En que Martin conoce otros secretos de Luisa.
Luisa se habia sentado en un sitial, y la Sarmiento permanecia á su
lado.
--Esta noche--dijo Luisa--vengo á consultar con vos, negocios para mí de
mucha gravedad.
--¿Quereis que comencemos?--preguntó la Sarmiento.
--No: dejad para otro dia los negocios, y hablemos; sentaos.
La Sarmiento acercó un taburete y se sentó.
--Os escucho.
--Bien, comenzaré: en primer lugar os debo las gracias por vuestros
polvos que son maravillosos.
--Cuando yo os decia.........
--Y teniais sobrada razon: con la dócis que me habeis recetado se ha
obtenido un resultado magnífico; mi marido duerme como una piedra desde
las cuatro de la tarde hasta el dia siguiente; y para conseguir que se
levante á la hora de la cena, para no llamar la atencion, uso de la
redomita que me habeis dado, aplicándosela á las narices para hacerlo
aspirar su contenido.........
--Y de génio, ¿qué tal sigue?
--Perfectamente: no tiene mas voluntad que un niño.
--¿Y aun teneis de esos polvos?
--Hánseme agotado, y quiero llevarme hoy mas.
--Tomadlos--dijo la Sarmiento, sacando de una caja un pequeño paquete
envuelto cuidadosamente en hojas secas de maíz--suponia yo que se os
habrian agotado, y los tenia aquí á prevencion.
--¿Y el dia que yo quiera que esto termine?
--Mezclad en el vino de vuestro esposo tres gotas del líquido contenido
en la redomita, y lo vereis completamente sano.
--No, no me entendeis, no quiero decir que sane, sino que.....
--Os comprendo: doblad la dósis de los polvos y romped la redoma, y
entonces podeis asegurar que estais ya viuda.
--Muy bien......... ahora oidme: necesito que me ame un hombre, lo oís;
necesito que me ame, porque yo le amo á él, y le amo como no he amado
nunca.
--¿Y qué quereis?
--Quiero algunos polvos, alguna bebida, algo para que él me ame.
--Doña Luisa, tan hermosa sois y tan seductora, que no habeis de
necesitar esos polvos: si ese hombre os mira, á menos de estar loco, os
amará.........
--Y sin embargo, no me ama.
--¿Os conoce?
--Sí, por mi desgracia.
--¿Es amigo vuestro?
--No: héle visto pasar por mi casa algunas veces; ha reparado en mí, y
sin embargo no me ama.
--Pero eso ¿cómo lo sabeis?
--¿Cómo lo sé? Os figurais que una muger deja de comprender cuando un
hombre la ama, por oculto y por disimulado que sea su amor: no, él no me
ama, y yo necesito su amor; dadme algo para conseguirlo y no os pareis
en el precio, así me costara una onza de oro cada gota de ese elíxir.
--¡Ay Doña Luisa! ¿Cómo podrá lisonjearos ese amor que se consigue así?
--Aun cuando no sea mas de una hora que yo le llame mio; aun cuando
despues me esperara el infierno, yo lo quiero.......
--Bien, voy á daros un elíxir; pero cuidad de que tome dos gotas todos
los dias.
--¿Y en qué debe tomar esas gotas?
--En cualquiera cosa, tanto da que sea en agua, como en vino, como en
pan, ó en una fruta.
--¿Y este licor es eficaz?
--Eficaz.
--Ah, gracias, gracias.
--Dadme ahora el nombre de ese hombre, por si viniere á consultarme en
algo y ayudaros yo.
--Don Cesar de Villaclara.
--No le conozco.
--Pero no olvideis el nombre.--Y ahora tengo que pediros que
interpreteis un sueño que me ha visitado varias noches, y que no puedo
comprender.
--Decidlo.
--Era un campo que yo contemplaba desde los balcones de mi casa, y era
por demas florido y bello, y habia en él un hermoso pichon blanco: yo
tenia en mis brazos una paloma, que solté, llegó á do estaba el pichon,
y apenas comenzaron á arrullarse amorosamente retumbó un trueno, y un
humo denso y color de sangre eclipsó todo, y no mas; pero yo he soñado
ya esto muchas veces.
--Eso es muy fácil de esplicar: el pichon es un caballero, la paloma
sois vos, que se irá con él, y el trueno y el humo indicios son de que
estos amores serán el principio de grandes y sangrientos trastornos en
esta tierra.
--¿Y no son señales de muerte para mí?
