Norte, ve una isla, un escollo, como la espalda de una montaña, que se
cierne, enorme, sobre las olas. Allí echa el ancla, y la isla comienza
á andar y le arrastra. El escollo se ha convertido en Leviatán.»
(Milton).
Error muy natural, que engañó al experto Dumont d'Urville. Veía de lejos
una rompiente y alrededor remolinos, y mientras avanzaba, unas manchas
blancas indicaban al parecer una roca. En derredor de ese banco la
golondrina y el ave de las tempestades (el petral), se divertían,
recreábanse y daban vueltas. La roca sobrenadaba, venerable de
antigüedad, ostentando una capa gris de corónulas, de conchas y
madréporas. Pero la masa se mueve. Dos enormes chorros de agua, que
parten de su frente, revelan á la ballena desperezada.
* * *
El habitante de otro planeta que descendiese al nuestro en globo, y de
gran altura observase la superficie del orbe, queriendo saber si está
poblado, pensaría: «Los únicos seres que me es dado descubrir desde mi
observatorio son de un tamaño bastante regular: ciento á doscientos pies
de largo y sus brazos sólo tienen veinticuatro, pero en cambio su
soberbia cola (treinta pies) se gallardea con majestad real por el mar,
le azota, se señorea de él. Merced á su cola esos seres avanzan con una
rapidez, una comodidad majestuosa, reconociéndose perfectamente en ellos
á los soberanos del planeta.»
Y añadiría: «Lástima que la parte sólida de ese globo esté desierta, ó
sólo contenga animalillos insignificantes para poder divisarse.
Unicamente el mar está habitado, y por una raza buena y apacible. La
familia vese muy honrada allí: la madre amamanta con ternura, y á pesar
de la cortedad de sus brazos, sin embargo, durante la borrasca, logra
con ellos amparar á su hijuelo.»
* * *
Las ballenas no tienen inconveniente en viajar juntas. Antes se las veía
navegando dos á dos, á veces en grandes familias de diez ó doce, por los
mares solitarios. Nada tan espléndido como esas grandes masas,
iluminadas en ocasiones por su fosforescencia, lanzando columnas de agua
de treinta á cuarenta pies, que en los mares polares despedían humo. Se
acercaban pacíficas, curiosas, al buque, mirándolo como á un hermano de
nueva especie: agradábalas, festejaban al recién venido. Jugueteando se
erguían y volvían á caer al agua, produciendo un poco estrépito y
formando una hirviente sima. Su familiaridad llegaba al punto de tocar
la embarcación, las pequeñas lanchas. ¡Confianza imprudente, que tan
cara les costara! En menos de un siglo la grande especie de la ballena
ha desaparecido casi.
Sus hábitos, su organismo son idénticos á los de nuestros herbívoros.
Como los rumiantes, poseen una sucesión de estómagos donde se elaboran
los alimentos; dientes, apenas los necesitan y no tienen. Pacen
fácilmente las vivas praderas del mar, quiero decir, los gigantescos
fucos, suaves y gelatinosos, las capas de infusorios, los bancos de
átomos imperceptibles. No hay necesidad de cazar para la adquisición de
tales alimentos. No teniendo ocasión de combatir, háselas dispensado de
armarse de las horrorosas quijadas y sierras, esos instrumentos de
muerte y de tortura que el tiburón y tantos otros animales débiles
adquirieron á fuerza de consumar asesinatos. A nadie persiguen.
(Boitard). El alimento más bien acude á su alcance, traído por el
oleaje. Inocentes y pacíficas, se engullen un mundo organizado apenas y
que muere antes de haber vivido, pasando dormido á ese crisol de la
universal mudanza.
No existe la menor relación entre esa apacible raza de mamíferos que, lo
mismo que nosotros, tienen la sangre roja y leche, y los monstruos de la
edad precedente, horribles abortos del primitivo fango. Mucho más
modernas las ballenas, encontraron un agua purificada, el mar libre y el
globo tranquilo.
Este había soñado su antiguo sueño discordante de los lagartos-peces,
los dragones alados, el pavoroso reino de los reptiles: salía de la
niebla siniestra para penetrar en la amable aurora de las concepciones
armónicas. Nuestros carnívoros aun no habían nacido. Hubo un momento
fugaz (tal vez unos cien mil años) de gran dulzura é inocencia, en que
aparecieron sobre la tierra los seres excelentes (didelfos, etc.), tan
encariñados con su familia, que la llevan encima y dentro de sí mismos,
y, si es preciso, hácenla penetrar en su seno. En el agua aparecieron
los gigantes pacíficos.
