XVI.

De lo que se decia en la ciudad de la muger de Don Manuel de la Sosa, y

de lo que pasaba en la casa de éste.

Doña Luisa, la muger del comerciante Don Manuel de la Sosa, era sin

disputa una de las mas bellas y elegantes damas de la ciudad.

Nadie habia conocido á sus padres, y de la noche á la mañana, como decia

el vulgo, Don Manuel apareció casado con ella, celebrando con gran

suntuosidad sus bodas. El marido contaba á sus amigos que Luisa era

española, y que al llegar á Veracruz la enfermedad le habia arrebatado

en una semana á sus padres, grandes amigos de Don Manuel; que ella le

habia escrito, él la habia mandado traer para que no quedase abandonada,

y que luego mirándola tan bella y tan buena, la habia hecho su esposa:

Luisa además, era al decir de Don Manuel, perteneciente á una familia

noble de Estremadura.

Aunque todo esto tenia mucho aire de novela, el público lo creyó, por lo

mismo que el público es mas afecto á creer lo maravilloso que lo

natural, y además, porque á los ricos se les cree muy fácilmente lo que

dicen, y Don Manuel si no lo era, pasaba la plaza de tal.

Vivieron así algunos años sin tener hijos, y Luisa ostententando un lujo

asiático. Apenas los ricos cargamentos que llegaban por Acapulco en la

nao de China se anunciaban en México, Luisa se apresuraba á comprar.

Soberbios pañuelones bordados, telas finísimas de nipis, tibores y

jarrones fantásticos, vajillas de porcelana, adornos y juguetes de plata

y de marfil; todo lo mas valioso y lo mas escogido iba con seguridad á

parar á la casa de Don Manuel de la Sosa.

Los comerciantes hacian entre sí el balance de los capitales de Sosa,

que ellos poco mas ó menos conocian, y aquellos capitales no alcanzaban

para el lujo de su muger, pero ella pagaba cada dia mejor, y en atencion

á esto, los comerciantes acababan por convencerse de que no es bueno

formar juicios temerarios.

El pueblo, menos escrupuloso, comenzaba á murmurar de la honestidad de

las relaciones de Luisa con Don Cárlos de Arellano, á quien todos

llamaban el mariscal, y con el rico propietario Don Pedro de Mejía.

En este estado iban las cosas en el punto en que volvemos á tomar el

hilo de nuestra historia.

En una soberbia cámara, Luisa sentada en un sitial cerca de una ventana,

dirigia de cuando en cuando indolentes miradas á la calle. Esperaba,

pero sin empeño, sin deseo, sin impaciencia.

Serian las once de la mañana, y un lacayo anunció al señor Don Pedro de

Mejía.

--Que pase luego--dijo Luisa, procurando tomar inmediatamente un aire

lánguido y triste.

Don Pedro entró en la cámara, y puso sobre un sitial su sombrero

adornado con una pluma blanca prendida con una deslumbradora joya de

diamantes.

Don Pedro estaba muy lejos de ser un hombre simpático y bien formado, su

estatura menos que regular, su barba fuerte y espesa, sus cejas juntas,

su mirada torba y sus espaldas anchas y levantadas, le daban el aspecto

de un hombre de la clase mas baja del pueblo, parecia mas bien un

verdugo que un caballero.

Vestia siempre con ostentacion repugnante, cargado de cadenas y de

joyas.

--Querida Luisa--dijo sentándose al lado de ella sin ceremonia y

tomándole una mano--¿qué teneis que os encuentro tan triste? ¿Estais

enferma?

--Pluguiese á Dios--contestó Luisa afectando una conmocion profunda, y

pasando su pañuelo como para limpiar una lágrima por sus ojos, mas secos

que una mañana de Mayo.

--¿Cómo pluguiese á Dios? es decir, Luisa, que deseais enfermaros?

--¡Morirme!

--¡Moriros! ¿Y por qué? ¿No sois feliz?

--Sí, muy feliz, y vos decís eso, vos que habeis encendido en mi alma

esta pasion, que me habeis hecho faltar á mis deberes, y que ahora me

abandonais quizá cuando mas os amo.........

