Acontecía al siglo XVI lo que al astro-rey, que, cuando se halla en la

aurora, trabaja por abarcar ambos mundos.

Y así vemos que el sacerdote inglés conocido por Wiclef y el alemán Juan

Hus siembran, con sus teorías, el germen de la discordia en el hogar

doméstico, impulsados tan sólo por un orgullo desmedido, por una

ambición de celebridad exagerada, teniendo su justo castigo en la

hoguera.

No obstante esto, el camino de la herejía se abrió paso a todas la

enfermas imaginaciones, a todos los caprichosos orgullos, ya que

fácilmente se encontraban también muchos espíritus exaltados y crédulos,

gran corrupción en los grandes, desmesurado anhelo de igualdad, de

fraternidad, de libertad en los pequeños, y en casi todos unas ansias de

formar masa común para llegar a la conquista de esos ideales.

A diario, pues, surgían en el inmenso océano de sectas ignoradas,

propuestas a aniquilar la Religión Católica, novadores diversos y

extraños, tras de apostatar, unos en el Claustro, y como escudados en la

sombra del altar, enseñaban, hipócrita y descaradamente, a los fieles

cuán pesado era el yugo de la Iglesia, o bien la felicidad que los

pueblos obtendrían si caminasen por la ancha senda de esa trilogía

emblemática y que tenía visos de una completa fuerza regeneratriz.

De todos estos escollos y peligros había salido triunfante la Sede

Apostólica; mas el choque incesante de inteligencias y de ideas lanzaba

una antorcha brillante en los Estados de Europa.

Y es que los caracteres, el genio, las costumbres, todo parecía

encontrarse en un estado excepcional; todo tomaba el colorido de una

energía brutal, de una avalancha avasalladora.

* * * * *

Por lo que hace al genio de las conquistas científicas, vemos que

extralimita los rangos todos y sale de todas las clases sociales: y

Gutemberg inventa la imprenta; Shoeffer y Fust, le secundan, y, como si

en este siglo quisieran brotar todos los prodigios, surcan los mares en

busca de nuevos continentes intrépidos navegantes, como Bartolomé Díaz,

que arriba al cabo de Buena Esperanza; Cristóbal Colón, que descubre

América; Vasco de Gama, que franquea el camino de las Indias orientales;

Magallanes emprende el primer viaje alrededor del Mundo; Pizarro penetra

en el Perú, y los portugueses, en el Brasil, y Americo Vespucio

transmite su nombre a regiones que no descubriera.

Además de estos grandes hombres, aparecen también El Dante, el Petrarca

y Bocaccio, de un lado; de otro, Cristino de Pissan, Alain Chartier,

Chaucer, Monstrelet y Villon; por aquí, Teodoro de Gaza, Ambrosio

Camaldula, Jorge de Trebisonda y Lorenzo Valla; por allá, Brunelleschi,

Veugbeg, príncipe de Samarkand, Ghiberto y Donatello, arquitecto,

astrónomo y escultores. respectivamente.

Kempis lega al mundo cristiano la _Imitación de Cristo_; Maso inventa el

arte del estampado; Chalcondyle historia la guerra de Turquía con

Atenas, su patria; Montreal escribe Matemáticas; Alejandro de Imola,

Littleton, Fortesme y Cuyas resucitan la Jurisprudencia; Bessarion,

Juvenal de los Ursinos y Felipe de Commines se hacen historiadores;

Angel Policiano, Bárbaro y Mérula estudian y transmiten a Europa las

lenguas antiguas; Juan Miguel de Angers, Guarini y los dos Strozzi se

revelan como poetas; Leonardo de Vinci funda, en Florencia, la Escuela

de Pintur; el Giorgine, la de Venecia, y la alemana Alberto Durer;

Maquiavelo da sus lecciones a los príncipes, etc., etc.

* * * * *

Con todo esto, la Iglesia ve que contra ella surgen multitud de

adversarios, y unos marcharán armados, dispuestos a destruírla; otros,

con la palabra y la pluma, que son más poderosas que la espada y el

cañón.

Pero nada importa; porque cuando estas legiones de enemigos, brotadas en

todos los pueblos y salidas de ellos como asociadas para asestar contra

ella sus tiros, permanecerá impávida, impertérrita, segura de que se

cumplirá la profecía de su Divino Fundador: _et portae inferi non prae,

valebunt_; las puertas del averno serán impotentes contra ella[91].

