De la conversacion que tuvieron Don Pedro de Mejía y Don Alonso de
Rivera, y de lo que resultó en ella.
--Sabeis, señor Don Pedro, que el Arzobispo se ha burlado grandemente de
nosotros--decia Don Alonso de Rivera á su amigo Don Pedro de Mejía,
paseándose con él en uno de los salones de la casa de la calle de
Ixtapalapa.
--Por mi vida, que no hubiera sido así, si no cuenta con el auxilio de
Don Fernando de Quesada.
--Tirol fué asaz desgraciado, pero supongo que no habreis echado en
olvido nuestros planes.
--Empeñado mas que antes estoy en ellos, que D. Fernando es sin duda el
mayor obstáculo que se opone á mi proyectada boda con mi señora Doña
Beatriz, vuestra hermana.
--De grado ó por fuerza, preciso será quitárnosle de enmedio, que aun
cuando vos no pretendiéseis la mano de Doña Beatriz, mal pudiera yo
querer en mi familia hombre que tanto mal me ha hecho.
--Sin él en esta tierra, y con mi hermana Doña Blanca en un convento, os
aseguro que seria yo el mas feliz de los hombres.
--Quitar de enmedio á Don Fernando, paréceme mas fácil que conseguir la
profesion de vuestra hermana.
--Si vos me respondiérais de lo primero, me encargaria yo de lo segundo.
--¿Y es cierto, perdonad mi indiscrecion que si vuestra hermana se
casara, llevaria la mitad de vuestro caudal?
--Cierto es Don Alonso, que á vos que tan cercano pariente mio debeis
ser, no quiero ocultar nada por mas que para evitar tentaciones, lo haya
tenido esto siempre como un secreto, asegurando que Doña Blanca no tiene
sino el necesario dote para profesar.
--Entonces el peligro es mayor de lo que yo creia.
--No os lo dije, la cosa es grave.
--Bien, en todo caso contad conmigo--dijo Don Alonso tomando su
sombrero.--Os dejo, que es hora en que tengo un negocio de
importancia.--Don Alonso salió preocupado.
--Yo soy soltero--pensaba--Doña Blanca tiene una herencia
colosal......... pedírsela á Don Pedro seria locura. Este negocio me
conviene......... pero como hacerlo......... visitar á la muchacha,
además de que seria dificil, Don Pedro maliciaria......... ¿cómo?
¿cómo?--Y caminaba pensativo.
De repente se dió una palmada en la frente.
--Ya tengo el hilo--dijo--ya tengo el hilo--y se puso en precipitada
marcha hasta llegar á una casa de gran vecindad que habia en la plaza de
las Escuelas, que era adonde está hoy el Mercado principal.
Aquellos rumbos eran muy concurridos de estudiantes troneras y de mozas
alegres, y estos formaban la mayor parte de la vecindad de la plaza.
Don Alonso se dirijió á un hombre sumamente viejo, encorvado, cojo, y
cubierto de harapos, que sentado en el suelo, comia unos pedazos de
tortilla de maíz, duros y secos.
--¿Sabes si vive aquí Cleofas la beata?--le dijo.
--Entre su Señoría, que debe encontrarla en el cuarto de enfrente.
Don Alonso entró y en efecto á poco andar, descubrió dentro de uno de
los cuartos á la beata que conocen ya nuestros lectores, desde las
primeras escenas de esta historia.
--¡Ave María Purísima!--dijo la beata al ver entrar á Don Alonso.
--En gracia concebida--contestó Rivera quitándose el sombrero.
--Qué milagro Señorito, que andais por esta pobre casa.
--Milagro debiera ser, y vos Doña Cleofas debíais agradecerlo mas á la
Providencia que nadie, si recordais lo que conmigo habeis hecho.
--¿Y que os he hecho Señorito?
--Una de las mayores y mas grandes traiciones de la vida.
--Alabado sea el Santísimo Sacramento.
--Amen--contestó Rivera tocándose el sombrero--dejad señora Cleofas de
hipocresías que mal sientan palabras de alabanza á su Divina Magestad en
bocas que usan del engaño.
--¿Del engaño? ¿qué quereis decir señorito?
--Oidme, señora Cleofas, y no os hagais de las nuevas, que mas agravais
vuestro delito, contestadme ¿no os habeis criado en casa de mi tio Don
Juan Luis de Rivera?
--Sí señorito.
--¿Y no le habéis comido su pan antes y despues de que hicísteis voto de
ser beata descubierta de nuestro Padre San Francisco, viviendo hasta hoy
con la limosna que yo os envío cada mes?