--¡Abandonaros, Luisa! ¿y quién puede decir que os abandono?

--¿Quién? ¿quién? yo que lo conozco, Don Pedro, yo misma, yo, ¡ah Dios

mio! ¡Dios mio! qué desgraciada soy, tú me castigas por mis faltas!

Luisa se cubria el rostro fingiendo la mas profunda desesperacion.

--Calmaos, señora, calmaos--decia Don Pedro--calmaos, y oidme en nombre

del cielo, que nunca pensé en abandonaros; y os juro que mi amor por vos

es mayor cada dia.

--¿Me amas?--dijo Luisa calmándose repentinamente y sintiendo una

alegría infantil é inocente,--¿me amais? ¡ah, sí! ya lo decia yo, que no

podiais haberme engañado, jugando con un corazon vírgen como el mio;

porque ya os lo he dicho Don Pedro, vos habeis sido mi primer amor; yo

casada con Sosa por compromiso casi, sin saber lo que hacia, porque era

yo casi una niña, no conocia lo que era una pasion, os ví, me hablásteis

de amor, y un sentimiento nuevo brotó en mi corazon, y amé, amé por la

primera vez de mi vida, y por vos he sacrificado todo, honor, virtud,

religion y tranquilidad.........

--¡Luisa! ¡Luisa! yo tambien os adoro.

--¿Me adorais?--dijo Luisa como volviendo á caer en otra duda--me

adorais, y sin embargo, todo el mundo habla ya de que antier habeis

pedido formalmente la mano de Doña Beatriz de Rivera.

--Dejad á todo el mundo que diga lo que le plazca, mientras esteis vos

segura de mi amor; ¿lo estais?

--Sí, á pesar de todo; pero decidme la verdad, ¿por qué se habla de ese

casamiento?

--La verdad, Luisa, porque he tenido necesidad de atraerme así la

amistad de Don Alonso de Rivera su hermano, para ciertos negocios de

interes; pero os aseguro que nunca se efectuará esa boda.

--¿Y eso es de veras, no me engañais?

--No os engaño.

--Jurádmelo.

--Os lo juro.

--Ahora sí estoy contenta--dijo Luisa alegremente, y tomando una de las

toscas y mal formadas manos de Don Pedro entre las suyas,--ahora sí

estoy contenta. Ya lo veis, Don Pedro, jugais con mi corazon, con mis

sentimientos, á vuestro arbitrio; me poneis triste ó contenta á vuestro

antojo. ¿Pero decidme, vos para qué teneis necesidad de halagar á nadie

por vuestros negocios? ¿No sois inmensamente rico?

--Por ahora sí.

--¿Por ahora sí? y decís eso con un aire tan triste, como si no

dependiera de vuestra voluntad.........

--No depende.........

--No depende, porque no haceis caso de mis consejos. Don Pedro, como en

todo el dia no pienso ni me ocupo sino de vos, creedme, mis consejos son

el fruto de profundas meditaciones.

--No es posible.........

--Oidme, ¿qué tiempo le falta á vuestra hermana para entrar en el goce

de su caudal?

--Cosa de tres años, si no se casa antes.

--¿Creeis que se casará?

--Ah, eso no, porque yo lograré impedirlo.

--¿Pues entonces.........?

--Entonces, yo no veo mas medio sino que ella muriera antes, y goza de

una salud admirable.

--¿Y si profesara monja?

--¡Monja! seria magnífico eso, porque desapareceria del mundo como si

hubiera muerto.

--No hay mas que obligarla.........

--¿Y cómo, no queriendo ella?

--Querrá, querrá; aun os quedan tres años, ¿quereis seguir mis consejos?

--Dadmelos.

--¿Tiene novio? ¿amores?

--No, que yo sepa.

--Pues bien, en primer lugar, debeis saber que las mugeres, y sobre todo

las jóvenes, necesitamos tener el corazon lleno con un gran afecto, con

una pasion grande; la religion, el amor, la ternura de un hijo, algo, y

la que no lo tiene lo busca, si no, mirad la prueba, yo que no amaba á

mi marido, he necesitado de vuestro amor para ser feliz.

