lejos de nuestra vista, por lo cual fué conveniente hiciésemos algún
nombre, y en el entendimiento alguna figura suya, aunque ella sea
obscura e imperfecta[121], que San Pablo la llama _enigmática_[122]...”
Y, después, añade: “Cuando decimos que Dios tiene nombres propios, no
decimos que sean cabales e iguales: para que sean propios basta que
declaren de las cosas que son propias y aquélla de quien se dice alguna
de ellas: mas si no las declara todas enteramente, no será igual. El
nombre de Dios no le iguala, como tampoco le podremos entender como
quien él es entera y perfectamente. Porque lo que dice la boca es señal
de lo que se entiende en el alma; y así no es posible que llegue la
palabra adonde el entendimiento no llega: esta es la razón por qué a
Dios se dan muchos nombres; su misma grandeza y los tesoros de sus
perfecciones riquísimas y, juntamente, la muchedumbre de sus oficios y
de los demás bienes que nacen de él y se derraman sobre nosotros, el
Espíritu Santo, que conoce la angostura y estrechez de nuestro
entendimiento, no nos representa toda junta aquella grandeza, sino como
en partes nos la ofrece, diciéndonos algo debajo de un nombre y debajo
de otro nombre, otra cosa, otras veces; de aquí el llamarle la
Escritura, león, cordero, puerta, camino, pastor, sacerdote, sacrificio,
esposo, vid, pimpollo, príncipe de paz...”[123].
Examinadas todas estas definiciones de la idea de Dios, se ve que en
ninguna llega la palabra adonde el entendimiento.
Y es que, según la concepción de casi todos ellos, el _Ser infinito_
supone estar en todas partes; mas la idea de _estar_ supone, asimismo,
_ocupar una porción del espacio, tener extensión_, y, como ésta es
incompatible con la idea de Dios, se añade que _está en todas partes,
pero fuera de ellas_.
El hecho es natural; pues aunque la inteligencia humana alcanza hasta lo
absoluto, por medio de la intuición de esa belleza, pero no puede
reducirlo hasta los términos de sus concepciones ordinarias, porque
ocultándose a sus ojos el primer eslabón de la cadena, aunque los otros
eslabones que ve no le dejen dudar de su existencia, ha de contentarse
con la idea por él concebida.
“Más allá de los cielos, el Rey de los cielos reside”, dijo Voltaire, y
Alberto Haler añade: “El pensamiento, millares de veces más corredor que
el viento, más ligero que el sonido, más rápido que el tiempo y más
veloz que las alas mismas de la luz, se fatiga en vano por alcanzarle, y
aun desespera de poder jamás tocar sus fines”.
Como se ve, pues, el personificar la idea de Dios en la mayoría de los
casos es rebajarla, porque ninguna personificación se acerca siquiera a
Aquél cuya esencia es el carecer de términos que le circunscriban.
San Ignacio, en cambio, ha acertado a darnos en unas simples pinceladas
la idea perfecta de esa belleza, intelectual y moral, de Dios, con estas
lacónicas pero expresivas palabras: “_Con plenitud y perfecta posesión
de todos los bienes y delicias, sin mezcla de mal alguno_...[124]. _Dios
es principio y fin de todas las cosas_...[125]. _Es justo...,
misericordioso..., sabio y santo_...[126]. _Creador y Señor de los
hombres_...[127]. _Rey de gloria inmortal y eterno_...[128]. _Dios
infinita sabiduría..., infinito poder..., infinita santidad y
justicia..., bondad por esencia_”[129].
¿No se ve en estas frases y en estas definiciones pinceladas de maestro
que dan perfecta idea del Ser Supremo?
Y es que Ignacio, intuitivamente, veía a Dios, sentía al Ser Supremo tal
cual era y con la palabra llega a la mayor perfección en la expresión de
la idea de lo infinito, de lo bello y de lo eterno, sin rodeos, sin
subterfugios, sin adornos retóricos, sino tal como lo sentía,
sencillamente, que es la mayor elocuencia de la Filosofía.
