Volviendo á nuestro edificio, lo quiero no muy alto. Bajos y un piso

para los dormitorios. Nada de granero arriba, sino alguna pieza baja ó

desván que aisle el primer piso del techo.

Luego, la casa pequeña. En cambio, que sea sólida, con dos hileras de

cuartos, una habitación mirando al mar y otra á la tierra.

Los bajos, de cara á la tierra, deberían estar abrigados un tanto por el

primer piso que sobresaldría sólo unos cuatro ó cinco pies: esto

constituiría en esa media luna interior una especie de galería para

abrigarse durante el mal tiempo. Los cuartos bajos servirán de comedor,

otra piececita, si se quiere, para la biblioteca (viajes, historia

natural) y otra para baños. No se habla aquí de una verdadera biblioteca

ni una lujosa sala de baños. Lo más esencial, muy sencillo, cómodo, y es

todo.

Me gustaría, en los momentos en que la playa es inabordable para los

pechos delicados, me gustaría, digo, ver al ama de casa, sentada y bien

abrigada, leyendo, trabajando en el _parterre_. Debería estar rodeada de

alguna cosa que recordare la vida, flores, pajarera, una conchita llena

de agua de mar donde podría llevar todos los días sus descubrimientos,

las pequeñas curiosidades que la proporcionarían los pescadores.

Por lo tocante á la pajarera, preferiría fuese la pajarera libre que he

aconsejado en uno de mis libros, aquélla en que los pájaros vienen á

buscar un albergue para pasar la noche y un poco de alimento. Se cierra

al anochecer para preservarlos de los mochuelos, y se abre de mañanita.

Los pájaros no faltan á hora fija. Y aun creo que si aquélla fuese

grande y se colocara en medio el árbol que les es común, fácilmente

harían en él sus crías, bajo su protección, señora, confiándola á usted

sus pequeñuelos.

Existencia seria, encantadora. ¡Qué soledad tan agradable en este

intermedio de la vida, mientras dura esa rápida viudez! La situación es

enteramente nueva: nada de tráfago casero, nada de negocios. Con el

hijo al lado, la soledad de la madre es más grande que si estuviese

separada de él. Si no tuviese consigo aquel compañerito, ofreceríasele

otra compañía, los ensueños, engolfándola en la vida de las vanas

visiones. Empero ese inocente guardián, el niño, lo impide: él la

entretiene, la hace charlar. Recuerda el hogar doméstico. Junto á su

hijo no se borra de su memoria el sentimiento de que es preciso

trabajar, y recuerda que en otro punto hay alguien que trabaja para

ellos y cuenta también las horas que transcurren.

Floreced, pura, agradable flor. Hoy más rejuvenecida que nunca, se

encontrará usted como cuando era niña libre, y con bien dulce libertad,

bajo la salvaguardia de su hijo.

IV

Primera aspiración del mar.

Es dar un paso muy grande y brusco el que abandona á París en tan bello

momento dirigiéndose á la desierta playa; París, resplandeciente

entonces con sus magníficos jardines y sus floridos castaños. Junio se

deslizara de un modo encantador en la costa si se encontraban dos

personas solas, antes de invadirla la muchedumbre. Mas, cuando uno llega

solo, la conversación con el mar y la noble sociedad de aquel gran

solitario no dejan de producir cierta tristeza.

En las primeras visitas que hacemos á la playa, la impresión que nos

causa es poco favorable: la hallamos monótona, agreste, árida. La

inusitada grandeza del espectáculo nos hace sentir, por contraste,

nuestra debilidad y pequeñez: el corazón se oprime. El pecho delicado

que respiraba dentro de una mala habitación y se encuentra

repentinamente en el anchuroso cuarto del Universo, expuesto al sol y el

viento, siéntese oprimido. El niño juega, va, viene, corre. La enferma

se sienta, é inmóvil, comienza á temblar á impulsos de aquel aire frío,

y acude á su memoria la templada atmósfera del abandonado nido. Sin

embargo, el hijo se divierte y esto la consuela un tanto.

