Don Cesar de Villaclara.
Un jóven como de veinticinco años, pero que representaba indudablemente
menos edad, ricamente vestido y seguido de dos escuderos, montado en un
soberbio caballo negro de raza andaluza, enjaezado con una silla de
corte y con arreos adornados de hebillas y botones de oro, atravesaba
por una de las calles de la Alameda.
Al llegar á la puerta de San Hipólito un hombre que venia á pié se
dirijió á él cortesmente y con el sombrero en la mano. El jóven detuvo
su caballo.
--¿Sois por ventura,--dijo el de á pié--Don Cesar de Villaclara?
--El mismo--contestó el jóven.
--Entonces quisiera deciros algo en secreto.
--¿A dónde iremos para que me hableis?
--Aquí, que no es asunto largo; mandad solo alejar á vuestros lacayos.
Don Cesar hizo una seña á los lacayos, y se retiraron.
--Podeis hablar.
--Pues oídme.--Don Cesar se inclinó sobre el arzon hasta estar cerca del
hombre que le hablaba.
--Una dama principal, jóven, hermosa y rica, tiene por vos un gran amor,
que ella no me ha autorizado para deciros, pero que yo os lo declaro
porque creo en esto daros placer.
--¿Y quién es?
--No me exijais tanto; id mañana á Jesus María á la misa de diez, podeis
allí adivinarla.
--¿Pero entre tantas?
--No son muchas las que hay tan bellas y tan principales; además, su
amor os la denunciará, poned gran cuidado y mañana en la tarde venid si
quereis, que en este mismo lugar os espero á las cinco: puedo seros muy
útil, porque tengo entrada libre en su casa.
--Pero.........
--Nada mas os puedo decir: id con Dios.
--¿Cómo os llamais? Al menos.........
--Mañana si encontrais á la dama, y os place, lo sabreis.
Y el hombre dejando á Don Cesar admirado, se internó en el bosquecillo
que formaban los árboles de la Alameda.
Seguiremos á este hombre, que no es ni mas ni menos, que el Ahuizote,
hasta la casa de Don Manuel de la Sosa.
Luisa leía y Don Manuel dormia profundamente.
--Buenas tardes--dijo el Ahuizote.
--¿Ah, eres tú?--contestó Luisa dejando el libro.
--Sí señora, y tengo una cosa que deciros.
--Ven, pues, por aca, que aunque Don Manuel duerme, pudiera despertar é
interrumpirnos.
--Es negocio breve--dijo el Ahuizote, siguiendo á Luisa á otra
estancia--acabo de hablar á Don Cesar.
--¿A Don Cesar?--dijo Luisa poniéndose encendida.--¿Le hablaste? ¿Qué le
dijiste? ¿Qué te dijo? ¿Cómo estuvo eso?
--En el paseo iba á caballo, yo venia, y pensé para mí esta es la
ocasion, y lo detuve--¿sois Don Cesar?--le pregunté--sí--me
contestó--pues una dama tiene amor por vos; id á buscarla mañana en misa
de diez á Jesus María: al verla la conocereis, y os espero en la tarde
aquí á las cinco--muy bien, me dijo--y nos separamos.
--Pero supongo que ni le dijiste mi nombre, ni que ibas de mi parte.
--¿Por quién me habeis tomado? Pruebas y bien claras teneis de mi
discrecion.
--Es verdad.
--Bueno, ya yo dí el primer paso: ahora vos ved como os aprovechais: id
mañana á Jesus María lo mas hermosa que podais, y que él os vea; yo me
encargo de lo que siga.
--Eres muy hábil--contestó Luisa--y te debo una gala, toma--y desprendió
de su cuello una gruesa cadena de oro, que el Ahuizote sin la menor
ceremonia se plantó.
Luisa estaba emocionada en aquel momento porque habia llegado para ella
el tiempo de amar, y amaba con toda la fuerza de su alma á Don Cesar,
con quien no habia logrado, hasta entonces, tener relaciones de ninguna
clase.
