Cómo el negro Teodoro probó que no necesitaba de armas.
EL Oidor era hombre de un valor á toda prueba, no de los que se animan
ante el peligro, sino de los que lo buscan y lo desafian. Un peligro le
amenazaba aquella noche en la calle, y sentia una necesidad, una especie
de vértigo para buscarlo y encontrarlo cuanto antes.
Don Fernando estaba enamorado, y todos los enamorados han sido, y serán
siempre, lo mismo. Doña Beatriz sabia que se tramaba su muerte, y Don
Fernando se hubiera creido deshonrado si hubiera dejado de salir á la
calle esa noche; creeria Doña Beatriz que habia tenido miedo.
Además, tenia urgente necesidad de ver al Arzobispo, de saber la
resolucion del virey.
El negocio de la fundacion del convento de Santa Teresa, estaba de tal
manera identificado con sus amores, que creía servir á Doña Beatriz
ayudando al Arzobispo.
Cerró la noche y D. Fernando se dispuso para salir.
Sin embargo de su valor, creyó necesarias algunas precauciones.
Vistióse bajo su ropilla, una ligera cota de maya de acero,
perfectamente templado, y que podia resistir el golpe de un puñal sin
perder uno solo de sus anillos; y ademas de su espada y de su daga
prendió en su talabarte dos pequeños pistoletes, se caló un ancho
sombrero adornado de una pluma negra, se cubrió con un ferreruelo de
vellorí y salió á la calle.
Registró con la vista por todos lados, pero nada pudo descubrir á pesar
de que el cielo no estaba entoldado como la víspera, y la luna alumbraba
bastante.
Don Fernando echó á andar, y detrás de él se destacó un bulto que
comenzó á seguirle á cierta distancia; pero sin alejarse mucho ni
perderle de vista.
El Oidor caminaba de prisa, pero podia notarse que cuidaba siempre que
le era posible de ir por la mitad de la calle, y no torcer en las
esquinas cerca de los muros de las casas.
El hombre que le seguia debia ir descalzo, porque sus pisadas no
producian el menor ruido marchando como los gatos, sin que pudieran
sentirse sus pasos.
En esos dias estaba en construccion el templo de la Catedral, y casi
todo el terreno que esta ocupa, estaba lleno de andamios, de montones de
piedra, de madera, de inmensos bloques de granito, en fin, de todo eso
que formando para los profanos un caos inesplicable, es el pensamiento
del arquitecto que va con la luz de la inteligencia á moverse, á
ordenarse, á colocarse, á formar una maravilla del arte, y á
materializar en una mole gigantesca una idea encendida en la pequeña
cabeza de un hombre.
Desde allí se descubria la puerta del Arzobispado, y entre aquellos
materiales acumulados se perdió, como que se desvaneció, el hombre que
seguia al Oidor. Era indudablemente el lugar mas propio para ocultarse,
y para vigilar á todos los que entrasen ó saliesen del palacio del
Arzobispo.
Don Fernando preguntó por su Ilustrísima, y un familiar le hizo entrar
inmediatamente.
--¡Albricias!--dijo alegremente el Arzobispo al ver á Don Fernando.
--De las mismas--contestó el Oidor, siguiendo el humor del prelado.
--El virey da su beneplácito para continuar la obra inmediatamente; aquí
está la órden.
--Mil parabienes.--¿Pero cómo logró tan pronto su Ilustrísima.........
--¡Ah! no ha sido poco el trabajo: su Excelencia estaba realmente
prevenido, ese Don Alonso de Rivera, y su amigo Don Pedro de Mejía (Dios
se los perdone), han trabajado con un teson digno de santa causa.
--Pero al fin.
--Ahora vereis, al llegar al palacio pareciome mas prudente consejo
tener vista con mi señora la vireina, que como sabeis, muestra
particular empeño en nuestra fundacion porque allá en su mocedad estuvo
algunos meses en un convento de Carmelitas descalzas, y su santo celo
nos ha dado tambien en sus dos hijas piadosos auxiliares para nuestra
empresa. Su Excelencia debia entrar á la cámara de la vireina pocos
momentos despues que yo, pero tiempo tuve suficiente para prepararla,
así como á las dos niñas; de manera que ellas y yo, tanto instamos y
rogamos, y suplicamos, que su Excelencia no pudo menos de darme la órden
que yo solicitaba. ¡Ah, señor Oidor! Este ha sido un triunfo que hemos
alcanzado, y que es preciso aprovechar sin pérdida de tiempo.
--Yo aseguro á vuestra señoría Ilustrísima, que mañana en la tarde no
conocerá el lugar en que las casas existieron.
Y el Arzobispo y el Oidor continuaron, lo menos por dos horas, hablando
de sus planes..............................
Teodoro, que seguia á D. Fernando, se ocultó en las obras de la nueva
Catedral: buscó un lugar desde donde observar la puerta del Arzobispado,
y colocándose á su sabor se quedó inmóbil.
Una hora habia permanecido allí confundido por su color negro con la
sombra del naciente edificio, cuando sintió un leve rumor de pasos que
se acercaban por el mismo camino que él habia traido.
Con mucha precaucion levantó la cabeza y vió tres hombres que procuraban
ocultarse tambien, muy cerca de el lugar que él ocupaba.
--Está seguro--dijo uno de ellos al otro: está en el Arzobispado.
--Tan seguro, que yo le ví entrar desde la pared de enfrente adonde me
dijiste que me quedara de vigía.
--Sí debe ser, porque quien nos manda me dijo que debia venir esta noche
á ver al Arzobispo, y que por aquí debia pasar al retirarse.
--Seguro es el golpe.
--Ahora esperad, y silencio.
