En la primera, diremos como Homero: «El mar estéril.» Es surcado

únicamente para buscar al otro lado tesoros fabulosos ó grandemente

exagerados.

En la segunda, notóse que la riqueza del mar consiste sobre todo en él

mismo, y quisimos arrancársela, pero de una manera ciega, brutal,

violenta.

Al odio á la Naturaleza que tuvo la Edad Media hase añadido la aspereza

mercantil, industrial, armada de máquinas terribles, que matan desde

lejos, sin peligro, á montones. A cada nuevo progreso en las artes,

nuevo progreso de barbarie feroz, progreso de exterminio.

Ejemplo: el arpón lanzado por una máquina rápida cual el rayo. Nuevo

ejemplo: la draga, red destructora, usada desde el año 1700, red que

arrastra inmensa y pesada, y siega hasta la esperanza, habiendo barrido

el fondo del Océano. Nos estaba prohibido; empero llegaba el extranjero

y _dragaba_ á nuestra vista. (Véase Tifaigne). Algunas especies huyeron

de la Mancha, trasladándose al Gironde; otras dejaron de existir para

siempre. Lo mismo va á suceder con un pez excelente, magnífico, el

escombro, que es perseguido bárbaramente en toda estación. (Valenc.,

_Diction._ X, 352). La prodigiosa generación del abadejo no por esto lo

pone á salvo de extinguirse, puesto que va en disminución aun en los

mismos bancos de Terranova. Tal vez se destierra voluntariamente en

medio de soledades desconocidas.

* * *

Preciso es que las grandes naciones se entiendan para substituir

condición tan salvaje con otra más humanitaria y civilizada, de suerte

que el hombre reflexione mejor y deje de desperdiciar sus bienes, y de

perjudicarse á sí mismo. Necesítase que Francia, Inglaterra y los

Estados Unidos, propongan á las demás naciones y las decidan á

promulgar, todas juntas, un _Derecho del mar_.

Los vetustos reglamentos especiales de las pescas ribereñas no son

adaptables para la navegación moderna. Requiérese un código común de las

naciones, aplicable á todos los mares, un código que regularice no tan

sólo las relaciones del hombre con el hombre, sino las del hombre con

los animales.

Lo que se debe á sí mismo y lo que debe á ellos es: no hacer por más

tiempo de la pesca una caza ciega, bárbara, en la cual se mata más de lo

que puede aprovecharse, inmolando sin provecho el pescador á los

pequeñuelos que, dentro de un año, habríanlo alimentado espléndidamente;

y ahorrando la vida á uno habríase dispensado de dar muerte á una

infinidad.

Lo que el hombre se debe á sí mismo y debe á ellos, es no prodigar sin

motivo la muerte y el dolor.

Los holandeses y los ingleses tienen la precaución de matar

inmediatamente el arenque; los franceses, más negligentes lo tiran en el

barco amontonándolo y dejando que muera asfixiado. Esta prolongada

agonía lo malea, quítale gran parte de su sabor, de la dureza de su

carne; vese macerado de dolor, acontécele lo que se observa entre las

bestias que mueren de alguna enfermedad. En cuanto al abadejo, nuestros

pescadores lo cortan en el acto de agarrarlo: el que se enreda durante

la noche en las redes, cuyos esfuerzos y agonía desesperada se prolongan

por varias horas, no valen nada en comparación del cortado en el acto

(excelentes observaciones de M. Baude).

En tierra están reglamentadas las estaciones de caza, y lo mismo debe

hacerse con la pesca, teniendo en consideración el tiempo en que cada

especie se reproduce.

Debe ser economizada, como la corta de las maderas, dejando á la

producción el tiempo de repararse.

Los cachorros y las hembras preñadas han de ser respetadas, sobre todo

en las especies que no abundan mucho y entre los seres superiores no tan

prolíficos,--cetáceos y anfibios.

Nos vemos obligados á matar: nuestros dientes, nuestro estómago,

demuestran que fatalmente necesitamos inmolar. Preciso es, pues,

compensar esto multiplicando la vida.

En tierra, creamos, defendemos los rebaños, hacemos multiplicar muchos

seres que no nacerían, serían menos fecundos ó perecerían jóvenes,

devorados por las bestias feroces. Es una especie de derecho que sobre

ellos tenemos.

