo mas; estamos tan contentos.
--¿Sois feliz á mi lado, Luisa?
--Muchísimo.
--¿Y quisiérais no separaros de mí?
--Seria mi mayor ventura.
--Casaos conmigo.
--Que ocurrencia--dijo riéndose Luisa--¿y para qué? ¿No soy vuestra? ¿No
os amo? ¿No me amais vos?
--Es decir que no pensais casaros otra vez.
--Nunca: ¿perder mi libertad?
--¿Con nadie?
--Cuando no quiero con vos, suponed si estaré dispuesta á unirme con
otro.
--¿Ni con Don Pedro de Mejía?
--¡Vah! ¿Con Don Pedro de Mejía?--contestó Luisa, procurando mostrarse
completamente indiferente--¿con ese ogro?
--Pero ¿por qué no quereis concederme vuestra mano?
--¿Para qué? vuelvo á preguntaros.
--Es que los hombres que como yo amamos, quieren tener todas las
seguridades.........
--Pues buscad otras que no sean el matrimonio; le tengo una
aversion.........
--Bien; os comprendo, yo buscaré otro medio de estar mas seguro de
vuestro amor, y os respondo que ya lo he encontrado.
--¿Cuál es?
--Miradlo--dijo Arellano, llevando á sus labios un pequeño silbato de
oro que pendia de su cuello.
--¿Y qué es eso?
--Vereis que efecto tan rápido, y qué medio tan seguro.
El silbato produjo un sonido agudísimo, é inmediatamente una de las
puertas del aposento se abrió, penetrando por allí violentamente cuatro
hombres que se arrojaron sobre Luisa, y antes que ella hubiera podido
dar siquiera un grito, sus manos y sus piés estaban ligados con bandas
de seda, y en su boca habian colocado un pañuelo como una mordaza.
Don Cárlos se acercó á ella, y abriendo el justillo de su trage sacó de
allí el pergamino en que constaba la palabra de casamiento empeñada por
Don Pedro de Mejía.
--Luisa, mirad que he encontrado el medio, que aunque es algo violento
me lo perdonareis, porque las circunstancias me han obligado, ya lo
veis--dijo mostrando el pergamino--era necesario ganar con ventaja á
este Creso; de lo contrario estaba yo derrotado: vamos, señores, la
silla.
Dos de los hombres salieron, y volvieron á entrar conduciendo una lujosa
silla de manos, con cortinillas de seda que impedian ver el interior de
ella.
Luisa, incapaz de moverse ni de gritar, fué colocada adentro.
--Alumbrad, y vámonos--dijo Arellano.
Dos hombres alzaron la silla, y otros dos tomaron sus dos faroles que
habian dejado á prevencion en la puerta, y la comitiva se puso en marcha
seguida de Don Cárlos.
Los lacayos y los porteros estaban acostumbrados á ver salir en las
altas horas de la noche á su señora, acompañada de hombres casi siempre
desconocidos para ellos, y abrieron el zaguan sin decir nada y sin
estrañeza tampoco.
--La señora no volverá en la noche, dijo Arellano á los lacayos que
estaban en el portal de la casa--cerrad todas las puertas y apagad las
luces.
Y luego, embosándose en su capa echó á andar tras la silla de manos en
que llevaban á Luisa.
A poca distancia de la casa habia esperando un carruaje con seis mulas.
Los que conducian la silla se detuvieron. Luisa fué trasportada al
carruaje, Arellano subió con ella y el carruaje echó á andar por el
camino que conducia á Xochimilco.......
Don Pedro salió furioso de la casa de Luisa; nada le importaba la
obligacion que habia firmado; porque él se creia bastante poderoso para
no cumplirla, pero lo que allí habia descubierto era para él de suma
importancia.
Blanca tenia un amante, es decir, un enemigo de Don Pedro, y era
necesario impedir á toda costa aquella union.
Don Fernando y Doña Beatriz protegian aquellos amores, la muger en quien
él habia pensado para darle su nombre, y el hombre que le arrebataba
aquella muger.
Rugia en el corazon de Don Pedro una tempestad, y en aquel momento
comprendió su aislamiento: á pesar de su colosal fortuna advirtió
entonces que todo se lo habia dado la riqueza menos un amigo.
Don Alonso era quizá el que mas merecia este nombre entre sus conocidos,
y á él pensó D. Pedro dirigirse en aquellos instantes en que tenia tanto
que combatir y tanto que vencer.
En los momentos en que se acercaba á la casa de la calle de la Celada
advirtió que en frente del zaguan habia una carroza de palacio.
--¿Será--pensó--el virey en la casa de Don Alonso?
Se fué acercando, y vió descender la escalera á Doña Beatriz seguida de
una persona que parecia un alcalde de casa y corte, y de una de las
doncellas de la casa. Don Pedro se detuvo, y delante de él, inclinándole
apenas altivamente la cabeza, pasó Doña Beatriz acompañada del alcalde y
de la doncella, y subió á la carroza que partió luego.
Don Pedro subió con rapidez las escaleras y se encontró con Don Alonso
pálido y demudado.
