Don Alonso rasgó inmediatamente la carta.
--¿Quién me busca?--dijo con enfado al lacayo.
--Un hombre, que le urge ver á su señoría.
--Dile que pase.
El lacayo salió, y volvió á poco conduciendo á un hombre del pueblo, que
entró respetuosamente con el sombrero en la mano.
--¿Qué se ofrece?--preguntó con altivez Don Alonso en el momento en que
Doña Beatriz, sin que él la viera, penetraba en la habitacion por una
puerta que quedaba á la espalda de Don Alonso.
--Señor, que vengo á noticiarle á su señoría, que están tirando las
casas de su señoría, en la calle de las Atarazanas.
--¿Tirándolas? ¿y quién? ¿cómo?
--¡Una multitud de trabajadores!
--Es imposible--decia Don Alonso--si ayer á las tres dió órden el virey
de suspender las obras.
--Pues no lo dude su señoría, que yo lo he visto, y quizá para esta
tarde no quede una pared en pié, segun lo recio que se trabaja.
--Bien, ¿y quién os mandó á anunciármelo?
--Nadie, señor, yo que creí que el aviso seria útil á su señoría.
--¿Y quién dió la órden de comenzar?
--No lo sé, pero los trabajos empezaron al llegar allí el señor Oidor
Quesadas.
--El Oidor, siempre el Oidor.
Doña Beatriz volvió á salir sin ser notada; al cerrar la puerta pudo
verse el alegre rostro de Teodoro que la seguia.
--Está bueno, retiraos--dijo Don Alonso al de la noticia; pero el hombre
no se movia.
--No os digo que os retireis, á qué aguardais.
--¿Nada merece mi empeño?
--Es verdad--dijo Don Alonso, dándole algunas monedas--es necesario
gratificar al hombre que me avisa que me derriban mis casas, ¿y cómo os
llamais?
--Señor, me conocen todos por el Ahuizote, para servir á su señoría.
--Vaya un nombre, retírate.
--Dios guarde á usía--dijo el Ahuizote, y bajó humildemente las
escaleras llevando en la mano el dinero que Don Alonso le habia dado.
Al llegar á la calle se erguió, se caló su sombrero, y volviendo á la
casa de donde acababa de salir--dijo arrojando al arroyo el dinero:
--Maldito seas tú y tu dinero, y tu dinero y tú; qué crees, que te vine
á dar de buena fé la noticia, y que necesito de tu limosna. Garatuza
tiene razon, es hombre de talento, y desde hoy tomo decididamente el
partido del Arzobispo contra todos estos soberbios. La travesura de
Garatuza ha estado buena, y hemos dado por desayuno á este gachupin una
soberbia cólera. Vámonos.
El Ahuizote entró al Arzobispado á noticiar al Bachiller que habia ido á
dar parte á Rivera del desastre de sus casas. Al salir del cuarto de
Garatuza se encontró con el Arzobispo, que acompañado del Oidor Quesada,
lleno de polvo pero radiante de orgullo, volvia de las casas de la calle
de las Atarazanas. El Ahuizote se puso de rodillas y se quitó el
sombrero, el Arzobispo le echó una bendicion, y como venia de buen humor
se dirigió á él.
--¿A quién veniais á ver?--le preguntó.
--A Gara......... es decir, al Bachiller Villavicencio, Ilustrísimo
Señor.
--¿Y qué negocio teneis con él?
--Le traje una razon, Ilustrísimo Señor.
--¿De quién?--preguntó el Arzobispo.
--De Don Alonso de Rivera--contestó con descaro el Ahuizote.
--¡De Don Alonso de Rivera!--dijo admirado el Arzobispo--¿y qué negocio
tiene con él el Bachiller?
La comitiva de su Ilustrísima se agrupaba curiosa de saber lo que iba á
contestar el Ahuizote; creian que se iba á descubrir alguna trama nueva
de Don Alonso, á quien aborrecia entonces casi toda la gente de la
Iglesia.
--Pues si su Señoría Ilustrísima no nos regañara al Bachiller y á mí,
hablaria.
--Hablad--dijo el Arzobispo algo enojado.
