Una enfermedad terrible acababa de estallar en el siglo XV: el hambre,

la sed del oro, la necesidad absoluta de poseer este metal. Pueblos y

reyes, todos deliraban por obtenerlo. Ya no era posible equilibrar los

gastos con los ingresos. Moneda falsa ó de baja ley, crueles pleitos y

guerras atroces, todo se ensayaba, mas el oro no venía. Los alquimistas

prometían hacerlo, pronto, muy pronto, pero era preciso esperar. El

fisco, cual furioso león hambriento, devoraba judíos, devoraba moros, y

de tan rico manjar no quedaban ni los huesos.

Otro tanto acontecía con el pueblo. Flaco y roído hasta los tuétanos,

pedía un milagro que hiciera llover oro.

Todo el mundo ha leído la magnífica historia de Sindbad (_Mil y una

noches_), y se recordará cómo empieza, historia eterna que todos los

días se renueva. El pobre obrero Hindbad, las espaldas cargadas de leña,

oye desde la calle la música y algazara que hay en el palacio del rico

viajero Sindbad, y haciendo comparaciones asáltale el demonio de la

envidia; pero Sindbad le cuenta cuánto ha sufrido para obtener aquel oro

que tanto le deslumbra. Hindbad queda asustado de la narración. El

efecto que produce el cuento es exagerar los peligros y al propio tiempo

los beneficios de la gran lotería de los viajes, desanimando de paso el

trabajo sedentario.

La leyenda que en el siglo XV tenía trastornadas las cabezas de grandes

y pequeños, de pobres y ricos, era una reminiscencia de la fábula de las

Hespérides, un _Eldorado_, tierra del oro, colocada en las Indias y que

se sospechaba ser el paraíso terrenal, subsistente en este mundo de

pesares. Sólo faltaba encontrarlo. Nadie se cuidaba de buscarlo al

Norte, y he aquí por qué se hizo tan poco caso del descubrimiento de

Terranova y de la Groenlandia. Al Mediodía, por el contrario, habíase

encontrado (en Africa) cierta cantidad de oro en polvo. No se necesitaba

más para cobrar ánimo.

Los soñadores y los eruditos de un siglo pedantesco amontonaban y

comentaban los textos; y el descubrimiento, harto fácil en sí, se

dificultaba á fuerza de lecturas, de reflexiones, de quiméricas utopías.

¿Era ó no era el paraíso esa tierra del oro? ¿Estaba situada en los

antípodas? ¿Existían acaso dichos antípodas?... Al oir eso los doctores,

los hombres de sotana, reprendían á los sabios, recordándoles que sobre

el particular la doctrina de la Iglesia era formal, habiendo sido

condenada expresamente la herejía de los antípodas.

¡Grave dificultad! Nadie se atrevía á pasar adelante.

¿Por qué la América, conocida ya, era tan difícil de descubrir? Porque

se quería y se temía á la vez encontrarla.

* * *

El sabio librero italiano, Colón, sabía bien lo que se hacía. Había

estado en Islandia recogiendo las tradiciones; y, por otra parte, los

vascos le comunicaban cuanto sabían de Terranova. Un gallego había hecho

aquel viaje y habitado la tierra, y Colón asocióse con pilotos

establecidos en Andalucía, los Pinzones, que se cree eran de la familia

de los Pinçon de Dieppe.

Este último punto no deja de ser verosímil. Nuestros normandos y los

vascos, súbditos de Castilla, estaban en íntimas relaciones. Estos son

los nombrados _castellanos_ que á las órdenes del normando Bethencourt

emprendieron la célebre expedición de las Canarias (Navarrete). Nuestros

reyes concedieron privilegios á los _castellanos_ establecidos en

Honfleur y Dieppe, mientras que los dieppenses poseían factorías en

Sevilla. No puede afirmarse que un dieppés haya descubierto la América

cuatro años antes que Colón; empero poca duda cabe que los Pinzones de

Andalucía eran armadores normandos.[2]

Ni vascos ni normandos habrían logrado hacerse autorizar por el reino de

Castilla. Fué menester un italiano hábil y elocuente, un genovés

obstinado que prosiguió la empresa quince años consecutivos, que supo

aprovechar la hora propicia y descartar todos los escrúpulos. La ocasión

oportuna fué cuando la guerra de conquista contra los moros costaba tan

cara á Castilla, cuando de todas partes oíase el clamoreo de: _¡oro!

