erigirse en legislador supremo de una Iglesia que él fundara, para que
cubriera sus impudicias y sus sacrilegios. Lamennais escribió páginas
inimitables y llenas de elocuencia contra la razón, y, sin embargo,
intentó también regenerar el mundo tomando por única base su razón sola.
Y es que no se puede prescindir de ninguna de esas dos ruedas con que ha
de caminar el carro de la inteligencia, para llevar, digna y
decorosamente, en su trono, la Verdad cristiana, que es la única Verdad.
Claro está que para llegar a ésta se sienten flaquezas, abatimientos,
dificultades; mas, ¿qué empresa no lleva consigo anexas todas éstas?
De aquí que deduzcamos, como consecuencia lógica, que la Filosofía no
muere, ni se debilita, por estar a la sombra de la Religión, sino que,
por el contrario, se fortalece, se vivifica y se hace más clara y más
asequible a las inteligencias; y, si a esto unimos que se supedita a la
razón, tendremos completo ese cuerpo de doctrina, esa ciencia, _mater
omnium scientiarum_, y por ella, y con ella, encontraremos la Verdad
única, incontrovertible y eterna, cual es la Verdad cristiana.
No hay que decir cómo nuestro Santo fué guiado de esa antorcha de la fe
y de esa luminaria de la razón, para encontrar la Verdad increada, y en
ella pudo posarse.
Bien lo demuestra en su libro de oro, que analizado queda desde el punto
de vista filosófico, y bien puede incluírsele entre las obras de los más
esclarecidos, de _los_ más _grandes filósofos españoles_.
Ya lo dió a entender el insigne Menéndez y Pelayo, cuando, hablando de
él, expresó este acertadísimo juicio:
“Aquel hidalgo vascongado, herido por Dios, como Israel, a quien Dios
suscitó para que levantara un ejército más poderoso que todos los
ejércitos de Carlos V, contra la Reforma, San Ignacio es la
personificación más viva del espíritu español en una edad de oro. Ningún
caudillo, ningún sabio influyó tan portentosamente en el mundo. Si media
Europa no es protestante, débelo, en gran manera, a la Compañía de
Jesús[241] y al libro admirable de su fundador, los _Ejercicios
espirituales_, lleno de luz y de ciencia para las almas todas y para
todos los corazones”.
CAPÍTULO IV
LA VERDADERA CIENCIA DIMANA DE DIOS.--INFLUENCIA DE LA FILOSOFÍA DE
LOS «EJERCICIOS» EN EL MUNDO.--TEORÍA DE LA GRACIA.--SÍNTESIS DE LA
DOCTRINA FILOSÓFICA QUE SE ENCIERRA EN LOS «EJERCICIOS».
Pobre es en demasía el mundo del humano saber para dar al genio la
magnífica limosna de la verdad, que le pide con ansias devoradoras.
Entretiénele con migajas que le arroja, alardeando de esplendidez, las
cuales, en modo alguno, bastan a saciarle.
Esa rica limosna pidió también Ignacio, cuando, ya en los años de
madurez, asistía a las aulas y sentía en su inteligencia y en su corazón
un vacío y el estímulo nobilísimo hacia la Verdad, ese ídolo que él
había creído abrazar muchas veces y se le había tornado en sombra
desvanecida, le aguijoneaba fuertemente, para buscarla en su realidad
pura, fuera del mundo de las ilusiones engañosas; allá, donde únicamente
existe, donde la buscó Salomón, donde la buscó Agustín, en la cima del
Monte Santo, en el piélago de la luz increada, en las reverberaciones de
lo inmutable y lo inmenso, en Dios, fuente eterna de la Verdad.
