Se ve el fin de la historia de Teodoro.
«A pesar del tiempo que habia trascurrido, la casa de mi amo permanecia
sin haberse vendido, cerrada, y selladas sus puertas con las armas del
Santo Oficio, al cual ya pertenecia.
«Entrar á la casa y sacar el dinero que habia dejado allí mi amo, y que
yo consideraba mio, era para mí cosa sumamente fácil.
«Empecé á rondar por las inmediaciones, y una noche en que todo estaba
tranquilo, me introduje por una vieja tapia y me dirigí al interior.
«Se me oprimia el corazon al recuerdo de los dias que habia yo pasado
allí, me parecia sentir aun el aliento y la voz de Luisa, me estremecia
pensando en ella, y en mi pobre amo á quien habia vuelto á ver en un
estado tan deplorable.
«Sin saber por qué, sentí un deseo irresistible de volver á entrar á la
casa que habia yo dejado de una manera tan inesperada. Llegué á la
cocina que era la primera pieza, entré resueltamente en ella, y al
llegar á la siguiente habitacion, sentí helarse de pavor mi corazon, oí
ruido en el interior y distinguí una luz, y luego cruzar algunas sombras
negras y silenciosas.
«Quise gritar, quise huir, pero era imposible, aquellas apariciones en
una casa por tanto tiempo desierta, aquella luz, todo aquello tan sobre
natural, me embargó de manera, que no fuí dueño de mí mismo, y sin
querer, y como impulsado, avancé algunos pasos vacilando y próximo á
caer.
«Repentinamente sentí una mano que se aferraba en mi cuello, y luego
unos brazos desnudos y llenos de grasa que me enlazaban, y me sentí
empujado silenciosamente hácia el lugar en que estaba la luz, que era la
pieza en que mi amo dormia, y la mas apartada de la casa.
«El temor y la sorpresa no me permitian oponer la menor resistencia:
creia yo estar entregado á séres sobrenaturales. Los que me conducian,
me abandonaron en medio del aposento; entonces miré á mi derredor en las
viejas sillas de mi amo, que estaban sentados como diez negros, en los
que yo reconocí esclavos de las principales casas de México, y de pié
otros veinte; todos estaban enteramente desnudos, sin mas que un
pequeñísimo taparabo: todos tenian el pelo cortado hasta la raiz y
estaban ungidos desde la cabeza hasta los piés con grasa, pero con tal
abundancia, que sus cuerpos negros brillaban como si fueran de azabache.
«En la pieza habia algunas luces, de manera que todo esto lo pude
percibir perfectamente.
--«Aquí está éste--dijeron los que me llevaban.
--«¿Quién eres, y qué hacias aquí?--me dijo el que parecia mandar á los
otros, y que yo conocí por ser esclavo de la casa de Don Leonel de
Cervantes.
--«Habíame quedado callado.
--«Responde--dijo imperiosamente: conocí que lo mejor seria decir la
verdad, porque aquellos además de ser como yo, negros y esclavos,
parecian no tener que ver con la justicia, sino para ser perseguidos por
ella.
--«Soy Teodoro--les contesté--de la casa de Doña Beatriz de Rivera, esta
casa fué de mi amo, y esta noche venia á buscar algo que habia ocultado
antes de salir.
«Mi respuesta pareció no satisfacer mucho al gefe, porque con un acento
despótico y alzado, dijo:
--«Trasas tiene este mas de espía que de otra cosa; nuestra posicion, y
el fin que nos proponemos, la libertad de nuestros hermanos, exigen todo
sacrificio y todo cuidado: por sí ó por no, que muera éste.
--«Que muera--dijeron unos.
«Ver mi muerte segura, y ser deshonrado como espía delante de mis
hermanos, eran dos cosas en verdad muy terribles.
«Entonces una idea me alumbró y quise esponerlo todo.
