XV.

Se ve el fin de la historia de Teodoro.

«A pesar del tiempo que habia trascurrido, la casa de mi amo permanecia

sin haberse vendido, cerrada, y selladas sus puertas con las armas del

Santo Oficio, al cual ya pertenecia.

«Entrar á la casa y sacar el dinero que habia dejado allí mi amo, y que

yo consideraba mio, era para mí cosa sumamente fácil.

«Empecé á rondar por las inmediaciones, y una noche en que todo estaba

tranquilo, me introduje por una vieja tapia y me dirigí al interior.

«Se me oprimia el corazon al recuerdo de los dias que habia yo pasado

allí, me parecia sentir aun el aliento y la voz de Luisa, me estremecia

pensando en ella, y en mi pobre amo á quien habia vuelto á ver en un

estado tan deplorable.

«Sin saber por qué, sentí un deseo irresistible de volver á entrar á la

casa que habia yo dejado de una manera tan inesperada. Llegué á la

cocina que era la primera pieza, entré resueltamente en ella, y al

llegar á la siguiente habitacion, sentí helarse de pavor mi corazon, oí

ruido en el interior y distinguí una luz, y luego cruzar algunas sombras

negras y silenciosas.

«Quise gritar, quise huir, pero era imposible, aquellas apariciones en

una casa por tanto tiempo desierta, aquella luz, todo aquello tan sobre

natural, me embargó de manera, que no fuí dueño de mí mismo, y sin

querer, y como impulsado, avancé algunos pasos vacilando y próximo á

caer.

«Repentinamente sentí una mano que se aferraba en mi cuello, y luego

unos brazos desnudos y llenos de grasa que me enlazaban, y me sentí

empujado silenciosamente hácia el lugar en que estaba la luz, que era la

pieza en que mi amo dormia, y la mas apartada de la casa.

«El temor y la sorpresa no me permitian oponer la menor resistencia:

creia yo estar entregado á séres sobrenaturales. Los que me conducian,

me abandonaron en medio del aposento; entonces miré á mi derredor en las

viejas sillas de mi amo, que estaban sentados como diez negros, en los

que yo reconocí esclavos de las principales casas de México, y de pié

otros veinte; todos estaban enteramente desnudos, sin mas que un

pequeñísimo taparabo: todos tenian el pelo cortado hasta la raiz y

estaban ungidos desde la cabeza hasta los piés con grasa, pero con tal

abundancia, que sus cuerpos negros brillaban como si fueran de azabache.

«En la pieza habia algunas luces, de manera que todo esto lo pude

percibir perfectamente.

--«Aquí está éste--dijeron los que me llevaban.

--«¿Quién eres, y qué hacias aquí?--me dijo el que parecia mandar á los

otros, y que yo conocí por ser esclavo de la casa de Don Leonel de

Cervantes.

--«Habíame quedado callado.

--«Responde--dijo imperiosamente: conocí que lo mejor seria decir la

verdad, porque aquellos además de ser como yo, negros y esclavos,

parecian no tener que ver con la justicia, sino para ser perseguidos por

ella.

--«Soy Teodoro--les contesté--de la casa de Doña Beatriz de Rivera, esta

casa fué de mi amo, y esta noche venia á buscar algo que habia ocultado

antes de salir.

«Mi respuesta pareció no satisfacer mucho al gefe, porque con un acento

despótico y alzado, dijo:

--«Trasas tiene este mas de espía que de otra cosa; nuestra posicion, y

el fin que nos proponemos, la libertad de nuestros hermanos, exigen todo

sacrificio y todo cuidado: por sí ó por no, que muera éste.

--«Que muera--dijeron unos.

«Ver mi muerte segura, y ser deshonrado como espía delante de mis

hermanos, eran dos cosas en verdad muy terribles.

«Entonces una idea me alumbró y quise esponerlo todo.

