aurora, trabaja por abarcar ambos mundos.
Y así vemos que el sacerdote inglés conocido por Wiclef y el alemán Juan
Hus siembran, con sus teorías, el germen de la discordia en el hogar
doméstico, impulsados tan sólo por un orgullo desmedido, por una
ambición de celebridad exagerada, teniendo su justo castigo en la
hoguera.
No obstante esto, el camino de la herejía se abrió paso a todas la
enfermas imaginaciones, a todos los caprichosos orgullos, ya que
fácilmente se encontraban también muchos espíritus exaltados y crédulos,
gran corrupción en los grandes, desmesurado anhelo de igualdad, de
fraternidad, de libertad en los pequeños, y en casi todos unas ansias de
formar masa común para llegar a la conquista de esos ideales.
A diario, pues, surgían en el inmenso océano de sectas ignoradas,
propuestas a aniquilar la Religión Católica, novadores diversos y
extraños, tras de apostatar, unos en el Claustro, y como escudados en la
sombra del altar, enseñaban, hipócrita y descaradamente, a los fieles
cuán pesado era el yugo de la Iglesia, o bien la felicidad que los
pueblos obtendrían si caminasen por la ancha senda de esa trilogía
emblemática y que tenía visos de una completa fuerza regeneratriz.
De todos estos escollos y peligros había salido triunfante la Sede
Apostólica; mas el choque incesante de inteligencias y de ideas lanzaba
una antorcha brillante en los Estados de Europa.
Y es que los caracteres, el genio, las costumbres, todo parecía
encontrarse en un estado excepcional; todo tomaba el colorido de una
energía brutal, de una avalancha avasalladora.
* * * * *
Por lo que hace al genio de las conquistas científicas, vemos que
extralimita los rangos todos y sale de todas las clases sociales: y
Gutemberg inventa la imprenta; Shoeffer y Fust, le secundan, y, como si
en este siglo quisieran brotar todos los prodigios, surcan los mares en
busca de nuevos continentes intrépidos navegantes, como Bartolomé Díaz,
que arriba al cabo de Buena Esperanza; Cristóbal Colón, que descubre
América; Vasco de Gama, que franquea el camino de las Indias orientales;
Magallanes emprende el primer viaje alrededor del Mundo; Pizarro penetra
en el Perú, y los portugueses, en el Brasil, y Americo Vespucio
transmite su nombre a regiones que no descubriera.
Además de estos grandes hombres, aparecen también El Dante, el Petrarca
y Bocaccio, de un lado; de otro, Cristino de Pissan, Alain Chartier,
Chaucer, Monstrelet y Villon; por aquí, Teodoro de Gaza, Ambrosio
Camaldula, Jorge de Trebisonda y Lorenzo Valla; por allá, Brunelleschi,
Veugbeg, príncipe de Samarkand, Ghiberto y Donatello, arquitecto,
astrónomo y escultores. respectivamente.
Kempis lega al mundo cristiano la _Imitación de Cristo_; Maso inventa el
arte del estampado; Chalcondyle historia la guerra de Turquía con
Atenas, su patria; Montreal escribe Matemáticas; Alejandro de Imola,
Littleton, Fortesme y Cuyas resucitan la Jurisprudencia; Bessarion,
Juvenal de los Ursinos y Felipe de Commines se hacen historiadores;
Angel Policiano, Bárbaro y Mérula estudian y transmiten a Europa las
lenguas antiguas; Juan Miguel de Angers, Guarini y los dos Strozzi se
revelan como poetas; Leonardo de Vinci funda, en Florencia, la Escuela
de Pintur; el Giorgine, la de Venecia, y la alemana Alberto Durer;
Maquiavelo da sus lecciones a los príncipes, etc., etc.
* * * * *
Con todo esto, la Iglesia ve que contra ella surgen multitud de
adversarios, y unos marcharán armados, dispuestos a destruírla; otros,
con la palabra y la pluma, que son más poderosas que la espada y el
cañón.
Pero nada importa; porque cuando estas legiones de enemigos, brotadas en
todos los pueblos y salidas de ellos como asociadas para asestar contra
ella sus tiros, permanecerá impávida, impertérrita, segura de que se
cumplirá la profecía de su Divino Fundador: _et portae inferi non prae,
valebunt_; las puertas del averno serán impotentes contra ella[91].
