Pocos viajes hay más interesantes que éste, y se explica á maravilla el

ascendiente que el joven Kane había ejercido sobre todos. A cada paso

estaba indicada su fuerza de voluntad, su vivacidad brillante y su

maravillosa potencia de _¡avance!_ El lo sabe todo, está seguro de lo

que emprende, es ardiente en sus cosas, pero positivo. Presiéntese que

no flaqueará, ni le arredrarán los obstáculos, sino que irá lejos, tan

lejos como puede irse. Es curiosa la lucha entre ese carácter y la

desapiadada lentitud de la Naturaleza del Norte, murallas de obstáculos

terribles. Apenas ha abandonado el puerto de partida cuando le acosan

los fríos, viéndose precisado á invernar por espacio de seis meses entre

hielos. Y en plena primavera marca el termómetro en aquellas latitudes

¡setenta grados bajo cero! A la aproximación del segundo invierno (día

28 de agosto), encuéntrase poco menos que abandonado, pues de diecisiete

hombres no le quedan más que ocho. Empero, á medida que disminuyen sus

hombres y sus recursos, más severo y duro en las fatigas se muestra,

queriendo--dice,--hacerse respetar mejor. Sus buenos amigos, los

esquimales, que le procuran provisiones de boca, y de los que se ve

obligado á aceptar algunos objetos de poca monta (p. 440 de su

narración), se han apropiado tres vasijas de cobre suyas, y Kane, en

represalias, se apodera de dos de sus mujeres. Castigo excesivo,

salvaje. No era prudente traerlas entre los ocho marineros que le quedan

y en los cuales la disciplina comenzaba á relajarse: además, aquellas

pobres criaturas eran casadas. «Sivu, mujer de Metek, y Aningna,

consorte de Marsinga,» estuvieron llorando por espacio de cinco días. A

Kane aparenta divertirle esto, y hace asomar la risa á nuestros labios

cuando nos lo cuenta: «Lloraban--dice,--y entonaban todo género de

lamentos, mas, no perdían el apetito.» Los maridos, los padres de los

rehenes, devuelven los objetos sustraídos y toman la cosa buenamente,

cual hombres inteligentes que no tienen para oponer á los revólvers

norte-americanos otras armas que huesos de pescados. Así, pues, se

pliegan á todo, prometen amistad, alianza; pero, al cabo de algunos

días, huyen, desaparecen, ¿Qué sentimientos les animan respecto á los

exploradores? No es difícil adivinarlo. En su camino irán diciendo á las

tribus errantes cuánto hay que desconfiar del hombre blanco. De esta

manera se cierran las puertas del mundo.

Lo que sigue es bien lúgubre. Las fatigas hácense tan crueles, que unos

mueren, los otros quieren volverse á su país. Kane se mantiene firme; ha

ofrecido un mar, y preciso es que lo encuentre. Conspiraciones,

deserciones, actos de traición, vienen á hacer más horrible la

existencia de aquellos desgraciados. Durante el tercer invierno, falto

de víveres y de combustible, habría perecido si otros esquimales no lo

alimentaran con su pesca; en cambio Kane cazaba para ellos. Mientras

tanto, algunos de sus hombres enviados á explorar, tienen la buena

suerte de descubrir el mar que así le preocupa. A su regreso cuenta

haber visto una gran sábana de agua, libre de hielos, y alrededor aves,

que al parecer hallaban abrigo en ese clima no tan rudo.

Era cuanto se necesitaba para hacer cobrar aliento al célebre navegante.

Salvado Kane por los esquimales, que no habían sabido abusar de la

fuerza que les daba el número, ni de la miseria extrema en que veían

sumidos á los exploradores, déjales su embarcación en medio de los

hielos.

Débil, extenuado, consigue por medio de un viaje, que duró ochenta y dos

días, volver al Sur, empero allí encuentra la muerte. Este joven

intrépido, que se acercó al polo más que ningún otro mortal, al morir

ganó la corona con que adornaron su tumba las sociedades científicas de

Francia: el primer premio de geografía.