La leche del mar, su aceite, superabundaba; su cálida grasa,
animalizada, fermentaba con inaudito poderío, quería vivir. Hinchóse,
pues, tomó forma orgánica en esos colosos, niños mimados de la
Naturaleza, dotándolos de fuerza incomparable y de lo que vale más
todavía, de preciosa y ardiente sangre roja. Y la ballena fué hecha.
Esta es la verdadera flor del mundo. Toda la creación de sangre pálida,
egoísta, lánguida, vegetativa relativamente, parece que no tiene alma
cuando se la compara con la vida generosa que hierve en esa púrpura y
enciende la cólera y el amor. La fuerza del mundo superior, su encanto,
su belleza, es la sangre. Por ella empieza una juventud toda reciente en
la Naturaleza, por ella una llama de deseo, el amor, y el amor de
familia, de raza que, propagado por el hombre, producirá el divino
remate de la vida, la Piedad.
Pero con ese don magnífico aumenta infinitamente la sensibilidad
nerviosa, y uno es mucho más vulnerable, mucho más capaz de gozar y de
sufrir. Como la ballena no tiene el sentido del cazador, ni el olfato,
ni los órganos de la audición muy desarrollados, aprovecha el tacto para
todo. La gordura, que la preserva del frío, no la libra, sin embargo, de
ningún choque. Su piel, preciosamente organizada con seis tejidos
distintos, tiembla y vibra al menor contacto. Las tiernas papilas que
tiene son instrumentos de tacto delicado. Y todo está animado,
vivificado por un rico caudal de sangre roja, que, aun teniendo en
cuenta la diferencia de tamaño, sobrepuja infinitamente en abundancia á
la de los mamíferos terrestres. Herida la ballena, inunda el mar con su
sangre, enrojeciéndolo gran trecho. Nosotros la derramamos á gotas,
mientras que ella prodígala á torrentes.
La hembra lleva en su vientre el fruto de sus amores nueve meses. Su
leche agradable, un poco azucarada, tiene la tibia pastosidad de la
leche de mujer. Mas, como debe cortar constantemente la ola, si tuviera
las mamas colocadas sobre el pecho, expondría al pequeñuelo á chocar
constantemente; por lo tanto están un poco más bajas, en sitio más
apacible, en el vientre de do salió. Al chicuelo le sirven de abrigo,
aprovechándose de la ola ya abierta.
La forma del vaso, inherente á su género de vida, aprieta la cintura de
la madre privándola de la admirable cintura de la mujer, ese milagro
adorable de una vida sentada, fija y armónica, en que todo se vuelve
ternura. La ballena, ó sea la gran mujer de los mares, á pesar de su
ternura vese compelida á hacer depender todos sus actos de su lucha con
las olas. Por otra parte, el organismo es idéntico bajo esa extraña
careta: igual forma, la misma sensibilidad. Pez encima, mujer debajo.
Es la ballena animal extremadamente tímido. Basta en ocasiones un pájaro
para espantarla y hacerla zambullir con tanta precipitación, que se
lastima en el fondo del mar.
Sometido el amor entre ellas á condiciones difíciles, requiere un lugar
do reine profunda paz. Así como el noble elefante teme las miradas
profanas, la ballena sólo se encuentra bien en los sitios solitarios.
Sus reuniones son hacia los polos, en los desiertos ancones de la
Groenlandia, en medio de la bruma del estrecho de Behring, é
indudablemente también en el tibio mar descubierto junto al mismo polo.
¿Se volverá á encontrar ese mar? No hay otro paso para llegar á él que á
través de los pavorosos desfiladeros que abre el hielo, cierra y cambia
todos los inviernos, como si quisiese impedir nuevas visitas importunas.
Por lo que toca á las ballenas, créese que pasan por debajo los hielos,
del uno al otro mar, por la vía tenebrosa. Viaje temerario. Forzadas á
respirar cada quince minutos, aunque tenga hecha provisión de aire que
baste para algunos momentos más, se exponen grandemente bajo aquella
enorme costra que tiene apenas algunos respiraderos. Si no los hallan á
tiempo, es tan sólida y compacta dicha costra, que no hay fuerza capaz
ni cabezada que pueda romperla. Allí pueden ahogarse con la misma
facilidad que Leandro en el Helesponto. Pero como las ballenas no
conocen la historia de ese Leandro, engólfanse atrevidamente en su
empresa y pasan.
