Ahora, el aspecto cambia. Nos encontramos en Africa. Allí, llámase

tornado á la tempestad. Estando la atmósfera calmosa y despejada, se

siente cierta opresión en el pecho. Una mancha negra aparece en el

cielo, semejante al ala de un buitre: dicha ala se desparrama, se

ensancha desmesuradamente: luego, desaparece todo, todo da vueltas. Es

asunto de quince minutos. La tierra queda devastada, el mar trastornado;

de la embarcación, ni trazas. La Naturaleza no vuelve á recordar lo que

por ella ha pasado.

Hacia Sumatra y el reino de Bengala, veréis al anochecer ó á media noche

(nunca por la mañana), formarse un arco en el firmamento. De repente se

ensancha, y de aquella negra arcada se desprenden pálidas y tristes

exhalaciones. ¡Infeliz del que tenga que sobrellevar la primera ventada

que de allí parte! Tal vez perezca.

Empero la forma ordinaria que reviste la tempestad es la de un embudo.

Un marino que se dejó engañar, dice: «Vime como en la sima de un enorme

cráter de volcán; á nuestro alrededor nada más que tinieblas, arriba un

rayo de luz.» Es lo que se llama en términos técnicos: _el ojo de la

tempestad_.

Una vez metido en la empresa, no es posible volverse atrás; no podéis

desasiros. Salvajes mugidos, aullidos plañideros, estertor y gritos de

ahogado, crujidos y lamentos de la pobre nave, que vuelve á revivir como

cuando estaba en su bosque y se queja antes de exhalar el último

suspiro, todo ese horroroso concierto no impide oir el cordaje que se

complace en imitar los agudos silbidos de las serpientes. De improviso,

silencio completo... Es que pasa furiosamente la masa de la tromba, cual

rayo asolador, ensordeciéndoos, privándoos casi de la vista... Y al

reponeros, observáis que ha roto en mil pedazos los mástiles, sin que lo

hayáis visto ni oído.

Sucede, á veces, que los tripulantes conservan una reliquia largo

tiempo, pues se les debilita la vista y vuélvenseles negras las uñas

(Seymour). Entonces se recuerda con horror que en el acto de pasar la

tromba, á la par que chupaba el agua, chupábase la embarcación, quería

bebérsela, la mantenía suspendida en el aire y fuera del agua,

abandonándola luego para que se sumiera en los profundos abismos.

Al verla hartarse é hincharse de esta manera, absorbiendo olas y barcos,

hanla comparado los chinos á una mujer horrorosa, la madre Tifón que,

cerniéndose en el aire y eligiendo sus víctimas, concibe, se llena y

queda preñada, preñada de hijos de la muerte, los _torbellinos de

hierro_ (Keu Woo).

En China hánsela levantado templos y altares, se la hacen ofrendas, y

dirígensela oraciones con ánimo de humanizarla.

* * *

Sin embargo, el intrépido Piddington no la adora: muy al contrario,

habla de ella sin contemplaciones, apellidándola corsario demasiado

robusto, pícaro pirata que abusa de sus fuerzas y que nadie debe

encapricharse en combatir, sino que ha de huirse de su presencia, sin

sentirse deshonrado por esto.

Enemigo tan pérfido os tiende á veces un lazo. Valiéndose de un _viento

favorable_, os invita á proseguir vuestra ruta, y entonces se apresura á

ceñiros con sus robustos brazos. No hagáis caso de ese _viento

favorable_ y volvedle la espalda, si es posible. Navegad cuan distantes

podáis de tan peligroso compañero. No boguéis en conserva, pues espiará

el momento para encadenaros, comprometeros en su vertiginosa danza,

engulliros.

Por mi parte, mucho me complacería en no echar en olvido los paternales

consejos que da ese hombre excelente. Serían inútiles, si los

adversarios, la tromba y el barco, se encontrasen encerrados en un

reducido espacio sin salida; pero raras veces sucede así. Casi siempre

ese remolino de aire y de agua es inmenso, abraza un círculo de diez,

veinte, treinta leguas, lo cual da á la embarcación probabilidades de

observar y mantenerse á una respetable distancia. Lo que importa, ante

todo, es saber _dónde es central_ la tromba, dónde está su foco de

atracción, y luego, conocer su continente y el grado de rapidez con que

os persigue.