En su relato, que encierra hechos tan terribles, hay uno conmovedor, el

cual da la medida de los sufrimientos inauditos anejos á tal viaje:

hablamos de la muerte de sus perros. Llevábalos de Terranova magníficos,

y perros esquimales; á todos ellos teníalos por mejores compañeros que

al hombre. En sus dilatadas estaciones, cuando las noches se prolongaban

meses y meses, los canes vigilaban alrededor de la nave. Al pasearse

Kane por entre horrorosas tinieblas, guiábalo el tibio aliento de

aquellas fieles bestias, que calentaba sus manos. Primero, enfermaron

los de Terranova, lo cual atribuía Kane á la falta de luz: si se les

ponía ante los ojos una linterna encendida se aliviaban: mas, poco á

poco fué consumiéndolos extraña melancolía y se volvieron locos. Los

perros esquimales siguieron sus huellas, y hasta su perra _Flora_, «la

más discreta,» la que reflexionaba mejor, comenzó á delirar como sus

compañeros y sucumbió. En toda la áspera relación de sus aventuras no

hay un solo pasaje, si no me engaño, exceptuando éste, en que su corazón

se sienta conmovido.

V

Guerra á las razas marinas.

Recapitulando lo que antecede y la historia de todos los viajes,

experiméntanse dos encontrados sentimientos:

1.º Admiración por la audacia y el ingenio con que el hombre ha hecho la

conquista de los mares, subyugando su planeta.

2.º Sorpresa al ver su inhabilidad en cuanto se refiere al hombre mismo:

al notar que, para la conquista de las cosas, no ha sabido emplear las

personas; que por doquiera el navegante hase presentado cual enemigo,

aniquilando los pueblos nuevos, los cuales bien llevados, hubieran

llegado á ser, cada uno en su reducida esfera, un elemento especial para

valorarla.

Ya tenemos al hombre en presencia del globo que acaba de descubrir;

veisle cual músico novicio ante un órgano de grandes dimensiones, del

que apenas hace brotar algunas notas. Salido de la Edad Media, reino de

la teología y la filosofía, encuéntrase poco menos que salvaje; del

sagrado instrumento sólo ha sabido romper las teclas.

Hase visto que los buscadores de oro comenzaron no queriendo más que

oro, oro y siempre oro, y destruyendo al hombre. Colón, á pesar de ser

el mejor de todos ellos, en su _Diario_ nos indica lo que acabamos de

manifestar con una candidez terrible que, anticipadamente, entristece el

ánimo pensando en lo que harán sus sucesores. Desde el momento en que

pone la planta en Haití: «¿Dónde está el oro? ¿Quién tiene oro?» son sus

primeras palabras. Los naturales se sonreían, estaban como atontados de

esa hambre de oro, y prometíanle buscarlo, deshaciéndose en el acto de

sus sortijas para satisfacer cuanto antes apetito tan apremiante.

El almirante nos ha dejado un retrato conmovedor de aquella raza

infortunada, de su belleza, su bondad, su ilimitada confianza. Y con

todo, el genovés ha de satisfacer su avaricia, sus rudos hábitos. Las

guerras turcas, los atroces galeones y sus forzados, las ventas de seres

humanos, era la vida común de aquellos tiempos. El espectáculo de ese

mundo tan joven é indefenso, aquellos pobres cuerpos de niños, de

inocentes y lindas mujeres sin abrigo, todo esto sólo le inspira una

idea mercantil, triste es decirlo, la idea de trocarlos en esclavos.

Sin embargo, no quiere Colón que sean arrebatados de sus hogares,

«puesto que son propiedad del Rey y de la Reina.» Empero de sus labios

se escapan estas palabras, harto significativas: «Son seres tímidos y

nacidos para obedecer; harán cuantos trabajos se les manden. Bastan tres

de los nuestros para poner en dispersión á mil de los suyos. Si Vuestras

Altezas me ordenan traérselos ó avasallarlos aquí, nadie se opondrá:

para ello son suficientes cincuenta hombres.» (14 octubre y 16

diciembre).