En el agua hay aún más vidas tiernas anuladas: defendiéndolas,

propagándolas, haciéndolas muy numerosas, nos creamos un derecho de

vivir sobre lo inconmensurable. La generación es susceptible de

dirección como un elemento aumentado indefinidamente. El hombre, sobre

todo en aquel mundo, se aparece como el gran mágico, el promotor

poderoso del amor y la fecundidad. Es el adversario de la muerte, pues

si bien se aprovecha de ella, la parte que se adjudica nada es en

comparación de los torrentes de vida que puede crear á voluntad.

Tocante á las preciosas especies próximas á desaparecer, la ballena más

que ninguna, el animal más grande, la vida más rica de toda la Creación,

debe dejárselas en paz, á lo menos durante medio siglo. Así podrá

reparar sus desastres. No sintiéndose perseguida, regresará á su clima

natural, la zona templada, encontrando allí su inocente vida de

apacentar la viviente pradera, los pequeños seres elementales. Vuelta á

sus antiguos hábitos y á sus propios alimentos, reflorecerá, recobrará

otra vez sus gigantescas proporciones, y volveremos á ver ballenas de

dos y trescientos pies de largo. Que sus pasados lares do tenía sus

amoríos sean sagrados. Esto ayudará no poco á hacerla nuevamente

fecunda. En otros tiempos placíase en las bahías de California. ¿Por qué

no dejarla en ellas? Así no se encaminaría en busca de los atroces

hielos polares, de las míseras guaridas donde locamente se la persigue,

impidiéndola juntarse y procrear.

* * *

¡Paz para la ballena franca! ¡Paz para el dugongo, la morsa, el

lamantín, especies preciosas que no tardarían en desaparecer! Necesitan

muchos años de paz, cual la que tan discretamente hase ordenado en Suiza

para el revezo, precioso animal que había sido batido y destruido casi:

creíasele perdido, mas no tardó en presentarse de nuevo.

Para todos, así anfibios como peces, requiérese una época de reposo; una

_Tregua de Dios_.

El mejor modo de multiplicarlos es ahorrar su sangre en la época de su

reproducción, en la hora que la Naturaleza desempeña en ellos su obra de

maternidad.

Parece como que los pobres adivinan que son sagrados en aquellos

momentos, pues pierden su timidez, muéstranse á la luz del día,

acércanse á la playa: diríase que se creen con derecho á ser protegidos.

Están entonces en el apogeo de su belleza, de su fuerza. Sus brillantes

libreas, su fosforescencia, indican el supremo resplandor de la vida. En

todas aquellas especies cuyo exceso de fecundidad no es amenazante,

deben respetarse con religiosidad esos momentos. Que mueran después, no

importa. Si hay que matarlos, ¡matadlos! mas, primero, dejadles vivir.

Toda vida inocente tiene derecho á disfrutar momentánea dicha, cuando el

individuo, por inferior que sea la escala en que la Naturaleza le haya

colocado, rompe el estrecho límite de su Yo individual, quiere una

perpetuación de sí mismo, y en medio de su obscuro deseo penetra en el

infinito do debe perpetuarse.

Que el hombre coopere á su deseo; que auxilie á la Naturaleza, y

recibirá las bendiciones de todos los seres, desde los que pueblan los

abismos hasta los que se remontan al firmamento. Dios le mirará

compasivo si se constituye con El en promotor de la vida, de la

felicidad; si distribuye á todos la parte que, aun á los más pequeños,

corresponde aquí abajo.

LIBRO CUARTO

RENACIMIENTO POR EL MAR

I

Origen de los baños de mar.

El mar, tan maltratado por el hombre en esa guerra inhumana, ha pagado

el daño recibido con generosidad y benevolencia. Cuando la tierra, su

bien amada, la ruda tierra le consumía, agotábale, él, ese mar temible,

maldito, la acogía sin odio, alojábala en su seno, devolvíale la savia y

la vida.

¿Acaso no es del mar que surgió la vida primitiva? El mar posee para

ella todos los elementos en una maravillosa plenitud. ¿Por qué, cuando

nos sentimos desfallecidos, no ir á rehacernos al desbordado manantial

que nos invita á beber?

