En que se ve que la Sarmiento sabia lo que entre manos traia.
Al dia siguiente Don Pedro de Mejía recibió un recado de la Sarmiento,
suplicándole que en esa noche no faltase á su casa á las oraciones; y en
efecto, al cerrar la noche Mejía llegó á la casa de la bruja.
--Habéisme enviado á llamar--dijo Mejía.
--Sí--contestó la bruja--porque para cumplir con lo que su señoría me ha
encargado, fuerza será que su señoría me ayude.
--¿Qué es lo que quereis de mí?
--Sencilla cosa: que esta noche á las once esteis aquí y me consulteis
el modo de deshaceros de Don Fernando, bajo el supuesto de que Doña
Beatriz os ha correspondido vuestro amor.
--Pero eso no es cierto.
--Lo conozco, por desgracia vuestra; pero supuesto que tratais de robar
á Doña Beatriz, y por consiguiente de deshaceros de los dos, no supongo
que os pareis en tan poco, como en representar una comedia.
--Lo que puede producirme grandes compromisos.
--Si teneis fe en mí, dejadme hacer y nada temais.
--Quiere decir que debo consultaros el modo de deshacerme del Oidor,
supuesto que Doña Beatriz no tiene mas impedimento para ser mia que su
compromiso con Don Fernando.
--Exactamente; pero sin dar á entender que hemos hablado nada de este
negocio.
--Ya se deja entender.
--Entonces retiraos, y venid á las once.
Mejía se alejó, y la vieja se quedó en espera de Martin, á quien habia
citado para aquella noche.
A las diez se presentó el Bachiller.
--Creí que no veniaís--dijo la vieja.
--¿Falto yo acaso á mi palabra nunca?--contestó Garatuza.
--¿Me habeis traido lo que os encargué?
--Sí, precisamente es una sortija que Don Fernando recibió de Doña
Beatriz.
--¿Él os la dió?
--No, yo logré estraerla sin que él lo conociera, al fin pronto volveré
á ponerla en su lugar.
--Dadme acá.
--Tomádla, y no vayais á perderla.
La Sarmiento tomó la sortija y la guardó en su seno.
--Ahora--dijo--lo primero que me queda que hacer, es probaros que Doña
Beatriz ama á otro, que engaña al Oidor, y que este es ya un obstáculo,
una carga para ella y para su nuevo amante; que tratan de deshacerse de
él como de Don Manuel de la Sosa, ¿os acordais? bien, venid y poneos en
asecho como lo habeis hecho otra vez, pero cuidad de no ir á cometer
alguna imprudencia.
--No.
La Sarmiento bajó con Martin al subterráneo, y le colocó en donde mismo
le habia ocultado para escuchar la consulta de Luisa.
A las once en punto Don Pedro de Mejía embozado en una ancha capa negra,
llamaba á la puerta de la casa de la Sarmiento.
Condújole la bruja al subterráneo y lo hizo sentar en un sillon de
manera que nada perdiese Martin de la conversacion que iba á tener lugar
allí.
--¿Con qué podria su señoría--dijo la Sarmiento--decirme á qué debo tan
alto honor?
--Trátase--contestó Don Pedro--de que me deis algo para deshacerme de un
hombre.
--¿Enemigo de usía?
--Así es en efecto, pero mas que enemigo, es un estorbo para mi
felicidad.
--Puede hablar usía con confianza y con franqueza, pues en estos casos
es necesaria.
--Bien, os diré toda con sus nombres y señales.
Podian oirse en estos momentos los latidos del corazon de Martin.
--Es el caso--dijo Don Pedro--que amo y soy correspondido de una hermosa
y principal señora que se llama Doña Beatriz de Rivera.
--¿Qué no es libre?--preguntó hipócritamente la bruja.
--Sí, y no, porque no es casada, pero tiene contraido compromiso de dar
su mano á un hombre á quien no ama, y es el Oidor Don Fernando de
Quesada, el cual ha llegado al estremo de llevar depositada á mi señora
Doña Beatriz á la casa de la vireina.
--Pues si no ama al hombre á quien prometió su mano, ¿por qué se la
prometió?
--¿Es preciso decíroslo?
--Sí.
--Entonces os diré que se la prometió.......... por..........--Mejía no
encontraba qué decir, porque no venia preparado para esta respuesta,
pero de repente se sintió como iluminado y agregó--se la prometió por
hacerle su aliado en cierto negocio de la fundacion de un convento, en
que Doña Beatriz tenia un capricho de esos que solo las mugeres suelen
tener.
--¿Pero ella no le ama ya?
--Bah, nunca le ha amado.
--¿Y á usía?
--Como á su vida.
--¿Y quereis ambos.........?
--Apartar el obstáculo á cualquier precio.
--¿Estais decididos?
