la sed del oro, la necesidad absoluta de poseer este metal. Pueblos y
reyes, todos deliraban por obtenerlo. Ya no era posible equilibrar los
gastos con los ingresos. Moneda falsa ó de baja ley, crueles pleitos y
guerras atroces, todo se ensayaba, mas el oro no venía. Los alquimistas
prometían hacerlo, pronto, muy pronto, pero era preciso esperar. El
fisco, cual furioso león hambriento, devoraba judíos, devoraba moros, y
de tan rico manjar no quedaban ni los huesos.
Otro tanto acontecía con el pueblo. Flaco y roído hasta los tuétanos,
pedía un milagro que hiciera llover oro.
Todo el mundo ha leído la magnífica historia de Sindbad (_Mil y una
noches_), y se recordará cómo empieza, historia eterna que todos los
días se renueva. El pobre obrero Hindbad, las espaldas cargadas de leña,
oye desde la calle la música y algazara que hay en el palacio del rico
viajero Sindbad, y haciendo comparaciones asáltale el demonio de la
envidia; pero Sindbad le cuenta cuánto ha sufrido para obtener aquel oro
que tanto le deslumbra. Hindbad queda asustado de la narración. El
efecto que produce el cuento es exagerar los peligros y al propio tiempo
los beneficios de la gran lotería de los viajes, desanimando de paso el
trabajo sedentario.
La leyenda que en el siglo XV tenía trastornadas las cabezas de grandes
y pequeños, de pobres y ricos, era una reminiscencia de la fábula de las
Hespérides, un _Eldorado_, tierra del oro, colocada en las Indias y que
se sospechaba ser el paraíso terrenal, subsistente en este mundo de
pesares. Sólo faltaba encontrarlo. Nadie se cuidaba de buscarlo al
Norte, y he aquí por qué se hizo tan poco caso del descubrimiento de
Terranova y de la Groenlandia. Al Mediodía, por el contrario, habíase
encontrado (en Africa) cierta cantidad de oro en polvo. No se necesitaba
más para cobrar ánimo.
Los soñadores y los eruditos de un siglo pedantesco amontonaban y
comentaban los textos; y el descubrimiento, harto fácil en sí, se
dificultaba á fuerza de lecturas, de reflexiones, de quiméricas utopías.
¿Era ó no era el paraíso esa tierra del oro? ¿Estaba situada en los
antípodas? ¿Existían acaso dichos antípodas?... Al oir eso los doctores,
los hombres de sotana, reprendían á los sabios, recordándoles que sobre
el particular la doctrina de la Iglesia era formal, habiendo sido
condenada expresamente la herejía de los antípodas.
¡Grave dificultad! Nadie se atrevía á pasar adelante.
¿Por qué la América, conocida ya, era tan difícil de descubrir? Porque
se quería y se temía á la vez encontrarla.
* * *
El sabio librero italiano, Colón, sabía bien lo que se hacía. Había
estado en Islandia recogiendo las tradiciones; y, por otra parte, los
vascos le comunicaban cuanto sabían de Terranova. Un gallego había hecho
aquel viaje y habitado la tierra, y Colón asocióse con pilotos
establecidos en Andalucía, los Pinzones, que se cree eran de la familia
de los Pinçon de Dieppe.
Este último punto no deja de ser verosímil. Nuestros normandos y los
vascos, súbditos de Castilla, estaban en íntimas relaciones. Estos son
los nombrados _castellanos_ que á las órdenes del normando Bethencourt
emprendieron la célebre expedición de las Canarias (Navarrete). Nuestros
reyes concedieron privilegios á los _castellanos_ establecidos en
Honfleur y Dieppe, mientras que los dieppenses poseían factorías en
Sevilla. No puede afirmarse que un dieppés haya descubierto la América
cuatro años antes que Colón; empero poca duda cabe que los Pinzones de
Andalucía eran armadores normandos.[2]
Ni vascos ni normandos habrían logrado hacerse autorizar por el reino de
Castilla. Fué menester un italiano hábil y elocuente, un genovés
obstinado que prosiguió la empresa quince años consecutivos, que supo
aprovechar la hora propicia y descartar todos los escrúpulos. La ocasión
oportuna fué cuando la guerra de conquista contra los moros costaba tan
cara á Castilla, cuando de todas partes oíase el clamoreo de: _¡oro!
