La historia del esclavo.
Mi madre, señor, era esclava de la casa de Don José de Abalabide,
comerciante español, que tenia una de las mejores tiendas mestizas que
se hallan en la Plaza principal. Mi padre, esclavo tambien de la misma
casa, habia servido muchos años á Don José y habia muerto pocos dias
antes de mi nacimiento, á resultas de una caida que le dió un caballo.
«Mi padre, señor, lo mismo que mi madre, eran de sangre real; os hago
esta advertencia, porque esto viene mucho á esplicar algunos
acontecimientos de mi vida que vereis mas adelante.
«Mi amo no tenia familia y vivia solo conmigo y con mi madre: era un
hombre muy honrado, buen cristiano y caritativo con los pobres; aunque
si he de decir verdad, tenia mucho apego á las riquezas y procuraba
atesorarlas, viviendo con sobrada economía.
«Como no frecuentaba amistad ninguna y hacia tantos años que mi madre
era su esclava, el Sr. Abalabide me tenia un gran cariño, y así conforme
fuí creciendo y ayudaba en los quehaceres de la casa, mi amo se fué
interesando mas por mí, y en las noches cuando ya la tienda estaba
cerrada se entretenia, despues de rezar el rosario, en enseñarme á
leer y á escribir.
«Llegué así á cumplir veinte años y mi amo estaba muy contento de mí:
era yo fuerte para el trabajo, y le ayudaba yo en todo.
«Mi amo debia ser rico, pero no sabiamos adonde tenia su dinero porque
él lo ocultaba.
«Cerca de la tienda del Sr. Abalabide estaba otra de uno que se decia
Don Manuel de la Sosa, y que por motivo sin duda de ser menos conocido,
ó menos antiguo, tenia muy pocas ventas que casi todos los marchantes se
iban á la de mi amo; esto le causaba á Don Manuel tanto desprecio, que
casi nunca pasaba por delante de la casa de Don José de Abalabide sin
proferirle alguna injuria; pero como éste era ya hombre de edad y de
buen juicio, nunca quiso tomar la demanda.
«Mi madre comenzaba ya á ser inútil para el trabajo, y mi amo se decidió
á comprar á un conocido suyo una esclava cocinera, que tenia una hija
mulatita que servia de galopina. Llamábase Clara la madre y la muchacha
Luisa.
«Luisa era muy jóven, pero muy agraciada: en la casa de sus antiguos
amos la trataban muy mal y estaba muy delgada y muy enferma cuando llegó
á la casa de Don José.
«Al principio traté á Luisa con indiferencia, pero despues comenzó á
engordar y á robustecerse, y se puso tan bonita, que á poco me encontré
enamorado de ella. El continuo trato nos hizo entrar en relaciones
amorosas y yo iba á pedir licencia á mi amo para unirme con ella, cuando
un incidente me hizo vacilar.
«Comencé á observar que Luisa andaba mas alegre y mas compuesta que de
costumbre, y que se asomaba frecuentemente á una ventana desde donde se
divisaba la casa de Don Ma nuel; yo la amaba con delirio y me empecé á
entristecer: ella lo notó y me preguntó la causa: le cobré celos, y se
rió.
--«No seas tonto, Teodoro--me dijo--yo te encargo que estés contento;
todo esto es cosa que nos va á hacer mas felices: no me preguntes nada,
y ya verás.
«Me tranquilicé un tanto y no volví á decirle nada; me puse alegre como
de costumbre, y me determiné á hablarle á mi amo.
«Dormia yo en la trastienda con el objeto de estar mas al cuidado: una
noche me pareció oir un ruido por el interior de la casa, y me levanté
sin encender luz y sin hacer ruido y me entré por las piezas.
«Conforme me iba aproximando al aposento que tenia la ventana para la
casa de Don Manuel, iba siendo mas perceptible el rumor, hasta que
penetrando en él ví asomada una muger á la ventana hablando con alguien
que estaba por fuera; debia haber escuchado, pero la luna que penetraba
en el aposento me hizo reconocer á Luisa, y la cólera y los celos me
cegaron y me arrojé sobre ella.
«Luisa al verme lanzó un grito, y el hombre de fuera huyó.
--«Traidora--la dije:--¿conque así me engañabas?
«Luisa se desprendió de mí, furiosa como una leona.
--«¿Y qué derecho tienes para reconvenirme?--me dijo.--¿Eres mi amo?
¿Eres ya mi marido?
--«¡Infame! ¿Y tú no me habias dicho que me querias?
--«Te queria, pero ya no te quiero, y no quiero ser esclava: un hombre
libre me ama, me va á comprar y á darme mi libertad para que yo sea
suya, y tú no harás esto por mí, y tú me dejarás esclava, y mis hijos
serán esclavos, y yo no quiero que mis hijos sean tambien esclavos como
mis padres.
«En el fondo Luisa tenia razon.
--«¿Pero nunca me has amado, Luisa?