--«Hermanos,--dije--tratais de nuestra libertad, y nadie tiene tanto
derecho como yo, de mandar en el consejo, y así me llamais espía, llevo
sangre real pura, y nadie la lleva como yo; que respondan los ancianos y
los nobles de entre vosotros, soy un príncipe.
«Entre nosotros, á pesar de vivir en la esclavitud, se conservan la
nobleza y las dinastías reales: uno de nosotros arrancado de su patria,
será respetado y obedecido de todos los negros de su tribu, ó de su
nacion, en donde quiera que se dé á reconocer.
«Tres ancianos, nobles reconocidos, que habia en el consejo, salieron
hasta cerca de mí y me examinaron.
«Los demas estaban como esperando su resolucion.
«Los ancianos se inclinaron delante de mí, y dijeron á los otros:
--«Príncipe es y el mas noble de los nobles de nuestra raza, si quiere
mandar y tiene valor y fuerza, le obedeceremos.
--«Que mande, que mande,--dijeron todos con el entusiasmo de la novedad.
«Francisco, aquel que me habia hablado y á quien venia yo á sustituir en
caso de tomar parte en aquello, que yo comprendia como una conspiracion,
quiso oponerse.
--«Serás--dijo--mas noble; pero no mas fuerte para mandar.
«Estaba yo ya orgulloso de mi posesion, y seguro de mi fuerza, y le
contesté:
--«Soy fuerte diez veces como tú.
--«Probémoslo--dijo--echándome los brazos al cuello.
--«Sí,--le contesté, y quise asirlo.--Mis manos se deslizaron en su
cuerpo, estaba completamente untado de sebo, y no era posible asegurarlo
de ninguna parte.
«El objeto de esto, de cortarse á raíz el pelo, y de no llevar vestidos,
era porque así se escurririan mas fácilmente de las manos de la ronda,
que solo muertos ó heridos podria hacerlos presos.
«Él me apretaba, y casi estaba para derribarme, cuando logré asirle una
mano por el puño, y antes que hiciese impulso para retirarla le apreté
con todas mis fuerzas.
«Lanzó un grito y se arrodilló: le habia fracturado el hueso.
«Entonces nadie dudó obedecerme, y luego, inmediatamente, pedí
esplicaciones sobre el objeto de la conspiracion, y los elementos con
que se contaba.
«El objeto era una sublevacion para conseguir nuestra libertad: los
elementos un gran número de afiliados entre los negros mansos, como nos
dicen á nosotros los esclavos, entre los bozales que viven alzados, y
entre los mulatos; solo faltaba dinero para comprar armas. Comenzaba la
cuaresma y se habia señalado la Semana Santa para dar el golpe.
«Yo les ofrecí buscar el dinero y dárselos.
«La noche estaba muy avanzada, y nos retiramos.
«Me enseñaron entonces un subterráneo que daba entrada á la casa, y que
iba á salir á otra ruinosa y abandonada por cerca de los antiguos
fuertes de Joloc, fuera de la traza, por el lado de Coyohuacan.
«Aquella comunicacion me admiró, porque la ciudad está casi toda
construida sobre el agua, y sin embargo son aquí de lo mas comunes las
vías subterráneas.
«Supe que en la desierta casa de Abalabide no habia reuniones, sino una
ó dos veces cuando mas en la semana, y determiné aprovechar el
conocimiento del subterráneo para seguir en mis pesquisas, y tenerlo
como una retirada segura en caso de peligro.
«A las dos ó tres noches volví á entrar por las tapias, y despues que me
cercioré de que estaba solo dí á buscar el pozo; con poco trabajo lo
encontré: estaba casi cegado con escombros y basuras: comencé á trabajar
en limpiarlo, y poco á poco, en cosa de seis noches, logré llegar al
fondo. Encontré allí cajoncitos y baules pequeños, pero en gran
cantidad; y sin llamar la atencion trasladé todo aquello al cuarto que
mi ama me habia destinado en su casa.
