En que el negro continúa su historia.
«Llegamos á las cárceles del Santo Oficio, y allí nos separaron á los
tres.
«Algunos dias trascurrieron sin que se ocuparan de mí; al fin me sacaron
á dar mi declaracion.
«Preguntáronme si era esclavo y cristiano--y contesté--que sí.
«Despues me interrogaron--¿si sabia que mi amo en las noches azotaba un
Crucifijo y le escupia el rostro, y si sabia que en una de las puertas
de la tienda habia enterrado otro Crucifijo, y á los que entraban por
esa puerta, y pasando sobre él, les daba los efectos mas baratos; y mas
caros á los que penetraban por la otra?
«Nada de esto sabia yo, y debieron conocer mi inocencia en mi rostro, y
mis respuestas, porque me dieron libre mandando que fuese yo vendido
para ayudar con mi precio los gastos del proceso de mi amo; además, como
todos sus bienes estaban confiscados, era la suerte que debia caberme.
«Caminaba yo conducido por dos empleados encargados de llevarme al lugar
en que debia vendérseme, cuando al atrave sar la Plaza principal vimos
venir hácia nosotros dos mulas desvocadas que arrastraban una carroza:
el cochero debia de haber caido, porque los animales iban solos.
«A medida que se acercaban oiamos grandes gritos, y por fin percibimos
un caballero anciano y una niña que dentro de la carroza venian, y que
sacando por ambos lados la cabeza imploraban auxilio, que nadie se
atrevia á darles.
»No sé lo que sentí en aquel momento. Si moria por darles auxilio, me
libertaba de una vida que, sin esperanzas de volver á ver á Luisa, me
era insoportable: si salvaba aquellas dos vidas, Dios me lo tomaria en
descargo del pensamiento de quitar la suya á mi amo, que era el punzante
remordimiento de mi corazon.
«El carruaje venia muy cerca: me desprendí de los que me llevaban y me
lanzé á su encuentro.
«El choque fué tan violento que perdí casi el sentido; pero me aferré
instintivamente á las orejas de una de las mulas: desde muy niño he
alcanzado una poderosa fuerza fisica, y en aquel momento apelé á toda la
que Dios me habia concedido.
«La mula quiso desprenderse de mí, sacudió la cabeza y se detuvo
conteniendo á su compañera, y luego comprendiendo tal vez que no podia
luchar, se humilló y la carroza quedó parada.
El anciano bajó inmediatamente y sacó en sus brazos á la niña casi
desmayada. Aquel señor y aquella niña eran Don Juan Luis de Rivera y su
sobrina Doña Beatriz, mi ama y señora.
«Los curiosos se rodearon y se encargaron de las mulas.
Los empleados del Santo Oficio llegaron golpeándome con unas varas.
--¡Ladron!--me dijo uno--tú quieres robar al Santo Oficio; tú no te
perteneces ni te mandas: si te han matado las mulas ó te han lastimado,
¿con qué pagas el perjuicio de lo que pueden dar por tí? ladron, pillo:
toma, toma, y me golpeaban con las varas.
--«Mi sangre hirvió al verme tratado así, y quizá hubiera causado mi
perdicion, atacando á aquellos hombres, pero en estos momentos llegó el
dueño del carruaje.
--«Haber--dijo--¿quién es el que ha detenido á las mulas?
--«Este esclavo que pertenece al Santo Oficio, y que le llevamos para
vender.
--«¿Esclavo es y va de venta? Yo le compro: ¿cuánto vale?
--«Señor, tenemos órden de darlo por mil quinientos pesos; tal vez
parecerá muy caro á su señoría, pero es fuerte, sano...
--«Le tomo, le tomo, y decidme si preferís venir conmigo á mi casa, ó
dejármele llevar y enviar por el dinero luego.
--«Puede su señoría llevarle, que bien conocemos á Don Juan Luis de
Rivera, abonado en todo el comercio de esta Nueva España.
--«Entonces le llevo, y ocurrid por el precio, y para que se tire la
escritura de venta.
«Don Juan Luis de Rivera dejó la carroza que las mulas habian roto, y
tomando del brazo á la niña echó á andar, diciéndome:
--«Síguenos.
«Y caminamos hasta la casa de la calle de la Celada.