La luz de la divina gracia iluminó aquella inteligencia, llenando su
vacío con el rico, inefable don de la inspiración y de la sabiduría;
desaparecen entonces a los ojos del capitán Iñigo los espejismos de la
falsa ciencia, las negruras de la ignorancia; y, desvanecidas las nubes
de la pasión pujante, que empañaba el sol limplio y esplendoroso de la
Verdad, contemplando, de hito en hito, con mirada de águila, y queda tan
prendado de sus hechizos y soberana belleza, que rompe en aquella
sublime exclamación que siglos atrás la pronunciara el converso Casiano:
“¡Tarde llegué a amarte, ¡oh!, hermosura siempre antigua y siempre
nueva! ¡Tarde te hice entrega de mis amores!”[242].
Nos cuentan los sagrados libros que, al descender Moisés de las cumbres
del Sinaí, apareció circundado de luz deslumbradora, recibida en
presencia de la Divinidad. Parecía que de su rostro salía fuego sagrado,
y fué esto lo bastante para infundir el terror en el pueblo versátil,
entregado a la degradación y al abominable culto del becerro de oro.
También Ignacio, bañado en torrentes de luz celestial, empapado en la
Ley de Dios, en las Sagradas Escrituras y en los libros de los Santos
Padres, irradia de sí, cual otro Moisés, resplandores de doctrina
sobrehumana; y de la caldeada fragua de su mente salen los rayos de su
palabra, ora enérgica, acerada y penetrante[243], como espada de dos
filos, para combatir los errores de su tiempo y los enemigos de la
Religión; ora plácida y dulce[244], para enfervorizar a las almas
buenas; ora profunda y amena[245], para adoctrinar y persuadir; pero
siempre impregnada del suave bálsamo, del celo amoroso, siempre
embelesadora, discreta y sentenciosa, eco fiel de su inspiración divina,
y tan varia, tan rica y tan fecunda, que apenas es suficiente la vida de
un hombre para saborear, ejercitar y cumplir cuanto en los _Ejercicios_
expone.
Y la conciencia de Dios, alcázar suntuoso alzado por Ignacio, forma una
ciudadela hermosa de ciencia filosófica y de santidad, y la une con
puente de oro al alcázar de la fe.
* * * * *
Nuestro Santo parece que, con maravillosa intuición, se adelantó a su
siglo, y en el libro de los _Ejercicios_ dejó fuertemente asegurado ese
puente de oro y establecida la armonía entre la fe y la ciencia, hijas
ambas de Dios, que es la Verdad, e incapaces, por tanto, como hermanas,
de vivir en pugna y contradicción, y se anticipó a los días de aparatoso
saber que hemos alcanzado, en que sabios, neciamente orgullosos, crean
soñados conflictos entre el dogma y la ciencia, entre la gracia y la
libertad humana, afirmando que, para creer, _es necesario dar garrote a
la razón_, y haciendo del hombre una máquina inconsciente e
irresponsable de sus actos; nueva generación de curanderos sociales, que
quieren sanar las llagas de la decaída humanidad prescindiendo de la
única medicina salvadora, que prestan de consuno la fe y la cristiana
filosofía, y acudiendo al empleo de una farmacopea de desatinos y
delirios[246].
¿Y cómo no engarzar a esa corona el monumento más duradero que el
bronce, _aere perennis_, y semejante a las colosales pirámides de
Egipto, las cuales permanecen, a través de los siglos, incólumes e
impertérritas, desafiando las tempestades de los tiempos y los
trastornos profundos de las generaciones y de las razas?
En él está echado el cimiento de la verdadera Filosofía, pues en él se
demuestra la necesidad de la Providencia; cómo ésta dirige los
acontecimientos, sin coartar en nada el libre albedrío del hombre, por
lo cual puede obrar a su antojo y con plena responsabilidad de sus
actos, ya que sabe que a Él le debe cuanto es, que de Él depende y a Él
ha de dar cuenta de sus obras, para el triunfo del Bien, de la Verdad y
de la Justicia[247].
Los que siguen la voz del Eterno Padre y de su Unigénito Jesucristo irán
al “Reino de Cristo” y pertenecerán a “la bandera de Cristo Señor
Nuestro, sumo capitán”; los que se apartan de sus celestiales
enseñanzas, es que se alistan en la “bandera de Lucifer, mortal enemigo
de nuestra naturaleza humana”[248], y, por ende, merecerán “las penas
del infierno”. Pero aun estos mismos, sin darse cuenta de ello, trabajan
por la realización de los fines providenciales del Señor, como sucedió,
en el Oriente, a Babilonia, para el conocimiento de la Ley Antigua, y en
el Occidente, a Roma, para la difusión del Cristianismo.