¡oro!_ Fué cuando la España victoriosa deliraba por su gran cruzada y

establecía el tribunal de la Inquisición. El italiano se agarró á esta

palanca, convirtiéndose en más devoto que los devotos. Obró por la

Iglesia misma: representóse á Isabel como un caso de conciencia el dejar

tantas naciones paganas envueltas en las sombras de la muerte; fuéla

demostrado con toda claridad que descubrir el país del oro equivalía al

exterminio del turco y á la reconquista de Jerusalén.

Sabido es que de las tres carabelas que formaron la expedición, dos

fueron suministradas por los Pinzones que las comandaban. Ellos tomaron

la delantera. Verdad que uno se engañó; mas los otros dos, Francisco

Pinzón y su joven hermano Vicente, piloto del barco _Niña_, indicaron á

Colón que debía seguirles al Suroeste (12 de octubre de 1492). El

italiano, que se encaminaba en derechura al Oeste, hubiese encontrado

en toda su fuerza la cálida corriente que de las Antillas se dirige á

Europa, y mucho le habría costado salvar aquel líquido muro, pereciendo

ó navegando con tal lentitud que su tripulación se revoltara. Los

Pinzones, por el contrario, poseyendo tal vez algunas tradiciones sobre

aquel viaje, navegaron como si conociesen dicha corriente, no

afrontándola á su salida, sino que, declinando al Sur, pasaron sin

trabajo y abordaron en el mismo punto donde los vientos alisios

empujaban las aguas del Africa hacia la América, en los límites de

Haití.

Esto está corroborado por el diario mismo de Colón, que confiesa con

franqueza que los Pinzones le guiaban.

¿Quién fué el primero que divisó la América? Un marinero de la

tripulación de los Pinzones, si hemos de dar crédito á la investigación

hecha por orden del Rey en 1513.

Según esto, era de presumir que una buena parte de las ganancias y de la

gloria correspondería á los Pinzones. Armóse un pleito, y el Rey se

decidió en favor de Colón. ¿Por qué? Porque (con toda verosimilitud) los

Pinzones eran normandos, y España prefirió reconocer el derecho de un

genovés sin estabilidad y sin patria al de los franceses, de la gran

nación rival, de los súbditos de Luis XII y de Francisco I, que algún

día hubieran podido transferir ese derecho á sus soberanos. Uno de los

Pinzones murió de pesar.

Fuera de esto, ¿quién había sabido levantar el grande obstáculo de la

repugnancia religiosa, empleando toda su elocuencia, su destreza y

perseverancia para decidir los ánimos en favor de la expedición? Colón y

sólo Colón. El era el único creador de la empresa y fué asimismo su

heroico ejecutor. Así, pues, merece la gloria que le ha dado la

posteridad.

* * *

Opino, como M. Julio de Blosseville (corazón noble, buen juez de los

grandes hechos), opino que lo único difícil que hubo en esos

descubrimientos fué el dar la vuelta al mundo, la empresa de Magallanes

y de su piloto Sebastián de Elcano.

El acto más brillante, el más fácil, había sido la travesía del

Atlántico, al impulso de los vientos alisios, el encuentro de la

América, descubierta de tiempo atrás al Norte.

Los portugueses llevaron á cabo una empresa menos extraordinaria que

ésta, empleando un siglo en el descubrimiento de la costa occidental de

Africa. Nuestros normandos, en poco tiempo habían encontrado la mitad de

ella. A pesar de cuanto se ha dicho de la escuela de Lisboa y de la

loable perseverancia del príncipe Enrique su fundador, el veneciano

Cadamosto da testimonio en su relación de la escasa habilidad de los

pilotos portugueses. Cuando tuvieron entre ellos uno verdaderamente

intrépido y hombre de genio, Bartolomé Díaz, que dobló el Cabo,

reemplazáronlo con Gama, gran señor de la casa real y afamado guerrero.

Preocupábanse más los portugueses de las conquistas y de los tesoros que

con ellas pudiesen ganar que de los descubrimientos propiamente dichos.