La soledad de aquellos parajes es grande; teatro singular de muerte y de
silencio para esa fiesta de ardiente vida. Un oso blanco, alguna foca,
un zorro azul, testigos respetuosos, prudentes, tal vez observan á
cierta distancia. Las arañas y girándulas, los espejos fantásticos, no
faltan. Cristales azulados, picos, garzotas de deslumbrante hielo,
nieves vírgenes, son los mudos testigos que rodean el espectáculo y le
contemplan.
Lo que hace conmovedor y grave el himeneo, es que para ello se requiere
la expresa voluntad, ya que la ballena carece del arma tiránica del
tiburón, de los arpones que se enseñorean del más débil. Al contrario,
sus resbaladizos forros las separan, aléjanlas la una de la otra. Se
desvían á su pesar y despréndense por aquel obstáculo desesperante. En
medio de un acorde tan grande, diríase que macho y hembra se combaten.
Hay balleneros que pretenden haber disfrutado de este espectáculo único.
Los dos amantes, en sus ardientes transportes, se encaraman por momentos
cual las dos torres de Nuestra Señora de París, y con sus cortos brazos
y en medio de suspiros tratan de abrazarse. Empero su enorme mole les
priva de mantenerse así largo rato, y caen otra vez al agua con grande
estrépito... El oso y el hombre huían despavoridos al oírlos suspirar.
* * *
La solución de este drama es desconocida, pues las que se le han dado
parecen absurdas. En lo que no cabe duda es, que para todo (el amor, el
amamantamiento y aun para su propia defensa), la infortunada ballena
sufre la doble servidumbre de su peso y de la dificultad que tiene para
respirar, puesto que sólo respira fuera del agua y si no sale al aire
libre queda asfixiada. ¿Es, pues, un animal terrestre, pertenece acaso
á la tierra? Ciertamente que no. Si, por algún accidente, se para en
alguna playa, el enorme peso de sus carnes, de su grasa, la aniquila;
sus órganos se rinden y queda asimismo asfixiada.
En el único elemento respirable para ella, la asfixia la mata lo mismo
que en el agua no respirable do vive.
Abreviemos razones. De la creación grandiosa del mamífero gigante ha
salido un ser imposible, primer retoño poético de la fuerza creadora,
que al principio tuvo fija la vista en lo sublime y luego por grados
pasó á lo posible, á lo duradero. El admirable animal teníalo todo:
tamaño y fuerza, sangre caliente, sabrosa leche, bondad; lo único que le
faltaba era la manera de vivir. Había sido formado sin tener en cuenta
las proporciones generales de ese globo ni la imperiosa ley de la
pesadez de los cuerpos. No le valió haberse fabricado por debajo una
osamenta enorme: sus gigantescas costillas no son bastante consistentes
para mantener suficientemente libre y abierto el pecho. Desde el momento
que se desprende de su enemiga el agua, encuéntrase con otra enemiga, la
tierra, y su pesado pulmón le aplasta.
Sus magníficos orificios auriculares, la espléndida columna de agua que
lanza á treinta pies de altura, son indicios, testimonios de una
organización infantil y bárbara. Arrojándola al firmamento por un tan
poderoso esfuerzo, el _soplador soplado_ (éste es el nombre verdadero
del género) parece decir: «¡Oh, Naturaleza! ¿por qué me has criado
siervo?»
* * *
Su vida fué un problema, y no parecía que el espléndido bosquejo (pero
frustrado) pudiera durar. El tan difícil amor furtivo, el
amamantamiento en medio de las borrascas, entre la asfixia y el
naufragio, los dos grandes actos de la vida convertidos casi en un
imposible, haciéndose por medio de un esfuerzo y por voluntad heroicos:
¡qué condiciones de existencia!