--«Hermanos,--dije--tratais de nuestra libertad, y nadie tiene tanto

derecho como yo, de mandar en el consejo, y así me llamais espía, llevo

sangre real pura, y nadie la lleva como yo; que respondan los ancianos y

los nobles de entre vosotros, soy un príncipe.

«Entre nosotros, á pesar de vivir en la esclavitud, se conservan la

nobleza y las dinastías reales: uno de nosotros arrancado de su patria,

será respetado y obedecido de todos los negros de su tribu, ó de su

nacion, en donde quiera que se dé á reconocer.

«Tres ancianos, nobles reconocidos, que habia en el consejo, salieron

hasta cerca de mí y me examinaron.

«Los demas estaban como esperando su resolucion.

«Los ancianos se inclinaron delante de mí, y dijeron á los otros:

--«Príncipe es y el mas noble de los nobles de nuestra raza, si quiere

mandar y tiene valor y fuerza, le obedeceremos.

--«Que mande, que mande,--dijeron todos con el entusiasmo de la novedad.

«Francisco, aquel que me habia hablado y á quien venia yo á sustituir en

caso de tomar parte en aquello, que yo comprendia como una conspiracion,

quiso oponerse.

--«Serás--dijo--mas noble; pero no mas fuerte para mandar.

«Estaba yo ya orgulloso de mi posesion, y seguro de mi fuerza, y le

contesté:

--«Soy fuerte diez veces como tú.

--«Probémoslo--dijo--echándome los brazos al cuello.

--«Sí,--le contesté, y quise asirlo.--Mis manos se deslizaron en su

cuerpo, estaba completamente untado de sebo, y no era posible asegurarlo

de ninguna parte.

«El objeto de esto, de cortarse á raíz el pelo, y de no llevar vestidos,

era porque así se escurririan mas fácilmente de las manos de la ronda,

que solo muertos ó heridos podria hacerlos presos.

«Él me apretaba, y casi estaba para derribarme, cuando logré asirle una

mano por el puño, y antes que hiciese impulso para retirarla le apreté

con todas mis fuerzas.

«Lanzó un grito y se arrodilló: le habia fracturado el hueso.

«Entonces nadie dudó obedecerme, y luego, inmediatamente, pedí

esplicaciones sobre el objeto de la conspiracion, y los elementos con

que se contaba.

«El objeto era una sublevacion para conseguir nuestra libertad: los

elementos un gran número de afiliados entre los negros mansos, como nos

dicen á nosotros los esclavos, entre los bozales que viven alzados, y

entre los mulatos; solo faltaba dinero para comprar armas. Comenzaba la

cuaresma y se habia señalado la Semana Santa para dar el golpe.

«Yo les ofrecí buscar el dinero y dárselos.

«La noche estaba muy avanzada, y nos retiramos.

«Me enseñaron entonces un subterráneo que daba entrada á la casa, y que

iba á salir á otra ruinosa y abandonada por cerca de los antiguos

fuertes de Joloc, fuera de la traza, por el lado de Coyohuacan.

«Aquella comunicacion me admiró, porque la ciudad está casi toda

construida sobre el agua, y sin embargo son aquí de lo mas comunes las

vías subterráneas.

«Supe que en la desierta casa de Abalabide no habia reuniones, sino una

ó dos veces cuando mas en la semana, y determiné aprovechar el

conocimiento del subterráneo para seguir en mis pesquisas, y tenerlo

como una retirada segura en caso de peligro.

«A las dos ó tres noches volví á entrar por las tapias, y despues que me

cercioré de que estaba solo dí á buscar el pozo; con poco trabajo lo

encontré: estaba casi cegado con escombros y basuras: comencé á trabajar

en limpiarlo, y poco á poco, en cosa de seis noches, logré llegar al

fondo. Encontré allí cajoncitos y baules pequeños, pero en gran

cantidad; y sin llamar la atencion trasladé todo aquello al cuarto que

mi ama me habia destinado en su casa.