No tardará en llegar de Europa la sentencia general de ese pueblo.

Ellos son los siervos del oro, los que tienen obligación de buscarlo,

estando sometidos todos á trabajar por la fuerza. El mismo Colón nos

hace saber que doce años más tarde habían desaparecido las siete octavas

partes de la población, y Herrera añade, que al cabo de veinticinco años

quedaba reducida de un millón á catorce mil almas.

* * *

La continuación, todo el mundo la sabe. El minero y el plantador

exterminaron un mundo, repoblándolo incesantemente á costa de la sangre

negra. ¿Y qué ha sucedido? Que sólo el negro vivió y vive en las tierras

bajas y cálidas, fecundísimas. La América está destinada á ser su

patrimonio exclusivo, ya que la Europa obró precisamente al revés de lo

que pensara.

Su impotencia colonial descuella por todas partes. El aventurero francés

llegaba sin familia á aquellos países, con sus vicios, confundiéndose

con la masa salvaje, en vez de civilizarla; el inglés, exceptuando dos

países templados adonde se dirigió en masa y con sus familias, tampoco

se fija al otro lado de los mares, y dentro de un siglo la India no

guardará memoria de que haya vivido en ella. El misionero protestante,

el católico, ¿tuvieron alguna influencia? ¿Convirtieron _un solo_

salvaje al cristianismo? «_Ninguno_,» decíame Burnouf, tan bien enterado

de estos asuntos. Hay entre ellos y nosotros treinta siglos, treinta

religiones. Si se quiere forzar su inteligencia, sucede la que Mr. de

Humboldt observó en los pueblos americanos llamados todavía _las

Misiones_: habiendo perdido la savia indígena sin tomar nada nuestro, el

cuerpo vivo pero muerto el espíritu, estériles, inutilizados para

siempre, son toda su vida niños grandes, embrutecidos, idiotas.

Las excursiones de nuestros sabios, que tanto honran á la generación

presente, el contacto de la Europa civilizada que va á todas partes, ¿en

qué han aprovechado á los salvajes? No sé verlo. Mientras las razas

heroicas de la América del Norte perecen de hambre y de miseria, las

razas perezosas y afables de la Oceanía se consumen, con gran vergüenza

de nuestros navegantes que allí, al extremo del mundo, arrojan la careta

de la decencia, no conteniéndose más. Población cariñosa y débil, en la

que notó Bougainville el exceso del abandono, y entre la cual los

mercaderes apóstoles de la Inglaterra ganan dinero pero no almas, se

extingue míseramente devorada por nuestros mismos vicios y nuestras

enfermedades.

La dilatada costa de la Siberia estuvo habitada en otro tiempo. Bajo

aquel durísimo clima vivían tribus nómadas, cazando los animales de

preciosa piel, que les procuraban sustento y abrigo. La pérfida y mañosa

política obligóles á establecerse ó á convertirse en agricultores en un

país donde no es posible el cultivo. Así es como la muerte se ceba en

ellos, y en particular sobre los varones. Por otra parte el comercio,

insaciable, imprevisor, no respetando á los animales en la época del

celo, halos exterminado también. Hoy reina el silencio, el más completo

silencio en una costa que se extiende por espacio de mil leguas. No

importa que silbe el viento, que se hiele el mar, ni que la aurora

boreal transfigure la interminable noche: al presente la Naturaleza no

tiene otro testigo que ella misma en aquellas antes bulliciosas

regiones.