«Allí me hicieron entrar, y Don Luis me preguntó mi vida: contéle lo que
habia ocurrido en la Inquisicion, sin mencionar en lo absoluto nada de
Luisa, y quedé como esclavo de la casa, pero como propiedad esclusiva de
mi ama Doña Beatriz.
«Desde aquel momento mi esclavitud fué solo de nombre, y la dulzura del
carácter de mi ama hizo para mí tan amable el yugo, como la libertad.
«Confesé á mi ama el interes que tenia por la suerte de D. José de
Abalabide, y me permitió salir á la hora que quisiese de dia ó de noche,
con el objeto de averiguar el fin que tendria; y además me permitió
hacer cuanto fuera de su parte para inquirirlo.
«Usando de esta libertad iba yo algunos dias, y algunas noches, á dar
una vuelta por el edificio en que estaban las cárceles, creyendo en mi
ignorancia que podria yo así saber alguna cosa de Don José; pero las
semanas y los meses trascurrieron y yo no lograba tener ni la menor
noticia.
«Una noche que habia yo ido á rondar por la Inquisicion, andaba por la
orilla de la acequia de la traza que queda á la espalda del convento de
Santo Domingo. Habia una escasa claridad de luna, y alcancé á ver
delante de mí á pocos pasos de distancia, á una muger que caminaba con
un niño en los brazos.
«Mas adelante habia un caballo muerto que devoraban muchos perros
hambrientos: la muger pasó cerca de ellos, y apenas la sintieron todos
ellos como rabiosos se arrojaron sobre ella. La muger espantada quiso
huir, sin acordarse sin duda de la acequia, y cayó al agua
desapareciendo casi en el momento.
«Yo habia precipitado mi marcha con objeto de protejerla contra los
perros, y pude oir su grito de espanto al caer y ver bien el lugar en
que se habia hundido. Sin vacilar me tiré á la acequia y al momento
encontré á la muger, que no habia soltado al niño. ¡Era su hijo!
«La levanté en mis brazos fuera del agua, y ambos respiraron; pero
nuestra situación era crítica: yo no podia salir primero que ella, y
ella no se atrevia á salir porque la multitud de perros furiosos
ladraban y gruñian en la orilla, é indudablemente hubieran despedazado á
la madre y al hijo antes de poderles yo valer.
«Y lo mas terrible era que yo me sentia hundir en el fango que formaba
la cama de la acequia, y que las fuerzas me iban faltando, mis brazos
iban bajando y la muger y el niño se iban sumergiendo: yo no podia
gritar porque el agua me llegaba casi hasta la boca, pero la muger
comenzó á implorar socorro á grandes voces; nadie acudió, y yo me
hundia; ya no podia respirar sino por la nariz, y eso haciendo un
esfuerzo, y la muger estaba casi sumergida: cerré los ojos y me
encomende á Dios: me zumbaron los oidos: iba á caer cuando senti que
alguien se acercaba corriendo, que algunos perros ahullaban como
heridos, y que los demás ladraban mas lejos: hice un esfuerzo supremo y
me enderecé lo mas que pude y abrí los ojos: un hombre tendia á la muger
el cabo de un chuzo. La muger lo tomó con una mano, y ayudada por mí,
salió á tierra con su hijo: luego el hombre me tendió el chuzo á mí, me
tomé de él y salí casi desmayado.
«La muger se habia sentado, y el recien venido le dijo.
--«¿Qué ha sido esto?
--«¡Santiago!--dijo la muger reconociéndole.
--«¡Andrea!--contestó el hombre arrodillándose á su lado:--¿qué te ha
sucedido; qué es de nuestro hijo?
--«Aquí está bueno el pobrecito.
--«Pero, ¿cómo ha sido esto?
--«Buscándote venia cuando esos perros me espantaron y caí en la acequia
con mi hijo; y nos hubiéramos ahogado, si este señor no nos salva.
--«Señor, con qué os pagaré tanto--me dijo aquel hombre tendiéndome la
mano.
--«No soy señor--le contesté--soy un esclavo de mi ama Doña Beatriz de
Rivera.
--«Pues aunque seas esclavo--me dijo--sin tí, mi hijo y mi muger
hubieran muerto esta noche: calcula cuánto será mi agradecimiento.