En toda la noche Luisa no pensó sino en la cita del dia siguiente, y
apenas durmió.
En otra parte tambien una muger velaba: era Doña Blanca que preocupada
con la hipócrita relacion de la beata, no podia alejar de su imaginacion
al hombre que Cleofas le habia delineado, pero al que ella le daba el
colorido mas poético y la figura mas romancesca.
En honor de la verdad, ni el nombre de Don Alonso de Rivera cruzó por la
mente de Doña Blanca: ella conocia á Don Alonso, y era en él en quien
menos hubiera pensado la jóven para fijar su amor.
Al dia siguiente muy temprano, Don Pedro de Mejía entró á los aposentos
de Doña Blanca.
--Perdonadme, Doña Blanca, que tan temprano os incomode--dijo Don Pedro
con una amabilidad inusitada en él.
Blanca lo estrañó, pero tuvo mucho gusto con aquel cambio que estaba tan
lejos de esperar.
--Podeis mandar--contestó--que bien sabeis que me place obedeceros.
--Pues escuchadme. Dias hace que ando pensando cuán mal hice, ayudando á
Don Alonso de Rivera en los obstáculos que puso á la fundacion del nuevo
convento.
--Gracias á Dios que pensais así.
--Y esto á pesar de que yo veia el particular empeño que en esa
fundacion tenia vuestra madrina, mi señora Doña Beatriz, con quien
sabeis que tengo designio de casarme, ¿os agradaria?
--Sí, hermano mio.
--Pues bien, hablaremos de eso mas adelante; por ahora os acabaré de
decir á lo que mi visita viene.
--Decid, que os escucho.
--He pensado, pues tan clara ha sido la voluntad del Señor, para que se
lleve á efecto la fundacion del convento de Santa Teresa, que para
descargo de mi conciencia necesito hacer algo por mi parte, en auxilio
de tan santo fin.
--Muy cambiado os miro.
--Así es en efecto, y no creo sino que Dios con su infinita misericordia
ha tocado mi corazon; pero necesito que vos seais mi intercesora, quiero
hacer una donacion en reales al nuevo monasterio.
--Cuánto placer me dais en eso, y cuánto recibirá mi madrina.
--Pero es necesario que esta donacion seais vos la que la presenteis.
--¿Y por qué no vos?
--Porque despues de lo ocurrido, no me pareceria digno hacerlo con el
Arzobispo ni con el Oidor, y seria mas prudente y mejor que lo hiciérais
vos en mi nombre, á la madre Sor Inés de la Cruz, que es, ó al menos se
considera hasta hoy, como la fundadora: además, que no me conviene por
la amistad que me une con Don Alonso, y por el deseo natural de que no
se oponga á mis proyectos de enlace con Doña Beatriz, que él se entere
de que yo protejo al convento de Santa Teresa. ¿Quereis, pues, ayudarme?
--Con mucho placer.
--Entonces, tomad, aquí está una escritura de dos mil pesos, y
entregadla en mi nombre á Sor Inés de la Cruz, encargándole la reserva.
--Haré cuanto me decís, y hoy mismo, y en esta misma mañana voy á
vestirme y á llamar á las dueñas que me acompañen.
--Y yo voy á mandar que enganchen una carroza.
Doña Blanca, alegre por la conversacion de su hermano, entró á vestirse
para ir al convento, y Mejía contento por el giro que tomaban las cosas,
salió á dar órden de que dispusiesen una carroza.
A las diez de la mañana llegaba á la puerta de la iglesia de Jesus María
Don César de Villaclara, en busca de su hermosa desconocida. Luisa se
habia adelantado, y estaba ya dentro del templo.