Todo cambiará, señora. Fortalézcase usted. La impresión será bien

distinta cuando, conociendo mejor el mar, lo vea tan poblado. La penosa

constricción que usted siente en el pecho desaparecerá por el hábito:

debe acostumbrarse á ese aire fresco, pero salado y acre, que lo menos

que hace es refrescar. Hay que habituarse á él con lentitud, no querer

aspirarlo expresamente. Poco á poco, sin apercibirse de ello, en los

abrigados repliegues del terreno, jugando con su hijo, respirará usted

libremente y sus pulmones se ensancharán. Empero, al principio, no

permanezcan mucho tiempo en la playa, antes bien dirija sus pasos al

interior de la comarca.

La tierra, su amiga habitual, la llama á usted. Los pinares rivalizan

con el mar en emanaciones saludables: las que le son propias, resinosas,

son tonificantes como las que despide el mar, y carecen de acritud.

Ellas penetran nuestro ser, se introducen por todos los poros, modifican

la sangre, la salubrifican perfumándonos con un aroma sutil. En las

landas, detrás de los pinos, los simples y las hierbas un poco fuertes

que huella usted, la prodigan su fragancia, no sosa y embriagadora como

la que despide la peligrosa rosa, sino agradablemente amarga. Siéntese

usted en medio é imítelos, abrigándose en ese suave repliegue que forma

el terreno. ¿No se diría que nos encontramos á cien leguas del mar?

Aspire usted esos puros espíritus, alma de estas flores silvestres, sus

hermanas en pureza. Cójalas usted, si le place, señora: no desean otra

cosa las pobres. Son un poco agrestes, no hay duda; mas, ¡tienen tal

suavidad! En su virginal perfume se encierra el raro misterio de calmar

y consolidar. No tema colocarlas sobre su regazo, al lado del corazón.

* * *

Debemos hacer notar que esas abrigadas landas son ardientísimas á

ciertas horas del día, puesto que absorben, concentran los rayos

solares. La mujer débil se agostaría; y la joven, rica de vida, se

inflamaría, herviría, sentiría fiebres temibles. Su cabeza se perdería

por los sorprendentes y peligrosos efectos de espejismo que llegaría á

ver. Para pasearse por aquellos sitios han de elegirse los días

nublados, húmedos y apacibles, ó bien levantarse temprano, á la hora del

fresco matutino; cuando el tomillo conserva aún un poco de rocío, cuando

el ágil conejo corre errante por los campos dando saltos y tumbos.

Pero ya es hora de que volvamos á nuestro Océano. Durante la resaca,

pone de manifiesto y ofrece en cierto modo la rica vida que sustenta.

Seguirle hemos paso á paso, avanzando sobre la húmeda arena, que todavía

no se hunde mucho bajo nuestras plantas. Nada tema usted. A lo sumo, la

mansa ola vendrá á bañar sus pies. Si observa bien, verá que esa arena

no carece de vida, puesto que aquí y allá agítanse buen número de

rezagados sorprendidos por el reflujo. Algunas playas esconden ciertos

pececillos, y en la embocadura de los ríos se agita la anguila debajo

produciendo pequeños terremotos. El cangrejo, muy encarnizado en sus

festines así como en la lucha, ha querido, si bien un poco tarde,

alcanzar el mar. Al correr, deja en la superficie un extraño mosaico,

las torcidas líneas de su marcha oblicua, y donde terminan las líneas

veislo encogido que aguarda la pleamar. El solen (mango de cuchillo) se

ha zambullido, empero su retirada vese traicionada por el embudo que se

reserva para respirar. La Venus esto por un fuco pegado á su concha que

sale á la superficie y revela su albergue. Las ondulaciones del terreno

os indican las galerías de los anélidos guerreros; su arsenal es una

maravilla, y el iris (visto al microscopio) es admirable por sus

cambiantes colores.

El espectáculo más sublime se efectúa durante la gran marea. El Océano

retrocede tanto más en el reflujo cuanta mayor fué su elevación durante

el flujo, dejando entonces á descubierto espacios inmensos,

desconocidos. El misterioso fondo del mar, producto de tantos ensueños,

se aparece; y allí, sorprendentes, llenas de movimiento, de vida, en el

secreto de sus hogares, vense sorprendidas tribus que se creían muy

abrigadas y que nunca, casi nunca vieran el sol ni mucho menos habían

estado expuestas á la indiscreta mirada del hombre.

Tranquilízate, pueblo tímido. Te están contemplando los ojos curiosos,

pero compasivos, de una mujer: no es la mano del pescador, no. ¿Qué

quiere aquélla? Sólo veros, saludaros y que os contemple su hijo,

dejándoos disfrutar de vuestro elemento natural, y deseándoos salud y

prosperidades.