En este libro admirable se han empapado las Teresas de Jesús, las Marías
Magdalenas de Pazzis, los Felipe Neris, y sirvió de norma a los
Franciscos de Sales, Borromeos, Paúles, Blosios, de Avila; Granadas,
Leones y multitud de hombres; bebiendo en él sus preciosas teorías
incontable número de personas que a él debieron su salvación.
En ese libro, en fin, se hallan refutados, victoriosamente, todos los
sistemas heterodoxos de Filosofía; lo mismo el psicológico del
napolitano Vico, que el psicológico panteísta de Hegel; que los
fatalistas de Herder y Condorcet, que el panteísmo de Krausse y el
ecléctico de Víctor Coussin.
¡Honor, pues, a la ciencia y al genio, y venga el arte a realzar esa
corona así entretejida, haciéndola más bella con _el esplendor del
orden_[249], corona del talento del hombre privilegiado a quien el Señor
dotó de sabiduría y prudencia grande; del hombre cuyas frases llenan de
hondo sentido y de una cuotidiana realidad, por sentencias y apotegmas;
del hombre que impone veneración y respeto al mundo docto; del hombre
que ha recibido las aclamaciones universales de la Iglesia Santa[250] al
supremo magisterio del cual sometió siempre con humildad los dictámenes
de su razón poderosa; del _Santo_, en fin, en cuyo espíritu han
cincelado el suyo innúmeros habitantes del Empíreo[251].
* * * * *
En los _Ejercicios_ nos expone también la teoría de la gracia[252].
¡Y cuan admirable y divina es esta teoría!
Entre el hombre y su Dios abrió la fe un abismo en fuerza de empujar
hasta lo infinito la limitación y relatividad de la vida: en un Dios
infinito, inmutable, único, eterno, inmenso y dueño de sí mismo
consagró, de una manera gráfica y viva, la protesta de su impotencia
ante la tiranía y el fragor rudo y estrepitoso de la existencia, su
ambición suprema de dominar la vida.
La misma fe que lo abrió, salva su abismo, que parecía no poderse
vadear.
Ignacio nos pone de manifiesto cómo con la gracia se diviniza el hombre,
se eleva a la dignidad de hijo de Dios, destinado a participar de la
misma vida divina; real y verdaderamente en otra vida mejor[253], en la
consumación de nuestros destinos por medio de la visión beatífica y del
amor bienaventurado; y en esta vida de una manera imperfecta e incoada
por medio de la fe, de la esperanza y de la caridad.
Y es que el Santo filósofo vió el pecado en el remordimiento, en la
ruptura de la armonía interior de nuestra alma, en la ansiedad, en el
temor, en la turbación y palpitación violentas del corazón, que son, en
definitiva, los afectos y sentimientos de que hablan los filósofos[254].
Vió, también, Ignacio el dolor y la muerte sentados sus reales sobre la
haz de la tierra; vió al hombre sujeto al sufrimiento, al trabajo rudo,
a la esclavitud de sus brutales instintos y aviesas inclinaciones, a la
muerte, en fin, y vió a la naturaleza toda gimiendo bajo el peso de la
vanidad e inestabilidad y pidiendo a voces su liberación y redención; en
frase de San Pablo dijo: _la naturaleza está manchada con el pecado_, y
como lo vió nos lo presenta, con los vivos colores, al hablar de _los
tres pecados_.
Pero continúa exponiéndonos el remedio de salvación y nos muestra cómo
el Verbo eterno encarnó[255], sufrió y murió en la cruz, redimiendo de
esos pecados al género humano[256], quedando el hombre y la naturaleza
rehabilitados en la esperanza _spé salvi facti sumus_[257], que dice el
Apóstol. Sí; somos salvos en la fe, en la esperanza y en la caridad: he
ahí los tres vértices del triángulo divino que ha de redimir la
humanidad, que más bien se funden en uno solo como Dios (la fe), bajo
esos tres aspectos.
