PEDRO DE MEJÍA.»

Don Alonso rasgó inmediatamente la carta.

--¿Quién me busca?--dijo con enfado al lacayo.

--Un hombre, que le urge ver á su señoría.

--Dile que pase.

El lacayo salió, y volvió á poco conduciendo á un hombre del pueblo, que

entró respetuosamente con el sombrero en la mano.

--¿Qué se ofrece?--preguntó con altivez Don Alonso en el momento en que

Doña Beatriz, sin que él la viera, penetraba en la habitacion por una

puerta que quedaba á la espalda de Don Alonso.

--Señor, que vengo á noticiarle á su señoría, que están tirando las

casas de su señoría, en la calle de las Atarazanas.

--¿Tirándolas? ¿y quién? ¿cómo?

--¡Una multitud de trabajadores!

--Es imposible--decia Don Alonso--si ayer á las tres dió órden el virey

de suspender las obras.

--Pues no lo dude su señoría, que yo lo he visto, y quizá para esta

tarde no quede una pared en pié, segun lo recio que se trabaja.

--Bien, ¿y quién os mandó á anunciármelo?

--Nadie, señor, yo que creí que el aviso seria útil á su señoría.

--¿Y quién dió la órden de comenzar?

--No lo sé, pero los trabajos empezaron al llegar allí el señor Oidor

Quesadas.

--El Oidor, siempre el Oidor.

Doña Beatriz volvió á salir sin ser notada; al cerrar la puerta pudo

verse el alegre rostro de Teodoro que la seguia.

--Está bueno, retiraos--dijo Don Alonso al de la noticia; pero el hombre

no se movia.

--No os digo que os retireis, á qué aguardais.

--¿Nada merece mi empeño?

--Es verdad--dijo Don Alonso, dándole algunas monedas--es necesario

gratificar al hombre que me avisa que me derriban mis casas, ¿y cómo os

llamais?

--Señor, me conocen todos por el Ahuizote, para servir á su señoría.

--Vaya un nombre, retírate.

--Dios guarde á usía--dijo el Ahuizote, y bajó humildemente las

escaleras llevando en la mano el dinero que Don Alonso le habia dado.

Al llegar á la calle se erguió, se caló su sombrero, y volviendo á la

casa de donde acababa de salir--dijo arrojando al arroyo el dinero:

--Maldito seas tú y tu dinero, y tu dinero y tú; qué crees, que te vine

á dar de buena fé la noticia, y que necesito de tu limosna. Garatuza

tiene razon, es hombre de talento, y desde hoy tomo decididamente el

partido del Arzobispo contra todos estos soberbios. La travesura de

Garatuza ha estado buena, y hemos dado por desayuno á este gachupin una

soberbia cólera. Vámonos.

El Ahuizote entró al Arzobispado á noticiar al Bachiller que habia ido á

dar parte á Rivera del desastre de sus casas. Al salir del cuarto de

Garatuza se encontró con el Arzobispo, que acompañado del Oidor Quesada,

lleno de polvo pero radiante de orgullo, volvia de las casas de la calle

de las Atarazanas. El Ahuizote se puso de rodillas y se quitó el

sombrero, el Arzobispo le echó una bendicion, y como venia de buen humor

se dirigió á él.

--¿A quién veniais á ver?--le preguntó.

--A Gara......... es decir, al Bachiller Villavicencio, Ilustrísimo

Señor.

--¿Y qué negocio teneis con él?

--Le traje una razon, Ilustrísimo Señor.

--¿De quién?--preguntó el Arzobispo.

--De Don Alonso de Rivera--contestó con descaro el Ahuizote.

--¡De Don Alonso de Rivera!--dijo admirado el Arzobispo--¿y qué negocio

tiene con él el Bachiller?

La comitiva de su Ilustrísima se agrupaba curiosa de saber lo que iba á

contestar el Ahuizote; creian que se iba á descubrir alguna trama nueva

de Don Alonso, á quien aborrecia entonces casi toda la gente de la

Iglesia.

--Pues si su Señoría Ilustrísima no nos regañara al Bachiller y á mí,

hablaria.

--Hablad--dijo el Arzobispo algo enojado.

