han nacido y adquirido su desarrollo, dependiendo de ciertos hábitos que
aquellos sitios perpetúan y hacen invencibles. No hay reforma (física ó
moral) para aquel que se mantiene obstinadamente en su pecado original.
La medicina, iluminada por todas las ciencias auxiliares, logrará darnos
métodos, direcciones para conducirnos con prudencia á esa nueva ruta.
Importa sobre todo, ahorrar las transiciones. ¿Se puede acaso, sin
prepararse, sin modificar algún tanto la costumbre, el régimen de vida,
trasladarse de un clima central (París, Lyon, Dijon, Strasburgo) á un
clima marítimo? ¿Es dado, sin haber respirado por mucho tiempo los aires
de la costa, empezar á tomar baños de mar? ¿Puédese, sin poseer algún
hábito de prudente hidroterapia, comenzando en el interior, ir á
desafiar al aire libre, la constricción nerviosa, la horripilación de
una agua fría que lleva uno encima á su regreso y á menudo en medio de
un fuerte vendaval? Estas cuestiones previas, llamarán más y más cada
día la atención de los iniciados en la ciencia de curar.
La extrema rapidez de los viajes por ferrocarril es cosa antimedical.
Ir, como se hace, en veinte horas de París al Mediterráneo, atravesando
un clima tan diverso cada sesenta minutos, es el colmo de la imprudencia
para una persona nerviosa. Llega ésta ebria á Marsella; agitadísima,
poseída del vértigo.--Cuando _madame_ de Sevigné empleaba un mes en ir
de la Bretaña á la Provenza, salvaba paso á paso y por grados, la
violenta oposición de estos dos climas, pasando insensiblemente de la
zona marítima del Oeste á la del Este, en el clima exclusivamente
terrestre de la Borgoña. Luego, caminando con paso lento por las alturas
del Ródano en el Delfinado, afrontaba con menos trabajo la región de los
fuertes vientos, Valence y Aviñon. Finalmente, descansando en Aix
(Provenza interior), lejos del Ródano y de las costas, acostumbraba su
pecho y su respiración al clima provenzal: y entonces, sólo entonces,
aproximábase al mar.
* * *
Francia tiene la admirable ventaja de verse bañada por los dos mares. De
ahí la facilidad de alternar según las estaciones, los temperamentos,
los grados de la enfermedad, entre la tonicidad salada del Mediterráneo
y la tonicidad más húmeda, más suave (salvas las tempestades), que nos
ofrece el Océano.
En cada uno de estos dos mares hay una escala graduada de estaciones,
más ó menos blandas, más ó menos fortificantes. Es muy interesante
observar esa doble gama, y á menudo el seguirla, yendo del tono más
débil al más fuerte.
La del Océano, que parte de las aguas fuertes y fortificantes,
venteadas, agitadas, de la Mancha, se dulcifica en extremo al Mediodía
de la Bretaña, humanizándose todavía más en Gironde, y es muy apacible
en la cerrada concha de Arcachón.
La del Mediterráneo, circular casi, tiene su nota más elevada en el seco
y penetrante clima de la Provenza y de Génova; dulcifícase hacia Pisa;
se equilibra en Sicilia, mientras que en Argel obtiene un grado notable
de fijeza. De retorno, gran suavidad en Valencia y Mallorca, y en los
puertezuelos del Rosellón, tan bien abrigados por el Norte.
* * *
Dos caracteres hacen agradable el Mediterráneo sobre todas las cosas: su
plan tan armónico y la vivacidad, la transparencia de la atmósfera y de
la luz. Es aquél un mar azul muy amargo, saladísimo; perdiendo por la
evaporación tres veces más de agua que la que le traen los ríos. Sólo
sería sal y convertiríase en tan acre como el Mar Muerto, si corrientes
inferiores, tales como la de Gibraltar, no lo templaran incesantemente
por medio de las aguas del Océano.