Por eso pueden calificarse esas descripciones de Ignacio de sublimes,
pues se acercan a lo infinito y las concebimos sin dificultad, porque
las vemos reducidas a los límites de la criatura, y así se ve, al
propio tiempo, cómo el hombre se engrandece a medida que participa más
de la divinidad.
Ya lo dijo San Pablo: “_Habetis fructum vestrum in santificationem,
finem vero vitam æternam_”. Habiendo sido hechos siervos de Dios, cogéis
por fruto vuestro la Santificación y por fin la vida eterna[130].
Y el Santo filósofo nos aconseja: “_Hacer la voluntad de Dios en
presencia de Dios y conversar con los hombres, sin perder la
familiaridad con Dios, y trabajar en lo de fuera sin perder el descanso
y quietud del corazón: de manera que a la presencia de Dios se añada el
poner por obra y en ejecución la voluntad de Dios_”[131].
De este modo nos demuestra, además, cómo una criatura imperfecta
presiente y aspira a la perfección y da lugar a que el ingenio la
embellezca, aproximándonosla al fin que ella, por sí propia, se inclina:
“_Así el poder que hay en mí, corto y limitado, es participación de un
poder infinito, mi justicia de su justicia y lo mismo mi bondad,
misericordia y demás._”
_De esta verdad tan importante me serviré ahora y siempre para hacer
escala de las perfecciones creadas y subir, por ellas, a la
contemplación de las divinas... para amar a Dios como Bien sumo y por sí
mismo_[132].
* * * * *
Son las verdades psicológicas como el vehículo que conduce a la mente
humana por los derroteros de la verdad, pues establecen una gradación
entre sí para llegar a un término: el raciocinio.
Porque así como no puede haber efecto sin causa, así tampoco puede
llegarse al raciocinio sin que hayan precedido la razón, la reflexión,
la comparación, el juicio, y se hayan desarrollado todas con entera
libertad.
Cree Laromiguière[133] que con la atención, que sirve para adquirir
ideas exactas de las cosas con la comparación, que descubre las
relaciones, y con el raciocinio, que ya nos eleva a los principios, hay
lo suficiente para darse cumplida cuenta de todas las obras de la mente
humana.
Así vemos que Benjamín Constant tuvo motivo bastante para establecer
como un principio inconcuso que el sentimiento religioso es inherente al
corazón humano, con sólo observar y conocer las costumbres de varios
pueblos antiguos y modernos y parangonar unos con otros.
Y es que la idea es un verdadero juicio, puesto que nace de una relación
de distinción.
Cardaillac opina que la idea ha sido formada por el juicio; mas a éste
ha precedido la comparación, que, al decir de Damiron, es una cosa muy
sencilla, puesto que no es sino poner unos objetos junto a otros, viendo
sus semejanzas o diferencias y así quedan comparados, formándose después
el juicio que cada uno le merezca, bien entendido que a estas
operaciones han de asistir la razón y la reflexión para que lleven toda
la cohorte de seguridades y conduzcan al verdadero enjuiciamiento libre
y natural, como acto humano que es.
Por las verdades psicológicas se ve, pues, cómo la mente, al ir
analizando todas las cosas que se hallan fuera de sí, va desenvolviendo
esas madejas que habremos de llamar razonamientos, hasta dar con el
verdadero y definitivo juicio de todos y cada uno de los actos del
hombre.
Por eso dice un ilustre pensador que el filósofo no debe ceñirse a
señalar tan sólo la diferencia que existe entre los principios
racionales y los otros principios, sino que es preciso que, estudiando
la índole de los unos y de los otros, muestre que los primeros son, por
decirlo así, las palancas del entendimiento, los medios inexcusables,
únicos, de que se sirve para levantar el edificio de la ciencia.
Al hablar de este modo es porque queremos demostrar cómo también en el
libro de los _Ejercicios Espirituales_ hay verdades psicológicas cuya
fuerza incontrastable verá quien observe cómo su autor va caminando con
gran mesura y parsimonia por todas esas piedras angulares que hemos dado
en llamar así, verdades psicológicas, y que son, como al principio
decimos: razón, reflexión, comparación y juicio, formando así las ideas
y los razonamientos para llegar a las conclusiones más lógicas y más
fundamentales.