Gama fué un modelo de valientes, empero tomó harto al pie de la letra

las órdenes que llevaba de no sufrir á nadie en los mismos mares que él

recorría. Habiendo pasado bárbaramente á cuchillo una nave cargada de

peregrinos que venía de la Meca, levantóse un clamor general contra los

de su nación y aumentó en todo el Oriente el horror que inspiraba el

nombre cristiano, cerrándose con tal acto más y más las puertas del

Asia.

* * *

¿Es cierto que Magallanes había visto el mar Pacífico señalado en un

globo por el alemán Behaim? No, ese globo no lo conoce nadie. ¿Habría

visto en casa de su amo, el Rey de Portugal, algún mapa que lo indicara?

Así se ha dicho, pero nadie lo ha probado. Más probable es que los

aventureros que hacía cosa de veinte años recorrían el continente

americano, hubieran visto, pero visto con sus propios ojos, el mar

Pacífico. Ese rumor que circulaba acordábase muy bien con la idea que

daba el cálculo de tal contrapeso, necesario al hemisferio que habitamos

y al equilibrio del globo.

No hay existencia más azarosa que la de Magallanes. Constitúyenla

combates, viajes á lejanas tierras, huídas y litigios, naufragios,

asesinato frustrado, y finalmente, pérdida de la vida en manos de los

salvajes. Bátese en Africa; bátese en las Indias; se casa entre los

malayos, tan bravos y feroces, y él mismo parece haber sido uno de

tantos.

Durante su larga permanencia en Asia recoge todos los informes, prepara

su grande expedición, su tentativa de encaminarse por la América á las

islas de las especias, las Molucas. Comprándolas en la misma fuente,

naturalmente que serían más baratas que sacándolas como hasta entonces

del occidente de la India. De manera que en su origen la empresa fué

completamente mercantil... (Véase á Navarrete, F. Denis, Charton). Una

baja sobre la pimienta fué la inspiración primitiva del viaje más

heroico que se ha hecho en nuestro planeta.

Por aquellos tiempos, el espíritu cortesano, la intriga, teníanlo

dominado todo en Portugal. Agraviado Magallanes, pasó á España, y el

magnánimo Carlos V le dió cinco naves, si bien no osó fiarse enteramente

de un tránsfuga portugués, y por lo tanto impúsole un socio castellano.

Magallanes partió entre dos peligros: la malevolencia castellana y la

venganza de sus compatricios, que querían asesinarle. La tripulación no

tardó en amotinarse, desplegando nuestro héroe con tal motivo un

terrible heroísmo, indomable, bárbaro. Hizo poner grillos á su

compañero, proclamándose jefe único, al paso que los recalcitrantes eran

apuñaleados, degollados, desollados vivos.--Y en medio de todo eso sonó

la voz de «¡naufragio!» y se perdieron algunos barcos.--Nadie quería

seguirle, cuando los navegantes contemplaron atemorizados el aspecto

aterrador de la punta de América, la desolada Tierra del Fuego, y el

fúnebre cabo Forward. Esa comarca, arrancada del Continente por

violentas convulsiones, por la furiosa ebullición de mil volcanes,

aseméjase á una tormenta de granito. Hinchada, resquebrajada por un

enfriamiento repentino, su aspecto es horroroso. Vense no más que agudos

picos, campanarios excéntricos, espantosas y negras mamilas, dientes

atroces de tres puntas, y toda esa masa de lava, de basalto, de

fundiciones de fuego, está coronada de lúgubre nieve.

Las tripulaciones estaban aburridísimas, pero Magallanes dijo:

_¡Adelante!_ y buscó, dió vueltas, desenmarañóse en medio de cien islas,

penetró en un mar sin límites, aquel día _pacífico_, cuya denominación

ha conservado.

El intrépido navegante encontró su tumba en las Filipinas. Había perdido

cuatro buques, y el único que quedaba la _Victoria_, sólo tenía trece

hombres, pero contábase entre ellos el gran piloto, el intrépido é

invulnerable vasco Sebastián de Elcano, que regresó solo de su

expedición (1521), habiendo sido el primer mortal que diera la vuelta al

mundo.

Ninguna empresa había más grande que aquélla. Desde ese día, el globo

estaba seguro de su esfericidad. La maravilla física del agua tendida

uniformemente sobre una bola á la que se adhiere sin desviarse, ese

milagro, acababa de ser demostrado. Por fin era conocido el mar

Pacífico, el grande y misterioso laboratorio donde, lejos de nuestras

miradas, la Naturaleza trabaja profundamente la vida, elaborándonos

nuevos mundos, nuevos continentes.