--Fuera ingratitud el negarlo.
--¿Entonces cómo llamareis á esa conducta que habeis conmigo observado,
uniéndoos con mis enemigos y facilitando á media noche la entrada á los
criados y familiares del Arzobispo que pusieron el altar en mis casas,
en donde se celebró la misa que sabeis.........?
--Señorito--dijo la vieja completamente turbada.
--Negad vos, que me habeis traicionado, que me habeis vendido, que sin
vuestro auxilio aun no tomaria el Arzobispo posesion de mis casas.
--Por el Sagrado nombre de Jesus.........
--¡Eh! callad, que no vengo ahora ni á reconveniros ni á escuchar
vuestras disculpas, necesito que me ayudeis en un negocio.
La beata respiró con el nuevo giro de la conversacion.
--Mandádme, señorito.
--¿Conoceis á Doña Blanca de Mejía, hermana de Don Pedro?
--La conozco, que muchas veces me ha dado mi caridad.
--¿Entrais á menudo á su casa?
--Tanto de á menudo no, pero sí algunas veces.
--Bien; necesito que vayais á ver á Doña Blanca lo mas pronto posible.
--¿Y cuándo quereis que vaya?
--Esta misma tarde si se puede.
--Iré, señorito.
--Y le hablareis.
--¿Y qué le diré?
--Toma, eso lo sabeis vos, que las viejas saben mas de esos asuntos que
el diablo.
--Jesus, y qué cosas me decís, ¿pero indicadme siquiera?
--Pues qué mas claro, decidla que un caballero jóven, acaudalado,
español, en fin, como yo, pena por ella, y desea con ansia saber si
podrá alentar esperanza de ser correspondido.
--¿Y si preguntare vuestro nombre?
--Segura vos de su prudencia, dádselo.
--Convengo, solo por serviros, que bien conoceis que yo no me mezclo en
estos negocios, pero supongo que vuestros fines.........
--Son tan honestos como cristianos.
--Bien, iré; pero no os respondo del buen resultado.
--Id, que es lo que importa, ¿cuándo tendré razon?
--Pues yo os avisaré.
--No me atengo á que vos me aviseis, esta noche estaré aquí, cuidad de
que me abran la puerta.
--¿Tan pronto?
--Sí, que por mí, ya quisiera estar en gracia con Doña Blanca; con que
despachad, y hasta la noche.
Salió Don Alonso sin esperar respuesta, y la vieja beata se colocó sobre
los hombros un manto de lana negro, se cubrió la cabeza, y cerrando su
puerta con una llave de madera, se dirigió á la casa de Doña Blanca, á
cumplir su comision.
La buena Cleofas sabia que el arreglo de aquel matrimonio podia
producirle un resultado maravilloso; ella no tenia voto perfecto de
pobreza, y calculaba cristianamente que no ofendia ni á Dios ni al
Seráfico Padre San Francisco, ayudando á Don Alonso; además ella habia
oido algo de que el matrimonio podia considerarse como un estado
perfecto para servir á Dios en el mundo.
Pensando en esto llegó hasta la puerta del aposento de Blanca; los
criados la habian visto allí otras veces ocurrir por su limosna, y no le
pusieron obstáculo.
Llamó y entró en la cámara de Blanca sin esperar respuesta.
Doña Blanca y una de las dueñas cosian cerca de una ventana que caia á
un patio.
--Que la paz de Dios sea en esta casa--dijo la beata.
--Amen--contestó la dueña.
--Madre Cleofas--dijo Doña Blanca--¡qué dichosos ojos los que os miran
por acá, despues de tantos dias de ausencia!
--¡Ay hija! no sabeis cuántos trabajos he pasado para mudarme ahora que
su Ilustrísima nos pidió que desocupásemos las casas.........
--¡Ah, y es verdad! que vos viviais en las casas que se han derribado.
--Sí, y que no sabia adónde mudarme; pero gracias á su Divina Magestad,
ya estoy muy tranquila en mi casita, á lo pobre, pero Dios no me
abandona.
--Vaya, cuánto me place.
--¡Gracias á Dios!
--¿Quereis tomar algo?
--Si me haceis ese favor, chocolatito.
--Doña Mencia--dijo Blanca dirigiéndose á la dueña--¿quereis mandar que
sirvan chocolate á la madre Cleofas?
--Sí señora--¿aquí ó en el comedor le quereis?
--Aquí, si me haceis esa merced.
Doña Mencia salió, y la beata quiso aprovechar el tiempo para su
negocio.
--¡Ay hija mia qué cansada estoy!--dijo.