¿Acaso no vemos en la meditación de los tres pecados cómo razona y
reflexiona sobre los males sin cuento que ha traído a la humanidad, por
la rebelión de los primeros ángeles, por la insumisión de nuestros
primeros padres y por la propia soberbia del hombre cuando infringe sus
mandatos, comparando la bondad del Creador con la maldad de las
criaturas, emitiendo el juicio condenatorio de los actos de éstas y
poniendo de manifiesto las consecuencias lógicas o conclusiones
naturales y divinas de estos actos rebeldes, como es el castigo de los
culpables?
Pero, es más. No contento el Santo filósofo con edificar así, sobre base
sólida, va más allá y pone de manifiesto todas aquellas sensaciones que
encarnan perfectamente en los estados psicológicos del hombre, cuales
son: la de confusión, temor, arrepentimiento, admiración; suplicio de la
memoria, suplicio del entendimiento y suplicio de la voluntad[134],
dolor por haber ofendido a Dios, propósito de no volverle a ofender con
las cualidades de este propósito, que ha de ser sumo, firme, universal,
sobrenatural y eficaz, confusión y vergüenza interior, y, por último, la
satisfacción[135], facetas todas del alma, o, mejor dicho, propiedades
de ella, con lo cual nos demuestra, además, que en nosotros hay esa
substancia, ese sujeto en el que se verifican esas sensaciones y esos
actos del entendimiento y de la voluntad, sin que se pierda la identidad
del _yo_, único modo de explicar cómo nos hallamos _uno idéntico_ en
medio de las mudanzas y a pesar de las variedades que tales estados de
ánimo producen.
Con ello, también, afirma de una manera rotunda la substancialidad del
alma; porque si ésta no fuera más--según muchos pensadores--que una
serie de fenómenos que no residieran en un mismo sujeto, dicho se está
que éstos no dejarían tras sí ninguna huella.
Con la substancialidad del alma, en cambio, se explican los fenómenos
de la unidad y continuidad de la conciencia.
Si no hubiera en nosotros nada permanente, nuestras afecciones todas y
todos nuestros pensamientos no formarían sino una serie de hechos sin
vínculos de ninguna especie, ni habría memoria, ni unidad de conciencia,
ni reflexión sobre ninguno de nuestros actos internos, ni siquiera
podríamos percibirnos, porque no habría el sujeto percipiente--al decir
del insigne Balmes--y cada fenómeno sería tan extraño al otro como un
pensamiento de un hombre lo es al del otro[136].
San Ignacio nos pone de manifiesto, clara, palpable y lógicamente cómo
el alma humana se desenvuelve en el ente por medio de esas afecciones,
de esos sentimientos, de esos actos, en fin, que llegan a realizarse con
unidad de criterio, como consecuencia unos de otros, con perfecta
homogeneidad, como salidos de un mismo centro y de una heterogeneidad
también perfecta por responder a diversas sensaciones.
El alma es el centro de todas las operaciones espirituales--nos viene a
decir el Santo filósofo en los pasajes que hemos apuntado antes--y aun
intelectuales, y de ella, como el sol difunde el calor, la luz y la vida
a los seres todos de la creación, irradian y dimanan esos sentimientos
de dolor, arrepentimiento, confusión, temor, admiración, suplicio de la
memoria y del entendimiento, alegría y felicidad ante la perspectiva de
la bienaventuranza eterna y otros estados psicológicos que experimenta
nuestro ser según consideremos los sufrimientos y las alegrías de
Jesucristo en su vida, muerte, resurrección y gloria.
Nos demuestra, además, con todo esto, que el alma, como simple que es,
no tiene partes, y, así, vemos que nuestro pensamiento es único, aunque
tome distintos rumbos, y el ser que piensa en nosotros es el mismo que
siente, sin romper la unidad de conciencia, antes por el contrario,
robusteciéndola, confirmándola.
¡Y cómo nos demuestra nuestro Santo el libre albedrío del hombre cuando
dice que Dios da al hombre el conocimiento perfecto del bien y del mal,
del pecado y de la virtud, para que él escoja, y poniendo en su
conocimiento cuál es el premio a la virtud y al bien obrar y el castigo
al pecado y al vicio!
