De cómo la beata y el Ahuizote, Luisa y Doña Blanca, y Don Cesar y Don
Alonso, se estaban todos engañando.
Luisa creia apenas lo que el Ahuizote le contaba de Don Cesar, y á pesar
de todo, no le era posible convencerse del amor del jóven. Sin embargo,
la violencia de sus pasiones la precipitaba, y aquella misma noche
encargó al Ahuizote que citara para la siguiente á D. Cesar.
Por supuesto que á las cinco de la tarde Don Cesar estuvo puntual en la
Alameda, y lleno de placer escuchó que la muger á quien amaba queria en
esa noche hablarle por una de las ventanas bajas de su casa.
La hora de la cita era las once de la noche, y Don Cesar, conducido por
el Ahuizote, llegó hasta la espalda de la casa de Don Manuel de la Sosa.
La calle estaba desierta y sombría.
--¿Veis aquella ventana?--preguntó el Ahuizote á Don Cesar.
--Sí.
--Pues id y llamad, ella os aguarda.
Don Cesar llegó á la ventana, llamó suavemente, y á poco se abrió con
gran precaucion.
--¿Sois vos Don Cesar?--dijo Luisa con una voz dulcísima.
--¿Quién si no yo podria ser, ángel mio? yo que tan alto favor alcanzo
de vuestra hermosura.
--¡Ay!
--¿Qué teneis?
--Tengo miedo: ¡si alguien nos sorprendiese!
La oscuridad de la noche no permitia á Don Cesar salir de su error:
apenas distinguia el rostro de Luisa, que era en verdad muy hermosa, y
se embriagaba con el eco de su voz melodiosa y con el dulce perfume de
su aliento.
Si hubiera brillado en aquel momento una luz, quizá Don Cesar no se
hubiera sentido triste por el cambio.
Si hubiera podido contemplar el alma de aquella muger, se hubiera
horrorizado de su engaño.
--Don Cesar ¿es cierto que me amais?
--¿Que si os amo, señora? ¿eso me preguntais? Preguntadle al sol si
alumbra, preguntad á los rios si corren, preguntad á las aves si vuelan
y trinan ¡Oh Luisa! os amo, como si todo el vigor de mi corazon y toda
la fuerza de mi espíritu se hubieran reconcentrado en esta sola pasion:
desde que os ví, señora, mi misma alma me abrasa, mi mismo corazon me
ahoga. Luisa, Luisa, quisiera hacer salir de mí el espíritu que me
anima, para confundirlo eternamente con el vuestro.
--¡Ah! Don Cesar, qué feliz me haceis con vuestras palabras, y qué feliz
soy en amaros, porque yo os amo, como quizá vos no alcanceis ni á
comprender: mi corazon es de fuego, y quisiera morir en este momento
que soy tan dichosa, antes que cruce el tiempo sobre esas palabras, que
á fuerza de hacerme gozar, destrozan mi cerebro. ¡Ah, Don Cesar, solo
Dios puede comprender lo intenso del placer que gozo en estos momentos!
--¡Alma de mi alma, tanto es mi amor, que este momento lo trocara por
una eternidad de penas!
--Don Cesar, dadme vuestra mano--dijo Luisa--trémula de placer y de
emocion.
Don Cesar tendió su mano dentro de la reja.
--Guardad esto--dijo Luisa, poniéndole en un dedo una riquísima sortija
de brillantes--y esto--agregó, dando un apasionado beso en aquella mano.
--¡Luisa!--dijo Don Cesar, dando á su vez un beso en la mano de la
jóven--esta sortija no se apartará jamas de mí.
--Ahora, idos Don Cesar, idos, que es ya mucho gozar; idos, que yo os
prometo que muy pronto nos volveremos á ver.
--¿Cuándo?
--Mañana á las diez en Jesus María: hasta mañana.
--Adios, ángel mio, adios.
Don Cesar se incorporó con el Ahuizote que le esperaba.