Mucho ha ganado el marino con poder navegar auxiliado de esas dos

antorchas. Por un lado Maury le enseña las leyes generales del aire y

del mar, el arte de escoger y seguir las corrientes; dirígele por rutas

calculadas, que son á modo de las calles del Océano. Por otro,

Piddington, en un pequeño volumen resume y pone al alcance de su mano la

experiencia de las tempestades, lo que es preciso hacer para

resguardarse de ellas y en ocasiones para que le sirvan de auxiliares.

Esto explica y justifica el precioso dicho de un holandés, el capitán

Jansen: «La primera impresión que causa el mar es el sentimiento del

abismo, del infinito, de nuestra insignificancia. A bordo del buque más

poderoso, uno no deja de reconocer ni por un momento el peligro que le

rodea; mas, cuando los ojos del espíritu han sondeado el espacio y la

profundidad de los mares, desaparece el peligro para el hombre. Elévase

y comprende. Guiado por la astronomía, al tanto de las vías líquidas,

dirigido por las cartas de navegar de Maury, traza su ruta por el mar

con toda _seguridad_.»

Sencillo y sublime lenguaje. No quiere decirse con esto que se hayan

acabado las tempestades; empero lo que sí ha terminado es la ignorancia,

la turbación y el vértigo que producen la obscuridad del peligro, y lo

peor de todo peligro, el lado fantástico.--A lo menos, si se perece

sábese el por qué. Hay ahora grande, muy grande _seguridad_ de conservar

el espíritu lúcido, el alma esclarecida, resignada á los efectos que

puedan sobrevenir de las grandes leyes divinas del mundo que, al precio

de algunos naufragios, constituyen el equilibrio y la salvación.

IV

Los mares polares.

Lo que más tienta al hombre, es lo inútil y lo imposible. De todas las

empresas marítimas, aquella en que más ha perseverado, es el

descubrimiento de un paso al norte de la América para irse en derechura

de Europa á Asia. Las más vulgares leyes del buen sentido hubieran

debido indicar anticipadamente que á existir dicho paso, en tan fría

latitud, en una zona cubierta de hielos, de nada serviría, puesto que

ningún ser humano querría aventurarse en él.

Observad que aquella región no tiene el aplanamiento de las costas

siberianas, que se recorren en trineo, sino que es una montaña de mil

leguas de extensión horriblemente accidentada, con profundas cortaduras,

mares que se deshielan momentáneamente para helarse de nuevo, corredores

de hielo que mudan de postura todos los años, se abren y se cierran á

nuestro paso. Dicho paso acábalo de descubrir un hombre que, habiendo

ido muy adelante, no podía retroceder, y avanzando siempre lo ha

franqueado (1853). De suerte que ya sabemos á qué atenernos. He ahí,

pues, que han dejado de trabajar las imaginaciones acaloradas, y nadie

tiene ganas de seguir sus huellas.

Al decir lo _inútil_, referíame al objeto propuesto, esto es, crear una

ruta comercial.--Empero prosiguiendo esa idea loca se han descubierto

muchas cosas bastante cuerdas, de gran utilidad para la ciencia, la

geografía, la meteorología y para el estudio del magnetismo terrestre.

* * *

¿Qué se intentaba desde un principio? Abrirse un camino corto al país

del oro, á las Indias orientales. Inglaterra y otros Estados, celosos de

la España y de Portugal, pensaban sorprenderlos de esta manera en el

mismo corazón de su lejano imperio, en el santuario de la riqueza.

Habiendo en tiempo de Isabel, encontrado ó creído encontrar algunos

buscadores de oro unas cuantas partículas de este metal en la

Groenlandia, explotaron la antigua leyenda del Norte, el _tesoro

escondido bajo el polo_, las grandes cantidades de oro amontonadas y

guardadas por los gnomos, etc., y se exaltaron las imaginaciones.

