corazón de la madre, empápase lentamente en su vida, permaneciendo mucho
tiempo á su lado y en la edad á propósito para aprender; todo esto es
debido á la bondad del padre que no rechaza al inocente rival. Y ahí
está el progreso.
* * *
Si hemos de dar crédito á ciertas tradiciones, el progreso no quedó
limitado á esto. Desarrollados los anfibios, asemejados á la humana
forma, habríanse trocado en semihombres, en hombres de mar, tritones ó
sirenas. Sólo que, al revés de las melodiosas sirenas de la fábula,
éstos hubieron permanecido mudos, impotentes para constituirse un
lenguaje, para entenderse con el hombre y moverle á compasión. Talas
razas han desaparecido, dícese, del mismo modo que vemos desaparecer al
infortunado castor que si bien no puede hablar, llora.
Hase dicho con harta ligereza que aquellas extrañas figuras no eran otra
cosa que focas. Mas, ¿cabe engaño en ello? Todas las especies de focas
que existen son conocidas desde mucho tiempo atrás. En el siglo VII, en
vida de San Columbano, ya se pescaba y se comía su carne.
Los hombres y mujeres de mar de que se hace referencia en el siglo XVI,
fueron vistos no sólo rápidamente en medio del líquido elemento, sino
que se les trajo á tierra, se les paseó por ella, y vivieron en grandes
centros de población tales como Amberes y Amsterdam, en los palacios de
Carlos V y Felipe II, y por lo tanto estuvieron bajo las miradas de
Vesale y de los primeros sabios de aquella época. Se hace mención de una
mujer marina que vivió luengos años en hábito religioso en un convento
donde á todos era dado verla. No hablaba, pero sí se entretenía en hilar
y en otros quehaceres. Con todo, el agua la atraía y empleaba toda su
inteligencia para volver á su querido elemento.
Diráse: Si realmente han existido esos seres, ¿por qué fueron tan raros?
¡Ay! La respuesta nos viene á la mano. Eran raros porque se acostumbraba
á matarlos.
Teníase por pecado dejarles la vida, «pues estaban clasificados entre
los _monstruos_». Así se expresan las antiguas narraciones.
Todo cuanto se alejaba de las formas conocidas de la animalidad, y
cuanto por el contrario se aproximaba á las del hombre, era reputado
_monstruo_ y se le daba pasaporte para el otro mundo. La madre, asaz
desgraciada para dar á luz un hijo disforme, no podía librarlo:
ahogábasele entre los colchones de la cama, suponiéndose ser hijo del
diablo, una invención de su malicia para ultrajar á la Creación y
calumniar á Dios. Por otra parte, á esos sirenos, demasiado análogos con
el hombre, teníaselos con más razón por una ilusión diabólica, y tal era
la abominación que causaban en la Edad Media, que su aparición
señalábase cual un espantoso prodigio que Dios, en su justa cólera,
permite para aterrorizar al pecado. Apenas nadie se atrevía á citarlos,
apresurándose á hacerlos desaparecer. El siglo XVI, más atrevido,
creíalos todavía «diablos disfrazados de hombre,» indignos de ser
tocados más que con el arpón. Cada día se hacían más raros, cuando á
algunos descreídos pasóles por la imaginación especular con ellos
conservándolos y enseñándolos.
¿Nos ha quedado siquiera algún resto, alguna osamenta de ellos?
Sabrémoslo cuando los museos de Europa comiencen á exponer todos sus
inmensos depósitos. Falta espacio, no lo ignoro, y nunca habrá bastante,
si para ello se requieren palacios. Empero el más sencillo abrigo, un
vasto cobertizo (y nada costoso), permitiría poner á la vista de todo el
mundo objetos tan sólidos como los de que aquí se trata. Hasta ahora
sólo nos ha sido dado contemplar algunas muestras y ciertas piezas
escogidas.
Añadamos que la exposición de los anfibios henchidos de paja, para ser
verdadera debe presentar esos _monstruos_ tan idénticos al hombre, de
lado y en las posturas en que la ilusión sea más completa. Concededles
esa honra, que bien merecida la tienen. Que la madre Foca á la madre
Lamantina se ofrezca á mi vista sobre su roca cual sirena, en el
primitivo uso de la mano y de las mamas, con su pequeñuelo sobre su
seno.
