Al lucir el alba pura,

En la Pampa ya no brillas,

Y tus hojas amarillas

Rodando por la llanura

Van á perderse en el mar.

Los cisnes de la rivera

Que visten plumas de nieve,

Meciéndose en la onda leve

Siguen tu traza lijera

Por las ondas de cristal!

Eres la verde guirnalda

De la cabaña pajiza,

Que vas marchando de prisa

Con el pasado á tu espalda

Y á tu frente el porvenir.

Donde huye la tribu errante

Y clava el hombre su planta,

Tu cabeza se levanta

Cual la de inmenso gigante

Que está diciendo: «hasta aquí.»

Tú señalas las barreras

Que dividen al desierto,

Y oyes el vago concierto

Que alzan las auras ligeras

De la Pampa en el umbral.

Eres lo último que muere

De la morada del hombre,

Y sin registrar un nombre

Estás diciendo al viajero

Que allí descansa un mortal.

Deten tu paso y escucha

El gemido del hermano,

El rugido del tirano,

El estridor de la lucha...

¡De la lucha fraternal!

El alarido de guerra

A tus espaldas retumba,

La libertad se derrumba,

De horror palpita la tierra

Que en sangre teñida está.

¡Ah! prosigue tu camino

Por la pampa solitaria:

La tiranía es precaria

Y con esplendor divino

Se alzará la Libertad.

Sí, prosigue tu carrera,

Por la llanura estendida,

Y alza en tu cima florida

Del porvenir la bandera

Y del hombre la Igualdad.

Mas ¿qué miras? La campaña

Que á lo lejos se dilata,

El arroyuelo de plata,

El cielo que nada empaña,

O el inmenso pajonal?

No, tú miras á lo lejos

Al trasponer aquel monte

En el lejano horizonte,

Como en mágicos espejos

Lo que es y lo que será.

Miras la pampa argentina

De ciudades matizada,

Y por mil naves surcada

La laguna cristalina

Que hoy cubre verde juncal;

Miras la pobre cabaña

Que en palacio se transforma,

Y que al tomar nueva forma

Una nueva luz la baña

Con resplandor sin igual.

Míras al indio tostado,

Que lanzando un alarido

Vá huyendo despavorido

Por el llano dilatado

En pavoroso tropel;

Y tras él, el tigre fiero

Que abandona su dominio

Hoy teatro del exterminio,

Que ocupa un pueblo altanero

Y que transforma en vergel.

No pases mas adelante

Que mas lejos, abatido,

Marchito y descolorido

Verás al ombú gigante

Hoy de la pradera rey:

Y en su lugar la corona

Verás alzarse del pino,

Que unido al hierro y al lino

Sirve al hombre en toda zona

Para dar al mundo ley.

Ese destino te espera

Arbol cuya vista asombra

Que al caminante das sombra,

Sin dar al rancho madera,

Ni al fuego una astilla dar;

Recorrerás el desierto

Cual mensajero de vida,

Y tu mision concluida

Caerás cual cadáver yerto

Bajo el pino secular.

II

Á SANTOS VEGA

PAYADOR ARGENTINO

Cantando me han de enterrar

Cantando me he de ir al cielo.

SANTOS VEGA.

Santos Vega, tus cantares

No te dieron fama y gloria,

Mas viven en la memoria

De la turba popular;

Y sin tinta ni papel

Que los salve del olvido

De padre á hijo han venido

Por la tradicion oral.

Bardo inculto de la pampa,

Como el pájaro canoro

Tu canto rudo y sonoro

Diste á la brisa fugaz;

Y tus cantos se repiten

En el bosque y en el llano,

Por el gaucho Americano,

Por el indio montaráz.

¿Qué te importa si en el mundo

Tu fama no se pregona?

Tú ya tienes la corona

Del poeta popular.

Y es mas bello, que en el bronce,

En el mármol ó granito,

Haber sus obras escrito

En la memoria tenaz.

¡Qué te importa! si has vivido

Cantando cual la cigarra,

Al son de humilde guitarra

Bajo el ombú colosal!

Si tus ojos se han nublado

Entre mil aclamaciones,

Si tus _cielos_ y canciones

En el pueblo vivirán!

