II.

Donde el “diablo tira de la manta.”

Seis dias después de los acontecimientos que referimos en el capítulo

anterior, en el comercio circulaba la noticia de que Don Manuel de la

Sosa habia muerto de una manera estraña, y cada uno comentó la cosa á su

manera, y la honra de su viuda andaba en lenguas, buenas ó malas, y

todos acudian á la casa del difunto á dar el pésame á Luisa, que los

recibia con muestras de profundo pesar, cubierta con negras tocas, en un

lujoso aposento colgado de negro.

De los primeros en acudir allí, fué como era de suponerse, Don Pedro de

Mejía. Don Pedro amaba á Luisa y al saber que estaba viuda pensó en lo

que ella tantas veces le habia dicho, y creyó que á partir desde aquel

momento Luisa seria enteramente suya; pero Luisa no pensaba sino en Don

Cesar, y el amor y el orgullo ofendido de aquella muger, la hacian no

pensar sino en su venganza.

--Luisa--le dijo Don Pedro--ya sois libre.

--Y bien--contestó.

--Que ya nada se opone á que seais mia, no mas que mia.

--Don Pedro, aun el alma de Don Manuel vaga y pena tal vez por estos

lugares.

--Pero ¿no me dijísteis mil veces que me amabais, que solo esperabais

ser libre?

--Sí, pero.........

--¿Pero qué, Luisa?

--¿Me amais, Don Pedro?

--Mas que á mi vida.

--¿Estais dispuesto á hacer por mí cuanto yo os diga?

--Cuanto querais.

--Pues bien, casaos conmigo, soy libre y vos tambien.

Todo podia esperar Don Pedro, menos eso. La reputacion que Luisa tenia

en la ciudad no le habia impedido amarla, pero hacerla su muger era ya

otra cosa, y vaciló.

--¿Casarnos, y para qué? ¿nos hemos de amar mas por eso? ¿hemos acaso de

ser mas felices así?

--Pues de otra manera, nada alcanzareis de mí.

--Luisa, por Dios, no seais exigente.

--Lo quiero.

--Pero tan pronto.

--Si he de ser vuestra esposa, necesito por vos y por mí que sea pronto.

--Seria un escándalo.

--Mas lo será que sepan que soy vuestra querida, acabando de morir mi

esposo; además, entonces vuestros intereses serán los mios, y por vos y

por mí, os lo repito, conviene que el matrimonio se verifique

inmediatamente que pasen los primeros dias de luto, de esto depende la

salvacion de la mayor parte de vuestra fortuna.

--¿De mi fortuna? ¿qué quereis decir?

--Quiero deciros que he descubierto un secreto que os vale la mitad de

vuestra fortuna, y que solo os diré el dia en que me deis formal promesa

de casamiento.

--¿Y qué secreto es ese?

--Hacedme la promesa y os lo digo.

--Pero.........

--Mirad que os digo la verdad de Dios, dadme formal promesa de

casamiento y os doy el secreto, y si me decís que no os importa la mitad

de vuestro caudal, conforme estoy en que se rompa.

Don Pedro comenzaba á alarmarse sériamente; su gran vicio era la

avaricia, y la pérdida de la mitad de su caudal era para él negocio muy

grave.

Pensó en engañar á Luisa para arrancarle aquel secreto, estaban solos,

¿qué prueba tendria ella despues de aquella conversacion?

--Sí--dijo resueltamente--os doy mi palabra de casarme con vos tan

pronto como pasen los primeros dias del luto de vuestro esposo.

--Entonces--dijo solemnemente Luisa--firmad aquí.

Y sacó de su seno un pergamino en el que constaba una formal promesa de

matrimonio, á la que no faltaba mas requisito que la firma de Don Pedro.

--Eso no--dijo Don Pedro, retrocediendo como si hubiera visto un

escorpion.

--Lo que quiere decir, que quereis engañarme, ¿es verdad?

--Lo qué quiere decir, que basta mi palabra, y desconfiais de ella.

--Bien, no firmeis: entonces Don Pedro de Mejía, os quedareis sin la

muger que puede haceros tan feliz con su amor, y sin la mayor parte de

vuestro caudal, ¿lo dudais? os doy tres meses de plazo, entonces vereis

que Luisa tenia razon, y entonces, ¡ay de vos, que no habrá remedio!