¡oro!_ Fué cuando la España victoriosa deliraba por su gran cruzada y
establecía el tribunal de la Inquisición. El italiano se agarró á esta
palanca, convirtiéndose en más devoto que los devotos. Obró por la
Iglesia misma: representóse á Isabel como un caso de conciencia el dejar
tantas naciones paganas envueltas en las sombras de la muerte; fuéla
demostrado con toda claridad que descubrir el país del oro equivalía al
exterminio del turco y á la reconquista de Jerusalén.
Sabido es que de las tres carabelas que formaron la expedición, dos
fueron suministradas por los Pinzones que las comandaban. Ellos tomaron
la delantera. Verdad que uno se engañó; mas los otros dos, Francisco
Pinzón y su joven hermano Vicente, piloto del barco _Niña_, indicaron á
Colón que debía seguirles al Suroeste (12 de octubre de 1492). El
italiano, que se encaminaba en derechura al Oeste, hubiese encontrado
en toda su fuerza la cálida corriente que de las Antillas se dirige á
Europa, y mucho le habría costado salvar aquel líquido muro, pereciendo
ó navegando con tal lentitud que su tripulación se revoltara. Los
Pinzones, por el contrario, poseyendo tal vez algunas tradiciones sobre
aquel viaje, navegaron como si conociesen dicha corriente, no
afrontándola á su salida, sino que, declinando al Sur, pasaron sin
trabajo y abordaron en el mismo punto donde los vientos alisios
empujaban las aguas del Africa hacia la América, en los límites de
Haití.
Esto está corroborado por el diario mismo de Colón, que confiesa con
franqueza que los Pinzones le guiaban.
¿Quién fué el primero que divisó la América? Un marinero de la
tripulación de los Pinzones, si hemos de dar crédito á la investigación
hecha por orden del Rey en 1513.
Según esto, era de presumir que una buena parte de las ganancias y de la
gloria correspondería á los Pinzones. Armóse un pleito, y el Rey se
decidió en favor de Colón. ¿Por qué? Porque (con toda verosimilitud) los
Pinzones eran normandos, y España prefirió reconocer el derecho de un
genovés sin estabilidad y sin patria al de los franceses, de la gran
nación rival, de los súbditos de Luis XII y de Francisco I, que algún
día hubieran podido transferir ese derecho á sus soberanos. Uno de los
Pinzones murió de pesar.
Fuera de esto, ¿quién había sabido levantar el grande obstáculo de la
repugnancia religiosa, empleando toda su elocuencia, su destreza y
perseverancia para decidir los ánimos en favor de la expedición? Colón y
sólo Colón. El era el único creador de la empresa y fué asimismo su
heroico ejecutor. Así, pues, merece la gloria que le ha dado la
posteridad.
* * *
Opino, como M. Julio de Blosseville (corazón noble, buen juez de los
grandes hechos), opino que lo único difícil que hubo en esos
descubrimientos fué el dar la vuelta al mundo, la empresa de Magallanes
y de su piloto Sebastián de Elcano.
El acto más brillante, el más fácil, había sido la travesía del
Atlántico, al impulso de los vientos alisios, el encuentro de la
América, descubierta de tiempo atrás al Norte.
Los portugueses llevaron á cabo una empresa menos extraordinaria que
ésta, empleando un siglo en el descubrimiento de la costa occidental de
Africa. Nuestros normandos, en poco tiempo habían encontrado la mitad de
ella. A pesar de cuanto se ha dicho de la escuela de Lisboa y de la
loable perseverancia del príncipe Enrique su fundador, el veneciano
Cadamosto da testimonio en su relación de la escasa habilidad de los
pilotos portugueses. Cuando tuvieron entre ellos uno verdaderamente
intrépido y hombre de genio, Bartolomé Díaz, que dobló el Cabo,
reemplazáronlo con Gama, gran señor de la casa real y afamado guerrero.
Preocupábanse más los portugueses de las conquistas y de los tesoros que
con ellas pudiesen ganar que de los descubrimientos propiamente dichos.
