X.

Lo que habia visto y sabido el Bachiller en la casa de la Sarmiento.

La Sarmiento guiaba alumbrando á Martin en el subterráneo; en el fondo

de la segunda bóveda habia una mesa cubierta con una bayeta negra,

vieja, y llena de manchas y de agujeros.

Las bóvedas eran un confuso depósito de objetos raros y horribles,

esqueletos, cráneos, animales vivos ó disecados, cajas y vasijas de

figuras estrañas, armas, vestidos, libros, papeles, bolsas y sacos de

todos tamaños, hornillos y braceros, yerbas, flores, ramas y troncos de

árboles, pero así, como perdiéndose, ocultándose entre sombras sin

contornos, sin precision, como desvaneciéndose unos objetos en los

otros.

Martin era hombre de talento, y procuró no mostrarse admirado de nada.

--Valiente coleccion de porquerías guardais aquí--dijo á la Sarmiento.

La vieja volvió el rostro para verle, entre admirada y colérica.

--¡Qué entendeis vos de todo esto!--contestó--sentaos.

El Bachiller se sentó en un sillon de baqueta negra sin bra zos, y que

tenia un respaldo alto, que casi terminaba en punta.

--Hablemos--dijo la Sarmiento.

--Ante todo, permitidme que os diga que con perdon del Santo Oficio,

tanto creo en las brujas, como creer en el Purgatorio, y así podeis

escusaros de intentar conmigo hechizos, que será perder vuestro tiempo.

--Mas convencido quedareis al salir de aquí, de vuestra ignorancia, que

yo lo estoy de que teneis que acabar vuestra vida en las cárceles

secretas del Santo Tribunal.

--No me digais eso ni de chanza, que de la Inquisicion tengo tanta fé de

que existe como de Dios.

--Producciones teneis para salir con el sambenito.

--Dejemos eso y vamos á lo que me habeis prometido.

--Vamos--decis que se trata de asesinar esta noche á un hombre.

--Sí.

--¿Y quereis saber si morirá hoy ó muy pronto?

--Holgárame de saber la verdad.

--Bien, ¿teneis sobre vos alguna prenda suya?

El Bachiller se registró.

--Ninguna.

--Entonces escribid su nombre en este pergamino.

La bruja presentó un pequeño pedazo de pergamino al Bachiller, tomó éste

una pluma y puso el nombre del Oidor.

La bruja encendió un candil de forma estraña.

--¿Qué es eso?--preguntó Martin.

--Es un candil que se alimenta con sangre humana, y la mecha está sacada

de sudario de un ajusticiado.

El Bachiller se sonrió con desprecio. La bruja tomó el pergamino y lo

acercó á la llama, el pergamino se incendió produciendo una luz blanca y

hermosa.

--Este hombre está enamorado y correspondido.

--¿En qué lo conoceis?

--En la luz blanca.

Luego se apagó repentinamente.

La Sarmiento recogió las cenizas.

--Este hombre no poseerá á la muger que ama.

--¿Por qué?

La luz se apagó de repente, y las cenizas quedaron negras.

La Sarmiento trajo una gran bandeja de acero y mezcló alli diferentes

líquidos, pero siempre quedaban trasparentes y limpios.

--Poned cuidado--dijo al Bachiller--si al arrojar las cenizas en esta

agua se pone roja inmediatamente, vuestro amigo morirá hoy de mala

muerte; si no, cada burbuja de aire que salga será un mes de vida que le

quede, hasta que el agua cambie de color y entonces morirá, si el agua

se torna verde, su muerte será tranquila; si roja, morirá de mala

muerte.

Martin no creia, y sin embargo, estaba trémulo y su corazon latia con

una violencia terrible y no se atrevia á separar los ojos de la vasija.

La bruja dijo entre dientes algunos conjuros y arrojó en el agua las

cenizas.

Martin contuvo hasta la respiracion; la Sarmiento tenia las manos

estendidas sobre la vasija, una víbora silvaba en uno de los rincones de

la bóveda, los dos candiles encendidos encima de la mesa producian una

especie de chisporroteo siniestro.

El agua permaneció limpia, derrepente se agitó en el medio y una burbuja

apareció en la superficie y reventó luego.

--Una--dijo Martin, arrojando su aliento contenido.

Volvió á agitarse el agua y otra burbuja apareció.

--Dos--dijo Martin.

Las burbujas continuaban brotando.

--Tres, cuatro, cinco.

--Cinco--repitió el Bachiller, mirando con ansiedad que no salia

otra,--cinco.

El agua parecia querer hervir, arrojó una especie de humo y

repentinamente se puso roja como si hubiera sido de sangre.

--¡Jesus!--dijo Martin apartando el rostro espantado.

--Cinco meses de vida, y morir de mala muerte--dijo con solemnidad la

Sarmiento.

--Es imposible--dijo Martin--os habeis equivocado.

--Lo desearia, porque tanto veo que os apena, pero temo que no.

--Cinco meses no mas, y morir.........

--Asesinado.........

--¿Asesinado?

--¿Quereis saber quién le matará?

Martin reflexionó.

--¿Podré matarle yo antes?--dijo.

--No, porque entonces faltaria el pronóstico.

--Entonces no.

--Como gusteis.

Martin inclinó la cabeza, y luego repentinamente dijo:

--Sí, sí, probad á decirme quién le matará, ¿¿podeis??

--Haré por conseguirlo.

La Sarmiento puso sobre la mesa un hornillo y comenzó á meter en él

trozos de madera que tenian formas y colores raros, y entre los cuales

algunos parecian manos, otras cabezas, otros brazos.