--Don Pedro--dijo Don Alonso--el cielo sin duda os envía.
--¿Qué hay, pues?
--Doña Beatriz, á despecho mio, y de vos que me habeis pedido su mano,
se empeña en casarse con Don Fernando de Quesada.
--¿Es decir que ahora va?.........
--En depósito á la casa de la vireina.
--¿Y vos qué haceis?
--Yo os juro que el matrimonio no se efectuará, aunque se empeñara el
Arzobispo, y la Audiencia, y toda la jente de golilla de Nueva España.
--Os ha burlado Don Fernando por segunda vez.
--Pero os juro que le costará caro, ¿me ayudareis?
--Tanto mas, cuanto que necesito yo de vuestra ayuda para un caso igual.
--¿Cómo?--dijo Don Alonso inquieto.
--He descubierto que Doña Blanca mi hermana tiene un amante.
--¡Un amante!--esclamó Don Alonso, temiendo que se tratara de él.
--Un amante, sí, que se entiende con ella por medio de la beata Cleofas,
ya sabeis, la que os vendió en el negocio de la fundacion.
--Don Alonso creyó que todo se habia descubierto, y palideció
espantosamente. Mejía era un hombre cuya enemistad podia temerse.
--Pero ¿cómo sabeis?
--Vuestra hermana Doña Beatriz protejia estos amores, así como el Oidor.
Pero ¿quién es el amante?
--Vos sin duda lo conoceis.
--¿Yo? preguntó Don Alonso, resuelto ya á todo supuesto que todo estaba
descubierto.
--Sí, Don Cesar de Villaclara.
--¿Qué me decís?
--Lo que habeis oido: Don Cesar es el amante de Blanca. Luisa les ha
sorprendido en una conversacion amorosa.
--Esto es increible--pensaba Don Alonso--Beata de los infiernos, por
segunda vez me la pegas; pero yo me vengaré de tí.
--Y bien, ¿qué pensais?--dijo Mejía.
--Que dos hombres deben á toda costa desaparecer de la tierra, Don Cesar
de Villaclara y Don Fernando de Quesada: se interesa en ello nuestro
honor y nuestra felicidad.
--Soy de vuestra opinion; pero debe ser pronto.
--Sí, pronto, y será.
--Yo comienzo por impedir á Blanca toda comunicacion con las personas de
fuera.
--Muy bien; ¿y si ella muriera ó profesara?
--Yo soy el único heredero; el testamento de mi padre dispone que nos
heredemos mútuamente.
--Bien, entonces es necesario trabajar mucho; yo voy en busca de la
beata Cleofas para averiguar algo.
--Y yo á mi casa á encerrar á Doña Blanca.
Y cuando salieron á la calle, cada uno tomó su rumbo.
--Beata infame--murmuraba con cólera Don Alonso--venderme así otra vez,
pero aun tiene remedio todo, yo conozco á Don Cesar, él debe morir para
que no haya obstáculo á mi boda con Doña Blanca, y despues el caudal es
tan crecido, que es lástima que se divida; siendo mi esposa Doña Blanca
será muy bueno que muera Don Pedro, y así se habrá hecho verdaderamente
un buen negocio.
Don Alonso tocó en la puerta de la casa de Cleofas, y encontró á Don
Cesar hablando con la beata.
Don Alonso tiró del estoque, y Don Cesar tomando su sombrero, desenvainó
su espada, la vieja dando un chillido se precipitó entre los dos.
D. Alonso era valiente, y además aquel hombre era el primer obstáculo
para la realizacion de sus grandes planes: en un momento así no le
hubiera sido posible contenerse; la sangre subió á su rostro, y se
arrojó sobre Don Cesar.
Un momento despues Don Alonso caía atravesado de una estocada,
gritando:
--Confesion, confesion.
--Huid, D. Cesar--dijo la beata--huid, aun es tiempo, salid de la
ciudad; mirad que habeis muerto á D. Alonso de Rivera.
El jóven sin esperar mas salió de la casa.
--Cleofas, Cleofas--dijo el herido.
--Señorito--dijo Cleofas.
--Mira, acércate antes que pidas auxilio, óyeme un secreto por si
muriere.
--Decid.
--Arrodíllate aquí, acércate.
La beata se arrodilló.
--Me voy á morir--dijo Don Alonso--porque me siento muy mal herido, tú
tienes la culpa, por segunda vez me has burlado.
--Señorito--dijo la beata queriendo levantarse.
--Quieta ahí--dijo el herido sujetándola del cuello con la mano
izquierda, mientras con la derecha sacaba la daga.
--Cleofas, yo voy á morir, pero tú no quedarás sin castigo.
Brilló la hoja de la daga, se oyó un golpe seco, y la vieja lanzó un
gemido y cayó al lado de Don Alonso, que se incorporó y volvió á hundir
su daga en aquel cuerpo dos veces.
Luego, como agotado su espíritu con aquel esfuerzo, se dejó caer en
tierra, gritando:
--¡Socorro, socorro, confesion!
Cleofas estaba inmóbil en un charco de sangre.