--Firmaré--dijo Don Pedro espantado.

--Firmad--contestó Luisa, estendiendo el pergamino, al pié del cual Don

Pedro puso su nombre con mano trémula.

--Ahora el secreto--dijo limpiándose el sudor que brotaba de la raiz de

sus cabellos--El secreto.

--Oidlo--dijo Luisa doblando el pergamino y guardándolo en su seno, el

dia que vuestra hermana se case, tendreis que entregarle la mitad de

vuestro caudal, ¿es verdad?

--Sí, es cierto.

--Pues bien, vuestra hermana Doña Blanca, tiene un amante.

--Mentira--dijo Don Pedro, levantándose como impulsado por un resorte.

--Poco galante sois con vuestra esposa; pero os lo perdono por la

situacion en que os pone la noticia.

--¿Pero quién es ese amante, ¿cómo lo sabeis?

--Lo sé, porque los he sorprendido en una conversacion amorosa, porque

he procurado averiguarlo todo, porque á pesar de la resistencia que

oponeis para ser mí marido, yo velo por vos y por vuestros intereses,

para probaros cuánto ganais uniéndoos conmigo.

--Pero su nombre, señora, el nombre de ese hombre.

--Se llama, Don Cesar de Villaclara.

--¡Don Cesar! ¡Don Cesar! ¡ah! lo conozco, infame, pero no logrará lo

que desea.

--Don Cesar, sí, protegido por vuestra dama, por la madrina de Doña

Blanca, por Doña Beatriz de Rivera; he ahí, cómo mira por vos la que

queriais hacer vuestra esposa, abandonándome á mí.

--¿Por Doña Beatriz?

--Sí, por Doña Beatriz, y para que mas os agrade, de acuerdo con vuestro

afortunado rival el Oidor Don Fernando de Quesada.

--Pero esto es inícuo, Luisa, ¿y cómo sabeis todo eso?

--Y aun mas, os diré que debe andar en esto, cierta beata llamada

Cleofas.

--Es cierto, es cierto, la he visto en casa estos últimos dias con mucha

frecuencia.

--Lo veis.

--¿Pero en dónde habeis averiguado.........?

--Eso se lo diré á mi marido; por ahora creo que confesareis que os he

hecho un servicio tal, que á no ser por él, hubiérais sufrido un golpe

terrible, ¿os arrepentís de haber firmado?

--Nunca, Luisa, nunca, me habeis salvado, y sois digna de ser mi esposa.

Don Pedro tomó su sombrero y salió casi sin despedirse; la infernal

comedia inventada por Luisa, tenia todo el carácter de la verdad, y el

hombre habia sentido el golpe en el corazon.

Luisa se quedó sola, y sacó entonces el pergamino, lo volvió á leer, y

dijo con una sonrisa de orgullo:

--Ahora sí soy rica.

Luisa salió de aquella estancia, y pocos momentos despues una de las

puertas se abrió suavemente y asomó la cabeza de un hombre que paseó su

mirada inquieta por todas partes.

La estancia estaba desierta y el hombre aquel penetró con confianza en

ella; era Don Cárlos de Arellano: su fisonomía estaba descompuesta y

pálida, oprimia convulsivamente con su mano izquierda el puño de su

espada, y maltrataba con la derecha el sombrero que se habia quitado al

penetrar allí.

Se detuvo en la mitad de aquella sala, con la cabeza inclinada y como

meditando, y luego alzó su frente sacudiendo con cólera su cabellera.

--Con que es decir, Luisa, que me engañas, con que es decir que ese amor

de tantos años, y esos juramentos de tantos dias los olvidas por el vil

interes del dinero; vive Dios Luisa, que te engañas tú, si crees poder

convertirme en el torpe juguete de tus pasiones: me has dicho que eres

mia para siempre, y mia serás mal que te pese; lo veremos.

Y como armado de una violenta resolucion, se dirijió á una de las

pantallas que en el salon aquel habia, apartó la negra gaza que la

envolvia, y se puso tranquilamente á componerse los pliegues del fino

encaje de su gola, y de las mangas de su ropilla.

