De cómo dentro de un templo, y junto á la pileta de la agua bendita
puede un hombre sentirse hechizado.
DON Cesar llegó al templo de Jesus María antes de las diez, y se colocó
cerca de la entrada, seguro de que todas las damas llegarian allí á
tomar agua bendita.
En efecto, á pocos momentos Blanca entró á la iglesia.
Comenzaba á tener grande amistad con Sor Inés de la Cruz, porque el plan
que Luisa habia indicado á Don Pedro de Mejía, era tan sabio, que no
podia menos de surtir sus efectos; solo que Luisa no habia contado con
el amor de Blanca por Don Cesar.
Cuando un hombre ó una muger han encontrado por casualidad aunque sea, á
una persona por quien conciban una pasion violenta en alguna calle ó en
algun lugar público, propenden siempre á volver á ese lugar, porque
piensan encontrar allí al objeto de su amor.
Esto era lo que pasaba á Doña Blanca, y por eso volvia al templo de
Jesus María, á pesar de que no tenia allí cita con Don Cesar. Al verle
palideció y se turbó: estaba ella segura de que la beata le habria
llevado ya la respuesta á la carta que suponia haber recibido de él.
Don Cesar por su parte creía que la dama con quien habia hablado la
noche anterior era Blanca.
Los dos creían haberse entendido, y en realidad no habia mediado entre
ambos mas que el amor adivinado.
Don Cesar ofreció á Blanca el agua bendita en la punta de sus dedos, y
le dijo muy bajo:
--¿Me amais?
--Sí--contestó Blanca con una voz apenas perceptible; pero que sin
embargo, fué oida lo mismo que la pregunta por otra persona que entraba
al templo en aquel momento; por Luisa.
Luisa sintió el fuego de los celos, se soñaba tan feliz, habia llegado
tan llena de ilusiones, que aquel desengaño era para ella terrible.
La pasion la cegó, y acercándose á Don Cesar le dijo con un acento
trémulo por la ira, procurando no ser oida por los fieles que estaban
entrando al templo:
--Mal caballero sois, Don Cesar.
Don Cesar se volvió espantado para mirar quién le dirijía aquel insulto,
y vió á Luisa encendida por el furor, y mas hermosa que nunca.
--¿Por qué señora?--preguntó mas admirado al ver que clase de persona
era la que le insultaba.
--¿Cumplis así los juramentos que me hicisteis anoche?
--¡Anoche! ¿Juramentos á vos, señora?
--Sí, anoche, en las rejas de mi casa.
--No comprendo.
--Lugar es este en que no podemos esplicarnos; salid:
--Pero, señora.
--Os lo ruega una dama..........
--Pues salgamos.
Y Don Cesar salió de la iglesia siguiendo á Luisa, con no poco escándalo
de los fieles que lo advirtieron, y que conocian á la dama.
--Afectais aún no comprenderme--dijo Luisa cuando estuvieron en la
calle.
--Por mi fé de caballero que no os comprendo, señora.
--¡Ah, Don Cesar! Mal hace una dama en fiar su honra á persona que no
conoce.
--Señora, me insultais sin yo merecerlo.
--¿No lo mereceis? Y os miro requiriendo de amores á una dama, cuando
anoche en mi reja me habeis jurado amor y fidelidad.
--¿Yo?
--Sí, y lo negais mal caballero, precisando á una señora como yo, á
recordaros favores que en mala hora se os han concedido, ¿no me habeis
dicho anoche que no érais sino mio? ¿No os he puesto en el dedo esa
sortija que me jurásteis no apartar de vos nunca? ¿No habeis puesto
vuestros labios en mi mano?
--¿Conque érais vos?--preguntó espantado Don Cesar.
--Era ella--dijo detrás de Don Cesar una voz--era ella, ella que yo
mismo os he conducido.
Don Cesar volvióse á ver quién le hablaba, y reconoció al Ahuizote:
Entonces comenzó á comprender.
--Señora, anoche he creido hablar con esa dama á quien ahora ofrecia el
agua en el momento en que vos entrábais al templo.
--¿Conque es decir que no me amais? ¿Qué he sido un juguete para vos?
¿Un chasco? ¿Conque á quien vos amais es á esa Doña Blanca? Decidme, ¿á
ella es á quién amais?
Don Cesar estuvo silencioso.
--Pero yo me vengaré, me vengaré de vos, y de ella; ¡ah! no sabeis lo
que habeis hecho, no lo comprendeís todavía: me vengaré, me vengaré de
ella, de ella y de vos, que os habeis burlado de mí.