La madre no tiene nunca más que un pequeñuelo, y es mucho. Ella y él son
importunados por tres cosas: el trabajo de la natación, el
amamantamiento y la fatal necesidad de subir. La educación es un
verdadero combate. Azotado, arrollado por el Océano, el pequeñuelo mama
como al vuelo, cuando la madre puede tenderse de lado, deber que
practica admirablemente, pues sabe que si aquél tuviese que hacer el más
pequeño esfuerzo para amamantarse, dejaría las mamas. En ese acto en que
la mujer se mantiene pasiva, dejando obrar á la criatura, la ballena,
por el contrario, es activa. Aprovechando el momento, por medio de un
poderoso émbolo le lanza un tonel de leche.
El macho no suele abandonarla, y grande es su embarazo cuando el
pescador feroz ataca al ballenato. Se clava el arpón á éste para que
sigan los grandes, y, en efecto, hacen esfuerzos increíbles para salvar
á su hijo, para llevárselo, subiendo y exponiéndose á ser heridos para
traerlo á la superficie y hacerle respirar. Y lo defienden muerto y
todo. Pudiendo zambullirse y escapar, permanecen sobre el agua
desafiando el peligro para seguir el cuerpo flotante del ballenato.
* * *
Entre las ballenas son comunes los naufragios, por dos motivos. No
pueden como el pez, mantenerse durante las borrascas en las capas
inferiores y tranquilas; y luego no quieren separarse, siguiendo los
fuertes el destino del débil. Se ahogan, pues, en familia.
En diciembre de 1723 zozobraron ocho hembras en la desembocadura del
Elba, y cerca de sus cadáveres se encontraron sus ocho machos. Otro
tanto aconteció en marzo de 1784 en Audierne (Bretaña). Primero se
presentaron despavoridos en la costa buen número de peces y de
marsuinos; luego, oyéronse extraños, espantosos mugidos: era una crecida
familia de ballenas que la tempestad empujaba, y que luchaban, gemían y
se resistían á morir. También en esta ocasión los machos perecieron al
lado de sus hembras. En gran número, preñadas y sin defensa contra el
implacable azote, unos y otras fueron lanzados á la costa y destruidos
por el porrazo.
Dos de las hembras parieron en la playa, lanzando gritos desgarradores,
ni más ni menos que nuestras mujeres, y con sus lamentos parecían querer
indicar que se preocupaban de la suerte que cabría á sus hijuelos.
XIII
Las sirenas.
Acabo de abordar; heme aquí en tierra. Basta ya de naufragios: yo
quisiera razas durables. El cetáceo desaparecerá. Resumamos nuestras
concepciones, y de esa poesía gigantesca de los recién nacidos, de las
mamas, la leche y la sangre caliente, conservémoslo todo menos el
gigante.
Conservemos, sobre todo, la afabilidad, el amor y la ternura de la
familia. Esos dones divinos debemos guardarlos cuidadosamente en las
razas más humildes, pero buenas, en que los dos elementos mancomunan su
espíritu.
Ya presentimos las bendiciones de la tierra: al abandonar la vida del
pez, varias cosas de absoluta imposibilidad para él fácilmente se
armonizarán.
Así que, la ballena, madre cariñosa, conoció el abrazo y estrechó á su
hijuelo, mas no sobre sus mamas: sus brazos estaban muy arriba, y las
mamas en ese navío viviente debían estar en la parte posterior, entre
los seres nuevos que nadan, pero que al mismo tiempo se encaraman á la
tierra (morsa, lamantín, foca, etc.), las mamas, para que no se
arrastren y topen, suben hasta el pecho. De suerte que se nos presenta
como una sombra de la mujer, forma y actitud graciosa que, de lejos,
ilusiona.
Vista de cerca, si exceptuamos la blancura, el encanto, es exactamente
la mama femenina, ese globo que, hinchado de amor y de la dulce
necesidad de amamantar, reproduce con sus movimientos todos los suspiros
del corazón que late debajo, reclamando á la criatura para sostenerla,
alimentarla y darla descanso. Todo esto fué negado á la madre que nada;
aquel bien es para lo que se posa. La fijeza de la familia, la ternura,
que de día en día va echando hondas raíces (más diremos, la Sociedad),
esas grandes cosas comienzan desde que el niño duerme en el seno de la
madre.
* * *
Mas, ¿cómo se obró la metamorfosis del cetáceo al anfibio? Vamos á ver
si acertamos á explicarlo.