Cierto que se batirán contra ella e
[Illustration: CASA DE LOYOLA]
intentarán abatir su poder los reyes, con sus pasiones; los pueblos, con
sus desenfrenos; hasta los religiosos, con su vesánica apostasía. Mas
responderá, ordenando a Bramante echar los cimientos de la Basílica de
San Pedro, y Miguel Angel la concluirá, poniendo por cúpula el panteón
de Agripa; Rafael y Julio Romano cubrirán las paredes del Vaticano con
sus frescos inmortales, y Bembo y Sadolet escribirán bellas encíclicas,
dictadas por León X.
Roma veráse amenazada de su ruina total por el condestable de Borbón,
que la sitia, la toma y la entrega al pillaje; pero, ¿qué importa a Roma
esta nueva contrariedad? Pasan los hombres, y, como Borbón, mueren a
sus puertas; pero ella está destinada a sobrevivirlos y conducir el luto
de todas sus dinastías.
Ha desaparecido Rafael, y le suceden en el arte y en la gloria el
Correggio y el Parmesano, el Ticiano y el Veronés, los Carrache y el
Tintoreto. Tasso nos presenta el asombro de su _Jerusalén Libertada_.
Copérnico y Galileo hacen una nueva adquisición en la ciencia de los
astros. España y Portugal, en fin, dominan los mares desconocidos hasta
entonces, y los más vastos imperios y el espíritu meridional, propio de
la raza latina, se manifiesta en las escuelas españolas, encendiendo el
alma de los Granadas, Leones, Teresas e Ignacios, que nos dejaron hondas
huellas de su camino, sembrándolo de teorías filosóficas admirables y de
doctrinas divinizadas.
Y aquí aparecerá nuevamente, con tan grandes paladines, todo el
esplendor, toda la grandeza y toda la gloria de la Iglesia Católica,
vencedora de los volterianos, de los gnósticos, de los arrianos y de
todos los sofistas que pretendieron enturbiar las puras aguas de las
doctrinas ortodoxas.
* * * * *
Y, mientras todo esto ocurría; mientras la luz disipaba las tinieblas
por doquiera, con tan maravillosa rapidez, que a veces parecía temerse
que la misma luz que quería iluminar al mundo le incendiase, por su gran
fuerza, aparece un hombre, “llano y sencillo, sin desaliño[92],
humildísimo, sin bajeza; noble y generoso, grave y cortés, levantado
sobre todo lo terreno, despreciador de todo lo caduco, con la mira
puesta siempre en el que siempre, sin interrupción ni mudanza, dura;
gobernándose en todas las cosas, grandes y pequeñas, por razones
altísimas; señor de todas sus pasiones, dueño hasta de los primeros
movimientos de su ánimo, y, por lo mismo, manifestando sin alteración,
por de fuera, la imperturbable bonanza en que su alma navegaba, sin
demora, a las eternas riberas, y descollando en el hermosísimo cortejo
de todas las virtudes cristianas, que siempre le acompañaba la prudencia
más que del hombre, y la caridad de Dios y de los prójimos por Dios,
que abrasaba en seráficos, pero apacibles ardores, su corazón, no
dándole punto de reposo en procurar, con todas sus fuerzas, que Dios y
el Unigénito de Dios, hecho hombre por los hombres, fuese de los hombres
conocido, amado y glorificado; y los hombres, conociendo, amando y
obedeciendo al que los crió y redimió, fuesen dichosos con la esperanza
en la vida fugaz presente, y cumplidamente bienaventurados en la que
nunca se acaba, con la vista y posesión del Sumo Bien: tal aparecía a
los que le trataban, por más que con vigilante estudio y singular
destreza estuviese siempre atento a encubrir los dones que Dios había
atesorado en su bendita alma.”
¿Adivináis quién es este hombre? No otro que Ignacio de Loyola, aquel
espíritu grande, fuerte, vehemente, de quien dice Castelar lo
siguiente:[93] “Es el sumo imperante de las almas, quien funda una
religión y organiza una milicia... Extiende su Compañía desde los mares
sicilianos hasta los mares andaluces, surge a un tiempo en las Indias
orientales y en las Indias occidentales, penetra en el Congo y en Goa,
intenta romper las murallas de la China y atravesar las costas del
Japón... Al pensar que todo esto se ha intentado y _concluído_ sin
armas, sin recursos, por un hombre solo, de seguro, aunque no compartáis
mis ideas, admiraréis su firme y robusta voluntad”.