Cuanto he visto de sus playas era magnífico, mas un tanto áspero. Nada
vulgar. La traza de los fuegos subterráneos que se descubre por todos
lados, sus sombrías rocas plutonianas, jamás fatigan, cual sucede con
las interminables dunas de arena ó los sedimentos acuosos de las costas
bravas. Y si los famosos naranjales parecen un tanto monótonos, en
cambio los abrigados recodos do domina la vegetación africana, áloes y
cactos, los campos de setos exquisitos sembrados de mirto y de jazmín,
por último, las odoríferas landas agrestemente perfumadas, causan
vuestra admiración. Verdad es que las más de las veces se ciernen sobre
vuestra cabeza calvas y estériles montañas: sus largos pies, sus vastas
raíces que van continuando hasta el mar, refléjanse en el fondo de las
aguas. «Parecíame que mi barquilla--dice un viajero,--nadaba entre dos
atmósferas, como si estuviese impelida por el aire arriba y abajo.» Y
prosigue describiendo el mundo variado de plantas y de animales que
contemplaba bajo ese cristal en las costas de Sicilia. Menos afortunado
yo que él, paseándome por el mar de Génova sobre un agua tan
transparente como la descrita, sólo veía el desierto. Las enjutas rocas
volcánicas de la playa, de mármol negro ó color blanco todavía más
lúgubre, me representaban en el fondo del brillante espejo monumentos
naturales, especie de sarcófagos antiguos, iglesias en ruinas. A veces
figurábame distinguir ciertas reproducciones de las catedrales de
Florencia ó de Pisa; otras, creía ver silenciosas esfinges ó monstruos
innominados, ¿acaso ballenas? ¿elefantes? lo ignoro: quimeras de mi
fantasía, sí, y sueños extraños. Nada de realidades.
Ese mar, tal como es, con sus climas poderosos, templa admirablemente al
hombre, dándole la fuerza seca, la más resistente, y formando las razas
más sólidas. Nuestros hércules del Norte son tal vez más fuertes, empero
indudablemente no tan robustos ni aclimatables como el marino provenzal,
el catalán, el de Génova, el de Calabria, el de Grecia. Estos, curtidos
y bronceados, pasan, al estado de metal: rico color que de ningún modo
es un accidente de la epidermis, sino una inhibición profunda de sol y
de vida. Un discreto médico, amigo mío, mandaba á sus clientes
descoloridos de París, de Lyon, á aquellas costas á tomar baños de sol,
y él mismo lo desafiaba hora tras hora sobre una roca, no resguardando
más que la cabeza; lo restante de su cuerpo adquiría un bello matiz
africano.
Los enfermos de veras dirigíanse á Sicilia, Argel, Madera y las
Canarias; empero la regeneración de los débiles, de los fatigados, de
los descoloridos habitantes urbanos, se efectuará tal vez mejor en los
climas más desiguales. Debe esperarse en primer término de los países
que han dado al Universo los más altos ejemplos de energía--el acero del
género humano, la Grecia,--y la raza de sílex, fina, ejercitada,
indestructible, de los Colón y los Doria, los Massena y los Garibaldi.
* * *
Nuestros puertos del extremo Norte, Dunkerque, Boulogne, Dieppe,
azotados por los vientos y corrientes de la Mancha, son también una
fábrica de hombres que los hace y rehace. Aquel gran soplo y aquel gran
mar, en su eterno combate, basta para resucitar á los muertos: y en
efecto, allí se operan renacimientos inesperados. El que no tiene lesión
grave se recobra en un instante. Toda la máquina humana funciona con
fuerza de buen ó mal grado; digiere, respira. La Naturaleza es exigente
y sabe el medio de hacerla andar. Los robustos vegetales que forman una
sábana de verdura bajo el influjo de los más fuertes ventarrones
marinos, nos hacen asomar la vergüenza al rostro cuando los comparamos
con nuestra languidez. Cada puertezuelo normando es un agujero de la
costa brava por el que se introduce el infatigable Noroeste (el
_Norouais_ en buen normando), silbando y haciéndonos revivir. Por
supuesto, que no sopla con tanta violencia á la embocadura del Sena, á
la sombra de los bosques de manzanos de Honfleur y de Trouville. Al
partir el manso río, se desliza suavemente á la izquierda, trayendo el
influjo de su carácter agradable y pacífico.
Hase descrito en otro sitio de esta obra el mar vehemente, con terrible
frecuencia, de Granville, Saint-Malo, Cancale. Aquella es la mejor
escuela para la gente joven. Allí está el reto del mar al hombre, la
lucha en que los fuertes conviértense en fortísimos. La grande gimnasia
naval ha de verificarse en esos parajes entre normandos y bretones.