--Bueno, Ilustrísimo Señor, pues el Bachiller me dijo esta mañana:

«Hombre, Ahuizote»--porque ha de saber su señoría que á mí me dicen por

mal nombre Ahuizote; pues me dijo--hombre, Ahuizote, yo estoy muy

cansado y quiero acostarme, anda tú, y pégale en mi nombre una buena

cólera á ese pillo, con enmienda de su Señoría Ilustrísima, Don Alonso

de Rivera; pero buena, y antes de que se desayune, cuéntale que ya le

tiraron sus casas: y fuí y ahora le vengo á dar la razon.

Todos los que acompañaban al Arzobispo se pusieron á reir, y él mismo no

pudo conservar su gravedad.

--¿Y qué dijo Don Alonso?--preguntó el prelado, procurando en vano

ponerse sério.

--Se puso rabioso, sobre todo, contra mi señor el Oidor.

--¿Contra mí?--dijo Quesada.

--Sí, señor, me dió una gala y me echó de su casa.

--¿Cuánto os dió?--preguntó el Arzobispo.

--No lo sé, Ilustrísimo Señor, porque al salir lo voté al arroyo sin

contarlo ni verlo.

--Bravo tunante sois, idos, y esto no lo voteis al arroyo--dijo el

Arzobispo dándole una moneda de oro.

--No, Ilustrísimo Señor, nunca--contestó el Ahuizote besando la mano del

Arzobispo y la moneda.

--Ni esta--dijo el Oidor dándole otra.

--Mil gracias.

El Arzobispo siguió, y todos los que le acompañaban por imitar á su

Ilustrísima, dieron al Ahuizote una gala.

--Valiente cosecha,--decia el truhan al salir á la calle sonando los

bolsillos de sus calzones llenos de pesos.--Viva el Arzobispo.

El Arzobispo seguido del Oidor y de la comitiva, se dirigió directamente

al cuarto del Bachiller y llamó.

Martin, que lo que menos esperaba era que fuese su Ilustrísima,--gritó

medio dormido.

--Adelante.

Al abrirse la puerta alzó la cabeza y miró su pieza invadida de aquella

multitud, al frente de la cual iban el Arzobispo y Don Fernando.

Martin estaba acostado sin zapatos, sin ropilla, con solo la camisa, los

calzones y las medias calzas de lana negra, que usaban los servidores

del Arzobispo. Su sorpresa fué tal que así se levantó.

--Señor Bachiller--dijo el prelado--buenas visitas teneis.

--Ilustrísimo Señor--dijo Martin atarantado con aquella política.

--He hablado con ese conocido vuestro que os vino á visitar, y que le

dicen el Ahuizote, y me ha contado la burla que habeis hecho á Don

Alonso.

--Perdóneme su Señoría Ilustrísima, ha sido solo una travesura--contestó

Martin alentado con las risueñas caras del Arzobispo y de su comitiva.

--Bien; pero esos amigos son malos.

--Quizá lo sean, pero yo le aseguro á su Ilustrísima, que ese, y otros

cien mas como ese que conozco, se dejarán matar por su Ilustrísima el

dia que se ofrezca.

--Esos son muchos bríos, señor Bachiller--dijo con cierto orgullo el

Arzobispo--la Iglesia no necesita del acero.

--Quién sabe cómo se pongan las cosas, y en todo tiempo cuenta su

Señoría con esos hombres á vida ó muerte. Lisonjeándose el Arzobispo,

quiso sin embargo cortar aquella escena, y dejando su afectada gravedad,

se acercó al Bachiller y le tiró paternalmente de una oreja, mas bien

como por cariño que como por castigo.

--Bachiller, Bachiller--le dijo--producciones tienes tú para andar á

vueltas con la justicia.

El prelado salió con todo su acompañamiento, y Martin volvió á cerrar su

puerta.

--Vaya, qué cosas--decia acostándose otra vez--van dos que amenazan con

que tendré que habérmelas con la justicia; anoche la bruja y hoy su

Ilustrísima, y á fé que puede que en el fondo tengan razon.........

eh......... ya veremos.

Comenzaba á dormirse y bostezaba.

--¿Y cómo diablos se ha encontrado su Ilustrísima con el

Ahuizote......... qué bien dicen......... «Las piedras rodando se

encuentran»......... ah, qué sueño........ tengo, durmamos.

Martin daba cada bostezo como si hubiera velado diez noches seguidas, y

en cada vez se hacia la señal de la cruz frente á la abierta boca, con

tanta rapidez y tantas ocasiones, que parecia que trazaba una rúbrica en

el aire.

A poco dormia profundamente.