Gama fué un modelo de valientes, empero tomó harto al pie de la letra
las órdenes que llevaba de no sufrir á nadie en los mismos mares que él
recorría. Habiendo pasado bárbaramente á cuchillo una nave cargada de
peregrinos que venía de la Meca, levantóse un clamor general contra los
de su nación y aumentó en todo el Oriente el horror que inspiraba el
nombre cristiano, cerrándose con tal acto más y más las puertas del
Asia.
* * *
¿Es cierto que Magallanes había visto el mar Pacífico señalado en un
globo por el alemán Behaim? No, ese globo no lo conoce nadie. ¿Habría
visto en casa de su amo, el Rey de Portugal, algún mapa que lo indicara?
Así se ha dicho, pero nadie lo ha probado. Más probable es que los
aventureros que hacía cosa de veinte años recorrían el continente
americano, hubieran visto, pero visto con sus propios ojos, el mar
Pacífico. Ese rumor que circulaba acordábase muy bien con la idea que
daba el cálculo de tal contrapeso, necesario al hemisferio que habitamos
y al equilibrio del globo.
No hay existencia más azarosa que la de Magallanes. Constitúyenla
combates, viajes á lejanas tierras, huídas y litigios, naufragios,
asesinato frustrado, y finalmente, pérdida de la vida en manos de los
salvajes. Bátese en Africa; bátese en las Indias; se casa entre los
malayos, tan bravos y feroces, y él mismo parece haber sido uno de
tantos.
Durante su larga permanencia en Asia recoge todos los informes, prepara
su grande expedición, su tentativa de encaminarse por la América á las
islas de las especias, las Molucas. Comprándolas en la misma fuente,
naturalmente que serían más baratas que sacándolas como hasta entonces
del occidente de la India. De manera que en su origen la empresa fué
completamente mercantil... (Véase á Navarrete, F. Denis, Charton). Una
baja sobre la pimienta fué la inspiración primitiva del viaje más
heroico que se ha hecho en nuestro planeta.
Por aquellos tiempos, el espíritu cortesano, la intriga, teníanlo
dominado todo en Portugal. Agraviado Magallanes, pasó á España, y el
magnánimo Carlos V le dió cinco naves, si bien no osó fiarse enteramente
de un tránsfuga portugués, y por lo tanto impúsole un socio castellano.
Magallanes partió entre dos peligros: la malevolencia castellana y la
venganza de sus compatricios, que querían asesinarle. La tripulación no
tardó en amotinarse, desplegando nuestro héroe con tal motivo un
terrible heroísmo, indomable, bárbaro. Hizo poner grillos á su
compañero, proclamándose jefe único, al paso que los recalcitrantes eran
apuñaleados, degollados, desollados vivos.--Y en medio de todo eso sonó
la voz de «¡naufragio!» y se perdieron algunos barcos.--Nadie quería
seguirle, cuando los navegantes contemplaron atemorizados el aspecto
aterrador de la punta de América, la desolada Tierra del Fuego, y el
fúnebre cabo Forward. Esa comarca, arrancada del Continente por
violentas convulsiones, por la furiosa ebullición de mil volcanes,
aseméjase á una tormenta de granito. Hinchada, resquebrajada por un
enfriamiento repentino, su aspecto es horroroso. Vense no más que agudos
picos, campanarios excéntricos, espantosas y negras mamilas, dientes
atroces de tres puntas, y toda esa masa de lava, de basalto, de
fundiciones de fuego, está coronada de lúgubre nieve.
Las tripulaciones estaban aburridísimas, pero Magallanes dijo:
_¡Adelante!_ y buscó, dió vueltas, desenmarañóse en medio de cien islas,
penetró en un mar sin límites, aquel día _pacífico_, cuya denominación
ha conservado.
El intrépido navegante encontró su tumba en las Filipinas. Había perdido
cuatro buques, y el único que quedaba la _Victoria_, sólo tenía trece
hombres, pero contábase entre ellos el gran piloto, el intrépido é
invulnerable vasco Sebastián de Elcano, que regresó solo de su
expedición (1521), habiendo sido el primer mortal que diera la vuelta al
mundo.
Ninguna empresa había más grande que aquélla. Desde ese día, el globo
estaba seguro de su esfericidad. La maravilla física del agua tendida
uniformemente sobre una bola á la que se adhiere sin desviarse, ese
milagro, acababa de ser demostrado. Por fin era conocido el mar
Pacífico, el grande y misterioso laboratorio donde, lejos de nuestras
miradas, la Naturaleza trabaja profundamente la vida, elaborándonos
nuevos mundos, nuevos continentes.