Don Cesar se detuvo en la puerta mirando curiosamente á todas las damas
que entraban, pero ninguna se turbaba, ni le parecia capaz de merecer
los elogios del hombre de la Alameda: por fin, se decidió á penetrar en
el templo, pero en los momentos de entrar, oyó el ruido de una carroza.
Quizá será ella--pensó y se detuvo--pero para no llamar la atencion se
volvió buscando á alguien para fingir negocio, y junto á sí observó á
una beata de hábito de San Francisco, que era nada menos que la Cleofas.
La carroza se acercaba.
--Madre--dijo Don Cesar--perdonadme que os detenga, pero si no lo tomais
á mal os preguntaré si podré yo sin ofenderos, ofreceros una limosna que
cada mes me he impuesto por devocion dar.
--La humildad que debo imitar de mi Padre San Francisco, me obligaria á
aceptar vuestra limosna.
--Entonces tomadla--dijo Don Cesar--dando á la señora Cleofas un puñado
de monedas.
--Dios y mi Padre San Francisco os premiarán; ¿cómo os llamais?
En este momento habia llegado la carroza y bajaba de ella Doña Blanca
radiante de hermosura. Don Cesar la vió y su corazon se agitó con
violencia: ¿seria la muger que esperaba? esto hubiera sido su mayor
felicidad; fijó sus ojos ardientes en Blanca, y dijo con marcada
intencion y en voz alta:
--Me llamo Don Cesar de Villaclara.
Doña Blanca miró á Don Cesar hablando con Cleofas, y pensó
inmediatamente que aquel era el hombre que la amaba.
Don Cesar correspondia al ideal que Blanca se habia formado escuchando á
la beata.
Habia pronunciado su nombre con marcada intencion, y además, le habia
simpatizado á primera vista. Luego era él.
Lógica de enamorados.
Con estas reflexiones, Blanca se turbó, se puso encendida y pisó la orla
de su vestido al entrar al templo.
Nada de esto se escapó á la penetracion de Don Cesar; dejó á la beata,
entró al templo detrás de Blanca, y se colocó de manera que pudiese
verla.
Durante la misa Blanca levantó dos ó tres veces los ojos, y Don Cesar la
miraba siempre: la jóven no pudo entender ese dia las oraciones de su
devocionario. Estaba enamorada.
Luisa vió entrar á Don Cesar y tosió y se movió, y procuró llamar su
atencion; él la miró, pero como buscaba un lugar para ver á Blanca, se
perdió entre la muchedumbre que llenaba el templo.
Al terminarse la misa los tres se volvieron á ver.
Luisa no se retiró completamente satisfecha.
Doña Blanca subió á su carroza, profundamente preocupada.
Don Cesar, contento, orgulloso, satisfecho, tomó el camino de su casa,
anhelando la llegada de la tarde para hablar con el hombre de la
Alameda.
Doña Blanca llegó á su aposento, y aunque habia dado órden de que no
dejaran entrar á la beata, preguntó por tres veces si no habia venido, y
cada vez que la decian que no, sentia una sensacion estraña de disgusto
y de satisfaccion, que no sabia cómo esplicarse ella misma.
Cuando dieron las cinco de la tarde, el Ahuizote, que habia estado en
espera de Don Cesar, lo vió aparecer caballero sobre un arrogante
alazan, y buscando inquieto por todas partes.
--Aquí estoy--le dijo presentándosele.
--Os buscaba con impaciencia.
--¿Vísteis á la dama?
--Sí, que la ví, y mi corazon ha quedado prisionero, es tan hermosa, que
daria mi vida por besar siquiera la orla de su vestido.
--Pronto os encendeis, ¿pero no la habreis equivocado?
--¿Puede esa muger confundirse con otra? ¿puede equivocarse mi corazon?
no, ella era, yo lo siento, lo adivino, apenas me vió se puso encendida
como las amapolas de nuestros lagos, se turbó visiblemente, y durante la
misa me miró varias veces á pesar de la gente y el respeto del lugar.