El es bueno y generoso para todos, empero más benéfico, al parecer, más

simpático para las criaturas menos distantes de la vida natural, para la

inocente niñez que sufre los pecados de sus padres, para las mujeres,

víctimas sociales, cuyas principales faltas son debidas á su facultad

de amar, y que, menos culpables que nosotros, llevan, no obstante, sobre

sí la parte más grande del peso de la vida. Teniendo cierto parentesco

con ellas el mar, complácese en realzarlas, dando fuerza á su debilidad,

disipando sus penas del espíritu, rehaciéndolas y devolviéndolas su

belleza, y, jóvenes, prestándoles su eterna frescura. Venus que salió de

en medio de sus ondas, renace del mar todos los días--no la Venus

enervada, la llorosa, la melancólica,--sino la Venus verdadera,

victoriosa, con su poder triunfal de fecundidad, de deseo.

* * *

¿Cómo efectuarse la reconciliación entre esa gran fuerza, saludable pero

áspera, salvaje, y nuestra gran debilidad? ¿ Qué enlace podía haber

entre dos partidos á tal punto desproporcionados? Cuestión inmensa era

ésta: fué preciso para resolverla un arte, una iniciación. Para

comprenderlos debe conocerse el tiempo y la ocasión en que ese arte

comenzó á revelarse.

Entre dos edades de fuerza, la fuerza del Renacimiento y la de la

Revolución, hubo una época de postración, cuando graves signos acusaron

una enervación moral y física. El mundo antiguo que desaparecía y el

nuevo que tardaba en presentarse, dejaron entre ellos un intermedio de

uno ó dos siglos. Concebidas del vacío, nacieron generaciones débiles y

enfermizas; al paso que las diezmaba el exceso de goces y el exceso de

miseria. Francia, arruinada tres veces de uno á otro extremo en el

espacio de un siglo, lanzó las últimas boqueadas en una orgía de

enfermos: la Regencia. Inglaterra, que, sin embargo, se engrandecía en

aquellos momentos á costa de nuestras ruinas, estaba al parecer tan

enferma como su vecina: la idea puritana habíase ido debilitando y no

acudía otra á reemplazarla. Aplastada en el reinado de Carlos II,

atravesó después el fangoso pantano de Walpole. En medio de la pública

postración, salieron á relucir los instintos de la baja plebe: el

precioso libro titulado _Robinsón_ deja entrever la aparición inminente

del alcoholismo. Otro libro (terrible), en el cual la medicina se

prevalía de todas las amenazas bíblicas, denunció el sombrío suicidio de

depravación egoísta que rechazaba el matrimonio.

Ideas desordenadas, malos hábitos, vida de holgazanería y nociva á la

salud, todo esto se traducía físicamente por la relajación de los

tejidos, la postración mórbida de las carnes, las escrófulas, etc. Las

mejores encarnaciones ocultaban los males más repugnantes. Ana de

Austria, cuyas carnes eran citadas como un modelo de frescura, moría de

una úlcera; la Princesa de Subiza, una rubia deslumbradora, se derritió,

si vale decirlo así, cayendo sus carnes á jirones.

Un gran señor inglés, harto curioso, el Duque de Newcastle, pregunta

cierto día al doctor Russell por qué se altera la raza y va degenerando;

por qué aquellos lirios y rosas se cubren de escrófulas.

Muy raro es que una raza empezada á gastar se rehaga; no obstante, en la

raza inglesa obróse este milagro. Recobró (durante setenta ú ochenta

años) una fuerza extraordinaria y una actividad extrema; debiendo su

renovación, primeramente á sus grandes negocios (nada hay tan sano como

el movimiento), y al mismo tiempo, preciso es confesarlo, al cambio de

sus hábitos. Los ingleses adoptaron alimentos distintos, distinta

educación, distinta medicina; todos quisieron ser robustos para obrar,

comerciar, ganar dinero.

No se requirió mucho ingenio para esto; las grandes ideas de dicha

renovación poseíalas la Inglaterra, y sólo se necesitaba aplicarlas. El

moravo Comenius, adelantándose un siglo á Rousseau, había dicho:

«Acordaos de la Naturaleza como en otros tiempos y adoptad su sistema

para la educación.» Y dijo el sajón Offmann: «Acordaos de la Naturaleza,

adoptando su sistema para la medicina.»