Su parentesco es evidente. No pocos anfibios arrastran todavía, por
desgracia suya, la pesada cola de la ballena, y ésta (á lo menos una de
sus especies) ha escondido en su cola el bosquejo y el comienzo evidente
de los dos pies traseros que tendrán los anfibios de un grado superior.
En los mares sembrados de islas, cortadas por lenguas de tierra á cada
paso, los cetáceos, detenidos continuamente en su carrera, tuvieron que
modificar sus hábitos. Sus contracciones menos rápidas, su vida cautiva,
disminuyó su grandor, reduciéndolo de la ballena al elefante. Entonces
apareció el elefante de mar. Conservando el recuerdo de las preciosas
defensas con que se armaron ciertos cetáceos en su grande vida marítima,
nos muestra aún muy sólidos dientes delanteros, si bien poco temibles:
ni los dientes de la masticación están en él bien definidos, sea como
herbívoros ó como carnívoros, pues se prestan mal á cualquiera de los
dos regímenes y deben operar con lentitud.
Dos cosas aligeraban á la ballena: su masa aceitosa que la hacía flotar
sobre el agua y la poderosa cola cuyo choque alternativo, golpeando por
ambos lados, empujábala hacia avante. Mas todo eso aniquila al anfibio
que barbota en la profundidad de las aguas y se encarama por las rocas
cual pesado caracol. El ágil pez, ríese de un pez que no puede cazarlo,
no siéndole dado apresar más que los moluscos, tan pesados como él. Poco
á poco, acostúmbrase á comer los abundantes y gelatinosos fucos, que
sustentan y engordan sin dar el vigor del alimento animal.
Así, puede verse en el Mar Rojo, en el de las islas Malayas y las de
Australia, arrastrarse, fijarse allí el raro coloso llamado dugongo, que
domina el agua con su pecho y sus mamas. Nómbrasele á veces dugongo de
los tabernáculos, inerte ídolo que impone, mas apenas sabe defenderse,
y pronto desaparecerá entrando en el dominio de la fábula, en el número
de esas leyendas reales de las que nos reímos atolondradamente.
¿Quién produjo ese gran cambio, quién crió ese cetáceo terrestre, el
dugongo y la morsa, hermana suya? La suavidad de la tierra, en extremo
pacífica antes de aparecer el hombre en ella--el atractivo de alimentos
vegetales que no se escabullen como la presa marina,--sin duda que
también el amor, tan difícil para la ballena y tan fácil en la sosegada
vida del anfibio.
El amor deja de ser fuga y azar. Ya no es la hembra ese fiero gigante,
que era preciso seguir al otro cabo del mundo: ésta se mantiene sumisa,
sobre las algas ondulosas, para obedecer á su señor, convirtiendo su
existencia en apacible y voluptuosa. Aquí, apenas se conoce el misterio.
Los anfibios viven buenamente de panza al sol, y siendo muy numerosas
las hembras, se reunen y constituyen un serrallo para sus machos. De la
poesía salvaje hemos venido á parar á los hábitos vulgares, ó si se
quiere, patriarcales, de los harto fáciles placeres. El gran patriarca,
respetable por su enorme cabeza, sus bigotes y sus armas defensivas,
reina entre Agar y Sara, Rebeca y Lía, que ama con ternura lo mismo que
á sus hijuelos, los cuales constituyen un pequeño rebaño. En su vida,
inmóvil, la gran fuerza de ese ser sanguíneo, empléase por completo en
las ternezas familiares; abraza á los suyos con tierno amor, con
orgullo, con cólera. Es valiente y está pronto á morir en su defensa.
Pero ¡ay! poco le valen sus fuerzas ni su furor: su masa enorme le
entrega al enemigo. Avergüénzase, se arrastra, quiere pelear y no puede,
¡aborto gigantesco, frustrado entre dos mundos, pobre Caliban
desarmado!
* * *
La pesadez, fatal á la ballena, esto todavía más para los seres que nos
ocupan. Reduzcamos aún el tamaño, aligeremos su gordura, ablandemos la
espina, y sobre todo, suprimamos esa cola, ó más bien, dividamos la
horquilla en dos apéndices carnosos que serán de mayor utilidad. El
nuevo ser (foca), más ágil, buen nadador, pescador excelente, viviendo
del mar, pero celebrando en tierra sus festines amorosos (la tierra es
el pequeño paraíso de las focas), empleará su vida en el esfuerzo de
volver á ella continuamente y llegar á la roca donde le convidan á estar
su mujer y sus hijos, y donde les provee de pescado. Con la caza en el
hocico, careciendo de las armas defensivas que ayudaban á trepar á la
morsa, pone sus cuatro miembros arriba y abajo, agarrándose á los fucos,
dilatando, dividiendo cada uno de ellos según puede, de suerte, que,
ramificado á la larga, muestra cinco dedos.
