Doña Blanca y Don Pedro de Mejía.
QUIZÁ no habia en toda la gran estension de la Nueva España un caudal
mas rico, que el que al morir legara á sus hijos el padre de Don Pedro y
Doña Blanca de Mejía.
Inmensas haciendas en la tierracaliente y la tierra fria: minas, casas,
ganados, esclavos, abundantes vajillas de plata y oro, alhajas,
incalculables existencias de mercancías, y sobre todo, una fabulosa
cantidad de reales.
Por la última disposicion del testador, Don Pedro su hijo, mayor que
Doña Blanca, en mas de quince años debia manejar toda aquella colosal
fortuna, hasta que ella cumpliera veinte años ó se casara.
Don Pedro y Doña Blanca solo eran hermanos de padre, porque eran hijos
de dos matrimonios: Don Pedro habia nacido en España y Doña Blanca en
México. De aquí la gran diferencia de edad entre ellos, y el poco cariño
que Don Pedro habia tenido siempre á Doña Blanca.
El conocimiento de la voluntad, testamentaria de su padre, y la idea de
tener que entregar á Blanca la mitad del caudal, apagaron en el corazon
de D, Pedro la última chispa del amor fraternal, el demonio de la
codicia sopló en su cerebro, y entonces fué odio lo que concibió por su
hermana.
A medida que los años pasaban, Don Pedro veia acercarse el dia tan
temido para él: podia evitar que se casara Doña Blanca, pero no que
cumpliera veinte años; y en la época á que nos referimos, la doncella
tenia ya diez y siete.
Entonces comenzó aquella série de malos tratamientos, de que Doña Blanca
se quejaba con Doña Beatriz de Rivera.
Doña Blanca permanecia esperando en su aposento la llegada de su
hermano: presentia una tempestad, porque al encontrarse en las escaleras
de la casa de Doña Beatriz habia visto á Don Pedro, mas severo y mas
sombrío que de costumbre.
Las horas corrian y Don Pedro aún no aparecia por el aposento de Doña
Blanca: la jóven sabia que él y D. Alonso de Rivera habian concertado
para aquella noche la muerte del Oidor Quesada; pero no conocia los
pormenores de la trama, podia ser que su hermano mismo fuese entre los
que atacaran á Don Fernando, y esta idea la hacia temblar: ella veía á
Don Pedro como á su hermano: le amaba á pesar de todo, y la idea de un
combate entre él y Don Fernando, el amante de Doña Beatriz, de su única
amiga, la hacia estremecer por el resultado, cualquiera que éste fuese.
No se acostó y se estuvo rezando.
A la media noche oyó tocar en la puerta de la calle, luego rumor en los
patios y en los corredores, y despues todo volvió á quedar en silencio.
Entonces oyó ruido por el pasillo que guiaba á su aposento, llamaron, y
abrió. Don Pedro estraordinariamente pálido y sombrío se presentó.
--Estraño es--la dijo sin saludar--que á esta hora aun no os hayais
recogido.
--Rezaba--contestó Doña Blanca tímidamente.
--Horas son estas en que solo las monjas rezan. ¿Os sentis acaso con la
vocacion necesaria?
--Yo.........
--Doña Blanca, supongo que no habreis olvidado que os he encontrado
fuera de la casa, de donde sin mi permiso habeis osado salir.
--Deseaba ver á mi madrina Doña Beatriz.
--Aun cuando así fuese, esto no volverá á repetirse, os lo advierto.
--Lo prometo.
--Podeis prometerlo ó no, que de mi cuenta corre el impedirlo; desde hoy
no saldreis de este aposento, ¿lo entendeis?
--Sí.
--Aquí os servirán la comida.
--Pero.........
--Así lo he dispuesto, y con eso basta--dijo Don Pedro saliendo y
cerrando tras sí la puerta.
Doña Blanca llorando, se arrojó vestida sobre su lecho.
--¿Por qué su hermano la trataba así, á ella tan sumisa, tan obediente,
tan amorosa?
Muy lejos estaba aquella alma vírgen de comprender las negras pasiones
que agitaban el corazon dañado de Mejía.
Don Pedro se encerró en su aposento y se sentó frente á un inmenso
pupitre negro que tenia primorosas incrustaciones de marfil,
representando aves, flores, hombres y edificios.
Sacó de la bolsa de los gregüescos un manojito de llaves de plata unidas
por una argolla de oro, y abrió uno de los secretos del pupitre, buscó,
y sacó un papel doblado en forma de carta.
Lo desdobló cuidadosamente y se acercó á la bujía de cera que ardia en
un candelero de plata.
El pliego tenia un márgen blanco como se acostumbra poner les á los
memoriales, y á guisa de sello ó de membrete, decia: «único dueño de mi
albedrío,» y luego una carta.
«Dos dias hace que no venis á calmar mis amorosos anhelos, y estos dos
dias hánme parecido dos siglos: ¿por qué me desdeñais? por vuestra vida
que es la mia, venid.»
«Hánme dicho (lo que no quisiera ni imaginar) que tratais de vuestra
boda con Doña Beatriz de Rivera; mas quisiera morir que creer en ello.
Tan hermosa y rica dama, merece bien que en ella fijeis vuestros ojos,
¿pero podrá ella nunca amaros como yo? ¿podreis vos en un dia olvidar mi
amor y vuestros juramentos?
«Venid, Don Pedro, mi ánima está triste sin veros, y me atormentan
horribles pensamientos, vuestra esclava soy que nací para amaros y
serviros, y si me olvidais moriré sin remedio: Venid.
«Quien besa humildemente vuestra mano y será siempre vuestra»
«LUISA.»
Don Pedro puso la carta sobre el pupitre, apoyó su frente en las palmas
de sus manos, y quedó meditabundo.
--Pobre Luisa......... me ama......... me ama y ¿yo quiero
abandonarla.........? pero mi palabra empeñada con Don Alonso......... y
que por otra parte, mi matrimonio no es simplemente un negocio de amor,
es el complemento de mi fortuna......... veremos......... ante todo,
bueno será calmar á la pobre Luisa......... mañana, mañana; lo del
matrimonio despues.
Dobló la carta y volvió á ponerla en el cajon secreto.
--Ahora es necesario ver qué se hace con este malhadado negocio de Don
Fernando de Quesada que tan mal salió: ¿quién seria ese demonio que se
apareció en su defensa? ¿qué habrá sucedido con Tirol? ¿moriria? lo
habrán dejado abandonado? y José que no viene!
En este momento llamaron á la puerta del aposento.
--¿José?--dijo Don Pedro.
--Aquí estoy, señor--contestó un lacayo entrando.
--¿Qué sucedió?
--Nada hemos encontrado, fuimos hasta frente á la Catedral nueva en
donde pasó el lance, ni un vestigio, ni un rastro siquiera de sangre.
--¿Y Tirol?
--Nada, señor, nada, si murió se ha recogido su cadáver, si no, se lo
llevaron herido.
--Pero pues no habia sangre, no estaria herido.
--No lo comprendo eso, yo lo ví caer, cuando el demonio, que sin duda él
fué, se apareció en defensa del Oidor. Tirol cayó sin mover pié ni
mano, pero si estaba herido no dejó ni una huella de sangre.
--Está bien, retírate á recojer, mañana tal vez aclararemos este
misterio.
Y Don Pedro se acostó vestido sobre su cama.
La víctima y el verdugo bajo el mismo techo no podian conciliar el
sueño; el dolor y la ambicion devoraban aquellos dos corazones tan
diferentes entre sí.