A veces no hay necesidad de errar á mucha distancia: todo lo encontramos

en un mismo sitio. Diviértese el Océano fabricando en el hueco de una

roca océanos en miniatura que no por ser pequeños dejan de estar

completos; esto es, un mundo de algunos pies en cuadro. Uno se sienta y

contempla. Cuanto más miramos más existencias descubrimos, primero

imperceptibles y que luego se destacan. No nos moveríamos de aquel

sitio, si el amo, el imperioso soberano de la playa no nos expulsara por

medio del flujo.

Al día siguiente, uno se encamina al mismo punto. Es aquello la escuela,

el museo, el insaciable divertimiento para el hijo y la madre. Allí el

ojo avizor de la mujer á la par que su tierno corazón, adivinan cuanto

pasa sin escapárseles el menor detalle. La maternidad indícale cómo se

va creando la vida, formándose. ¿Queréis saber ahora por qué su instinto

le revela tan rápidamente la Creación, por qué penetra con paso llano

(como entraría Pedro por su casa) en el misterio de la Naturaleza?

Porque la mujer es la misma Naturaleza.

En el fondo del agua untuosa vense pequeñas algas, pequeñas sí, pero

sustanciosas y nutritivas, y otras plantas liliputienses de finos y

apreciados dibujos: pradera paciente para alimentar sus ganados, los

moluscos, que ramonean por encima. Lepadas y bocinas, rombos, almejas

violadas, telinas rosadas ó color lila, gente tranquila toda, esperarán.

Mejor resguardados los balanos merced á su ciudad fortificada, cierran

sus cuádruples ventanales. Mañana les veréis todavía en aquel sitio.

¿Acaso en medio de su inercia no sueñan con el movimiento? ¿No tienen

una idea confusa y el amor de lo desconocido? ¿Ignoran que algún ser

benéfico se aparecerá en ciertos momentos á refrescarles y

alimentarles?... ¡Oh, no! piensan en todo esto, y aguardan. Viudas

dichas conchas del gran esposo, el Océano, saben que volverá en

dirección á la tierra para acariciarlas. Y anticipadamente miran hacia

él, y las que tienen casas fijas cuidan muy bien de que la puerta esté

en aquella dirección y pronta á abrirse. Si se muestra un tanto violento

su regenerador, mejor que mejor, así las mece más cariñosamente.

«Vé, hijo mío, cómo al acercarnos, esos inmóviles se han quedado solos;

otros más activos huyeron al oir nuestros pasos, pero ya se

tranquilizan. El bullicioso langostino irisa el agua con sus palpos

delgados, encargándose de producir las olas y la tempestad á medida de

un tal Océano. La araña del mar, lenta é insegura, líbrase por su tímida

audacia; sube hacia la luz, á la tibia superficie. Un personaje

prudente, agazapado en el fondo del fuco, bajo las violadas

coralinas--el cangrejo,--avanza curioso, y después de lanzar una mirada

furtiva, se zambulle en su selva.

«Pero ¿qué veo?, ¿qué es esto?: una concha enorme, inmóvil hasta este

momento, recobra la vida, prueba á andar... ¡Oh! esto no es natural.

¡Vaya un fraude más grosero! El intruso se vende, gracias á los

singulares tumbos que da... ¿Quién queréis que deje de conoceros,

preciosa máscara, sir Bernardo el Ermitaño, taimado cangrejo que

tratabais de haceros pasar por un inocente molusco? Los peces que

cargáis sobre vuestra conciencia os perturban y agitan demasiado.»

Orillas de nuestro Océano, extrañas á esos movimientos, las flores

animadas despliegan sus corolas. Junto á la pesada anémona se ostentan y

reflejan á los rayos del sol deliciosas hechiceras (los anélidos). De un

tortuoso tubo surge un disco, una umbrela blanca ó color lila y á veces

color carne. Un tanto ladeada ha desprendido de sí misma cierto objeto

que no tiene igual en el mundo vegetal: no hay ninguna que se asemeje á

su hermana, siendo inimitables por la delicadeza de su aterciopelado

matiz.