Cantando de _pago_ en _pago_,

Y venciendo payadores,

Entre todos los cantores

Fuiste aclamado el mejor;

Pero al fin caiste vencido

En un duelo de armonías,

Despues de payar dos dias;

Y moriste de dolor.[3]

Como el antiguo guerrero

Caído sobre su escudo,

Sobre tu instrumento mudo

Entregaste tu alma á Dios;

Y es fama, que al mismo tiempo

Que tu vida se apagaba,

La bordona reventaba

Produciendo triste son.

No te hicieron tus paisanos

Un entierro magestuoso,

Ni sepulcro esplendoroso

Tu cadáver recibió;

Pero un _Pago_ te condujo

A la tumba silenciosa,

Y lloraron en tu fosa

Niños y hombres con dolor.

Y los gauchos al volverse

A llorar entre sus ranchos,

Espantaron los caranchos

Que llegaban á escarbar:

Y se apearon del caballo,

Y con ademan contrito,

Rezó cada uno el _bendito_

Y volvieron á montar.

De noche bajo de un árbol

Dicen que brilla una bela,

Y es tu ánima que vela,

Santos Vega el Payador!

¡Ah! levanta de la tumba!

Muestra tu tostada frente,

Canta un cielo _derrepente_[4]

O una décima de amor!

Cuando á lo lejos divisan

Tu sepulcro triste y frio,

Oyen del vecino rio

Tu guitarra suspirar;

Y creen escuchar tu voz

En las verdes espadañas,

Que se mecen cual las cañas

Al soplo del vendabal.

Y hasta creen que las aves

Dicen al tomar su vuelo:

«Cantando me he de ir al cielo;

«Cantando me han de enterrar!»

Y te ven junto al fogon,

Sin que nada te arrebate,

Saboreando amargo mate

Veinte y cuatro horas payar.

Tu alma puebla los desiertos,

Y del Sud en la campaña

Al lado de una cabaña

Se eleva fúnebre cruz;

Esa cruz, bajo de un tala

Solitario, abandonado,

Es un símbolo adorado

En los campos del Tuyú.

Allí duerme Santos Vega:

De las hojas al arrullo

Imitar quiere el murmullo

De una fúnebre cancion.

No hay pendiente de sus gajos

Enlutada y mústia lira,

Donde la brisa suspira

Como un acento de amor.

Pero las ramas del tala

Son mil arpas sin modelo,

Que formó Dios en el cielo

Y arrojó á la soledad;

Si el pampero brama airado

Y estremece al firmamento,

Forma místico concento

El árbol y el vendaval.

Esa música espontánea

Que produce la natura,

Cual tus cantos, sin cultura,

Y ruda como tu voz,

Tal vez en noche callada,

De blanco cráneo en los huecos,

Produce los tristes ecos

Que oye el pueblo con pavor.

¡Duerme! duerme Santos Vega,

Que mientras en el desierto

Se oiga ese vago concierto,

Tu nombre será inmortal;

Y lo ha de escuchar el gaucho

Tendido en su duro lecho,

Mientras en pajizo techo

Cante el gallo matinal.

Duerme mientras se despierte

Del alba con el lucero

El vigilante tropero

Que repita tu cantar,

Y que de bosque en laguna,

En el repunte ó la hierra,

Se alce por toda esta tierra

Como un coro popular.

Y mientras el gaucho errante

Al cruzar por la pradera,

Se detenga en su carrera

Y baje del alazan;

Y ponga el poncho en el suelo

A guisa de pobre alfombra,

Y rece bajo esa sombra,

¡Santos Vega, duerme en paz!

III

EL PATO

CUADRO DE COSTUMBRES

Clara, bella y perfumada,

Era una tarde serena,

De esas tardes en que el cielo

Todas sus galas ostenta,

En que la brisa y la flor

Nos hablan con voz secreta,

En que las bellas suspiran,

En que medita el poeta,

En que el infame se esconde,

Y en que el pueblo se recrea.

Y matizando la alfombra

De una estendida pradera

Se vé una alegre cuadrilla

Con sus vestidos de fiesta,

Porque cien gauchos reunidos

Las pascuas de Dios celebran.

En las ancas del caballo

Cada cual lleva su bella,

El que ufano con su carga

Bate el suelo con sobérbia,

Mientras que el viento levanta

La nevada pañoleta,

Que acaricia las mejillas

Del ginete á quien estrecha

Tal vez por no resbalar...