El primer cuidado que se hubiera debido tener en los viajes árticos de

la Groenlandia, era entablar relaciones amistosas con los esquimales,

dulcificar su trabajosa existencia, adoptar á sus hijos educándolos si

no todos, parte de ellos en Europa, formar colonias en aquellos

apartados climas, escuelas de descubridores. Tanto en las obras de John

Ross como en todas las que se refieren al mismo asunto vese que están

los esquimales dotados de inteligencia y muy aprisa se asimilan las

artes de Europa. Hubiéranse efectuado enlaces entre sus hijas y nuestros

marinos, naciendo de esas uniones una población mixta dueña por derecho

propio de aquel continente Norte. Este era el medio verdadero de

encontrar sin dificultades, de regularizar el paso tan deseado. Bastaban

para ello treinta años: hanse empleado trescientos, y al fin y al cabo

nada se ha conseguido, pues atemorizando á esos pobres salvajes que van

al Norte y mueren, ¡habéis excluido de allí definitivamente al _hombre

de la región_ y el genio de la comarca! ¿Qué importa haber visto ese

desierto, si lo hacéis inhabitable é inabordable para siempre?

* * *

Fácil es pensar, que si el hombre ha tratado con tanta rudeza á su

semejante, no habrá sido más clemente ni mejor para con los animales.

Cebóse furiosamente en las especies más tímidas, convirtiéndolas en

salvajes y agrestes.

Todas las relaciones antiguas están contestes en asegurar que, al vernos

por primera vez, sólo demostraban confianza en nosotros y una curiosidad

simpática. Los viajeros pasaban por entre las pacíficas familias de los

lamantinos y de las focas, que se dejaban tocar. Los pingüinos y los

mancos seguían á los navegantes, aprovechándose de sus comestibles, y,

llegada la noche, guarecíanse bajo las ropas de los marineros.

Nuestros padres estaban creídos, y no sin cierto grado de verosimilitud,

que los animales sienten como nosotros. Los flamencos atraían el sábalo

con el ruido de las campanillas. (Valenc., 20,327). Cuando se tañía

algún instrumento en las embarcaciones, presentábase en seguida la

ballena (Noël, 223), siendo la jubarta[3] la que más se complacía con la

sociedad del hombre, puesto que jugueteaba y brincaba alrededor del

barco.

* * *

Lo mejor de los animales, y que se ha llegado á destruir casi del todo á

fuerza de persecuciones, era el _matrimonio_. Aislados, fugitivos, ahora

sus amoríos son pasajeros, viéndose compelidos á guardar un mísero

celibato, de cada día más estéril.

El _matrimonio_, fijo, real, es la vida de la Naturaleza que se

encuentra en casi todas las cosas. El matrimonio, amor único, fiel hasta

la muerte, existe entre el corzo, entre la urraca, entre la paloma,

entre el inseparable (especie de lindo papagayo), entre el intrépido

camique, etc. Respecto á las demás aves, dura á lo menos hasta que los

pequeñuelos están en estado de manejarse por sí mismos: entonces la

familia vese precisada á separarse necesitando extender el radio donde

se procura su sustento.

La liebre en medio de su vida agitada y el murciélago que vive envuelto

en tinieblas, son tiernísimos para su familia; y hasta los crustáceos,

los pulpos, se quieren y se auxilian: cuando se pesca la hembra, el

macho se precipita sobre ella y déjase agarrar.

¡Y cuánto más conocidos son el amor, la familia, la unión ó matrimonio,

en la verdadera acepción de estas palabras, entre los tiernos anfibios!

Su paso tardo, su vida sedentaria, favorecen la unión fija. La morsa

(elefante marino), ese animal enorme y de tan extraña facha, es

intrépido en amor: el marido se sacrifica hasta la muerte por su mujer,

y ésta por el hijo. Mas, lo que no tiene ejemplo, lo que no se ve en

ninguna otra parte, ni aun entre los animales de la escala superior, es

que el pequeñuelo, en salvo y escondido por la madre, al verla combatir

en defensa suya, acude á defenderla á su vez, y ¡noble corazón! se

ensaña contra su enemigo y muere por la que le diera el ser.

