XIV.

En que el negro continúa su historia.

«Llegamos á las cárceles del Santo Oficio, y allí nos separaron á los

tres.

«Algunos dias trascurrieron sin que se ocuparan de mí; al fin me sacaron

á dar mi declaracion.

«Preguntáronme si era esclavo y cristiano--y contesté--que sí.

«Despues me interrogaron--¿si sabia que mi amo en las noches azotaba un

Crucifijo y le escupia el rostro, y si sabia que en una de las puertas

de la tienda habia enterrado otro Crucifijo, y á los que entraban por

esa puerta, y pasando sobre él, les daba los efectos mas baratos; y mas

caros á los que penetraban por la otra?

«Nada de esto sabia yo, y debieron conocer mi inocencia en mi rostro, y

mis respuestas, porque me dieron libre mandando que fuese yo vendido

para ayudar con mi precio los gastos del proceso de mi amo; además, como

todos sus bienes estaban confiscados, era la suerte que debia caberme.

«Caminaba yo conducido por dos empleados encargados de llevarme al lugar

en que debia vendérseme, cuando al atrave sar la Plaza principal vimos

venir hácia nosotros dos mulas desvocadas que arrastraban una carroza:

el cochero debia de haber caido, porque los animales iban solos.

«A medida que se acercaban oiamos grandes gritos, y por fin percibimos

un caballero anciano y una niña que dentro de la carroza venian, y que

sacando por ambos lados la cabeza imploraban auxilio, que nadie se

atrevia á darles.

»No sé lo que sentí en aquel momento. Si moria por darles auxilio, me

libertaba de una vida que, sin esperanzas de volver á ver á Luisa, me

era insoportable: si salvaba aquellas dos vidas, Dios me lo tomaria en

descargo del pensamiento de quitar la suya á mi amo, que era el punzante

remordimiento de mi corazon.

«El carruaje venia muy cerca: me desprendí de los que me llevaban y me

lanzé á su encuentro.

«El choque fué tan violento que perdí casi el sentido; pero me aferré

instintivamente á las orejas de una de las mulas: desde muy niño he

alcanzado una poderosa fuerza fisica, y en aquel momento apelé á toda la

que Dios me habia concedido.

«La mula quiso desprenderse de mí, sacudió la cabeza y se detuvo

conteniendo á su compañera, y luego comprendiendo tal vez que no podia

luchar, se humilló y la carroza quedó parada.

El anciano bajó inmediatamente y sacó en sus brazos á la niña casi

desmayada. Aquel señor y aquella niña eran Don Juan Luis de Rivera y su

sobrina Doña Beatriz, mi ama y señora.

«Los curiosos se rodearon y se encargaron de las mulas.

Los empleados del Santo Oficio llegaron golpeándome con unas varas.

--¡Ladron!--me dijo uno--tú quieres robar al Santo Oficio; tú no te

perteneces ni te mandas: si te han matado las mulas ó te han lastimado,

¿con qué pagas el perjuicio de lo que pueden dar por tí? ladron, pillo:

toma, toma, y me golpeaban con las varas.

--«Mi sangre hirvió al verme tratado así, y quizá hubiera causado mi

perdicion, atacando á aquellos hombres, pero en estos momentos llegó el

dueño del carruaje.

--«Haber--dijo--¿quién es el que ha detenido á las mulas?

--«Este esclavo que pertenece al Santo Oficio, y que le llevamos para

vender.

--«¿Esclavo es y va de venta? Yo le compro: ¿cuánto vale?

--«Señor, tenemos órden de darlo por mil quinientos pesos; tal vez

parecerá muy caro á su señoría, pero es fuerte, sano...

--«Le tomo, le tomo, y decidme si preferís venir conmigo á mi casa, ó

dejármele llevar y enviar por el dinero luego.

--«Puede su señoría llevarle, que bien conocemos á Don Juan Luis de

Rivera, abonado en todo el comercio de esta Nueva España.

--«Entonces le llevo, y ocurrid por el precio, y para que se tire la

escritura de venta.

«Don Juan Luis de Rivera dejó la carroza que las mulas habian roto, y

tomando del brazo á la niña echó á andar, diciéndome:

--«Síguenos.

«Y caminamos hasta la casa de la calle de la Celada.