--¿Qué tal?
--Soy el hombre mas feliz de la tierra--contestó Don Cesar, y á vos lo
debo todo.
--Váya me alegro, y que no lo olvideis.
Luisa, pálida de placer, volvió á su alcoba: Don Manuel dormia
profundamente.
--¡Qué feliz soy, qué feliz!--decia--cuánto me ama, y cuánto le amo yo:
tan hermoso, tan valiente, tan apasionado, y yo que pedí á la Sarmiento
el elíxir, ¡qué tonta! para nada lo necesito, y voy á romper la
redomita.
Luisa sacó de un armario dos pequeños frascos.
--Este es--dijo--y abriendo una vidriera lo arrojó á la calle.--Ahora
llegó el caso de usar la otra receta de la bruja con este hombre--y
agregó, mirando con un profundo desprecio á Don Manuel que
dormia--«doblar la dósis de los polvos y romper esta otra redoma»--la
dósis la tomará este hombre mañana, y la redoma se romperá esta noche.
El segundo frasco fué arrojado tambien á la calle.
--Ahora sí--dijo Luisa, metiéndose en su cama--si la Sarmiento no me
engaña en esta vez, como no me ha engañado nunca, ya puedo considerarme
viuda, porque éste es ya un cadáver....
Doña Blanca estaba completamente entregada á las ilusiones de su primer
amor en medio de su soledad y de su aislamiento: la imágen de Don César,
de quien se creia amada, flotaba á su lado como un ángel; ella lo habia
poetizado tanto, y tanto habia pensado en él, que ya no podia sino
ocuparse de él.
La beata volvió al dia siguiente por la mañana, y aunque habló de cosas
indiferentes, deslizó en las faldas de la doncella un papel
cuidadosamente doblado.
Doña Blanca no pudo resistir, amaba y no podia luchar contra su corazon:
tomó el papel y se levantó para disimular su emocion: era la primera
carta de amor que recibia en su vida.
Se encerró un momento en su cámara y vaciló para abrir aquella esquela;
pero el amor triunfó: estaba concebida así:
«Señora: ¿Conque no os soy indiferente? Me volveis la vida: quisiera de
rodillas mostraros mi pasion y mi gratitud. Quizá no sea yo digno de
osar á tanto, pero esta pasion me enloquece y me atrevo, señora, á
preguntaros: ¿me amais? Temblando espera vuestra respuesta el mas
humilde de vuestros apasionados.»
Don Alonso que veia aquello como negocio, no habia querido poner su
firma hasta no estar seguro de la correspondencia de Doña Blanca, por
temor de que ella mostrase la carta á su hermano Don Pedro, estando para
ese caso decidido á negarlo todo.
Doña Blanca, temblando se acercó á la mesa, y con mano insegura puso al
pié de la carta que habia recibido:
«Sí, yo tambien os amo.»
Volvió á doblarla, procuró serenarse y salió adonde la esperaba la
beata.
En un momento en que Doña Mencia estaba distraida, Blanca entregó la
esquela y la beata se retiró.
Don Alonso la esperaba. Cleofas no habia leido lo que escribió la dama,
y creyó que le devolvia la carta.
--Mal estamos--le dijo--me volvió vuestra carta.
--Sin leerla.
--Eso sí no lo sé.
--Dádmela para romperla--dijo Don Alonso--mas valia no haberme dado tan
risueñas esperanzas.
--No fué culpa mia, que os dije la verdad.
Don Alonso tomó la carta para romperla, y la dividió por la mitad, iba á
seguir haciéndola pedazos, cuando notó las letras de Blanca, leyó, y dió
un grito de placer.
--¿Qué hay?--dijo la beata.
--¿Qué ha de haber? que me ama, mirad, y yo que iba á romper esta carta,
vamos, soy feliz, este negocio que creia tan dificil es hecho, hecho; y
ahora sí ya no tengo para qué volver á pensar en la fundacion del
convento de Santa Teresa.