Revelación de gran alcance, no sólo material, sino también moralmente,
que centuplicaba la audacia del hombre y le lanzaba á otro viaje sobre
el libre Océano de las ciencias, al esfuerzo (temerario, fecundo) de dar
la vuelta á lo infinito.
III
La ley de las tempestades.
De ayer sólo data la construcción de buques á propósito para la
navegación austral, siendo la oleada tan fuerte y dilatada en aquellos
mares, que forma verdaderas montañas. ¿Qué pensar de esos primitivos
navegantes, los Díaz y los Magallanes, que se aventuraron á surcarlos
metidos en las pesadas y diminutas cáscaras de aquellos tiempos?
En particular, para los mares polares, tanto árticos como antárticos,
requiérense buques exprofeso. Valor necesitaban los que, cual Cabot,
Brentz y Willoughby, montados en barquichuelos informes, remontando el
torrente de hielos, afrontaron el Spitzberg, abrieron la Groenlandia por
su fúnebre entrada, el cabo _Adiós_, introduciéndose hasta aquel rincón
donde aun en nuestros días han ido á estrellarse doscientos barcos
balleneros.
El lado sublime en esos héroes de otros tiempos, es su misma ignorancia,
su ciega intrepidez, su resolución desesperada. No conocían el mar,
teniendo que desafiar espantosos fenómenos cuya causa ni siquiera
sospechaban: la misma ignorancia respecto á las cosas del cielo. Su
único norte era la brújula. No había que hablarles de ninguno de esos
instrumentos físicos que nos guían y nos dan fórmulas las más exactas,
pues iban con los ojos cerrados y envueltos entre tinieblas. Estaban
como aterrorizados, confiésanlo sin rebozo, empero no había nadie capaz
de desaferrarlos de sus ideas. Las borrascas marítimas, los torbellinos
de la atmósfera, los trágicos diálogos de los dos Océanos, las tormentas
magnéticas llamadas auroras boreales, toda esa fantasmagoría parecíales
la Naturaleza furiosamente turbada é irritada, la lucha de Satanás.
* * *
Durante tres siglos, los progresos fueron lentos. Cook y Perón son un
ejemplo de lo difícil, peligrosa é incierta que era la navegación aun en
tiempos tan inmediatos á los nuestros.
Al valeroso Cook, hombre de imaginación muy viva, causó impresión aquel
espectáculo y dice en su diario: «Es tan grande el peligro, que me
atrevo á decir que nadie intentará ir más lejos que yo.»
Y sólo después que los viajes se hicieron más regulares, se traspasaron
los límites marcados por él.
Un gran siglo, siglo Titán, el diecinueve, ha logrado observar fríamente
esos objetos. Es el primero que osara mirar frente á frente la
tempestad, anotar su furia, escribir, digámoslo así, bajo su dictado.
Sus presagios, sus caracteres, sus resultados, todo hase registrado.
Luego vino la explicación y vulgarización, surgiendo un sistema á que se
aplicó un título atrevido y que en otro tiempo hubiérase tenido por una
impiedad: _La ley de las tempestades_.
De suerte que lo que se creyera un capricho había de llegar á
convertirse en ley. Esos hechos terribles, tomando ciertas formas
regulares, perderían en gran parte su potencia de desvarío. Tranquilo y
fuerte el hombre, en medio del peligro imaginaríase si acaso no pueden
oponérsele medios de defensa regulares también. En una palabra, si la
tempestad llegase á constituir una _ciencia_, ¿no podría crearse un
_arte_ de salvación? ¿Un arte para evitar los huracanes, y aun
_aprovecharse_ de ellos?
* * *
Esa ciencia no pudo iniciarse mientras se estuvo aferrado á las ideas
antiguas que atribuían las borrascas «al capricho de los vientos.» Una
observación atenta dejó probado que los vientos carecen de caprichos,
que son el accidente, á veces el agente de la borrasca, y ésta, por lo
general, un _fenómeno eléctrico_ que á menudo se pasa de ellos.
