Pero dejemos hablar sobre estos particulares a quien tiene l

SAN IGNACIO DE LOYOLA

BIBLIOTECA FILOSÓFICA

LOS GRANDES FILÓSOFOS ESPAÑOLES

SAN IGNACIO DE LOYOLA

BIOGRAFÍA.--BIBLIOGRAFÍA.--SU DOCTRINA FILOSÓFICA

EXPUESTA EN LOS «EJERCICIOS ESPIRITUALES».--INFLUENCIA

DE ÉSTA EN EL MUNDO.

POR

BENJAMÍN MARCOS

(CABALLERO DEL PILAR)

CON UN PRÓLOGO DEL

ILLMO. SR. D. ENRIQUE VÁZQUEZ CAMARASA

Canónigo Magistral de la S. I. C. de Madrid

y Caballero del Pilar

MADRID

1923

IMPRENTA DE CARO RAGGIO: MENDIZÁBAL, 34, MADRID.

[Illustration: _DEDICATORIA_

_A los caballeros de la Congregación de Nuestra Señora del Pilar y

de San Francisco de Borja._]

[Illustration: VERDADERO RETRATO DE SAN IGNACIO TOMADO DEL ORIGINAL QUE

PINTÓ ALONSO SÁNCHEZ COELLO]

IHS

[Illustration]

ALOCUCIÓN

_Si el estado de descomposición que presenta nuestra querida España es

grande, por lo que se refiere a los importantes problemas de

instrucción, moral e ideas, no lo es menos el que atañe al estado actual

de la Filosofía, puesto que parecen aumentarse de día en día los

vestigios del materialismo y escepticismo y se arraigan hondamente los

sistemas socialista, comunista y sindicalista._

_Por eso entendemos que este momento es el más oportuno para dar una

sabia y verdadera dirección a nuestra vida social, a nuestra Patria,

porque se hace preciso acabar con este período tormentoso en que nos

agitamos y nos ahogamos. Urge poblar las inteligencias, fortalecer los

corazones y entrar, con paso seguro, en una vida en la que predomine la

conciencia y la paz de espíritu[1]._

_Este es el momento en que podemos conocer la causa de tanta inquietud,

de tanto sobresalto; este es el instante en que podemos llegar a

descubrir si el amor desordenado a las concepciones sintéticas que, como

fuegos fatuos, distraen la atención de los pueblos, son férreos lazos

que encadenan el espíritu filosófico de nuestra Patria._

_La hora presente es la de saber si la conciencia puede revelarnos su

naturaleza racional y eterna, mandándonos, con la imperiosa y santa voz

de la verdad, que a la luz de la Ciencia miremos la vida entera, para

que cese la anarquía intelectual que hoy nos gangrena y podamos

encontrar todo lo que hay de racional en este ser, creado a imagen y

semejanza de Dios, principio absoluto de toda verdad y de toda ciencia._

_Nosotros, en nuestra pequeñez, deseamos, queremos, anhelamos colaborar

eficazmente a esta gran labor, a la que esperamos nos ayudéis con

vuestra cooperación moral y material; y de ahí que nos hayamos atrevido

a ofreceros esta obra, que, por ser nuestra, quizá no pueda llenar las

aspiraciones de los más exigentes, pero que, bien mirada, puede ser algo

así como un aliciente y una ayuda eficaz para completar aquélla._

_Porque, si uno de los medios más eficaces que han contribuído a la

transformación y regeneración de las costumbres, ha sido ese libro de

oro titulado EJERCICIOS ESPIRITUALES, de San Ignacio de Loyola, bien

puede considerarse también como un gran paso para esta obra social la

publicación de nuestro libro, en el que estudiamos esa_ Obra _admirable

desde el punto de vista filosófico, y, por ende, venimos en incluír al

Santo Fundador de la Compañía de Jesús entre los GRANDES FILÓSOFOS

ESPAÑOLES, pues en aquel libro encontramos teorías filosóficas

admirables y doctrinas divinizadas_.

_Por otra parte, San Ignacio quiso cumplir, al pie de la letra, aquello

del Redentor: “Salvar todo lo que se ha perdido, rescatar a las ovejas

descarriadas, encender al mundo en el fuego del amor de Dios y declarar

guerra abierta a Luzbel, que es el error”._

_Siendo esto así, bien se advierte cómo nuestra obra responde a un mismo

fin, y, por tanto, bajo su égida y la protección vuestra queremos poner

nuestro trabajo._

_Esto de un lado; de otro, que acaba de celebrarse bien solemnemente el

III centenario de la canonización del Santo Fundador; y ya que nuestro

deseo fué contribuír, en la medida de nuestras fuerzas, a la mayor

esplendidez de esta solemnidad y ensalzar aún más, si es posible, ese

nombre bendito, esa figura excelsa de nuestra Sacrosanta Religión y

gloria de nuestra Patria, faltándonos los medios materiales para dar a

la estampa en tan oportuna época este nuestro estudio, sirva como broche

de oro para cerrar con él estas fiestas, de las que tan gratos recuerdos

guardan sus devotos y la Nación entera, pues no habrá restado ello

interés, ya que la buena doctrina esparcida es siempre buena semilla,

para fructificar._

_Si, por tanto, aceptáis esta nuestra ofrenda humilde, nuestro único

galardón queremos que sea tan sólo la satisfacción de haber sido útiles

en algo y la de haber cumplido con un deber de ciudadanos, de católicos

y de hombres de conciencia, cooperando, con nuestros esfuerzos, al

engrandecimiento de nuestra Patria, al bien de nuestro prójimo, a la

mayor gloria de Dios y la de su Santa Iglesia, nuestra Madre

amantísima._

_Recibid, pues, esta ofrenda del último y más indigno de vuestro hermano

en Congregación._

_BENJAMIN MARCOS._

(Caballero del Pilar.)

Madrid, 12 de octubre de 1922, día de Nuestra Patrona, la Virgen

del Pilar.

PRÓLOGO

Si yo estuviera hecho a las lides periodísticas o supiese luchar con la

pluma tajante y con la tizona punzante, a buen seguro que podría salir

airoso de esta empresa o aventura, en la que me ha querido meter el

erudito autor de este libro, mi amigo el señor Marcos, figura

prestigiosa del periodismo español, luchador infatigable y avezado a los

estudios filosóficos, según lo viene demostrando en los dos primeros

volúmenes publicados en esta BIBLIOTECA, obra que merece los aplausos de

los estudiosos y la gratitud de los buenos españoles.