«Mi primer cuidado fué ocultarlo para que nadie entrase en sospechas,
mientras veía dónde los dejaba definitivamente, ó qué hacia con todo
aquello.
«La conspiracion entre tanto seguia fermentando cada dia mas; y yo, á
pesar de que ellos me habian reconocido como digno de ser gefe,
concurria muy poco á sus juntas.
«Los datos que habia yo llegado á obtener eran estos. Aquella
conspiracion habia sido promovida por una muger de la raza negra, casada
con un español de bastantes proporciones, y cuyo nombre no conocian
todos; pero que era la accion viva de todos los conjurados, sin
descubrirse, guardando siempre un riguroso incógnito y entendiéndose con
ellos por medio de cuatro esclavas jóvenes que tenia, y las cuales
tenian sus amantes entre los principales de la conjuracion.
«Tuve, como era natural, necesidad de hablar con esas cuatro mugeres, y
les pregunté quién era la que las enviaba.
--«Pediremos permiso para decírtelo--contestaron.
--«¿A quién?
--«A mi señora.
«Al otro dia volvieron.
--«Nos lo ha prohibido--me dijeron.
«Y hubo necesidad de conformarse.
«Todo estaba ya dispuesto para dar el golpe, aunque no nos habiamos
podido proveer de armas en número suficiente, pero en la ciudad no habia
mas tropa que la pequeña guardia de alabarderos del virey.
«Todo marchaba bien, y hubo un incidente que nos hizo concebir lo fácil
de nuestro intento.
«Sin saber cómo ni por quién, comenzó á difundirse en la ciudad una
alarma sorda, y á zuzurrarse que nosotros tramábamos algo, y que de un
dia á otro los bozales vendrian en nuestro auxilio: una noche entró por
una de las garitas una piara de puercos que traian para las matanzas;
los animales gruñian y chillaban, el vecindario pensó que era la
algazara de los bozales, y todo el mundo lleno de terror se encerró, y
hasta muy entrado el dia siguiente no se atrevieron á salir los vecinos
á desengañarse.
«Era el año de 1612. El Arzobispo Guerra, virey de Nueva España, habia
caido al subir á su coche, y habia muerto á resultas del golpe: la
Audiencia gobernaba, y el momento era oportuno para dar el grito; aunque
mucho se murmuraba en la ciudad, eran voces sueltas sin que nada se
hubiese descubierto.
«Pero de repente la alarma se hizo mas notable, y el Mártes Santo en la
tarde se dió la órden por la Audiencia gobernadora de suspender todas
las ceremonias del Juéves Santo.
«Vivia aún mi amo Don Juan Luis de Rivera, y el Mártes Santo en la noche
quiso pasar al palacio á ver al Oidor decano para ponerse de acuerdo con
él, respecto á ciertas medidas que habia que tomar.
«Mi ama Doña Beatriz se resistia á que saliera, y al fin condescendió
con la condicion de que yo, que era para ella el de mas confianza, lo
acompañara; consintió mi amo, y nos dirigimos á palacio.
«Como Don Juan Luis de Rivera era persona de tan alta importancia, llegó
sin dificultad hasta la cámara en que habitaba el señor Otalora, que era
el Oidor decano, y yo quedé en una de las antesalas esperándolo.
«Hacia media hora que allí estaba, cuando llegó un hombre lujosamente
vestido, y dirigiéndose á uno de los criados, le dijo en voz alta:
--«Hacedme favor de pasar recado al señor Oidor, que Don Cárlos de
Arellano, alcalde mayor de Xochimilco, desea hablarle para un negocio
muy urgente del servicio de Su Magestad.
«El criado entró el recado y el hombre quedó esperando, y paseándose con
grandes muestras de impaciencia.
«Poco despues salió el Oidor, habló cortesmente á Don Cárlos, y lo llevó
á un aposento inmediato.
«Conversaron allí largo rato y luego salió demudado el Oidor: se
despidió de Arellano y volvió á meterse á su cámara.