Cierto que se batirán contra ella e

[Illustration: CASA DE LOYOLA]

intentarán abatir su poder los reyes, con sus pasiones; los pueblos, con

sus desenfrenos; hasta los religiosos, con su vesánica apostasía. Mas

responderá, ordenando a Bramante echar los cimientos de la Basílica de

San Pedro, y Miguel Angel la concluirá, poniendo por cúpula el panteón

de Agripa; Rafael y Julio Romano cubrirán las paredes del Vaticano con

sus frescos inmortales, y Bembo y Sadolet escribirán bellas encíclicas,

dictadas por León X.

Roma veráse amenazada de su ruina total por el condestable de Borbón,

que la sitia, la toma y la entrega al pillaje; pero, ¿qué importa a Roma

esta nueva contrariedad? Pasan los hombres, y, como Borbón, mueren a

sus puertas; pero ella está destinada a sobrevivirlos y conducir el luto

de todas sus dinastías.

Ha desaparecido Rafael, y le suceden en el arte y en la gloria el

Correggio y el Parmesano, el Ticiano y el Veronés, los Carrache y el

Tintoreto. Tasso nos presenta el asombro de su _Jerusalén Libertada_.

Copérnico y Galileo hacen una nueva adquisición en la ciencia de los

astros. España y Portugal, en fin, dominan los mares desconocidos hasta

entonces, y los más vastos imperios y el espíritu meridional, propio de

la raza latina, se manifiesta en las escuelas españolas, encendiendo el

alma de los Granadas, Leones, Teresas e Ignacios, que nos dejaron hondas

huellas de su camino, sembrándolo de teorías filosóficas admirables y de

doctrinas divinizadas.

Y aquí aparecerá nuevamente, con tan grandes paladines, todo el

esplendor, toda la grandeza y toda la gloria de la Iglesia Católica,

vencedora de los volterianos, de los gnósticos, de los arrianos y de

todos los sofistas que pretendieron enturbiar las puras aguas de las

doctrinas ortodoxas.

* * * * *

Y, mientras todo esto ocurría; mientras la luz disipaba las tinieblas

por doquiera, con tan maravillosa rapidez, que a veces parecía temerse

que la misma luz que quería iluminar al mundo le incendiase, por su gran

fuerza, aparece un hombre, “llano y sencillo, sin desaliño[92],

humildísimo, sin bajeza; noble y generoso, grave y cortés, levantado

sobre todo lo terreno, despreciador de todo lo caduco, con la mira

puesta siempre en el que siempre, sin interrupción ni mudanza, dura;

gobernándose en todas las cosas, grandes y pequeñas, por razones

altísimas; señor de todas sus pasiones, dueño hasta de los primeros

movimientos de su ánimo, y, por lo mismo, manifestando sin alteración,

por de fuera, la imperturbable bonanza en que su alma navegaba, sin

demora, a las eternas riberas, y descollando en el hermosísimo cortejo

de todas las virtudes cristianas, que siempre le acompañaba la prudencia

más que del hombre, y la caridad de Dios y de los prójimos por Dios,

que abrasaba en seráficos, pero apacibles ardores, su corazón, no

dándole punto de reposo en procurar, con todas sus fuerzas, que Dios y

el Unigénito de Dios, hecho hombre por los hombres, fuese de los hombres

conocido, amado y glorificado; y los hombres, conociendo, amando y

obedeciendo al que los crió y redimió, fuesen dichosos con la esperanza

en la vida fugaz presente, y cumplidamente bienaventurados en la que

nunca se acaba, con la vista y posesión del Sumo Bien: tal aparecía a

los que le trataban, por más que con vigilante estudio y singular

destreza estuviese siempre atento a encubrir los dones que Dios había

atesorado en su bendita alma.”

¿Adivináis quién es este hombre? No otro que Ignacio de Loyola, aquel

espíritu grande, fuerte, vehemente, de quien dice Castelar lo

siguiente:[93] “Es el sumo imperante de las almas, quien funda una

religión y organiza una milicia... Extiende su Compañía desde los mares

sicilianos hasta los mares andaluces, surge a un tiempo en las Indias

orientales y en las Indias occidentales, penetra en el Congo y en Goa,

intenta romper las murallas de la China y atravesar las costas del

Japón... Al pensar que todo esto se ha intentado y _concluído_ sin

armas, sin recursos, por un hombre solo, de seguro, aunque no compartáis

mis ideas, admiraréis su firme y robusta voluntad”.