--¿Pues qué andais haciendo?
--Qué he de andar haciendo, este corazon que Dios me ha dado que no
puedo ver lástimas sin condolerme, y tengo ahora el alma en un puño,
hija mia, en un puño.
--¿Qué es lo que tanto os afecta, madre Cleofas?
--¡Ay! la desgracia de un pobre hombre, que solo vos podeis remediar.
--¡Yo!
--Sí, solo vos, y nadie mas en el mundo.
--¿Y cómo es ello?--preguntó inocentemente Blanca.
--Este es el secreto--contestó la beata, para excitar la curiosidad de
la jóven.
Pero Blanca aun no despertaba á la malicia, y no se movió á curiosidad,
cayó y se puso á coser.
A Cleofas no le convenia esto y volvió á la carga.
--¡Pobrecito!--dijo--causa de veras compasion, tan jóven, tan bien
presentado, y luego tan triste que ni come ni duerme.
--¡Está enfermo!
--¡Ay! peor que eso, hija mia, peor que eso.
--¿Pues qué tiene?
--Si me guardarais secreto os lo diria.
--¿Cosa tan grave es?
--Muy grave, ¿me prometeis secreto?
--Sí, decidlo, que nada cuento yo, y aunque quisiera no lo diria, que á
nadie veo.
--Pues bien, ese pobre jóven está enamorado, apasionado.
--¡Jesus! pues el remedio es muy fácil, ¿por qué no se casa?
--¡Alma mia de él! qué bien quisiera, pero hay un gran obstáculo.
--¿Es pobre? ¿se opone alguien á su boda?
--Mejor fuera, ni es pobre ni se opone nadie á su boda, que es rico y
libre, lo mismo que la dama á quien sirve.
--¿Entonces?
--Es que él no sabe si ella lo amará.
--¿Ya se lo dijo?
--No.
--¿Pues qué aguarda?
--Que ella le dé permiso que tan enamorado es, como respetuoso.
--Si tan delicado se muestra que pida el permiso á la dama.
--¿Creeis vos que se lo dará ella?
--No la conozco.
--¿Pero á juzgar por vos?
--De concederlo tiene, siendo él tan respetuoso como galan.
--¿Esa es vuestra opinion?
--Sí ¿pero esa opinion de que os sirve?
--De mucho, que la dama sois vos.
--¿Yo!.........
--Sí, vos hija mia, ¿de que os espantais? ¿no sois jóven y hermosa?
--¡Madre Cleofas!
--Hija mia, no os enojeis, que no os digo un pecado, yo se y sabe Dios
que sus fines son lícitos y honestos, que es un caballero principal, y
que os quiere de veras, ¡pobrecito! si lo vierais beberse sus lágrimas,
triste, pálido, que no come, que no duerme, pensando en vos, y luego tan
apuesto, tan garboso, tan buena presencia; ¡ay hija mia! creedme por
Dios que nos oye, que parece que nació para ser vuestro esposo.
--Pero si yo no pienso en eso--dijo Blanca temblando y emocionada como
si hubiera visto un espectro.
--Vos no pensais, pero él sí, y á fé que si no alcanzara de vos una
esperanza, se moriria; sí, se moriria, que yo lo he visto, con estos
ojos que se ha de comer la tierra, quedarse así como estático, pensado
en vos y diciendo vuestro nombre, ¡criatura del Señor! quiere enviaros
una esquela.
--¡Ay! no! Jesús! no, madre Cleofas, no, que ni lo conozco, ni pienso en
él, ni está bien en una doncella recatada recibir recados y esquelas de
amor.
En este momento entraron á servir el chocolate.
Doña Mencia no volvió á separarse ya de Blanca, y á la oracion se
despidió Cleofas sin haber podido hablar mas con ella.
--Doña Mencia--dijo Doña Blanca cuando salió la beata.
--¿Señora?
--Si vuelve la Madre Cleofas, no la consintais entrar hasta mi aposento.
--¿Os ha disgustado?
--No, la pobre, pero hace unas visitas tan largas y quita tanto el
tiempo..........
--Avisaré á los criados.
--Sí, pero que no le vayan á faltar en nada: ¿lo oís?
--Sí señora.
Y Doña Mencia salió á dar la órden.
--¿Quien podrá ser ese jóven?--pensaba Blanca.
Y sin querer quedó profundamente preocupada; sentia ya su corazon la
necesidad de amar, y era la primera vez que sabia que ella inspiraba
amor.
Luisa habia tenido razon en lo que habia dicho á Don Pedro de Mejía. El
corazon jóven necesita amar.