«Desde este momento comenzaron en el palacio un movimiento y una
agitacion estrañas: entraban y salian gentes de justicia, y alabarderos,
y personas principales llamadas por el Oidor á palacio; yo comencé á
entrar en sospechas.
«Aquella noche habia junta en la casa desierta de Don José, y yo por
acompañar á mi amo no habia podido asistir.
«Casi á media noche se retiró mi amo de palacio, y me causó estrañeza
encontrar las calles llenas de patrullas de vecinos armados, que hacian
la ronda con los alcaldes y corregidores.
«Doña Beatriz esperaba á su tio con gran cuidado, habia sentido tambien
el rumor y estaba pesarosa de su tardanza.
--«Cuánto cuidado--le dijo saliendo al encuentro--he tenido por vos.
«Ya lo suponia yo, hija mia--pero no era posible otra cosa; todo se ha
descubierto esta noche.
--«¿Y cómo?
--«Ahora te contaré; retírate Teodoro.
«Yo me retiré, y mi ama y su tio se encerraron en su aposento. Como
todos dormian ya en la casa, pude sin temor acercarme á la puerta
cerrada y percibir la conversacion, porque adentro hablaban alto.
--«Esto ha sido providencial--decia Don Juan Luis de Rivera.--¡Por
estraños caminos dispone la Providencia cumplir sus designios!
--«¿Pero cómo ha estado eso?--preguntaba mi ama.
--«Figúrate, hija mia, que el alcalde mayor de Xochimilco, Don Cárlos de
Arellano, tiene en México una dama, que Dios se lo perdone, es una muger
casada: esta señora tiene cuatro esclavas jóvenes, y hoy en la noche
queriendo salir á la reja para hablar con Don Cárlos, notó que las
esclavas habian salido, se alarmó, y logró averiguar que las cuatro
salian á la reunion que tienen los negros para tratar de alzarse con el
reino; y supo mas, que estas juntas se tenian en la casa abandonada de
Don José de Abalabide, preso en la Inquisicion; que esta casa tenia
entrada por un subterráneo por una casa del rumbo de Coyohuacan; que
esta noche estaban juntos, y que mañana al amanecer debian dar el golpe.
La dama, con una caridad y un celo verdaderamente cristianos, en vez de
departir de amores con Don Cárlos, contóle de lo que averiguado habia, y
le envió al Oidor decano para que le diese parte, autorizándolo, para
dar mejor testimonio, á referir sus amorosas relaciones, consintiendo en
perder su fama con tal de salvar los intereses de Su Magestad.
«Yo habia escuchado hasta el fin esta relacion, y no necesité mas para
comprender que todo estaba perdido, y que quien habia hecho la denuncia
era la dama de Don Cárlos de Arellano, y que ésta debia ser sin duda el
ama de las cuatro esclavas con quienes yo habia tratado, y que habia
sido la que aquella conspiracion habia inventado; solo ella estaba en
aquellos secretos, y solo ella podia conocer el lugar y la hora de la
reunion: además, la circunstancia de ser cuatro sus esclavas, y ser
éstas las mismas mugeres que estaban en el secreto, me hacia tener mas
seguridad en mis conjeturas.
«Aquella era la traicion mas horrible que se podia imaginar; promover
una conspiracion, animarla, exaltar los ánimos, y despues denunciar á
los comprometidos, era infame, inícuo.
«Bajo tan penosas impresiones me retiré á mi aposento sin saber qué
hacer de mí; huir, era declararme yo mismo culpable; esperar, era
esperar la muerte; aquella muger sabia por sus esclavas que yo estaba en
el complot, y podia perderme; una víbora semejante, era capaz de todo.
En fin, despues de reflexionar mucho, pensé que lo mejor era quedarme y
confiárselo todo á mi ama Doña Beatriz.