--«Y si vos no llegais tan á tiempo, hasta yo sucumbo.
--«Esperaba á Andrea, oí gritos pidiendo socorro, creí que fuera un
pleito, tomé mi chuzo y eché á correr; pero no te habia yo conocido,
hija mia.
--«Ni yo á tí--dijo la muger.
--«Pues vámonos para casa, te cambiarás ropa, y le daremos un trago á
este amigo, que bien lo necesita, y lo merece.
«Nos dirigimos á su casa que estaba cerca y entramos á ella; la muger se
fué á mudar ropa, y yo, tomando un trago de vino, me despedí prometiendo
volver á visitarlos.
«Frecuenté la casa de Santiago y de Andrea, y Dios premió el beneficio
que yo les habia hecho. Santiago era uno de los familiares de mas
confianza en el Santo Oficio, y habia llegado á quererme como á un
hermano: yo por mi parte, comprendiendo de cuánto podia valerme su
amistad, comuniqué todo lo ocurrido á mi ama Doña Beatriz, que me daba
de cuando en cuando algunos regalitos para Andrea, y le ofreció por mi
conducto llevar á la pila bautismal al primer hijo que tuvieran. Con
todo esto era yo tan apreciable en la casa de Santiago, como si no fuera
yo un esclavo.
«Un dia me atreví á preguntarle por mi amo.
--«Si no fuese prohibido el decírmelo--le pregunté--podríais darme razon
de un mi amo que fué, español, y llamádose Don José de Abalabide, ¿vive,
ó es muerto?
--«Aunque no debia yo dar noticias--me contestó--á tí nada te niego:
ese Abalabide vive y está en una de las cárceles secretas, hereje
relapso, ha sufrido el tormento ordinario y hasta el estraordinario, y
nunca ha querido confesar.
--«¡Pobrecito! quizá será inocente.
--¿Inocente? y nosotros hemos encontrado un Cristo enterrado en la
puerta de su casa, y otro azotado y escupido en su aposento; y además
denuncia formal de un comerciante honrado, y cristiano viejo, vecino
suyo.
--«Quién sabe: el Tribunal sabrá lo que dispone: por mí, lo queria bien,
y algo diera por verlo aunque fuera un rato.
--¿Tendrias mucho gusto?
--«Sería mi mayor felicidad.
«Santiago pareció reflexionar, y tuve un rayo de esperanza; comprendia
yo que á D. José lo queria como á mi padre.
--«Si me ofrecieras un eterno silencio, quizá yo te proporcionaria el
verle.
--«¡Ojála!--le dije conmovido.
--«Bien......... hoy nó......... mañana sí; mañana ven aquí á las ocho
en punto.
--«Y podré.........
--«Es algo espuesto; pero probaremos... sobre todo--y puso su mano sobre
la boca para indicarme una reserva profunda.
--«Os lo juro.
--«Bueno: mañana á las ocho.
«Puntual estuve á la cita al dia siguiente. Santiago estaba solo en su
casa: ni Andrea, ni nadie habia allí. Apenas me vió entrar, me dijo:
--«¿Estás resuelto?
--«Sí.
--«He despachado fuera de casa á mi muger para que nadie se entere de
nada: vístete esto.
«Y me entregó un gran saco de sayal con su capuchon.
--«Un compañero que debia ir conmigo esta noche--me dijo Santiago--está
enfermo; tú vas en su lugar: encomiéndate á Dios para que nos saque con
bien.
«Vestí el saco de sayal y me calé el capuchon que me cubria la cara y la
cabeza; las mangas del saco eran tan largas, que ocultaban mis manos.
--«No saques las manos--me dijo--y te desconoscan por ellas.
--«No señor.
--«Ahora, no mas me sigues y callas.
«Santiago cerró su casa, y siguiéndole yo llegamos á la puerta de las
cárceles del Santo Oficio.
«Al penetrar debajo de aquellas bóvedas macizas; de aquellos inmensos
corredores, tan opacamente iluminados, sentí frio, terror. Muy pocos
rostros encontraba descubiertos, á no ser los de algunos presos cuando
atravesábamos por los calabozos; pero estos presos eran los
distinguidos, los que tenian derecho á ciertas consideraciones.
«Despues de haber caminado bastante, Santiago me dijo al oido:
--«Vamos á ver si penetramos á las cárceles secretas,--y me guió á un
aposento en donde estaba un viejo sentado en un sillon de vaqueta y
leyendo el Oficio Divino.
--«¿Me toca el registro?--dijo Santiago presentándosele.
--«¿Quién eres?
--«Santiago y su acompañante.
Y Santiago se descubrió el rostro.
--«Toma, le dijo el viejo, dándole un gran manojo de llaves.
«Las tomó, encendió los faroles que estaban en el cuarto, me dió uno y
una lanza corta pero aguda y fuerte.
«Descendimos por una escalera á unos espaciosos subterráneos, y Santiago
abria y cerraba luego grandes puertas de madera, cubiertas de planchas y
barras de hierro, inmensas rejas, cadenas que impedian el paso, y con
gran admiracion mia, encontramos carceleros encerrados en los
corredores, que no podian salir de allí para tenerlos mas seguros cerca
de los presos.
«Comenzamos á registrar los calabozos: casi todos eran unas especies de
cuevas labradas en la tierra y revestidas de piedra; todos los reos
estaban atados de una gruesa cadena que pendia de la pared ó de un
poste; casi todos tenian grillos y esposas, sin cama, sin una silla,
desnudos casi, pálidos, con los cabellos y la barba largos y
enmarañados; aquellos calabozos tenian un hedor insoportable; allí ví
jóvenes, ancianos, hombres y mugeres.
«En uno de aquellos sótanos habia un reo á quien yo no conocí. Santiago
me tocó el brazo y me dijo:
--«Este es.
--«Imposible--le contesté.
--«Háblale.
«El hombre no nos habia mirado siquiera: ya habia yo observado que
ninguno de los que habiamos visitado se quejaba, casi todos habian caido
en un estado de idiotismo y parecian mentecatos.
--«Háblale--me dijo Santiago--yo te esperaré en la puerta, pero no
tardes mucho--y salió dejándome solo con el preso.
--«Don José--dije--Don José.
«El hombre levantó la cabeza, y sus ojos brillaron.
--«¿Quién es?--dijo--esa voz la conozco.
--«Yo soy,--contesté arrodillándome á su lado--yo soy, Teodoro el
esclavo que ha logrado penetrar aquí solo por hablar á su amo.
«Alcé mi capuchón y Don José me reconoció.
«El pobre viejo se puso á llorar como un niño, quiso pararse y no pudo,
lo habian baldado en el tormento; quiso abrazarme y le fué imposible,
tenia esposas. Yo le abracé, y él entonces comenzó á besarme, mojando mi
rostro con su llanto.
--«Hijo mio, hijo mio,--me decia trémulo y agitado, y no recordaba que
yo era su esclavo, y que yo era un negro; nada, nada, no mas que era el
primer corazón que se interesaba en su desgracia.
«Así pasó un rato, él llorando y yo acariciándolo; y aunque me dé
vergüenza decirlo, llorando tambien.
--«Ya me voy, ya me voy--le dije.
--«Tan pronto.
--«No es posible mas, consideradme.
--«Tienes razon; pero oyeme una palabra, en el pozo de la casa en que
viviamos, dejé escondidas mis riquezas, sácalas, compra tu libertad y
vive feliz; si llego á salir, te buscaré, y tú me mantendrás, si no,
encomiéndame á Nuestro Señor.
--«Adiós, mi amo.
--«Adiós--ah, otra palabra, soy inocente. Don Manuel, nuestro vecino, me
ha calumniado por envidia, él enterró al Cristo en la puerta de la
tienda.
--«¿Y el que estaba adentro?
--«Luisa, comprada por él, lo introdujo allí.
--«¡Qué horror! ¿será cierto?
--«El que se halla ya casi en el sepulcro te lo jura.
--«Vamos--dijo Santiago desde afuera.
--«Sí--le contesté.
«Besé la frente del viejo, y salí con el corazon traspasado de dolor,
por sus sufrimientos y por la revelacion que me habia hecho. Yo conocia
á Luisa y la creia capaz de todo.
«Salimos sin novedad de la Inquisicion, y hasta que no me ví libre del
saco y del capuchon, no respiré con libertad.
«Casi á la madrugada volví á la casa de mi ama.»