¡Oh! decidme su nombre, decídmelo, por Dios, cuanto querais pedidme,
pero ayudadme á conseguir su amor.
--Os diré solo que se llama Luisa.
--Luisa, oh, qué nombre tan dulce, Luisa, Luisa mia, ¿y su condicion?
--No, hasta que ella no me lo permita, no os lo diré.
--¿Pero cómo volveré á verla, cuándo?
--Ella os ama, es lo que debe consolaros, le diré que vos la amáis, y
quizá muy pronto os lleve adonde verla podais en vuestros brazos.
--Me hareis el mas feliz de los mortales: decidla que la amo, que la
adoro, que desde el punto feliz en que la he visto, no puedo ser mas que
para ella.
--Mañana venid á este mismo lugar.
--¿De veras? ¿y cómo os llamáis?
--Juan Correa--dijo el Ahuizote.
--Pues bien; Correa, guardad este recuerdo de mi gratitud--Y Don Cesar
desprendió de sus dedos un rica tumbaga.
--Gracias--dijo el Ahuizote--no lo hacia yo por tanto.
--Pues hasta mañana á esta hora, aquí.
--Aquí.
Y Don Cesar, como todo hombre que va á caballo y recibe una buena
noticia, sintió la necesidad de andar aprisa, y comenzó á galopar.
--Yo no entiendo bien esto, decia el Ahuizote, Doña Luisa me cuenta que
el galan apenas le hizo caso, y él viene tan entusiasmado como nunca me
lo hubiera yo figurado, es sin duda, que como las mugeres enamoradas son
tan exigentes, ella queria que él hubiera hecho mil locuras; lo cierto
de todo esto es, que ella me ha regalado una cadena y él una tumbaga, y
apenas comenzamos.................
* * * * *
Doña Blanca siguió muy preocupada en la tarde, y cerca de las oraciones
oyó en la pieza anterior á la suya, un ligero altercado.
--¿Qué hay?--preguntó.
--La beata--contestó Doña Mencia--empeñada en entrar.
--Dejadla que pase--dijo Blanca, poniéndose encendida.
--Santas y buenas tardes--dijo Cleofas entrando.
--Así se las dé Dios--contestó Doña Mencia.
--Siéntese vd. madre--agregó Blanca.
Cleofas se sentó y comenzó á platicar de cosas indiferentes, pero la
dueña no se salia, y Doña Blanca tenia miedo de quedarse sola con la
beata.
Por fin, la beata arresgó una indirecta.
--Hoy ví al enfermo de que os hablé ayer.
Entonces Blanca se puso pálida, y se agachó para ocultar su turbacion.
--¿Y qué dice?--preguntó tímidamente.
--Cada dia peor.
--Pobrecito.
--¿Quién es?--preguntó Doña Mencia.
--Un viejecito ciego--contestó Doña Blanca.
La beata pensó--esto va muy bien--y luego agregó recio--¿Hija mia, no os
dá lástima?
--Y tanto que ya deseo que sane.
--Se lo diré así.
--No, ¿para qué?
--Siempre es un consuelo.
--Entonces, si creeis que es un consuelo, decídselo.
--Qué contento se va á poner.
--Pero no dejeis de venir á darme razon de cómo se encuentra.
--No faltaré.
La beata, impaciente por referir sus adelantos á Don Alonso, se despidió
pronto, y Doña Blanca quedó como arrepentida de lo que habia dicho, pero
el recuerdo del jóven que habia visto con la señora Cleofas y que era
para ella su amante, le volvia el valor.
--Pronto cambiásteis, Señora, de resolucion con la beata--dijo Doña
Mencia.
--Es que toda la noche pensé en el pobre enfermo de que me habló ayer, y
tanto me condolió su situacion, como me cayó en gracia la caridad de la
señora Cleofas.
--Es una muger muy virtuosa, ¡quién cómo ella!--esclamó hipócritamente
Doña Mencia.