* * *
¿Es decir que esos seres hubieran podido ascender hasta nosotros? ¿Acaso
fueron los autores los ascendientes del hombre? Así lo supuso Mallet.
Por lo que á mí toca, no lo creo verosímil.
No cabe duda que en el mar tuvo principio todo lo creado, empero no es
de los animales marinos superiores que salió la serie paralela en las
formas terrestres cuyo remate es el hombre. Estaban ya demasiado
fijados, eran harto especiales para dar el blando bosquejo de una
naturaleza tan distinta; pues habían llevado muy lejos, agotado casi la
fecundidad de sus géneros. En tal caso, los primogénitos perecen; y sólo
muy abajo, entre los obscuros segundones de alguna clase pariente, surge
la nueva serie que ascenderá más arriba. (Véanse las notas al final del
tomo.)
El hombre fué, no su hijo, sino su hermano, un hermano cruelmente
enemigo suyo.
* * *
Helo aquí, el fuerte entre los fuertes, el ingenioso, el activo, el
cruel rey del mundo. Mi libro se ilumina; mas, en cambio, ¿qué va á
enseñarnos? ¡Cuántas cosas tristes he de traer á los resplandores de esa
luz!
Ese creador, ese dios tirano, ha tenido el talento de fabricar una
segunda Naturaleza en la Naturaleza misma. ¿Y qué hizo de la otra, la
primitiva, madre y nodriza á la vez? Con los dientes que le diera,
mordió su seno.
Tantos y tantos animales que vivían tranquilamente, se humanizaban y
bosquejaban las artes; hoy día azorados, embrutecidos, hanse convertido
en bestias. Los monos, reyes de Ceilán, cuya discreción tanta celebridad
adquiriera en la India, son ahora unos salvajes horrorosos, ni más ni
menos; el brahma de la Creación, el elefante, perseguido, esclavizado,
queda reducido á una bestia de carga.
Los más libres entre los seres, en otro tiempo alegría del mar, las
tiernas focas y las inofensivas ballenas, pacífico orgullo del Océano,
huyeron á los mares polares, al temible mundo de los hielos. Empero no
todos pueden sobrellevar tan ruda existencia, y no transcurrirán muchos
años sin que desaparezcan por completo.
Una raza desgraciada, la de los campesinos polacos, ha visto brotar de
su corazón el sentido, la inteligencia del desterrado mudo, refugiado en
los lagos de la Lituania, habiendo pasado á ser proverbial entre ellos
que «la persona que hace llorar al castor nunca será afortunada.»
El artista ha quedado relegado al rango de una bestia tímida que ni sabe
ni puede nada. Los que habitan todavía la América, retrocediendo y
huyendo siempre, no tienen ánimo para ninguna empresa. No ha mucho que
un viajero encontró uno de esos animalillos que, tierra adentro, muy
adentro, hacia los altos lagos, emprendía de nuevo, si bien con timidez,
su oficio, quería fabricar el hogar de la familia, cortaba madera. Al
divisar al hombre dejó escapar la madera, y ni siquiera tuvo ánimo para
huir: sólo supo llorar.
LIBRO TERCERO
CONQUISTA DEL MAR
I
El arpón.
«Al marinero que llega á la vista de Groenlandia, ningún placer le causa
aquella tierra,» dice cándidamente John Ross. No lo dudo. Figuraos una
costa de hierro, de aspecto asolador, donde el negro granito escarpado
no protege ni siquiera á la nieve; y después, sólo se ven hielos. La
vegetación es allí desconocida. Aquella tierra ingrata, que nos oculta
el polo, parece un país de muerte y de hambre.