Don Cesar era al fin jóven, y Luisa por demas hermosa, y á él no le
hubiera pesado que los amores hubieran seguido adelante.
--Pero, señora--se atrevió á decir--si vos me amais, si tan bella sois,
qué impide que siga yo amandoos, que al fin con esa dama aun no tengo
nada, y vos podeis perdonarme lo que por mi culpa no ha sido.
--¡Perdonaros, seguiros amando! nunca, ya no os amo: haced cuenta Don
Cesar que no me habeis conocido.
Y diciendo esto se separó de Don Cesar y se entró en su carruaje que la
esperaba á poca distancia.
La beata Cleofas que, como de costumbre, estaba en el atrio de la
iglesia habia escuchado la despedida de Luisa, y como ella conocia á Don
Cesar y le estaba agradecida por su limosna, se interesaba ya por él.
--¡Pobre jóven!--pensaba Cleofas--qué triste se ha quedado con el enojo
de su amada; pero en fin, ella se contentará que así son las mugeres; y
si no se contenta, mejor, porque es un escándalo á Dios que una señora
casada, como Doña Luisa, ande en galanteos.
Don Cesar se habia quedado pensativo y sin saber qué hacer, y permaneció
así inmóbil como un cuarto de hora: le parecia todo un sueño, creia
sériamente que estaba hechizado.
La cita con Luisa la comprendia perfectamente; pero la turbacion y el
rubor de Blanca, y aquel «sí» tan dulce, tan espresivo, esto era lo que
él por mas que hacia no podia llegar á entender.
Doña Blanca advirtió como otras varias personas, que Don Cesar despues
de hablar con Luisa, habia salido con ella del templo; pero aunque
sintió su salida, no malició que se trataba de amores.
La misa terminó; Don Cesar no volvia, y Blanca salió de la iglesia.
La primera persona con quien se encontró fué con la beata, y se dirijió
á hablarla.
--Le he visto--le dijo.
--¿A quién?--preguntó la beata.
--Cómo á quién, á él.
--¿A él? Si no ha venido.
--Sí, que ha venido, y me ha hablado.
--No lo creais.
--Miradle, allí está--dijo Blanca, señalando á Don Cesar.
--No le veo--contestó la beata, creyendo que trataba de Don Alonso de
Rivera.
--Allí está parado, miradle, ahora vuelve el rostro.
--Estais equivocada: ese es Don Cesar de Villaclara.
--¿Pues no es el que os dió para mí el billete ayer?--preguntó espantada
Blanca.
--Ni pensarlo, que fué Don Alonso de Rivera; este es Don Cesar de
Villaclara, el amante de Doña Luisa, con quien acabo de oirle departir
de amores en este momento.
--¡Jesus me ampare!--esclamó Doña Blanca, poniéndose pálida y vacilando.
--¡Ave María Purísima!--dijo la beata, sosteniéndola, esta niña se pone
mala--Doña Mencia, Doña Mencia.
La dueña llegó corriendo, los curiosos rodearon á Blanca, que comenzó á
volver en sí.
--¿Qué ha sido eso, qué ha sido eso?--decia la beata.
--Nada, nada, contestó Blanca, reventando por llorar.
--Cómo nada, y estais pálida como un difunto.
--Ha sido un desmayo, pero ya pasó, vamos Doña Mencia que me siento muy
débil.
La beata y la dueña sosteniendo á Blanca la llevaron hasta su carroza, y
la ayudaban á subir cuando llegó Don Cesar.
--¿Me permitireis que os ayude á subir?--dijo.
--Caballero--contestó Blanca con indignacion--no sé con qué derecho os
atreveis.........
--Señora, yo creia--murmuró Don Cesar.
--Hacedme la gracia de retiraros.
Don Cesar se retiró, y el carruaje partió lijero.
El jóven tenia aún esperanza de ver asomarse por la portezuela el rostro
de Blanca, pero nada.
--¿Qué tiene esa señora?--preguntó á la beata.
--Lo ignoro--contestó Cleofas.
--¿La conoceis vos?
--Y bien.
--Decidme, ¿pudiera yo hablar con vos á solas?
--¿De qué negocio?
--De uno que pudiera conveniros.
--Esta tarde á las cuatro, en la casa del Santo Entierro, en la plaza de
las Escuelas.
--¿Cómo os llamais?
--Cleofas, humilde sierva de nuestro Padre San Francisco.
--Iré, pero esperadme.
--Id, y me vereis.
--Hasta la tarde.
--Que Dios os guié.