Steller vió entre una familia de otarios (anfibios también) una escena

casera absolutamente humana:

Una hembra habíase dejado robar su cachorro; furioso el marido, le

pegaba, y la pobre se encaramaba, besábale, lloraba á lágrima viva, _al

extremo de tener inundado el pecho con el llanto que vertía_.

Las ballenas, que carecen de la vida fija de esos anfibios, van, sin

embargo, de dos en dos en sus errantes paseos á través del Océano.

Duhamel y Lacépède dicen que, en 1723, dos de estas ballenas que estaban

heridas no se separaron nunca, y cuando estuvo muerta la una, la otra se

abalanzó sobre su cuerpo lanzando horrorosos mugidos.

Si hay en el Universo un ser cuya sangre debiera economizarse, es la

ballena franca, tesoro admirable, donde la Naturaleza ha amontonado

tantas riquezas. Ser, además, inofensivo, que á nadie persigue ni vive

de especies que sustentan al hombre. Exceptuando su temible cola, carece

de armas defensivas. Y no obstante, ¡cuántos enemigos tiene! Todos se

atreven con ella; innumerables especies se acomodan en su lomo y viven á

sus expensas, llegando su descaro hasta el punto de roer su lengua. El

narval, armado de traidoras defensas, las hunde en sus carnes; los

delfines saltan y la muerden, y el tiburón, al vuelo, de un golpe de

sierra le arranca un sangriento jirón.

Otros dos seres, ciegos y feroces, ensáñanse con el fruto de sus

entrañas, haciendo una guerra cobarde á las hembras preñadas; hablamos

del cachalote y del hombre. El primero, con su horrible cabeza, que

constituye la tercera parte del cuerpo, todo dientes (tiene cuarenta y

ocho), todo quijadas, muérdela en el vientre, devora el hijo dentro de

su mismo cuerpo, y luego, sin apiadarse de sus acerbos dolores, trágase

á la madre. El hombre la hace sufrir más tiempo, pues la sangra, y golpe

tras golpe hiérela bárbaramente. Dura en la muerte, en su dilatada

agonía la pobre tiembla, hace desesperados esfuerzos y se queja

lastimeramente. Muerta y todo, su cola se mueve, no siendo prudente en

aquellos momentos acercarse á ella. Los pobres brazos de la

desventurada, antes calientes por el fuego del amor, vibran aún; parece

que no ha dejado de existir y que está buscando á su cachorro.

* * *

No es posible figurarse lo que fué esa guerra hace cien ó doscientos

años, cuando abundaban las ballenas, navegando por familias; cuando las

tribus anfibias cubrían todas las costas. Llevábanse á cabo carnicerías

inmensas, derramábase la sangre en abundancia, como no se había visto ni

en las más grandes batallas. En un solo día llegaban á matarse ¡quince ó

veinte ballenas y mil quinientos elefantes marinos! Es decir, que se

mataba por el placer de matar; pues ¿de qué aprovecharían todos esos

despojos de coloso, uno solo de los cuales da tanta cantidad de aceite y

de sangre? ¿Qué se intentaba con diluvio tan sangriento? ¿Enrojecer la

tierra? ¿Ensuciar el mar?

Queríase el pasatiempo de los tiranos, de los verdugos; herir,

destrozar, gozar de su fuerza y de su furor, saborear el dolor, la

muerte. Con frecuencia divertíanse en martirizar, encolerizar, hacer

morir lentamente á animales demasiado tardos ó apacibles para

defenderse. Perón vió un marinero que se encarnizaba en una foca hembra,

la cual lloraba como una mujer, gemía: cada vez que el animal abría su

ensangrentada boca, el bárbaro golpeábala con un grueso remo y le rompía

los dientes.

Dice Dumont d'Urville que en las Nuevas Shetlands del Sur, los ingleses

y los americanos exterminaron las focas en el transcurso de cuatro años.

En su ciego furor, degollaban á los recién nacidos y mataban las hembras

preñadas. A menudo, sólo las matan para utilizar la piel, desperdiciando

enormes cantidades de aceite.