«Allí me hicieron entrar, y Don Luis me preguntó mi vida: contéle lo que

habia ocurrido en la Inquisicion, sin mencionar en lo absoluto nada de

Luisa, y quedé como esclavo de la casa, pero como propiedad esclusiva de

mi ama Doña Beatriz.

«Desde aquel momento mi esclavitud fué solo de nombre, y la dulzura del

carácter de mi ama hizo para mí tan amable el yugo, como la libertad.

«Confesé á mi ama el interes que tenia por la suerte de D. José de

Abalabide, y me permitió salir á la hora que quisiese de dia ó de noche,

con el objeto de averiguar el fin que tendria; y además me permitió

hacer cuanto fuera de su parte para inquirirlo.

«Usando de esta libertad iba yo algunos dias, y algunas noches, á dar

una vuelta por el edificio en que estaban las cárceles, creyendo en mi

ignorancia que podria yo así saber alguna cosa de Don José; pero las

semanas y los meses trascurrieron y yo no lograba tener ni la menor

noticia.

«Una noche que habia yo ido á rondar por la Inquisicion, andaba por la

orilla de la acequia de la traza que queda á la espalda del convento de

Santo Domingo. Habia una escasa claridad de luna, y alcancé á ver

delante de mí á pocos pasos de distancia, á una muger que caminaba con

un niño en los brazos.

«Mas adelante habia un caballo muerto que devoraban muchos perros

hambrientos: la muger pasó cerca de ellos, y apenas la sintieron todos

ellos como rabiosos se arrojaron sobre ella. La muger espantada quiso

huir, sin acordarse sin duda de la acequia, y cayó al agua

desapareciendo casi en el momento.

«Yo habia precipitado mi marcha con objeto de protejerla contra los

perros, y pude oir su grito de espanto al caer y ver bien el lugar en

que se habia hundido. Sin vacilar me tiré á la acequia y al momento

encontré á la muger, que no habia soltado al niño. ¡Era su hijo!

«La levanté en mis brazos fuera del agua, y ambos respiraron; pero

nuestra situación era crítica: yo no podia salir primero que ella, y

ella no se atrevia á salir porque la multitud de perros furiosos

ladraban y gruñian en la orilla, é indudablemente hubieran despedazado á

la madre y al hijo antes de poderles yo valer.

«Y lo mas terrible era que yo me sentia hundir en el fango que formaba

la cama de la acequia, y que las fuerzas me iban faltando, mis brazos

iban bajando y la muger y el niño se iban sumergiendo: yo no podia

gritar porque el agua me llegaba casi hasta la boca, pero la muger

comenzó á implorar socorro á grandes voces; nadie acudió, y yo me

hundia; ya no podia respirar sino por la nariz, y eso haciendo un

esfuerzo, y la muger estaba casi sumergida: cerré los ojos y me

encomende á Dios: me zumbaron los oidos: iba á caer cuando senti que

alguien se acercaba corriendo, que algunos perros ahullaban como

heridos, y que los demás ladraban mas lejos: hice un esfuerzo supremo y

me enderecé lo mas que pude y abrí los ojos: un hombre tendia á la muger

el cabo de un chuzo. La muger lo tomó con una mano, y ayudada por mí,

salió á tierra con su hijo: luego el hombre me tendió el chuzo á mí, me

tomé de él y salí casi desmayado.

«La muger se habia sentado, y el recien venido le dijo.

--«¿Qué ha sido esto?

--«¡Santiago!--dijo la muger reconociéndole.

--«¡Andrea!--contestó el hombre arrodillándose á su lado:--¿qué te ha

sucedido; qué es de nuestro hijo?

--«Aquí está bueno el pobrecito.

--«Pero, ¿cómo ha sido esto?

--«Buscándote venia cuando esos perros me espantaron y caí en la acequia

con mi hijo; y nos hubiéramos ahogado, si este señor no nos salva.

--«Señor, con qué os pagaré tanto--me dijo aquel hombre tendiéndome la

mano.

--«No soy señor--le contesté--soy un esclavo de mi ama Doña Beatriz de

Rivera.

--«Pues aunque seas esclavo--me dijo--sin tí, mi hijo y mi muger

hubieran muerto esta noche: calcula cuánto será mi agradecimiento.

