si tratamos de los santos exercicios, que, para provecho universal de
todo cristiano, compuso y adornó el varón de Dios (Ignacio), ¿no es cosa
maravillosa? Sí, por cierto. En las otras iglesias... sólo a sus
feligreses procuran de informar en la vida espiritual...; pero si
miramos a la santa Compañía y la fuerza con que extiende las raíces el
granito de mostaza, hallaremos que son padres de novicios de todo
cristiano, que vienen a sus casas. Tan de propósito ponen en razón el
ánimo del oficial, y del caballero, y del eclesiástico, y del casado,
procurando encerrarlos en noviciaría...”
Y más adelante, dice: “Los efectos grandes que esta medicina de los
santos ejercicios ha hecho y hace en personas de diversos estados, no se
pueden encarecer, ni los creerán los que no han visto, como yo, muchas
ánimas recuperadas a la vida espiritual”[35].
Otra lumbrera de aquellos tiempos fué el gran San Francisco de Sales,
quien se hacía lenguas de los beneficios espirituales que reportaba la
práctica de los ejercicios y atribuía a ellos cuanto de bueno sentía en
sí mismo[36].
De los demás autores de los tiempos modernos escogeremos uno muy
valioso, el de Francisco de Hettinger, profesor de Teología en la
Universidad de Würzburg (Baviera), el cual se dedicó muy especialmente
a estudiar y analizar el libro de San Ignacio[37] y al que llama
admirable por parecer siempre nuevo; dotado de gran unidad, revela una
constancia y un cúmulo de enseñanzas, pues contiene todas aquellas que
son más a propósito para hacer desaparecer los pecados, y limpiar el
alma de ellos, conducirla a un grado de perfección, que pone en
condiciones de ser predestinada para gozar de Dios[38].
Cuánto renombre ha alcanzado este libro lo dice aquella frase
conocidísima: “Ha convertido más almas a Dios que letras tiene”[39].
* * * * *
Nos parece obligado, ya que estamos en plan de aportar testimonios,
aducir la opinión del propio San Ignacio, pues así como el arquitecto es
el que mejor conoce las bellezas y las utilidades de la obra que ha
construído, así él podrá darnos su opinión acerca de su libro.
Y no temamos que nos hable con énfasis y vanidad, porque quien está
henchido de humildad y conoce su insignificancia, ha de hablarnos como
cuando conversaba con Dios, con la verdad, lisa y llana.
Y la opinión de San Ignacio la encontramos en una carta que en Noviembre
de 1536 dirigió al presbítero Manuel Miova, en la que, exhortándole a
practicar los ejercicios, le dice textualmente: “Y porque es razón
responder a tanto amor y voluntad como siempre me habéis tenido, y como
yo oy en esta vida no sepa en qué alguna centella os pueda satisfacer,
que poneros por un mes en exercicios espirituales... y aun offrecistes
de lo hacer, por servicio de Dios N. S. os pido, si lo aueis probado y
gustado, me lo escriuais y si no, por su amor y acerbissima muerte que
pasó por nosotros os pido os pongais en ellos; y si os arrepintieredes
dello, demás de la pena que me quisieredes dar, a la qual yo me pongo,
tenedme por burlador de las personas espirituales, a quien deuo todo”.
Y, poco después, añade:
“Dos y tres y otras quantas vezes puedo, os pido por servicio de Dios N.
S. lo que hasta aquí os tengo dicho, porque a la postre no nos diga su
Divina Majestad por qué no os pido con todas mis fuerzas, siendo todo lo
mejor que yo en esta vida puedo pensar, sentir y entender assi para el
hombre poderse aprovechar así mesmo como para poder fructificar, ayudar
y aprovechar a otros muchos”[40].
De donde, claramente, se deduce de sus últimas palabras la fe que tiene
en que su obra es provechosa, en el camino de la vida espiritual, a
todos los hombres.
Mas si estas opiniones no fueran lo bastante para convencer, de la
excelencia de este libro, aun a los más despreocupados, aportaremos lo
que entendemos culmina en un elogio, que es la autoridad de la Iglesia,
cuya opinión está expuesta en los documentos pontificios, en el Derecho
Canónico y en las pastorales de todos los prelados.
Aducidas en otro lugar las aprobaciones de todos los Papas desde la
sanción de los _Ejercicios_, hemos tan sólo de fijarnos en los elogios
que los han prodigado los últimos Pontífices.