--No aparece ninguna.
--¿Podriaís decirme, poco mas ó menos, si me faltará mucho que vivir?
--Con tal que tengais valor para soportar la respuesta, cualquiera que
sea.
--Le tengo--contestó Luisa con resolucion.
--Entonces veremos.
--Oíd--dijo la vieja--voy á evocar á mi familiar: si viene en la figura
de un chivo, vivireis largo tiempo; si de un gato, morireis pronto.
--¿Qué diablos haré?--pensó Martin, soltaré el gato ó el chivo: vale mas
el chivo, que mejor será la paga que la Sarmiento le saque á esta
víbora.
En este momento la vieja gritaba palabras en idioma enteramente estraño
para el Bachiller, y la dama esperaba con impaciencia.
Martin abrió una jaula y el chivo dando un salto llegó hasta donde la
Sarmiento le tendia las manos.
--Viviré mucho--dijo Luisa conmovida--y animándose con el buen éxito
preguntó á la vieja--¿y cómo moriré?
La tentacion fué tan grande para Martin, que no pudo resistir, y antes
de que la Sarmiento pudiese responder, él, ahuecando la voz y procurando
darle un acento estraño--contestó:
--¡Emparedada!
--¿Emparedada?--dijo Luisa trémula.
--¡Emparedada!--repitió Martin--¡emparedada!
La Sarmiento conoció lo que pasaba, pero no le era posible otra cosa
sino seguir adelante y darse por engañada ella misma delante de Luisa.
--¿Lo oís, señora?--preguntaba ésta temblando--¿lo oís?
--Lo he oido.
--¿Y qué decís de eso?
--Digo, que yo os exhorto á tener valor, y que lo estais necesitando.
Luisa estaba completamente turbarda.
--Quiero irme--dijo.
--Vamos--dijo la Sarmiento--tomando el candil.
Y sin hablar una sola palabra salieron del subterráneo.
Luisa se cubrió con su velo, puso en manos de la Sarmiento una gran
bolsa llena de dinero, y acompañada del Ahuizote que la habia traido,
salió de la casa profundamente preocupada y silenciosa.
Cuando la Sarmiento volvió al subterráneo, encontró á Martin riéndose
con todas sus ganas.
--Por vida mia, señor Bachiller--dijo la bruja--que no sé en qué
pensásteis para haber asustado así á tan amable dama.
--Já, já--decia Martin riendo--os aseguro, señora Sarmiento, que por
muchos dias va esa muger á soñar las paredes, y no en pichones ni en
palomas.........
--Pero habeis cometido una mala accion.
--Sí, soltándole al chivo, cuando soltar debí al gato para acabarla de
espantar.
--No os burleis, que como yo lo he dicho, sus amores producirán grandes
trastornos en esta tierra.
--Señora, si antes tenia tan poca fé en vuestras artes y hechicerías,
hoy no tengo ninguna; porque ya he representado mi papel de mago, y no
es de lo mas peor; si nó que lo diga esa Luisa.
--Es decir que continuais en vuestra incredulidad.
--Mas que nunca--¿y quereis decirme qué elíxir de amor es ese que habeis
dado á la dama?
--Eficacísimo.
--Quisiera hacer una prueba.
--Seria capaz de daros una redomita solo por convenceros.
--Dádmela.
--Antes decidme en quién pretendeis probarlo.
--Toma, en vuestra protegida, en la muda.
--Entonces no.
--No, ¿y por qué?
--Porque la verdad, es que sois un libertino, y la arrojariais, saciado
vuestro capricho, á pedir limosna.
--Os doy mi palabra de que no.
--Jurádmelo.
--¿Al diablo?
--No, esto á Dios.
--Os lo juro; siempre vos con esos juramentos.
--Bueno, tomad la redomita; si no le hace efecto, será porque ella
estará prevenida.
--Tan pronto la disculpa, tretas y engaños serán vuestros lo de la tal
redomita.
--Quizá os le niegue si seguís así burlando.
--No, ya no burlo mas, dádmele.
--Tomad, y no olvideis lo prometido.
El Bachiller recibió el pomito igual al que la Sarmiento habia dado á
Luisa, conteniendo un licor blanco y cristalino.
Cuando salieron del subterráneo, Martin preguntó á la bruja:
--¿Dónde está María?
--Duerme--contestó la vieja.
--¿Seria bueno despertarla?
--¿Para qué?
--Ansío por probar el elíxir.
--Por probarlo, confesad mejor que os comienza ya á interesar la
muchacha.