En el muy corto intervalo de tiempo que el agua no está helada, la vida
sería posible en aquellos parajes, pero el hielo dura nueve meses en el
año. Y durante este tiempo, ¿qué hacer?; y los alimentos, ¿dónde
hallarlos? No hay que pensar en buscar. La noche dura varios meses, y en
ocasiones es tal su obscuridad, que Kane, rodeado de sus perros, sólo
los divisaba merced á la humedad del aliento. En tan dilatadas, muy
dilatadas tinieblas, sobre esa tierra desolada, estéril, vestida de
hielos impenetrables, erran, no obstante, dos solitarios que se obstinan
en vivir allí, en medio de los horrores de un mundo imposible. Es uno de
ellos el oso pescador, desabrido, vagabundo bajo su valiosa piel y su
gordura, que le permite ayunar á intervalos. El otro, de aspecto
singular, á cierta distancia parece un pez sentado sobre su cola, pez
mal conformado y desmañado, con largas nadaderas colgantes. Este
semi-pez es el hombre. Ambos se ventean y se buscan: los dos están
hambrientos. Con todo, el oso á veces huye, rehusa el combate, creyendo
á su contrario más feroz y más hambriento que él.
El hombre con hambre es terrible. Sin otra arma que una espina de pez,
persigue al enorme animal; empero hubiera perecido cien veces á no tener
otro alimento que ese compañero terrible. El poder vivir le costó un
crimen. No produciendo nada la tierra, buscó hacia el mar, y como éste
estaba cerrado, no tuvo más remedio que sacrificar á su amiga la foca;
en ella encontraba concentrada la grasa del mar, el aceite, sin el cual
muriérase de frío antes que de hambre.
El groenlandés no sueña más que en ir á habitar la luna al término de su
carrera, donde hallará leña á discreción, fuego, en fin, la luz del
hogar. En nuestro planeta, el aceite la reemplaza, pues bebiéndolo
copiosamente calienta su cuerpo.
Gran contraste entre el hombre y los anfibios soñolientos, que aun en
dicho clima saben vivir sin padecer mucho. Bastante lo indican los
tiernos ojos de la foca. Nodriza del mar, de continuo está en relación
con él, y sabe aprovechar todas las ocasiones para aprovisionarse.
Aunque generalmente se la cree muy pesada, se encarama con maña sobre un
témpano de hielo y hácese conducir de un lado á otro. El agua cubierta
de moluscos, de átomos animados, alimenta superabundantemente á los
peces, que á su vez sirven de pasto á las focas, las cuales, bien
repletas, duermen sobre su roca muy tranquilas, y con sueño tan pesado,
que nada es capaz de interrumpir.
La vida del hombre es enteramente distinta. Parece colocado allí contra
la voluntad de Dios, maldito, y todo conspira contra él. En las
fotografías que tenemos de los esquimales, léese su destino terrible en
la fijeza de la mirada, en sus ojos ceñudos y negros como la noche.
Parecen como petrificados por una visión, por el habitual espectáculo de
un infinito lúgubre.
Aquella naturaleza de terror eterno ha ocultado con una máscara de
bronce su elevada inteligencia, rápida, no obstante, y con mil
expedientes en medio de una existencia de peligros imprevistos.
* * *
¿Qué hacer? Su familia estaba hambrienta y sus hijos lloraban: su mujer
embarazada tiritaba encima de la nieve. El viento del polo azotábales
continuamente con un diluvio de escarcha, con ese torbellino de agudas
flechas que punzan y penetran, embrutecen, haciendo perder la voz y los
sentidos. Cerrado el mar, no había que pensar en la pesca; pero quedaba
la foca. Y ¡cuántos peces no encierra una foca! ¡Qué riqueza de aceite
acumulado! El pobre animal estaba allí, dormido, indefenso; y aun
despierto, no procura huir; al contrario, consiente que se le acerquen,
que le toquen. Al igual del lamantín, para que huya es preciso
apalearle; y los que se pescan jóvenes, por más que los rechacéis de á
bordo, siempre seguirán al buque. La misma facilidad debió turbar al
hombre, hacerle titubear, combatir la tentación; pero el frío pudo más
que su voluntad y cometió un asesinato. Desde aquel momento era rico y
pudo vivir.
La carne de foca alimentó á aquellos hambrientos; el aceite, absorbido á
raudales, calentó sus ateridos cuerpos. Los huesos empleáronse en
sinnúmero de usos domésticos; con las fibras se fabricaron cuerdas y
redes, y la piel sirvió para cubrir las carnes casi heladas de la mujer
esquimal. Su marido usa el mismo traje, con una pequeña diferencia en el
corte. Aquélla lo adorna, además, con un cintillo de cuero colocado en
el borde, para agradar á su compañero y para que la quiera. Pero lo más
útil de todo fué que, mañosamente, fabricaron con pieles cosidas á la
ligera, á la par que resistente, máquina donde se aventura aquel hombre
intrépido y á la que ha dado el nombre de barca.