El inmortal León XIII, en una carta dirigida al Clero de Carpintero
decía: “Mucho he procurado hacer por el bien de mi país natal; pero de
todo lo que he hecho, lo más saludable y lo que más me llena el alma de
consuelo, es el haber facilitado al Clero la práctica de los _Ejercicios
Espirituales_.
“Yo mismo, en otros tiempos, yendo en busca de un alimento sólido, para
mi alma, recorrí gran número de libros, sin que ninguno llenara mis
deseos. Por fin, hallando entre mis manos el libro de los _Ejercicios
Espirituales_, de San Ignacio, no pude menos de exclamar al conocerlo:
He aquí el alimento que deseaba para mi alma; y desde entonces no me he
separado de aquel libro. La meditación del fin del hombre bastaría para
renovar todo el orden social”[41].
El Papa Pío X, en una carta que dirigió al P. Carlos Criquilión, el 8 de
diciembre de 1904, decía:
“Exercitiorum spiritualium consuetudinem qualem praesertim caelesti,
prorsus consilia Sanctus Ignatius, legifer, Pater vester induxit, semper
nos magni fecimus, utpote in qua ad emendandos mores et christianos
refovendos spiritus mirifica quaedan insit efficacitas. Nunc autem eum
in hoc apostolatus fastigio collocati sumus, eo clarius apparet nobis
quantum adjumenti affere possit consuetudo ejusmodi ad propositum, quod
habemus, instaurandi omnia in Christo”[42].
Y el propio Pío X incluyó en el Derecho Canónico[43], como ley, las
letras de la Sagrada Congregación del Concilio, publicadas con autoridad
del Papa Clemente XII[44], en las que se dispensa a los eclesiásticos,
obligados a residencia y coro, de ambas cosas y hacen suyos los frutos
de los _Ejercicios_.
He aquí el texto de esta disposición ya canónica: “_Parochos insuper per
idem tempus semel tantum in anno exercitiis hujusmodi vacantes a
residentia absolvit; quod ipsum servari vult quad canónicos,
beneficiatos aliosque personali residencia obstrictos et chori servicio
mancipatos, quos nihilhominus lucrari decernit integros fructus et
quotidianas morum respective canonicatuum et beneficiorum distributiones
quascumque, aliaque emolumento, per inde ac si choro divinisque oficiis
personaliter interessent; dummodo tamen eadem exercitia peragant,
obtenta prius ab ordinario licencia a quo nullatenus concedenda erit
Adventus et Quadragesima temporibus, ac in solemnioribus festivitatibus,
nec unquam omnibus simul canonicis aliisque choro insirvientibus; sed ea
adhibita circunspectione, ut chori servitium nequaquam inttermitatus; et
quoad parochos, idoneis prius subragatis œcónomis ab ipsomet ordinario
approbandis, qui interim animarum cura recte administrent_”.
Por último, aduciremos el testimonio del actual Pontífice, que siendo
prefecto de la Biblioteca Vaticana publicó la gran obra titulada “_San
Carlos Borromeo nel terzo centenario de la canonizzazione_”, de la que
hizo una traducción al francés el P. Watrigant, S. J.[45], y en ella
dice el cardenal Ratti lo siguiente: “Bien puede decirse que San Carlos
debió su conversión a la práctica de los _Ejercicios Espirituales_, y
todos sus biógrafos están conformes en atestiguar que el Santo tenía la
piadosa costumbre de practicar los _Ejercicios_, no una, sino dos veces
al año, y estos ejercicios los hacía siguiendo fielmente el método de
San Ignacio, sin que se pueda dudar de esto, ya que le dirigió en ellos
el P. Ribera, de la Compañía de Jesús”[46].
Más adelante extracta de las cartas inéditas de San Carlos al cardenal
Paleotti lo siguiente:
“Por lo que respecta a los ejercicios espirituales que hacen los
ordenandos antes de recibir las Ordenes Sagradas, el tiempo determinado
por el visitador apostólico y nuestro Concilio provincial era de un
mes, aproximadamente; pero, en la práctica, era de unos quince días...
Después, en cuanto a la forma, se intentó imitar a los padres jesuítas y
tomar algunas de sus reglas, las cuales todavía tienen una cierta forma
del Padre Ignacio, impresa en aquel librito que a Vuestra Señoría
Ilustrísima debe ser conocidísimo. Pero de ello, seguramente, tendrá
pleno conocimiento”[47].