Revelación de gran alcance, no sólo material, sino también moralmente,

que centuplicaba la audacia del hombre y le lanzaba á otro viaje sobre

el libre Océano de las ciencias, al esfuerzo (temerario, fecundo) de dar

la vuelta á lo infinito.

III

La ley de las tempestades.

De ayer sólo data la construcción de buques á propósito para la

navegación austral, siendo la oleada tan fuerte y dilatada en aquellos

mares, que forma verdaderas montañas. ¿Qué pensar de esos primitivos

navegantes, los Díaz y los Magallanes, que se aventuraron á surcarlos

metidos en las pesadas y diminutas cáscaras de aquellos tiempos?

En particular, para los mares polares, tanto árticos como antárticos,

requiérense buques exprofeso. Valor necesitaban los que, cual Cabot,

Brentz y Willoughby, montados en barquichuelos informes, remontando el

torrente de hielos, afrontaron el Spitzberg, abrieron la Groenlandia por

su fúnebre entrada, el cabo _Adiós_, introduciéndose hasta aquel rincón

donde aun en nuestros días han ido á estrellarse doscientos barcos

balleneros.

El lado sublime en esos héroes de otros tiempos, es su misma ignorancia,

su ciega intrepidez, su resolución desesperada. No conocían el mar,

teniendo que desafiar espantosos fenómenos cuya causa ni siquiera

sospechaban: la misma ignorancia respecto á las cosas del cielo. Su

único norte era la brújula. No había que hablarles de ninguno de esos

instrumentos físicos que nos guían y nos dan fórmulas las más exactas,

pues iban con los ojos cerrados y envueltos entre tinieblas. Estaban

como aterrorizados, confiésanlo sin rebozo, empero no había nadie capaz

de desaferrarlos de sus ideas. Las borrascas marítimas, los torbellinos

de la atmósfera, los trágicos diálogos de los dos Océanos, las tormentas

magnéticas llamadas auroras boreales, toda esa fantasmagoría parecíales

la Naturaleza furiosamente turbada é irritada, la lucha de Satanás.

* * *

Durante tres siglos, los progresos fueron lentos. Cook y Perón son un

ejemplo de lo difícil, peligrosa é incierta que era la navegación aun en

tiempos tan inmediatos á los nuestros.

Al valeroso Cook, hombre de imaginación muy viva, causó impresión aquel

espectáculo y dice en su diario: «Es tan grande el peligro, que me

atrevo á decir que nadie intentará ir más lejos que yo.»

Y sólo después que los viajes se hicieron más regulares, se traspasaron

los límites marcados por él.

Un gran siglo, siglo Titán, el diecinueve, ha logrado observar fríamente

esos objetos. Es el primero que osara mirar frente á frente la

tempestad, anotar su furia, escribir, digámoslo así, bajo su dictado.

Sus presagios, sus caracteres, sus resultados, todo hase registrado.

Luego vino la explicación y vulgarización, surgiendo un sistema á que se

aplicó un título atrevido y que en otro tiempo hubiérase tenido por una

impiedad: _La ley de las tempestades_.

De suerte que lo que se creyera un capricho había de llegar á

convertirse en ley. Esos hechos terribles, tomando ciertas formas

regulares, perderían en gran parte su potencia de desvarío. Tranquilo y

fuerte el hombre, en medio del peligro imaginaríase si acaso no pueden

oponérsele medios de defensa regulares también. En una palabra, si la

tempestad llegase á constituir una _ciencia_, ¿no podría crearse un

_arte_ de salvación? ¿Un arte para evitar los huracanes, y aun

_aprovecharse_ de ellos?

* * *

Esa ciencia no pudo iniciarse mientras se estuvo aferrado á las ideas

antiguas que atribuían las borrascas «al capricho de los vientos.» Una

observación atenta dejó probado que los vientos carecen de caprichos,

que son el accidente, á veces el agente de la borrasca, y ésta, por lo

general, un _fenómeno eléctrico_ que á menudo se pasa de ellos.