«Mi primer cuidado fué ocultarlo para que nadie entrase en sospechas,

mientras veía dónde los dejaba definitivamente, ó qué hacia con todo

aquello.

«La conspiracion entre tanto seguia fermentando cada dia mas; y yo, á

pesar de que ellos me habian reconocido como digno de ser gefe,

concurria muy poco á sus juntas.

«Los datos que habia yo llegado á obtener eran estos. Aquella

conspiracion habia sido promovida por una muger de la raza negra, casada

con un español de bastantes proporciones, y cuyo nombre no conocian

todos; pero que era la accion viva de todos los conjurados, sin

descubrirse, guardando siempre un riguroso incógnito y entendiéndose con

ellos por medio de cuatro esclavas jóvenes que tenia, y las cuales

tenian sus amantes entre los principales de la conjuracion.

«Tuve, como era natural, necesidad de hablar con esas cuatro mugeres, y

les pregunté quién era la que las enviaba.

--«Pediremos permiso para decírtelo--contestaron.

--«¿A quién?

--«A mi señora.

«Al otro dia volvieron.

--«Nos lo ha prohibido--me dijeron.

«Y hubo necesidad de conformarse.

«Todo estaba ya dispuesto para dar el golpe, aunque no nos habiamos

podido proveer de armas en número suficiente, pero en la ciudad no habia

mas tropa que la pequeña guardia de alabarderos del virey.

«Todo marchaba bien, y hubo un incidente que nos hizo concebir lo fácil

de nuestro intento.

«Sin saber cómo ni por quién, comenzó á difundirse en la ciudad una

alarma sorda, y á zuzurrarse que nosotros tramábamos algo, y que de un

dia á otro los bozales vendrian en nuestro auxilio: una noche entró por

una de las garitas una piara de puercos que traian para las matanzas;

los animales gruñian y chillaban, el vecindario pensó que era la

algazara de los bozales, y todo el mundo lleno de terror se encerró, y

hasta muy entrado el dia siguiente no se atrevieron á salir los vecinos

á desengañarse.

«Era el año de 1612. El Arzobispo Guerra, virey de Nueva España, habia

caido al subir á su coche, y habia muerto á resultas del golpe: la

Audiencia gobernaba, y el momento era oportuno para dar el grito; aunque

mucho se murmuraba en la ciudad, eran voces sueltas sin que nada se

hubiese descubierto.

«Pero de repente la alarma se hizo mas notable, y el Mártes Santo en la

tarde se dió la órden por la Audiencia gobernadora de suspender todas

las ceremonias del Juéves Santo.

«Vivia aún mi amo Don Juan Luis de Rivera, y el Mártes Santo en la noche

quiso pasar al palacio á ver al Oidor decano para ponerse de acuerdo con

él, respecto á ciertas medidas que habia que tomar.

«Mi ama Doña Beatriz se resistia á que saliera, y al fin condescendió

con la condicion de que yo, que era para ella el de mas confianza, lo

acompañara; consintió mi amo, y nos dirigimos á palacio.

«Como Don Juan Luis de Rivera era persona de tan alta importancia, llegó

sin dificultad hasta la cámara en que habitaba el señor Otalora, que era

el Oidor decano, y yo quedé en una de las antesalas esperándolo.

«Hacia media hora que allí estaba, cuando llegó un hombre lujosamente

vestido, y dirigiéndose á uno de los criados, le dijo en voz alta:

--«Hacedme favor de pasar recado al señor Oidor, que Don Cárlos de

Arellano, alcalde mayor de Xochimilco, desea hablarle para un negocio

muy urgente del servicio de Su Magestad.

«El criado entró el recado y el hombre quedó esperando, y paseándose con

grandes muestras de impaciencia.

«Poco despues salió el Oidor, habló cortesmente á Don Cárlos, y lo llevó

á un aposento inmediato.

«Conversaron allí largo rato y luego salió demudado el Oidor: se

despidió de Arellano y volvió á meterse á su cámara.