Más adelante añade: “También, después de su conversión, San Carlos se
complacía en tomar por guía en sus ejercicios espirituales a los hijos
de aquel que había sido el providencial inventor”[48].
Y transcritas las cartas inéditas del mismo San Carlos, el cardenal
Pallotti extracta lo siguiente: “El prudentísimo Carlos se había hecho
un maestro no sólo en practicar los ejercicios, sino en darlos, y se le
agregó al directorio formado para esto. De tal directorio es el
ilustrísimo Ratti el primero en dar la noticia, y para formar este
directorio se valió San Carlos de aquellas notas que Ignacio tomó de
muchos libros y las puso en el suyo, las cuales no cabe duda que tienen
gran mérito para este directorio”.
A este propósito dice el cardenal Ratti:
“Nuestro San Carlos dirigió la mano y la vista de aquel primer
directorio ignaciano, y, recogiendo los dispersos elementos y
coordinándolos e iluminándolos a veces con títulos y didascalias, llegó
a componer un cuerpo solo. Coincidiendo con el título que la misma mano
de San Carlos escribiera a la cabeza del Código, hallamos recogidos
todos, y solamente aquellos signos, aquellas reglas y notas que se
refieren al oficio y la labor del director, y omite todos los demás. Los
diversos textos están tomados y transcritos textualmente del volumen”:
_Exercitia spiritualia a R. admodum in Christo Patre Nostro M. Ignatio
de Loyola, Societatis Jesu, institutore. et. primo, generali,
praeposito auctore._ Vianae Austriae in aedibus Caesareicollegii dictae
Societatis. Ano Domini 1563[49].
Habla después el cardenal Ratti de otro manuscrito encontrado, del cual
hace un nuevo argumento sobre el juicio anterior, diciendo:
“De ahí el amor y el estudio que él (San Carlos) había hecho de los
ejercicios de San Ignacio, y el método a que se sometía su aplicación.
Por lo demás, era bien natural, por no decir felizmente inevitable, que
tal ocurriese. Un libro como los _Ejercicios_, de San Ignacio, que casi
de repente se afirmó e impuso como el más sabio y universal código de
gobierno espiritual de las almas, surgiendo inagotablemente de la piedad
más profunda, a la vez que más sólida, que era estímulo irresistible y
guía segurísima para las conversiones y para la más alta espiritualidad
y percepciones; un libro así no podía dejarse de colocarse en primera
fila entre los predilectos de nuestro Santo, en el cual revelaba el
genio característico, sus más nobles aspiraciones, y, en una palabra,
todo un espíritu”[50].
Y, para dar término a tan valiosos testimonios, habremos de aportar como
broche de oro, el _Breve_, publicado por el ya Pontífice Pío XI (antes
cardenal Ratti), en el que declara a San Ignacio de Loyola patrono de
los _Ejercicios Espirituales_, fuente y perfección, y que tantas almas
han ganado a Cristo de los que de Él vivían alejados y a otros les ha
hecho subir a las cumbres de la Santidad:
“El principal cuidado de los Sumos Pontífices fué siempre recomendar,
con las mayores alabanzas, y promover con vigorosas excitaciones, todo
aquello que, en gran manera, ayudase y condujese a la piedad y a la
perfección cristiana.
“Ahora bien; entre los diversos auxilios de este género, reclaman lugar
principalísimo los _Ejercicios Espirituales_, que introdujo en la
Iglesia San Ignacio, llevado por cierto divino instinto.
“Porque, aunque, gracias a la benignidad de Dios misericordioso, nunca
faltaron quienes, penetrando profundamente en las cosas celestiales, las
propusiesen convenientemente a la consideración de los fieles de Cristo;
sin embargo, San Ignacio fué el primero que, en el librito compuesto por
él, cuando todavía estaba desprovisto de letras, y al cual llamó él
mismo _Ejercicios Espirituales_, comenzó a enseñar cierto método y
manera especial de practicar los retiros espirituales, por medio del
cual método fuesen maravillosamente ayudados los fieles a detestar sus
pecados y disponer santamente su vida, con el ejemplo de Cristo Nuestro
Señor.