Por eso nos pone de manifiesto que la fe, en lo que antes de la
redención vió el castigo y consecuencias del pecado, en las
penalidades, en el dolor, en la muerte, vió, después de efectuada
aquélla, el estímulo de nuestro perfeccionamiento, el medio de prueba,
el instrumento y agente de la rehabilitación[258].
Que la esperanza columbra en lontananza, al través de las negruras y
cerrazón del horizonte de la vida, el día venturoso, purificante y
glorificador[259].
Y que la caridad hace del dolor y del sufrimiento fuente de aguas vivas,
que en colosal surtidor salta hasta la vida eterna, fuente de inefable
placer, de indecible satisfacción; verdadera ave fénix que hace surgir
la vida de la muerte, porque posee a fondo y domina el sentido real de
la vida, y lo acepta resignada, lo abraza gustosa en perspectiva de sus
fecundos y gloriosos resultados.
Uno y mismo es el espíritu que informa a estas tres manifestaciones de
la religión; pero en la caridad desenvuelve toda su virtud y
eficacia[260].
En la fe da forma concreta al ideal; en la esperanza se promete su
definitiva y cabal realización al fin de los tiempos; en la caridad
anticipa ese día venturoso, se engolfa en las delicias, en el torrente
de voluptuosidad de la bienaventuranza, agranda, agiganta, empuja hasta
lo infinito la satisfacción que produce el cumplimiento del deber, y, al
través de ella, contempla extasiada, acaricia el conocimiento pleno y
acabado de la verdad, la fecundidad y fertilidad infinita del amor, el
escalonamiento, progresión y difusión definitivo de los momentos de la
vida.
Ese ideal, la felicidad eterna de nuestro ser, ante la que mudas se
postraron la fe y la esperanza, el amor lo arrebata, lo asimila, se
abraza y funde con él, y, en ese estrecho abrazo, le da el último toque
de viva realidad, le da toda la significación, virtualidad y alcance que
tiene.
El Santo filósofo nos dice cómo con la fe mira el hombre a Dios como
irradiando en su entendimiento los fulgores de su infinita sabiduría;
cómo en la esperanza le ve recompensar nuestros méritos y ceñir nuestras
sienes con la corona del triunfo, y cómo en la caridad se aboca cara a
cara con Dios mismo y se siente capaz y ganoso de poseerle.
_Amamos a Dios_--nos dice--_porque es digno de ser amado, porque es el
océano infinito de todas las perfecciones, porque es dueño de sí
mismo_[261].
Tan ardiente debe ser nuestra aspiración hacia Dios, que debemos
despojarnos de toda traba, de todo temor, de todo lo que no sea objeto
de nuestro amor y, olvidándonos de nosotros mismos, lleguemos a
confundirnos con Dios y descansando en Él.
Por eso el Apóstol de las Indias hubo de exclamar así, endiosado:
Muéveme tú, mi Dios, y en tal manera,
que aunque no hubiera Cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
Sublime paradoja, que es la mejor fórmula de la caridad humana.
Y esta caridad no es temor a la pena, no es respeto a la autoridad, no
es utilidad calculada, ni gratitud, ni placer.
Y, sin embargo, es todo eso de una manera más profunda y sublime siendo
el amor cristiano un impulso libre y desinteresado que nos mueve a
realizar el ideal de lo bueno y de lo perfecto por la satisfacción y el
placer que en ello encontramos, es el desbordamiento de un corazón que
rebosa generosidad e intensidad de vida, es el altruísmo cristiano, cuyo
primer prójimo es Dios mismo.