El hermano del convencionalista Romme (principal autor del calendario)
sentó las primeras bases. Habían notado los ingleses que, en las
borrascas de la India navegaban largo tiempo sin adelantar un paso,
encontrándose después de ellas en el mismo sitio donde les habían
cogido. Romme reunió todas las observaciones, demostrando que otro tanto
sucedía durante las tempestades de la China, del Africa y del mar de las
Antillas, y fué el primero en notar que los ventarrones rectilíneos son
más raros, que generalmente toda borrasca tiene el _carácter circular_,
que es un torbellino.
La tempestad arremolinada de los Estados Unidos en 1815, la de 1821
(este año hubo una gran erupción del Hecla), en que los vientos soplaban
de todos los puntos hacia el centro, despertaron la atención de la
América y de la Europa. Brande en Alemania, al mismo tiempo que Redfield
en Nueva York siguieron las huellas de Romme, estableciendo la ley
siguiente: que en general era la tempestad un _torbellino progresivo que
avanza dando vueltas sobre sí mismo_...
En 1838, el ingeniero inglés Reid, que de orden superior pasó á la
Barbada después de la célebre tormenta que causó mil quinientas
víctimas, determinó el doble movimiento de rotación. Empero su gran
descubrimiento consiste en haber observado, formulado: _Que en nuestro
hemisferio boreal la tempestad va de derecha á izquierda_, es decir,
parte del Este, va al Norte, da la vuelta al Oeste y al Sur, para volver
al Este. _En el hemisferio austral la tempestad va de izquierda á
derecha._
Observación de grandísima utilidad práctica que guía en adelante la
maniobra.
De suerte que Reid estuvo muy exacto dando á su libro el pomposo título:
_De la ley de las tempestades_.
* * *
Era la ley de su _movimiento_, no la explicación de su causa: no
indicaba con esto lo que las produce y lo que son en sí.
Luego, reaparece la Francia. Peltier (_Causas de las trombas_, 1840)
estableció por medio de innumerables hechos y con sus ingeniosos
experimentos, que las trombas de tierra y de mar _son fenómenos
eléctricos_, en que los vientos sólo desempeñan un papel secundario.
Hace cien años que Beccaria había sospechado lo mismo. Empero estaba
reservado á Peltier penetrar el asunto reproduciéndolo, hacer trombas en
miniatura y tempestades de entretenimiento.
Las trombas eléctricas nacen desde luego cerca de los volcanes, en los
respiraderos del mundo subterráneo, siendo más comunes en los mares
asiáticos que en los nuestros.
El Atlántico, abierto en ambas extremidades y recorrido á lo largo por
los vientos, está menos sujeto á trombas, pero en cambio se sienten en
él con más frecuencia los ventarrones rectilíneos. Con todo, Piddington
cita un sinnúmero de circulares habidos en ese mar.
Durante los años 1840 á 1850 hiciéronse en Calcuta y Nueva York las
inmensas compilaciones de Piddington y de Maury. Este último ha
adquirido un nombre muy ilustre gracias á sus mapas, sus _Direcciones_ y
su _Geografía del mar_, evangelio de la Marina en nuestros tiempos.
Piddington, menos artista, pero tan sabio como el norteamericano, en su
_Guía del marino_, enciclopedia de las tempestades, da los resultados de
una ilimitada experiencia, los medios minuciosos de calcular la
proximidad ó distancia del _ciclone_ ó torbellino, de fijar su rapidez,
de apreciar la curva que describen los vientos, la naturaleza de las
distintas olas. Este sabio ha corroborado los juicios de Peltier,
adoptado la causa eléctrica, y refutado las explicaciones que se
buscaban en los vientos tomando el efecto por la causa.
* * *
El antiguo arte de los augurios, la ciencia de los vaticinios, que no
deben despreciarse, vuelve á ponerse sobre el tapete en ese libro
excelente.
La puesta del sol no debe mirarse con indiferencia: si es rojo, si las
olas del mar reflejan un color de sangre, el otro Océano (la atmósfera),
nos prepara una borrasca. Un anillo alrededor del astro diurno, un
resplandor rojizo en medio de un círculo pálido, estrellas cambiantes y
que parecen que caen, son indicios de un trabajo amenazador en la región
superior.