Y en otro lugar dice:

“Ignacio, solo y entregado a sus propias fuerzas, quiso un día realizar

y cumplir lo que no habían realizado y cumplido los siglos de fe y las

cruzadas de Europa.”

De aquí que el Pontífice Paulo III le llame: “varón lleno del Espíritu

Santo e insigne en el don de la sabiduría”.

Avezado Ignacio a las prácticas militares, se figuraba a Jesucristo como

un general que combatía por el triunfo de la gloria divina, invitando a

todos los hombres a colocarse bajo su enseña; y de aquí le provino el

deseo de formar un ejército, del que Jesús fuese el Jefe y el Emperador,

teniendo por divisa: _Ad Majorem Dei Gloriam_, y cuya misión principal

fuese la salvación de los hombres. He aquí la imagen perfecta de Ignacio

al fundar la Compañía, y he aquí, con él, una de las figuras más

relevantes de aquel siglo de portentos y milagros, por lo que se le

llamó _de Oro_.

Pero Ignacio escribió el libro de los _Ejercicios Espirituales_, libro

que se puede llamar arte de convertir al pecador, y que se separa de

todos los caminos trillados para conducir a la perfección, fruto de una

idea profunda, de una emanación divina, que ha producido grandes

resultados.

Y este libro, que se apodera del hombre en las mantillas del pecado, le

subyuga, le impulsa a salir del mundo y le coloca, trémulo y palpitante,

en manos de la Divinidad, está lleno de filosofía, que es lo que nos

proponemos estudiar en este nuestro pobre trabajo, y en los sucesivos

capítulos, para ver si puede figurar, con méritos bastantes, entre los

grandes filósofos españoles.

CAPÍTULO II

POR QUÉ ES FILÓSOFO SAN IGNACIO.--SU INTUICIÓN DE LA BELLEZA

INTELECTUAL Y MORAL.--FECUNDIDAD DE SUS VERDADES

PSICOLÓGICAS.--ABSTRAE PARA SER MÁS CLARO.--LA DOCTRINA EVANGÉLICA,

COMPATIBLE CON LOS PROGRESOS DE LA CIVILIZACIÓN.

Si entráramos a estudiar los orígenes de la Filosofía para responder al

primer punto de este capítulo, tendríamos que remontarnos a épocas bien

lejanas, ya que, según Balmes[94], ésta fué comunicada al primer hombre,

y, según un autor de la autoridad del señor García Luna, “la Filosofía

de la Historia es creación de época harto reciente. Herodoto y Tucídides

se ciñeron a contar los acontecimientos; Tito Livio y Diodoro aplicaron

ya el raciocinio a los sucesos que referían; por fin, la idea de

averiguar si la Humanidad obedece en su desenvolvimiento, en el tiempo y

en el espacio, a una ley invariable, empieza a manifestarse en el libro

de Vico, y es asunto, en adelante, de las meditaciones de Herder, Hégel

y Shlegel”[95].

Ahora bien; la Filosofía es debida al anhelo de saber las causas, y ese

anhelo nace en el hombre cuando ya le son conocidas aquéllas y los

fenómenos que las producen.

Ancillon dice de la Filosofía que “consiste en separar los principios y

las ideas eternas de las formas de que están revestidas”.

Por eso los primeros sistemas filosóficos de que tenemos idea son como

síntesis muy vastas y que tan sólo aspiran a dar una ligera razón e idea

de las cosas, a saber: _Dios_, el _mundo_ y el _hombre_, que tan ligados

están entre sí, que no puede substraerse la consideración de uno de

estos factores a los otros dos; de aquí que la inexperiencia de los

pensadores primitivos hiciérales considerar cuán irrealizable es la

empresa de explicarlos conjuntamente[96].

La Filosofía, con el transcurso de los tiempos, ha cedido en no pocas de

sus primitivas pretensiones, aunque no por eso ha mudado su esencia, que

es la de inquirir cuál es _el principio que explica las observaciones_ y

empieza donde termina la jurisdicción de los órganos corporales.