Pero no me ha sido dado este privilegio de escribir, y tan sólo la

oratoria sagrada ha invadido mi ser y mi alma toda, dedicándome por

entero a ella y deseando plegue a Dios que, con mi modesta, pero

incesante labor evangélica, consiga conquistar muchas almas para la

eterna bienaventuranza.

Por eso temo que estas breves líneas con que el señor Marcos,

congregante fervoroso del Pilar, quiere que encabece su meritísimo

trabajo, no responda a lo que de mí espera, puesto que _nemo dat quod

non habet_, y yo no tengo lo que de mí quiere y desea.

Autor y lector me habrán de perdonar estas consideraciones que voy a

hacer respecto a la obra de mi ilustre hermano en Congregación.

* * * * *

Siéntese desde que se empieza a leer este libro algo así como una

efusión espiritual, como una fruición interna, pues comienza

presentándonos un cuadro real y exacto del estado social moderno, bien

que basado en palabras de la más alta autoridad de la Iglesia, de

nuestro Santísimo Padre el actual Pontífice, cuya primera carta

encíclica, _Arcano Dei_, con la que ha inaugurado su pontificado, es

como una intensa luz que derrama raudales de irisaciones sobre toda la

faz de la tierra con su sabia y santísima palabra, reverbero de la luz

increada, destello del Perínclito Espíritu, eco de la voz del Eterno.

Pero, no contento con esto, el señor Marcos va caminando poco a poco por

la senda de los razonamientos y nos jumenta las facetas distintas o

estados diversos del hombre espiritual, y aun material, ya sea su anhelo

compenetrarse con la soberana Belleza y la infinita Santidad, ya sea su

deseo tan sólo mirar a las cosas de la tierra entendiendo que _ex nihilo

nihil fit_, y, por tanto, el hombre, que es sólo polvo, ceniza--_memento

homo quia pulvis est et in pulverem reverteris_--, en eso quedará

convertido _in aeternum_, puesto que, según los materialistas, el cuerpo

humano en ninguna de sus partes tiene señales del posarse del alma,

espiritual, inmaterial, incorpórea.

* * * * *

Esto en cuanto a la introducción que el autor hace de su obra.

Pasando a la primera y segunda parte, o sea a la biografía y a la

bibliografía, sólo habremos de decir cuan bien se advierte la erudición

que atesora el señor Marcos, pues los libros que cita, los testimonios

que aduce, las opiniones que aporta al tratar de la inspiración de los

_Ejercicios Espirituales_, de San Ignacio, obra es de un concienzudo y

meditado estudio y de un tenaz rebuscamiento, buceamiento de datos,

textos y autores, que acusan un amor vehemente al estudio y estar

acostumbrado ya a esta busqueda.

El libro de San Ignacio, el que inmortalizó su nombre y fué como la

piedra angular de esa Ínclita Orden que se llama Compañía de Jesús, no

cabe duda--como prueba el autor--que es verdaderamente universal,

semilla que, diseminada por todo el orbe católico, y aun infiel, ha dado

tan ópimos frutos, que ha estrellado de santos el cielo y ha llenado de

sabios el mundo, pudiéndose aplicar a esta Compañía y al libro inmortal

lo que decía el gran Tertuliano de los cristianos: _Somos de ayer y ya

lo llenamos todo: templos, calles, plazas, etc._

De ahí que hayan tenido para el fundador y para su gran obra (la

Compañía y los _Ejercicios_) frases inspiradísimas y encomiásticas los

papas, los sabios, los hombres de ciencia, aun heterodoxos, y no hay que

decir los católicos.

Y, como libro inspirado por Dios, ha logrado el máximo de perfección, ya

en su letra, ya en su espíritu, pues de tal manera, leyéndolo, se va

infiltrando en el alma el sentimiento del amor a Dios, la virtud santa,

el deseo de bien obrar, el temor de perder al Bien Sumo, el ardimiento

por adorar a Jesús en el augusto Sacramento, la devoción bella y tierna

de Nuestra Madre la Virgen María, que, como escalones, van formándose en

el espíritu por los que el alma cristiana va acercándose cada vez más a

la Única y Suma Verdad y a la Incomparable Belleza.

Libro mágico, a cuyo conjuro, los más empedernidos pecadores, los más

enfangados en el vicio, los más descreídos, han caído de rodillas,

llorando sus culpas, detestando sus extravíos, confesando su error; y

así comenzando y después siguiendo por el verdadero arrepentimiento, por

la penitencia austera, por el firme propósito, han llegado al amor, a la

virtud, al deseo del sacrificio y hasta a la íntima unión con el Sumo

Bien, con la Divinidad increada y de todo creadora.

* * * * *

Ahora bien; el señor Marcos ha hecho un verdadero alarde de erudición en

su parte tercera, en la que estudia, desde el punto de vista

filosófico, el libro inmortal del _Ermitaño de Manresa_--como llama a

San Ignacio--, pues, basándose en sanas teorías de autores cristianos, y

aun profanos, deduce conclusiones verdaderamente sorprendentes,

admirables y lógicas.

Claro es que por ellas él afirma que puede catalogarse _desde hoy_ a San

Ignacio entre los GRANDES FILÓSOFOS ESPAÑOLES, teoría que no nos

atrevemos a compartir en absoluto.

San Ignacio fué un inspirado, un iluminado, como Teresa, como Francisco

de Asis, etc., etc.; pero no sabemos si, fuera de esa inspiración,

hubiera podido escribir, como lo hizo en aquel entonces, carente de

cultura básica y fundamental, pues posible fuera que ni siquiera hubiera

sabido razonar filosóficamente las verdades eternas, y menos las

metafísicas. Esto, claro es, en el terreno especulativo.

Ahora bien; existe un hecho, y es que el libro está ahí henchido de

doctrina filosófica, en sus razonamientos, en la forma de sentar las

premisas y sacar las conclusiones verdaderas, en el estudio psicológico

del humano corazón, en la metafísica de su doctrina y hasta en la

Teodicea de sus inspiradas meditaciones.

Y, siendo esto así, en el terreno práctico, no se le puede negar al

señor Marcos el derecho a formular esta aseveración, que prueba

suficientemente, y hasta consideramos de justicia, el que se le dé al

Santo Fundador el calificativo de _gran filósofo_ por este su libro, que

es como el río de oro que va surcando las conciencias todas y todos los

corazones, en los que florecen al contacto de la frescura de esas aguas,

purísimas y virginales, las virtudes más hermosas de obediencia,

castidad y pobreza, trinidad augusta que forman el triángulo del alma

santificada y aureolada por ellas; espejo donde puede verse a Dios tal

cual es, para temerle, para amarle y hasta para enamorarle y con Él

compenetrarse íntima y eternamente.