* * *
Si, por el contrario, se tratara de una existencia gastada, frágil, de
un niño débil y enfermizo, ó de una mujer agotada en las luchas del
amor, buscaríamos un sitio más suave para abrigar ese tesoro. Una playa
enteramente tranquila con el agua no tan fría, sin engolfarnos mucho al
Mediodía, son cualidades de las islitas y penínsulas del Morbihan: todos
aquellos islotes forman un laberinto más intrincado que aquel en que un
rey ocultó á su Rosmunda. Confíe, pues, usted la suya á ese mar
discreto. Nadie lo sabrá, exceptuando las vetustas piedras druídicas
que, con algunos pescadores, constituyen los únicos habitantes de sitio
tan agreste y bonancible.--«Pero--pregunta nuestra dama,--¿de qué se
vive allí?--Sobre todo, de pesca, señora.--¿Y de qué más?--- De pesca.»
No dista mucho Saint-Gildas, la abadía adonde, según dicen los bretones,
fué Eloísa para reunirse con su Abelardo. Poco les bastó para vivir á
los célebres amantes: adoptaron el sobrio y solitario régimen de
Robinsón, comida de viernes. En dirección del Mediodía se encuentran
algunos lugares más civilizados, agradables y deliciosos, tales como
Pornic, Royan y Saint-Georges, Arcachón, etc.
Ya he mentado en otra ocasión Saint-Georges, la dulce playa de los
olores amargos. Arcachón es asimismo muy apacible en medio de sus
_pinadas_ resinosas cuyos perfumes vivifican. Sin la mundana invasión de
la populosa y rica Burdeos, sin la muchedumbre que afluye y se atropella
en ciertas épocas, mucho nos agradaría ocultar allí nuestros adorados
enfermos, los tiernos y delicados objetos para quienes tememos el
bullicio mundanal. Mientras estuvo ese sitio encerrado en su concha
interior, ofrecía el contraste de un mar tranquilo y profundo, absoluto,
á dos pasos de un mar terrible. Más allá del faro, el furioso golfo de
Gascuña; dentro, el agua soñolienta y la languidez de una ola muda, que
no causa más estrépito que el que producir puede un piececito sobre la
elástica almohada del alga marina con que se afirma una capa de arena
muy reblandecida.
En un clima intermedio que no es ni Norte, ni Mediodía, ni Bretaña, ni
Vendée, he visto y vuelto á ver con alegría el precioso y grave abrigo
de Pornic, sus excelentes marinos, sus agraciadas muchachas,
encantadoras bajo sus gorras puntiagudas. Es un lugarcillo de reposo,
que teniendo enfrente la dilatada isla (península más bien) de
Noirmutiers, llégale el mar oblicuamente, de una manera indirecta y con
mesura, y apenas ha entrado, se humaniza, hilando por medio de su rizada
onda lino, al parecer, ó muer. En aquella concha de algunas leguas de
extensión, ha fabricado el mar otras pequeñas, ancones angostos de suave
pendiente para las mujeres, ó bañeras para los niños. Esas lindas playas
enarenadas, separadas entre sí, ocultas á las miradas indiscretas por
rocas respetables, tienen sus pequeños misterios para divertir á los que
en ellas se bañan. Vese alguna vida marina, pero mucho más pobre que en
otro tiempo: el abrigo es inútil, y también perjudicial. El mundo de las
aguas no recibe en esa concha harto tranquila, rica alimentación; por lo
tanto, la abandona. Dicho mar se enajena de día en día el gran oleaje
del Océano, haciéndose sordo á sus gritos, que sólo se oyen muy
debilitados. Semi-silencio que tiene gran encanto. En ningún otro punto
he hallado con más dulzura la libertad de soñar despierto, ni el encanto
de los mares moribundos.
III
La habitación.
Permítase á un ignorante que, sin embargo, ha adquirido cierta
experiencia á costa suya, dar algunos consejos sobre los puntos que no
citan los libros, y que hasta el presente han preocupado muy poco á los
hombres de la facultad médica. Para que esos consejos no sean tan
difusos, los doy á una persona enferma que me pide informes. ¿Es un ser
ficticio? No. La persona á quien me dirijo, hela realmente encontrado, y
más de una vez, en el transcurso de mi vida.