--«Y si vos no llegais tan á tiempo, hasta yo sucumbo.

--«Esperaba á Andrea, oí gritos pidiendo socorro, creí que fuera un

pleito, tomé mi chuzo y eché á correr; pero no te habia yo conocido,

hija mia.

--«Ni yo á tí--dijo la muger.

--«Pues vámonos para casa, te cambiarás ropa, y le daremos un trago á

este amigo, que bien lo necesita, y lo merece.

«Nos dirigimos á su casa que estaba cerca y entramos á ella; la muger se

fué á mudar ropa, y yo, tomando un trago de vino, me despedí prometiendo

volver á visitarlos.

«Frecuenté la casa de Santiago y de Andrea, y Dios premió el beneficio

que yo les habia hecho. Santiago era uno de los familiares de mas

confianza en el Santo Oficio, y habia llegado á quererme como á un

hermano: yo por mi parte, comprendiendo de cuánto podia valerme su

amistad, comuniqué todo lo ocurrido á mi ama Doña Beatriz, que me daba

de cuando en cuando algunos regalitos para Andrea, y le ofreció por mi

conducto llevar á la pila bautismal al primer hijo que tuvieran. Con

todo esto era yo tan apreciable en la casa de Santiago, como si no fuera

yo un esclavo.

«Un dia me atreví á preguntarle por mi amo.

--«Si no fuese prohibido el decírmelo--le pregunté--podríais darme razon

de un mi amo que fué, español, y llamádose Don José de Abalabide, ¿vive,

ó es muerto?

--«Aunque no debia yo dar noticias--me contestó--á tí nada te niego:

ese Abalabide vive y está en una de las cárceles secretas, hereje

relapso, ha sufrido el tormento ordinario y hasta el estraordinario, y

nunca ha querido confesar.

--«¡Pobrecito! quizá será inocente.

--¿Inocente? y nosotros hemos encontrado un Cristo enterrado en la

puerta de su casa, y otro azotado y escupido en su aposento; y además

denuncia formal de un comerciante honrado, y cristiano viejo, vecino

suyo.

--«Quién sabe: el Tribunal sabrá lo que dispone: por mí, lo queria bien,

y algo diera por verlo aunque fuera un rato.

--¿Tendrias mucho gusto?

--«Sería mi mayor felicidad.

«Santiago pareció reflexionar, y tuve un rayo de esperanza; comprendia

yo que á D. José lo queria como á mi padre.

--«Si me ofrecieras un eterno silencio, quizá yo te proporcionaria el

verle.

--«¡Ojála!--le dije conmovido.

--«Bien......... hoy nó......... mañana sí; mañana ven aquí á las ocho

en punto.

--«Y podré.........

--«Es algo espuesto; pero probaremos... sobre todo--y puso su mano sobre

la boca para indicarme una reserva profunda.

--«Os lo juro.

--«Bueno: mañana á las ocho.

«Puntual estuve á la cita al dia siguiente. Santiago estaba solo en su

casa: ni Andrea, ni nadie habia allí. Apenas me vió entrar, me dijo:

--«¿Estás resuelto?

--«Sí.

--«He despachado fuera de casa á mi muger para que nadie se entere de

nada: vístete esto.

«Y me entregó un gran saco de sayal con su capuchon.

--«Un compañero que debia ir conmigo esta noche--me dijo Santiago--está

enfermo; tú vas en su lugar: encomiéndate á Dios para que nos saque con

bien.

«Vestí el saco de sayal y me calé el capuchon que me cubria la cara y la

cabeza; las mangas del saco eran tan largas, que ocultaban mis manos.

--«No saques las manos--me dijo--y te desconoscan por ellas.

--«No señor.

--«Ahora, no mas me sigues y callas.

«Santiago cerró su casa, y siguiéndole yo llegamos á la puerta de las

cárceles del Santo Oficio.

«Al penetrar debajo de aquellas bóvedas macizas; de aquellos inmensos

corredores, tan opacamente iluminados, sentí frio, terror. Muy pocos

rostros encontraba descubiertos, á no ser los de algunos presos cuando

atravesábamos por los calabozos; pero estos presos eran los

distinguidos, los que tenian derecho á ciertas consideraciones.

«Despues de haber caminado bastante, Santiago me dijo al oido:

--«Vamos á ver si penetramos á las cárceles secretas,--y me guió á un

aposento en donde estaba un viejo sentado en un sillon de vaqueta y

leyendo el Oficio Divino.

--«¿Me toca el registro?--dijo Santiago presentándosele.

--«¿Quién eres?

--«Santiago y su acompañante.

Y Santiago se descubrió el rostro.

--«Toma, le dijo el viejo, dándole un gran manojo de llaves.

«Las tomó, encendió los faroles que estaban en el cuarto, me dió uno y

una lanza corta pero aguda y fuerte.

«Descendimos por una escalera á unos espaciosos subterráneos, y Santiago

abria y cerraba luego grandes puertas de madera, cubiertas de planchas y

barras de hierro, inmensas rejas, cadenas que impedian el paso, y con

gran admiracion mia, encontramos carceleros encerrados en los

corredores, que no podian salir de allí para tenerlos mas seguros cerca

de los presos.

«Comenzamos á registrar los calabozos: casi todos eran unas especies de

cuevas labradas en la tierra y revestidas de piedra; todos los reos

estaban atados de una gruesa cadena que pendia de la pared ó de un

poste; casi todos tenian grillos y esposas, sin cama, sin una silla,

desnudos casi, pálidos, con los cabellos y la barba largos y

enmarañados; aquellos calabozos tenian un hedor insoportable; allí ví

jóvenes, ancianos, hombres y mugeres.

«En uno de aquellos sótanos habia un reo á quien yo no conocí. Santiago

me tocó el brazo y me dijo:

--«Este es.

--«Imposible--le contesté.

--«Háblale.

«El hombre no nos habia mirado siquiera: ya habia yo observado que

ninguno de los que habiamos visitado se quejaba, casi todos habian caido

en un estado de idiotismo y parecian mentecatos.

--«Háblale--me dijo Santiago--yo te esperaré en la puerta, pero no

tardes mucho--y salió dejándome solo con el preso.

--«Don José--dije--Don José.

«El hombre levantó la cabeza, y sus ojos brillaron.

--«¿Quién es?--dijo--esa voz la conozco.

--«Yo soy,--contesté arrodillándome á su lado--yo soy, Teodoro el

esclavo que ha logrado penetrar aquí solo por hablar á su amo.

«Alcé mi capuchón y Don José me reconoció.

«El pobre viejo se puso á llorar como un niño, quiso pararse y no pudo,

lo habian baldado en el tormento; quiso abrazarme y le fué imposible,

tenia esposas. Yo le abracé, y él entonces comenzó á besarme, mojando mi

rostro con su llanto.

--«Hijo mio, hijo mio,--me decia trémulo y agitado, y no recordaba que

yo era su esclavo, y que yo era un negro; nada, nada, no mas que era el

primer corazón que se interesaba en su desgracia.

«Así pasó un rato, él llorando y yo acariciándolo; y aunque me dé

vergüenza decirlo, llorando tambien.

--«Ya me voy, ya me voy--le dije.

--«Tan pronto.

--«No es posible mas, consideradme.

--«Tienes razon; pero oyeme una palabra, en el pozo de la casa en que

viviamos, dejé escondidas mis riquezas, sácalas, compra tu libertad y

vive feliz; si llego á salir, te buscaré, y tú me mantendrás, si no,

encomiéndame á Nuestro Señor.

--«Adiós, mi amo.

--«Adiós--ah, otra palabra, soy inocente. Don Manuel, nuestro vecino, me

ha calumniado por envidia, él enterró al Cristo en la puerta de la

tienda.

--«¿Y el que estaba adentro?

--«Luisa, comprada por él, lo introdujo allí.

--«¡Qué horror! ¿será cierto?

--«El que se halla ya casi en el sepulcro te lo jura.

--«Vamos--dijo Santiago desde afuera.

--«Sí--le contesté.

«Besé la frente del viejo, y salí con el corazon traspasado de dolor,

por sus sufrimientos y por la revelacion que me habia hecho. Yo conocia

á Luisa y la creia capaz de todo.

«Salimos sin novedad de la Inquisicion, y hasta que no me ví libre del

saco y del capuchon, no respiré con libertad.

«Casi á la madrugada volví á la casa de mi ama.»

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 25 / 161 题