Entre tanto las casas de Don Alonso de Rivera venian por tierra, con una

rapidez que causaria envidia en nuestros tiempos al célebre Don Manuel

Delgado.

Don Alonso corrió, al saber la noticia, á quejarse con el virey, pero su

Excelencia se negó á recibirle, pretestando que despachaba su

correspondencia de Madrid, y que no podia interrumpir sus trabajos

porque la flota estaba ya aparejada en Veracruz para darse á la vela,

esperando solo los despachos del vireinato.

Don Alonso desesperado, se encerró en su estancia, y á las oraciones de

la noche el lugar en que por la mañana se levantaban sus casas, era ya

una gran plaza dispuesta para comenzar la edificacion del convento y

templo de Santa Teresa. En dos dias habia perdido la posesion y la

esperanza. El Arzobispo y el Oidor eran personas que lo entendian.

Martin durmió hasta las ocho de la noche, y al despertar, miró al lugar

en que estaba su balcon.

--Calle--dijo--pues es ya de noche, he dormido como si no tuviera alma

que salvar.

Y comenzó á vestirse, se puso su balandrán y su sombrero y se lanzó á la

calle.

Martin sabia que su Ilustrísima no lo necesitaria aquella noche, y que

si acaso lo buscaba y sabia que andaba fuera, nada tenia que temer. La

servidumbre de la casa del prelado era tan numerosa como la del virey, y

los familiares y criados gozaban de una estraordinaria libertad.

Martin se encaminó á la tienda del Zambo, dos ó tres perdidos estaban

allí en alegre conversacion, y el Bachiller fué recibido como un

hermano.

--¿En qué pensais pasar la noche?--les preguntó el Bachiller.

--Nosotros vamos á una visita, ¿quieres venir?--le dijo uno de ellos.

--¿Adónde?

--Donde la Zurda, que tiene unas sobrinas tan bonitas y tan alegres,

¿has de ir?

--De ir tengo, que me placen las muchachas esas.

--Pues andando, que es tarde; pero poca gracia vas á hacerles con ese

vestido de medio clérigo.

--Téngomelo de quitar si me esperais vosotros.

--Te esperamos.

--Zambo, dame unas calzas de venado y un ferreruelo, un talabarte

habilitado con sus menesteres, y un sombrero con toquilla y pluma.

Aquella tienda era un estuche de curiosidades, y el Zambo una presea.

A poco tenia el Bachiller lo que habia pedido; pero todas las prendas

eran más que elegantes, lujosas.

Martin comenzó á cambiarse el traje.

--Garatuza--dijo un truhan--si no te quitas la loba y el alza cuello,

olerás mal que te pese á incienso; todavía los calzones pasan, pero lo

demás.........

--Zambo, dame una ropilla.........

El Zambo trajo una lujosa ropilla de terciopelo morado con acuchillados

negros.

El Bachiller estaba trasformado, y en verdad que aquel traje le iba á

las mil maravillas, era jóven, bien formado, buen mozo, y sabia llevar

con garbo la ropa.

--¿Y la tonsura?--dijo un truhan.

--Esa solo con la cabeza--contestó amostazado

Martin--vámonos.--Salieron, y el Zambo cerró y se acostó.

La Zurda era una vieja que acostumbraba tener muchas sobrinas, siempre

bonitas; debia aquella vieja haber tenido muchos hermanos y primos de

distintas razas, segun lo poco que las niñas se asemejaban entre sí,

generalmente eran mulatas, pocas indias, y algunas mas mestizas.

Entonces en México estaban muy marcadas las razas.

Españoles, indios, negros, mulatos: los hijos de español y negra,

mulatos; los de español é india, mestizos; los de indio y negra, zambos;

y luego una porcion de subdivisiones, como pardos, coyotes, salta á

trás, &c.

Martin y su comparsa entraron á la casa de la tia Zurda.

Las sobrinas tenian algunas otras visitas y aquello era ya una tertulia

animadísima, en que dos ó tres salterios tocados unas veces por las

visitas y otras por las dueñas de la casa, alegraban los corazones.

Martin se aguardó allí hasta las once, y salió furtivamente para no ser

detenido mas tiempo por las obsequiosas sobrinas de la Zurda.

México en aquellos tiempos era una de las ciudades en que la

prostitucion era mas escandalosa.