“Y, gracias a la eficacia de este método ignaciano, se ha conseguido que
la suma utilidad de estos ejercicios, según afirmó nuestro predecesor,
de preclara memoria, León XIII, esté ya comprobada por la experiencia de
tres siglos..., y por el testimonio de todos los varones que más han
florecido durante ese tiempo en la enseñanza de la ascética o en
santidad de costumbres[50a].
“Y, además de tantos varones tan ilustres en santidad, aun de la misma
familia ignaciana, que han declarado abiertamente haber sacado toda su
virtud de esta como fuente de los _Ejercicios_, plácenos recordar, por
lo que toca al clero secular, a aquellos dos luminares de la Iglesia,
San Francisco de Sales y San Carlos Borromeo. El primero, para
prepararse a la consagración episcopal, se entregó diligentemente a los
ejercicios ignacianos, y en ellos fué donde se impuso de aquel método de
vida que siempre guardó después, conforme a los principios acerca de la
reforma de vida, escritos por San Ignacio en su libro.
“Por lo que hace a San Carlos Borromeo, cierto es, como afirmó Nuestro
Predecesor, de feliz memoria, Pío X[51] y Nos mismo demostramos antes de
Nuestro Sumo Pontificado, publicando documentos históricos, que habiendo
esperimentado en sí mismo la eficacia de estos Ejercicios, por los
cuales había sido impulsado a vida más perfecta, divulgó el uso de ellos
entre el clero y el pueblo. Y, entre los santos varones y mujeres de
Ordenes religiosas, basta con citar, por ejemplo, a aquella maestra de
altísima contemplación, Santa Teresa de Jesús, y al hijo del Seráfico
Patriarca, San Leonardo de Puerto Mauricio, el cual estimaba en tanto el
librito de San Ignacio, que confesó haberlo seguido siempre al ganar
almas para Dios.
“Habiendo, pues, los Romanos Pontífices aprobado solemnemente, desde su
primera edición, este libro, aunque de poco tomo, realmente
“admirable”[52] y colmándole de alabanzas y robusteciéndole con
autoridad apostólica, no dejaron, después, de aconsejar su uso
derramando sobre él los tesoros de las santas indulgencias y honrándole
sucesivamente con nuevas alabanzas.
“Por tanto, estando Nos persuadidos de que los males de nuestros tiempos
se derivan, en gran parte, de que ya no hay quien medite dentro de su
corazón[53]; y convencidos de que los Ejercicios Espirituales, hechos
según las enseñanzas de San Ignacio, son eficacísimos para vencer las
terribles dificultades que atormentan hoy a la sociedad humana; y
conociendo bien la consoladora cosecha de virtudes que se recoge en los
retiros espirituales, así entre las comunidades religiosas y sacerdotes
seculares, como entre los seglares y--cosa digna de singular mención,
principalmente en nuestro tiempo--aun entre los mismos obreros,
deseamos, con la mayor vehemencia, que cada día se difunda más el uso de
estos Ejercicios Espirituales y sean cada vez más numerosas y
florecientes esas casas de piedad adonde, como para prepararse a la
palestra de una perfecta vida cristiana, se retiran los fieles un mes
entero, u ocho días, o algunos solamente, no pudiendo otra cosa.
“Esto rogamos a Dios por el amor de Nuestra Santa Iglesia; y accediendo
Nos mismo en este año en que se celebra el tercer centenario de la
canonización de San Ignacio, y el cuarto de este áureo libro; deseando,
pues, dar al Santo Patriarca clara señal de Nuestra gratitud, siguiendo
el ejemplo de Nuestros Predecesores, que designaron los Patronos y
Tutelares de otros Institutos, oídos en Consejo Nuestros Venerables
Hermanos los Cardenales de la Santa Iglesia Romana puestos al frente de
la Sagrada Congregación de Ritos, con Nuestra Autoridad Apostólica,
_declaramos, constituímos y proclamamos a San Ignacio de Loyola Patrono
de todos los Ejercicios Espirituales_, y, por tanto, de las fundaciones,
cofradías y asociaciones de cualquier género consagradas a los que
practican los Ejercicios Espirituales.
“Y decretamos que estas Nuestras Letras son y serán siempre firmes,
válidas y eficaces, y tengan y produzcan sus plenarios e íntegros
efectos, sin que valga ninguna otra cosa en contrario.
“Dado en Roma y en San Pedro el año del Señor 1922, el día 25 del mes de
julio, en el año primero de Nuestro Pontificado.
“Pío XI.”
DE LAS FUENTES DE LOS “EJERCICIOS”
No podemos sustraernos a tratar de esta importante cuestión, ya que son
muchos los autores que divagan sobre el particular.
De dos clases pueden considerarse las fuentes de donde tomó San Ignacio
la doctrina y las materias que incluyó en su libro: las internas y las
externas.
En cuanto a las primeras, no cabe dudar que fueron la inspiración de
Dios, la unción del Espíritu Santo, al decir del Padre Polanco, de la
lectura de la Sagrada Escritura y de una intensa, aunque corta, vida
espiritual, según el Papa Paulo III[54].
Por lo que hace a las segundas, recogeremos las opiniones más
autorizadas, a fin de no errar en cuestión tan importante.
El P. Yepes afirma lo siguiente: “Comunicóle los Ejercicios que escribió
Fray García de Cisneros, y éstos llevó consigo el Padre Ignacio a
Manresa; en ellos se ejercitaba los primeros años de su conversión, y
éstos enseñaba a los que al principio le comunicaban, y destos se
aprovechó en los años de adelante, cuando habiendo oído arte y Teología
compuso aquel tan docto y provechoso de los _Ejercicios_”[55].
Y más adelante dice: “Después, cuando ya vino a ser hombre perfecto y
consumado, docto en artes y Teología, hombre de grande espíritu,
poderoso en obras, palabras y escritos, puso, quitó y añadió muchas
cosas en el Ejercitatorio que le habían dado en Monserrate, y acomodóle
a su instinto y modo de vivir con que hizo tanto provecho en el mundo, y
con sus hijos y discípulos hacen tan extraordinarios efectos”.
El propio Santo dice que en Manresa recibió grandes beneficios de Dios.
“Una vez--añade--yua por su deuoçion a una yglesia, que estaua poco mas
de una milla de Manrresa, que creo yo que se llama Sant Pablo, y el
camino va junto al río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado se le
empeçaron a abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna
visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas espirituales, como de
cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustraçion, que le pareçian
todas las cosas nueuas. Y no se puede declarar los particulares que
entendió entonces, aunque fueron muchos, sino que reciuió una grande
claridad en el entendimiento; de manera que en todo el discurso de su
vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas
aya tenido de Dios, y todas cuantas cosas a sabido, aunque las ayunte
todas en uno, no le pareçe aber alcançado tanto, como de aquella voz
sola”[56].
Por lo que hace a la experiencia de la vida espiritual, el P. Palma sacó
de los escritos del P. Ribadeneyra lo siguiente: “Quien considere la
oración que tenía nuestro Padre en este tiempo, las penitencias que
hacía (habla de cuando estaba en Manresa), la mortificación en que se
ejercitaba, las tentaciones que había padecido y las victorias que había
alcanzado, y las consolaciones e ilustraciones con que Nuestro Señor le
visitaba, hallará que todo esto era tanto y en tan alto grado, que no
solamente pudo escribir un libro tal como decimos, sino que, habiendo de
escribir, no podía ser sino que el libro de este género fuese muy
acabado y perfecto”[57].
Y poco más adelante dice:
“Tenía ya experiencia del consuelo interior y del desconsuelo, de la
devoción y de la sequedad, de la alegría del espíritu en el ejercicio de
la penitencia y mortificación, y de la contradicción y repugnancia de la
carne, y, finalmente, había probado los malos espíritus que como vientos
turbian el corazón del hombre; y en una borrasca, nacida de los
escrúpulos, se había visto en punto de anegarse, y, con la gracia de
Dios, había salido bien de todo y había cobrado ánimo y destreza de buen
marinero y piloto experimentado para gobernar su navío entre estas olas
y tempestades, hasta ponerle en puerto seguro por medio de la fe y
confianza y conformidad con la voluntad de Dios.”
Hizo San Ignacio los _Ejercicios_ teniendo a Dios por principal maestro,
y así lo confesaba él a Consalvio de Cámara, cuando decía: “En Manresa
no tuve a otro maestro que a Dios, pues no tuve otra persona que me
enseñara”.
Esto los autores lo llaman con varios nombres:
Nadal: “Beneficio e instinto de Dios”[58]. Polanco: “Doctrina recibida
de Dios y ungida por el Espíritu Santo”[59]. Suárez: “Gran auxilio de
Dios[60], rayos de luz divina[61] y unción del Espíritu Santo”[62]. Y
los jueces de la Rota, Ludovico, Manzanedo y Panfilio: “Conocimiento y
luz sobrenatural infusa”[63]. Y, más adelante[64], dicen: “Estos
_Ejercicios_ están llenos de piedad y santidad y fueron hechos en aquel
tiempo en que el B. Padre carecía de instrucción, por lo cual se ve que
más fué conocimiento e inspiración sobrenatural infusa que adquirida por
los estudios”.
El P. Debuchy dice: “Sans cette grace la composicion des _Exercices_
reste un mystéree”, y el P. Ludovico Pastor dice que es admirable que un
hombre guerrero, que tan sólo aprendió a leer y escribir, haya podido
hacer esta obra, en la que presenta con tanta claridad, con tan alta
doctrina y con tan gran fuerza, los distintos estados del alma. Añade
que el propio San Ignacio y sus primeros alumnos se ve que fueron
inspirados por el Espíritu Santo[65].
El P. Ludovico de Palma, aunque dice que no quiso Dios enseñar de súbito
a Ignacio, ni le infundió por revelación la doctrina de los
_Ejercicios_, afirma, sin embargo, que tuvo por maestro a Dios, pero fué
aprendiendo no súbita, sino paulatinamente,
[Illustration: LA VÍRGEN SANTÍSIMA DICTANDO A SAN IGNACIO LOS
«EJERCICIOS»]
instruyéndose durante el tiempo que estuvo en Manresa, y procuró salir
un gran maestro[66].
DE LA AYUDA QUE LA SANTÍSIMA VIRGEN LE PRESTÓ PARA ESCRIBIR LOS
“EJERCICIOS”
Son muchos los autores que afirman que San Ignacio recibió, durante el
tiempo que estuvo en Manresa, las visitas de la Virgen, y que le dictaba
los _Ejercicios_.
Sin embargo de esto, en la gran obra _Monumenta Ignaciana_ se dice que
esta doctrina se tiene como probable, pero no nos atrevemos a tomarla
como segura[67], aunque esta tradición ha venido creyéndose durante
cuatro siglos y hasta se han hecho pinturas y esculturas en las que se
representa a San Ignacio escribiendo sobre una roca y la Virgen,
teniendo sobre sus rodillas al niño Jesús y asido con sus divinas manos
por debajo de los sobacos, en actitud de dictar a San Ignacio.
Ningún documento fehaciente que acredite esto dejó San Ignacio, y el
único testimonio, que algunos autores atribuyeron a Laynio, no se ha
encontrado aún[68].
Únicamente ha llegado hasta nosotros una narración del P. Gonzalo de
Cámara, que afirma oyó de labios de San Ignacio, y que racionalmente se
ha venido admitiendo, los siguientes extremos:
“Primero. Que Dios enseñaba a San Ignacio como un maestro enseña a su
discípulo, porque no tenía quien le enseñase.
“Segundo. Muchas veces y por mucho tiempo, estando en oración, veía con
los ojos interiores la humanidad de Xpo.
“Tercero. A Nuestra Señora también a visto en símil forma.
“Cuarto. Estas cosas que a visto le confirmaron entonces (cuando se
encontraba en Manresa) y le dieron tanta confirmaçion siempre de fe, que
muchas veçes a pensado consigo etc.”[69].
De todo lo cual se deduce como cierto: que San Ignacio escribió los
_Ejercicios_ en Manresa, teniendo cierta ilustración sobrenatural; que
en Manresa sólo Dios fué su maestro y ningún otro hombre de los mortales
(lo cual no significa que San Ignacio nada aprendiera de los hombres,
sino que ningún hombre puede atribuírse este nombre de maestro de
Ignacio); que muchas veces vió a Jesucristo, y, aunque San Ignacio no
dice cuántas veces vió a la Virgen María, si eran más o menos frecuentes
sus visitas, pero afirma que vió a ambos; y, así, dice[70]: “Y con
sollozos sintiendo seer la Madre y el Hijo intercesores..., viendo y
sintiendo los Mediadores...”
El P. Juan Creixell, S. J., asegura, por último, que San Ignacio recibió
auxilio directo de Cristo y de la Virgen para escribir los
_Ejercicios_.