Vehículo más que mezquino, largo, delgado y que tan poco pesa, está
herméticamente cerrado, menos un agujero do se mete el remero, apretando
el cuero á su cintura. El que lo ve, apostaría cualquier cosa que tan
frágil barquilla va á zozobrar... No hay cuidado. Vuela como una flecha
sobre las olas, desaparece, vuelve á aparecer entre los fuertes
remolinos producidos por los hielos y en medio de aquellas flotantes
montañas.
Hombre y barquilla no son más que una pieza, un pez artificial. Empero,
¡cuán inferior es á los verdaderos peces! Carece del aparejo, de la
vejiga natatoria que sostiene al verdadero, haciéndole á voluntad ligero
ó pesado. No tiene en su cuerpo el aceite que, más ligero que el agua,
se obstina en sobrenadar y subir á la superficie. Y, sobre todo, carece
de lo que da al verdadero pez vigor en sus movimientos, la viva
contracción de la espina para golpear fuertemente con la cola: lo único
que puede imitar el hombre, aunque muy imperfectamente, son las
nadaderas. Sus remos no apretados al cuerpo, sino movidos á distancia
por un prolongado brazo, son harto blandos, comparados con los del otro,
y pronto se cansan. ¿Quién repara todo esto? La terrible energía del
hombre, y bajo esa invariable máscara, su viva razón, que cual relámpago
resuelve, inventa y halla, minuto tras minuto, un remedio á los peligros
de esa flotante piel que sólo le resguarda de la muerte.
A menudo queda obstruido el paso, encontrándose el esquimal ante una
barrera de hierro. Entonces, truécanse los papeles. La barca conducía al
hombre, y ahora es éste el que conduce la barca; cárgala sobre sus
hombros, atraviesa los crujientes hielos y pónelo á flote más lejos. En
ocasiones, salen á su encuentro montañas flotantes que no ofrecen otro
paso que largos corredores que se abren y cierran repentinamente; allí
puede desaparecer el esquimal con su frágil esquife, quedar enterrado en
vida; por momentos, dos de aquellas azuladas montañas tal vez se
aproximarán aplastando á él y á su vehículo, hasta dejarlos del espesor
de un cabello. Tal suerte cupo á un barco de gran porte; dividido por el
medio, los dos pedazos fueron destrozados, aplanados.
* * *
Afirman los esquimales contemporáneos nuestros, que sus padres pescaron
la ballena. Menos míseros en aquel tiempo, no era tan frío su país:
ingeniábanse mejor, y probablemente conocían el hierro. Tal vez lo
recibirían de Noruega ó de Islandia. Las ballenas abundaron siempre en
los mares de la Groenlandia. Grande objeto de concupiscencia para
aquellos á quienes es el aceite artículo de primera necesidad. El pez
dalo gota á gota, la foca á raudales y la ballena á mares.
Un hombre mal equipado, peor armado y mugiendo el mar bajo sus pies,
entre tinieblas, en medio de los hielos, fué el primero que intentó
tamaña hazaña, y solo, enteramente solo, plantó cara al coloso de los
mares.
El fué quien tuvo tal confianza en su fuerza y en su ánimo, en el vigor
de su brazo, en la aspereza del golpe, en la pesadez del arpón: él quien
creyó poder atravesar la piel y la muralla de grasa, la dura carne del
animal.
El quien supuso que á su terrible despertar, y á pesar de la tempestad
que promueve el herido con sus saltos y sus coletazos, no lo arrastraría
consigo al fondo de los mares. ¡Audacia inaudita! Añadía un cable á su
arpón para perseguir su presa, despreciaba la horrorosa sacudida, sin
reflexionar que el atemorizado animal podía zambullirse bruscamente y
darle un mal rato.