«Desde este momento comenzaron en el palacio un movimiento y una

agitacion estrañas: entraban y salian gentes de justicia, y alabarderos,

y personas principales llamadas por el Oidor á palacio; yo comencé á

entrar en sospechas.

«Aquella noche habia junta en la casa desierta de Don José, y yo por

acompañar á mi amo no habia podido asistir.

«Casi á media noche se retiró mi amo de palacio, y me causó estrañeza

encontrar las calles llenas de patrullas de vecinos armados, que hacian

la ronda con los alcaldes y corregidores.

«Doña Beatriz esperaba á su tio con gran cuidado, habia sentido tambien

el rumor y estaba pesarosa de su tardanza.

--«Cuánto cuidado--le dijo saliendo al encuentro--he tenido por vos.

«Ya lo suponia yo, hija mia--pero no era posible otra cosa; todo se ha

descubierto esta noche.

--«¿Y cómo?

--«Ahora te contaré; retírate Teodoro.

«Yo me retiré, y mi ama y su tio se encerraron en su aposento. Como

todos dormian ya en la casa, pude sin temor acercarme á la puerta

cerrada y percibir la conversacion, porque adentro hablaban alto.

--«Esto ha sido providencial--decia Don Juan Luis de Rivera.--¡Por

estraños caminos dispone la Providencia cumplir sus designios!

--«¿Pero cómo ha estado eso?--preguntaba mi ama.

--«Figúrate, hija mia, que el alcalde mayor de Xochimilco, Don Cárlos de

Arellano, tiene en México una dama, que Dios se lo perdone, es una muger

casada: esta señora tiene cuatro esclavas jóvenes, y hoy en la noche

queriendo salir á la reja para hablar con Don Cárlos, notó que las

esclavas habian salido, se alarmó, y logró averiguar que las cuatro

salian á la reunion que tienen los negros para tratar de alzarse con el

reino; y supo mas, que estas juntas se tenian en la casa abandonada de

Don José de Abalabide, preso en la Inquisicion; que esta casa tenia

entrada por un subterráneo por una casa del rumbo de Coyohuacan; que

esta noche estaban juntos, y que mañana al amanecer debian dar el golpe.

La dama, con una caridad y un celo verdaderamente cristianos, en vez de

departir de amores con Don Cárlos, contóle de lo que averiguado habia, y

le envió al Oidor decano para que le diese parte, autorizándolo, para

dar mejor testimonio, á referir sus amorosas relaciones, consintiendo en

perder su fama con tal de salvar los intereses de Su Magestad.

«Yo habia escuchado hasta el fin esta relacion, y no necesité mas para

comprender que todo estaba perdido, y que quien habia hecho la denuncia

era la dama de Don Cárlos de Arellano, y que ésta debia ser sin duda el

ama de las cuatro esclavas con quienes yo habia tratado, y que habia

sido la que aquella conspiracion habia inventado; solo ella estaba en

aquellos secretos, y solo ella podia conocer el lugar y la hora de la

reunion: además, la circunstancia de ser cuatro sus esclavas, y ser

éstas las mismas mugeres que estaban en el secreto, me hacia tener mas

seguridad en mis conjeturas.

«Aquella era la traicion mas horrible que se podia imaginar; promover

una conspiracion, animarla, exaltar los ánimos, y despues denunciar á

los comprometidos, era infame, inícuo.

«Bajo tan penosas impresiones me retiré á mi aposento sin saber qué

hacer de mí; huir, era declararme yo mismo culpable; esperar, era

esperar la muerte; aquella muger sabia por sus esclavas que yo estaba en

el complot, y podia perderme; una víbora semejante, era capaz de todo.

En fin, despues de reflexionar mucho, pensé que lo mejor era quedarme y

confiárselo todo á mi ama Doña Beatriz.

«Pasaron los dias santos, las prisiones seguian y yo no me atrevia á

salir á la calle.