Quizá de puro coqueta.

No llevan collares de oro,

Ni carabanas de perlas,

Ni relucientes sombreros,

Ni corbatines de seda:

Humildes son los vestidos

Que las mujeres ostentan;

Y bajo pieles curtidas

Y de ponchos de bayeta

Aquel rústico gauchage

Alma independiente alberga.

Como el tosco _ñandubay_

Bajo su áspera corteza

Roba á la vista del hombre

Del corazon la belleza.

II

Encima de una loma

Se ven á las muchachas

Haciendo con donaire

Pañuelos agitar;

Y en tanto en la llanura

En círculo formados,

Se ven de los ginetes

Los ponchos ondear.

Sus ojos resplandecen

Radiantes de alegria,

Que templa con sus sombras,

Del rostro la altivez,

Con juegos herculáneos

Festejaran el dia,

Que el pueblo hasta jugando

Respira robustez.

Diríanse campeones

Que esperan la pelea

Que anuncie con estruendo

Las lenguas del clarin:

La inercia los consume

Mas si el cañon humea

Con varonil corage

Buscan glorioso fin.

Tal vez unas carreras

Esperan á porfia

Para cubrir de palmas

Al potro mas veloz...

Mas no, todos desean

Robustecer el alma,

Por eso _¡El Pato! El Pato!_

Repiten á una voz.

¡El Pato! juego fuerte

Del hombre de la pampa,

Que marca las costumbres

De un pueblo varonil.

Para crispar los nervios,

Para tender los músculos,

Como el convulso jóven,

En el dolor febril.

Las fiestas populares

De un pueblo de valientes

Semejan á las rudas

Caricias del leon,

Porque el pampero raudo

Batiendo en esas frentes

Parece que inocula

Vigor al corazon.

Ya todos se aprestaban

A comenzar la pugna,

Asiendo de las garras

Con fuerza de titan:

Los piés en los estribos

Apoyan con pujanza,

Y esperan afanosos

Del gefe la señal.

Las madres, las esposas

Contemplan aquel grupo

Pendientes del latido

Del brazo muscular;

Mas derrepente vése

Que las manijas sueltan,

Y se oye entre el corrillo

Sordo rumor vagar.

¿Quién desarmó la fuerza

De los cincuenta brazos,

Que un pino gigantesco

Podrían sacudir?

Dos hombres que se acercan

Al medio de la liza,

Y muestran ser campeones

Que quieren combatir.

III

El uno es Diego Zamora

Apellidado el «valiente»,

Cuya daga vencedora

A sus contrarios devora

Y es el terror de la gente.

Su mirada es decidida

Y negra su cabellera;

Y una sonrisa atrevida

Del labio está suspendida

Revelando una alma fiera.

Lleva un _facon_ en la falda,

Lleva un _poncho_ balandran

Terciado por media espalda,

Y del campo la esmeralda

Huella en un potro alazan.

El otro es Pedro de Obando,

Compañero de fatigas

De Zamora, y peleando

Anda con él desafiando

Las partidas enemigas.

Estriba con bizarría,

Y la _espuela nazarena_

Suspira en dulce armonía,

Como grillos que á porfía

Lloran del preso la pena.

Guapos el Pago los llama,

Y el alcalde salteadores,

Pero pública la fama

Que no la avaricia inflama

Su pecho en vivos ardores.

Ligados por nudo fuerte

Los dos siguen un camino:

Hermanos de vida y muerte

Aceptan la misma suerte

Bajo el yugo del destino.

IV

Adelantóse Zamora

Y sugetando la rienda

Pidió parte en la contienda

Con altanera atencion.

Todos á una voz gritaron

«Que entre Zamora y Obando».

Y entonces el pato tomando

Zamora con él salió.

Picaron todos de espuelas

Galopando á rienda suelta

Queriendo tomar la vuelta

Del ginete vencedor;

Mas en vano corren, vuelan,

Gritan, pegan, forcejean,

Y resudan, y espolean,

Y le siguen con furor.

Hasta que al fin un ginete

Lo alcanza, y con mano fija

Asiendo de la manija

Hizo el caballo cejar,

Pero Zamora con furia

Lo lleva de una pechada,

Dejando en tierra estampada

De su triunfo la señal.