El hermano del convencionalista Romme (principal autor del calendario)

sentó las primeras bases. Habían notado los ingleses que, en las

borrascas de la India navegaban largo tiempo sin adelantar un paso,

encontrándose después de ellas en el mismo sitio donde les habían

cogido. Romme reunió todas las observaciones, demostrando que otro tanto

sucedía durante las tempestades de la China, del Africa y del mar de las

Antillas, y fué el primero en notar que los ventarrones rectilíneos son

más raros, que generalmente toda borrasca tiene el _carácter circular_,

que es un torbellino.

La tempestad arremolinada de los Estados Unidos en 1815, la de 1821

(este año hubo una gran erupción del Hecla), en que los vientos soplaban

de todos los puntos hacia el centro, despertaron la atención de la

América y de la Europa. Brande en Alemania, al mismo tiempo que Redfield

en Nueva York siguieron las huellas de Romme, estableciendo la ley

siguiente: que en general era la tempestad un _torbellino progresivo que

avanza dando vueltas sobre sí mismo_...

En 1838, el ingeniero inglés Reid, que de orden superior pasó á la

Barbada después de la célebre tormenta que causó mil quinientas

víctimas, determinó el doble movimiento de rotación. Empero su gran

descubrimiento consiste en haber observado, formulado: _Que en nuestro

hemisferio boreal la tempestad va de derecha á izquierda_, es decir,

parte del Este, va al Norte, da la vuelta al Oeste y al Sur, para volver

al Este. _En el hemisferio austral la tempestad va de izquierda á

derecha._

Observación de grandísima utilidad práctica que guía en adelante la

maniobra.

De suerte que Reid estuvo muy exacto dando á su libro el pomposo título:

_De la ley de las tempestades_.

* * *

Era la ley de su _movimiento_, no la explicación de su causa: no

indicaba con esto lo que las produce y lo que son en sí.

Luego, reaparece la Francia. Peltier (_Causas de las trombas_, 1840)

estableció por medio de innumerables hechos y con sus ingeniosos

experimentos, que las trombas de tierra y de mar _son fenómenos

eléctricos_, en que los vientos sólo desempeñan un papel secundario.

Hace cien años que Beccaria había sospechado lo mismo. Empero estaba

reservado á Peltier penetrar el asunto reproduciéndolo, hacer trombas en

miniatura y tempestades de entretenimiento.

Las trombas eléctricas nacen desde luego cerca de los volcanes, en los

respiraderos del mundo subterráneo, siendo más comunes en los mares

asiáticos que en los nuestros.

El Atlántico, abierto en ambas extremidades y recorrido á lo largo por

los vientos, está menos sujeto á trombas, pero en cambio se sienten en

él con más frecuencia los ventarrones rectilíneos. Con todo, Piddington

cita un sinnúmero de circulares habidos en ese mar.

Durante los años 1840 á 1850 hiciéronse en Calcuta y Nueva York las

inmensas compilaciones de Piddington y de Maury. Este último ha

adquirido un nombre muy ilustre gracias á sus mapas, sus _Direcciones_ y

su _Geografía del mar_, evangelio de la Marina en nuestros tiempos.

Piddington, menos artista, pero tan sabio como el norteamericano, en su

_Guía del marino_, enciclopedia de las tempestades, da los resultados de

una ilimitada experiencia, los medios minuciosos de calcular la

proximidad ó distancia del _ciclone_ ó torbellino, de fijar su rapidez,

de apreciar la curva que describen los vientos, la naturaleza de las

distintas olas. Este sabio ha corroborado los juicios de Peltier,

adoptado la causa eléctrica, y refutado las explicaciones que se

buscaban en los vientos tomando el efecto por la causa.

* * *

El antiguo arte de los augurios, la ciencia de los vaticinios, que no

deben despreciarse, vuelve á ponerse sobre el tapete en ese libro

excelente.

La puesta del sol no debe mirarse con indiferencia: si es rojo, si las

olas del mar reflejan un color de sangre, el otro Océano (la atmósfera),

nos prepara una borrasca. Un anillo alrededor del astro diurno, un

resplandor rojizo en medio de un círculo pálido, estrellas cambiantes y

que parecen que caen, son indicios de un trabajo amenazador en la región

superior.