--¿Qué leña es esa?--preguntó Martin preocupado.

--Son pedazos de estátuas de santos.

El Bachiller no estaba para objetar aquella profanacion.

La bruja encendió en el candil una pajuela de azufre, y la colocó entre

la leña: la llama se alzó.

El humo de la pajuela y el que arrojaba la pintura de la madera que

servia de combustible, producian un olor sofocante.

La bruja colocó sobre el hornillo la vasija con el líquido que habia

quedado rojo, y comenzó á decir conjuros dando vueltas en derredor de la

mesa.

Poco tardó el líquido en entrar en ebullicion y exhalar un vapor

luminoso: la Sarmiento mató la luz de los candiles.

Martin creia soñar con el resplandor rojizo de la llama, la casa de la

Sarmiento, y los objetos que alcanzaban á alumbrarse tomaban formas

fantásticas; parecian animarse y moverse los esqueletos, los animales

disecados, todo se agitaba con la vacilante claridad de las llamas, y en

medio de todo, la vasija arrojando un vapor luminoso y blanco, en el que

Martin nada veia, pero en el que la Sarmiento parecia leer.

--Ese hombre morirá por mano de un amigo suyo.

--Pero ¿quién es? ¿Una seña? ¿Un indicio?

--Es un jóven......... sí, muy jóven......... esta tarde le ha

visto......... ahí están......... juntos......... el amigo le da una

cosa......... no les veo los rostros......... le da una alhaja, una

alhaja de la muger que el muerto ama......... un cintillo....

--¡Muger!

--Sí, le da un cintillo......... y ese......... ese es el que lo

matará......... su asesino.

--Mientes, mientes bruja infernal--esclamó el Bachiller precipitándose

sobre ella y tomándola de un brazo.--¿Dí que mientes; ó aquí tú serás la

que muere.

--Estais loco,--contestó la Sarmiento sin inmutarse,--¿por qué os he de

decir que miento? Vos quisisteis saber la verdad; no os agrada; tanto

peor para vos.

--¿Pero estás cierta de lo que dices?

--Jamás evocacion ninguna, me ha salido tan clara.

--Pues sácame de aquí; sácame pronto.

--¿No quereis saber nada mas? Esta noche estoy de buenas.

--Nada quiero saber, sácame de aquí.

--Sea como quereis; pero esperad.

La Sarmiento volvió á encender la luz que le habia servido para bajar al

subterráneo, apagó el fuego del hornillo y colocó todo en su lugar.

--Vamos--dijo impaciente Martin.

--Vamos: pero antes juradme que ni en el Santo Oficio, puesto en

cuestion de tormento revelareis la existencia de este lugar, ni vuestras

relaciones conmigo.

--Lo juro á Dios.

--No, no es á Dios á quien debeis jurarlo.

--¿Pues á quién?

--Al diablo--dijo la Sarmiento, haciendo una especie de reverencia.

El Bachiller vaciló:

--¿Qué hay?--dijo la bruja.

--Pues lo juro al diablo.

La vieja tiró de una reata que pendia del techo, y se oyó un rumor como

el que produce un carro que rueda en un empedrado.

--¿Qué es eso? preguntó Martin.

--Vuestro juramento ha sido recibido.

A pesar de su valor y de su esceptisismo, Martin se estremeció.

--Vamos--dijo.

--Vamos.

Subieron la escalera del caracol y se encontraron en la casa.

Con los sordo-mudos habia un nuevo personaje.

Era un hombre de la raza indígena pura, con su tez cobriza, su pelo

negro y lacio, sin barba, y con un escaso bigote.

Vestia una ropilla ordinaria de velludo, con calzon de escudero y unas

medias calzas de venado: estaba envuelto en un tabardo gris y conservaba

en su cabeza un sombrero de anchas alas.

Al sentirse en otra atmósfera, el Bachiller recobró su sangre fria y le

pareció como que todo no habia sido sino una pesadilla.

--Ahuizote--dijo al recien venido--creía que tenias aventura esta noche.

--Sí--contestó el Ahuizote--un riquillo que queria que lo acompañáramos

á sacarnos una muchacha, pero le entró miedo y se arrepintió.

--¿Y podrás acompañarme?

--¿A dónde?

--Vamos á impedir que asesinen á un amigo mio.

--Te ayudaré--dijo el Ahuizote, parándose.--¿Quién es él?

--Don Fernando de Quesada--el Oidor.

--No voy--dijo sentándose otra vez el Ahuizote: yo no defiendo

gachupines.

--Es un amigo.........

--Aunque.

--Bien, no vayas; pero recuerda que no es él quien te pide compañía,

sino yo. Quedad con Dios, señora Sarmiento.

--Él guie á su merced, señor Bachiller.

Martin abrió la puerta.

--Oye--dijo el Ahuizote.

--¿Qué cosa?

--Siempre te acompaño.

--Vamos.

--_Nican timocuepas_--dijo la Sarmiento en idioma mexicano al

Ahuizote--que queria decir--vuelve acá.

--_Moztla teotlac_--contestó el Ahuizote--mañana en la tarde.

--_Tlacoyohuac tihuallas, âmo teotlac_--(á media noche vienes, y no en

la tarde).

--_Quemâ_--(sí)--contestó el Ahuizote saliendo.

El Bachiller no entendió ni una palabra, pero tampoco preguntó.

Y los dos se dirigieron precipitadamente en busca del Oidor hasta

encontrarlo, acompañado de Teodoro que conducia al herido.

Monja y casada, vírgen y mártir · 第 20 / 161 题