* * * * *
Los _Ejercicios_ de San Ignacio son, pues, como la luz que guía a las
inteligencias, como el faro de un puerto que descubre al piloto el
término de su viaje[262] y el lugar de su descanso[263], advirtiendo
bien a las claras que cuantos esperan la completa felicidad en este
mundo, pegan demasiado su corazón a la tierra, y claro es que su mirada,
aun extendida y dilatada, no ve más allá de la tumba nada que les
atraiga y deleite; mientras que quienes no confían en esta felicidad, ni
descansan hasta obtenerla en la eternidad, conocen perfectamente lo que
son, apercibiéndose de que su permanencia en el mundo es transitoria,
que el estado presente de la humanidad no es definitivo, hecho observado
ya por Cicerón y otros pensadores; por lo cual preciso se hace poner la
conciencia delante de todos los actos, como la estrella de los Magos,
para moderar nuestros deseos de estabilidad, incompatible con nuestro
estado de peregrinos.
Allí nos pone de manifiesto también cómo el amor cristiano, subiendo a
la Divinidad, se depura y embalsama, para caer como celestial rocío
sobre sus semejantes, con esa igualdad que se encierra en la fórmula
_ama al prójimo como a ti mismo_, principio de tal fuerza moral y
filosófica que la han aceptado cuantos en el templo de la Filosofía han
entrado a orar, no a hurtar; a satisfacerse, no a farisear.
Nuestro Santo y filósofo se muestra a sus hermanos extendidos los
brazos, como su modelo Jesucristo, y, con solo esto, consigue que sus
hijos puedan penetrar en las espesuras de los desiertos, sin más objeto
que abrasarlas con fuego inextinguible y convertir las fieras en hombres
y los bosques en fértiles campiñas, como decía San Francisco Xavier.
Como un gran filósofo, Ignacio nos resuelve aquellos tres grandes
problemas que ponían espanto a los gobernantes y a los filósofos de su
época y aun vienen preocupando a los modernos enciclopedistas.
Estos tres problemas son: _libertad_, _igualdad_ y _fraternidad_, y
dice: ¿Queréis libertad verdadera? _Mandata Dei servate._ Respetad,
temed a Dios y observad sus mandamientos. Amad a vuestros hermanos,
dando a cada uno su derecho y renunciando al vuestro, si es menester,
con generosidad y desprendimiento, procurando la paz para todos[264].
Si esto se llevara a cabo veríamos a los legisladores cambiar sus tronos
y sillas de marfil por el bufete de administradores de sus
conciudadanos.
¿Queréis la igualdad? _Quod superest date elemosinam._ No se puede pedir
una igualdad absoluta, porque no existe[265], pero sabed que los bienes
de que gozáis sólo es a título de administradores, pero con la condición
de aliviar y socorrer a los desgraciados y desvalidos, que son genuinos
representantes de Cristo Jesús; y si olvidáis este deber, tendréis que
escuchar aquella voz aterradora que os dirá: “_Porque hiciste mal uso de
los talentos que te di, caerás al fuego como madero seco, para arder
eternamente en la Justicia Divina_”[266].
¿Queréis fraternidad? _Diligite inimicos vestros._ Amad a vuestros
enemigos, que también son hermanos vuestros, y amadlos más precisamente
porque el error les ciega, la ira les domina, el vicio les tiene
encenagados, y, por tanto, habéis de procurar atraerlos al buen
camino[267].
¿No son éstas las reglas de la moral filosófica y cristiana más
sublimes, más prácticas, más necesarias, porque quizá sean las que estén
más olvidadas o, por lo menos, más inaplicadas?
¡Ah! Si siguiéramos el rumbo trazado por esta moral, si nos acercáramos
a su cumplimiento, veríamos práctica y palpablemente cómo nos íbamos
aproximando a la perfección que deseaba llevar San Ignacio con su libro
a cuantos en él estudiaran y meditaran seriamente.