Hoffmann había llegado á tiempo, en la época de la Regencia, después de

la orgía de los placeres y de la orgía de los medicamentos con que se

agravaba á la primera. Aquel sabio dijo: «Huíd de los médicos: sed

sobrios y no bebáis más que agua.» Fué una reforma moral. Así, pues,

vimos á Priessnitz (1830), después de las bacanales de la Restauración,

imponer á la alta aristocracia de Europa la más ruda penitencia,

alimentarla con el pan de los campesinos, tener en pleno invierno á las

más delicadas señoras bajo las cascadas de agua de nieve, en medio de

los pinares del Norte, en un infierno de frío que, por reacción,

truécase en uno de fuego. Tan violento es en el hombre el amor á la

vida, tan fuerte el temor que le causa la muerte, su devoción por la

Naturaleza, cuando espera de ella una moratoria.

Y después de todo, ¿por qué no sería el agua la salvación del hombre?

Según Berzelius, no somos más que agua (las cuatro quintas partes de

nuestro cuerpo), y el día de mañana convertirémonos en agua. En la mayor

parte de las plantas encuéntrase en iguales proporciones que en el

cuerpo humano. Y asimismo cubre el agua salada las cuatro quintas partes

del globo. Es el agua para el elemento árido una constante hidroterapia

que le cura de su sequedad; ella apaga su sed, le da el sustento,

hincha sus frutos, sus mieses. ¡Extraña y prodigiosa hada! Con poco, lo

produce todo; con poco, todo lo destruye: basalto, granito y pórfido.

Ella es la gran fuerza si bien la más elástica, que se presta á las

transiciones de la universal metamorfosis. Ella envuelve, penetra,

traslada, transforma la Naturaleza.

¡En qué desierto horroroso, en qué selva sombría no vamos á buscar las

aguas que brotan del centro de la tierra! ¡Qué culto más supersticioso

no profesamos hacia esos temibles manantiales que nos traen las

escondidas virtudes y los espíritus del globo! He visto fanáticos que no

tenían más Dios que Carlsbad, esa milagrosa reunión de las aguas más

contradictorias. He visto devotos de Baréges; y yo mismo tuve el ánimo

turbado ante los hirvientes fangos do hormiguea el agua sulfurosa de

Acqui, obrando por sí misma con extrañas pulsaciones que sólo se notan

entre los seres animados.

Las termas es cuestión de vida ó muerte; su acción es decisiva. ¡Cuántos

enfermos se hubiesen consumido lentamente y merced á ellas han pasado

con rapidez á la otra vida! A menudo esas poderosas aguas devuelven la

salud momentáneamente al paciente, haciendo un temible llamamiento á las

pasiones causa del mal. Entonces éstas vuelven á presentarse violentas,

á grandes borbotones, como los hirvientes manantiales que las

despiertan. Humaredas, vapores sulfurosos, aire embriagador de la

comarca, todo esto aseméjase al aura que hinchaba, turbaba á la Sibila y

la forzaba á hablar. Es una erupción de nuestro cuerpo que hace salir

afuera lo que más empeño se hubiera tenido en ocultar. Nada hay oculto

en aquellas _Babeles_ donde bajo el pretexto de la salud, se vive fuera

de las leyes de este mundo, adoptando las libertades del otro.

Semimuertos y semimuertas véseles en las mesas del juego, pálidos y

macilentos, engolfarse en placeres desenfrenados, de los que con

frecuencia no despiertan.

* * *

El soplo del mar es otra cosa, puesto que por sí solo purifica.

Esa pureza procede también del aire, y especialmente del cambio rápido

que se hace del uno al otro, de la mutua transformación de los dos

océanos. Nada de reposo; en ningún sitio languidece la vida ni dormita.

El mar la hace, deshácela y la rehace. A cada momento pasa, salvaje y

vivaz, por el crisol de la muerte. El aire aun más violento, azotado una

y otra vez por el viento, arrastrado por los torbellinos, concentrado

para estallar en trombas eléctricas, está continuamente en revolución.

Vivir en la tierra, es el reposo; en el mar, una lucha eterna, pero

lucha vivificadora para el que puede soportarla.