Alentada por tan lisonjera esperanza, hízose á la vela para aquellas

regiones una flota de dieciséis buques de alto bordo, llevando en

calidad de voluntarios á los hijos de las más nobles familias de

Inglaterra. Todos se disputaban el privilegio de partir para ese

_Eldorado_ polar, y los expedicionarios sólo encontraron la muerte, el

hambre, murallas de hielo.

Pero á nadie descorazonó tal desastre. Por espacio de más de tres siglos

con una perseverancia que sorprende, los exploradores no cejaron. La

lista de los mártires de la codicia es grande. El primero de ellos,

Cabot, debió su salvación á habérsele sublevado su tripulación,

impidiéndole pasar adelante; Brentz muere de frío, y Willoughby, de

hambre. Cortereal pereció con todo lo que llevaba. Los compañeros de

Hudson le abandonan en medio del mar en un barquichuelo sin víveres ni

velamen, y no se sabe lo que fué de el. Behring, al descubrir el

estrecho que separa la América del Asia, perece de cansancio, de frío,

de miseria, en una isla desierta. En nuestros días el intrépido Franklin

queda perdido en medio de los hielos; el encuentro de su cadáver nos ha

descubierto que _reducidos al último extremo_, él y los suyos, tuvieron

que apelar al más atroz de los recursos: ¡ á comerse los unos á los

otros!

* * *

Cuanto puede desanimar á los hombres hállase acumulado desde que el

navegante comienza á penetrar en las regiones del Norte. Mucho antes de

ver el círculo polar, una fría niebla pesa sobre el mar, os resfría, os

cubre de escarcha. Los cordajes se atiesan: inmovilízanse las velas; la

cubierta pónese resbaladiza con el agua-nieve; la maniobra se hace

difícil. Apenas se distinguen en tan solemne momento los temibles

escollos movibles. En la punta del mástil, metido en su camaranchón

cubierto de escarcha, el vigilante (verdadera estalactica viviente)

señala de cuando en cuando la proximidad de un nuevo enemigo, de un

blanco fantasma gigantesco, que muchas veces sobresale del agua dos ó

trescientos pies.

Empero esa lúgubre procesión que indica el mundo de los hielos, ese

combate para evitarlos, dan más bien ánimo para avanzar que para

retroceder. Hay en lo desconocido del polo cierto atractivo de horror

sublime, de sufrimiento heroico. Cuantos han estado en el Norte, aun los

que no intentaron atravesar el paso, después de contemplar el Spitzberg

la impresión no se les borra tan fácilmente de la memoria. Aquella masa

de picos, de cordilleras, de precipicios, muro de cristal de cuatro mil

quinientos pies en longitud, es como una aparición en medio del mar

sombrío. Sus ventisqueros, formados de nieves mates, reflejan vivos

resplandores verdes, azules, purpurinos; viéndose ceñidos de una

deslumbradora diadema de chispeantes piedrecitas.

Por espacio de muchos meses la aurora boreal aparece todas las noches

alumbrando aquel cuadro con los más siniestros resplandores. Vastos y

horrorosos incendios que cubren todo el horizonte, erupción de rayos

magníficos; Etna fantástico, que inunda de lava ilusoria la escena de

invierno sin fin.

Todo es prisma en una atmósfera de partículas heladas en que el aire se

ha convertido en espejos y cristalitos. De ahí sorprendentes escenas de

espejismo. Varios objetos vistos á la inversa, momentáneamente aparecen

cabeza abajo. Las capas de aire que producen esos efectos están en

continua revolución: lo que adquiere más ligereza sube á su vez y cambia

el panorama; la más pequeña variación de temperatura hace descender,

subir, inclinar el espejo; la imagen confúndese con el objeto, luego se

separa de él, se disipa; otra imagen formada ocupa su puesto, y aparece

otra detrás pálida, debilitada, que vuelve á ser derribada.