Y todos callaron: Teodoro no habia perdido una palabra.
Mucho tiempo trascurrió así, y Teodoro observaba de cuando en cuando una
cabeza que se alzaba muy cerca de él para mirar la calle que venia del
Arzobispado: la luna estaba ya en la mitad del cielo.
Por fin sonó una puerta y se percibió un bulto negro que, saliendo del
palacio del Arzobispo, se dirigia al lugar de la emboscada.
--¿Es él?--dijo uno de los hombres.
--Debe ser--contestó otro;--pero es necesario estar muy seguros, y sobre
todo no precipitarnos, porque anda siempre bien armado, y es diestro.
--Pero solo.
--No le hace.
El bulto se acercaba mas y mas.
--Él es, dijo uno.
--Listos!--contestó el otro.--Y los tres sacaron de la vaina sus puñales
sin levantarse.
El bulto se percibia ya claramente; era el Oidor y pasaba por delante de
los hombres ocultos.
Entonces sin hacer ruido, y como si hubieran sido unas sombras todos, se
alzaron; pero no advirtieron que no eran ya tres sino cuatro.
--¡A él!--gritó uno precipitándose; sobre el Oidor; pero antes que
hubiera podido acercársele recibió en la cabeza un golpe terrible, que
le hizo caer á tierra sin sentido. Don Fernando tiró de la espada y se
puso en guardia; pero la precaucion era inútil: al mirar su actitud, el
auxilio inesperado que le llegaba y la caida de uno de ellos, los
asesinos echaron á huir.
Ni Don Fernando ni el negro pensaron en seguirles, el Oidor quedó con su
espada en la mano, y el negro con su habitual indiferencia, cruzados los
brazos, contemplándole y teniendo en medio de ellos el cuerpo de aquel
hombre, que no se sabia si estaba muerto, ó privado.
--¿Quién sois, y qué quereis?--preguntó Don Fernando al mirar que el
negro no se movia.
--Soy el negro Teodoro, y solo quiero servir á su señoría en lo que me
mande.
--¡Teodoro! ¿qué haces aquí?
--Seguir á usía.
--¿Seguirme? ¿y para qué?
--La señora mi ama sabia que esta noche querian la muerte de usía.
Don Fernando se puso pensativo.
--¿Ella te ha mandado?
--No, yo le pedí licencia para acompañar á usía en esta noche.
El Oidor volvió á callar por un rato.
--¿Este hombre está muerto?
Teodoro se inclinó y puso su mano en la boca, y luego en el corazon del
hombre.
--Está vivo--contestó.
--¿Con que le heriste?
--Con mi mano.
--Seria bueno llevárnosle.
El negro sin esperar mas, levantó al herido, que gimió débilmente; como
hubiera podido alzar á un niño, y se volvió como para esperar una nueva
órden.
--Vamos, dijo el Oidor, mirando si en el suelo habia algo.
--Aquí está el arma de éste--dijo Teodoro levantando un puñal del suelo.
Don Fernando guardó su espada y se puso en marcha seguido del negro que
llevaba á cuestas al herido, avanzaron un poco y se oyó un rumor de
pasos: eran dos hombres que traian la direccion opuesta y con los que
debian encontrarse.
--¡Ah de los que van!--dijo uno de los dos.
--¡Alto los que vienen!--contestó Don Fernando sacando la espada.
A la luz de la luna se vieron brillar los estoques de los que venian.
Teodoro puso en el suelo con mucho cuidado al herido, y se colocó al
lado de Don Fernando.
--¿Quién va?--dijo una voz.
--Oidor de la Real Audiencia--contestó Quesada adelantándose.
--Mi señor Don Fernando de Quesada.
--Señor Bachiller--contestó el Oidor.
--Loado sea Dios, que encuentro á su señoría, porque en alas del temor,
hemos venido en su busca. ¿Ha tenido su señoría.........?
--Un mal encuentro; pero á Dios gracias que con el refuerzo de Teodoro,
ni yo tuve por qué sentir, ni ellos por qué alegrarse: mirad.
--Teneis un cautivo.
--Es la proeza de Teodoro, pero retirémonos que no seria prudente que
así nos viesen.
--Si no le disgusta á usía, me tomaré la licencia de acompañarle.
--No cabe disgusto en lo que causa satisfaccion: acompañadme.
Teodoro alzó su carga y los cinco llegaron á la casa del Oidor.
--Ahora, señor Bachiller, dijo el Oidor, tócame mi turno de ofreceros en
esta noche la hospitalidad que á tales horas, témome que no encontreis
abierta vuestra habitacion.
--De grado acepto--contestó Martin--y no temo incomodar á su señoría,
porque algunas cosas tengo que poder comunicarle.
--Pues pasad.
--Permítame usía despedir á este compañero.
El Bachiller habló algunas palabras con el embozado que le acompañaba, y
éste se retiró, haciendo una profunda carabana al Oidor.
El negro habia permanecido firme cargando á su hombre.
Cuando estuvieron dentro ya de la casa y cerrado el zaguan, el Bachiller
dirigiéndose al herido, dijo:
--¿Y de éste, qué dispone su señoría?
--Lo veremos.
Un lacayo trajo un candil.
--No lo conozco--dijo Martin.
--Yo sí--agregó el Oidor,--y sobre todo por la librea. Es un paje de la
casa de Don Pedro de Mejía; por mi fé que no perdona mi señor Don Alonso
medio de oponerse á la fundacion.
--¿Creeis?
--Estoy seguro.
--Encargaos de ese hombre--dijo á sus criados Don Fernando, y subid
vosotros conmigo--agregó dirigiéndose á Martin y á Teodoro.