* * *

Los hombres de la Edad Media tenían en gran aversión y aborrecimiento al

mar, «reino del Príncipe de los vientos.» Así nombraban al diablo. Al

noble siglo XVII disgustábale vivir entre la ruda marinería. El castillo

de aspecto monótono, con un tosco jardín, estaba casi siempre situado

lejos, lo más lejos posible del mar, en algún sitio sin aire, privado de

vista, rodeado de húmedas arboledas. Asimismo, el caserío inglés,

perdido entre la sombra de copudos árboles y entre la pesada niebla,

reflejaba con frecuencia su silueta en el fango de algún insalubre

pantano. Lo que hoy llama la atención en Inglaterra, sus numerosas

quintas marítimas, la afición á vivir á orillas del mar, los baños hasta

en lo más crudo del invierno, todo esto es cosa moderna, premeditada y

deseada.

Las poblaciones de las costas que sustenta el mar, eran más simpáticas

para el inglés. Su instinto presagiábale en ellas una gran potencia de

vida, teniendo en primer término, en su favor, su virtud purgativa.

Aquellos habitantes no habían dejado de observar que esa purgación

ayudaba á neutralizar los males de la época, las escrófulas y las llagas

que son su consecuencia; al paso que su amargor parecíales un excelente

antídoto contra las lombrices que atormentan á los niños. También comían

sin ningún escrúpulo las algas y ciertos pólipos (_Haleyonia_),

adivinando el yodo que contienen y su potencia constrictiva para sanar y

consolidar los tejidos. Esas recetas populares llegaron á noticia y

fueron recogidas por Russell, abriéndole el camino y ayudándole

grandemente á contestar á la grave pregunta que le dirigía el Duque de

Newcastle. De su respuesta, hizo un libro importante y curioso titulado:

_Tabe glandulari, seu de usu aquæ marinæ_, 1750.

En él se encuentra la siguiente ingeniosa sentencia: «No se trata de

curar, sino de rehacer y crear.»

Russell se propone un milagro, pero un milagro hacedero: fabricar

carnes, crear tejidos. De suerte que trabaja preferentemente sobre la

criatura, que, aunque comprometida desde el vientre de su madre, todavía

puede ser rehecha.

Era el momento en que Bakewell acababa de inventar la carne. Las bestias

que hasta entonces puede decirse sólo sirvieran para producir leche,

iban á dar en lo sucesivo más generoso alimento. El insípido régimen

lácteo, debía ser abandonado por aquellos que se lanzaban en acción cada

día más.

Por su lado Russell, con gran oportunidad, inventó el mar por medio de

su librito, quiero decir, le puso en boga.

El todo se resume en cuatro palabras; mas, esas palabras, son á la vez

un sistema médico y de educación: 1.º Débese beber el agua del mar,

bañarse en él y comer cuanto produce que tenga concentrada su virtud:

2.º Los niños no deben ir muy abrigados, y tenerlos siempre en contacto

con el aire.--Aire, agua, y nada más.

El último consejo es bien atrevido. Mantener á la criatura casi desnuda,

bajo un clima húmedo y variable, era resignarse anticipadamente al

sacrificio de los débiles. Sobrevivieron los fuertes, y perpetuada la

raza sólo por éstos, rehízose más y mejor. Añadid á esto, que los

negocios, el movimiento, la navegación, arrancando al niño de las

escuelas y emancipándolo temprano, lo libró de la educación sedentaria y

de la vida de estropeado, que reservó la Inglaterra únicamente para los

hijos de sus lores, para los nobles educandos de Oxford y de Cambridge.

* * *

En su libro ingenioso, en que brilla el instinto popular, Russell estaba

muy distante de adivinar que dentro de un siglo todas las ciencias se

mancomunarían para darle la razón, y que, revelando cada una de ellas

alguna nueva faz del asunto, descubriríase en el mar un tratado completo

de la terapéutica.

Los más preciosos elementos de la animalidad terrestre se encuentran

superabundantemente en el mar, enteros é invariables, salubres, vivos,

en depósito para rehacer la vida.

Así que, la ciencia pudo decir á todos: «Acudid, pueblos, acudid,

agobiados trabajadores, acudid, jóvenes mujeres de fuerzas agotadas,

criaturas castigadas con los vicios de vuestros padres; acércate,

macilenta humanidad, y díme francamente, á presencia del mar, lo que

necesitas para reanimarte. Ese principio reparador, sea cual fuere, el

mar lo posee.»