Tal es el mundo ilusorio. Si sois aficionados á soñar, si soñando

despiertos os complacéis en seguir la movible improvisación y el

jugueteo de las nubes, id al Norte; allí veréis el espectáculo real y

no menos fugitivo en la flota de los hielos movibles. En el camino que

debe seguirse para llegar hasta ellos, presentan ese espectáculo,

imitando todos los géneros de arquitectura conocidos. Estáis viendo el

griego clásico: pórticos y columnatas. Luego, aparecen obeliscos

egipcios, agujas que se lanzan al firmamento, sostenidas por otras

agujas caídas. Más allá se distinguen montañas, Ossa sobre Pelion, la

ciudad de los Gigantes que, regularizada, os ofrece murallas ciclópeas,

tablas y dolmens druídicos. Debajo ábrense sombrías grutas. Mas, todo

caduco; todo, al soplo del viento, ondula y se derriba. No agrada aquel

espectáculo, porque nada hay firme. A cada momento, en ese mundo al

revés, vese burlada la ley de la gravedad: el débil, el ligero,

sostienen al fuerte; parece aquello un arte diabólico, un gigantesco

juego de niños que amenaza y puede aniquilar.

Acontece á veces un incidente terrible: á través de la gran armada que,

majestuosa, lentamente, baja del Norte, llega con brusquedad del Sur un

gigante de base profunda, que, hundiéndose seis ó siete pies bajo el

mar, vese empujado con gran furia por las corrientes submarinas. Este lo

separa ó lo derriba todo; aborda, llega hasta la llanura de hielos, pero

por eso no se siente embarazado. «El banco hízose pedazos en un minuto

en una extensión de algunas millas. Crujió, atronó, como si hubiesen

sido disparados cien cañonazos; parecía aquello un terremoto. La montaña

vino á nuestro encuentro, y el mar vióse cubierto, entre ella y

nosotros, de sus despojos. Ibamos á perecer, mas aquella masa

desapareció arrastrada rápidamente en dirección Noroeste.» (Duncan,

1826).

En 1818, después de la guerra europea, reemprendióse esa guerra contra

la Naturaleza, la investigación del gran paso, iniciándose con un grave

y extraño acontecimiento. El intrépido capitán John Ross, mandado con

dos buques á la bahía de Baffin, fué víctima de las fantasmagorías de

ese mundo misterioso. Habiendo visto una tierra que sólo existía en su

imaginación, sostuvo que no se podía pasar más adelante. A su regreso

fué objeto de las mayores censuras, diciéndosele que no había osado

aventurarse; y hasta se le impidió tomar el desquite y que rehabilitara

su honor perdido. Un comerciante de licores de Londres propúsose

adelantar al Imperio británico, y, al efecto, dió cien mil francos á

Ross, con los cuales armó otra expedición y volvió al polo, resuelto á

pasar ó á morir. ¡Ninguna de estas dos cosas pudo lograr! Empero se

estuvo no sé cuántos inviernos, ignorado, olvidado en medio de tan

terribles soledades. Algunos balleneros que encontraron aquella especie

de salvaje lo trasladaron á su país, preguntándole antes si, por

casualidad, había visto al _difunto capitán John Ross_.

Su teniente Parry, que tenía la seguridad de poder pasar, hizo al efecto

cuatro esfuerzos desesperados, unas veces por la bahía de Baffin y el

Oeste, y otras por el Spitzberg y el Norte. Parry llegó á descubrir

algo, avanzando atrevidamente en un trineo-barca, que unas veces flotaba

y otras recorría los hielos. Pero éstos invariables en su camino del

Sur, le llevaban siempre hacia atrás, de suerte que tampoco logró

franquear el paso.