He aquí una sin parasol, que deja flotar al viento una nube de tenues

hilitos, coposos, teñidos apenas de un gris plateado. Cinco hilitos se

desprenden más largos que los otros y de color de cereza; ondulan,

anúdanse y se desanudan, y enlazándose á los cabellos de plata, producen

en el agua encantador efecto. Esto nada dice á nuestros sentidos

groseros; pero habla muy alto para aquella que vive una existencia

nerviosa, para el sutil ingenio de la mujer enferma á quien cualquier

cosa electriza. A sus rojos y lánguidos colores, paulatinamente se

reconoce, siente el soplo vital que se enciende, brilla y vuelve á

apagarse. ¡Visión tiernísima! Y otra vez fija su mirada en aquel

delicioso océano en miniatura, y entonces penetra mejor la Naturaleza,

madre fecunda, pero tan severa, que parece encontrar un áspero gozo en

devorarse á sí misma.

Nuestra heroína permaneció sumida en éxtasis, oprimido el corazón por

aquella idea. La mujer no sería mujer, es decir, el encanto del

Universo, si no poseía ese don precioso: _La ternura que no la deja

hasta el sepulcro, la piedad y sus lágrimas, más valiosas que las más

ricas perlas de los mares._

La que nos ha dado tema para este capítulo y algunos otros, no lloraba;

pero ¡estaba tan próxima á hacerlo! El niño lo vió, y estando dotado,

como todos los niños, de una penetración muy rápida, no despegó los

labios, de suerte que el regreso al hogar fué silencioso.

Era el primer día en que aquella mujer, para dar gusto á su hijo,

comenzó á deletrear con el alma el idioma de la Naturaleza; y de

improviso habíale dirigido aquel idioma palabras tan misteriosamente

conmovedoras que penetraron al fondo de su corazón.

Declinaba la tarde: el ave marina rezagada aguzaba sus remos, ansiosa de

llegar á tierra y á su nido. Subiendo por la costa tajada y por el ya

obscuro jardín, dejóse oir un primer chillido siniestro, estridente, de

ave nocturna. Pero la pajarera de refugio estaba perfectamente cerrada,

durmiendo los pajaritos la cabeza bajo el ala. No obstante, quiso

asegurarse por sí misma la señora y vió que no había peligro. Entonces,

escapóse un suspiro de lo hondo de su pecho y abrazó fuertemente á su

hijo.

V

Baños.--La belleza renace.

Si, como afirman algunos médicos franceses, los baños de mar sólo tienen

una acción mecánica, y no dan á la sangre ningún principio nuevo,

_siendo simplemente una rama de la hidroterapia_, preciso es confesar

que de todas las formas de la hidroterapia, ésta es la más ruda, la más

aventurada. Desde el momento en que esa agua, tan rica de vida, no hace

más efecto que el agua clara, es una locura practicar tales

experimentos al aire libre, expuestos á los azares del viento, del sol

y de otros mil accidentes.

Cualquiera, al ver salir del agua á la pobre criatura que toma los

primeros baños, pálida, descarnada, atemorizada, con un temblor mortal,

presiente lo rudo que ha de ser tal ensayo y el peligro que corren

ciertas constituciones. Estad persuadidos que nadie irá á afrontar tan

terrible suplicio si puede suplirlo en su propia casa y sin riesgo por

medio de una suave y prudente hidroterapia.

Añadid que la impresión, como si no fuera bastante fuerte, se agrava

para la mujer nerviosa con la presencia de la muchedumbre. Es una

exhibición cruel ante un mundo crítico, ante las rivales encantadas de

encontrarla fea una vez siquiera, ante hombres poco circunspectos que de

todo hacen burla, observando, gemelos en mano, las tristes peripecias de

tocado de una pobre mujer humillada.

Para soportar todo esto, preciso es que la enferma tenga una fe, pero

una gran fe en el mar, que crea que no hay otro remedio que pueda

curarla, que quiera á toda costa _empaparse_ de las virtudes de sus

aguas.

«¿Por qué no?--dicen los alemanes.--Si la primera impresión del baño os

_contrae_ y cierra vuestros poros, después se abren por medio de la

reacción de calor que se sigue; la piel se dilata y se hace muy

susceptible de _absorber_ la vida del mar.»

Estas dos operaciones, son obra casi siempre de cinco ó seis minutos. Un

baño más largo suele perjudicar.

Por otra parte, no debe llegarse á la violenta emoción de los baños

fríos, sino después de prepararse con el uso de baños tibios que

facilitan la absorción. Nuestra piel, formada enteramente de boquitas, y

que á su modo absorbe y digiere como el estómago, necesita

acostumbrarse á tan fuerte alimento, á beber el _mucus_ del mar, esa

leche salada que constituye su vida, con la que hace y rehace los seres.