Otro peligro tiene esa pesca, y es que en vez de la ballena, puede
encontrarse uno con su mortal enemigo, el terror de los mares, el
cachalote. No es enorme éste, pues sólo mide de sesenta á ochenta pies;
su cabeza tiene de veinte á veinticinco, una tercera parte de la
dimensión total. En tal caso, ¡ay del pescador! El es el que á su vez se
convierte en pescado, siendo presa del monstruo. El cachalote está
armado de cuarenta y ocho dientes colosales y de horribles quijadas
capaces de tragárselo todo, hombre y embarcación. Parece ebrio de
sangre. Su ciega rabia aterroriza á todos los cetáceos que, al
divisarlo, huyen mugiendo, varan en la playa á veces, se esconden entre
la arena ó el fango. Lo temen muerto y todo, no osando acercarse á su
cadáver. La especie más salvaje del cachalote es el orea ó fisetera de
los antiguos, tan temido de los islandeses que ni aun se atrevían á
pronunciar su nombre cuando navegaban, creyendo que tal vez los oyera y
acudiera á su presencia; al paso que estaban persuadidos que una especie
de ballena (la jubarta) los estimaba y protegía, provocando al monstruo
para que pudieran ponerse en salvo.
* * *
No falta quien diga que los primeros hombres que afrontaron tamaña
aventura necesitábase estuvieran muy excitados y que fuesen
_excéntricos_ y _cabezas destornilladas_. Preténdese, además, que los
primitivos pescadores de esos monstruos no fueron los discretos hombres
del Norte, sino nuestros vascos, héroes del desvarío. Andarines
terribles, cazadores del Monte Perdido y desenfrenados pescadores,
recorrían en barquichuelos su caprichoso mar, el golfo ó sumidero de
Gascuña, dedicándose á la pesca del atún. Notaron aquellos intrépidos
navegantes que las ballenas retozaban, y comenzaron á perseguirlas, lo
mismo que se encarnizan detrás de la gamuza en los barrancos, los
abismos y los más espantosos resbaladeros. A esa pieza de caza (la
ballena) muy tentadora por su tamaño y por las vicisitudes que causa el
perseguirla, hiciéronla guerra á muerte doquiera que la encontrasen; y
sin notarlo, empujábanla hacia el polo.
Allí el pobre coloso creyó poder vivir tranquilo, no suponiendo que los
hombres fuesen tan locos que lo persiguieran hasta en aquellas apartadas
regiones. La pobre ballena dormía muy sosegada, cuando nuestros
atolondrados héroes se acercaron á ella cautelosamente.
Apretando su cinturón colorado, el más fornido, el más ágil saltaba de
su barquichuelo, y ya encima de aquella mole inmensa, sin preocuparse
del riesgo que pudiese correr su vida, lanzando un ¡han! prolongado,
hundía el arpón en las carnes del confiado monstruo.
II
Descubrimiento de los tres Océanos.
¿Quién abrió á los hombres la navegación de alto bordo? ¿Quién reveló
los mares, marcó las zonas y las rutas? Finalmente, ¿quién descubrió el
globo? La ballena y el ballenero.
Y todo esto mucho antes de que vinieran al mundo Colón y los buscadores
de oro, para quienes fué el lauro, hallando otra vez con no poca
algazara lo que descubrieran anteriormente los pescadores.
La travesía del Océano, cosa tan celebrada en el siglo XV, habíase
llevado á cabo á menudo por el estrecho paso de Islandia á Groenlandia,
y aun mar adentro, pues los vascos llegaban hasta Terranova. La travesía
era lo de menos para gentes que iban á buscar al otro extremo del mundo
ese supremo peligro: la lucha con la ballena. Dirigirse á los mares del
Norte, combatir cuerpo á cuerpo con la montaña viviente, en medio de la
obscuridad de la noche, y, lo que es más aún, exponiéndose á naufragar
con ella; los que esto practicaban tenían el alma asaz bien templada
para mirar con indiferencia los peligros anejos á una larga navegación.
Guerra noble, grande escuela de valientes. Aquella pesca no era como
ahora una fácil carnicería emprendida prudentemente á lo lejos por medio
de una máquina: heríase al monstruo con la mano, arriesgábase la vida á
cada paso. Verdad es que era escasa la matanza de ballenas, pero el
hombre ejercitábase en la marinería, en actos de paciencia, de
sagacidad, de intrepidez. Los balleneros traían de sus excursiones menor
cantidad de aceite y mayor dosis de gloria.