Lo magnífico que tiene la foca, lo que conmueve al ver su cabeza
redonda, es la capacidad del cerebro. Ningún otro ser, exceptuando el
hombre, lo tiene tan desarrollado (Boitard). La impresión que uno siente
es fuerte, mucho más que la que produce el mono, cuyas muecas nos son
antipáticas. Nunca olvidaré las focas del Jardín Zoológico de Amsterdam,
delicioso museo, tan rico y bien organizado, y uno de los sitios más
encantadores que existen en el mundo. Era el día 12 de julio, y acababa
de caer una lluvia huracanada: el aire era pesado; dos focas procuraban
refrescarse en el fondo del agua, nadando y dando saltos. Al reposarse,
fijaron en mí, inteligentes y simpáticas, sus suaves ojos
aterciopelados. La mirada era un poco triste: tanto á ellas como á mí,
nos faltaba el idioma intermedio para comprendernos. Cuando uno las
mira, no puede despegar los ojos de ellas; siente que ha ya aquella
barrera eterna entre alma y alma.
La tierra es su patria adorada ó del corazón: en ella nacen, allí tienen
sus amores; heridas, á la tierra van á morir. A la tierra conducen sus
hembras preñadas, las acuestan sobre las algas y las sustentan con
pescado. Las focas son tímidas, excelentes vecinas y mutuamente se
defienden; sólo que en la época del celo, se apodera de ellas una
especie de delirio y se baten. Cada macho es dueño de tres ó cuatro
compañeras, que instala en tierra sobre una roca musgosa suficientemente
grande. Aquél es su dominio, no permitiendo que nadie lo usurpe y
haciendo respetar su derecho de ocupación. Las hembras son más tímidas
que los machos y están indefensas. Si se las daña, no saben más que
llorar y agitarse dolorosamente lanzando miradas de desesperación.
Llevan nueve meses en sus entrañas el fruto de sus amores, y amamantan á
su hijuelo otros cinco ó seis, enseñándole á nadar, á pescar, á elegir
los alimentos más suculentos; y tendríalo más tiempo á su lado si el
marido no se volviera celoso: éste le expulsa, temeroso de que la harto
débil madre no le dé en él un rival.
* * *
Educación tan corta, ha limitado sin duda los progresos que hubiese
podido hacer la foca. La maternidad sólo es completa entre los
lamantinos, tribu excelente en que los padres no tienen ánimo para
despedir al hijo. La madre lo conserva á su lado durante largo tiempo.
Nuevamente preñada, y aun cuando amamanta un segundo hijo, vésela llevar
consigo al primogénito, joven macho que el padre no maltrata, que
también estima y deja á la madre.
Esa ternura extrema, particular á los lamantinos, hase manifestado en la
organización por un progreso físico. En la foca, nadador famoso, y en el
elefante marino, tan pesado, el brazo es una nadadera, estando apretado
y ligado al cuerpo, y no puede desprenderse. Mas el lamantín hembra,
tímida mujer anfibia, _mama di l'eau_, como dicen los negritos de las
colonias francesas, produce el milagro: todo se desliga, por un esfuerzo
constante. La Naturaleza se ingenia con la idea que la atormenta de
acariciar al pequeñuelo, abrazarlo y acercárselo á los pechos. Ceden los
ligamentos, se dilatan, desprendiendo el antebrazo, y de ese brazo surge
un pólipo aplanado.--Esta es la mano.
De manera que el lamantín goza de tan suprema dicha: con su mano abraza
al hijuelo para estrecharlo contra su pecho, y, agarrándolo, colócalo
sobre su corazón.
He aquí dos grandes cosas que podían llevar muy lejos á esos anfibios:
En ellos ya existe la mano, el órgano de la industria, el instrumento
esencial para el trabajo venidero. Que se ablande y auxilie á los
dientes, como entre los castores, y empezará el arte; primeramente el
arte de abrigar á la familia.