El año 1832 un joven valeroso, de nación francés y llamado Julio de

Blosseville, quiso que la gloria de ese paso perteneciera á la Francia,

y, al efecto, puso á disposición de la empresa su vida y sus caudales,

pereciendo en la demanda. Su primera dificultad fué obtener un buque á

gusto suyo: diósele el _Lilloise_, que empezó á hacer agua el mismo día

de su partida. (Véase el informe de su hermano). Blosseville reparó la

embarcación de su propio peculio, empleando en ello ocho mil pesos, y en

tan peligroso vehículo acometió la empresa de abordar la Costa de

Hierro, la Groenlandia oriental. Todo indica que ni siquiera llegó á

verla, pues jamás se ha tenido noticia de aquella expedición.

Las de los ingleses eran otra cosa: hacíanse los preparativos con gran

prudencia, aunque el resultado fuese idéntico. En 1845 el malogrado

Franklin se perdió entre los hielos. Por espacio de doce años se le

buscó, demostrando en ello Inglaterra una obstinación muy honrosa. Todos

ayudaron en esta empresa, que costó la vida á americanos, á franceses y

á súbditos de otras naciones. Los picos, los cabos de la región

desolada, al lado del nombre de Franklin ostentan el de nuestro Bellot y

tantos otros que abandonaron el dulce regalo de la vida normal para

salvar la de un inglés. Por su lado John Ross habíase ofrecido á dirigir

á los nuestros en busca de Blosseville, organizando por sí mismo la

expedición. La sombría Groenlandia se engalana con tales recuerdos, que

el desierto deja de serlo cuando se leen esculpidos en él esos nombres,

mudo testimonio de la fraternidad universal.

Lady Franklin ha demostrado una fe admirable. Nunca llegó á imaginarse

viuda; incesantemente solicitó el equipo de nuevas expediciones. Esta

señora juraba y perjuraba que su esposo no había muerto, y defendió tan

bien su causa, que al cabo de siete años de haberse perdido recibía el

título de contralmirante. Tenía razón lady Franklin; su marido vivía. En

1850 viéronle los esquimales (dicen ellos) en compañía de unos sesenta

hombres: luego, sólo fueron treinta, privados de andar y de cazar y

alimentándose con la carne de los que morían. Si se hubiese creído á

lady Franklin, el gran explorador inglés no pereciera en medio de los

hielos. Decía la señora (y el sentido común lo indicaba también) que

debía buscársele al Sur: que un hombre, en la situación desesperada de

su marido, no sería tan loco de agravarla encaminándose hacia el Norte.

El Almirantazgo, al cual probablemente inquietaba menos la suerte de

Franklin que el famoso paso, indicaba siempre á sus expedicionarios el

camino del Norte. Desesperada la pobre señora acabó por emprender ella

misma lo que se le rehusaba con tal tenacidad, y equipando con gran

desembolso un buque, emprendió el camino del Sur. Mas, era tarde: lo

único que se encontró del célebre Franklin, fueron sus huesos.

* * *

Mientras tanto, llevábanse á cabo algunos viajes más largos al par que

más afortunados hacia el polo antártico. Aquí, nada de esa mezcla de

tierra, mar, hielos y deshielos tempestuosos que constituyen la faz

horrible de la Groenlandia; sino un gran mar sin límites, con oleaje

fuerte y violento. Osténtase en esa región un inmenso ventisquero mucho

más extenso que el nuestro, y poca tierra. La porción de ésta que se ha

visto ó creído ver deja en la duda si serán playas variables, una simple

faja de hielos continuos y acumulados. Todo cambia allí al compás de los

inviernos. Morel en 1820, Wedell en 1824 y Ballerry quince años después,

encontraron una sesgadura, penetraron en un mar libre que otros muchos

no han podido hallar después.

El francés Kerguelen y el inglés James Ross lograron resultados

positivos, encontrando tierras verdaderas.

El primero descubrió en 1771 la gran isla Kerguelen, llamada

_Desolation_ por los ingleses. De doscientas leguas de extensión, tiene

fondeaderos excelentes, y, á pesar del clima, una vida animal bastante

rica en focas y aves, con las que puede aprovisionarse cualquiera

embarcación. Este descubrimiento glorioso, que Luis XVI al subir al

trono recompensó con un grado, causó la pérdida de Kerguelen, á quien se

atribuyeron varios crímenes; ensañándose contra él la furiosa rivalidad

de los oficiales nobles, sus émulos declararon en contra suya. Desde el

fondo de un calabozo de seis pies en cuadro firmó Kerguelen la narración

de su descubrimiento (1782).