Peor señal es cuando veis, á través de una atmósfera nada limpia, correr
cual flechas, nubecillas de un color purpurino obscuro; si masas
compactas empiezan á figurar extraños edificios, arco-iris destrozados,
puentes ruinosos y otros mil caprichos. Entonces estad seguros de que el
drama ya ha dado principio arriba. La calma es completa, mas, en el
horizonte, aparecen pálidos relámpagos; á pesar del silencio que reina,
óyese por momentos un ruido sordo que parece se detiene. El mar se
estrella contra la playa gimiendo y suspirando, y á veces, de su fondo,
se escapa un sordo rumor... Prestad atención á esto: _es la llamada del
mar_. (Locución inglesa).
Esto basta para poner en guardia al pájaro. Si no está distante de la
costa vésele (cuervo marino, goelandio ó gaviota) regresar á la tierra
con la mayor rapidez posible, guareciéndose en alguna roca. En alta mar,
cualquiera embarcación les sirve de isla y de punto de descanso. Dan
vueltas en derredor, y á veces solicitan la hospitalidad con la mayor
franqueza, posándose momentáneamente sobre los mástiles. No tardaréis
en divisar el sombrío petral, ave de vuelo siniestro, el cual tan
hábilmente sabe poner en peligro la embarcación, colocándose entre ésta
y el huracán.
Alegraos si truena; la descarga eléctrica hácese arriba. Tanto de ganado
á la tempestad. Observación remota y confirmada científicamente por
Peltier y por la experiencia de Piddington y de tantos otros.
Si la electricidad acumulada arriba, baja silenciosa, si no llueve, la
descarga haráse abajo, creando corrientes circulares. Por lo tanto habrá
tromba y huracán.
* * *
A veces la tromba os coge en la rada. En 1698, hallándose el capitán
Langford en el puerto, y bien anclado, vió llegar la tromba y al momento
se hizo á la vela, poniéndose bajo el amparo del mar. Las otras naves se
quedaron creyendo obrar más prudentemente y fueron destrozadas.
En Madrás y en la Barbada hácense señales para avisar á los buques
fondeados. En el Canadá, el telégrafo eléctrico, mucho más rápido que la
electricidad celeste, hace circular de puerto en puerto el aviso de la
tempestad que se prepara á recorrerlos todos.
El gran consejero para el marino que se encuentra en alta mar, es el
barómetro. Su perfecta sensibilidad revela los grados exactos del peso
con que le oprime la tempestad. Mudo al principio, diríase que duerme;
mas, ha recibido un tenue golpe, golpe de batuta que señala el preludio:
hele aquí inquieto. Contesta, vibra, oscila; se repliega, baja. La
atmósfera elástica, bajo los cargados vapores, pesa; y luego,
repentinamente, rebota y sube. El barómetro tiene su borrasca peculiar.
Pálidos resplandores se desprenden, en ocasiones, del mercurio, llenando
el tubo (Perón hizo esta observación en la isla de Mauricio). En las
ráfagas parece como que respira. «El barómetro de agua, en sus
fluctuaciones (dicen Daniel y Barlow), tenía el aliento, el resoplido de
un animal salvaje.»
Y el _ciclone_ avanza, en ocasiones, desembozadamente, engalanándose en
su vasta densidad con todas sus luces eléctricas. Hay momentos en que se
anuncia por medio de chorros, de bolas de fuego. En el gran huracán
acaecido en las Antillas en el año 1772, en que el mar subió setenta
pies, en medio de la obscuridad de la noche, los cerros de la costa
viéronse alumbrados por globos inflamados.
Su aproximación es más ó menos rápida. En el Océano Indico, sembrado de
islas y de todo género de obstáculos, con frecuencia la tromba sólo
recorre dos millas por hora, al paso que en la cálida corriente
procedente de las Antillas, su velocidad es de cuarenta y tres millas.
Su fuerza de traslación sería incalculable á no tener una oscilación
debida á los vientos de adentro y de afuera.
Lenta ó rápida, su fuerza es siempre la misma. Bastó un instante y una
sola ola, en 1789, para destrozar todas las embarcaciones abrigadas en
el puerto de Coringa y lanzarlas á los llanos; la segunda ola inundó la
población, y á la tercera, todos los edificios quedaron convertidos en
un montón de ruinas, pereciendo veinte mil personas. En 1822, al
contrario, en las bocas del Bengala, vióse á la tromba durante
veinticuatro horas, aspirar el aire y subir el agua otro tanto,
tragándose cincuenta mil seres humanos.