--Bueno, Ilustrísimo Señor, pues el Bachiller me dijo esta mañana:
«Hombre, Ahuizote»--porque ha de saber su señoría que á mí me dicen por
mal nombre Ahuizote; pues me dijo--hombre, Ahuizote, yo estoy muy
cansado y quiero acostarme, anda tú, y pégale en mi nombre una buena
cólera á ese pillo, con enmienda de su Señoría Ilustrísima, Don Alonso
de Rivera; pero buena, y antes de que se desayune, cuéntale que ya le
tiraron sus casas: y fuí y ahora le vengo á dar la razon.
Todos los que acompañaban al Arzobispo se pusieron á reir, y él mismo no
pudo conservar su gravedad.
--¿Y qué dijo Don Alonso?--preguntó el prelado, procurando en vano
ponerse sério.
--Se puso rabioso, sobre todo, contra mi señor el Oidor.
--¿Contra mí?--dijo Quesada.
--Sí, señor, me dió una gala y me echó de su casa.
--¿Cuánto os dió?--preguntó el Arzobispo.
--No lo sé, Ilustrísimo Señor, porque al salir lo voté al arroyo sin
contarlo ni verlo.
--Bravo tunante sois, idos, y esto no lo voteis al arroyo--dijo el
Arzobispo dándole una moneda de oro.
--No, Ilustrísimo Señor, nunca--contestó el Ahuizote besando la mano del
Arzobispo y la moneda.
--Ni esta--dijo el Oidor dándole otra.
--Mil gracias.
El Arzobispo siguió, y todos los que le acompañaban por imitar á su
Ilustrísima, dieron al Ahuizote una gala.
--Valiente cosecha,--decia el truhan al salir á la calle sonando los
bolsillos de sus calzones llenos de pesos.--Viva el Arzobispo.
El Arzobispo seguido del Oidor y de la comitiva, se dirigió directamente
al cuarto del Bachiller y llamó.
Martin, que lo que menos esperaba era que fuese su Ilustrísima,--gritó
medio dormido.
--Adelante.
Al abrirse la puerta alzó la cabeza y miró su pieza invadida de aquella
multitud, al frente de la cual iban el Arzobispo y Don Fernando.
Martin estaba acostado sin zapatos, sin ropilla, con solo la camisa, los
calzones y las medias calzas de lana negra, que usaban los servidores
del Arzobispo. Su sorpresa fué tal que así se levantó.
--Señor Bachiller--dijo el prelado--buenas visitas teneis.
--Ilustrísimo Señor--dijo Martin atarantado con aquella política.
--He hablado con ese conocido vuestro que os vino á visitar, y que le
dicen el Ahuizote, y me ha contado la burla que habeis hecho á Don
Alonso.
--Perdóneme su Señoría Ilustrísima, ha sido solo una travesura--contestó
Martin alentado con las risueñas caras del Arzobispo y de su comitiva.
--Bien; pero esos amigos son malos.
--Quizá lo sean, pero yo le aseguro á su Ilustrísima, que ese, y otros
cien mas como ese que conozco, se dejarán matar por su Ilustrísima el
dia que se ofrezca.
--Esos son muchos bríos, señor Bachiller--dijo con cierto orgullo el
Arzobispo--la Iglesia no necesita del acero.
--Quién sabe cómo se pongan las cosas, y en todo tiempo cuenta su
Señoría con esos hombres á vida ó muerte. Lisonjeándose el Arzobispo,
quiso sin embargo cortar aquella escena, y dejando su afectada gravedad,
se acercó al Bachiller y le tiró paternalmente de una oreja, mas bien
como por cariño que como por castigo.
--Bachiller, Bachiller--le dijo--producciones tienes tú para andar á
vueltas con la justicia.
El prelado salió con todo su acompañamiento, y Martin volvió á cerrar su
puerta.
--Vaya, qué cosas--decia acostándose otra vez--van dos que amenazan con
que tendré que habérmelas con la justicia; anoche la bruja y hoy su
Ilustrísima, y á fé que puede que en el fondo tengan razon.........
eh......... ya veremos.
Comenzaba á dormirse y bostezaba.
--¿Y cómo diablos se ha encontrado su Ilustrísima con el
Ahuizote......... qué bien dicen......... «Las piedras rodando se
encuentran»......... ah, qué sueño........ tengo, durmamos.
Martin daba cada bostezo como si hubiera velado diez noches seguidas, y
en cada vez se hacia la señal de la cruz frente á la abierta boca, con
tanta rapidez y tantas ocasiones, que parecia que trazaba una rúbrica en
el aire.
A poco dormia profundamente.