Ahora bien; no se llama filósofo al jurisconsulto que sabe interpretar

las leyes de su país, ni al historiador que relata con toda minuciosidad

los acontecimientos de una época, ni al poeta que con su estro poderoso

ensalza el valor de los guerreros, la belleza de las damas, la gentileza

de los nobles, el heroísmo de sus soldados y el acierto de los

gobernantes.

Para merecer el nombre de filósofo se precisa la intuición clara y

precisa y averiguar las causas íntimas, espirituales, la psicología y la

ética de las acciones humanas en todos sus aspectos.

Refiere Cicerón que como aquel Rey de los flacios, Llamado León, oyese a

Pitágoras discurrir, con el saber y la elocuencia en él peculiares, le

preguntó qué arte profesaba, a lo que respondió que ninguno; pero que

_era filósofo_.

“Entonces--repuso el Rey--, ¿en qué se diferencian los filósofos de los

demás hombres?”

A lo que contestó Pitágoras, con gran aplomo y parsimonia:

--Paréceme que sucede en este mundo lo que en las grandes asambleas que

se celebran en Grecia para los juegos públicos.

--¿Quieres decirme qué sucede?--repuso el Rey.

--Que acuden muchos a ellas--dijo Pitágoras--por el deseo de merecer

coronas sobresaliendo en los ejercicios de cuerpo; otros, para

enriquecerse, por medio del comercio; otros, de más templado ánimo, no

buscan aplausos, ni ganancias, sino se reducen a ser meros espectadores

y a _reflexionar_ sobre lo que pasa delante de sus ojos. Otro tanto

puede decirse de todos los hombres que, pasando de otra vida a ésta,

buscan en ella: unos, la gloria; otros, las riquezas; pero pocos se

aplican a conocer la naturaleza. Pues he aquí a los _filósofos, los

amantes de la sabiduría_, y en el mundo no hay profesión más bella que

el estudio y el conocimiento de todas las cosas.

Por eso dice Cicerón: “¡Oh, Filosofía, tú eres la que guías al hombre

por esta vida, la que le induces a la virtud y que expulse sus vicios!

¡Qué sería la vida de los hombres sin ti! Tú diste a luz a los pueblos;

tú reuniste a los hombres, que andaban desperdigados, en familia y

sociedad, en las aulas, en todas partes y en una comunión íntima; tú

fuiste la inventora de las leyes; tú fuiste, en fin, la maestra de las

costumbres y de las disciplinas”[97].

Así, pues, según el dictamen de Pitágoras, es filósofo aquel que se

impone la misión de reflexionar acerca de lo que los demás hombres se

contentan con sentir.

Maine Birau dice que “es filósofo aquel que pretende conocer lo que

existe fuera de los fenómenos, las causas y las sustancias”[98].

Cousin afirma que “la Filosofía comienza en el momento que el hombre

prueba a darse cuenta de sus ideas, y que, en realidad, todas las

verdades le pertenecen”[99].

Cicerón la define: _La ciencia de los principios y de las cosas divinos

y humanos y sus causas_[100].

La Filosofía es la razón examinando, dice Balmes[101].

Cree Lamennais que la Filosofía tiene sus raíces en nuestra

naturaleza..., que es el ejercicio de la razón; la actividad de la mente

aplicada a la investigación de las causas por cuyo medio pueden ser

conocidos los fenómenos”[102].

Y, en otro lugar, dice el propio autor: “Después que el hombre interrogó

a la naturaleza sobre el secreto de sus operaciones y de sus leyes y

trató de descubrir las de su propio individuo, puede asegurarse que

existió la Filosofía... inseparable de la mente; por eso es en el mundo

de los espíritus lo que el movimiento en el de los cuerpos”.

Proudhon mismo opina que “la Filosofía es el camino de la ciencia, el

espejo de la virtud y el antídoto de la superstición, pues enseña la

lógica, la moral y la historia”[103].

Los dogmatistas, en fin, enseñan que “la Filosofía es la investigación

de los principios primeros”[104].

Todos los autores citados convienen en que el filósofo es el que procura

descubrir la razón de los hechos, causas, fenómenos, etcétera; por eso

lo abarca todo, pudiéndose aplicar a la Filosofía lo que Salomón decía

de la sabiduría[105]: “Hay en ella un espíritu de inteligencia... que

todo lo ve y que a todas partes alcanza a causa de su pureza”.