Don Pedro besó con deleite la mano de Luisa, que le dirigió una mirada

ardiente y provocativa.

--Sentado este principio--continuó Luisa--lo que importa es que vuestra

hermana odie el mundo y conciba ese ardiente deseo de profesar, que es á

lo que las devotas llaman vocacion.

--¿Y cómo alcanzar eso?

--Muy fácilmente; para que aborrezca el mundo, hacedle insoportable la

vida en vuestra casa, para eso vos os dareis modo.

--Comprendo.

--Y luego prevenidle que visite monjas, que estreche relaciones con

ellas, dadle gusto siempre que pretenda ir á verlas ú os pida algo para

ellas, que las monjas harán lo demás.

--Es decir que yo ganaré á las monjas para que le aconsejen que tome el

velo.

--No, no me entendeis, con hablarles á las monjas nada conseguiriais,

porque esas pobres mugeres no se prestarian si comprendian alguna

maquinacion; pero no hay necesidad, las personas que por impulso de su

corazon siguen una carrera en el mundo sea la del vicio y la

prostitucion, sea la de la gloria ó la virtud, tienen siempre como

principio atraer á sí, y á su circulo á cuantos pueden; por eso las

monjas procuraran convencer espontáneamente á Blanca á tomar el velo, y

con mas razon y mejor éxito, si ella, como es natural, les cuenta sus

penas y se queja con ellas.

--Es verdad, Luisa, teneis un talento admirable.

--No tengo sino mucho amor por vos, y mucho empeño por todo lo que os

concierne.

--¿Y á qué convento creeis mejor dirigirse?

--Mirad, se trata de fundar uno de Carmelitas descalzas, bajo la

advocacion de Santa Teresa: sé, á no dudarlo, que Doña Beatriz de

Rivera, alucinada por la Madre Sor Inés de la Cruz, profesa del de Jesus

María, apoya la fundacion. Esta Madre Sor Inés tiene fama de ser

inspirada, ha llegado á dominar á Doña Beatriz, ¿por qué no dominaria

tambien á vuestra hermana mas débil que Doña Beatriz, hasta obligarla á

tomar el velo?

--Pero ni yo, ni Blanca, conocemos á Sor Inés.

--No importa, haced una donacion de reales para la fundacion, que podeis

enviar por medio de Blanca á Sor Inés para que la presente al Arzobispo,

y es un medio muy gracioso para que comiencen esas relaciones; tanto

mas, que Sor Inés es muy protegida de Doña Beatriz, amiga de vuestra

hermana.

--Pero eso me costará la amistad de Don Alonso, y pierdo algunos

negocios que con él tengo pendientes.

--¿Y esos negocios os producirán lo que perdeis en caso de que Doña

Blanca no profese?

--Ni la décima parte.

--Entonces no hay ni que vacilar.

--Cada dia os encuentro mas digna de ser adorada--dijo Don Pedro besando

á Luisa en la boca.

--Si pierdo con Don Alonso--pensó Mejía, ganaré tal vez con Doña Beatriz

que tiene un rico dote.

--Si Doña Blanca profesara ó muriera--pensó Luisa--Don Pedro seria

sumamente rico, y como me ama, y mi marido puede morir en el dia menos

pensado, y Don Cárlos no se opondria, yo seria la muger de este hombre.

Los dos habian quedado meditabundos.

--¿En qué pensais?--dijo de repente Luisa.

--¿Y vos?--preguntó Mejía.

--Yo en que os amo.

--Y yo tambien.

Sonaron las doce y Mejía se levantó.

--¿Os marchais, Don Pedro?

--Sí, que son las doce: ¿podreis recibirme esta noche?

--¿A qué horas quereis venir?

--A las doce como siempre.

--Perdonadme, Don Pedro; pero esta noche es imposible: mi marido ha

convidado á cenar al alcalde mayor de Xochimilco, Don Cárlos de

Arellano, y estarán de sobre mesa hasta muy avanzada la noche, y querrán

que les haga yo compañía.