Peor señal es cuando veis, á través de una atmósfera nada limpia, correr

cual flechas, nubecillas de un color purpurino obscuro; si masas

compactas empiezan á figurar extraños edificios, arco-iris destrozados,

puentes ruinosos y otros mil caprichos. Entonces estad seguros de que el

drama ya ha dado principio arriba. La calma es completa, mas, en el

horizonte, aparecen pálidos relámpagos; á pesar del silencio que reina,

óyese por momentos un ruido sordo que parece se detiene. El mar se

estrella contra la playa gimiendo y suspirando, y á veces, de su fondo,

se escapa un sordo rumor... Prestad atención á esto: _es la llamada del

mar_. (Locución inglesa).

Esto basta para poner en guardia al pájaro. Si no está distante de la

costa vésele (cuervo marino, goelandio ó gaviota) regresar á la tierra

con la mayor rapidez posible, guareciéndose en alguna roca. En alta mar,

cualquiera embarcación les sirve de isla y de punto de descanso. Dan

vueltas en derredor, y á veces solicitan la hospitalidad con la mayor

franqueza, posándose momentáneamente sobre los mástiles. No tardaréis

en divisar el sombrío petral, ave de vuelo siniestro, el cual tan

hábilmente sabe poner en peligro la embarcación, colocándose entre ésta

y el huracán.

Alegraos si truena; la descarga eléctrica hácese arriba. Tanto de ganado

á la tempestad. Observación remota y confirmada científicamente por

Peltier y por la experiencia de Piddington y de tantos otros.

Si la electricidad acumulada arriba, baja silenciosa, si no llueve, la

descarga haráse abajo, creando corrientes circulares. Por lo tanto habrá

tromba y huracán.

* * *

A veces la tromba os coge en la rada. En 1698, hallándose el capitán

Langford en el puerto, y bien anclado, vió llegar la tromba y al momento

se hizo á la vela, poniéndose bajo el amparo del mar. Las otras naves se

quedaron creyendo obrar más prudentemente y fueron destrozadas.

En Madrás y en la Barbada hácense señales para avisar á los buques

fondeados. En el Canadá, el telégrafo eléctrico, mucho más rápido que la

electricidad celeste, hace circular de puerto en puerto el aviso de la

tempestad que se prepara á recorrerlos todos.

El gran consejero para el marino que se encuentra en alta mar, es el

barómetro. Su perfecta sensibilidad revela los grados exactos del peso

con que le oprime la tempestad. Mudo al principio, diríase que duerme;

mas, ha recibido un tenue golpe, golpe de batuta que señala el preludio:

hele aquí inquieto. Contesta, vibra, oscila; se repliega, baja. La

atmósfera elástica, bajo los cargados vapores, pesa; y luego,

repentinamente, rebota y sube. El barómetro tiene su borrasca peculiar.

Pálidos resplandores se desprenden, en ocasiones, del mercurio, llenando

el tubo (Perón hizo esta observación en la isla de Mauricio). En las

ráfagas parece como que respira. «El barómetro de agua, en sus

fluctuaciones (dicen Daniel y Barlow), tenía el aliento, el resoplido de

un animal salvaje.»

Y el _ciclone_ avanza, en ocasiones, desembozadamente, engalanándose en

su vasta densidad con todas sus luces eléctricas. Hay momentos en que se

anuncia por medio de chorros, de bolas de fuego. En el gran huracán

acaecido en las Antillas en el año 1772, en que el mar subió setenta

pies, en medio de la obscuridad de la noche, los cerros de la costa

viéronse alumbrados por globos inflamados.

Su aproximación es más ó menos rápida. En el Océano Indico, sembrado de

islas y de todo género de obstáculos, con frecuencia la tromba sólo

recorre dos millas por hora, al paso que en la cálida corriente

procedente de las Antillas, su velocidad es de cuarenta y tres millas.

Su fuerza de traslación sería incalculable á no tener una oscilación

debida á los vientos de adentro y de afuera.

Lenta ó rápida, su fuerza es siempre la misma. Bastó un instante y una

sola ola, en 1789, para destrozar todas las embarcaciones abrigadas en

el puerto de Coringa y lanzarlas á los llanos; la segunda ola inundó la

población, y á la tercera, todos los edificios quedaron convertidos en

un montón de ruinas, pereciendo veinte mil personas. En 1822, al

contrario, en las bocas del Bengala, vióse á la tromba durante

veinticuatro horas, aspirar el aire y subir el agua otro tanto,

tragándose cincuenta mil seres humanos.

El Mar · 第 13 / 20 段