«Pasaron los dias santos, las prisiones seguian y yo no me atrevia á
salir á la calle.
«En la Pascua Florida la Audiencia ordenó la ejecución de los reos que
habian sido presos en la Semana Santa, y la mayor parte de los amos
dispusieron que sus esclavos fuesen á presenciar la ejecucion para que
les sirviese de escarmiento.
«El dia fijado fuí yo tambien entre la servidumbre de la casa de Rivera
á la Plaza Mayor, adonde debia tener lugar la ejecucion de la sentencia.
«Aquel ha sido el dia mas espantoso de mi vida; aun me parece que lo
veo.
«La Plaza Mayor y las calles vecinas eran verdaderamente un mar de gente
que se apiñaba por presenciar un espectáculo tan horrible.
«En el frente de palacio se elevaban dos horcas. El concurso inmenso se
agitó, se levantó un rumor sordo, y los ajusticiados aparecieron
saliendo de la cárcel, que estaba al costado de palacio. Eran
veintinueve hombres y cuatro mugeres; las cuatro esclavas que yo habia
conocido. Las cuatro eran jóvenes y eran las que debian morir primero:
se les habia concedido esto como gracia para evitarles el martirio de
ver ajusticiar á los hombres.
«Aquellas infelices, mas muertas que vivas, caminaban, ó mas bien se
arastraban al patíbulo, sostenidas por dos hombres que las llevaban de
los brazos: al lado de cada una de ellas venian dos sacerdotes
exhortándolas en voz alta, á grandes gritos, encomendándolas á Dios:
llevaba cada una en la mano un Crucifijo, que apenas tenia fuerzas para
llevar á la boca.
«Estoy seguro de que no habia una sola persona en aquel inmenso concurso
que no se sintiese horriblemente conmovida: llegaron las dos primeras á
la horca y las subieron los verdugos: les ataron los lazos corredizos
en el cuello y se apartaron las escaleras que les servian de apoyo; los
cuerpos quedaron suspendidos en el aire, agitando convulsivamente las
piernas, y dos verdugos enmascarados, con una agilidad verdaderamente
infernal, subieron á caballo sobre los hombros de las víctimas, y
mientras que con ambas manos les tapaban la boca y las narices, con los
piés les aplicaban furiosos golpes sobre el pecho y sobre el estómago.
«Poco á poco fueron quedando inmóbiles aquellos cuerpos, hasta que
puesta otra vez la escalera los verdugos descendieron y se descolgaron
aquellos dos primeros cadáveres.
«Siguieron las otras dos mugeres. Una subió resignada; pero la otra en
el momento de pisar el primer escalon se rebeló.
--«No quiero morir--gritaba la infeliz--por Dios, señores, que me
perdonen; no quiero, no quiero; por Dios, por su Madre Santísima, que me
perdonen.........
«Y luchaba, y se debatia; los verdugos no podian hacerla subir: otros
vinieron en su auxilio, pero aquella muger, la mas jóven de todas, tenia
en esos momentos una fuerza terrible: habia logrado desatar sus manos y
golpeaba y arañaba; pero á pesar de todo subia, subia arrastrada por los
verdugos. Al colocarle el lazo fué necesario emprender otra nueva lucha:
estaba casi enteramente desnuda, porque toda su ropa habia caido hecha
pedazos: mordia, escupia, gritaba. Aquello era un espectáculo que hacia
erizar los cabellos.
«Le colocaron el lazo, se retiró la escalera y quedó en el aire: el
verdugo subió sobre sus hombros y quiso taparle la boca; pero ella tenia
las manos libres y apartó violentamente las del verdugo: el hombre
perdió el equilibrio, quiso sostenerse y cayó á tierra arrancando el
último pedazo de lienzo que cubria á la infeliz, que quedó completamente
desnuda á la vista del inmenso concurso; pero la escena no dejaba á
nadie pensar en esto, á pesar de que aquella muger tendria á lo mas diez
y ocho años. Lo que estaba pasando era espantoso: habia logrado meter
las manos entre el lazo que rodeaba su cuello, y así se sostenia
abriendo con espanto los ojos, é implorando gracia con una voz sofocada.