--¡Ay!

--Qué.

--Que ese alcalde mayor me va dando en qué pensar.

--¡Ingrato! ¿Y creeis?.........

--No creo nada; pero todo el mundo dice.

--Don Pedro, os diré como vos á mí hace un momento: «dejad al mundo que

diga lo que le plazca, mientras vos esteis seguro de mi amor: ¿lo

estais?

--Teneis mucho talento y mucha gracia--dijo riéndose Don Pedro, y

abrazando la delgada y flexible cintura de Luisa que se habia parado

para despedirse.

Luisa pagó su galantería con un beso lleno de pasion.

Don Pedro salia.

--¡Ah!--dijo Luisa--¿sabeis que llegó ya la carga de la nao de China?

--No.

--Pues ya me avisaron, y dicen que vienen primores, esta tarde iré á ver

antes de que vayan á ganarme.

--Enviad á vuestro mayordomo antes á mi casa.

--No, ¿para qué?

--Hacedme ese favor.

--No.

--Os lo suplico.

--¿Pero para qué?

--No me amais, puesto que no me dais gusto.

--Si os empeñais, irá.

--Me empeño.

--¿A qué hora?

--A las dos.

--Irá, caprichoso--dijo Luisa, corriendo adonde estaba Don Pedro

detenido cerca de la puerta, y dándole un beso.--No olvideis mis

consejos.

--De ninguna manera--contestó saliendo Don Pedro.

Luisa se quedó parada y con la cabeza inclinada, hasta que se perdió el

eco de los pasos de Mejía, y entonces se enderezó ligeramente y lanzó

una alegre carcajada.

--A pedir de boca--esclamó.

En este momento una puerta que estaba en el lado opuesto á la que

acababa de cerrar Don Pedro, se abrió, y un hombre alto, grueso y con el

vientre muy voluminoso, se presentó.

--Esposa mia, te veo muy alegre.

--Con razon, se acaba de ir Don Pedro de Mejía.

--Sí, he oido todo; pero vamos á comer que la mesa está puesta.

--Vamos, que como habrás oido es necesario enviar á las dos al mayordomo

á la casa.

Luisa tomó del brazo á su marido y entraron al comedor.

Al deredor de una gran mesa cargada con una riquísima vajilla de

porcelana de China, con grandes y brillantes botellones de cristal de

Bohemia, llenos de vino; con hermosos fruteros, y canastos, y saleros, y

cubiertos de plata primorosamente cincelados; habia algunos sitiales de

ébano tapizados de cuero carmesí, con figuras de oro estampadas

representande aves y mónstruos, árboles y flores, así tan fantásticos y

tan estraños, como los conciben solo en su imaginacion los habitantes

del Celeste imperio.

Los manteles y las servilletas eran de damasco, y encima de la mesa

pendia del dorado arteson del techo una hermosa lámpara de plata,

adornada con festones de flores sobre-dorados.

El gordo marido de Luisa, que seria un hombre de cincuenta y cuatro

años, se sentó en la cabecera frotándose alegremente las manos y

lamiéndose los labios, como un perro hambriento que olfatea la comida.

--¡Bendito sea Dios!--dijo, acomodando bien su plato--que nos ha dado de

comer con abundancia y descansadamente, sin merecerlo.

--¿No vendrá hoy el señor Arellano?--dijo Luisa.

--Creo que sí; pero no me parece prudencia aguardarle mas, porque son ya

las doce y cuarto.

--Ahí está--dijo Luisa, mirando entrar al comedor á un jóven como de

treinta años, rubio, apuesto, y elegantemente vestido.

--Dios sea en esta dichosa morada--dijo el recien venido, con ese

despejo propio de los hombres de buena sociedad.

--Él traiga á vuestra merced, señor alcalde mayor; que solo eso

esperábamos para comenzar á comer.

--Siento haberos hecho aguardar; pero la señora sabrá disculparme,

porque de ella me ocupaba.

--¡Cómo!--dijo Luisa.