He aquí á una señora joven, debilitada, enferma ó muy cercana á estarlo,
y un niño más débil todavía que la madre. El invierno se ha pasado así,
así; la primavera con más dificultad. Sin embargo, no hay lesión grave.
Debilidad, anemia; esto es todo: sólo dificultad para vivir. Se les
prescribe pasar el verano á orillas del mar.
Gasto exorbitante para una persona de medianos recursos y poco
acomodada. Penoso viaje para una ama de casa. Ruda separación, sobre
todo, tratándose de dos esposos que se quieren. Entrase en
negociaciones: se desearía dulcificar la sentencia. ¿No será bastante
un mes? Empero el muy entendido doctor insiste. Cree que una estancia
demasiado corta hace más daño que bien. La impresión brusca, violenta,
de los baños, sin preparativo de ninguna clase, es más bien propia para
trastornar la salud, aun la más robusta. Las personas razonables, al
llegar al puerto de mar, lo primero que deben hacer es aclimatarse,
respirar: el mes de junio es excelente para el caso--julio y agosto para
tomar los baños;--septiembre, y á veces octubre, procuran el descanso de
los fuertes calores, dulcifican la excitación producida por la acritud
salina, consolidan los resultados, y aun con sus frescos ventarrones
acostumbran á los fríos invernales.
Pocos hombres hay libres durante todo el verano: y mucho será si el
marido puede pasar junto á su cara mitad uno ó dos meses--agosto y
septiembre, por ejemplo.--Por poco dispuesto que se encuentre á
sacrificarla los intereses secundarios, en bien de su misma esposa debe
quedarse en casa. Hay en la restringida existencia del hombre laborioso
cadenas que no puede romper sin gran detrimento de la familia. Así,
pues, la señora ha de partir sola. Ya los tenemos divorciados.
¿Partir sola? Nunca lo ha estado. Más tranquila iría si marchaba en
compañía de una familia de amigos ricos, que parte sin faltar uno,
marido, mujer, niños, criados.--Si me atreviera á dar mi opinión, diría:
«Que parta sola.»
La partida en compañía, divertida y agradable al principio, suele tener
consecuencias bien distintas. Hay incómodos, pendencias, y los que
partieron amigos vuelven enemigos, ó (y esto es peor aún) demasiado
amigos. La ociosidad de los baños produce con harta frecuencia
resultados imprevistos que hay que lamentar toda la vida. El más pequeño
de los inconvenientes que puede resultar (y yo no lo encuentro
pequeño), es que gentes que, separadas, habrían sentido mejor el influjo
del mar, trayendo muy buena impresión de su viaje, si han de vivir
juntas proseguirán el sistema de vida de las grandes ciudades
(frivolidad, vulgaridad, falsa alegría, etc.) Cuando uno está solo, se
ocupa en algo, medita; en tertulia, se charla, se murmura. Esos amigos
ricos y gentes de mundo arrastrarán la joven señora á sus diversiones;
de suerte que se sentirá agitada y llevará una vida más intranquila y
antimedical que en París. Su misión es enteramente distinta. Reflexione
usted lo que la digo, señora; tenga ánimo y sea prudente. Rodeada de
soledad, sin más distracciones que las que le procure su hijo, vida
inocente, infantil si usted quiere, pero pura, noble, poética, sólo
haciendo este género de vida recobrará las fuerzas y la salud perdidas.
La justicia delicada y tierna que la hace á usted temer los placeres,
mientras otra persona que ha quedado en casa trabaja para la familia, le
será tenida en cuenta, no lo dude. El mar la estimará más si no quiere
otro amigo que él mientras esté á su lado; y en dicho sitio de reposo la
prodigará su tesoro de vida, de juventud. El niño crecerá como un
precioso árbol y usted florecerá en la gracia, volviendo á su hogar
joven, adorada.
* * *
Resígnase y parte. La estación es indicada y hasta conocida. Se aprecia
por el análisis químico el valor real de las aguas. Empero hay un
sinnúmero de circunstancias locales, que no pueden adivinarse á gran
distancia, y raras veces las conoce el médico. El hombre de las grandes
ciudades, tan ocupado siempre, no tiene ocasión ni tiempo para estudiar
aquellas localidades.