--«Gracia, gracia, por Dios, por Dios--gritaba, haciendo inmensos
esfuerzos para sostenerse en las manos.
«Uno de los verdugos brincó y se abrazó de sus piés; pero como estaban
desnudos y ella hacia esfuerzos para desprenderse de él, el hombre se
soltó, llegó otro y se aferró con todas sus fuerzas; entonces comenzó
para la infeliz muchacha una agonía imposible de describir: como sus
manos impedian correr bien el lazo, el nudo no apretaba pronto, y la
muerte llegaba, pero lenta, dolorosa: la jóven no gritaba, pero producia
una especie de ronquido: no podia mover las piernas porque un hombre
estaba suspendido de ella; ni las manos, porque las tenia aprisionadas
en el cuello; pero su seno se agitaba rápidamente. No pude soportar
aquello: cerré los ojos, y me cubrí la cara con las manos.
«La infeliz, debió hacer algo espantosamente ridículo en medio de las
ansias de la agonía, porque sentí un murmullo de horror entre la
multitud, y al mismo tiempo unas alegres carcajadas: volví el rostro
espantado buscando al autor de aquella profanacion impía, y en una
carroza que estaba cerca de mí descubrí tres personas que reían
burlándose de la esclava infeliz: eran Don Manuel de la Sosa, (el
antiguo vecino de D. José de Abalabide), el hombre que habia ido á
denunciar la conspiracion, y que, segun entendí, se llamaba Don Cárlos
de Arellano, y Luisa, Luisa la mulata, la esclava de Don José; la muger
que me habia inspirado una pasion tan vehemente.
«Los tres estaban ricamente vestidos; terciopelo, sedas, oro, plumas,
joyas; aquella carroza parecia de unos príncipes.
«Don Carlos estaba al lado de Luisa, y al frente de ellos D. Manuel.
«Infinitas sospechas se alzaron en mi alma; casi lo comprendí todo; pero
quise cerciorarme acercándome al carruaje, sin que ellos, ó al menos
Luisa, me conocieran, y alcanzar algunas palabras de su conversacion.
«Descolgaban en estos momentos los cadáveres de las dos esclavas.
--«Eran dos muchachas muy serviciales--decia Luisa.
--«Pero yo respondo de que la Real Hacienda os indemnizará la pérdida,
no solo de éstas dos, sino de las cuatro, en recompensa del servicio que
habeis hecho á la ciudad--contestó Arellano.
--«Así se lo habia yo dicho á mi esposo, agregó Luisa.
--«Y tal lo creo--dijo entonces Don Manuel, que bien merece el beneficio
que á costa de nuestros propios intereses hemos hecho, el que Su
Magestad se acuerde de nosotros.
«La multitud volvió á alzar un murmullo que me impidió continuar
escuchando: era que comenzaba la ejecucion de los hombres.
«Yo no necesitaba saber mas, y todo estaba claro para mí: el hombre
libre que habia hecho libre á Luisa, era Don Manuel: él, sin duda, por
envidia era el que habia enterrado el Cristo en la puerta de la tienda
de Don José, y lo habia denunciado despues al Santo Oficio para
perderlo, y Luisa habia sido su cómplice, y seguramente ella era la que
habia introducido furtivamente el otro Cristo al cuarto de mi amo, y
ella sabia que aquella noche terrible debian llegar los familiares á la
casa de mi amo, y me precipitaba á cometer el delito para librarse
tambien de mí, y su fuga estaba ya preparada..........
«Porque era seguro, era Luisa la muger casada que estaba en relaciones
con Arellano, y que habia denunciado la conspiracion despues de
exaltarla.
«Aquella muger era un demonio, con un rostro tan hechicero y una alma
tan infernal.