En 1838 Francia, Inglaterra y América hicieron tres expediciones en

interés de las ciencias. El ilustre Duperrey había abierto el camino de

las observaciones magnéticas, que se deseaba continuar bajo el mismo

polo. Los ingleses confiaron esta misión á una expedición al mando del

ya citado James Ross. Fué aquella expedición modelo, donde todo estuvo

calculado, escogido, previsto. James regresó á su país _sin perder un

sólo hombre ni haber tenido un enfermo siquiera_.

El americano Wilkes y el francés Dumont d'Urville no iban tan bien

provistos, de suerte que tuvieron que soportar mil peligros y las

enfermedades los diezmaron. Más afortunado James, dando la vuelta al

círculo antártico, penetró en medio de los hielos y halló una tierra

real. El mismo confiesa con notable modestia, que el éxito de su empresa

fué debido únicamente al modo admirable con que habían sido preparados

los dos barcos que llevaba, el _Erebus_ y el _Terror_, con máquinas de

gran potencia, sierras para cortar el hielo, proa á propósito, lintel de

hierro, que les permitió navegar á través de la costa rechinante,

encontrando al otro lado un mar libre, lleno de focas, aves y ballenas.

Un volcán de doce mil pies de elevación, tan grande como el Etna,

despedía llamas. Nada de vegetación, ningún punto de reposo: sólo se

ofreció á su vista una escarpada masa de granito donde ni la nieve se

sostiene. No hay duda que aquello es la tierra. El Etna del polo, al que

se dió el nombre de _Erebus_, allí queda con su columna de fuego para

dar testimonio de este aserto.

Así, pues, un número terrestre centraliza los hielos antárticos (1841).

* * *

En cuanto á nuestro polo ártico, los meses de abril y mayo de 1853 son

para él una fecha notable.

En abril encontróse el paso que durante trescientos años se buscara,

hecho que fué debido á un afortunado exceso de desesperación.

El capitán Maclure había penetrado por el estrecho de Behring, y

encerrado en medio de los hielos, hambriento, imposibilitado de volverse

atrás al cabo de dos años, aventurose á avanzar. Sólo llegó á andar

cuarenta millas, mas encontró en el mar del Este algunos buques

ingleses. Su atrevimiento le salvó, consumándose de esta suerte el gran

descubrimiento.

Casi en el mismo momento (mayo de 1853), salía una expedición de

Nueva-York para el extremo Norte. Un marino que todavía no contaba

treinta años y ya había recorrido toda la tierra conocida, Elíseo Kent

Kane, acababa de proclamar una idea atrevida, pero magnífica, que había

exaltado vivamente la ambición americana. Así como Wilkes prometiera

descubrir un mundo, Kane se comprometía á encontrar un mar, un mar libre

bajo el polo. Mientras los rutinarios ingleses exploraban de Este á

Oeste, Kane se proponía remontar en derechura al Norte y tomar posesión

de aquella concha inexplorada. Su proyecto llamó la atención general.

Un armador neoyorkino, Mr. Grinell, dió generosamente dos embarcaciones,

auxiliando la empresa las sociedades científicas y el público todo. Las

señoras trabajaban con sus propias manos en los preparativos, animadas

de religioso celo. Elegidas las tripulaciones, que las formaron

voluntarios, juraron tres cosas: obediencia ciega, abstinencia de

licores y de todo lenguaje profano. El mal éxito que tuvo la primera

expedición no logró desanimar á Mr. Grinell ni al público

norteamericano; organizóse otra con los socorros prestados por ciertas

sociedades de Londres que tenían en mira, ó la propagación bíblica, ó

una postrera investigación respecto al malogrado Franklin.

El Mar · 第 14 / 20 段