De las más importantes han sido publicadas guías que no carecen de
mérito. Por ellas se sabe el gran número de enfermedades que pueden
curarse en la estación recomendada. Mas, pocas, poquísimas, dicen nada
sobre lo más esencial que allí se va á buscar, la originalidad del
sitio; no atreviéndose á declarar abiertamente lo malo y lo bueno, el
lugar que dicho sitio ocupa en la escala de las estaciones. El libro es
un elogio general, tan general, que muy poco instruye.
¿Cuál es la situación exacta? Si examinamos el plano, veremos que la
costa hace una ligera inflexión al Mediodía. Pero esto no enseña nada.
Podrá suceder que tal ó cual curva del terreno coloque la habitación que
usted ocupe bajo una influencia demasiado fría; que, por ejemplo, un
torrente desembocando en la costa, un valle oculto, pérfido, la traiga
el viento del Norte, ó que, merced á un repliegue del terreno, el viento
del Oeste se engolfe y la ahogue con su soplo.
¿Hay pantanos en las cercanías? La respuesta es fácil: diciendo sí, casi
siempre se acertará. Mas la diferencia es grande si éstos son salados,
renovados, saneados por el mar, ó pantanos adormecidos de agua dulce
que, después de las sequías, producen emanaciones febrosas.
¿Es puro el mar ó mezclado? ¿Y en qué proporción? Gran misterio que uno
no se atreve á esclarecer. Pero para las personas nerviosas, para los
novatos que empiezan la serie de baños de mar, los más suaves son los
mejores. Un mar un poco mezclado, el aire no muy salado ni acre, una
playa risueña que ofrezca las perspectivas del campo, son las mejores
circunstancias.
Un punto grave y capital es la elección de vivienda. ¿Quién va á
dirigir á usted? Nadie. Preciso es ver, observar por sí mismo. Muy poca
luz se saca de los que han visitado la comarca, aunque hayan vivido en
ella, pues la elogian ó critican, no según su verdadero mérito, sino
conforme á lo que se divirtieron ó á las amistades contraídas. La
recomendarán á algún amigo que la recibirá con los brazos abiertos, y al
cabo de algunos días palpa usted los inconvenientes. Ve que vive en la
casa menos cómoda, y á veces malsana y peligrosa. No importa, está usted
ligada; ofendería á la persona que la recomendó y á la amable, excelente
y hospitalaria familia que la ha recibido bajo su techo.
«Bueno; no me ligaré. Mas al llegar, si encuentro un médico honrado,
querido, suplicaréle me guíe.»--¡Honrado! No basta esto; debería ser
también intrépido, heroico, para poder hablar con franqueza sobre punto
tan capital. Se pondría mal con todos los habitantes del lugar; sería
hombre al agua. Todo el mundo le rechazaría, viéndose precisado á vivir
como una fiera, y podría darse por muy contento si alguna noche no
encontraba quien le jugara una mala pasada.
* * *
Detesto las construcciones ligeras hasta lo absurdo que levanta la
especulación para climas tan variables. Como uno llega en la época de
los grandes calores, acéptase sin titubear tal vivac: pero con
frecuencia se prolonga la estancia durante septiembre y aun todo el
octubre, expuestos á la furia de los vientos y las lluvias.
Los propietarios del país que gozan de buena salud, constrúyense para
ellos buenas y sólidas casas, perfectamente resguardadas. Y para
nosotros, pobres enfermos, edifican albergues de tablas, absurdos
_chalets_ (no rellenados de musgo cual los de Suiza, sino abiertos y con
las junturas despegadas). Esto sí que se llama burlarse del prójimo.
En esas quintas, de apariencia lujosa, si bien miserables en el fondo,
nada ha sido previsto. Salones, piezas de aparato con vistas al mar,
pero nada de interior agradable; nada de esas dulces comodidades de que
tanto necesita la mujer. La pobre no sabe do guarecerse, viviendo allí
como en una semitempestad continua, sufriendo á cada momento bruscas
transiciones de temperatura.
Por otro lado, la sólida casa del pescador, y aun del hombre de la clase
media, suele ser baja y húmeda, incómoda, inconveniente para ciertas
disposiciones. Muchas veces no sólo carece de doble y grueso techo, sino
que tiene un sencillo envigado por donde penetra y sube á las
habitaciones superiores el aire frío de los bajos. De ahí los
constipados y reumatismos, las gastritis y cien otras enfermedades.
