Tirol besó la mano del Oidor, y recibió la carta que se guardó en el
pecho.
--Señor Bachiller--dijo por lo bajo Don Fernando á Martin--hacedme la
gracia de que dén habitación á este hombre para que pase la noche,
mañana temprano que se vaya para su casa, y traedme á Teodoro sin que se
miren ambos.
El Bachiller volvió á salir seguido de Tirol.
El Oidor abrió un armario y sacó de él una bolsa grande de seda que
figuraba una piña amarilla con hojas verdes en el cuello, y largos
cordones para cerrarla que remataban en pequeñas piñitas formadas de
cuentas de vidrio de colores.
Colocó la bolsa sobre la mesa y volvió á sentarse.
Teodoro conducido por el Bachiller entró al aposento.
--Me envía á llamar su señoría--dijo Teodoro cruzando sobre el pecho sus
brazos y haciendo una profunda reverencia.
--Sí, te debo en esta noche la vida, y quisiera mostrarte mi
agradecimiento.
--Bastante es ya mi recompensa con haber conseguido eso; además, yo lo
hice conforme á las órdenes de mi ama.
--Yo no estoy satisfecho con eso; yo te doy en nombre de Doña Beatriz tu
libertad; además en esta bolsa hay una gran cantidad de monedas de oro,
que por ser escasas en México tienen muy alto valor, tómala para que
vivas feliz.
Teodoro se arrodilló á los piés del Oidor y le besó la mano, pero no
tomó la bolsa que éste le alargaba.
--Por toda mi vida--dijo--grabaré las palabras de su señoría en mi
corazón, pero por ningún dinero dejaré de ser el esclavo de mi señora
Doña Beatriz; si ella me despidiera, el negro Teodoro se moriria de
tristeza.
--Bien--contestó el Oidor--comprendo tu lealtad y tu cariño para con
Doña Beatriz; es un ángel á quien es preciso amar, pero al menos toma
este dinero.
--Perdóneme su señoría, quiero tener solo la recompensa del placer por
haberle servido de algo; además.. señor......... yo........ soy muy
rico.
--¡Muy rico!--esclamó el Bachiller espantado de que un esclavo fuese muy
rico, y acercándose como para contemplar mejor aquel ser mitológico.
--¡Muy rico!--repitió el Oidor, que aunque no tanto como el Bachiller,
pero estaba admirado.
--Sí, señor--contestó Teodoro inclinando como ruborizado la cabeza.
--Estos pobres se creen poderosos cuando tienen cien reales--dijo
Martin.
Teodoro se sonrió con desdén, y Don Fernando lo advirtió.
--¿Cuánto será tu capital, Teodoro?--preguntó.
--Cien veces lo que contiene esa bolsa--contestó tranquilamente.
--¿Sabes lo que dices? esta bolsa contiene mas de mil escudos de oro.
--Así me lo pensaba.
--¡Cien veces mil escudos!--dijo el Bachiller mas asombrado á cada
respuesta de Teodoro--¡Cien mil escudos! ¿entonces por qué eres esclavo?
¿por qué no compras á Doña Beatriz tu libertad?
--Ya dije á su señoría que por ningún caudal dejaria de ser el esclavo
de mi señora Doña Beatriz, le debo la vida y la felicidad.
Martin abria los ojos como dos patenas, y la boca como una puerta
cochera; aquello estaba para él fuera de lo natural, era casi un
prodigio.
--A fé mia--dijo Don Fernando, que aquí se encierra un misterio
profundo; ¿sabe tu ama, Teodoro, que eres tan rico?
--Mi ama sabe tambien que seria jo libre si quisiese, y que jamas lo
seré.
--Dígale usía que nos cuente, que nos esplique todo eso.
--No, señor Bachiller, mucho le debo á Teodoro para obligarlo á que me
descubra sus secretos, por mas que me anime el deseo y la curiosidad de
conocerlos, principalmente por la parte que en ellos tenga Doña Beatriz.
--No serán secretos para su señoría--dijo el negro--que me basta que su
señoría sea quien es, y tan alto lugar tenga en el corazón de mi ama,
para que yo le confiara lo que guardo en mi seno, tanto mas que fío en
su discreción como en la de mi confesor. ¿Quisiera su señoría conocer mi
historia?
--Te confieso que me seria muy satisfactorio.
--Larga es.
--No importa, te permito que te sientes.
El negro se sentó humildemente en el suelo y á los piés de Don Fernando.
--¿Y yo?--preguntó Martin.
--¿Tienes inconveniente en que escuche Don Martin?
--No, señor--dijo Teodoro, volviendo su vista á Martin--quedaos, que yo
sé cómo aseguraré con vos mi secreto.
Martin contento de escuchar la historia tomó asiento en un escabel.
El Oidor comenzaba á comprender por todo, que Teodoro no era un esclavo
comun, aquel hombre era otra cosa de lo que á primera vista parecia.