Además, expone las ideas superiores al orden sensible para que,
conociéndolas, las amemos y amándolas las sigamos.
Claro es que, cuántas veces sucede que, estando inclinados por el
sentimiento a un acto, procedemos de modo contrarío, como cuando
cumplimos con nuestro deber, a pesar del impulso de la pasión, de la
pereza, etcétera.
Y que la voluntad racional es libre, también nos lo dice el autor de los
_Ejercicios_, ya que da a entender que la libertad es no sólo la
ausencia de toda coacción, sino también de toda necesidad intrínseca, y
para que haya libertad, no basta que nadie nos fuerce en lo exterior,
sino que es preciso, además, que no haya en nosotros ninguna necesidad
intrínseca que nos impulse a obrar o querer de una manera determinada.
Y esta libertad que excluye, no sólo la violencia, sino también la
necesidad intrínseca, se llama libertad de albedrío.
El hombre goza de libertad omnímoda para todos sus actos y de un libre
albedrío absoluto, y, por ende, puede escoger la senda de la virtud o
el camino del pecado.
Bien es verdad que hay en nosotros una necesidad intrínseca--que es la
que nos pone de manifiesto al hablar del Juicio particular y del
universal--, la de dar cuenta de nuestros actos al Soberano Juez: mas
ello no nos cohibe en nada para nuestro modo de proceder, ya que nos dió
un alma, una conciencia y un corazón, para pensar, sentir y amar.
Por todo ello, bien claro se ve cuán grande fuerza tienen y cuán
fecundas son las verdades psicológicas de nuestro Santo filósofo, pues,
con tanta sencillez como falta de conocimientos científicos, supo poner
los jalones de una ciencia que todos la reputan como difícil, cuando en
realidad es la más fácil, si se atiende a lo que es el raciocinio y al
análisis, como es la Filosofía.
* * * * *
Es la abstracción aquella facultad por la cual vemos lo general en lo
particular, es decir, el acto por el que la mente percibe la ley
constante a través de los fenómenos variables.
El filósofo entiende por abstraer una idea, adquirirla de cuantas cosas
ve fuera de sí y la toma como un principio de la multiplicidad que sus
sentidos le ofrecen, llevándole a la unidad que solamente la humana
inteligencia es capaz de comprender.
Hay que tener en cuenta que el lenguaje filosófico y su nomenclatura es
tan vario porque responde a los distintos aspectos en que se estudian y
consideran las facultades del intelecto.
La abstracción no es patrimonio de un solo sentido, sino de todos, según
asegura Laromiguière[137], pues cada uno de ellos abstrae de los cuerpos
la cualidad que le corresponde, y así vemos cómo los ojos perciben el
color; los oídos, el sonido, y el tacto, el calor y el frío, etc., sin
que ninguno de ellos pueda darnos más cualidades que las que le
corresponden.
De esta manera obran de por sí, y el hombre puede distribuír en cinco
especies todos los objetos sensibles, llegándose a decir, según esas
premisas, que el cuerpo humano es una máquina para abstraer, y,
realmente, así es.
Veámoslo: No pueden los ojos sino hacer abstracción de los colores, y,
para que esto no sucediese, menester sería que los viera confundidos con
los sonidos y los sabores.
Autores hay, sin embargo, que sostienen que es la mente la que _siempre
abstrae_, aunque, en casos como el que hemos mencionado, se valga de los
órganos de la sensibilidad, lo que podemos denominar _análisis_.
El tantas veces citado Laromiguière encarece las ventajas de la
abstracción, diciendo que “si la aplicamos con tino a las varias
cualidades de los objetos, lograremos conocerlas, y, al mismo tiempo, el
orden que en ellas reina, esto es, que llegaremos a conocer los objetos
tales como existen en la realidad, y la abstracción se convertirá en
análisis”[138].
Evidente es, desde luego, que la disposición de nuestros sentidos
responde a que cada uno de ellos se adapte al conocimiento de una
cualidad especial, puesto que no es posible que la mente se fije, a un
mismo tiempo, en todos los objetos, por ser limitada, teniendo que
separar unas cualidades de otras para mejor conocer todas y cada una de
ellas.