San Agustín dice: “Los más señalados y aplaudidos filósofos, cuyo

nombre, si le interpretamos en idioma castellano, indica evidentemente,

ser amantes de la sabiduría; y si la sabiduría es Dios, que creó todas

las cosas, conforme a lo que enseñó la autoridad divina y la misma

verdad, el _verdadero filósofo es el que ama a Dios_ (porque no son,

ciertamente, amadores de la verdadera sabiduría los que se llaman

filósofos)”[106].

Aplicado, pues, este concepto a nuestro Santo Fundador bien puede

decirse que fué filósofo, porque él estudia a Dios como criador[107], al

mundo, cuando habla de las criaturas[108], y al hombre, cuando analiza

su fin[109].

Y como si esto no bastara, para reforzar sus argumentos, no sólo apela a

la lógica, por medio de su raciocinio, sino que, valiéndose de la fe y

de la razón[110], esgrime también la moral y la historia[111], según

Proudhon, enseñando al hombre en los _Ejercicios Espirituales_ el camino

de la verdadera ciencia, que se encierra en el conocimiento de los tres

fundamentales principios; pone ante él la virtud[112] como espejo para

que en ella se mire y, conociendo su hermosura, la ame y desprecie la

superstición, el vicio, el pecado[113].

Conforme con la definición de los dogmatistas, San Ignacio investiga los

principios primeros, puesto que analiza a Dios como creador[114] y como

único fin del hombre[115], pues si creó a las demás criaturas[116] fué

para que le ayuden a conseguir su fin.

Pero no se contenta con filosofar sobre todas las cosas que conoce, sino

que quiere participar de la ley común para que la luz que difunde en

derredor suyo ilumine también el centro de que proceden sus rayos con

aquel lema de: “Ad majorem Dei gloriam”.

Se llama filósofo a San Ignacio porque trata de los medios de conocer

qué debemos a la Providencia: como es el haber dado al hombre _un cuerpo

y un alma, facultad de conocer lo cierto y querer lo bueno,

enriqueciéndole de entendimiento para conocerla, de voluntad para

amarla. El que no lo entienda y piense no tener dueño o superior, es un

necio_.

Además, al abrir las obras de muchos filósofos, nos encontramos con

grandes contradicciones en sus ideas, exposición o sistema, y de ahí que

se menoscabe el concepto que se tiene de la Filosofía. Porque unos

niegan la existencia del Universo, como Barcley, Hume, etc., y otros, la

de su propio individuo.

¿Qué significan, si no, esa multitud de opiniones, opuestas entre sí,

que pretenden haber dado cada una con la verdad a que todas aspiran?

Pero, bien fácil es la explicación. La mayoría parten de bases falsas,

pues, mientras Locke dice que todas las ideas nos vienen de los

sentidos, Descartes sostiene que todas las ideas se forman en el

entendimiento; mientras los escépticos afirman que no hay principios

primeros, los dogmatistas aseguran lo contrario; mientras Hume mantiene

su teoría de que las ideas de causa y substancia, son quimeras, Kant

define las ideas de causa y de substancia, concebidas necesariamente por

el espíritu, y mientras éste prueba que existe el espíritu, Hume lo

niega rotundamente.

El _monoteísmo_ cree en un Dios; el _politeísmo_, en muchos dioses; el

_panteísmo_ dice que todo es Dios; el ateísmo niega su existencia; el

_mahometismo_ opina que no hay más que un Dios, y el _cristianismo_ cree

en un sólo Dios, con tres personas; el _magismo_ supone dos personas o

hipóstasis en Dios; el _gnosticismo_, en fin, defiende que hay cuatro,

siete, diez, etc., personas en Dios.

Es decir, que en lugar de ese concierto armonioso que suponíamos reinaba

en el templo de la sabiduría, llega hasta nosotros el rumor bien

acentuado de los que disputan entre sí, sin llegar a entenderse;

creíamos encontrar en la Filosofía el orden y nos hallamos, de manos a

boca, sumidos en un caos.

Todo esto tiene una explicación natural: primero, porque la senda

seguida por muchos entendimientos ha obedecido a circunstancias

particulares en que se ha visto cada uno de los filósofos y del deseo de

reducir los conocimientos adquiridos a una unidad; y, segundo, porque,

aun buscando todos la verdad, no han logrado encontrarla por seguir

derroteros nada propicios para dar con ella.