Cualquiera de aquellas dos habitaciones que escoja usted, señora, ¿sabe
lo que deseo contenga ante todas cosas? Ríase cuanto quiera, no importa.
Lo que deseo contenga es, á pesar de hallarnos en el mes de junio, una
buena chimenea á prueba de viento. En nuestra hermosa Francia con su
frío Noroeste, y lluvioso Suroeste, que en el año que corre ha reinado
nueve meses, es preciso poder encender fuego en todo tiempo. En medio de
una velada húmeda, cuando su hijo de usted se presenta tiritando y no
puede entrar en calor antes de acostarse, debe encenderse un buen fuego.
Dos cosas hay que han de estar previstas anticipadamente en toda
habitación: el fuego y el agua--agua potable, cosa bastante rara junto
al mar.--Caso de que no pueda beberse, trate usted de suplirla con
cerveza ú otra bebida de las usadas en el país.
¡Cuánto daría por poder levantar con la palabra la quinta del porvenir
tal como se presenta en mi ánimo! No me refiero á la casa fastuosa, al
palacio que quisieran los ricos erigir orillas del mar: hablo de la
modesta casa de las fortunas medianas. Es un arte que está por crear
todavía, y todos parecen ignorarlo. Los ensayos hechos hasta ahora son
copia de tipos en contradicción con nuestros climas y la vida de las
costas. Esos kioscos, accidentados de ligeros adornos, son á propósito
para lugares abrigados, pero en los nuestros dan miedo: parece que el
viento va á llevárselos. Los _chalets_ que, en Suiza, ostentan grandes
cobertizos para resguardarse de las nieves y encerrar el heno, tienen el
grave inconveniente de quitar mucha luz. El sol (en nuestros mares del
Norte) no debe ser desterrado, sino acogido con gran cuidado. Y en
cuanto á las imitaciones de capillas, de iglesias góticas tan incómodas
para vivienda, dejemos á un lado esas monadas ridículas.
Orillas del mar, el primer problema es una gran solidez, firmeza,
espesor de las paredes á prueba de los temblores y conmociones que se
sienten cuando uno está metido en una frágil vivienda, fundamentos, en
fin, que inspiren confianza; de suerte que en medio de la más horrorosa
tempestad tenga la mujer tímida la seguridad de que no hay peligro para
ella ni para cuanto la rodea, y pueda dibujarse en su rostro la sonrisa
y esa felicidad del contraste que hace exclamar: «¡Qué bien se está
aquí!»
El segundo punto es que la pared de la casa que mira á la tierra esté
tan bien abrigada, que haga olvidar el mar, y que al lado de aquel
continuo torbellino puedan los moradores encontrar el descanso.
Para responder á esas dos necesidades, preferiría la forma que da menos
asidero al viento, la semicircular ó de media luna, cuya parte convexa
procuraríame por el lado del mar un panorama variado, viniendo el sol á
dar la vuelta de una á otra ventana y recibiéndolo á todas horas.
La concavidad de ese semicírculo, el interior, estaría protegido por los
picos de la media luna, para que abrazara el lindo parterre del ama de
casa. A partir de ese parterre, la inclinación progresiva del suelo
permitiría formar un jardín de alguna extensión, resguardado de los
vientos marinos. Con frecuencia basta un repliegue del terreno para
neutralizar su influencia.
«Flora aborrece el mar,» dícennos. Lo que aborrece es la negligencia del
hombre. Desde aquí estoy viendo Etretat, y ante un mar muy enfurecido,
en lo más elevado de la costa brava, expuesta á la furia de los vientos,
una granja con un vergel y árboles admirables. ¿Qué precauciones han
tomado sus dueños? Un sencillo terraplén de cinco pies de alto, dejando
crecer encima todo género de vegetación fortuita, un zarzal. Detrás de
ese terraplén ha brotado una hilera de olmos bastante robustos que
dieron abrigo á los demás. Asimismo hubiese podido tomar ejemplo de
otras localidades de Bretaña. ¿Quién ignora la gran cantidad de frutas y
de legumbres que produce Roscoff, las cuales llegan á venderse á vil
precio hasta en la misma Normandía?