--No os lo niego.
--¿Y el Ahuizote?
--Yo sabré componerme con él.
--¿Pero qué quereis que tome á esta hora María?
--Entonces esperaremos á la madrugada.
--Impaciente sois, si los hay--¿y quereis que yo me desvele por un
antojo vuestro?
--Cuando los antojos se pagan bien, no veo inconveniente, que vuestro
oficio es ese.
--Como gusteis; pero seria mejor que durmiérais un tanto.
--No miro en dónde.
--En uno de esos sitiales, arrebujado en vuestro ferreruelo, ¿es verdad
que vale mas?
--Puede que tengais razon, acepto, al fin no tengo adonde ir á pasar la
noche, y falta poco para que amanezca.
--Pues buena noche, os dejo ese candil.
--No, de nada me sirve que estoy acomodado ya.
La Sarmiento se llevó la luz y se encerró en su cuarto; Martin como
hombre precavido, puso su espada desnuda á su lado y al alcance de su
mano, y comenzó á dormitar, pero soñando ya en María.
Llamaron en la puerta de la calle, y el primer impulso de Martin fué
incorporarse y contestar, pero reflexionó y se quedó callado.
Trascurrió un intervalo, y volvieron á llamar.
Entonces la bruja apareció por la puerta de su cuarto y preguntó.
--¿Quién va?
--Hacedme favor de abrir--contestó de fuera una voz--que necesito
hablaros, y os tendrá cuenta.
La Sarmiento se dirigió á la puerta haciendo seña á Martin de que
entrase á su aposento; el Bachiller tomó la espada, y caminando sobre la
punta de sus piés entró al aposento de la bruja.
Habia allí luz, Martin cerró por dentro y examinó el cuarto; en un
rincon estaba la cama de la Sarmiento dando indicio de que ésta no se
habia acostado siquiera, en el otro María acostada ya, pero despierta,
mirando á Martin con unos ojos tan brillantes, que podia decirse que
alumbraban el aposento.
La muchacha se cubria escrupulosamente con las sábanas hasta la barba.
--Preciosa criatura--pensó Martin, y sin darse él mismo la razon de por
qué, comenzó á tener alguna confianza en el elíxir de la Sarmiento.
Es que los hombres cuando tienen ilusion por una muger, creen el mayor
absurdo con tal que lisonjee sus deseos.
Martin hizo un cortés saludo á María, que le contestó con una sonrisa
silenciosa pero hechicera.
--A esta criatura--dijo entre sí el Bachiller--Dios no le dió ni oido ni
voz, porque oye y habla con los ojos: pero veamos quién es el nocturno
visitador, y aplicó el ojo á la cerradura.
--Vamos, mi señor Don Pedro de Mejía, y qué vientos os traerán por acá,
oigamos.
--Tened cuenta--decia Don Pedro, pues era él quien hablaba con la
Sarmiento--que pago bien, pero no gusto de que me engañen.
--¿Quiere usía--contestaba la vieja--deshacerse de un hombre?
--Será el Oidor--pensaba Martin.
--Sí--decia Don Pedro.
--Por supuesto sin que se note nada: y dígame usía, ¿es jóven?
--No mucho.
--Lo dicho--pensaba Martin.
--Dadme sus señas--decia la Sarmiento.
--Es alto, grueso, con el vientre abultado, gusta de comer bien y duerme
mucho.
--¿Soltero?
--No, casado.
--¡Ah! ya caigo, el triste de Don Manuel de la Sosa debe ser, que se
murmura mucho de Don Pedro con Luisa--pensó Martin.
--Bien--contestó la Sarmiento--mañana á esta hora puede usía venir por
lo que necesita.
--Pago bien, pero quiero ser bien servido--dijo con orgullo Don Pedro
embozándose en una larga capa y disponiéndose á salir--¿vos me conoceis?
--Si señor, que á todos los caballeros principales conozco, y no es uno
de los menos mi señor Don Pedro de Mejía.
--Pues guardad el secreto y quedad con Dios.
--Que él acompañe á su señoría.
--Don Pedro tiró un puñado de monedas sobre la mesa y salió.
--¿Qué os parece?--dijo la Sarmiento al Bachiller.
--Paréceme que teneis un crédito muy grande, que estais en un peligro
inminente de que os lleve á la hoguera el Santo Oficio, y que algun
pecado tiene que purgar en esta vida el marido de Luisa, que tantas
asechanzas le tienden.