Entre tanto las casas de Don Alonso de Rivera venian por tierra, con una
rapidez que causaria envidia en nuestros tiempos al célebre Don Manuel
Delgado.
Don Alonso corrió, al saber la noticia, á quejarse con el virey, pero su
Excelencia se negó á recibirle, pretestando que despachaba su
correspondencia de Madrid, y que no podia interrumpir sus trabajos
porque la flota estaba ya aparejada en Veracruz para darse á la vela,
esperando solo los despachos del vireinato.
Don Alonso desesperado, se encerró en su estancia, y á las oraciones de
la noche el lugar en que por la mañana se levantaban sus casas, era ya
una gran plaza dispuesta para comenzar la edificacion del convento y
templo de Santa Teresa. En dos dias habia perdido la posesion y la
esperanza. El Arzobispo y el Oidor eran personas que lo entendian.
Martin durmió hasta las ocho de la noche, y al despertar, miró al lugar
en que estaba su balcon.
--Calle--dijo--pues es ya de noche, he dormido como si no tuviera alma
que salvar.
Y comenzó á vestirse, se puso su balandrán y su sombrero y se lanzó á la
calle.
Martin sabia que su Ilustrísima no lo necesitaria aquella noche, y que
si acaso lo buscaba y sabia que andaba fuera, nada tenia que temer. La
servidumbre de la casa del prelado era tan numerosa como la del virey, y
los familiares y criados gozaban de una estraordinaria libertad.
Martin se encaminó á la tienda del Zambo, dos ó tres perdidos estaban
allí en alegre conversacion, y el Bachiller fué recibido como un
hermano.
--¿En qué pensais pasar la noche?--les preguntó el Bachiller.
--Nosotros vamos á una visita, ¿quieres venir?--le dijo uno de ellos.
--¿Adónde?
--Donde la Zurda, que tiene unas sobrinas tan bonitas y tan alegres,
¿has de ir?
--De ir tengo, que me placen las muchachas esas.
--Pues andando, que es tarde; pero poca gracia vas á hacerles con ese
vestido de medio clérigo.
--Téngomelo de quitar si me esperais vosotros.
--Te esperamos.
--Zambo, dame unas calzas de venado y un ferreruelo, un talabarte
habilitado con sus menesteres, y un sombrero con toquilla y pluma.
Aquella tienda era un estuche de curiosidades, y el Zambo una presea.
A poco tenia el Bachiller lo que habia pedido; pero todas las prendas
eran más que elegantes, lujosas.
Martin comenzó á cambiarse el traje.
--Garatuza--dijo un truhan--si no te quitas la loba y el alza cuello,
olerás mal que te pese á incienso; todavía los calzones pasan, pero lo
demás.........
--Zambo, dame una ropilla.........
El Zambo trajo una lujosa ropilla de terciopelo morado con acuchillados
negros.
El Bachiller estaba trasformado, y en verdad que aquel traje le iba á
las mil maravillas, era jóven, bien formado, buen mozo, y sabia llevar
con garbo la ropa.
--¿Y la tonsura?--dijo un truhan.
--Esa solo con la cabeza--contestó amostazado
Martin--vámonos.--Salieron, y el Zambo cerró y se acostó.
La Zurda era una vieja que acostumbraba tener muchas sobrinas, siempre
bonitas; debia aquella vieja haber tenido muchos hermanos y primos de
distintas razas, segun lo poco que las niñas se asemejaban entre sí,
generalmente eran mulatas, pocas indias, y algunas mas mestizas.
Entonces en México estaban muy marcadas las razas.
Españoles, indios, negros, mulatos: los hijos de español y negra,
mulatos; los de español é india, mestizos; los de indio y negra, zambos;
y luego una porcion de subdivisiones, como pardos, coyotes, salta á
trás, &c.
Martin y su comparsa entraron á la casa de la tia Zurda.
Las sobrinas tenian algunas otras visitas y aquello era ya una tertulia
animadísima, en que dos ó tres salterios tocados unas veces por las
visitas y otras por las dueñas de la casa, alegraban los corazones.
Martin se aguardó allí hasta las once, y salió furtivamente para no ser
detenido mas tiempo por las obsequiosas sobrinas de la Zurda.
México en aquellos tiempos era una de las ciudades en que la
prostitucion era mas escandalosa.