Cada nación demostraba en aquella lucha su genio peculiar. Reconocíase á
los pescadores en el modo de portarse. Hay mil formas de valentía, y sus
variedades graduadas eran como una escala heroica. En el Norte los
escandinavos, las razas rojas (desde Noruega á Flandes), con su furor
sanguíneo; en el Mediodía, la intrepidez vasca y la locura lúcida que
tan bien supo guiarse alrededor del mundo; en el centro, la firmeza
bretona, muda y paciente, pero de una excentricidad sublime en el
momento del peligro; finalmente, la discreción normanda, armada de la
asociación y de la mayor previsión, valor calculado, desafiándolo todo,
se entiende cuando está segura del éxito. Tal era la belleza del hombre
en esa manifestación soberana.
* * *
Mucho tenemos que agradecer á la ballena: sin ella, los pescadores no se
habrían movido de las costas, pues apenas hay pez que no sea ribereño.
Ella los emancipó, llevándolos á todas partes. Arrastrados, fascinados
por el monstruo, se engolfaron en el Océano y, de etapa en etapa, detrás
de él siempre, encontráronse haber pasado del uno al otro mundo.
Entonces, los hielos no eran tan compactos, y aseguran haber llegado al
polo (esto es, distaban de él siete leguas). La Groenlandia no les
sedujo: ellos no iban en busca de tierras, sino del mar y de los parajes
frecuentados por la ballena. Todo el Océano la sirve de refugio,
paseándose por él, especialmente en alta mar. Cada especie da la
preferencia á cierta latitud, á una zona de aguas más ó menos fría. He
aquí lo que trazó las grandes divisiones del Atlántico. La muchedumbre
de ballenas inferiores que tienen una nadadera sobre el lomo
(ballenópteros) se encuentran en los puntos más cálidos y fríos (la
Línea y los mares polares).
En la gran región intermedia, el feroz cachalote se inclina al Sur,
devastando las aguas tibias. La ballena franca, al contrario, las teme,
mejor dicho, las temía (¡es tan rara al presente!). Sustentada ante todo
de moluscos y de otras existencias elementales, búscalas en las aguas
templadas, un poco al Norte. Jamás se la veía surcar las cálidas
corrientes del Mediodía, lo cual dió margen á que se observara la
corriente, y trajo el descubrimiento esencial de _la verdadera ruta de
América á Europa_. De Europa á América, uno es llevado por los vientos
alisios.
Si la ballena franca abomina las aguas calientes y no puede pasar el
Ecuador, tampoco le será dado dar la vuelta á la América. ¿Cómo es,
pues, que una ballena herida en este lado del Atlántico es vista á veces
en el otro, entre la América y el Asia? _Porque existe un paso al
Norte._ Segundo descubrimiento. Vivo resplandor esparcido tocante á la
forma del globo y la geografía de los mares.
Por grados la ballena hanos conducido á todas partes. Muy rara al
presente, nos obliga á revolver los dos polos, el último rincón del
Pacífico en el estrecho de Behring, y el infinito de las aguas
antárticas. Existe una región inmensa que ninguna embarcación, ni de
guerra ni mercante, ha atravesado todavía, algunos grados más allá de
las puntas de América y de Africa. Nadie la huella sino los balleneros.
* * *
A haberse querido, los grandes descubrimientos del siglo XV se
verificaran mucho antes. Bastaba ponerse en contacto con los vagabundos
del mar, los vascos, los islandeses ó noruegos, y nuestros normandos.
Mas, por motivos distintos, se desconfiaba de ellos. Los portugueses
sólo admitían en su servicio á hombres de su nación y de sus escuelas
que ellos mismos formaran; temían á nuestros normandos, á quienes
expulsaban y desposeían de la costa de Africa. Por otro lado, los Reyes
de Castilla tuvieron siempre por gentes sospechosas á sus súbditos los
vascos, quienes merced á sus privilegios constituían una especie de
república, y además pasaban por hombres peligrosos, indomables. Esto fué
causa de que se malograra más de una empresa de las ideadas por aquellos
Príncipes. Bastará citar una sola, la de la armada Invencible. Había al
servicio de Felipe II dos ancianos almirantes vascongados, pero el
soberano español quiso dar el mando de la Invencible á un castellano.
Sucedió lo que habían predicho los dos marinos vascos: la escuadra se
fué á pique.
* * *