* * *

Tales carnicerías son una escuela detestable de ferocidad que deprava

indignamente al hombre, estallando los más abominables instintos en

medio de esa embriaguez de carniceros. ¡Vergüenza para la humana

naturaleza! Entonces vese en todos (aun entre las personas más

delicadas), vese surgir algo de inesperado, de horrible. Un pueblo

apreciable, en la costa más encantadora que se conoce, practica una

extraña fiesta: reúnense allí quinientos ó seiscientos atunes para

quitarles la vida á todos en un mismo día. En un vasto recinto de

barcas, la larga red, la almadraba dividida en varios compartimientos,

levantada por cabrestantes, hácelos llegar pausadamente y meter en el

_cuarto de la muerte_. A su alrededor hay en acecho doscientos hombres

de rostro bronceado, provistos de arpones y ganchos. De veinte leguas á

la redonda llega el mundo elegante, mujeres bonitas y sus adoradores,

quienes se colocan á la orilla del mar y lo más cerca posible para

mejor ver la matanza, formando un círculo encantador. Dada la señal, el

pescador hiere. Aquellos peces, que parecen hombres, saltan, punzados,

atravesados, abiertas las carnes, tiñendo el agua con su sangre por

momentos. Su dolorosa agitación, el furor de que están poseídos sus

verdugos, el mar que ya no es mar, sino un no sé qué espumoso que vive y

humea, todo esto produce el vértigo. Los que han venido sólo por mirar

obran, patalean, gritan, y encuentran que la carnicería es demasiado

lenta. Finalmente, circunscriben el espacio. La hormigueante masa de

heridos, muertos, moribundos, se concentra en un solo punto: saltos

convulsivos, golpes furiosos: el agua chorrea, y el rocío enrojecido...

Y esta escena ha hecho subir de punto la embriaguez. Hasta la mujer

delira y se olvida de su sexo, vese poseída del frenesí que asalta á los

demás espectadores. Cuando todo ha terminado, la más bella mitad del

género humano lanza un suspiro rendida de fatiga, mas no satisfecha, y

exclama al abandonar aquel sitio: «¡Cómo!, ¿y para esto hemos venido?»

VI

El derecho del mar.

Un gran escritor popular que da á cuanto pone la mano un carácter de

sencillez luminosa y sorprendente, Eugenio Noël, ha dicho: «Puede

convertirse el Océano en fábrica inmensa de víveres, en laboratorio de

subsistencias más productivo que la misma tierra; fertilizarlo todo,

mares, ríos, riachuelos, estanques. Hasta el presente sólo se ha

cultivado la tierra; y he aquí que se ofrece el arte de cultivar las

aguas... ¡Oídlo bien, pueblos!» (_Piscicultura_).

¿Más productivo que la tierra? ¿Cómo es esto? M. Baude lo explica

perfectamente en un importante trabajo sobre la pesca que ha dado á luz.

Es el pez, entre todos los seres, el más susceptible de propagarse

ayudado por una pequeña cantidad de alimento, bastando muy poco, casi

nada para sustentarlo. Refiere Rondelet que una carpa que guardó metida

por espacio de tres años dentro de una botella de agua sin darle de

comer, aumentó, sin embargo, su tamaño al extremo que no hubiera podido

salir de la botella. En los dos meses que el salmón estaciona en el agua

dulce, se abstiene casi del todo de alimento y, sin embargo, no perece;

su permanencia en las aguas salobres dale por término medio

(¡acrecentamiento prodigioso!) seis libras de carne. Esto es muy

distinto del lento y costoso progreso de nuestros animales terrestres.

Si se amontonara lo que come para engordar un buey, ó siquiera un

puerco, sorprenderíanos el ver la montaña de alimentos que necesita para

conseguirlo.

