Por sensibilidad interna entendemos aquella delicadísima facultad

que nos pone en relación directa con los objetos, bien que

independientemente de la naturaleza particular de la sensación externa,

de la imaginación y del conocimiento, es lo que llamamos vulgarmente

_sentimiento_.

La inteligencia es la facultad de conocer las cosas[198].

Ahora bien; para ejercer el entendimiento se precisa tener un

conocimiento perfecto y un juicio exacto de la verdad; porque si es

cierto que las demás facultades auxilian al entendimiento, ofreciéndole

objetos exteriores o afectos de la misma alma, sin embargo, ellas, por

sí solas, no conocen. La naturaleza nos las ha dado para ponernos en

comunicación con los objetos, para presentárnoslo bajo ciertas formas y

afectarnos de diversos modos, sin perjuicio de reservarse siempre y

necesariamente a la facultad superior, que debe presidir todos los

actos, internos o externos, del hombre, el entendimiento, con el

verdadero conocimiento de todo.

Claro es que tal es y tan continua la necesidad que el entendimiento

tiene de todas las facultades[199] que, de no saberlas dirigir bien,

incurriremos en frecuentes y gravísimos errores.

Por eso ha dicho Condillac: “Ya nos elevemos a las alturas del cielo, ya

descendamos hasta las profundidades del abismo, no podremos salir nunca

de nosotros mismos, pues siempre percibiremos a nuestra propia mente”.

Y tan evidente es esto, que no encontramos concebible ninguno de

nuestros conocimientos sin la intervención inmediata de alguna de

nuestras facultades. De ahí que el ejercicio de éstas haya sido anterior

a su propio conocimiento por los que intentaron descubrirlo y definirlo,

esto es, por los filósofos.

Por todo esto no cabe dudar que la Filosofía ha sido un título de gloria

para la mente humana, y podría considerarse como una blasfemia contra el

Creador si se le quisiera atribuír, sin fundamento alguno, el haber

infundido un deseo que le extraviase en el vasto campo de los devaneos,

dice García Luna.

Y no podemos caer en un concepto tan erróneo cuando contemplamos ese

orden tan admirable que reina en todo el Universo. Porque si la

Providencia formó hasta los órganos del más vil insecto y les infundió

vida y movimiento, ¿cómo había de proceder de distinta manera con la

criatura en que más resplandece su sabiduría?

De ningún modo; y así se ve que, por medio de tales facultades, llegamos

a conocer las ideas del bien y de la belleza que, a la manera que se

hayan desarrollado en nuestra alma, así acertaremos o no a pintar la

naturaleza, bien como la triste realidad nos la presenta, bien como el

entendimiento la concibe, teniendo siempre en cuenta el objeto que nos

propongamos o el fin a que aspiremos.

Tales disquisiciones nos traen como de la mano la figura de nuestro

Santo filósofo, quien, dotado de todas estas facultades que enumeradas

quedan, pero en un grado superlativo de perfección, supo plasmarlas en

su libro admirable, haciéndonos ver cómo la belleza infinita de Dios es

la perfección del Bien Supremo; y como todos los hombres desean

conseguir ese Bien, nos describe los instintos generosos y de nobleza

inherentes a nuestro corazón, contribuyendo eficazmente a buscar la

belleza como perfección del bien.

Él nos pone delante de los ojos el modelo de Jesucristo[200], al cual el

alma no sólo cree y conoce que es deber suyo acercarse, sino que le hace

sentir que, de lograrlo, llega al término de sus deseos, le manifiesta

la parte celestial que en sí tiene, el soplo divino que la anima, y, de

este modo, la obliga a desprenderse de la tierra y contemplar en la

porción más noble de su misma naturaleza una parte que su mente atribuye

al Todopoderoso.

Y no creáis que pierde nada de su valor real este efecto sublime de las

meditaciones de los _Ejercicios_ porque no sean tan palpables; sino, por

el contrario, excitan las facultades del alma y hacen recapacitar más,

ejercitarlas con más intensidad.

Porque los que sólo ven con los ojos corporales, habrán de parecerles

visiones las cosas que no son capaces de comprender; mas los que ya

reflexionan, penetran en lo íntimo de su alma y se sienten profundamente

conmovidos cuando consideran a la grandeza, sabiduría y omnipotencia de

Dios en la creación[201]; o su amor inmenso a los hombres en su Vida,

Pasión y Muerte, así como en la Eucaristía[202]; o su bondad al dar

participación en la gloria a las almas virtuosas[203]; o su justicia al

infligir un castigo eterno para los pecadores[204]; o su misericordia

cuando éstos, arrepentidos, les acoge en su seno y les perdona[205]; o

su magnanimidad cuando les exhorta a servir en sus banderas para

conquistar el Reino de Cristo[206]; o su generosidad cuando sale en

busca del hijo pródigo para perdonarle y celebrar, con festín, su

vuelta, arrepentido de su pasado[207].

O bien comprenden la pequeñez del hombre, su soberbia y su maldad, para

llegar a los afectos de confusión, por haber ofendido a Dios[208]; de

arrepentimiento de sus pecados[209]; de temor al castigo eterno[210];

de gratitud por sentirse perdonados[211]; de admiración por verse tan

amados de Dios[212]; de gozo por sentirse fortalecidos con la virtud

para luchar contra nuestros tres enemigos y por llegar a merecer el

premio eterno reservado a los virtuosos[213]; de reconocimiento por

haberse dignado Cristo Jesús bajar del Cielo a la Tierra para ofrecerse

en holocausto de nuestros pecados y redimirnos de ellos[214], dejándonos

en prenda la Sagrada Eucaristía[215], y su corazón sacratísimo[216], así

como por habernos dado como madre nuestra, refugio de pecadores y

consuelo de los afligidos, a su propia y Santísima Madre María[217].

Con todas estas meditaciones y con todas estas sensaciones, ritmos

constantes de estas facultades que integran nuestra alma, hacen latir

los corazones, y las emociones que en aquellos instantes se experimentan

nos hacen salir fuera del mundo positivo, pues nuestra alma suspira por

conseguir esa belleza increada, que es el Sumo Bien, Dios mismo, a quien

ve descrito en las meditaciones.

“El entusiasmo--ha dicho una escritora--es para la conciencia un

estímulo, como lo es el honor respecto del deber; hay en el alma una

parte de energía que debe consagrarse a la belleza; por tanto, las

creaciones del ingenio tienen un carácter moral, que les atribuye una

importancia que, al primer aspecto, no se descubría en ellos.”[218].

Mas para que se pueda experimentar ese entusiasmo, ha de preceder una

función de nuestras facultades, un afecto, un amor, que en las cosas

espirituales ha de ser el amor de Dios, base de todos los deberes que el

hombre tiene para con Él[219].

Éste engendra la veneración, la gratitud, el reconocimiento por todo lo

que hemos recibido de su bondadosa mano, y, por tanto, la adoración

interior con que nos humillamos en su presencia. Obligación que se funda

en la propia naturaleza del hombre.

Mas todo esto obra, además, por medio de la conciencia, pues ella nos

hace también sentir y conocer. Por ella amamos, por ella nos dolemos,

por ella nos alegramos, pues, según la definición más exacta, la

conciencia es la facultad por la cual nuestra alma percibe las

afecciones propias[220].

Pero es que, además, nuestro Filósofo sabe producir esa concatenación en

el actuar de las potencias de nuestra alma, y, al efecto, para excitar

la memoria, le hace recordar las eternas verdades[221] y cuánta es la

gravedad de la ofensa a Dios[222], para que no incurra en el pecado,

según aquello de _memorare novissima tua et in æternum non peccabis_;

excita, igualmente, el entendimiento, por medio del cual el ejercitante

ha de comprender los daños del pecado y los bienes de la virtud, según

el castigo o la recompensa que para éstos hay, moviéndose al dolor y al

arrepentimiento o a la gratitud y alegría, por medio de ejercicios de

humildad y satisfacción, con lo cual se cumple aquel axioma filosófico:

nada hay en el entendimiento, que no haya sido antes objeto del

sentimiento: _nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu_.

Excita, por último, a la voluntad, para que, recordando nuestro abolengo

divino y comprendiendo y conociendo dónde está nuestro fin[223] y

nuestro Reino[224], lo deseemos, lo amemos y queramos poseerle con toda

la intensidad y con todo entusiasmo; porque nada se quiere si no se

conoce: _nihil volitum quim præcognitum_.

Es decir, que, según el Aguila de Hipoa: el alma, primero, ha de conocer

a su Dios, para quererle; amarle después y poseerle, como último

fin[225].

Así el autor de los _Ejercicios_ ha sabido llenar este importante punto

filosófico, demostrando cómo las facultades del alma influyen en las

operaciones humanas.

* * * * *

Estos razonamientos nos hacen comprender las miras elevadas de nuestro

Escritor filósofo. Las concepciones que, si bien ocasionadas por los

hechos exteriores, aspiran a lo infinito, muestran, a su vez, que el

hombre participa, en algún modo, de la naturaleza divina de su Creador,

puesto que las especulaciones más sublimes de la Filosofía coinciden en

este punto con las verdades reveladas: hagamos al hombre a nuestra

imagen y semejanza: _fatiamus hominein ad imaginem et similitudinem

nostram_; y la razón humana, después de divagar en el vasto campo de las

suposiciones, después de querer rebajarse a la condición de los brutos,

viene, al cabo, a reconocer la verdad más importante de todas las

verdades, encerrada en esas sencillas palabras del Génesis.

Por eso Bacon llegó a decir que “era menester atender las facultades del

entendimiento y hacerse apto para penetrar en las

[Illustration: TRES ÉPOCAS DE SAN IGNACIO

JOVEN GUERRERO; HERIDO EN LAS MURALLAS DE PAMPLONA Y GENERAL DE LA

COMPAÑÍA]

obscuridades de la naturaleza y caminar por sus más escarpadas sendas...

Porque, si las ideas son vagas y mal concebidas, todo el edificio de

nuestra inteligencia se desmorona”[226], y el célebre lord Verulamio

sostenía que “la especie de culto idolátrico que suelen los hombres

tributar a su inteligencia, hace que abandonen la contemplación y el

estudio de la Naturaleza, para envolverse de algún modo en sus propias

meditaciones y en las ficciones de su espíritu[227]; mas, para adquirir

los conocimientos humanos, es preciso “separarse totalmente de la vida

seguida hasta ahora... abandonar las teorías, opiniones e ideas

recibidas, y que la inteligencia, libre y como una tabla rasa, comience

el estudio de los hechos particulares”[228].

Con tales teorías se llegó al materialismo de Condillac, quien sostenía

que el yo era una colección de sensaciones, y como éstas se verifican

por medio de los nervios y del cerebro, bien claro está que desaparece

todo raciocinio espiritual.

En iguales errores incurrieron Cabanis y Destutt-Tracy. El primero

sostenía que las “Ciencias morales no deben ser más que un ramo de la

historia natural del hombre”[229].

El segundo dice: “Todas nuestras operaciones intelectuales son efecto de

los movimientos que suceden en nuestros órganos...; nuestras

percepciones de relación son, como todas las demás, efectos de los

movimientos sucedidos en nuestros órganos...; la acción de sentir es un

efecto particular de la de movernos: pensar, es sentir”[230].

Así que estos errores del materialismo vinieron a dar aquellos otros

frutos que se llamaron la doctrina sensualista, en la que cayeron

Berkeley y Hume.

Coudillac, Cabanis, Destutt, Tracy, y Broussais sostenía como principio

único de todas las operaciones del alma el elemento exterior del

pensamiento, ocultando en su análisis la parte esencial que la energía

propia de la mente tiene en la formación de éstas.

Así se ve que cuando pretenden determinar la parte que las impresiones

de los objetos tienen, en la formación de nuestras ideas, no advirtieron

nunca que, sin la concurrencia activa del alma, todas esas impresiones

habían de ser completamente estériles y que _su entendimiento_ era el

verdadero cadáver de su inteligencia.

Mas no es sólo que incurrieran, por este razonamiento, en el

materialismo más abstruso y en el escepticismo más grosero, sino que

produce aun mayores estragos, especialmente en el mundo moral.

¿Por qué? Pues muy sencillo: porque a la noción universal y necesaria de

la justicia, substitúyenla con la utilidad; es decir: que los derechos y

los deberes, la autoridad de la conciencia y la idea de orden son

arrollados por los incentivos del interés individual. ¿Pueden darse

mayores absurdos? Rotos, así, los vínculos sociales, conviértese la

sociedad en un campo de Agramante, en el que la lucha de las pasiones

humanas ha de ser porfiada e indefinida, y el individuo según esto, será

tan sólo un factor para producir toda clase de fechorías y maldades, ya

que sólo su voluntad, sus apetitos y su libre albedrío han de ser los

únicos guías, los consejeros áuricos de sus actos.

Aun a trueque de repetir conceptos que ya hemos emitido, no dejaremos de

exponer cómo rebate estas teorías San Ignacio, por medio de la doctrina

simplicísima de la reflexión moral.

Parte nuestro Santo de la base que el alma es el centro de las

facultades cognoscitivas, el eje de todas nuestras emotividades[231], la

unidad en la triple función de sus potencias; y, siendo esto así,

natural parece que el hombre, dotado de esta alma, de esta inteligencia,

de todas estas facultades cognoscitivas y emotivas, tiene que obrar con

arreglo a las leyes eternas dictadas por el Creador de toda causa

eficiente, de toda obra existente[232].

Por eso coloca al ejercitante en el estado de ánimo capaz de conocer y

de sentir, de amar y aborrecer, y procede, filosóficamente hablando,

con tal correlación, que, psicológicamente, le coloca en situación de

ente sensitivo, activo, intelectivo y capaz de obrar libre,

espontáneamente, pero rectamente y en armonía con los impulsos de su

corazón, con las reflexiones de su mente, con la eficacia de su

voluntad[233].

Él presenta ante la consideración, si no los objetos materiales, sí las

ideas que nos impresionan, porque nos causan agrado o desagrado, alegría

o tristeza, dolor o consuelo, admiración o desprecio, amor u odio[234].

Además, experimentamos que cuando nuestra alma siente el dolor, por

ejemplo, de haber pecado, y por esto haber ofendido a Dios, y, en su

consecuencia, habernos separado de Él y haber incurrido en Su

enojo[235], se concentra, hasta el punto de aborrecer todo lo que le

hace sufrir; mientras que, cuando, efecto del arrepentimiento, sentimos

el consuelo de la gracia divina y vemos la promesa de una vida dichosa

como término a una vida de virtud y amor a Dios, nuestra alma se

alegra, y con la alegría se dilata, se esparce y ama eso que la atrae,

que la subyuga, que la enamora.

De este modo, el alma pónese en relación con estas ideas, ejerce su

propia energía y, sin ésta, su acción sería estéril e ineficaz, porque a

nada sería accesible.

La Providencia nos ha hecho sensibles para que podamos llenar los

designios que nos señaló y se propuso al crearnos, y de ahí que

sintamos, porque obra en nosotros su poder, y esta propia sensibilidad

nos hace llenar plenamente una vida de seres conscientes y perfectos,

pues, al hacernos conocer y sentir, nos impulsa a obrar con perfecta

libertad y nos convierte en verdaderos hombres, haciéndonos trabajar en

nuestro propio perfeccionamiento.

Damirón ha dicho que “esa maravillosa facultad de recibir las

impresiones de lo exterior, con que la Providencia nos ha dotado, sirve

para llegar hasta nosotros, comunicarnos sus dones y enseñarnos a vivir.

Si el alma ni las tuviese, ni las recibiese, sería de todo punto

imposible no sólo nuestra educación, sino hasta nuestra existencia

racional y menos moral”[236].

Así, las funciones de actividad y pasividad del alma quedan probadas y

refutados los errores de los sensualistas y materialistas, quienes

sostienen, en este punto concreto, que el alma es pura y completamente

pasiva.

“La vida del hombre--ha dicho el Santo Job--es una constante lucha

consigo mismo: _militia est vita hominis super terram_; y, como el Cielo

le formó para esta lucha, le dotó también de los medios para actuar en

ella, ofensiva o defensivamente. ¿Cómo? Por medio de esas potencias del

alma, por medio de esas facultades intelectuales, por medio de esos

sentimientos y afectos.”

La propia experiencia nos enseña, como también nos lo enseña nuestro

Santo en sus meditaciones, que podemos sujetar nuestros afectos, sin

que, por eso, se diga que está en nosotros el poder evitar el sentirlos.

Él nos enseña y aconseja también cómo debemos ejercitar o refrenar el

dolor, cuándo debemos sentir el miedo a lo eterno, cómo y cuándo

debemos refrenar los ímpetus de venganza[237]. Él nos muestra cómo nos

hemos de dar cuenta de lo que pasa en lo íntimo de nuestra conciencia,

cuando experimentamos estas impresiones y sentimos estos afectos y cómo

debemos hacer uso del imperio que nuestro Criador nos concedió sobre

nuestro propios sentimientos y afectos; en lo que consiste la dignidad,

la superioridad del hombre, diferenciándole de los demás brutos, que

obedecen ciegamente a sus instintos, siguen sus pasiones y apetitos

propios.

A propósito de esto, discurre un sabio jesuíta, el Padre Roothaan, de la

siguiente manera: “Todas las cosas criadas _de suyo_ son indiferentes,

puesto que todas pueden igualmente o desayudar o ayudar a la consecución

del fin del hombre. La misma Filosofía humana conoció con lumbre natural

esta verdad, cuando enseñó que todas estas cosas no son, propiamente, ni

_buenas_ ni _malas_, sino _adiáfora_, indiferentes. Y, siendo esto así,

nada, ciertamente, más puesto en razón y más oportuno en orden a

nuestra salvación eterna, nada más conforme con la verdadera sabiduría,

que el mostrarnos del todo indiferentes con todas las cosas del mundo.

En todo lo que es concedido a nuestro libre albedrío y no le está

prohibido. Añádase, con razón, esta cláusula, porque, si bien todas las

cosas _per se_ son indiferentes, sin embargo, con relación a nosotros, y

tomadas en particular, hay muchas que la ley divina, el propio deber, la

justicia, la caridad, nos mandan, o precaver o rechazar con todas

nuestras fuerzas, y muchas que nos mandan procurar o conservar, las

cuales, por tanto, con relación a nosotros, son verdaderamente o

_buenas_ o _malas_, y, por lo mismo, no es concedido a nuestro libre

albedrío que, acerca de ellas, estemos indiferentes.”

Pues dondequiera que interviene la voluntad de Dios, que prohibe o manda

hacer algo, irremisiblemente debemos nosotros querer o no querer lo que

quiere o no quiere Dios.

* * * * *

Cuando repasamos la historia de la Filosofía y, a través de sus páginas,

nos encontramos con tantos grandes pensadores, con teorías tan

desemejantes, con sistemas tan diversos, con escuelas tan opuestas y con

tesis tan varias, no podemos menos de reconocer que todo esto obedece a

una sola causa; a saber: a que, a pesar de sus trabajos, sus desvelos,

sus afanes y su ciencia, no han llegado a penetrar en ese santuario

augusto que se llama la verdad cristiana.

Y esto, ¿por qué? La razón es obvia: para llegar a una meta, es preciso

conocer el verdadero camino y seguirle recto; y si, por acaso, ha de

recorrerse en noche obscura, precisa ir provisto de luminarias, de

antorchas que, con su luz esplendente, vea por dónde camina y pueda ir

con paso firme y seguro. Pues bien: para llegar a la meta de la verdad

cristiana, ya lo hemos visto, muchos han querido ir a ciegas o con la

sola luz de la razón o con la única antorcha de la fe, y, claro es, que

como la una ha de completarse con la otra, pues la primera es reflejo de

la segunda, no han podido llegar a esa meta, a ese santuario, para

postrarse, rendidos, ante la verdad cristiana.

Porque la fe, según el Apóstol, es el argumento de las cosas no

aparentes: _argumentum non aparentum_; es decir, que no son susceptibles

de evidencia o certidumbre intuitiva.

“Ahora bien--argumenta Proudhon--; las cosas que no aparecen constituyen

la mayor parte de los objetos que ocupan el espíritu y la conciencia del

hombre; de donde resulta que, como no sea por la fe, según dice San

Pablo, no podemos saber nada, o casi nada, de las cosas del Universo, ni

de la humanidad. Por ahí ha venido a ser la fe un criterio para el

espíritu”[238].

En las cuestiones dudosas, la mayor parte de los hombres no conocen mas

que la fe. Y, si siguen la razón, o es sin saberlo o es para prescindir

de aquélla; pocos utilizan ambas, porque no conciben la razón sin un

decreto, ni la Filosofía sin su criterio.

El cristiano, pues, armado con esta fe, puede poseer muchas de las

cuestiones filosófico-morales, pues todas ellas están bien expresamente

manifiestas ya en palabras de Cristo, consignadas en las Sagradas

Escrituras, ya en las interpretaciones que de tales cuestiones da la

Iglesia, única autoridad docente.

De donde se deducen estas tres proposiciones; a saber:

Toda proposición confirmada por el Evangelio o aprobada por la Iglesia,

es verdadera.

Toda proposición desmentida por el Evangelio o condenada por la Iglesia,

es falsa.

Toda proposición sobre la cual nada haya dicho ni el Evangelio ni la

Iglesia, es indiferente.

Así vemos, pues, que los filósofos se pierden en disputas y

disquisiciones sobre el origen y el fin de las cosas; pero muchos de los

sabios cuyos nombres resuenan por todo el mundo no encuentran ni un rayo

de luz para alumbrar el caos de sus doctrinas, ni una palabra de

consuelo para saciar la sed de verdad de sus discípulos y secuaces, ni

aciertan a encontrar una fórmula que, por lo menos, cubra, como con un

manto protector, su impudicia o su ignorancia. Y es que caminan sin esa

antorcha de la fe que sabe y puede inundar de luz las mentes y las

inteligencias que a ella se acogen.

¿Hay Dios? ¿Hay uno o muchos? ¿Cuál es su naturaleza, cuáles sus

atributos? Leed a Platón, a Cicerón, a Aristóteles, a los más grandes

hombres de la antigüedad, y ¿qué encontráis? Errores, incertidumbres,

tinieblas[239]. Leed, en cambio, la Sagrada Escritura; leed el libro de

los _Ejercicios Espirituales_, de San Ignacio, y os encontraréis con que

la fe os habla de este modo: Hay un Dios, eterno, infinito, inmutable,

inmenso, criador, conservador, ordenador de todas las cosas, cuya

providencia se extiende a todo lo criado; a cuyos ojos, tanto lo pasado

como el porvenir, está patente; para quien el corazón del hombre no

tiene secretos, porque todo lo conoce, todo lo ve, abarca todos los

extremos, todo lo dispone con suavidad, vela sobre el justo y aun sobre

el pecador, reservando para otra vida la sanción de sus actos.

Además, encontraréis también que por la fe se halla explicación a la

existencia del alma y su inmortalidad; el libre albedrío para escoger

el camino del bien o la senda del mal; el origen de los distintos y aun

contrarios pensamientos que el hombre suele tener; la causa de sus

males, sus remedios, sus compensaciones; todo, en fin, lo vemos

explicado con sabiduría, tan digna de admirarse, que cuando paramos

mientes en examinar todos los sistemas, teorías, escuelas filosóficas,

parécenos asistir a una babel científica o a juegos infantiles, en los

que nunca se entienden.

¿Y qué decir de esa otra luminaria que llamamos _razón_?

El mismo Proudhon[240] dice que “La razón, bajo el nombre de ciencia,

conocimiento, _episteme_, _gnosis_, o bajo el más moderno de

_filosofía_, aspiración a la ciencia, se ha puesto en oposición con la

fe y ha aspirado a la posesión de la verdad; no ya sobre aquella

sentencia _fides ex auditu_, sino por medio de una contemplación

directa, _sicuti e facie ad faciem_; es decir, cara a cara. Ver la

verdad en sí, con la sola garantía de sus ojos y de su razón, es,

evidentemente, descartar la suposición de la existencia de un

criterio”.

Mas, ¡ah!, que estas frases, más que encomiásticas, son un verdadero

insulto y un denuesto a la razón, porque ésta viene a ser como una parte

integrante de la Filosofía, y, de tal manera, que bien pudiera decirse

que es una cualidad _sine qua non_ que puede estar en la Filosofía.

Y quien desprecia la razón, o la toma como única base de argumentación,

suele ocurrir que se convierte en un ególatra.

San Ignacio de Loyola · 第 8 / 14 段