«En la Pascua Florida la Audiencia ordenó la ejecución de los reos que

habian sido presos en la Semana Santa, y la mayor parte de los amos

dispusieron que sus esclavos fuesen á presenciar la ejecucion para que

les sirviese de escarmiento.

«El dia fijado fuí yo tambien entre la servidumbre de la casa de Rivera

á la Plaza Mayor, adonde debia tener lugar la ejecucion de la sentencia.

«Aquel ha sido el dia mas espantoso de mi vida; aun me parece que lo

veo.

«La Plaza Mayor y las calles vecinas eran verdaderamente un mar de gente

que se apiñaba por presenciar un espectáculo tan horrible.

«En el frente de palacio se elevaban dos horcas. El concurso inmenso se

agitó, se levantó un rumor sordo, y los ajusticiados aparecieron

saliendo de la cárcel, que estaba al costado de palacio. Eran

veintinueve hombres y cuatro mugeres; las cuatro esclavas que yo habia

conocido. Las cuatro eran jóvenes y eran las que debian morir primero:

se les habia concedido esto como gracia para evitarles el martirio de

ver ajusticiar á los hombres.

«Aquellas infelices, mas muertas que vivas, caminaban, ó mas bien se

arastraban al patíbulo, sostenidas por dos hombres que las llevaban de

los brazos: al lado de cada una de ellas venian dos sacerdotes

exhortándolas en voz alta, á grandes gritos, encomendándolas á Dios:

llevaba cada una en la mano un Crucifijo, que apenas tenia fuerzas para

llevar á la boca.

«Estoy seguro de que no habia una sola persona en aquel inmenso concurso

que no se sintiese horriblemente conmovida: llegaron las dos primeras á

la horca y las subieron los verdugos: les ataron los lazos corredizos

en el cuello y se apartaron las escaleras que les servian de apoyo; los

cuerpos quedaron suspendidos en el aire, agitando convulsivamente las

piernas, y dos verdugos enmascarados, con una agilidad verdaderamente

infernal, subieron á caballo sobre los hombros de las víctimas, y

mientras que con ambas manos les tapaban la boca y las narices, con los

piés les aplicaban furiosos golpes sobre el pecho y sobre el estómago.

«Poco á poco fueron quedando inmóbiles aquellos cuerpos, hasta que

puesta otra vez la escalera los verdugos descendieron y se descolgaron

aquellos dos primeros cadáveres.

«Siguieron las otras dos mugeres. Una subió resignada; pero la otra en

el momento de pisar el primer escalon se rebeló.

--«No quiero morir--gritaba la infeliz--por Dios, señores, que me

perdonen; no quiero, no quiero; por Dios, por su Madre Santísima, que me

perdonen.........

«Y luchaba, y se debatia; los verdugos no podian hacerla subir: otros

vinieron en su auxilio, pero aquella muger, la mas jóven de todas, tenia

en esos momentos una fuerza terrible: habia logrado desatar sus manos y

golpeaba y arañaba; pero á pesar de todo subia, subia arrastrada por los

verdugos. Al colocarle el lazo fué necesario emprender otra nueva lucha:

estaba casi enteramente desnuda, porque toda su ropa habia caido hecha

pedazos: mordia, escupia, gritaba. Aquello era un espectáculo que hacia

erizar los cabellos.

«Le colocaron el lazo, se retiró la escalera y quedó en el aire: el

verdugo subió sobre sus hombros y quiso taparle la boca; pero ella tenia

las manos libres y apartó violentamente las del verdugo: el hombre

perdió el equilibrio, quiso sostenerse y cayó á tierra arrancando el

último pedazo de lienzo que cubria á la infeliz, que quedó completamente

desnuda á la vista del inmenso concurso; pero la escena no dejaba á

nadie pensar en esto, á pesar de que aquella muger tendria á lo mas diez

y ocho años. Lo que estaba pasando era espantoso: habia logrado meter

las manos entre el lazo que rodeaba su cuello, y así se sostenia

abriendo con espanto los ojos, é implorando gracia con una voz sofocada.

--«Gracia, gracia, por Dios, por Dios--gritaba, haciendo inmensos

esfuerzos para sostenerse en las manos.

«Uno de los verdugos brincó y se abrazó de sus piés; pero como estaban

desnudos y ella hacia esfuerzos para desprenderse de él, el hombre se

soltó, llegó otro y se aferró con todas sus fuerzas; entonces comenzó

para la infeliz muchacha una agonía imposible de describir: como sus

manos impedian correr bien el lazo, el nudo no apretaba pronto, y la

muerte llegaba, pero lenta, dolorosa: la jóven no gritaba, pero producia

una especie de ronquido: no podia mover las piernas porque un hombre

estaba suspendido de ella; ni las manos, porque las tenia aprisionadas

en el cuello; pero su seno se agitaba rápidamente. No pude soportar

aquello: cerré los ojos, y me cubrí la cara con las manos.

«La infeliz, debió hacer algo espantosamente ridículo en medio de las

ansias de la agonía, porque sentí un murmullo de horror entre la

multitud, y al mismo tiempo unas alegres carcajadas: volví el rostro

espantado buscando al autor de aquella profanacion impía, y en una

carroza que estaba cerca de mí descubrí tres personas que reían

burlándose de la esclava infeliz: eran Don Manuel de la Sosa, (el

antiguo vecino de D. José de Abalabide), el hombre que habia ido á

denunciar la conspiracion, y que, segun entendí, se llamaba Don Cárlos

de Arellano, y Luisa, Luisa la mulata, la esclava de Don José; la muger

que me habia inspirado una pasion tan vehemente.

«Los tres estaban ricamente vestidos; terciopelo, sedas, oro, plumas,

joyas; aquella carroza parecia de unos príncipes.

«Don Carlos estaba al lado de Luisa, y al frente de ellos D. Manuel.

«Infinitas sospechas se alzaron en mi alma; casi lo comprendí todo; pero

quise cerciorarme acercándome al carruaje, sin que ellos, ó al menos

Luisa, me conocieran, y alcanzar algunas palabras de su conversacion.

«Descolgaban en estos momentos los cadáveres de las dos esclavas.

--«Eran dos muchachas muy serviciales--decia Luisa.

--«Pero yo respondo de que la Real Hacienda os indemnizará la pérdida,

no solo de éstas dos, sino de las cuatro, en recompensa del servicio que

habeis hecho á la ciudad--contestó Arellano.

--«Así se lo habia yo dicho á mi esposo, agregó Luisa.

--«Y tal lo creo--dijo entonces Don Manuel, que bien merece el beneficio

que á costa de nuestros propios intereses hemos hecho, el que Su

Magestad se acuerde de nosotros.

«La multitud volvió á alzar un murmullo que me impidió continuar

escuchando: era que comenzaba la ejecucion de los hombres.

«Yo no necesitaba saber mas, y todo estaba claro para mí: el hombre

libre que habia hecho libre á Luisa, era Don Manuel: él, sin duda, por

envidia era el que habia enterrado el Cristo en la puerta de la tienda

de Don José, y lo habia denunciado despues al Santo Oficio para

perderlo, y Luisa habia sido su cómplice, y seguramente ella era la que

habia introducido furtivamente el otro Cristo al cuarto de mi amo, y

ella sabia que aquella noche terrible debian llegar los familiares á la

casa de mi amo, y me precipitaba á cometer el delito para librarse

tambien de mí, y su fuga estaba ya preparada..........

«Porque era seguro, era Luisa la muger casada que estaba en relaciones

con Arellano, y que habia denunciado la conspiracion despues de

exaltarla.

«Aquella muger era un demonio, con un rostro tan hechicero y una alma

tan infernal.