La base universal de vida, el _mucus_ embrionario, la viviente gelatina

animal de donde nació y renace el hombre, donde tomó y toma sin cesar la

jugosa consistencia de su ser, ese tesoro, enciérralo el mar hasta tal

punto que es su propia vida. Con él fabrica, satura sus vegetales, sus

animales, prodigándoselo ampliamente. Su generosidad hace burla á la

mezquindad de la tierra. Ya que dan con tanta abundancia, sabed si

quiera recoger sus dones. Su riqueza alimenticia va á amamantaros por

torrentes.

«Más--dicen aquéllos;--precisamente carecemos nosotros de lo que

constituye el sostén y como la armazón del hombre. Nuestra osamenta se

dobla, se encorva, se comprime, gracias al harto débil alimento que sólo

sirve para engañar el hambre. Se pone blanda, vacila.» Perfectamente: el

calizo que les falta abunda de tal suerte en el mar, que cubre todas sus

conchas y madréporas constructoras, hasta formar continentes. Sus peces,

la hacen viajar por bancos y por flotas inmensas, tan inmensas, que

desparramado por las costas ese rico alimento, sirve de abono.

Y usted, joven enfermiza que, sin ánimo para quejarse, se encamina hacia

el sepulcro (¿quién no lo ve?) derritiéndose, yéndose á pique por sus

propios pasos; ahí tiene usted (en el mar) la triple potencia tónica,

la saludable tonicidad que afirma todo tejido viviente. Tiénela

diseminada en sus aguas yodadas á la superficie; se la encuentra en su

varech, que, sin cesar, se impregna de ella; la hay animalizada, en su

más fecunda tribu, los _gades_ (abadejos, etc.). El abadejo y sus

millones de huevas bastarían por sí solos para yodar toda la tierra.

¿Le hace á usted falta calor? El mar lo tiene, y el más perfecto de

todos, ese calor insensible que despiden los cuerpos crasos, latente,

pero tan poderoso, que si no era repartido, balanceado, equilibrado,

derretiría todos los hielos, convirtiendo el polo en Ecuador.

La preciosa sangre roja, la sangre caliente, es el triunfo del mar. Por

ella ha animado y armado incomparable fuerza á sus gigantes, tan por

encima de toda creación terrestre. Y si fabricó ese elemento, bien

puede, en obsequio suyo, fabricarlo nuevamente, hacer adquirir á usted

un tinte rosado, reanimarla, pobre flor marchita, descolorida. Ella

rebosa, sobreabunda de lo que tanta falta hace á usted. En los hijos del

mar la sangre misma es otro mar, que, al primer impulso corre y humea,

purpureando á gran distancia el Océano.

He aquí revelado el misterio. Todos los principios que en ti están

unidos, esa gran persona impersonal los ha dividido. Ella posee tus

huesos, tu sangre, tu savia y tu calor representado cada uno de esos

elementos por tal ó cual de sus hijos.

Y ella tiene lo que á ti te falta, la demasiada plenitud y el exceso de

fuerza. Su aliento produce no sé qué alegría, actividad, espíritu

creador, lo que podríamos llamar heroísmo físico. Y á pesar de su

violencia, la gran generadora no derrama por esto en menor grado la

agreste alegría, la jovialidad viva y fecunda, la llama de amor salvaje

que palpita en su seno.

II

Elección de playa.

La tierra es su médico; cada clima un remedio. La medicina será más y

más cada día una emigración.

Pero, emigración previsora. Obraráse para el porvenir; no se permanecerá

inerte, cobijando males incurables, sino que se les prevendrá por medio

de la educación, la higiene y en especial los viajes--no rápidos y

disparatados, perjudiciales, como los que se hacen ahora, sino

hábilmente calculados, para aprovecharse de los auxilios, de las

poderosas vivificaciones que por todas partes tiene en conserva la

Naturaleza.

La fuente de la juventud del porvenir encontraráse en estas dos cosas:

_la ciencia de la emigración y el arte de aclimatarse_. Hasta el

presente, el hombre es un cautivo como la ostra sobre su roca. Si emigra

algunos pasos más allá de su zona templada, sólo encuentra la muerte. No

será libre y hombre en toda la acepción de la palabra, hasta que ese

arte especial lo constituya en verdadero habitante de su planeta.

El Mar · 第 16 / 20 段