Pero tres nuevos atlétas

Dispútanle su presea,

Y él en tremenda pelea

La disputa á todos tres.

Forcejean, y tendidos

Furiosos luchan en vano

Por quebrantar una mano

Que hierro parece ser.

Crugen, se estiran los miembros,

Se hinchan de sangre las venas,

Y enronquecidos apenas

Pueden el aire lanzar;

Mas él firme en sus estribos

Como animado centauro,

Disputa á todos el lauro

En combate desigual.

Llegan tres mas, y Zamora

Con la presteza del rayo,

Dando riendas al caballo

Las manijas les quitó:

Dos de ellos fueron al suelo

En pos del tremendo empuje,

Y el que queda firme ruje

De vergüenza y de furor.

V

Y corriendo

Desbandados,

Y empapados

En sudor,

A Zamora

Todos siguen,

Y persiguen

Con furor.

Ya lo alcanzan

O despuntan,

Ya se juntan

En redor,

Cual las hojas

De una planta

Que levanta

El ventarron.

Cual relámpago

Flamígero,

El alígero

Alazan,

Los zanjones

Que encontraba

Los salvaba

Sin parar.

Y por último

Rendidos

Alaridos

Dan de paz,

Y las gorras

Que se quitan

Las agitan

En señal.

VI

Zamora entonces levantando en alto

El pato, cual si fuese una bandera,

Detiene del caballo la carrera

Y le hace el freno con furor tascar,

Y así parado en medio de la pampa

Con su ademan á todos desafia;

Mas viendo que ninguno se movia

Dirige á todos la señal de paz.

Torció las riendas del sobérbio bruto

Y á trote largo adelantóse al rato

Llevando al lado el disputado pato

Que á gruesas gotas de sudor ganó;

Y al acercarse ante el vencido corro

Se desciñó del rostro su barbijo,

Y estas palabras atrevidas dijo

Que la turba entre aplausos recibió.

«Si hay quien dispute que gané la palma

«Átese al punto á la cintura un lazo,

«Que yo tan solo con mi izquierdo brazo

«Ginete, y pingo, y pato arrastraré.»

Nadie admitió su formidable reto:

Tan solo Obando en ademan airado

Sacó del anca un lazo que arrollado

Una serpiente parecia ser.

Por la presilla lo fijó en su cuerpo

Y por la argolla se lo dió á su amigo

Quien se admiraba hallar un enemigo

En el hermano que le diera Dios;

Pero impulsado por feroz orgullo

Asió del lazo en la siniestra mano,

Y á gran galope atravesando el llano

Tirante el lazo entre los dos quedó.

Cual hosco toro que en lazada envuelto

Se niega altivo á obedecer la fuerza,

Y rebramando con furor se esfuerza,

Y aspa y pezuña quiere allí clavar,

Tal Pedro Obando con poder resiste

Al férreo brazo de que está pendiente,

Mientras el lazo entre los dos, crugiente,

Se vé como una lámpara oscilar.

Silencio horrible por do quiera reina:

Enmudeció el frenético alarido,

Y solo se oye el fúnebre crujido

Del lazo palpitante entre los dos;

Mas derrepente resonó un gemido

Dos espirales al formar el lazo,

Y cada cual llevando su pedazo

Envuelto en él al polvo descendió[5].

IV

EL CABALLO DEL GAUCHO

Mi caballo era mi vida,

Mi bien, mi único tesoro.

_Juan M. Gutierrez._

Mi caballo era ligero

Como la luz del lucero

Que corre al amanecer;

Cuando al galope partia

Al instante se veia

En los espacios perder.

Sus ojos eran estrellas,

Sus patas unas centellas,

Que daban chispas y luz:

Cuanto su ojo divisaba

En su carrera alcanzaba,

Fuese tigre ó avestruz.

Cuando tendia mi brazo

Para revolear el lazo

Sobre algun toro feroz,

Si el toro nos embestia,

Al fiero animal tendia

De una pechada veloz.

En la guardia de frontera

Paraba oreja agorera

Del indio al sordo tropel,

Y con relincho sonoro

Daba el alerta mi moro

Como centinela fiel.

En medio de la pelea,

Donde el coraje campea,

Se lanzaba con ardor;

Y su estridente bufido

Cual del clarin el sonido

Daba al ginete valor.