No hemos, pues, de discutir al autor de este libro el mérito de su

trabajo ni de su ingenioso descubrimiento, y más de admirar es el que un

seglar haya parado mientes en esta faceta, en este aspecto, nuevos por

completo, y haya salido tan airoso de su empresa.

Claro es que el señor Marcos tiene otros hábitos y otras virtudes que le

permiten hacer este alarde.

Por último; si miramos, no ya a la parte técnica del libro, llamémosla

así, a la que se refiere a la Filosofía, sino al estilo literario,

quedaremos perplejos, sin saber cuál de las dos cosas habremos de

admirar más en este trabajo, si el fondo o la forma. Yo no sé decirlo,

como no sé aquilatar lo bastante el mérito de este trabajo, pues que los

encuentro iguales en belleza, en intensidad, en emotividad, en galanura.

Quede esto para los eruditos, para los hombres de ciencia, pues yo no he

podido hacer otra cosa que poner mi granito de arena en este colosal

edificio que se intenta construír, y quiera Dios que le veamos

terminado, pues esta BIBLIOTECA sería una perla más, colocada en la

corona inmarcesible de la ciencia filosófica española.

Madrid, 10-3-23.

INTRODUCCIÓN

PROMESA CUMPLIDA.--NUESTROS PROPÓSITOS. LA GRAN CAMPAÑA

SOCIAL.--ESTADO SOCIAL Y FILOSÓFICO DE NUESTRO SIGLO.--INFLUENCIA

BENÉFICA DE LA FILOSOFÍA.--LOS «EJERCICIOS», DE SAN IGNACIO,

ENCIERRAN LA VERDADERA FILOSOFÍA.

Sin duda habrás pensado, lector amigo, que la _Biblioteca Filosófica_ de

los GRANDES FILÓSOFOS ESPAÑOLES, iniciada en 1914 con el primer tomo

dedicado a FRANCISCO DE VALLES (el Divino), había quedado en promesa,

quizá por falta de energías o por falta de decisión en los autores.

No ha sido así, y porque te debo una explicación de esta tardanza de

nueve años en reanudar la publicación de los tomos sucesivos al primero,

de esta Biblioteca, he de dártela cumplida.

Aparte de las dificultades económicas que se han presentado a mi paso en

estos años, impidiéndome dar a la estampa y a la publicidad éste y los

sucesivos volúmenes, la guerra europea vino a conturbarnos más aún, pues

tal situación se creó a las industrias del papel y del libro, que no

permitían otros dispendios y otras atenciones que las más perentorias y

las más apremiantes.

Y una desgracia mayor vino a entorpecer mi propósito. Fué ésta la muerte

prematura de mi querido e inolvidable amigo y colaborador D. Eusebio

Ortega, que, víctima de ese terrible azote que tantas vidas siega en

flor, sucumbió cuando le sonreía un porvenir brillante, ganado por su

trabajo, por su talento, por su actividad y por sus simpatías.

Alma hermosa, corazón bueno, pasó por este mundo haciendo sólo bien.

Dios Nuestro Señor habrá acogido su alma en el seno de la gloria, pues,

al decir de San Agustín: tuvo una muerte tan santa como había sido su

vida: _sicut vita finis ita_.

Creo, pues, un deber no sólo de compañerismo, sino de conciencia,

rendirle, con esta ocasión, un tributo de admiración y de cariño.

Colaboró con gran talento, y dispuesto estaba a continuar esta obra; mas

el hombre propone y Dios dispone, por lo cual habremos de repetir con

el poeta:

Dios lo ha querido así,

Bendito sea[2].

Esta pérdida, para mí casi irreparable, ha hecho que mi trabajo fuese

más lento, más intenso, y que mi labor se dilatara más, ya que, sin

colaboración de nadie, he tenido necesidad de invertir doble tiempo, en

la preparación de este tomo, al que empleamos en el anterior.

También, merced a esta pérdida tan por mí llorada, notarás, quizá,

algunas deficiencias que sabrás perdonar, así como la tardanza en salir

a la luz pública, amén de otras causas de índole puramente económica con

que he tropezado.

Subsanadas hoy, gracias a Dios, y esperando obtener el éxito que obtuvo

el primer tomo[3], me encomiendo a tu juicio severo, pero imparcial y

justo.

* * * * *

Si, por un espíritu de sutileza o por un deseo de notoriedad, alguien

se hubiera atrevido a entrar en las regiones de la ciencia filosófica

para estudiar la obra escrita por el cenobita de Manresa, titulada

_Ejercicios Espirituales_, de San Ignacio de Loyola, seguramente se le

hubiera tachado, no ya de temerario, sino de iluso o de fantástico.

Y, sin embargo, he aquí nuestro propósito en esta obra.

Fieles cumplidores de la misión que nos hemos impuesto, al comenzar

nuestra _Biblioteca filosófica_, y en el deseo de estudiar a LOS GRANDES

FILÓSOFOS ESPAÑOLES, entendemos como un deber moral estudiar a San

Ignacio de Loyola COMO FILÓSOFO.

Bien sabemos que se nos objetará diciendo que nada tiene el libro de los

_Ejercicios_ como sistema filosófico o como escuela; mas nosotros

entendemos que la filosofía es “_todo aquello que concierne a Dios, al

mundo y al hombre_”, pues así la definen algunos autores, y, por tanto,

la obra de Ignacio cabe, según más tarde hemos de probar, no sin

analizarla, dentro de la Filosofía.

Gran temeridad supone por nuestra parte tal empresa, por la que quizá

alguien nos califique de atrevidos; mas entendemos que si la Filosofía,

en la época presente, se ciñera, con exclusividad, a explicar los

fenómenos intelectuales y morales, valiéndose para ello de un principio

exclusivo, fácil sería concretar quiénes son los verdaderos filósofos;

mas la experiencia nos demuestra que la Filosofía se extiende a más

vastos horizontes y enseña de continuo que se debe mirar con

desconfianza el espíritu sistemático, puesto que tan sólo deja ver en

los hechos la parte que se relaciona con la doctrina de ellos recibida.