Y así lo vemos en las ciencias, por ejemplo; pues la Geometría estudia
tan sólo la extensión, y no los colores ni los sonidos; la Óptica
aprecia los colores y las leyes de la luz; la Acústica se ocupa de los
sonidos; la Psicología estudia al hombre en los fenómenos de su vida
intelectual; la Medicina, en su vida orgánica, etc., etc.
De ahí que se haya dicho, y con bien de razón, que el hombre es un ser
tan complejo, que, para estudiar el origen de su naturaleza, ha menester
reunir todas las ciencias y formar una verdadera enciclopedia.
La abstracción, en fin, lejos de creer que es origen de confusiones, de
obscuridad y de rodeos; es fuente de luz, espejo de claridad, modelo de
rectitud y principio necesario para suplir lo que falta a la mente de
extensión y capacidad.
El fin que con esto nos proponemos es averiguar los medios de conocer
qué debimos al Creador; por tanto, cuantas investigaciones en este
sentido realicemos traeránnos gran provecho.
La experiencia nos demuestra que es tan difícil la función de la
abstracción, que ha sido concedida a muy pocos; y es que los grandes
talentos que han dejado las inequívocas señales de su saber en la
Historia, no ocuparían muchas páginas; porque esos talentos
privilegiados, unas veces por lo limitado de la vida, por la escasa
duración de las facultades humanas otras, sólo pudieron observar
(abstraer) un escaso número de los fenómenos que explicaron.
Para mejor conocer estos hechos, sería menester reproducir aquí la
historia completa de la formación de los conocimientos humanos, trazar
una enciclopedia, en que se viese siempre el ser inteligente, adivinar
la ley general de que sólo pudieron ver algunos hechos.
El genio consiste, a nuestro juicio, en aquella facultad poderosa y
especial de elevarse de lo particular a lo general; porque, si todos
pueden observar, si todos pueden hacer abstracciones, son muy pocos los
que aciertan a consignar los efectos visibles a las causas de que
dimanan.
Quien observa a un individuo, y, por la expresión de su semblante,
conoce el estado de su ánimo, es que ve en aquel fenómeno particular la
reproducción de la ley general que él conocía o bien la descubre
entonces.
El genio adivina siempre la ley que se presenta con las apariencias de
los fenómenos.
San Ignacio de Loyola nos demuestra este don de la abstracción, para
exponer, con mayor claridad, todas aquellas doctrinas que nos presenta
en su hermoso libro.
Porque, ¿quién no ve, cuando nos habla _del fin del hombre_, hacer
abstracción de toda la grandeza que encierra la Creación, de todo el
poder y amor de Dios para con los hombres, para ponernos en claro que,
siendo Él nuestro criador, es también nuestro único fin?
¿Quién no admira ese don de abstracción al tratar del _fin de las
criaturas_, en el que nos pone de manifiesto cómo _hízolas todas
primero, y cuando ya estaba el mundo lleno y provisto de tantas como
son y tan diferentes, útiles y hermosas, crió al hombre y le dió de
todas el señorío_[139], para probarnos _cómo todas nos están diciendo
que existe Dios, descubren sus perfecciones, poder, sabiduría, bondad y
providencia_?
¿No vemos cómo nos pone en claro la pena del pecado y el premio a la
virtud, después de hablarnos de lo que es la génesis de la flaqueza
humana y de la grandeza de la divina gracia, abstrayendo estas dos
grandes concepciones en aquellas dos conclusiones irrefutables e
inmanentes?
¿Es que no nos pone de manifiesto, cuando nos habla de penas y castigos,
de premios y mercedes, lo que es la eternidad?
¿Acaso no nos da una idea perfecta, clara y concreta de la grandeza y
generosidad de Dios, que, siendo tal, bajó a este mundo y se hizo carne,
padeciendo por nosotros en su vida, en su pasión y en su muerte?[140].
¿Y qué decir del inmenso amor a los hombres, cuando nos habla de la
institución del Santísimo Sacramento, como si no hubiera sido bastante
el padecer y morir por nosotros?