A mi lado ha envejecido,

Y hoy está cual yo rendido

Por la fatiga y la edad;

Pero es mi sombra en verano,

Y mi brújula en el llano,

Mi amigo en la soledad.

Ya no vamos de carrera

Por la estendida pradera,

Pues somos viejos los dos.

¡Oh mi moro! quiera el cielo

Caigamos juntos al suelo

Al decir al mundo A dios!

V

LA REVOLUCION DEL SUD

I

Á BUENOS AIRES

«El cuello atado á la servil cadena

«Del tirano postrándose á los piés,

«Buenos Aires esclava y miserable

«Ya no es el pueblo de ochocientos diez.»

Oh Patria! así decian, y entre tanto

Tú oias esas voces con desden,

Esperando mostrar con grandes hechos

Que eras el pueblo de ochocientos diez.

La vista al suelo con dolor bajabas,

Pero en tu corazon habia fé,

Y ardiente por tus venas aun corria

La sangre pura de ochocientos diez.

Y derrepente, cual gigante inmenso

A quien dormido ataran al cordel,

Despertaste rompiendo tus cadenas

Como en el dia de ochocientos diez.

Quien alza el grito? preguntó el tirano,

Y trueno sordo retumbó á sus piés,

Y la corneta contestó en la Pampa:

«Yo soy el pueblo de ochocientos diez!»

Fuiste vencida, cara patria mia,

Tus legiones sufrieron un revés,

Pero nadie dirá que no caiste

Como los héroes de ochocientos diez.

No lo dirán... ¡cobardes!.. las espaldas

Muestre lanceadas argentino infiel;

Nobles heridas muestren en el pecho

Los descendientes de ochocientos diez.

En sus lanzas filosas levantaron

Los sicarios del déspota cruel,

Del inmortal Castelli la cabeza,

Del hijo noble de ochocientos diez.

De la sangre del mártir de la Patria

De cada gota un héroe ha de nacer,

Sangre fecunda, como fué fecunda

La de los muertos de ochocientos diez.

Tus nobles hijos al mirar su busto

Del polvo alzaron la humillada sien,

Y levantaron con robustos hombros

El ara santa de ochocientos diez.

«Venganza al pueblo!» prorrumpieron todos

«Palmas al mártir que murió con fé!

«Gloria al que caiga en medio del combate!

«Gloria á los hijos de ochocientos diez!»

Se vió agitar del mártir la cabeza,

Y su ojo frio se volvió á encender,

Y desatado el labio á la palabra,

Clamó: «Sois hijos de ochocientos diez!»

VI

EL ALZAMIENTO

En la llanura de la inmensa Pampa,

Do de América el génio, firme estampa

Su huella colosal;

Do el Pampero con alas de gigante

La nube azota y la ola que espumante

Alza la tempestad.

Levanta erguida el gaucho su cabeza,

Cual soberbio pendon que el viento besa

Desplegado á la luz,

Cuya negra melena al aire flota,

En la tostada frente á la que azota

El ábrego del sud.

El gaucho! noble tipo Americano,

Que desdeña doblar ante un tirano

Su indómita cerviz,

Que despreciando halagos femeniles

Conserva los alientos juveniles

De una raza viril.

Entregado en su estancia al pastoreo

No escucha el importuno clamoreo

Que eleva la ciudad,

Sino cuando la patria acongojada

Le demanda el apoyo de su espada

Para su ley guardar.

Así, cuando la horrenda tiranía

De Rosas se afirmó, en su agonía

La Patria le llamó:

Y al escuchar su voz, se alzó cual rayo

Del lado del hogar, montó á caballo

Y la lanza empuñó.

«A las armas, valientes! Al combate!

«A quien cobarde el corazon no late

«Al toque de reunion!

«A sus puestos, guerreros Argentinos!

«Venid cantando vuestros patrios himnos

«Al trueno del cañon!»

Así dijo Castelli, y mil valientes

Al toque del clarin, vuelan ardientes

La patria á libertar:

No es Castelli caudillo de alta hazaña:

Hombre del pueblo, vive en la cabaña

De la mansion rural;

Pero la hermosa causa que proclama

Millares de hombres á su lado llama,

Que no saben quien es.

Vuelan á las banderas de la gloria,

Y en su frente presagios de victoria

Creeríanse leer.