Los hombres mas notables ostentaban públicamente á sus queridas, las

esposas eran abandonadas muy á menudo por los maridos que compraban y

emancipaban negras y mulatas para tenerlas á su lado por algun tiempo,

hasta que cansados de ellas las abandonaban tambien, y ellas iban

entonces á aumentar el increible número de mugeres perdidas que

pululaban en la ciudad.

Y lo mas notable era que estos mismos hombres gozaban de grande fama de

virtud, por sus excesivas limosnas á los templos y á los monasterios, y

por las fundaciones piadosas que á cada momento hacian.

El Bachiller no tenia sueño, ni era posible que lo tuviera; habia

dormido todo el dia, y pensando á donde acabaria de pasar la noche, tomó

el rumbo de la casa de la Sarmiento.

Su última entrevista con la bruja lo habia dejado impresionado, y por

mas que pretendia distraerse, las predicciones de la vieja no se

borraban de su memoria.

Habia, ademas, otra razon para que Martin gustara de ir á la casa de la

bruja: la muchacha sorda-muda le habia hecho gracia, tenia ya deseo de

volverla á ver, y á riesgo de tener un lance con el Ahuizote, queria

Martin probar fortuna.

Las calles estaban enteramente desiertas; pero al través de las

hendiduras de la puerta de la casa de la Sarmiento, se descubria luz.

Martin llamó, y como si le hubieran estado esperando ya, la puerta se

abrió inmediatamente y la bruja asomó la cabeza.

--¿Qué venís solo?--preguntó como admirada.

--Pues con quién diablos queriais que viniese--contestó Martin.

--Ah, dispensadme--dijo la vieja algo contrariada--dispensadme, señor

Martin, que os tomé al principio por otra persona.

--Señal es esa de que esperais á alguien--dijo Martin entrando á la

casa.

--En efecto, espero á quien no debe quizá dilatar.

--¿Os serviré acaso de estorbo?

La vieja reflexionó antes de contestar.

--No--dijo al fin--si consentis en ayudarme.

--Yo ayudaros, ¿y en qué?

--Antes sabré si consentís, que de no ser así nada os diré.

--Consiento--contestó Martin impulsado por la curiosidad.

--¿Y guardareis secreto?

--Sabeis que soy de fiar.

--Entonces venid.

La Sarmiento encendió un candil y descendió al subterráneo que conocemos

ya, seguida de Martin.

--Mirad--dijo la vieja al llegar al lugar en que habia predicho la

muerte del Oidor--una dama muy principal vendrá esta noche á ciertos

negocios; vos os ocultareis allí, detrás de esa puertecilla, venid á

ver; en esta jaula está un chivo negro, cuando lo oigais evocar dadlo

libre; y cuando vuelva á vos, encerradlo otra vez, y lo mismo hareis con

este gato negro.

--¿Y es todo?

--¿Os parece poco?

--No.

--¿Entonces?

--Entonces, es decir que esta noche os voy á ayudar en vuestras burlas.

--Callad, ó me hareis arrepentir de que os haya ocupado: llamais burla á

que os encargue abrir su prision á mis _familiares_.

--¿Son estos vuestros espíritus familiares?

--Lo son; pero escuchad.

Se oyó llamar á la puerta de la calle.

--Ocultaos con ellos--dijo la Sarmiento.

Martin se ocultó tras la puerta secreta, en una especie de calabozo

pequeño, y la Sarmiento subió á abrir.

Martin sintió miedo; sin creer en nada de aquello, tuvo pavor de

encontrarse solo y á oscuras en aquel antro rodeado de objetos tan

estraños, que aunque por entonces no los veia, pero los adivinaba.

No queria ni moverse por no tocar algo que le causase mas horror.

La Sarmiento tardó pero descendió al fin ayudando á bajar á una dama

vestida de negro, y cubierta con un espeso y largo velo. Martin se

volvia todo ojos.

--Podeis aquí separar el velo, señora, que nadie os verá.

La dama se abrió el velo y el Bachiller quedó asombrado de su gracia y

hermosura.

--Mucho ha tardado mi señora Doña Luisa--dijo la Sarmiento.

--Estaba en casa de visita el señor Don Cárlos de Arellano, grande amigo

de mi marido--contestó la dama.

--Aguardo--dijo Martin--que conozco esta alhaja; nada menos que la Luisa

de la historia de Teodoro. Qué bien dice el refran: «que las piedras

rodando se encuentran.»

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 29 / 161 题