«Las ejecuciones terminaron: los cadáveres fueron decapitados, y treinta
y tres cabezas se clavaron en escarpias en medio de la Plaza.--En la
noche de ese dia tenia yo fiebre.
«Un mes estuve luchando entre la vida y la muerte: mi ama nada omitió
para salvarme, y gracias á eso la enfermedad cedió.
«Entre las esclavas encargadas por mi ama Doña Beatriz de asistirme,
habia una jóven que se llamaba Servia, y que fué la que con mas
constancia se dedicó á mi curacion.
«Cuando estuve sano, el recuerdo de Luisa que me venia como un
remordimiento, cedió ante el amor puro que concebí por Servia; la jóven
inocente me amo tambien.
«Pero yo no podia dejar de ser una amenaza para Luisa, y ella debió
comprenderlo, porque apenas estuve sano fui preso de órden de la
Audiencia, y conducido á las cárceles de palacio.
«Mi sentencia no era dudosa, y recibí la noticia de prepararme á morir
como cristiano.
«Servia desolada se arrojó á los piés de mi ama Dª Beatriz, y le declaró
nuestro amor, y mi ama se compadeció de nosotros.
«El dia de mi ejecucion estaba señalado, yo no conservaba ya esperanza
ninguna, ¿quién se habia de interesar por este pobre esclavo?
«Pocos dias antes habia tomado posesion del vireinato, segun supe
despues, el señor Marqués de Guadalcazar, que vino con su esposa y sus
niñas; la fama de virtud y de hermosura de mi ama Doña Beatriz, cautivó
á la vireina, que hizo llamar á mi amo Don Juan Luis de Rivera, para
conseguir de él que mi ama entrase en palacio en calidad de dama de
honor.
«Don Juan Luis llegó á la casa contentísimo con aquel honor, pero
temeroso de que Doña Beatriz se rehusase, y acertó á llegar en el
momento en que Servia de rodillas le pedia que implorase por mi vida.
«Doña Beatriz escuchó la noticia que le llevaba su tio encareciéndole el
empeño de los vireyes; y como alumbrada por un rayo de caridad, se hizo
ataviar ricamente y conducir á la presencia de la vireina.
«Mi ama tan bella y tan soberbiamente prendida, fué recibida en palacio
con regocijo; pero apenas vió á los vireyes, se arrojó á sus piés.
«En vano la instaron á levantarse.
--«Señora,--dijo dirigiéndose á la vireina--si tanto honor me haceis
escogiéndome entre vuestras damas, hacedme una gracia y servicio
distinguido.
--«¿Qué podeis pedir, Doña Beatriz,--contestó la vireina--que estando en
mi mano os lo niegue?
--«Señora, interponed vuestro amor y respetos con Su Excelencia, para
obtener el indulto de un condenado á muerte, de mi esclavo Teodoro.
--«Y por salvar á un esclavo tomais tanta pena?
--«Señora, le debo mi vida y la de mi tio, que salvó poniendo en riesgo
su existencia; aunque era un esclavo, entonces no lo era nuestro, y
siempre le debo gratitud.
--«Pero segun sé, Doña Beatriz,--dijo el virey que habia permanecido en
silencio--ese esclavo es culpable.
--«Por eso mismo pido el indulto á Su Excelencia, porque el indulto es
el perdon, y el perdon se hizo para los criminales y no para los
inocentes.
--«Teneis razon de sobra,--dijo el virey--alzad, que yo os lo prometo.
«Cuatro dias despues estaba yo fuera de la prision, mi ama dió su
libertad á Servia y me la entregó por esposa, yo no quise nunca mi
libertad, referí mi historia toda á mi ama, sin tener para ella secreto,
y sigo y seguiré siendo siempre el mas humilde de sus esclavos.
«Ahora su señoría verá cómo tenia razon en decirle que debo á Doña
Beatriz, mi vida y mi felicidad.