Un ilustre escritor ha dicho[268]: “Es muy fácil formar sistemas
perfectos para ángeles, pero imposible para hombres”. Vivimos en
sociedad y no es necesario ser profundo filósofo para observar y conocer
que no sólo nuestras inclinaciones y deseos, sino aun nuestros derechos,
los más legítimos e incontrovertibles, se hallan muchas veces, sin
quererlo nosotros, en lucha con los deseos e inclinaciones de nuestros
semejantes; y donde hay lucha necesaria, no puede haber paz continua; y
donde la paz se altera, no puede haber orden constante y absoluto, y sin
orden, sólo soñando, se puede imponer la perfección, pues los elementos
permanentes de contradicción y guerra existen dentro de nosotros y
contra nosotros mismos: _Video autem aliam legem in membris meis
repugnantem legi mentis meæ_”[269].
Pues he aquí la ciencia filosófica de San Ignacio en el libro de los
_Ejercicios_.
Él ha formado un sistema perfecto para hombres, pues precisamente en el
saber dominar nuestra voluntad, refrenar nuestros deseos ante los de
nuestros semejantes, está la perfección, así como el de saber vencer en
esa lucha titánica entre el hombre bueno y el hombre malo que en
nosotros mismos se encierra, haciendo que triunfe la virtud, la
serenidad, la templanza y el amor, sacrificando cuanto no sea esto, a
fin de crearnos un nuevo _yo_ que responda a esa moral y a esa filosofía
propia de los hombres perfectos, de los que saben en su corazón las
esencias de la virtud, del bien y aun de la santidad.
Se nos dirá que esto es dado a pocos, pero no es porque busquen esto
todos, sino porque sólo esos pocos son los que tal buscan y por lo que
se afanan. Hay muchos que beben las aguas de una fuente; mas pocos son
los que conocen su origen o manantial, y menos aún los que han ido en su
busca y han gozado de sus primicias.
Y no se crea que para conseguir esto es menester renunciar a prudentes
goces, ni menos cortar los vuelos de la inteligencia, sino que, por el
contrario, débese no limitarla mezquinamente al tiempo y fijar nuestra
mirada en la inmortalidad y, como atletas que recorren el estadio con la
vista clavada en el premio que le aguarda, emprender nuestra carrera con
ardor por el camino de la conciencia y de la virtud, alumbradas con el
resplandor de la fe, avivadas con el calor de la esperanza y vivificadas
con el hálito de la caridad, pues, de lo contrario, daríamos a entender
que somos y valemos muy poco cuando no podemos atender a un tiempo a dos
objetos que no se contradicen, la virtud y la vida, Dios y el hombre.
He aquí, expuesto de una manera sintética, cuanto abarca filosóficamente
el inimitable libro de los _Ejercicios_.
¿Habrá alguien que se resista a conceder el título de _gran filósofo_ a
su autor?
Creemos haber ahondado bastante en ese tan rico manantial de fecundos
principios filosóficos para darlos a conocer clara, concreta y
definitivamente, para que no haya lugar a duda; pues cuando se camina
con la antorcha de la verdad y con el báculo de la razón sana, aunque el
camino sea áspero, se sortean fácilmente todos los escollos y se vencen
todos los obstáculos, llegando al fin triunfantes y vencedores.
¿Lo hemos conseguido?
Tú, lector justo y recto, lo has de decir.
Para terminar, diremos que creemos haber cumplido con la misión que nos
propusimos al comenzar esta obra.
Si no lo hemos conseguido, culpa habrá sido solamente de nuestra
ineptitud, de nuestra pequeñez intelectual.
APÉNDICES
APÉNDICE I
INFORME
de la real academia de ciencias morales y políticas, referente al primer
tomo de la «biblioteca filosófica» de «los grandes filósofos españoles»,
dedicado a
FRANCISCO DE VALLES
(EL DIVINO)
“Don Luis Salves y Fernández, oficial de tercer grado del Cuerpo
Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos y
secretario del Archivo general de los Ministerios de Instrucción
Pública y Bellas Artes y Fomento,
[Illustration]
_CERTIFICO: Que por el Negociado correspondiente se ha remitido a
esta dependencia el expediente de adquisición de la obra de don
Eusebio Ortega y don Benjamín Marcos titulada_ Francisco Valles
(_el Divino_), _en la que existe un documento cuya copia literal es
como sigue_: