Mientras careció de intuición filosófica, su vida caminó por derroteros

bien distintos y separado de la Religión por sus pasiones y sus vicios;

mas cuando fué penetrando por su inteligencia la luz viva de la

Filosofía moral, entonces caminó bien de prisa, y sobre seguro, por la

senda del bien, guiado por la antorcha de la fe, símbolo de la Religión,

y así llegó no sólo a comprender, sí que también a transmitir aquellas

verdades psicológicas y morales que son como las fuentes de la felicidad

humana, puesto que, sentada como base de vida la virtud y el bien,

fácilmente se llega a la consecución del medio ideal cristiano y del

anhelo exclusivo de conquistar el Reino de Dios.

Porque _son siervos de Dios y siguen a Cristo, los que, por parecerse

más a Él, siendo igual gloria de Dios, eligen antes pobreza que riqueza,

trabajos y penas, que descanso, deshonras y desprecios, que honores,

etc., y tienen el corazón totalmente desprendido de todas las cosas del

mundo, por amar y parecerse más a Jesús_[145].

Y estas verdades, que ha transmitido de generación en generación, y de

pueblo en pueblo, no han sido acogidas por todos aquéllos con gran

complacencia, sin que hayan padecido los progresos de la civilización,

sino que, por el contrario, muchos de éstos se han robustecido y

afianzado por ir precedidos sus defensores de esta pátina de Religión

cristiana, que es como una salvaguardia y un gran baluarte para resistir

los embates de las contrariedades.

[Illustration: SAN IGNACIO CON SAN FRANCISCO XAVIER EN LOS CLAUSTROS DE

LA UNIVERSIDAD DE PARÍS, DICIÉNDOLE: «¿QUÉ APROVECHA AL HOMBRE GANAR

TODO EL MUNDO SI PIERDE SU ALMA?»]

Nuestro Fundador supo hacer compatible la doctrina de sus _Ejercicios_

con todos los progresos de la Ciencia y de la civilización, puesto que

subsisten integérrimas, puras, impolutas, frescas y fortificantes, cual

las aguas cristalinas de la fuente de la gruta de Manresa, y a ellas han

de acudir para apagar su sed todos los hombres que quieran poseer la

verdad y quieran seguir por el camino del bien, que es el único progreso

digno de adquirirse, de seguirse y de poseerse, porque, al decir del

Apóstol, _quid prodest homini mundum universum lucretur anima, vero,

grave detrimnetum patiatur?_; ¿qué aprovecha al hombre haber conquistado

todo el mundo, si pierde su alma? El Eclesiastés ya ha dicho lo

bastante: _Vanitas vanitatum et omnia vanitas, nisi servire Deum_[146]:

Vanidad de vanidades, y todo vanidad, excepto el servir a Dios;

sentencias que han cruzado los espacios y han llegado a todos los oídos,

sin que los progresos de la civilización hayan logrado desmentirlas ni

sustituírlas por otras más verdaderas, más racionales, más fuertes.

Terminemos, pues, con palabras de Balmes: “La Filosofía no muere, ni se

debilita por estar a la sombra de la Religión; antes bien, se vivifica y

fortalece... Salvo los grandes principios, que no pueden negarse ni en

Religión ni en Filosofía, so pena de degradar la naturaleza humana, ¿en

qué coarta la fe el vuelo de la inteligencia... Jamás entre los antiguos

se elevó la Filosofía al alto grado a que ha llegado después de la

aparición del Cristianismo..., y es que en las regiones de la metafísica

y de la moral, el espíritu humano se muestra tanto más poderoso cuanto

más participa de la influencia del Cristianismo.”[147].

CAPÍTULO III

DE LA FILOSOFÍA ESCOLÁSTICA EN LOS «EJERCICIOS

ESPIRITUALES».--ERRORES DE OTROS FILÓSOFOS QUE SE REFUTAN.--LAS

FACULTADES EN LAS OPERACIONES HUMANAS.--SAN IGNACIO FRENTE A LOS

FILÓSOFOS MATERIALISTAS.--LA FE Y LA RAZÓN, ANTORCHAS DE LA VERDAD

CRISTIANA.

Al referirnos, en este capítulo, a la Filosofía escolástica de los

_Ejercicios_, no es para estudiar concretamente aquel sistema que dominó

a Europa durante cuatro siglos, y que tuvo varias ramificaciones, sino

las distintas escuelas filosóficas; porque sin tener ideas claras y

exactas de ellas, no es fácil entender a muchos de nuestros escritores,

ni compenetrarnos con ellos.

Sabido es que nuestro Santo, como varios ilustres doctores de la

Iglesia, aun distinguiéndose por su saber en materias filosóficas,

puede decirse que no fundó ninguna escuela, puesto que tampoco lo había

intentado, como no intentó crear un sistema filosófico.

La tesis filosófica de sus _Ejercicios_ se desprende _per se_,

espontáneamente, en virtud de los razonamientos que aduce y de las

consecuencias lógicas que deduce; así es que podría llamarse a su

Filosofía: natural, científica.

Porque él, al igual que todos los Padres de la Iglesia, resuelve

idénticamente las grandes cuestiones de la Filosofía, cuales son: _Dios,

el hombre y el mundo_, esto es, siguiendo, única y exclusivamente, la

doctrina de la Iglesia, ayudado de la fe y de la razón e impulsado por

la inspiración superior.

Por eso, al hablar nosotros de la Filosofía escolástica, de San Ignacio,

queremos referirnos más a la forma que al fondo, más al método que a la

doctrina, puesto que la doctrina fundamental acerca de los tres puntos

capitales antes citados, trinidad única de esta Ciencia augusta, es una

sola e igual para todos: la que enseñó Jesucristo, y ha perpetuado su

Iglesia con la fe, columna y único firme sostén de la verdad católica.

Ahora bien; como en el libro de San Ignacio encontramos muchos puntos de

contacto con otros grandes filósofos, he aquí por qué hemos dado en

llamar su Filosofía escolástica.

Desde luego nos encontramos con que, al reconocer la pequeñez del

hombre, remeda la frase socrática: _Sólo sé que no sé nada_, con aquella

otra del Apóstol: _Hazte ignorante, para ser sabio_[148]; porque si el

único fin del hombre es salvar su alma, y no sabe hacerlo, ¿qué sabe?

Además, los que se burlan de Dios[149], de la Religión y de la Moral,

encuentran un freno y una gran lección en los _Ejercicios_, como la

encontraban en la doctrina de Sócrates los sofistas.

Este, dejando a un lado la consideración de los demás, ponía la

perfección de la Filisofia en el conocimiento y culto de la

Divinidad[150], en el arreglo de la conducta y en prepararse para

recibir, en otra vida, el premio de las buenas acciones.

Nuestro Santo, también aparta la Filosofía; es decir, no habla con

énfasis filosófico, pero enseña que la perfección de todos estriba en el

conocimiento de Dios y de sí mismo, haciendo ver la diferencia que

existe entre Dios y la criatura[151], poniendo de manifiesto cómo se

debe dar culto[152] y amar a la Divinidad[153], arreglando nuestra

conducta por medio de una confesión general, previa la práctica de los

Santos _Ejercicios_, o de una confesión general, y ateniéndose después a

las reglas de discreción del espíritu, para llegar, por medio de la

penitencia, arrepentimiento y devoción, a recibir, en la otra vida, el

premio de las buenas acciones[154].

Se dice de Sócrates que, de tal modo se concentraba en la meditación de

las verdades morales, de la suerte del alma en la vida futura y sus

relaciones con la divinidad, que algunas veces caía en la ilusión de

creer que eran inspiraciones de un genio los productos de su viva

fantasía y reflexión profunda.

San Ignacio, en cambio, para escribir sobre las verdades eternas en su

libro de los _Ejercicios_, era asistido por el Divino numen, pues ya

hemos dicho en otro lugar[155] cómo le inspiraba la Santísima Virgen, no

siendo aquel fruto de una inteligencia cultivada, ni siquiera de una

viva fantasía, porque carecía de estas cualidades; y si acaso la

reflexión era profunda, no hubiera alcanzado, sin embargo, el grado de

perfección, ni la altura en sus concepciones y razonamientos que se

demuestran en él y en los puntos que se refieren a todas las verdades

eternas, a los misterios de nuestra religión augusta, a los tesoros de

bondad[156], sabiduría y amor que Dios guarda para los hombres, así como

a lo fácil que puede ser la virtud[157], a pesar de lo flaco de nuestra

naturaleza[158] y lo odioso que debe ser el pecado, aun pareciéndonos

más deleitable, siendo más fácil cometerle, y lo pernicioso que es para

nuestra alma[159].

San Ignacio aparécesenos cual otro Moisés, que, descendiendo del Monte

Santo, trae entre las manos la _Ley_ de Dios, y envuelto en resplandores

asombró al pueblo hebreo.

Porque, ¿qué son los _Ejercicios_ sino la explicación clara, sintética y

filosófica de ese admirable Decálogo por el que han de regirse los

hombres, si quieren vivir en santa calma?[160].

¿Y no irradian los resplandores de esta _obra_ por todo el mundo y

alumbra a los pueblos todos, como el candelabro sobre el celemín, de que

nos hablan los sagrados libros?

El método de Sócrates era enemigo de cavilaciones, dirigiéndose tan sólo

al buen sentido de los oyentes, empleando la forma de diálogo, casi

siempre, que aproxima la discusión filosófica al trato común de la vida.

Bien palpablemente vemos cómo nuestro Santo Fundador escribe para que

todos entiendan y sientan lo que dice, y, muchas veces, también,

predomina el diálogo en sus meditaciones, pues de este modo parece que

llega más pronto al convencimiento del lector u oyente.

Así como en tiempo de Sócrates no faltaban filósofos que, enorgullecidos

de su ciencia, despreciaban el sentido común, y el _Maestro_ les

enseñaba con su ejemplo, que no es buena la filosofía que se pone en

contradicción con las ideas y los sentimientos humanos, así, también, en

tiempos del Santo (como en los nuestros) había muchos hombres que,

hinchados por la ciencia, no sólo desprecian la fe y el buen sentido,

sino que se burlan de ellos[161] teniendo como norma su propia razón y

sus propias pasiones[162].

Pero, San Ignacio enseña también poniendo por delante aquella frase del

Maestro Supremo: _opéribus crédite_, que tan sólo en el bien obrar y en

dejarse guiar de la fe santa está la verdadera sabiduría[163] y la

suprema virtud[164]; pues, si nos creó[165], nos dió un alma

espiritual[166] para su gloria[167], entregándonos el señorío de todas

las cosas creadas[168], poniéndolas bajo nuestros pies[169].

“_De donde procede que el que quiere morir sin penitencia de sus

pecados, virtualmente quiere permanecer en ellos para siempre y ser

castigado para siempre_[170]; mas si hiciere penitencia, _¡cuan dulces

son las palabras de nuestro Divino Salvador: Yo os aseguro que en el

Cielo habrá gozo por cualquier pecador que haga penitencia_[171].

Porque, además, ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde

su alma?[172]. Y los que así no obran, yerran, equivocan el

camino”[173].

El Maestro de la Escuela socrática, sin consignar principios generales,

sin establecer teorías, se dirigía a sus oyentes haciéndoles algunas

preguntas. Según la respuesta, preguntaba, de nuevo, excitando y

dirigiendo la reflexión del discípulo, hasta que le conducía a la verdad

deseada; con lo cual conseguía que el amor propio no se sintiese

humillado teniendo que recibir doctrinas ajenas, antes experimentase una

complacencia al ver cómo salían de su propio seno las verdades que

aprendía.

San Ignacio, en cambio, consigna los principios generales[174]; no

establece teorías, pero sí aconseja reglas[175] generales; emplea la

pregunta y la respuesta[176] porque, de esta manera, persuade más y

raciocina.

Excita y dirige la reflexión del ejercitante hasta conducirle a la

verdad deseada y procura herir el amor propio, para que, conociendo su

pequeñez y su maldad, reciba el don de la gracia, que es la verdadera

doctrina y experimente la complacencia de ver cómo se ilumina su mente y

su corazón con la luz de la sabiduría increada.

--_¿Quién podrá conocer tu malicia? Para eso sería necesario saber lo

que Dios es. Dios es Dios_[177].

_Párate un poco a considerarlo y temblarás sólo de ponerlo en boca su

santo nombre y de acordarte que le has ofendido_[178].

_Ahora lo conozco y, con toda el alma, deseo volver a Vos_[179].

Y así como la Filosofía griega recibió en la escuela de Sócrates un

impulso tan grande que la levantó a una altura a la que no había podido

llegar ningún país; así San Ignacio, con sus _Ejercicios_, da al mundo

católico un impulso, como casi lo había dado ningún Santo Padre, puesto

que ningún libro (fuera de la _Biblia_ y el _Kempis_) _se han leído_ ni

meditado tanto como éste, y, por consiguiente, ninguno ha producido tan

grandes beneficios a la Iglesia, ni tanto provecho a las almas, ni tanta

gloria a Dios.

Y si de la escuela del Maestro pasamos a su discípulo predilecto Platón,

llamado (el Divino), veremos que San Ignacio tiene también puntos de

contacto con aquél, quien sostenía la inmortalidad del alma, con calor y

elocuencia[180], la sanción de la conciencia y de su origen divino,

señalando premios y castigos en la vida futura, haciendo constar que

nada existiría, nada sería ininteligible, nada posible, si no existiera

Dios[181].

Porque si buscamos plenitud de ser, allí le encontraremos; si buscamos

una inteligencia infinita. Él es; si buscamos unidad donde se halle el

principio, origen y vínculo de todas las verdades, allí están.

La virtud no consiste en otra cosa que en imitar a Dios.

¿Y no encontramos en los _Ejercicios_ todos estos temas desarrollados

con una admirable claridad de exposición, con una expresión bien

sencilla y con unos razonamientos inconfundibles e irrebatibles?

He aquí cómo se expresa al tratar de la sanción de la conciencia:

“_¿Cómo Dios me ha sufrido hasta ahora? ¿Cómo los ángeles, ministros de

su justicia, no me han exterminado?... El sol, ¿cómo no me abrasa con

sus rayos? ¿Por qué me alumbra? ¿Cómo los cielos me han conservado con

sus influencias? ¿Cómo el aire me ha dado respiración? ¿Cómo el agua me

ha refrigerado? ¿Cómo el fuego no me consumió? ¿Cómo la tierra no se

abrió para tragarme? ¿Cómo los demonios no han arrebatado mil veces al

infierno mi alma?_”[182].

Repetidas veces hemos aludido a las meditaciones del infierno y de la

gloria, en que trata de los castigos y premios de la vida futura, así

como de las que se refieren a la existencia de Dios, y en las que prueba

que en Él están la sabiduría[183], la plenitud del ser, la Unidad y en

quien se encierran el origen, el principio y el vínculo de todas las

cosas.

Y que la virtud no consiste en otra cosa que en imitar a Dios, nos lo

demuestra en todos los _Ejercicios_, y especialmente en el lema que le

sirve de escudo, a saber: “El hombre ha sido creado PARA ALABAR, HACER

REVERENCIA Y SERVIR A DIOS, y, mediante esto, SALVAR SU ALMA”.

Y, si por acaso, continuáramos analizando otras escuelas, nos

encontraríamos con que el Santo tiene muchas y grandes concomitancias

con San Agustín, con Séneca, con Aristóteles, con Cicerón, con Santo

Tomás y otros muchos filósofos que crearon escuelas e hicieron sistemas.

* * * * *

Mas no sólo entra en nuestro ánimo presentar al Santo Escritor

asentando verdades filosóficas tan básicas y tan importantes, para

rebatir doctrinas iconoclastas, sino que nos proponemos demostrar cómo

dió la batalla para rechazar aquellas ideas que no están en armonía ni

en consonancia con la fe y la razón, en cuanto afecta a las cuestiones

de Moral y de Religión.

Así vemos cómo refuta las ideas de Anaxímenes, que sostenía como

principio de las cosas al aire y al infinito[184]; de Anaxágoras, que

defiende, como principio de las cosas, las partículas semejantes[185],

pues así como el número--razonaba--se compone de partes tenuísimas, así

el mundo fué compuesto de corpúsculos semejantes entre sí. Preguntado

para qué había nacido, respondió que para contemplar el sol, la luna y

el cielo; a Aristipo, que ponía como último fin del hombre el deleite y

decía que nada hay bueno o malo por naturaleza, sino por ley y por

costumbre; a Pitágoras, que enseñó como principio de todas las cosas la

Unidad, y de ella procede la dualidad; que el alma es una partícula del

éter; a Heráclito, quien defendía que todo procede del fuego y en él se

resuelve todo; a Lemipo, que decía: “Todas las cosas son infinitas y se

transmutan entre sí. Los átomos son el principio de las cosas”.

Demócrito enseñaba que el átomo y el vacío son el principio de todas las

cosas; todo sucede por necesidad, que es el principio en el cual se

engendra todo[186].

Esto en cuanto a los filósofos de la antigüedad.

Si pasamos a épocas subsiguientes, nos encontramos a los pitagóricos,

que si admitían una gran unidad de la cual dimana el mundo, sin embargo,

consideraban éste como un conjunto de otras unidades subalternas y

afirmaban que nuestra alma es un número; a los sexófanes, quienes

reducían su doctrina a la idea grosera y poco científica de considerar

al mundo como un todo, vivificado por un alma, negando, por ende, la

creación y hasta la producción[187].

También encontramos en el transcurso de esta investigación científica a

Parménides, discípulo del anterior, quien consideraba al mundo como un

todo, y afirmaba que el fuego era el que había formado la tierra y lo

que lo movía; a Zenón de Elena, que desenvolvió la doctrina de

Parménides, pero valiéndose de la dialéctica, instrumento bien poderoso

en el terreno de las cavilaciones.

Negaba la existencia de la materia, del movimiento y del espacio y cayó

en un círculo vicioso, cual era el decir que no hay variedad porque todo

es uno; todo es uno porque no hay variedad.

Como vemos, hasta lo que dejamos analizado, el nervio de todas las

escuelas filosóficas ha sido el estudio de la creación del mundo y de su

formación, dándose definiciones bien extrañas y faltas de razón.

Todas ellas las refuta nuestro Santo con estas sencillas frases: “_Dios

sacó todas las cosas de la nada y creó al hombre; compaginó este cuerpo,

prodigio en su composición y estructura y me dió esta alma espiritual a

imagen y semejanza suya, y con su aliento la infundió en este cuerpo de

barro_”[188], y como _ab æterno es infinitamente felis_, el alma también

es eterna.

Como refuta el _ex nihilo nihil fit_ de la nada, nada se hace de los

epicúreos[189].

Y, si continuamos el análisis de escuelas, teorías y métodos, aunque los

hallemos bien distintos, no nos sorprenderá verlos refutados por nuestro

filósofo.

Porque, si miramos a la escuela cirenaica, que proclama como único fin

del hombre la felicidad, que consiste, según aquélla, en los goces del

placer, varémosle que, indignado, condena esta teoría, diciendo: “_La

misma razón prueba que ni fué, ni pudo ser creado el hombre sino para

Dios, prueba que las demás cosas se han de referir a Dios_”[190].

Y en otro lugar dice: “_El alma del condenado tendrá presente los bienes

y delicias, los goces y los placeres de su vida pasada, y su recuerdo

le afligirá... Todo pasó para mí, exclamará_...[191]. _¿De qué me han

aprovechado?_ ¿Quid nobis profuerunt? _Me he condenado por cosas que

nunca satisficieron la sed de mi alma, ni llenaron cumplidamente los

deseos de mi corazón. Ergo errávimus._ Me he equivocado.”

Y más adelante: “_De todas las acciones, de todas las palabras, de todos

los pensamientos se ha de dar muy estrecha cuenta sin exclusión de un

solo momento, desde que empezó el uso de razón hasta la última hora de

la vida... ¡Cuántos motivos de acusación en cada vicio, contra cada

virtud!... ¡Cuántos delitos, cuántos placeres recordados!... Pasó la

vida en cometer maldades, y de sus obras depende la muerte que le ha de

caber_”[192].

Por último: “_¡Qué reproches y denuestos se dirigirán el cuerpo y el

alma de los malos! ¡Cómo se volverán contra sí! Maldecirán, el cuerpo la

condescendencia del alma, y el alma los apetitos del cuerpo: éste

porque el alma no le rigió según su deber, y ésta porque el cuerpo quiso

vivir como las bestias, sin sujetarse a ley ni freno_[193]. Mas ya no

hay remedio, el Juez omnipotente pronunciará, con ceño severísimo, la

terrible sentencia: “APARTAOS DE MÍ, MALDITOS, AL FUEGO ETERNO”. _¿Qué

pensaré entonces de las cosas de este mundo? ¿En qué concepto tendré

entonces las riquezas, los honores y los placeres? Desaparecieron como

humo no dejando mas que rubor y pesar de haberlas amado_”[194].

¿Hay argumentos más irrefutables, razones más poderosas, teoría más

fundamental que ésta para rebatir a estos partidarios de la escuela

cirenaica?

Pues lo mismo se puede aplicar a los pirrónicos, que defienden,

igualmente, la teoría del placer.

¿Y qué decir de la doctrina de los epicúreos, que reducen la vida futura

a la nada, siendo la muerte el fin de todo?; ¿qué de los estoicos, cuyo

Dios es el fuego, cuya alma es una centella de ese fuego, sin libertad

ni vida futura?; ¿qué de los eclécticos, quienes confunden todas las

doctrinas, sin encontrar la verdad?; ¿qué de los neoplatónicos, quienes

afirmaban que de los dogmas cristianos nada había que les hiciera dignos

de ser considerados como religiosos, sino como temas de estudios

filosóficos?

Los protestantes mantenían, también, la doctrina de la justificación por

los solos méritos de Cristo y sin la eficacia de las obras.

Los alumbrados y quietistas defendían la idea de la contemplación pura

en que, perdiendo el alma su individualidad, abismándose en la infinita

esencia, aniquilándose, por decirlo así, llega a tal estado de

perfección e _irresponsabilidad, que el pecado cometido entonces, no es

pecado_, herejías éstas que son como el resumen de las mantenidas desde

los tiempos de los bracmanes o gimnosofistas de la India, pasando por

los budhistas, por la escuela neoplatónica, hasta los Nicolaítas,

Cainitas y Adamitas.

Y como nota saliente habremos de hacer mención de una congregación

secreta que, en 1529 se descubrió en Toledo, llamada de _alumbrados_ y

_dexados_, cuyos miembros eran, casi todos, ignorantes, analfabetos e

idiotas.

El cronista Alonso de Santa Cruz nos dice[195] que su doctrina era una

mezcla de luteranismo, quietismo y de iluminismo fantástico.

He aquí sus errores principales:

Afirmaban que no había infierno.

Que el Padre había encarnado con el Hijo y que en la bienaventuranza

había fe, y los que lloraban sus pecados eran propietarios de sí mismos.

Decían que no eran necesarios los actos exteriores de la adoración, pues

era una imperfección... Las obras que se hacen con fe, esperanza y

caridad no son por amor a Dios, sino por propio interés. Vedaban la

meditación de Cristo. Sostenían que Dios viene más directamente al alma

humana que a la hostia consagrada; que la suma perfección no estaba en

servir a Dios, ni en guardar sus mandamientos, ni en hacer penitencia,

y, entre otros muchísimos errores más, sostenían que aunque no hubiera

pecado Adán, no habría entrado nadie en el Cielo, si no hubiese nacido

el Hijo de Dios.

Para todas tuvo argumentos, a todas combatió y de todas salió

victorioso, pues que su doctrina ha irradiado por doquier iluminando al

mundo, a las inteligencias y moviendo a los corazones todos.

San Ignacio, más que con su ciencia, con su inspiración; más que con

razonamientos, con su vida ejemplar y santa; más que con su pluma misma,

con escribir al dictado de lo alto[196] nos presenta este gran monumento

literario, religioso y filosófico, esta _gran obra_ llamada _Ejercicios

Espirituales_, con la que rebate valiente y certeramente _el

sensualismo_ de Hobbes y Locke, la _moral independiente_ de Gassendo;

_el ateísmo_ de Condillac, Voltaire, de la Maitre, Diderot, Darwin y

otros; el _socialismo_ y _panteísmo_ de Zola, Tolstoy y Gorki, así como

el _enciclopedismo_ y la _indiferencia religiosa_ de nuestros tiempos.

Dijérase que, cual otro Elías, empuña su espada de fuego y con ella

defiende la causa de Dios y arremete contra sus enemigos, o bien toma la

de Saulo para, convertido en otro Apóstol, erigirse en capitán y mandar

esa _Compañía de Jesús_ que tanto se afana y trabaja para conseguir la

MAYOR GLORIA DE DIOS[197].

* * * * *

Como prueba inequívoca de su omnipotencia, de su sabiduría y de su

amor, quiso Dios dotar al alma humana de otras tres potencias: memoria,

entendimiento y voluntad, que, filosóficamente hablando, se denominan la

sensibilidad externa, la imaginación; la sensibilidad interna o facultad

del sentimiento y la inteligencia.

Aunque bien conocido de todos el alcance de estas facultades, creemos,

sin embargo, conveniente dar una ligera idea de ellas para conocimiento

de todos.

La sensibilidad externa es aquella que ejercitamos por medio de los

cinco sentidos, es decir, que se extiende a todos nuestros actos

externos.

Con la imaginación reproducimos en nuestro interior las impresiones de

los sentidos, sin que éstos tengan dependencia alguna de aquéllos.

San Ignacio de Loyola · 第 7 / 14 段