--En esta operacion le encontró Luisa.--Muy bien le dijo con una ternura

encantadora--muy bien, los galanes tan apuestos como Don Cárlos de

Arellano deben cuidar de su persona en cualquiera parte.

--Luisa mia--contestó Arellano imitando perfectamente el tono de

Luisa--cuando hay que presentarse ante una dama como vos, ningun

cuidado, ni ningun esmero son por demás; que ante la deidad los

adoradores deben llegar lo mejor que les sea posible.

--Adulador--dijo Luisa enlazando sus brazos al cuello de Arellano, y

colgándose en él con negligencia.

Arellano inclinó la cabeza y besó los ojos de Luisa.

--Os encuentro preocupado, Don Cárlos.

--Ilusion vuestra, que en verdad, jamás he estado mas tranquilo.

--¿De veras?

--Os lo aseguro.

--Pues entrad, hacedme compañía, es tan triste estar sola.

--Luisa, volveré si me lo permitis, que en estos momentos necesito ir al

palacio.

--Haced lo que os plazca mejor, ¿pero me dais vuestra palabra de volver

pronto?

--Es mi mayor anhelo.

--Entonces os doy licencia de salir, pero antes tomad--y estampó un beso

en los labios de Arellano.

Don Cárlos tiene algo--dijo cuando quedó sola--algo grave y que trata de

ocultarme; veremos si lo descubro.

Y saliendo violentamente dió órden á un lacayo de seguir á Arellano

hasta donde fuese, y volver con una exacta razon.

El lacayo volvió diciendo que Arellano habia entrado á su casa, y no

mas.

Él habia dicho á Luisa que iba á palacio, y esto no era cierto, las

sospechas de aquella muger comenzaban á tomar cuerpo: ¿tendria él otros

amores?

Luisa estuvo inquieta toda la tarde, tenia ya comprometida su boda con

Mejía, y sin embargo una falta de Arellano la preocupaba: era que

aquella muger amaba, sin ser correspondida á Don Cesar, y necesitaba

ahogar su pena con la disipacion.

En la noche Arellano llegó mas alegre que nunca y mas amable con Luisa,

y conversó con ella sobre cosas indiferentes, pero festivas, hasta que

la aguja de su reloj marcó las once.

--Hora es de retirarse--dijo.

--Esperad algo mas; estamos tan contentos.

--¿Sois feliz á mi lado, Luisa?

--Muchísimo.

--¿Y quisiérais no separaros de mí?

--Seria mi mayor ventura.

--Casaos conmigo.

--Que ocurrencia--dijo riéndose Luisa--¿y para qué? ¿No soy vuestra? ¿No

os amo? ¿No me amais vos?

--Es decir que no pensais casaros otra vez.

--Nunca: ¿perder mi libertad?

--¿Con nadie?

--Cuando no quiero con vos, suponed si estaré dispuesta á unirme con

otro.

--¿Ni con Don Pedro de Mejía?

--¡Vah! ¿Con Don Pedro de Mejía?--contestó Luisa, procurando mostrarse

completamente indiferente--¿con ese ogro?

--Pero ¿por qué no quereis concederme vuestra mano?

--¿Para qué? vuelvo á preguntaros.

--Es que los hombres que como yo amamos, quieren tener todas las

seguridades.........

--Pues buscad otras que no sean el matrimonio; le tengo una

aversion.........

--Bien; os comprendo, yo buscaré otro medio de estar mas seguro de

vuestro amor, y os respondo que ya lo he encontrado.

--¿Cuál es?

--Miradlo--dijo Arellano, llevando á sus labios un pequeño silbato de

oro que pendia de su cuello.

--¿Y qué es eso?

--Vereis que efecto tan rápido, y qué medio tan seguro.

El silbato produjo un sonido agudísimo, é inmediatamente una de las

puertas del aposento se abrió, penetrando por allí violentamente cuatro

hombres que se arrojaron sobre Luisa, y antes que ella hubiera podido

dar siquiera un grito, sus manos y sus piés estaban ligados con bandas

de seda, y en su boca habian colocado un pañuelo como una mordaza.

Don Cárlos se acercó á ella, y abriendo el justillo de su trage sacó de

allí el pergamino en que constaba la palabra de casamiento empeñada por

Don Pedro de Mejía.

--Luisa, mirad que he encontrado el medio, que aunque es algo violento

me lo perdonareis, porque las circunstancias me han obligado, ya lo

veis--dijo mostrando el pergamino--era necesario ganar con ventaja á

este Creso; de lo contrario estaba yo derrotado: vamos, señores, la

silla.

Dos de los hombres salieron, y volvieron á entrar conduciendo una lujosa

silla de manos, con cortinillas de seda que impedian ver el interior de

ella.

Luisa, incapaz de moverse ni de gritar, fué colocada adentro.

--Alumbrad, y vámonos--dijo Arellano.

Dos hombres alzaron la silla, y otros dos tomaron sus dos faroles que

habian dejado á prevencion en la puerta, y la comitiva se puso en marcha

seguida de Don Cárlos.

Los lacayos y los porteros estaban acostumbrados á ver salir en las

altas horas de la noche á su señora, acompañada de hombres casi siempre

desconocidos para ellos, y abrieron el zaguan sin decir nada y sin

estrañeza tampoco.

--La señora no volverá en la noche, dijo Arellano á los lacayos que

estaban en el portal de la casa--cerrad todas las puertas y apagad las

luces.

Y luego, embosándose en su capa echó á andar tras la silla de manos en

que llevaban á Luisa.

A poca distancia de la casa habia esperando un carruaje con seis mulas.

Los que conducian la silla se detuvieron. Luisa fué trasportada al

carruaje, Arellano subió con ella y el carruaje echó á andar por el

camino que conducia á Xochimilco.......

Don Pedro salió furioso de la casa de Luisa; nada le importaba la

obligacion que habia firmado; porque él se creia bastante poderoso para

no cumplirla, pero lo que allí habia descubierto era para él de suma

importancia.

Blanca tenia un amante, es decir, un enemigo de Don Pedro, y era

necesario impedir á toda costa aquella union.

Don Fernando y Doña Beatriz protegian aquellos amores, la muger en quien

él habia pensado para darle su nombre, y el hombre que le arrebataba

aquella muger.

Rugia en el corazon de Don Pedro una tempestad, y en aquel momento

comprendió su aislamiento: á pesar de su colosal fortuna advirtió

entonces que todo se lo habia dado la riqueza menos un amigo.

Don Alonso era quizá el que mas merecia este nombre entre sus conocidos,

y á él pensó D. Pedro dirigirse en aquellos instantes en que tenia tanto

que combatir y tanto que vencer.

En los momentos en que se acercaba á la casa de la calle de la Celada

advirtió que en frente del zaguan habia una carroza de palacio.

--¿Será--pensó--el virey en la casa de Don Alonso?

Se fué acercando, y vió descender la escalera á Doña Beatriz seguida de

una persona que parecia un alcalde de casa y corte, y de una de las

doncellas de la casa. Don Pedro se detuvo, y delante de él, inclinándole

apenas altivamente la cabeza, pasó Doña Beatriz acompañada del alcalde y

de la doncella, y subió á la carroza que partió luego.

Don Pedro subió con rapidez las escaleras y se encontró con Don Alonso

pálido y demudado.

--Don Pedro--dijo Don Alonso--el cielo sin duda os envía.

--¿Qué hay, pues?

--Doña Beatriz, á despecho mio, y de vos que me habeis pedido su mano,

se empeña en casarse con Don Fernando de Quesada.

--¿Es decir que ahora va?.........

--En depósito á la casa de la vireina.

--¿Y vos qué haceis?

--Yo os juro que el matrimonio no se efectuará, aunque se empeñara el

Arzobispo, y la Audiencia, y toda la jente de golilla de Nueva España.

--Os ha burlado Don Fernando por segunda vez.

--Pero os juro que le costará caro, ¿me ayudareis?

--Tanto mas, cuanto que necesito yo de vuestra ayuda para un caso igual.

--¿Cómo?--dijo Don Alonso inquieto.

--He descubierto que Doña Blanca mi hermana tiene un amante.

--¡Un amante!--esclamó Don Alonso, temiendo que se tratara de él.

--Un amante, sí, que se entiende con ella por medio de la beata Cleofas,

ya sabeis, la que os vendió en el negocio de la fundacion.

--Don Alonso creyó que todo se habia descubierto, y palideció

espantosamente. Mejía era un hombre cuya enemistad podia temerse.

--Pero ¿cómo sabeis?

--Vuestra hermana Doña Beatriz protejia estos amores, así como el Oidor.

Pero ¿quién es el amante?

--Vos sin duda lo conoceis.

--¿Yo? preguntó Don Alonso, resuelto ya á todo supuesto que todo estaba

descubierto.

--Sí, Don Cesar de Villaclara.

--¿Qué me decís?

--Lo que habeis oido: Don Cesar es el amante de Blanca. Luisa les ha

sorprendido en una conversacion amorosa.

--Esto es increible--pensaba Don Alonso--Beata de los infiernos, por

segunda vez me la pegas; pero yo me vengaré de tí.

--Y bien, ¿qué pensais?--dijo Mejía.

--Que dos hombres deben á toda costa desaparecer de la tierra, Don Cesar

de Villaclara y Don Fernando de Quesada: se interesa en ello nuestro

honor y nuestra felicidad.

--Soy de vuestra opinion; pero debe ser pronto.

--Sí, pronto, y será.

--Yo comienzo por impedir á Blanca toda comunicacion con las personas de

fuera.

--Muy bien; ¿y si ella muriera ó profesara?

--Yo soy el único heredero; el testamento de mi padre dispone que nos

heredemos mútuamente.

--Bien, entonces es necesario trabajar mucho; yo voy en busca de la

beata Cleofas para averiguar algo.

--Y yo á mi casa á encerrar á Doña Blanca.

Y cuando salieron á la calle, cada uno tomó su rumbo.

--Beata infame--murmuraba con cólera Don Alonso--venderme así otra vez,

pero aun tiene remedio todo, yo conozco á Don Cesar, él debe morir para

que no haya obstáculo á mi boda con Doña Blanca, y despues el caudal es

tan crecido, que es lástima que se divida; siendo mi esposa Doña Blanca

será muy bueno que muera Don Pedro, y así se habrá hecho verdaderamente

un buen negocio.

Don Alonso tocó en la puerta de la casa de Cleofas, y encontró á Don

Cesar hablando con la beata.

Don Alonso tiró del estoque, y Don Cesar tomando su sombrero, desenvainó

su espada, la vieja dando un chillido se precipitó entre los dos.

D. Alonso era valiente, y además aquel hombre era el primer obstáculo

para la realizacion de sus grandes planes: en un momento así no le

hubiera sido posible contenerse; la sangre subió á su rostro, y se

arrojó sobre Don Cesar.

Un momento despues Don Alonso caía atravesado de una estocada,

gritando:

--Confesion, confesion.

--Huid, D. Cesar--dijo la beata--huid, aun es tiempo, salid de la

ciudad; mirad que habeis muerto á D. Alonso de Rivera.

El jóven sin esperar mas salió de la casa.

--Cleofas, Cleofas--dijo el herido.

--Señorito--dijo Cleofas.

--Mira, acércate antes que pidas auxilio, óyeme un secreto por si

muriere.

--Decid.

--Arrodíllate aquí, acércate.

La beata se arrodilló.

--Me voy á morir--dijo Don Alonso--porque me siento muy mal herido, tú

tienes la culpa, por segunda vez me has burlado.

--Señorito--dijo la beata queriendo levantarse.

--Quieta ahí--dijo el herido sujetándola del cuello con la mano

izquierda, mientras con la derecha sacaba la daga.

--Cleofas, yo voy á morir, pero tú no quedarás sin castigo.

Brilló la hoja de la daga, se oyó un golpe seco, y la vieja lanzó un

gemido y cayó al lado de Don Alonso, que se incorporó y volvió á hundir

su daga en aquel cuerpo dos veces.

Luego, como agotado su espíritu con aquel esfuerzo, se dejó caer en

tierra, gritando:

--¡Socorro, socorro, confesion!

Cleofas estaba inmóbil en un charco de sangre.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 37 / 161 题