Castelli los convoca á la pelea

Al pié del pabellon que al aire ondea,

Y que en Mayo nació;

Y en su serena faz resplandecia

El entusiasmo santo en que él ardia

Cuando «Igualdad!» gritó.

De guerreros cubierta la llanura,

Y la bandera azul cual siempre pura

Se miró relucir;

Y á la sombra del símbolo divino

Pronunció juramento el argentino

De ser libre ó morir.

Castelli desnudó su fuerte espada,

Y á los cielos la vista levantada

Sereno meditó:

Cruzó su frente signo misterioso,

Y á los libertadores dijo ansioso

Con alta inspiracion:--

«Compatriotas! se acerca el fausto dia,

«De ventura, de paz y de alegria,

«De vivir ó morir:

«Despues que revolquemos en la tierra

«Al tirano feroz, no habrá mas guerra

«Y se podrá vivir.

«Soldados! un antiguo veterano

«Que esta bandera sustentó en su mano,

«Os convoca á la lid.

«Insensibles sereis á su llamado,

«Y al gemido doliente y prolongado

«De la Patria infeliz?

«Como serlo! Ya el bravo miliciano

«Monta á caballo, y con el sable en mano

«Se apresta á combatir!

«Ya el pueblo entero se alza como un hombre,

«Invocando de Patria el santo nombre

«Con éco varonil!

«A las armas valientes argentinos,

«Venid á decidir vuestros destinos

«Con grande corazon.

«Paisanos á las armas! derroquemos

«Al infame tirano á quien debemos

«Llanto y desolacion.

«De lo alto del pirámide sagrado

«_Libertad!_ por tres veces ha clamado

«El arcángel de Dios.

«En su cumbre despues de esta cruzada

«La bandera argentina laureada

«Pondremos con honor!»[6]

Viva la Patria! Viva!

Guerra al tirano! guerra!

Por todo el llano y sierra

Se siente retumbar.

Tres mil libertadores

Por la cruz de su espada

A la Patria adorada

Juraron libertar.

Castelli, Rico y Olmos

Al frente de sus bravos

A los torpes esclavos

Prometen humillar.

Y en alto los aceros

_Al combate!_ gritaron,

Y al combate volaron

Al son de himno triunfal.

En su entusiasmo de héroes,

En sus nobles facciones,

Conoceis los campeones

De Salta y de Maipú?

Son ellos, que atrevidos

Con grande fé en el alma

Adornarán con palma

El estandarte azul;

Ó morirán como héroes

Legando un alto ejemplo,

Que brillará en el templo

De la inmortalidad.

Honor para la Patria

Si rompen sus cadenas!

Honor si de sus venas

La sangre solo dan!

VII

CHASCOMUS

Mirad la extensa laguna

De Chascomús: magestuosa

Sobre la pampa reposa

Bajo esa bóveda azul.

Allí fué que en otros tiempos

Sobre el indio fugitivo,

Llegó el español altivo

Y alzó la gigante cruz.

Quién atronando su orilla

Con acento furibundo,

Turba el silencio profundo

Que reina en la soledad?

Por una parte, un gran pueblo

Que sus derechos reclama;

Por otra, turba que infama

Á Dios y la humanidad.

Hoy la víctima y verdugo

Se han mirado frente á frente,

Y van en batalla ardiente

A deslindar la cuestion.

¡Oh señor, tú que los orbes

Sustentas entre tus manos,

Dispénsale á mis hermanos

Tu divina proteccion!

Toca el clarin á la carga

Y cargando á los esclavos

Se arroja el pueblo de bravos

Con alientos de titan.

_Viva la Patria! Victoria!

Muera el tirano!_ clamando,

Van las legiones segando

Á sable, lanza y puñal.

Mas ¡ay! sus nobles cabezas

Se doblan ensangrentadas,

Y se miran pisoteadas

Por la meznada feroz.

¡Será, gran Dios, que tu diestra

Mi patria infeliz azota,

Y que su bandera rota

Sea alfombra al opresor!

Mas no, del fuerte Castelli

En medio de la pelea

El azul penacho ondea

De los sicarios terror.

Recorriendo va á galope

Las legiones desbandadas

Gritando: «Tenéis espadas;

«Venid, morid con honor.»

Sereno á su lado marcha

Crammer, valiente soldado,

Hijo de un pueblo esforzado,

Y de grande corazon.