«Las ejecuciones terminaron: los cadáveres fueron decapitados, y treinta

y tres cabezas se clavaron en escarpias en medio de la Plaza.--En la

noche de ese dia tenia yo fiebre.

«Un mes estuve luchando entre la vida y la muerte: mi ama nada omitió

para salvarme, y gracias á eso la enfermedad cedió.

«Entre las esclavas encargadas por mi ama Doña Beatriz de asistirme,

habia una jóven que se llamaba Servia, y que fué la que con mas

constancia se dedicó á mi curacion.

«Cuando estuve sano, el recuerdo de Luisa que me venia como un

remordimiento, cedió ante el amor puro que concebí por Servia; la jóven

inocente me amo tambien.

«Pero yo no podia dejar de ser una amenaza para Luisa, y ella debió

comprenderlo, porque apenas estuve sano fui preso de órden de la

Audiencia, y conducido á las cárceles de palacio.

«Mi sentencia no era dudosa, y recibí la noticia de prepararme á morir

como cristiano.

«Servia desolada se arrojó á los piés de mi ama Dª Beatriz, y le declaró

nuestro amor, y mi ama se compadeció de nosotros.

«El dia de mi ejecucion estaba señalado, yo no conservaba ya esperanza

ninguna, ¿quién se habia de interesar por este pobre esclavo?

«Pocos dias antes habia tomado posesion del vireinato, segun supe

despues, el señor Marqués de Guadalcazar, que vino con su esposa y sus

niñas; la fama de virtud y de hermosura de mi ama Doña Beatriz, cautivó

á la vireina, que hizo llamar á mi amo Don Juan Luis de Rivera, para

conseguir de él que mi ama entrase en palacio en calidad de dama de

honor.

«Don Juan Luis llegó á la casa contentísimo con aquel honor, pero

temeroso de que Doña Beatriz se rehusase, y acertó á llegar en el

momento en que Servia de rodillas le pedia que implorase por mi vida.

«Doña Beatriz escuchó la noticia que le llevaba su tio encareciéndole el

empeño de los vireyes; y como alumbrada por un rayo de caridad, se hizo

ataviar ricamente y conducir á la presencia de la vireina.

«Mi ama tan bella y tan soberbiamente prendida, fué recibida en palacio

con regocijo; pero apenas vió á los vireyes, se arrojó á sus piés.

«En vano la instaron á levantarse.

--«Señora,--dijo dirigiéndose á la vireina--si tanto honor me haceis

escogiéndome entre vuestras damas, hacedme una gracia y servicio

distinguido.

--«¿Qué podeis pedir, Doña Beatriz,--contestó la vireina--que estando en

mi mano os lo niegue?

--«Señora, interponed vuestro amor y respetos con Su Excelencia, para

obtener el indulto de un condenado á muerte, de mi esclavo Teodoro.

--«Y por salvar á un esclavo tomais tanta pena?

--«Señora, le debo mi vida y la de mi tio, que salvó poniendo en riesgo

su existencia; aunque era un esclavo, entonces no lo era nuestro, y

siempre le debo gratitud.

--«Pero segun sé, Doña Beatriz,--dijo el virey que habia permanecido en

silencio--ese esclavo es culpable.

--«Por eso mismo pido el indulto á Su Excelencia, porque el indulto es

el perdon, y el perdon se hizo para los criminales y no para los

inocentes.

--«Teneis razon de sobra,--dijo el virey--alzad, que yo os lo prometo.

«Cuatro dias despues estaba yo fuera de la prision, mi ama dió su

libertad á Servia y me la entregó por esposa, yo no quise nunca mi

libertad, referí mi historia toda á mi ama, sin tener para ella secreto,

y sigo y seguiré siendo siempre el mas humilde de sus esclavos.

«Ahora su señoría verá cómo tenia razon en decirle que debo á Doña

Beatriz, mi vida y mi felicidad.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 26 / 161 题