Los hombres mas notables ostentaban públicamente á sus queridas, las
esposas eran abandonadas muy á menudo por los maridos que compraban y
emancipaban negras y mulatas para tenerlas á su lado por algun tiempo,
hasta que cansados de ellas las abandonaban tambien, y ellas iban
entonces á aumentar el increible número de mugeres perdidas que
pululaban en la ciudad.
Y lo mas notable era que estos mismos hombres gozaban de grande fama de
virtud, por sus excesivas limosnas á los templos y á los monasterios, y
por las fundaciones piadosas que á cada momento hacian.
El Bachiller no tenia sueño, ni era posible que lo tuviera; habia
dormido todo el dia, y pensando á donde acabaria de pasar la noche, tomó
el rumbo de la casa de la Sarmiento.
Su última entrevista con la bruja lo habia dejado impresionado, y por
mas que pretendia distraerse, las predicciones de la vieja no se
borraban de su memoria.
Habia, ademas, otra razon para que Martin gustara de ir á la casa de la
bruja: la muchacha sorda-muda le habia hecho gracia, tenia ya deseo de
volverla á ver, y á riesgo de tener un lance con el Ahuizote, queria
Martin probar fortuna.
Las calles estaban enteramente desiertas; pero al través de las
hendiduras de la puerta de la casa de la Sarmiento, se descubria luz.
Martin llamó, y como si le hubieran estado esperando ya, la puerta se
abrió inmediatamente y la bruja asomó la cabeza.
--¿Qué venís solo?--preguntó como admirada.
--Pues con quién diablos queriais que viniese--contestó Martin.
--Ah, dispensadme--dijo la vieja algo contrariada--dispensadme, señor
Martin, que os tomé al principio por otra persona.
--Señal es esa de que esperais á alguien--dijo Martin entrando á la
casa.
--En efecto, espero á quien no debe quizá dilatar.
--¿Os serviré acaso de estorbo?
La vieja reflexionó antes de contestar.
--No--dijo al fin--si consentis en ayudarme.
--Yo ayudaros, ¿y en qué?
--Antes sabré si consentís, que de no ser así nada os diré.
--Consiento--contestó Martin impulsado por la curiosidad.
--¿Y guardareis secreto?
--Sabeis que soy de fiar.
--Entonces venid.
La Sarmiento encendió un candil y descendió al subterráneo que conocemos
ya, seguida de Martin.
--Mirad--dijo la vieja al llegar al lugar en que habia predicho la
muerte del Oidor--una dama muy principal vendrá esta noche á ciertos
negocios; vos os ocultareis allí, detrás de esa puertecilla, venid á
ver; en esta jaula está un chivo negro, cuando lo oigais evocar dadlo
libre; y cuando vuelva á vos, encerradlo otra vez, y lo mismo hareis con
este gato negro.
--¿Y es todo?
--¿Os parece poco?
--No.
--¿Entonces?
--Entonces, es decir que esta noche os voy á ayudar en vuestras burlas.
--Callad, ó me hareis arrepentir de que os haya ocupado: llamais burla á
que os encargue abrir su prision á mis _familiares_.
--¿Son estos vuestros espíritus familiares?
--Lo son; pero escuchad.
Se oyó llamar á la puerta de la calle.
--Ocultaos con ellos--dijo la Sarmiento.
Martin se ocultó tras la puerta secreta, en una especie de calabozo
pequeño, y la Sarmiento subió á abrir.
Martin sintió miedo; sin creer en nada de aquello, tuvo pavor de
encontrarse solo y á oscuras en aquel antro rodeado de objetos tan
estraños, que aunque por entonces no los veia, pero los adivinaba.
No queria ni moverse por no tocar algo que le causase mas horror.
La Sarmiento tardó pero descendió al fin ayudando á bajar á una dama
vestida de negro, y cubierta con un espeso y largo velo. Martin se
volvia todo ojos.
--Podeis aquí separar el velo, señora, que nadie os verá.
La dama se abrió el velo y el Bachiller quedó asombrado de su gracia y
hermosura.
--Mucho ha tardado mi señora Doña Luisa--dijo la Sarmiento.
--Estaba en casa de visita el señor Don Cárlos de Arellano, grande amigo
de mi marido--contestó la dama.
--Aguardo--dijo Martin--que conozco esta alhaja; nada menos que la Luisa
de la historia de Teodoro. Qué bien dice el refran: «que las piedras
rodando se encuentran.»