En la sucesión graduada de los baños calientes, tibios y casi fríos, la

piel tomará ese hábito, esa necesidad: experimentando sed, beberá más y

más todos los días.

Durante la ruda ceremonia de los primeros baños fríos debe evitarse al

menos la odiosa indiscreción de las muchedumbres. Que se verifique en

sitio seguro, sin más testigo que el indispensable, una persona adicta

para auxiliar en caso de necesidad, vigilar, sostener, dar friegas con

paños de lana bien calientes, propinar un ligero cordial de un líquido

templado en el que se pondrán algunas gotas de enérgico elíxir.

«Pero--se me objetará,--el peligro es menor cuando uno se baña á la

vista de todo el mundo. Ya pasaron los tiempos de Virginia que, en un

trance extremo, prefirió ahogarse mejor que tomar un baño.»--Error.

Somos ahora mucho más nerviosos que nunca, y la impresión á que me

refiero es tan viva é irritante (hablo para ciertas personas), que puede

producir efectos mortales, por ejemplo un aneurisma, un ataque

apoplético.

* * *

Estimo el brazo popular, mas aborrezco las muchedumbres, y sobre todo,

las bulliciosas muchedumbres de vividores, que entristecen las orillas

del mar con sus risotadas, sus modas, sus ridiculeces. ¡Cómo! ¿No hay

bastante espacio tierra adentro, que habéis de venir aquí á hacer la

guerra á los pobres enfermos, vulgarizar toda la majestad del mar, la

salvaje y la verdadera grandeza?

La maldita casualidad me llevó un día del Havre á Honfleur, á bordo de

una embarcación que rebosaba de esos imbéciles. A pesar de lo corto de

la travesía, como los señoritos se fastidiaban, organizaron un sarao.

Ignoro cuál de ellos (¿algún maestro de baile?) llevaba un pequeño

violín en la faltriquera y comenzó á tocar contradanzas á presencia del

Océano. Verdad es que no se oían los acordes de su instrumento, pues, la

profunda voz del mar, que solemne, formidable, bramaba á nuestro

alrededor, ahogaba aquellos débiles sonidos.

Concibo muy bien la tristeza que se apodera de la señora que en el mes

de julio, ve turbada la soledad de su retiro por ese enjambre de

presumidos, descreídos, confidentas, curiosas, etc. Desde aquel momento

cesa la libertad. La más tranquila y apartada mansión pierde su calma

nocturna con la algazara que promueven todos aquellos seres, en cafés y

casinos. De día, bandadas de petimetres de guante amarillo y bota de

charol, hormigueaban en la playa. Han visto á alguna persona que estaba

sola. ¿Sola? ¿Por qué lo está? Y empiezan los cuchicheos. Acércanse y

tratan de entablar conversación por medio del niño, al cual regalan

algunas conchas. En una palabra, la señora, sin saber qué hacer,

importunada, permanece en casa ó sólo sale de mañanita. Entonces, todo

son comentarios malévolos, llegando á oídos de la madre una que otra

frase. Esto no deja de inquietarla. Aquellos importunos, á quienes trata

de desviar de su lado, son á veces gentes de influjo que podrían

perjudicar á su esposo.

En ninguna parte trabaja tanto la imaginación como en los baños de mar.

Las noches de julio y agosto, ardientes, y que se prestan poco al sueño,

suelen pasarse agitadas, pensando en esas quimeras. Si la señora se

levanta tarde, esto ocasiona más molestia que de costumbre, pues en tal

caso, el baño, en vez de refrescar, añade la irritación salina al calor

canicular. De manera que no ha recobrado la fuerza de la juventud, sino

el hervidero. Débil todavía y en estado nervioso, vese turbada al propio

tiempo por esa tempestad interior.

Interior, pero no oculta. El mar, el impertérrito mar, trae y descubre á

la piel aquella agitación que no quisiera descubrirse á nadie,

vendiéndola por medio de granitos, de ligeras eflorescencias. Todas esas

miserias humanas, más comunes en los niños, y que sus madres toman por

signo de salud, las afligen y humillan cuando son ellas quienes las

sufren, temiendo verse privadas del cariño de sus compañeros. ¡Cuán poco

conocen al hombre! Las pobres ignoran que el gran atractivo, el más vivo

aguijón del amor, son los percances de la vida y no la belleza.