He aquí por qué San Ignacio es filósofo.

Él supo beber en la fuente única de la verdad; él siguió la verdadera

senda; él miró de hito en hito al horizonte y vió el cenit de todo saber

y, siguiendo con la mente y con el corazón al sol de la fe y de la

razón, llegó hasta el nadir, donde se encontró con la Verdad única, la

razón inconfundible de todo lo existente, el principio y fin irrefutable

y única fuente de la sabiduría.

Por eso San Ignacio no es sólo filósofo, sino GRAN FILÓSOFO, pues llega,

en su intuición, en su raciocinio y en su demostración hasta donde pocos

filósofos han llegado; al _summum_ de la sabiduría, que es conocer, amar

y poseer a Dios.

* * * * *

Pero hay más; el Santo Fundador manifiesta bien claramente, y a pesar de

lo rudimentaria de su educación intelectual, la intuición que posee de

la belleza suprema, puesto que considera cómo la perfección es

complemento de aquélla.

El bien no sólo se revela a la conciencia por la voz del deber, sino

también a los sentidos por medio de la belleza: “_He de amar y temer a

Dios, que me ha sacado de la nada... Mi fin último es ver y poseer a

Dios. Ser feliz con la misma felicidad de Dios; habitar eternamente en

los palacios de la gloria; gozar de la vista clara del Señor,

arrebatado y transformado en Él, por maravillosa manera e inefable

unión_”[117].

Así demuestra conocer lo sublime y lo bello, porque participa de la

naturaleza de lo infinito.

La belleza, muchas veces, se reviste a nuestros ojos con apariencias

sensibles, pues que la sublimidad deja en el alma cierto abatimiento

que, indudablemente, nace de esa dificultad que sentimos al quererla

representar, por medio de imágenes, la idea de lo infinito. Así se ve

que, cuando muchos escritores quisieron vencer este obstáculo, cayeron

en lo grotesco.

Véase, si no, cómo cierto compilador del _Talmud_ quiso representar la

inmensidad de Dios: “Los ojos distan trescientas mil ochocientas millas

el uno del otro; cada uno de sus pies comprende treinta mil de estas

millas; cada milla divina tiene cien mil varas divinas; cada vara,

cuatro palmos, y cada palmo es como el diámetro de la tierra (¡!)”[118].

Como se ve, a pesar de la buena intención del pintor, no da una idea de

la imagen del Supremo Hacedor, ni siquiera de su grandeza, porque los

sentidos no encuentran en ella la representación material de la idea de

lo infinito.

Los vedas describen así al Autor del Universo: “El Ser Supremo, único,

no se mueve, aunque sea más rápido que el pensamiento; porque los dioses

mismos no pueden alcanzarle: no se deja percibir por los órganos

primitivos de la sensación: es superior a los otros órganos de la

inteligencia: permanece inmóvil; y durante este tiempo, después de medir

la extensión y el espacio, establece el sistema de los mundos. Él se

mueve y no se mueve: está en todas partes y fuera de ellas”[119].

Y en otro lugar dicen: “Debemos representarnos al gran Ser como dueño

soberano del Universo, como más sutil que un átomo, tan resplandeciente

como el oro más puro y de manera que el espíritu puede concebirlo en el

sueño de la contemplación más abstracta”.

Alejandro Dow, comentando estos pasajes de los vedas, dice:

“--¿Qué concepto ha de formarse de Dios?

“--Que siendo inmaterial, es superior a toda concepción: que siendo

invisible, no puede tener forma; pero, según lo que vemos en sus obras,

podemos inferir que es eterno y todopoderoso, que conoce todas las cosas

y que en todas partes está presente.”

Los bracmanes conciben así a Dios: “Nada hay más allá del Ser Supremo:

es el límite, el último término de la senda..., oculto en todos los

seres, en ninguna parte aparece este espíritu, pero los hombres, cuya

vista penetra hasta el principio sutil, saben reconocerle con su

inteligencia perspicaz, que permanece fija en un punto único... La

divinidad carece de oído, de tacto, de gusto, de forma y de olfato; no

puede perecer; no tiene principio ni fin; es inalterable”[120].

San Ignacio de Loyola · 第 5 / 14 段