Y en otro lugar dice:
“Ignacio, solo y entregado a sus propias fuerzas, quiso un día realizar
y cumplir lo que no habían realizado y cumplido los siglos de fe y las
cruzadas de Europa.”
De aquí que el Pontífice Paulo III le llame: “varón lleno del Espíritu
Santo e insigne en el don de la sabiduría”.
Avezado Ignacio a las prácticas militares, se figuraba a Jesucristo como
un general que combatía por el triunfo de la gloria divina, invitando a
todos los hombres a colocarse bajo su enseña; y de aquí le provino el
deseo de formar un ejército, del que Jesús fuese el Jefe y el Emperador,
teniendo por divisa: _Ad Majorem Dei Gloriam_, y cuya misión principal
fuese la salvación de los hombres. He aquí la imagen perfecta de Ignacio
al fundar la Compañía, y he aquí, con él, una de las figuras más
relevantes de aquel siglo de portentos y milagros, por lo que se le
llamó _de Oro_.
Pero Ignacio escribió el libro de los _Ejercicios Espirituales_, libro
que se puede llamar arte de convertir al pecador, y que se separa de
todos los caminos trillados para conducir a la perfección, fruto de una
idea profunda, de una emanación divina, que ha producido grandes
resultados.
Y este libro, que se apodera del hombre en las mantillas del pecado, le
subyuga, le impulsa a salir del mundo y le coloca, trémulo y palpitante,
en manos de la Divinidad, está lleno de filosofía, que es lo que nos
proponemos estudiar en este nuestro pobre trabajo, y en los sucesivos
capítulos, para ver si puede figurar, con méritos bastantes, entre los
grandes filósofos españoles.
CAPÍTULO II
POR QUÉ ES FILÓSOFO SAN IGNACIO.--SU INTUICIÓN DE LA BELLEZA
INTELECTUAL Y MORAL.--FECUNDIDAD DE SUS VERDADES
PSICOLÓGICAS.--ABSTRAE PARA SER MÁS CLARO.--LA DOCTRINA EVANGÉLICA,
COMPATIBLE CON LOS PROGRESOS DE LA CIVILIZACIÓN.
Si entráramos a estudiar los orígenes de la Filosofía para responder al
primer punto de este capítulo, tendríamos que remontarnos a épocas bien
lejanas, ya que, según Balmes[94], ésta fué comunicada al primer hombre,
y, según un autor de la autoridad del señor García Luna, “la Filosofía
de la Historia es creación de época harto reciente. Herodoto y Tucídides
se ciñeron a contar los acontecimientos; Tito Livio y Diodoro aplicaron
ya el raciocinio a los sucesos que referían; por fin, la idea de
averiguar si la Humanidad obedece en su desenvolvimiento, en el tiempo y
en el espacio, a una ley invariable, empieza a manifestarse en el libro
de Vico, y es asunto, en adelante, de las meditaciones de Herder, Hégel
y Shlegel”[95].
Ahora bien; la Filosofía es debida al anhelo de saber las causas, y ese
anhelo nace en el hombre cuando ya le son conocidas aquéllas y los
fenómenos que las producen.
Ancillon dice de la Filosofía que “consiste en separar los principios y
las ideas eternas de las formas de que están revestidas”.
Por eso los primeros sistemas filosóficos de que tenemos idea son como
síntesis muy vastas y que tan sólo aspiran a dar una ligera razón e idea
de las cosas, a saber: _Dios_, el _mundo_ y el _hombre_, que tan ligados
están entre sí, que no puede substraerse la consideración de uno de
estos factores a los otros dos; de aquí que la inexperiencia de los
pensadores primitivos hiciérales considerar cuán irrealizable es la
empresa de explicarlos conjuntamente[96].
La Filosofía, con el transcurso de los tiempos, ha cedido en no pocas de
sus primitivas pretensiones, aunque no por eso ha mudado su esencia, que
es la de inquirir cuál es _el principio que explica las observaciones_ y
empieza donde termina la jurisdicción de los órganos corporales.