De manera que el pueblo en donde la cuestión de subsistencias hase

presentado más amenazadora, los chinos, tan prolífico, tan numeroso, con

sus trescientos millones de habitantes, tuvo que valerse directamente de

esa gran potencia de generación, la más rica manufactura de vida

nutritiva. En toda la extensión de sus grandes ríos, muchedumbres

prodigiosas han buscado en el agua un alimento más regular que el del

cultivo de las plantas. El agricultor está de continuo con el alma en un

tris: un ventarrón, una helada, el más pequeño accidente les deja sin

nada y produce el hambre en su familia; mientras que, al contrario, la

cosecha viviente que crece en el fondo de esos ríos sustenta

invariablemente el sinnúmero de familias que los surcan con sus barcas,

las cuales, seguras de obtener su provisión cotidiana de pescado, saben

al mismo tiempo ser aquél un manantial inagotable.

En el río central del Imperio, hácese en el mes de mayo un comercio

inmenso de freza de pescado, comprada por traficantes, quienes la

revenden por todo el país á cuantos quieren depositar en sus viveros

domésticos el elemento de fecundación. Así todos tienen su reserva, que

sustentan sencillamente con los restos de la comida del hogar.

Los romanos obraron de la misma manera, habiendo llevado el arte de la

aclimatación al extremo de hacer abrir en el agua dulce las huevas de

los peces de mar.

La fecundación artificial descubierta el siglo pasado en Alemania por

Jacobi, y practicada en el presente en Inglaterra con el más fructuoso

resultado, fué reinventada entre nosotros hacia el año 1840 por un

pescador de la Bresse, Remy, y desde entonces hase popularizado así en

Francia como en toda Europa.

En manos de nuestros sabios, Coste, Pouchet, etc., esta práctica se ha

convertido en ciencia, llegando á descubrirse, entre otras cosas, las

relaciones regulares del mar y del agua dulce; esto es, los hábitos de

algunos peces de mar que pasan á nuestros ríos en ciertas estaciones del

año. La anguila, no importa cuál sea su cuna, desde el momento en que ha

adquirido el grueso de un alfiler, apresúrase á remontar el Sena, en

tanto número, que forma á lo largo del río una capa blanca. Tal tesoro

que, bien cuidado, produciría millares de millones de peces del peso

cada uno de algunas libras, vese devastado indignamente, vendiéndose á

vil precio y á cubetas esos gérmenes tan preciosos. No es menos fiel el

salmón, regresando invariablemente del mar al río do naciera. Aquellos

que han sido marcados se presentan nuevamente sin faltar á la lista casi

uno solo, siendo tan grande su amor hacia el río natal, que si ven

cortado el paso por alguna barrera, aunque ésta sea una cascada,

lánzanse por encima de ella haciendo esfuerzos sobrehumanos para

saltarla.

* * *

El mar, que dió comienzo á la vida sobre nuestro globo, sería todavía su

benéfica nodriza si el hombre supiese respetar siquiera el orden que

allí reina y se abstuviese de perturbarle.

No debemos olvidar que tiene vida propia y sagrada, sus funciones

enteramente independientes para la salvación del planeta: él contribuye

poderosamente á crear la armonía, al mismo tiempo que asegura su

conservación y la salubridad. Y todo esto efectuábase tal vez por

millones de siglos, antes de que el hombre naciera. La Naturaleza

pasábase á maravilla de él y de su sabiduría. Sus antepasados, hijos del

mar, llenaban perfectamente entre sí la circulación de substancia, las

metamorfosis, las sucesiones de vida, que son el movimiento rápido de

purificación constante. ¿Qué puede el hombre con respecto á ese

movimiento, continuado á tal distancia de él, en ese mundo obscuro y

profundo? Poco para el bien, más para el mal. La destrucción de tal

especie puede ser un sensible atentado contra el orden, la armonía de

todas las cosas. Que haga una siega razonable de las que pululan

superabundantemente: está muy bien que viva á expensas de los

individuos; mas, que conserve las especies. En cada una de ellas debe

respetar el papel que desempeñan reunidas, el de funcionarios de la

Naturaleza.

Hemos atravesado ya dos edades de barbarie.

El Mar · 第 15 / 20 段