Los cobardes no se ponen

Al alcance de la lanza,

Porque siembra la matanza

Como el rayo destructor.

Tambien cayó su cabeza,

Mas al descender marchita

Tembló la turba precita,

Y despavorida huyó:

Los esclavos van cobardes

Cruzando por los desiertos,

Y los libres quedan muertos

Sobre el campo del honor.

Gloria y honor y laureles

Al que muere batallando,

Y que sus ojos cerrando

Aun exclama: _Libertad!_

Gloria eterna á los que alzaron

La bandera de esperanza,

Y elevaron en su lanza

Los dogmas de la Igualdad.

Nada importa una derrota:

No hay que plegar su bandera!

El tigre del Plata muera!

O ser libres ó morir!

Argentinos, á caballo,

Y mil veces mas, vencidos,

Otras mil veces reunidos,

Volvamos á combatir.

VIII

CASTELLI

Por los llanos inmensos de la pampa

Vaga Castelli triste y silencioso,

Y en su semblante pálido y ansioso

Está grabado el sello del dolor:

Fiel adalid de un pueblo generoso

Cayó con él en medio del combate,

Mas la derrota que al cobarde abate

No ha destemplado el varonil valor.

Lleva la mano al puño de su espada,

Y en la patria cautiva, piensa el bravo:

No vé sino al tirano y al esclavo,

Al verdugo y la víctima infeliz.

A espectáculo tal, cae de rodillas

Con la vista clavada al firmamento,

Y prorumpiendo en dolorido acento:

«Oh Patria mia, mísera de tí!»

Oyese entonces en el vecino bosque

El fuego de las armas estridente,

Y apretando la espada fuertemente

Con ademan resuelto se erguió;

Y vió venir á él, husmeando sangre,

Los feroces lebreles del tirano,

Como á la hambrienta jauría que en el llano

A su víctima acosa con furor.

«Muere salvaje!» rugen los bandidos,

Y él les contesta:--«Moriré peleando;

«Si no triunfé en el campo batallando,

«Con mi muerte, de todos triunfaré.»

Y á Dios encomendando su alma fuerte

Traba con todos vigorosa lucha,

Y circundando, con tezon relucha,

Repitiendo:--«Peleando moriré.»

Al suelo cayó al fin apuñaleado,

Como gigante mole desprendida,

Grande como en su vida en su caida

Murió abrazando el Argentino altar,

Y los cobardes tigres carniceros

Cortaron su cabeza noble y santa,

Y profanaron con inmunda planta

El cadáver del héroe popular.

Y su busto sangriento y palpitante

Pusieron por escarnio en la picota;

Y su sangre que cae gota por gota

Marcando está las horas del dolor.

El pueblo le contempla con asombro

Y de su labio cárdeno y helado

Parece que esperase atribulado

El grito de _Esperanza y Redencion_.

Clavada está en un palo su cabeza

Cual pendon que concita á la venganza,

Como faro que alienta la esperanza

Para un tiempo de paz y libertad;

Que si hoy como trofeo al despotismo

Se mira torpemente escarnecida,

Un dia llegará en que bendecida

La circunde aureola celestial.

Héroe del Sud, tus pálidas cenizas

Por la pampa se encuentran dispersadas,

Pero de todo un pueblo veneradas

Tienen sepulcro en cada corazon;

En la inmortal memoria de tu pueblo

Que nunca el heroismo ha renegado,

Tu nombre como en bronce está grabado,

Tiene tu noble espíritu mansion.

IX

LOS EMIGRADOS

Los rotos escuadrones

Salvados del cuchillo,

Buscando otro caudillo

Volviéronse á reunir;

Y en el Tuyú cercados,

Con varonil fiereza

Juraron con firmeza

Libertad ó morir.

El vencedor sobérbio

Cubierto de humor rojo

En su brutal enojo

Esto llegó á decir:

«Rendireis vuestras armas

«Y sereis mis esclavos.»

Y responden los bravos:

Libertad ó morir!

Olmos y Rico dicen

A todos sus guerreros:

«Valientes compañeros,

«Ya vamos á partir;

«El fuego de la Patria

«En el alma llevemos

«Y por ella juremos

«Libertad ó morir.

Rimas · 第 7 / 13 段