El materialismo que arrastra, en los modernos tiempos, a sus secuaces a

la escuela sensualista, de un lado[4], y de otro los que consideran al

hombre como si fuese un espíritu puro, han hecho que cuantos al estudio

de la Filosofía se dedican procuren huír de los opuestos principios, ya

que bien conocido es el axioma: _in medio consistit virtus_.

Por otra parte, esta falta de convicciones, este vaivén de inteligencias

que caracteriza a la generación moderna, esta babel de teorías y de

métodos, hace que cuantos amamos la Ciencia, la Religión y la Patria nos

aunemos para emprender una cruzada que venza esa ola de materialismo

que, al decir de un gran pontífice, todo lo ha invadido[5], teniendo por

único fin la gloria de Dios y la grandeza de España, fin que se

propusieron siempre nuestros padres contra Mahoma cuando sostuvieron una

lucha cruenta durante siete centurias; fin que tuvieron nuestros

navegantes, nuestros descubridores, nuestros misioneros; fin que

llevaron a cabo siempre los españoles nobles cuyos nombres nadie borrará

del libro inmortal de la Historia, escritos con tinta sacada del

Corazón abierto de Jesús[6].

* * * * *

Esta gran campaña social y religiosa es menester llevarla a cabo para

entronizar a Dios en España y en el Mundo todo, pues desde que la

sociedad ha expulsado a Dios de su seno[7] parece que todo se ha

trastrocado, olvidándose los principios de la verdad.

Y España, que es la predilecta, la Nación mimada de Dios, la santificada

por la presencia en carne mortal, de su Madre Santísima, la Virgen del

Pilar, ha de ser la primera en acudir a este campo y dar la batalla

decidida al enemigo común[8].

Cierto que esta gran campaña social se inició en 1921 y tuvo en sus

comienzos una vibración estruendosa y una radiante perspectiva para

nuestra Patria; mas, a pesar del hermoso y admirable plan trazado y de

la entusiasta y fervorosa acogida que tuvo por el pueblo madrileño, y

podríamos decir que español, abortó apenas nacida. El rosicler que

apareció en nuestro cenit, llegó rápidamente al nadir.

¿A qué obedeció tal fenómeno?

¡Ah! Es que cuando un pueblo tiene por gobernantes hombres que ni prevén

las catástrofes, ni pechan con responsabilidades; cuando tiene por

gobernados a quienes ni cuidan de echar a esos hombres, ni castigarles,

cual merece su dejación, su torpeza, su ignorancia o su debilidad, y

aguanta paciente el derrumbamiento de nuestro poderío colonial y hasta

marroquí, nada de extraño habrá verle también impávido ante esta otra

maniobra política, indigna de hombres, no ya de políticos, que impide

por todos los medios llevar a cabo esta magnífica empresa que traía

consigo la reforma de las costumbres sociales y morales, vigorizando el

corazón, iluminando la mente y obligando a ejercitar la voluntad

decidida del pueblo español.

No se realizó, pues, esa campaña, con los augurios que de ella se hizo,

con las esperanzas que en ella se habían cifrado; pero, ¿se dejará, por

esto, de llevarla a cabo, aunque sea lenta, indirecta, pero enérgica,

insistentemente?

Queremos ser nosotros los promotores de ella y deseamos sea, con este

nuestro libro, el primer paso a realizarla, esperando ser secundados por

cuantos sientan en su pecho amor a España y en su espíritu cariño a la

Religión Cristiana[9].

Y ningún arma puede esgrimirse mejor que la Ciencia aunada a la doctrina

de Dios, pues que se transforma en el divino verbo, y, así como las

tinieblas desaparecen con la luz, así el error desaparecerá con la

verdadera ciencia[10].

Y ¿dónde hay más ciencia filosófica, ni más divinidad de palabra que en

los _Ejercicios_ de San Ignacio?

Ese libro, sólo comparable, después de la _Biblia_, con el _Kempis_ y

con el _Quijote_, por su universalidad y por su difusión, fué lo

bastante para matar el luteranismo y el protestantismo[11].

¿Por qué, pues, no estudiarle hoy, no ya como causa de esa milagrosa

transformación en la vida espiritual y material del hombre, y aun de las

sociedades, sino como campo de investigaciones filosóficas, como base

para fundamentar un sistema, como principio de creación de una escuela

en el sentido filosófico?

* * * * *

Muchas veces habremos sentido en el fondo de nuestro ser la dolorosa

agonía de este hombre interno que vive como emparedado entre nosotros,

porque el aire que necesita son las ideas, la sangre que debe animarle

son las convicciones razonadas; y las ideas y las convicciones en los

modernos tiempos--ha dicho un ilustre pensador--no dejan de ser sino

exquisitos manjares, reservados para pocos, y por los que suspira la

hambrienta inteligencia de nuestro pueblo.

Pues en el libro de Ignacio se nos pone bien claramente de manifiesto la

síntesis de toda esta doctrina, porque él nos muestra ese hombre que

llevamos dentro de nosotros mismos, y nos proporciona ideas nuevas,

sanas y saludables; convicciones firmes y arraigadas; pensamientos

honrados y altos y, con todo esto, sacia esta hambre y esta sed a todo

el que se acerca a su mesa.

Claro es que, como toda obra grande, los _Ejercicios_, de San Ignacio,

han dado lugar a grandes controversias y desorientaciones[12]; mas

también han producido en muchas inteligencias y en no pocos corazones

efectos bien saludables.

* * * * *

Movidos por esto habremos de presentar el cuadro de dudas, temores e

inquietudes que asaltan a la generación contemporánea cuando intenta

levantarse a la pura región de las ideas, y que son causa de ese

desasosiego, de esa contradicción en que vive Europa, y que hace que

presenciemos ese rápido y sangriento panorama de revoluciones y guerras

que han venido a confundir y trastrocar imperios, repúblicas y

monarquías.

Quizá nunca como en este siglo de vanidad y sutileza, de vacuidad y

erotismo, encontremos tendencias más opuestas, doctrinas más subversivas

y heterogéneas. Y es que el siglo XX, nacido en un cráter de revolución

y alimentado por una guerra, la más grande que registra la Historia en

sus anales, ha visto caer imperios de anchas fronteras que sucumbieron

al empuje de la Europa entera (¡que tanto fué menester para vencerlos!)

y escuchado atrevidas negaciones que han declarado desierto el Cielo,

por no decir desaparecido, huérfana o desolada la tierra, levantando

altares al Dios Exito y a la Diosa Fortuna.

Pero dejemos hablar sobre estos particulares a quien tiene la suprema

autoridad, a quien lo ve todo desde lo alto del Vaticano; cedamos la

palabra a quien mejor puede hacer uso de ella, por ser la más exacta y

la más fiel de la realidad; dejemos que hable, en fin, nuestro Santísimo

Padre Pío XI, pues él nos describirá la situación de Europa tal cual es,

con el verismo, con la realidad, con la amarga realidad que tanto apena

a su magnánimo corazón y su paternal sentimiento.

“Los hombres--nos dice en su primera encíclica[13]--, las clases

sociales y los pueblos no han encontrado la verdadera paz después de tan

tremenda guerra.

“Parecen escritas para nuestros días las inspiradas palabras de los

grandes profetas: Esperábamos la paz y no había bien; tiempos de

curación, y he ahí el temor y la turbación; esperábamos la luz, y he ahí

las tinieblas; esperábamos juicio, y no le hay; la salud, y se ha

alejado de nosotros.

“Las repetidas tentativas de estadistas y políticos para curar los males

de la sociedad, agitada y enferma, no han servido para nada.

“Otro mal mucho más deplorable es la misma trabazón social amenazada y

sacudida por hombres y partidos subversivos, principalmente por la

lucha de clases, que ya ha llegado a ser la enfermedad más inveterada y

mortal de la sociedad, que acecha todas las fuerzas vitales: trabajo,

industria, arte, comercio, agricultura, todo, en fin, lo que contribuye

al bienestar público y privado. De ahí las revoluciones y motines, las

reacciones y represiones, el manifestarse con amenazas y públicos

movimientos y aun con cubiertas rebeliones y otros desórdenes.

“Y, como si esto fuera poco, aumenta en el santuario de la familia la

corrupción y la licencia de las costumbres; el pudor de las mujeres y de

las niñas conculcado en licencia del vestido, de la conversación, del

lúbrico solaz de bailes inverecundos; con manifiesto insulto a la

miseria de los otros, haciéndose cada vez más provocadoras la

ostentación y la impudicia de aquellos que las repentinas ganancias

hicieron ricos, pero no mejores.

“Los hombres ya no son hermanos entre sí, como dicta la ley cristiana,

sino enemigos y extraños; se ha perdido el sentido de la dignidad

nacional y del valor de la persona humana, con el solo fin de gozar más

y mejor los bienes de esta vida, olvidando los bienes espirituales y

eternos; y para arrancarse esos bienes perecederos chocan rudamente y se

destrozan individuos y pueblos.”

¿No es ésta la verdadera visión de la realidad?

La voz del Pontífice ha resonado por todos los ámbitos del mundo y ojalá

haga enmudecer a los hombres y a los pueblos.

Y en medio de esta turbación general y de este espanto, de esta

confusión científica y de este círculo vicioso, se levanta la ciencia

filosófica, la verdad eterna, la voz de un hombre que habla a sus

hermanos como podría hacerlo el Redentor a sus hijos, Ignacio de Loyola,

y nos revela los derechos y deberes del hombre para con Dios, para con

sus prójimos, para consigo mismo.

Esto, claro es, sobrecoge a la humanidad y quizá la detenga en su marcha

vertiginosa de vicio y de crápula, abriendo ancha senda por donde camine

la civilización y el progreso, recogiendo, además, a cuantos caminan por

la vida sin rumbo, sin brújula, sin ideales, sin creencias, sin ciencia

ni fe, sin religión y sin Dios, sin timón, en fin, donde aferrarse,

porque son juguete del embate de las olas de las pasiones, de los

vicios, de una ciencia falsa, de una religión acomodaticia.

Ignacio consigue romper estos diques y valladares, y sacará de las

tinieblas a los que estaban cegados por falsas leyes, por principios

falaces, por instituciones ficticias, y conseguirá también evitar el que

unos, reclinados quizá en el seno del escepticismo, busquen el remedio a

sus males morales con el suicidio de la inteligencia; otros, invoquen a

la materia y miren con un amor profano a la tierra a la que han de

volver, juzgando que su destino limítase a que el cuerpo viva y crezca;

éstos, que amordazan la razón y la conciencia; aquéllos, mascullando

verdades racionales y destinos que el hombre ha de cumplir en su

terrenal existencia, haciendo ver a todos cómo buscando la vida del amor

divino y del temor a Dios se encuentra un gran lenitivo al angustioso

vivir que les atormenta.

Siguiendo a San Ignacio, cada cuál podrá declarar muy alto y muy

orgulloso cuál es el ideal de su vida, cuál la ley moral que acata y

con la que relaciona su existencia. Ya no habrá aquello de buscar, como

en la mayoría de las gentes se observa hoy en día, en prácticas externas

la satisfacción de las necesidades morales y religiosas, o creer indigno

de su alteza personal rendir acatamiento a verdades supremas y creerse

ligados con deberes externos tan sólo a los demás hombres; ni bastará,

tampoco, creer llenar su vida con verdades de sentido y de experiencia,

juzgando visión todo lo que se refiere al orden nacional, ni juzgar como

ley suprema de la vida acomodar sus actos a las exigencias sociales,

sino que hay que hacer el bien por el bien mismo, hacerse comprender de

todos por su caridad, por su sumisión, por su amor y por su abnegación.

De ahí que al estudiar esta portentosa vitalidad del espíritu de Ignacio

y al leer las páginas de sus _Ejercicios_ nos sintamos animados,

alentados, vigorosos y potentes para prestar auxilio a los náufragos de

ese inmenso Océano de la ciencia enciclopédica moderna y a animar a los

pocos que, con serena frente y ánimo resuelto, se lanzan al fondo de su

conciencia y buscan un punto de partida para perseverar, apoyados en él,

hasta poseer la verdad primera que sea verbo redentor en el mundo de la

inteligencia.

* * * * *

Cuando consideramos, pues, las diferentes luchas a que se ve condenado

el hombre en el curso de su vida, hasta llegar a conseguir la verdad,

ninguna nos parece más grande ni más angustiosa que la que libra para

vivificar su corazón y para ver con la luz clara el ideal esplendente en

que debe desenvolver su existencia.

Por esto, quizá, no sea tanto de extrañar este espíritu general de

tolerancia y benevolencia que reina en el examen y definición de las

doctrinas, pues bien se ve cumplida la sentencia de aquel poeta inglés,

Byron: _La ciencia es el dolor_; y remedándola, podríamos decir: “La

verdad religiosa es el continuo sacrificio del hombre”, pues que para

profesar esta doctrina se ha tenido que atravesar un purgatorio, en el

que, a veces, muere no sólo la inteligencia, sino también la propia

voluntad; y al través de esa predicación se comprende que aquellas

palabras son fruto nacido entre tormentas intelectuales, y, por eso,

hemos de acatar con respeto al hombre cuando vemos que abarca la sana

doctrina tras lucha titánica y prolongada con el error.

Y si descendemos al fondo de nosotros mismos e interrogamos a nuestro

espíritu sobre esta confusión, veremos que nos dice que no es otra la

causa que la falta de verdad en la Filosofía moderna[14].

He ahí por qué creemos casi imposible una existencia social donde falte

la concepción de las verdades eternas, y es imposible que se ande sobre

la base sólida en religión cuando se desdeña el culto de la Filosofía.

La Historia nos pone, además, de manifiesto, cómo todos los grandes

beneficios que la humanidad ha alcanzado han tenido su origen y han

provenido de las verdades filosóficas proclamadas por esta raza divina

que comienza en Sócrates y continúa perpetuándose, como gloriosa

dinastía, produciendo los hombres más venerandos de la humanidad.

Y esta verdad la vemos corroborada por la simple reflexión de las

verdades contenidas en el estudio de la Filosofía, y que son las que más

tarde surgen y se levantan como diosas en los distintos templos; y según

sea el carácter o sello que la Filosofía imprima en su frente, así será

el culto que se las tribute y la veneración en que se las tenga.

El derecho, la humanidad y la naturaleza son ideas y seres que la

Filosofía define y revela. De aquí nace, sin duda, que las generaciones

modernas busquen siempre en el estudio de la Filosofía la clave de los

problemas todos, que, como poderosas esfinges, se presentan ante su

vista y a su atención, sin que puedan conocerse de otro modo que por lo

esencial, lo eterno, lo necesario, lo racional: por eso la ciencia

moderna se consagra con tanto entusiasmo al estudio de la razón o al

órgano de las verdades absolutas, por cuyo medio es posible la ciencia,

pues sólo la razón, con la fe, puede darnos el conocimiento de Dios,

principio y fundamento de todo ser y de todo conocimiento; y por eso,

también, la ciencia filosófica y los psicólogos son considerados hoy

como forjadores de sueños, y la metafísica, algo así como esa evocación

de las vulgares supersticiones.

No ocurre esto con el libro de San Ignacio, tan combatido por el

incoherente Castelar, pues que en él forja, no sueños de la vida, sino

la realidad de la vida misma; y con esa lógica, con esa metafísica, con

esa psicología plasmantes, a través de las cuales presenta al hombre tal

y como es, con sus flaquezas, con sus debilidades morales, con sus macas

y con sus espirituales laceraciones, nos hace ver cómo en él se encierra

todo un cuerpo de doctrina filosófica y toda una escuela.

* * * * *

Muchas veces la Ciencia sólo nos cautiva en su parte de aplicación, y

las más de las veces cuidamos poco de los principios que la determinan;

pero inquirimos con solicitud sus aplicaciones a la vida social, y,

llevados por esta necesidad de obrar que nos atormenta, preferimos

siempre la solución concreta a las largas y laboriosas indagaciones

sobre la naturaleza; preferimos siempre la revelación a la demostración;

corremos fácilmente tras las brillantes creaciones de la fantasía, y

siempre nos encuentra recelosos y suspicaces al raciocinio[15].

Pero el libro de San Ignacio nos enseña la verdad; pues presenta siempre

ante nuestros ojos, no sólo al Dios del Diluvio y de Sodoma, sino que

también nos ofrece al Dios de la Bondad y de la Misericordia; pone en

los labios las terribles maldiciones de los profetas, pero lleva al

corazón las promesas gloriosas del Nuevo Testamento y de la Redención de

la Humanidad.

La doctrina, pues, que encierra ese admirable libro de San Ignacio es

bella, admirable y sublime.

“En pocas partes--dice Menéndez y Pelayo[16]--puede aprenderse tan bien

como en el libro de los _Ejercicios_, de San Ignacio, la diferencia

entre el bueno y el mal espíritu; el verdadero y el engañoso; como que

el conocimiento que allí se da no es tanto especulativo como práctico, y

más que para saber, para obrar.”

Y no es de extrañar; porque, elevado al seno de la Divinidad, fuente de

todas las perfecciones, y hablando Dios por él, ¡qué torrentes

admirables de verdad, de belleza y de sublimidad no se deslizan de su

pluma!

Bien quisiéramos llegar a la entraña de estas doctrinas filosóficas,

encerradas en ese libro de oro; mas quizá nuestras fuerzas no alcancen a

tanto, porque las obras de Dios sólo Dios puede explicarlas.

Las rayos del sol--dice un ilustre teólogo--, al atravesar un prisma, o

ciertos cuerpos, suelen descomponerse y tomar los colores de éstos.

Plegue al cielo que, antes de profanar la santa doctrina que ahí se

encierra, enmudezca nuestra lengua y se pare nuestra pluma.

Humildes, como somos, tenemos, sin embargo, el deseo legítimo de

permanecer incólumes ante tanta desorientación científica, y anhelamos

llevar los rayos de nuestra pequeña inteligencia por doquiera, pues

colocada sobre el celemín, de que habla el Evangelio, podrá irradiar, no

por la propia fuerza, ni por el impulso propio, que no los tiene, sino

por la fuerza y el impulso que la preste la verdad que defiende, la

ciencia que la alimenta, la razón que la apoya y la fe que la vivifica.

En esto, fiados, emprendemos nuestra obra y esperamos salir airosos de

ella, pues, como dice el castellano adagio: “¡Dios sobre todo!”

Madrid, 19-III-XXII.

[Illustration: CASA SOLAR DE LOYOLA.

DONDE NACIÓ SAN IGNACIO]

BIOGRAFÍA

PARTE PRIMERA

BIOGRAFÍA

DE LOS

«EJERCICIOS ESPIRITUALES»

DE

SAN IGNACIO DE LOYOLA

[Illustration: VISIÓN DE LA COMPAÑIA POR SAN IGNACIO

(CUADRO DEL SR. CERVERA, CABALLERO DEL PILAR, QUE ADORNA EL SALÓN DEL

CIRCULO, EN MADRID)]

PREÁMBULO

CARACTERÍSTICAS O PARTICULARIDADES DEL LIBRO DE LOS «EJERCICIOS

ESPIRITUALES» DE SAN IGNACIO.--ARGUMENTO.--NEXO DEL

LIBRO.--OPINIONES AUTORIZADAS ACERCA DE LA BONDAD DEL LIBRO.--LA

IGLESIA Y LOS ÚLTIMOS PAPAS.--FUENTES INTERNAS Y EXTERNAS EN QUE SE

INSPIRÓ SAN IGNACIO PARA HACER ESTE LIBRO.

En esta sección del libro, y siguiendo la norma que nos trazamos desde

el primer tomo, daríamos una ligera biografía de nuestro

escritor-filósofo; mas como sería alardear de dotes que no tenemos y de

recursos bibliófilos de que carecemos, el hacer una biografía aportando

datos y noticias nuevas acerca de su vida, siendo esto más reprochable,

cuando San Ignacio ha tenido tantos y tan grandes varones sabios que le

han dado todo el relieve a su figura insigne y universalmente conocida,

al escribir con su pluma esas obras tan bellas y admirables como las del

Padre Ribadeneira, Padre Mir, etc., renunciamos a hacerlo.

Por otra parte, como ni nada nuevo podíamos añadir, ni podíamos escribir

mejor que ellos, hemos creído lo más acertado no dar esta reseña

biográfica, remitiendo al lector a aquellos varios autores de los que

damos, en su lugar, extensa reseña, lo más exacta que nos ha sido

posible.

Así, pues, nos ocupamos de la biografía del libro inmortal _Ejercicios

Espirituales_, base de todo nuestro trabajo, y en la que hemos recogido

datos bien interesantes y que no serán conocidos, pues, si están

publicados en el _Monumenta_, como su lenguaje es el latino, no habrá

llegado a muchos, aun devotos y amantes de saber estas cosas.

De ahí también que hayamos querido completar esta sección, y creemos que

será del agrado del lector, de por sí siempre, y naturalmente, curioso.

BIOGRAFÍA DE LOS “EJERCICIOS”

En dos partes, pues, hemos dividido esta sección: en la primera

analizamos las características o particularidades del libro de los

_Ejercicios_; en la segunda damos a conocer los biógrafos y

comentaristas de este libro del Santo Fundador y Filósofo.

De esta manera se completará la biografía que nos proponemos hacer y que

queremos sea lo más perfecta posible.

PARTE PRIMERA

En todo libro bien escrito han de encontrarse tres partes; a saber:

introducción o argumentación, nexo o cuerpo de doctrina y apéndices o

ampliaciones en el desarrollo de las teorías que se exponen para su

mejor esclarecimiento.

En el libro de San Ignacio se ven claramente estas divisiones, cuales

son: prefacio, cuerpo y apéndices.

En el prefacio se hace una cumplida explicación de cómo deben hacerse

los Ejercicios y da reglas, por las que han de guiarse director y

ejercitando para sacar mayor provecho espiritual de ellos.

En el cuerpo están las meditaciones todas, que se hallan subdivididas

en cuatro semanas; y en los apéndices se exponen los tres modos de orar;

los misterios de la vida de Cristo[17]; las reglas para distribuír mejor

las limosnas, para conocer y desechar los escrúpulos, para distinguir si

nos guía el espíritu bueno o el malo, y, en fin, para sentir y obrar

conforme desea la Santa Madre Iglesia.

Bien se advierte que esta doctrina no fué inventada por San Ignacio,

sino que es tan antigua como la Iglesia Católica, y bien lo da a

entender el sabio jesuíta P. Suárez, cuando dice que todos los autores

cristianos han sostenido, defendido y aceptado estos sistemas y estos

principios[18].

El P. Alfonso Rodríguez, S. J., tomó no pocos pasajes de los

_Ejercicios_[19] e igual hizo el P. Luis de Palma en sus obras, _Camino

espiritual, de la manera que lo enseña el bienaventurado Padre San

Ignacio_ y _Tractatus de examine conscientiæ secundum doctrinam S. P.

N. Ignatii_[20].

Otros autores modernos han tratado también del examen de conciencia,

entre los que encontramos al P. H. Watrigant, que escribió una obra

titulada _La meditation fondamente evant Saint-Ignace_[21], y otra, que

llamó _De examine conscientiæ juxta Æclesia Patres Sanctum Thomam et

fratres vitæ communis_.

En ambas aduce testimonios de infinitos autores, que trataron, como

fundamento capital, de la doctrina católica, el examen de conciencia.

Y no sólo en lo que hace a este punto, sino en otras materias de que

tratan los _Ejercicios_, nos encontramos con igual doctrina, expuesta

por muchos Santos Padres, especialmente San Atanasio, San Basilio, San

Juan Crisóstomo, San Gregorio Nacianceno, San Ambrosio, San Jerónimo,

San Agustín y San Gregorio el Magno, y así lo dice el P. Pedro Vogt, S.

J., cuando trata de los _Ejercicios_, en sus obras _Die Grundwahrheiten

del Exercitien des heiligen Ignatius ausführlich dargeleg in Aussprüchen

der heiligen Kirchenvater_[22] y _Die Exercitien de heiligien Ignatius

ausführlich dargelegt in Ausprüchen der heiligen Kirchenvater_[23].

Claro es que San Ignacio no podía inventar ni el fin del hombre ni otros

dogmas de la fe, pues todo esto es común a cuantos caminan con la luz de

la razón y con la revelación que Dios da a los hombres.

Lo que hizo San Ignacio fué seleccionar, escoger, adoptar estas

doctrinas y acoplarlas para dar unidad, cohesión y viabilidad a la forma

en que habían de hacerse los ejercicios, bajo un plan fijo, con reglas

concretas, con normas seguras, a fin de poder obtener los frutos

espirituales para los ejercitantes, según él lo ideaba.

En esto estriba el mérito intrínseco de este libro.

DEL NEXO DE LOS “EJERCICIOS”

Para que mejor se conozca, no sólo la unidad que el autor quiso dar a la

obra, si que también la unidad de tiempo[24] en ella invertido,

apuntaremos algo que pueda ser interesante al lector.

Ya hemos dicho que el pensamiento de San Ignacio fué--según el Padre

Suárez[25]--abarcar todas aquellas cosas, todos aquellos conceptos,

todas aquellas reglas que pudieran contribuír o conducir a la

instrucción espiritual de los hombres en lo exterior y a la eterna

salvación del alma en lo interior; porque no ignoraba que para alcanzar

una vida espiritual se requieren dos cosas principales, a saber: la

corrección de las costumbres y la unión con Dios.

Para conseguir la primera se hace preciso purgar los pecados pasados,

con una frecuente confesión, y curando así poco a poco la conciencia.

Para lo segundo es menester la meditación frecuente, la oración y el

ejercicio de las virtudes.

Y con estos dos elementos se puede llegar a una elección de vida recta y

se instruye perfectamente el hombre en los ejercicios.

San Ignacio establece, además, los dos exámenes de conciencia, el

general y el particular para mejor llegar a la perfección de vida y que

deben hacerse no sólo durante los ejercicios para adquirir el hábito,

sino también después, para quitar los defectos que se noten o adquirir

las virtudes que se necesitan, haciendo ver cómo el examen de conciencia

es siempre el mejor medio para cuidar bien del alma.

Después, para explicar cómo han de unirse las cuatro semanas, por medio

de las correlativas meditaciones, pone como principio de nuestra

perfección y salud espiritual la Vida de Cristo, la que hemos de

procurar imitar, estableciendo grados, y, después, ir considerando los

misterios sacratísimos y su vida, ya común o privada, ya pública y

perfectísima, procurando imitar sus excelsas virtudes, por medio de la

constante meditación y el ejercicio de aquéllas, en orden a las tres

clases de humildad, y, por tanto, de los tres grados de virtud que hay

en el hombre, pudiendo, de este modo, llegar a la elección o reforma de

la vida.

Esto es lo que quiso exponer el autor en su gran libro de los

_Ejercicios_ y éste es su nexo, su cuerpo, su entraña.

OPINIONES AUTORIZADAS ACERCA DE LA BONDAD DEL LIBRO

Bien quisiéramos aportar aquí cuantas opiniones han expuesto los hombres

que más han brillado por su sabiduría, virtud y santidad, acerca del

juicio que les mereciera este libro de oro; mas como esta tarea la

creemos superior a nuestras fuerzas, procuraremos acercarnos, lo más

posible, a esta aspiración, y presentaremos aquellas que hemos

encontrado más a mano. Y aunque algunos crean que bastaría aducir el

testimonio de aquel Sumo Pontífice, Paulo III, que fué quien aprobó

este libro, nuestra opinión no coincide con ellos, y de ahí nuestro

propósito, porque queremos revestirle de la máxima autoridad, y para

demostrar, además, su grandeza y su universalidad.

Comenzaremos por aducir las opiniones de los que, viviendo apartados de

la Religión Católica, sin embargo, le han prodigado elogios.

El celebérrimo Tomás Macaulay[26], después de poner de manifiesto cómo

este libro había sido recomendado muy eficazmente y con gran

encarecimiento a todos los fieles y religiosos por el Romano Pontífice y

por el Prepósito general de la Compañía de Jesús, dice que no puede

menos de reconocer que los elogios que estas dos ilustres autoridades

eclesiásticas le han prodigado son justos y se ve impelido a unirse a

ellos. “Se ha de saber--añade--que el propio Juan Knax, príncipe de los

herejes en Escocia, es de la misma opinión que el Pontífice, sin duda

por estar vendido”.

Cierto pastor de la Iglesia Anglicana, llamado Orby Shipley, hizo una

edición de los _Ejercicios_, para uso de los anglicanos[27], y en el

prefacio de este libro dice que encierra un método especial y tiene una

virtud y fuerza de convicción que parece mentira que por la simple razón

se llegue a tan profundos conocimientos[28].

Pedro Laffite, de la escuela positivista francesa, no se ha recatado en

decir lo siguiente: “Estos exercicios constituyen como un aviso y como

una obra de sagacidad política y moral del individuo y que mediante un

trabajo personal, solitario y prolongado se llega a ver realizado el

milagro de un admirable equilibrio moral”[29].

El insigne pedagogo alemán Carlos Holl decía que no solo no perjudicaban

a la propia persona y a la naturaleza humana las meditaciones de los

_Ejercicios_, sino que más bien exaltan, elevan, sublimizan el ingenio

peculiar de cada uno de los ejercitantes[30].

Estas son las opiniones de varones sabios que encontramos entre los no

afectos a la ortodoxia católica.

Entre nuestros grandes escritores católicos también hay juicios que nos

harán comprender las excelencias de este libro.

El gran Ludovico Blossio, abad de Lieja y honra de la Sagrada Orden de

San Benito, maestro de las almas, dice que primero hizo él los

ejercicios en Lovaina[31] y después dirigió otros, para los jóvenes

novicios de la Orden, y, ponderando los grandes frutos espirituales que

vió habían sacado todos, exclama en una carta que dirigió al P. Adrián,

S. J.: “Ojalá que estos ejercicios los hubiera hecho hace veinte años,

porque llegaría a la vejez con más fortaleza de ánimo. Alabemos, sin

embargo, a la benignidad de Dios, que, por vos, nos ha enseñado el

camino de la razón y de la verdadera vida”[32].

Y en otra ocasión dice también que esta obra “es toda oro potable, llena

de jugo de sabiduría y tesoro tan precioso, que se debían dar muchas

gracias a Dios por haberla descubierto en estos últimos tiempos, para

gloria suya y bien universal del mundo”.

No menos entusiasmado se muestra el prior de los Cartujos de Colonia,

Gerardo Haunnontano, quien dice en una carta, dirigida al P. Pedro

Fabro, compañero de San Ignacio en la fundación de la Compañía, lo

siguiente: “Dejad que los hombres de buena voluntad hagan estos

ejercicios y veréis cómo en pocos días adquieren el conocimiento

perfecto de sí mismos y de sus pecados, llorándolos amargamente y

obteniendo una conversión verdadera, con ánimos para vivir en la virtud;

conquistando la gracia suficiente para adquirir el verdadero amor a Dios

y llegar a la consecución de una cierta estrecha amistad y aun

familiaridad con Dios, por medio de una virtud acrisolada”[33].

Es de advertir que esto lo escribía sin haber practicado aun los

ejercicios y sólo por conocer la obra de San Ignacio.

Poco después los hizo[34], pero no hemos encontrado documento alguno que

nos revele su opinión.

El gran maestro del espíritu P. Juan de Avila llamaba a los ejercicios

_Escuela de celestial sabiduría_.

San Ignacio de Loyola · 第 1 / 14 段