«Pero ¡y si me encontrara fea!» Esto dice cada mañanita al mirarse en el

espejo. La esposa teme, á la par que la desea, la llegada de su bien

amado: con todo, encuéntrase muy sola, tiene miedo sin saber por qué, en

medio de tanta gente. No se atreve á alejarse, á pasear á cierta

distancia. Su agitación crece por momentos. Apodérase la fiebre de todo

su ser, métese en cama... Al cabo de veinticuatro horas encuéntrase el

esposo á su lado.

--¿Quién le ha avisado? Ella no. Una manecita, con caracteres muy

gruesos, ha escrito lo que sigue: «Querido papá: venid cuanto antes.

Mamá está en cama. El otro día la oí decir: ¡Si le tuviese á mi lado!»

Helo aquí: ya está buena. ¡Hombre feliz! Feliz de verla restablecida,

feliz de ser necesario, feliz de encontrarla tan bella. Verdad es que el

sol ha tostado su cutis, pero ¡qué joven está! ¡Qué vida respira su

mirada encantadora! ¡Qué dulce reflejo de salud en sus sedosos y

magníficos cabellos que ondulan al viento!

* * *

¿Es fábula lo que se acaba de leer? Ese súbito renacimiento de vida, de

belleza, de ternura, esa deliciosa aventura de encontrar á su mujer

convertida en una joven querida llena de emoción, y tan dichosa de verse

al lado de su compañero, ese milagro ¿es ficción acaso? No, sino el

agradable espectáculo que se ve muy á menudo. Y si es raro entre los

ricos, frecuentemente acontece á las familias laboriosas y esclavas de

sus deberes. Sus forzosas separaciones son penosas; las escapatorias que

permiten reunirse tienen un encanto que el arte no puede ocultar, ni los

esposos se avergüenzan de demostrar su felicidad.

Conocida como es la tirantez prodigiosa de la vida moderna para los

hombres del trabajo (es decir, para todo el mundo, excepción hecha de

algunos ociosos), causan gran satisfacción estas alegres escenas, en que

la familia reunida da expansión, por un momento, á los impulsos de su

corazón. Los que lo tienen gastado, dirán que esto es propio de

gentecilla, que es muy prosaico. Poco importa la forma, cuando el fondo

es tan conmovedor. El negociante cuidadoso que de vencimiento en

vencimiento ha logrado salvar la nave do guarda el porvenir de la

familia, la víctima administrativa, el empleado que gasta su salud con

la injusticia y tiranía de las oficinas, todos esos cautivos han roto

sus cadenas, y en tan fugaz descanso, su adorada y tierna familia

quisiera resacirles de los trabajos pasados, á fuerza de solicitudes.

Gran talento demuestran para ello así la madre como el hijo. Con su

alegría, sus caricias y las distracciones que procura el mar, apodéranse

del ánimo fatigado, despertando en él otras ideas. Este triunfo les

corresponde de derecho: llévanlo á todas partes, á ver su playa, á que

contemple su mar, disfrutando con la admiración que producen estos

objetos al recién venido. Si se les oye, todo aquello es _suyo_. Hanse

posesionado del Océano en que se bañaron y se complacen en ofrecérselo.

La esposa vuelve á presentarse amable, benévola, ante la muchedumbre que

hasta hace pocos momentos tanto la inquietaba. ¡Encuéntrase tan bien á

su lado; tan en su centro! Siéntese más que segura, muy valiente: está

familiarizada con el mar, con las olas, y afirma que va á nadar: «quiere

domar el mar.» Ambición un tanto elevada. Primero vese postergada por su

hijo, algo más listo y atrevido que su madre. Creyéndose sostenida,

nada; en otro caso tiene miedo y se va al fondo.

Ahora se resarcirá á fuerza de baños, pues hase enamorado del mar, lo

adora. Y la verdad es que el mar no comprende las pasiones á medias. No

sé qué embriaguez eléctrica se encierra en él, que quisiéramos absorber

cuanto contiene.

VI

Renacimiento del alma y de la fraternidad.

Tres formas de la Naturaleza dilatan y engrandecen nuestra alma, sácanla

de quicio y la hacen bogar en el infinito.

El Mar · 第 18 / 20 段