--«Sí, te he amado; pero me tiene cuenta amar ahora al que me da mi
libertad: ¿me la puedes dar tú, seré tuya; te seguiré amando; puedes?
«Comprendí toda la fuerza de lo que me decia Luisa, y casi llorando
contesté:
--«No.
--«Pues entonces si me quieres, como dices, no me quites lo que no
puedes darme.
«No tuve ni que replicar: callé, y me retiré con un puñal de fuego en mi
corazon.
«Era esclavo, y no podia ofrecer á esa muger que amaba mas que á mi
vida, sino la esclavitud, y no podia dejar á mis hijos sino la
esclavitud, y Luisa me habia hecho comprender lo espantoso de mi
situacion.
«¿Qué hacer? No tenia mas remedio que perderla para siempre, y verla en
brazos de otro. Entonces la tristeza mas profunda se apoderó de mi alma,
y casi me enfermé.
«Luisa, á pesar de todo, me amaba; pero su corazon no era bueno.
«Un dia teniendo quizá lástima de mí, me dijo:
--«Teodoro, ¿qué esto no tendria remedio? Porque yo no puedo dejar de
quererte enteramente.
--«¿Y qué remedio?--la dije--¿qué remedio hay para un esclavo?
--«Si tú fueras rico y nos pudiéramos ir muy lejos á vivir los dos solos
en nuestra casita, queriéndonos mucho, cuidando á nuestros hijitos.
--«¿Pero de dónde tomaria yo ese dinero?
--«El amo es muy rico.
--«Y nada nos dará.
--«Por su voluntad ya lo creo......... pero hay otros modos.........
--«¡Luisa!
--«No, no te alarmes, piénsalo: él duerme solo, no podria resistirse.
¿Por qué él débil ha de ser nuestro amo? Con lo que él tiene, podemos
ser muy felices: piénsalo.
--«No Luisa, por Dios no me tientes.
«Luisa no me contestó, pero yo en toda la noche me pude dormir: soñaba
yo rios de oro y de plata, pero mezclados con sangre, y veía á mi amo
muerto de una puñalada, y despues me sentia yo al lado de Luisa, que era
ya mia, que no éramos esclavos; en fin, no sé cuántas cosas, pero pasé
la noche mas agitada de mi vida.
«Me levanté y la luz del dia disipó aquellas visiones.
«Luisa estaba cada dia mas bella, y procuraba provocar mi pasion de
cuantas maneras podia; ya descubriendo al pasar, y como por descuido, el
nacimiento de su pierna torneada y bella; ya desprendiendo de sus
hombros el trage como por causa de la fatiga, cuando conocia que yo la
espiaba; ya cantando con pasion, de modo que pudiese oirla, coplas y
endechas amorosas y provocativas.
«Al decaimiento moral de mi alma sucedió una excitacion verdaderamente
peligrosa; pero que ella con una astucia infernal sabia mantener viva y
darle la direccion que le convenia; jamás habia vuelto á alcanzar de
ella favor de ninguna clase; olvidando la escena que yo mismo habia
presenciado, le pedia de rodillas besar una de sus manos; la pasión
ahogó los celos; pero era inflexible, y á todo me contestaba:
--«Yo quiero ser libre y rica: yo no me dejo besar de un cobarde.
«Una noche me agitaba inquieto en mi cama, sin poder dormir, sin olvidar
un momento á Luisa, cuando sentí el roce de un vestido en la puerta y
una escasa claridad alumbró la trastienda en que dormia: me senté
creyendo que soñaba y me es tremecí: era Luisa, Luisa que se acercaba
con un pequeño candil en la mano, media desnuda, cubierto apenas su
hermosísimo seno con una manta que á cada movimiento de sus brazos caia,
y que ella volvia á levantar.
«Su negro y rizado pelo se derramaba sobre sus hombros desnudos:
brillaban sus ojos con un fuego desacostumbrado.
«Llegó hasta mi lecho y se sentó tomando una de mis manos.
--«Teodoro--me dijo--¿es verdad que me amas?
--«Sí,--le contesté,--te amo tanto, que estoy sintiendo cada dia que mi
razon se va; que me vuelvo loco.
--«Pues entonces ¿por qué no quieres la felicidad que te ofrezco?
--«Luisa, porque es un crímen horrible lo que me propones.
--«No te parezco bastante hermosa para obtenerme por ese precio--dijo
descubriéndose su seno.
«Atraje su cabeza y nuestras bocas se unieron, los labios de Luisa me
abrasaron, pasé mi mano por la piel suave y aterciopelada de su pecho,
sentí un vértigo, y abrazé su delgado talle.
--«Teodoro--me dijo retirándose--no seré tuya mientras no seamos libres
y ricos: vírgen me encontrarás, y ésta será tu recompensa.
--«Haré lo que me mandes--contesté, comenzando á vestirme
precipitadamente.
--«Así te quiero, así, Teodoro: valiente, decidido--y se acercó á mí y
puso en mis labios el beso mas lascivo que pudo haber nunca inventado el
amor, y el deseo de una muger de la raza negra.