--Separando algunos objetos para ella en la tienda de un comerciante

amigo mio.

--¿Y qué objetos?--preguntó Don Manuel llevando á la boca una inmensa

cucharada de sopa.

--Unos brocados, un tisú de plata, y otras frioleras de las que han

llegado en la nao de la China.

--¡Gracias, señor Don Cárlos!--dijo Luisa dirigiéndole una mirada

dulcísima.

--Poca cosa vino; pero en fin, como es necesario, aprovechamos lo que ha

llegado.

--Vamos, sentaos pues, y comamos que el hambre apura.

Don Cárlos se sentó al lado de Luisa, y los piés de ambos se buscaron y

se tocaron, porque aunque se rian nuestras lectoras, ya en el año del

Señor de 1615 estaba en uso esa clase de telégrafo, que no ha dejado

hasta nuestros dias de aprovecharse por los enamorados.

El amor es como los chinos, no varía de modas, y no se divierte ni se

rie como nosotros los que nos llamamos hombres civilizados, de los

trages de nuestros abuelos.

No hay mas que un amor: ciego y niño lo pintaron los griegos hace mas de

veinte siglos, y despues de dos mil años, ni el niño tiene siquiera

bigote ni hace la menor diligencia por quitarse la venda, y á tientas

camina en el siglo del telégrafo, del vapor y del daguerreotipo, como en

los de Ayax de Telamon, ó de Homero, ó de Temístocles.

Los hombres han inventado cruzar por el viento, y sobre los mares, medir

las distancias de los astros y sus revoluciones; pero ni han descubierto

otro modo de amar, ni han pensado en representar nunca al amor con

ropilla y calzas, ó con frac y bota de charol, como un dandy de nuestra

época.

--Acabo de encontrar en la calle al caballero Don Pedro de Mejía--dijo

Arellano.

--De acá salia--dijo Sosa.

--¿Vino á veros?--le preguntó Arellano.

--No--contestó Sosa sonriéndose--ha dado en ser, como sabeis, el galan

de mi muger.

--¿Sigue, acaso, en sus nécias pretenciones?

--Sí--dijo riéndose Luisa--y mas amartelado cada dia, ha creido que

puedo alucinarme por un hombre que de cerca me parece un oso, y de lejos

un Huitzilopochtli; el dios de los indios.

Todos se pusieron á reir alegremente.

Y la comida se prolongó hasta muy cerca de las oraciones de la noche.

Entonces Arellano se despidió, mas enamorado que nunca de la gracia de

Luisa; pero sin haber notado que ésta habia estado con mucho empeño

mirando las horas en una rica muestra de oro guarnecida de brillantes, y

á las dos de la tarde habia salido del comedor con cualquier pretesto.

Era que á esa hora habia enviado á su mayordomo á la casa de Mejía.

Una hora despues, Arellano no habia hecho alto en eso tampoco: un lacayo

habló en secreto á Luisa, y ésta volvió á salir del comedor.

El mayordomo habia vuelto de la casa de Don Pedro, trayendo dos mil

pesos fuertes.

Luisa mandó guardar el dinero y volvió á entrar al comedor, sin mostrar

alteracion ninguna.

Cuando Arellano se retiró Luisa salió á despedirse, y la despedida duró,

por lo menos, una hora: entre amantes no es mucho.

Don Manuel de la Sosa se habia quedado desde cosa de las cuatro de la

tarde, en un estado de somnolencia y de embrutecimiento, que ni hablaba,

ni entendia nada.

Hacia como dos años que Don Manuel se iba volviendo cada dia mas

estúpido, y solo pensaba en comer; desde las cuatro de la tarde se

sentia como amodorrado; solo salia de su estado á las ocho de la noche

para cenar, y se acostaba y dormia de un hilo hasta el dia siguiente.

Luisa, su muger, disponia y mandaba sin obstáculo en la casa: Don Manuel

era como un niño; comiendo bien, era feliz. Y nada turbaba la inmensa

tranquilidad de aquella dichosa pareja.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 27 / 161 题