--A todo.
--Bien, tome usía estos polvos, compre á un criado de la casa de Don
Fernando que los haga tomar á su amo, y estareis libre de él.
--¿De veras?--dijo con alegría Don Pedro, que se habia poseido de su
papel hasta olvidar que todo era una comedia preparada por la bruja.
--Como estar aquí usía.
Mejía recibió los polvos de la bruja, y salió del subterráneo alumbrado
por ella.
Al llegar á la puerta de la calle la Sarmiento, dijo á Don Pedro.
--Tirad esos, y no hagais uso de ellos.
--Es decir.........
--Es decir que me habeis prometido dejarme obrar.........
--Pero.........
--Tened un poco de paciencia, tirad los polvos y guardad el mas profundo
silencio, de cuanto aquí ha pasado.
--Bien, ¿pero hasta cuándo?
--Cuatro dias os puse de plazo, y vá uno.
La Sarmiento cerró la puerta, y volvió á buscar al Bachiller.
Martin estaba horriblemente pálido.
--¿Qué direis ahora? preguntó sonriéndose la bruja.
--Digo que sois una muger infame.
--¿Porque os he descubierto este secreto?
--No, sino porque habeis dado un veneno para Don Fernando, que es mi
amigo.
--Si es ese vuestro cuidado, podeis estar tranquilo, que soy mejor amiga
vuestra que lo que parece: los polvos que le he dado á Don Pedro no
harán mas daño al amigo vuestro, si á tomarlos llega, que á vos que no
los probareis: son polvos de pan.
--¿Es verdad eso?
--Ya lo vereis, y supongo que ya tendreis completa seguridad en cuanto
os diga, con lo que habeis oido y presenciado en esta noche.
--¡No me hableis de eso!
--Por el contrario, de ello tengo que hablaros: ¿qué pensais de Doña
Beatriz?
--Pienso que todo eso es increible.
--¿Persistís aún en vuestra duda?
--No; pero os aseguro que hay para volverse loco un hombre: ella que me
hablaba de él con tanta pasion.........
--Porque sabia que vos íbais á referírselo á él.
--Pero ella lo salvó de la muerte una noche.........
--Es verdad; pero debe haber sido por no perder el aliado en el negocio
de la fundacion del convento: ¿á que no le salva hoy?
--Quizá sean calumnias de Don Pedro.
--Y ¿á qué venia habérmelas dicho á mí, cuando se creia solo conmigo, y
podia simple y sencillamente haberme pedido un tósigo para libertarse de
un enemigo?
--Teneis razon--dijo Martin pensativo--¿quién lo creyera de Doña
Beatriz?
--¿Quién? cualquiera que no tuviera como vos, ideas tan absurdas
respecto de las mugeres.
--¿Realmente creeis que no debe fiarse de ninguna muger?--preguntó
Martin.
--Si he de contestar la verdad, de ninguna.
--¿Ni de María?--dijo apasionadamente el Bachiller.
La Sarmiento en vez de contestar lanzó una burlona carcajada.
--¿Qué quereis decir con eso?--esclamó Martin con furor, tomando con
violencia una de las manos de la bruja.
--Vamos--dijo con enfado la bruja--veo que abusais de mi amistad.
Bastante hago por vos, cuidad vos un poco mas de María, si quereis que
no se rian de vos, y dejadme.
--Pero.........
--Harto os he dicho, dejadme.
Martin hizo ademan de salirse.
--Oidme, Bachiller--dijo la Sarmiento--no digais al Oidor nada de Don
Pedro de Mejía, porque seria precipitar las cosas: yo os pondré al tanto
de todo lo que ocurra, para aprovechar una ocasion.
--Muy bien: ¿y cuándo vuelvo?
--Mañana á la oracion.
--¿Nada puedo decir al Oidor?
--Si quereis, indicadle que Doña Beatriz le engaña, para que él procure
averiguar; pero ni le hableis de Don Pedro, ni le digais de donde
hubísteis la noticia: una imprudencia puede costaros á vos y á ellos muy
caro.
--Decís bien, hasta mañana.
--Felices noches.
Y Martin se retiró pensativo por lo que habia oido decir á Don Pedro, y
con el veneno de los zelos en el corazon, por lo que le habia dado á
entender la Sarmiento.
Martin estaba apasionado, era susceptible; creia haber encontrado una
joya en María, y la menor sospecha le volvia feroz; era capaz de haber
matado en aquel momento á cualquier hombre que le hubieran indicado como
rival suyo, y á medida que se alejaba mas de la casa de la Sarmiento,
oía mas clara la burlona carcajada de la bruja, y el furor hervia en su
pecho.
Cuando llegó á la casa de la calle del Factor, María le esperaba
risueña; pero Martin estaba sombrío, y la pobre criatura se puso triste.