San Ignacio, pues, abstrae para ser más claro, y en cada parábola que
estudia, cada pasaje de los sagrados libros que analiza nos presenta
como abstracción concreta las ideas de misericordia, de santidad, de
justicia, de bondad, de infinito poder, de sabiduría suma, de amor
ilimitado, haciéndonos comprender que debemos de acordarnos de nuestras
postrimerías, para no pecar nunca[141], y que debemos _hacer de la
necesidad virtud_, para mejor vivir, no sea que _con el espanto del
morir se junte en nosotros el temor y espanto de la eternidad_[142],
sacando como consecuencia y resolución franca y generosa _la de
entregarnos a Cristo y aborrecer el mundo y sus vanidades: surgam et ibo
ad patrem meum_. No se puede exigir ni más abstracción, ni más claridad
en el análisis de todas las verdades eternas y como síntesis de ese
libro de oro.
* * * * *
Recapacitando, pues, en la brevedad de nuestra existencia, en la
limitación de las facultades del alma y en las necesidades que, de
continuo, nos aquejan, debemos de sacar de todo esto la consecuencia de
que no debe huír la confianza de nuestro corazón, porque, de ocurrirnos
esto, seríamos los seres más miserables de toda la Naturaleza, sino que,
por el contrario, debemos de luchar con más fe, con más ardor, con más
vehemencia.
A propósito de esto, nos recuerda nuestro filósofo la parábola el Rey
eternal, Jesucristo, en que invita a todos a conquistar su Reino:
“_Hijos míos: seguidme todos en esta empresa y conquista del Reino de
los Cielos, destino del hombre, región de paz y de felicidad. Yo voy
delante; yo, por animaros, sufriré cansancio, hambre, sed y toda suerte
de privaciones y penalidades; trabajaré de día, sufriendo los ardores
del sol, velaré de noche por amor vuestro. Yo seré el primero en pelear
y recibir los golpes y heridas del enemigo; mas todo el fruto será para
vosotros. Ánimo, pues, con verme a Mí, seguros de la victoria, victoria
completa y despojo riquísimo, porque para cada uno de los que sean
fieles y valientes tengo guardado un reino, si bien el galardón será
correspondiente a los servicios, y tanto mayor y más crecido, cuanto con
más ánimo luche cada cual cerca de mi persona y a semejanza mía._”[143].
La Providencia ha formado todas las cosas con una sabiduría y una
previsión tal, que no puede menos de admirarnos más cada vez que con
detenimiento las contemplamos.
Queriendo que los hombres se amasen los unos a los otros como
hermanos[144], infundió en sus corazones mil afectos, que son como otros
tantos lazos que les unen entre sí; formó nuestra alma de manera que el
espectáculo de las miserias ajenas despertase en nosotros el
sentimiento benéfico de la compasión, y para mostrar que nacimos para
amarnos unos a otros quiso que el hacer el bien fuese para nosotros
origen de fruiciones que exceden a todas las que somos capaces de gozar.
E igualmente quiso unir las inteligencias, como había unido los
corazones, de lo que se deduce que el designio de la Providencia fué que
el linaje humano formase una sola familia, unida por los vínculos de la
fraternidad: _ecce quam bonum et quan jucundum habitare fratres in
unum_, y a manera que los pueblos caminan por la senda del progreso y de
la cultura, se aumenta la necesidad de valerse unos a otros.
Nos enseña el Santo Evangelio que todos somos hijos de un mismo Padre y
que en el amor que nos profesamos unos a otros está el cumplimiento de
la Ley que nuestro Padre celestial vino a enseñarnos; y como la luz de
la inteligencia proviene de Dios, no puede conducirnos a términos
distintos de aquel que el mismo Dios reveló a los hombres.
La razón nos dice también que la caridad cristiana es el grado supremo
de la perfectibilidad humana.
San Pablo dice: “Aunque posea todas las riquezas de la tierra, si no
poseo la caridad, nada soy.”
Por eso dice un notable escritor que tan cierto es que el verdadero
saber y la religión no están reñidos, que el mayor progreso del
entendimiento es acercarse a cumplir los preceptos evangélicos.
Y Bacon dice: “_La poca filosofía aparta del ánimo la religión; la mucha
filosofía hace que a ella nos acerquemos._”
Y esto lo vemos confirmado en nuestro Santo filósofo.