«Estaba yo vestido.
--«Busca una arma--me dijo--Don José duerme, es apenas media noche;
cuando amanezca estaremos muy lejos.
--«¿Y tu madre?--le pregunté decidido ya á todo.
--«Nos seguirá á nosotros, ó á Don José, me contestó. «Quedé
horrorizado, y dudé.
--«¿Vacilas, amor mió?--me preguntó abrazándome, y poniendo uno de sus
pies desnudos sobre uno de los míos, desnudo también.
«Al sentir aquel pié, aquellos brazos, aquel pecho que despedían fuego,
volví á encenderme, besé á Luisa y busqué en la tienda una arma para
consumar el crímen.
«Luisa me tomó de una mano y me condujo para el aposento de mi amo.
«Temblaba mi mano con el arma, pero aquella muger tan hermosa, tan
seductora, tan provocativa, dejándome entrever tantos encantos,
oprimiendo mi mano, comunicándome por allí el fuego de su diabólica
exaltación, me cegaba, me enloquecia.
«Llegaba á la puerta del aposento en que dormia tranquilamente mi amo y
me detuve.
--«Anda--me dijo Luisa dulcemente, levantándose sobre la punta de sus
piés, apoyado su cuerpo sobre el mio para darme un beso--anda.
«Puse la mano en el prestillo, iba á abrir, cuando en la puerta de la
tienda sonaron acompasadamente tres golpes vigorosamente aplicados.
«Luisa y yo quedamos inmóbiles, y sin atrevernos ni á respirar, no sé
qué de pavoroso había en aquellos golpes.
«Trascurrieron así algunos instantes y los golpes volvieron á repetirse
tan acompasados como la vez primera, pero aplicados con mas fuerza.
«Entonces Luisa se deslizó á su aposento y yo volví á la tienda.
--¿Quién va?--pregunté, procurando dominar la emocion que hacia vacilar
mi voz embargada por la escena que acababa de tener lugar.
[Illustration: Anda--me dijo Luisa dulcemente, apoyando su cuerpo sobre
el mio para darme un beso--anda. Pag. 92.]
--Abrid á la Inquisicion, abrid al Santo Oficio--me contestó desde
afuera una voz cavernosa.
«Tan grande fué mi sorpresa que dejé caer el cuchillo que llevaba aun en
la mano, y que no me había acordado de poner en su lugar.
«El nombre del Santo Tribunal heló mi sangre; llegaba en el momento en
que iba yo á cometer un crímen; me parecia que Dios lo enviaba para
castigar mi intencion, que en el rostro iban á conocer mis pensamientos.
«Inmóbil permanecia como clavado en la tierra, cuando aquella voz
repitió desde afuera:
--«Abrid á la Inquisicion, abrid al Santo Oficio.
«Volví entonces en mí, y corrí precipitadamente al cuarto de mi amo que
habia ya despertado, y que encendiendo luz habia comenzado á vestirse.
--«¿Qué hay, Teodoro?--me preguntó.
--«Señor, señor, el Santo Oficio.
--«¡El Santo Oficio!--dijo dando un salto de la cama.
--«Sí, señor, sí, señor.
«Se levantó precipitadamente y tomó la luz.
«Abrimos la tienda, y un comisario de la Inquisicion seguido de ocho ó
diez familiares cubiertos con sus capuchones, estaban en la calle,
traian varios faroles y se habian detenido ocupados en levantar las
piedras que formaban el quicio de una de las puertas. Hicieron una seña
á mi amo que se detuvo mientras terminaba la operacion.
«Levantaron algunas piedras, rascaron un poco la tierra, y mi amo dió un
grito de espanto: un Santo Cristo grande de bronce estaba allí
enterrado, precisamente en el lugar por donde entraban los marchantes.
--«¿Don José de Abalabide?--dijo con voz solemne el comisario del Santo
Oficio.
--«Yo soy--dijo temblando mi amo.
--«Dese preso á la Inquisición.
«Mi amo quedó preso entre dos familiares, y los demas se entraron á
registrar la casa, llevándome en su compañía.
«En el cuarto de mi amo, en un rincon, se encontró otro Cristo de madera
grande con huellas de golpes y algunas disciplinas de alambre cerca de
él, todo tirado en el suelo, y el Cristo aún sucio en el rostro, como de
señales de salivas.
«En lo demas de la casa, nada: yo noté con asombro que solo Clara estaba
allí, y que Luisa habia desaparecido.
«Un depositario se encargó de todo en nombre de la inquisicion; se
pusieron los sellos del Santo Oficio en todas las puertas y ventanas, en
todos los cajones y armarios, y mi amo y Clara, y yo, fuimos conducidos
presos.
«Luisa estaba en mi pensamiento, sobre toda preocupacion, y al salir,
acercándome á Clara, deslizé en su oido estas palabras:
--«¿Y Luisa?
--«Nada sé--me contestó.
--«Agaché la cabeza, y seguí á los familiares que me llevaban.»