Lo que hablaron el Oidor y el Bachiller y quién era el herido.
--Permítame su señoría--decia Martin--que le haga una pregunta, no por
mera indiscreta curiosidad, sino por saber cuál es su opinion en materia
para mí tan delicada.
--¿Y cuál es?
--Dígame usía, ¿se puede creer en las brujas y en sus profecías?
--En tan apurado trance me poneis, que yo á mí mismo no sabria qué
contestarme; pero supuesto que el Santo Oficio las persigue y las
condena á la hoguera, de existir deben, que de lo contrario ni tal
cuidado se tomaria el Tribunal de la Fé, ni nosotros presenciariamos
esas ejecuciones.
--¿Pero qué opina usía de lo que ellas predicen?
--Que por diabólicas artes se inspiran, y mas pueden ser engaños y
astucias del demonio cuanto digan, que verdades hijas de Dios, y en todo
caso mas vale no tener con ellas tratos ni averiguaciones, que eso solo
es gran pecado; ¿pero por qué me haceis semejante pregunta? Supongo,
señor Bachiller, que no hablaréis con tales personas.
--Líbreme Dios; como cuestion de doctrina háme ocurrido ayer, y me
tranquiliza el parecer de usía; pero hablando de otra cosa, usía
sospecha de dónde haya partido el golpe de esta noche.
--A no sospecharlo, la librea que viste el hombre que está abajo herido,
me lo diera á conocer muy claro. Ese hombre es de la servidumbre de Don
Pedro de Mejía que pretende la mano de Doña Beatriz, y es amigo íntimo
de Don Alonso de Rivera enemigo mio, por el asunto de la fundacion del
Convento de Santa Teresa.
--¿Quereis que veamos si ese hombre ha vuelto á sus sentidos para
examinarlo?
--Sí tal; y si así fuese, hacedle subir.
Martin bajó á ver al herido, y el Oidor se desciñó la espada y se sentó
á esperar.
El Bachiller volvió con el herido, no había sufrido mas que una pasajera
congestion á resultas del puñetazo que descargó Teodoro sobre su frente.
El hombre entró á la estancia en que le aguardaba el Oidor, todavía
atarantado, y sin hacerse bien cargo de lo que habia pasado.
--Venid acá, amigo--le dijo Don Fernando con dulzura.
El hombre se acercó.
--Quereis decirme, pero hablad con franqueza, ¿quién sois, y qué motivo
os impulsó para buscar mi muerte, cuando yo ni os conozco, y vos quizá
apenas me conoceis?
--Señor,--contestó el hombre--aunque tengo la librea de lacayo, me llamo
Tirol, y soy el mayordomo de la casa de mi señor Don Pedro de Mejía.
--Bien, ¿y qué causa os movió para pretender asesinarme?
--No me culpe su señoría, debo muy distinguidos favores á mi amo hace
muchos años, como el pan de su casa, y fuí mandado.
--¿Y no comprendéis que despues de lo que ha pasado, puedo mandaros
matar, no solo impunemente sino con justicia?
--¡Señor!--dijo arrodillándose cobardemente Tirol.
--Alzad, que solo delante de Dios y de su Magestad debeis estar así;
alzad, que nada os haré, pero referidme lo que ha pasado.
--Casi nada sé--dijo Tirol levantándose--esta tarde, mi señor Don Pedro
y Don Alonso de Rivera me llamaron y me ordenaron que tomara dos hombres
de la casa, que fueran de toda confianza, y que hoy en la noche al
salir, como lo tiene usía de costumbre del Arzobispado, lo atacase y le
matase sin misericordia.
--¿Y estábais dispuesto á cumplirlo?
--Señor.........
--¿La verdad?
--Señor, por Dios.........
--Contestad.
--La verdad......... sí señor.........
--Bien, ¿y cómo sabíais que estaba yo en el Arzobispado hoy en la noche?
--Uno de los hombres que me acompañaban se apostó en la acera de
enfrente hasta ver entrar á usía, y entonces me dió aviso.
--¿Y despues?
--Despues venimos á ocultarnos entre el material de la nueva iglesia,
hasta que usía pasó.
--¿Y luego?
--Ya eso lo sabe usía; al quererlo atacar, de entre nosotros mismos
salió un hombre á quien no habíamos visto, y ya no sé mas, sino que
sentí un golpe terrible en la cabeza y perdí el sentido.
--¿Conoceis á ese hombre?
--No señor.
--Bien, quedaos aquí esta noche, y mañana temprano regresad á la casa de
vuestro amo y llevadle esta carta; nada teneis ya que temer, os perdono
el mal que habeis intentado contra mí.
El oidor escribió una carta á Don Pedro, que decía así:
--«Os devuelvo á vuestro mayordomo, cuidad de emplear para otra vez
hombres mas útiles. Os besa la mano