Ahora bien; no se llama filósofo al jurisconsulto que sabe interpretar
las leyes de su país, ni al historiador que relata con toda minuciosidad
los acontecimientos de una época, ni al poeta que con su estro poderoso
ensalza el valor de los guerreros, la belleza de las damas, la gentileza
de los nobles, el heroísmo de sus soldados y el acierto de los
gobernantes.
Para merecer el nombre de filósofo se precisa la intuición clara y
precisa y averiguar las causas íntimas, espirituales, la psicología y la
ética de las acciones humanas en todos sus aspectos.
Refiere Cicerón que como aquel Rey de los flacios, Llamado León, oyese a
Pitágoras discurrir, con el saber y la elocuencia en él peculiares, le
preguntó qué arte profesaba, a lo que respondió que ninguno; pero que
_era filósofo_.
“Entonces--repuso el Rey--, ¿en qué se diferencian los filósofos de los
demás hombres?”
A lo que contestó Pitágoras, con gran aplomo y parsimonia:
--Paréceme que sucede en este mundo lo que en las grandes asambleas que
se celebran en Grecia para los juegos públicos.
--¿Quieres decirme qué sucede?--repuso el Rey.
--Que acuden muchos a ellas--dijo Pitágoras--por el deseo de merecer
coronas sobresaliendo en los ejercicios de cuerpo; otros, para
enriquecerse, por medio del comercio; otros, de más templado ánimo, no
buscan aplausos, ni ganancias, sino se reducen a ser meros espectadores
y a _reflexionar_ sobre lo que pasa delante de sus ojos. Otro tanto
puede decirse de todos los hombres que, pasando de otra vida a ésta,
buscan en ella: unos, la gloria; otros, las riquezas; pero pocos se
aplican a conocer la naturaleza. Pues he aquí a los _filósofos, los
amantes de la sabiduría_, y en el mundo no hay profesión más bella que
el estudio y el conocimiento de todas las cosas.
Por eso dice Cicerón: “¡Oh, Filosofía, tú eres la que guías al hombre
por esta vida, la que le induces a la virtud y que expulse sus vicios!
¡Qué sería la vida de los hombres sin ti! Tú diste a luz a los pueblos;
tú reuniste a los hombres, que andaban desperdigados, en familia y
sociedad, en las aulas, en todas partes y en una comunión íntima; tú
fuiste la inventora de las leyes; tú fuiste, en fin, la maestra de las
costumbres y de las disciplinas”[97].
Así, pues, según el dictamen de Pitágoras, es filósofo aquel que se
impone la misión de reflexionar acerca de lo que los demás hombres se
contentan con sentir.
Maine Birau dice que “es filósofo aquel que pretende conocer lo que
existe fuera de los fenómenos, las causas y las sustancias”[98].
Cousin afirma que “la Filosofía comienza en el momento que el hombre
prueba a darse cuenta de sus ideas, y que, en realidad, todas las
verdades le pertenecen”[99].
Cicerón la define: _La ciencia de los principios y de las cosas divinos
y humanos y sus causas_[100].
La Filosofía es la razón examinando, dice Balmes[101].
Cree Lamennais que la Filosofía tiene sus raíces en nuestra
naturaleza..., que es el ejercicio de la razón; la actividad de la mente
aplicada a la investigación de las causas por cuyo medio pueden ser
conocidos los fenómenos”[102].
Y, en otro lugar, dice el propio autor: “Después que el hombre interrogó
a la naturaleza sobre el secreto de sus operaciones y de sus leyes y
trató de descubrir las de su propio individuo, puede asegurarse que
existió la Filosofía... inseparable de la mente; por eso es en el mundo
de los espíritus lo que el movimiento en el de los cuerpos”.
Proudhon mismo opina que “la Filosofía es el camino de la ciencia, el
espejo de la virtud y el antídoto de la superstición, pues enseña la
lógica, la moral y la historia”[103].
Los dogmatistas, en fin, enseñan que “la Filosofía es la investigación
de los principios primeros”[104].
Todos los autores citados convienen en que el filósofo es el que procura
descubrir la razón de los hechos, causas, fenómenos, etcétera; por eso
lo abarca todo, pudiéndose aplicar a la Filosofía lo que Salomón decía
de la sabiduría[105]: “Hay en ella un espíritu de inteligencia... que
todo lo ve y que a todas partes alcanza a causa de su pureza”.
San Agustín dice: “Los más señalados y aplaudidos filósofos, cuyo
nombre, si le interpretamos en idioma castellano, indica evidentemente,
ser amantes de la sabiduría; y si la sabiduría es Dios, que creó todas
las cosas, conforme a lo que enseñó la autoridad divina y la misma
verdad, el _verdadero filósofo es el que ama a Dios_ (porque no son,
ciertamente, amadores de la verdadera sabiduría los que se llaman
filósofos)”[106].
Aplicado, pues, este concepto a nuestro Santo Fundador bien puede
decirse que fué filósofo, porque él estudia a Dios como criador[107], al
mundo, cuando habla de las criaturas[108], y al hombre, cuando analiza
su fin[109].
Y como si esto no bastara, para reforzar sus argumentos, no sólo apela a
la lógica, por medio de su raciocinio, sino que, valiéndose de la fe y
de la razón[110], esgrime también la moral y la historia[111], según
Proudhon, enseñando al hombre en los _Ejercicios Espirituales_ el camino
de la verdadera ciencia, que se encierra en el conocimiento de los tres
fundamentales principios; pone ante él la virtud[112] como espejo para
que en ella se mire y, conociendo su hermosura, la ame y desprecie la
superstición, el vicio, el pecado[113].
Conforme con la definición de los dogmatistas, San Ignacio investiga los
principios primeros, puesto que analiza a Dios como creador[114] y como
único fin del hombre[115], pues si creó a las demás criaturas[116] fué
para que le ayuden a conseguir su fin.
Pero no se contenta con filosofar sobre todas las cosas que conoce, sino
que quiere participar de la ley común para que la luz que difunde en
derredor suyo ilumine también el centro de que proceden sus rayos con
aquel lema de: “Ad majorem Dei gloriam”.
Se llama filósofo a San Ignacio porque trata de los medios de conocer
qué debemos a la Providencia: como es el haber dado al hombre _un cuerpo
y un alma, facultad de conocer lo cierto y querer lo bueno,
enriqueciéndole de entendimiento para conocerla, de voluntad para
amarla. El que no lo entienda y piense no tener dueño o superior, es un
necio_.
Además, al abrir las obras de muchos filósofos, nos encontramos con
grandes contradicciones en sus ideas, exposición o sistema, y de ahí que
se menoscabe el concepto que se tiene de la Filosofía. Porque unos
niegan la existencia del Universo, como Barcley, Hume, etc., y otros, la
de su propio individuo.
¿Qué significan, si no, esa multitud de opiniones, opuestas entre sí,
que pretenden haber dado cada una con la verdad a que todas aspiran?
Pero, bien fácil es la explicación. La mayoría parten de bases falsas,
pues, mientras Locke dice que todas las ideas nos vienen de los
sentidos, Descartes sostiene que todas las ideas se forman en el
entendimiento; mientras los escépticos afirman que no hay principios
primeros, los dogmatistas aseguran lo contrario; mientras Hume mantiene
su teoría de que las ideas de causa y substancia, son quimeras, Kant
define las ideas de causa y de substancia, concebidas necesariamente por
el espíritu, y mientras éste prueba que existe el espíritu, Hume lo
niega rotundamente.
El _monoteísmo_ cree en un Dios; el _politeísmo_, en muchos dioses; el
_panteísmo_ dice que todo es Dios; el ateísmo niega su existencia; el
_mahometismo_ opina que no hay más que un Dios, y el _cristianismo_ cree
en un sólo Dios, con tres personas; el _magismo_ supone dos personas o
hipóstasis en Dios; el _gnosticismo_, en fin, defiende que hay cuatro,
siete, diez, etc., personas en Dios.
Es decir, que en lugar de ese concierto armonioso que suponíamos reinaba
en el templo de la sabiduría, llega hasta nosotros el rumor bien
acentuado de los que disputan entre sí, sin llegar a entenderse;
creíamos encontrar en la Filosofía el orden y nos hallamos, de manos a
boca, sumidos en un caos.
Todo esto tiene una explicación natural: primero, porque la senda
seguida por muchos entendimientos ha obedecido a circunstancias
particulares en que se ha visto cada uno de los filósofos y del deseo de
reducir los conocimientos adquiridos a una unidad; y, segundo, porque,
aun buscando todos la verdad, no han logrado encontrarla por seguir
derroteros nada propicios para dar con ella.
He aquí por qué San Ignacio es filósofo.
Él supo beber en la fuente única de la verdad; él siguió la verdadera
senda; él miró de hito en hito al horizonte y vió el cenit de todo saber
y, siguiendo con la mente y con el corazón al sol de la fe y de la
razón, llegó hasta el nadir, donde se encontró con la Verdad única, la
razón inconfundible de todo lo existente, el principio y fin irrefutable
y única fuente de la sabiduría.
Por eso San Ignacio no es sólo filósofo, sino GRAN FILÓSOFO, pues llega,
en su intuición, en su raciocinio y en su demostración hasta donde pocos
filósofos han llegado; al _summum_ de la sabiduría, que es conocer, amar
y poseer a Dios.
* * * * *
Pero hay más; el Santo Fundador manifiesta bien claramente, y a pesar de
lo rudimentaria de su educación intelectual, la intuición que posee de
la belleza suprema, puesto que considera cómo la perfección es
complemento de aquélla.
El bien no sólo se revela a la conciencia por la voz del deber, sino
también a los sentidos por medio de la belleza: “_He de amar y temer a
Dios, que me ha sacado de la nada... Mi fin último es ver y poseer a
Dios. Ser feliz con la misma felicidad de Dios; habitar eternamente en
los palacios de la gloria; gozar de la vista clara del Señor,
arrebatado y transformado en Él, por maravillosa manera e inefable
unión_”[117].
Así demuestra conocer lo sublime y lo bello, porque participa de la
naturaleza de lo infinito.
La belleza, muchas veces, se reviste a nuestros ojos con apariencias
sensibles, pues que la sublimidad deja en el alma cierto abatimiento
que, indudablemente, nace de esa dificultad que sentimos al quererla
representar, por medio de imágenes, la idea de lo infinito. Así se ve
que, cuando muchos escritores quisieron vencer este obstáculo, cayeron
en lo grotesco.
Véase, si no, cómo cierto compilador del _Talmud_ quiso representar la
inmensidad de Dios: “Los ojos distan trescientas mil ochocientas millas
el uno del otro; cada uno de sus pies comprende treinta mil de estas
millas; cada milla divina tiene cien mil varas divinas; cada vara,
cuatro palmos, y cada palmo es como el diámetro de la tierra (¡!)”[118].
Como se ve, a pesar de la buena intención del pintor, no da una idea de
la imagen del Supremo Hacedor, ni siquiera de su grandeza, porque los
sentidos no encuentran en ella la representación material de la idea de
lo infinito.
Los vedas describen así al Autor del Universo: “El Ser Supremo, único,
no se mueve, aunque sea más rápido que el pensamiento; porque los dioses
mismos no pueden alcanzarle: no se deja percibir por los órganos
primitivos de la sensación: es superior a los otros órganos de la
inteligencia: permanece inmóvil; y durante este tiempo, después de medir
la extensión y el espacio, establece el sistema de los mundos. Él se
mueve y no se mueve: está en todas partes y fuera de ellas”[119].
Y en otro lugar dicen: “Debemos representarnos al gran Ser como dueño
soberano del Universo, como más sutil que un átomo, tan resplandeciente
como el oro más puro y de manera que el espíritu puede concebirlo en el
sueño de la contemplación más abstracta”.
Alejandro Dow, comentando estos pasajes de los vedas, dice:
“--¿Qué concepto ha de formarse de Dios?
“--Que siendo inmaterial, es superior a toda concepción: que siendo
invisible, no puede tener forma; pero, según lo que vemos en sus obras,
podemos inferir que es eterno y todopoderoso, que conoce todas las cosas
y que en todas partes está presente.”
Los bracmanes conciben así a Dios: “Nada hay más allá del Ser Supremo:
es el límite, el último término de la senda..., oculto en todos los
seres, en ninguna parte aparece este espíritu, pero los hombres, cuya
vista penetra hasta el principio sutil, saben reconocerle con su
inteligencia perspicaz, que permanece fija en un punto único... La
divinidad carece de oído, de tacto, de gusto, de forma y de olfato; no
puede perecer; no tiene principio ni fin; es inalterable”[120].