XVII.

En el que se ve que hasta las piedras rodando se encuentran.

Cuando Teodoro acabó de contar su historia al Oidor y al Bachiller,

comenzaba ya á lucir la mañana, y alegres bandadas de gorriones y de

golondrinas cruzaban cantando por encima de los techos y por las calles

de la ciudad.

El Oidor se embozó en una larga capa, y seguido del Bachiller se dirigió

á las casas en donde debia construirse el nuevo convento de Santa

Teresa.

Una muchedumbre de obreros estaban allí esperando el momento de comenzar

los trabajos de la demolicion de las antiguas casas. El Arzobispo y Don

Fernando se habian ocupado la noche anterior de escribir cartas y

excitaciones á los alcaldes y á los curas de los pueblos inmediatos, á

fin de que con toda diligencia enviasen trabajadores para la obra: sus

exhortaciones no podian haber sido mejor atendidas, porque antes de

salir el sol la calle de las Atarazanas estaba llena de cuadrillas de

hombres, habilitados cada uno con su respectivo instrumento de trabajo.

No faltaban ni las carretas para conducir los escombros.

Los sobrestantes parece que no esperaban mas que la llegada del Oidor

para comenzar la obra.

Un sonoro grito de «Ave María Purísima» dado por uno de los capataces,

fué repetido en coro por todos aquellos hombres que se quitaron

devotamente el sombrero. Las cuadrillas entraron á la casa, se señaló á

cada una su tarea, y media hora despues por todas partes se escuchaban

los golpes de las hachas y de las barretas, las caidas de las paredes,

el derrumbe de los arcos y de las columnas de los corredores, y una

inmensa y pesada nube de polvo se cernia constantemente sobre la manzana

en que á poco tiempo debia levantarse el convento de Santa Teresa.

Don Alonso de Rivera que no habia podido dormir pensando en el resultado

que tendria el plan concertado con Mejía, para asesinar á Quesada, no

despertó al dia siguiente hasta las diez de la mañana, se levantó y

encontró á un lacayo que le entregó una carta, y le anunció que un

hombre le esperaba en el corredor.

Abrió la carta, era de Mejía, y decia sencillamente:

«Don Alonso. Se erró el golpe anoche y hemos sido descubiertos; pero no

hay cuidado. En esta tarde nos veremos, esperadme en vuestra casa. Dios

os guarde muchos años.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 28 / 161 题