piel. El cangrejo no sale librado á tan poca costa de su metamorfosis,
sino que necesita mucho tiempo para recobrar su cáscara; y hasta este
momento sirve para el pobre de ralea á los seres más débiles. En este
punto la justicia y la igualdad muestránse inexorables. Las víctimas
tienen el desquite. El fuerte sufre la ley de los débiles, cae á su
nivel, como especie, en la alternativa de la muerte.
Si sólo muriésemos una vez aquí abajo, no habría tanta tristeza. Empero
todo ser que vive debe morir un poco diariamente, es decir, mudar,
sufrir la muertecita parcial que renueva y da vida. De ahí un estado de
debilidad á la par que de melancolía que nos cuesta confesar. Mas ¿qué
hacer? El pájaro que muda su pluma cada estación, está triste, y más
triste aún la pobre culebra al cambiar de piel. El ser racional muda
también la piel y todos sus tejidos cada mes, cada día, á cada instante,
perdiendo un poco de sí mismo incesantemente, con suavidad. No está
abatido, sino algo debilitado, en un momento vago y de ensueño en que
palidece la llama vital para reaparecer más lúcida.
¡Cuánto más terrible es esto entre los seres do todo debe cambiar á la
vez, desencuadernarse el armazón, descartarse, arrancarse la inflexible
envoltura! Encuéntrase cansado, rendido, desfalleciente, ausente de sí
mismo, á merced del primero que se presenta.
Hay crustáceos de agua dulce condenados á morir de esta suerte veinte
veces en el transcurso de dos meses; otros (los crustáceos chupones)
sucumben á tanta fatiga, no pueden rehacerse, sino que se deforman y
pierden el movimiento, dando, digámoslo así, su dimisión de seres
cazadores y buscando cobardemente una vida holgazana y parásita, un
vergonzoso abrigo en las visceras de los grandes animales que, á su
pesar, los sustentan, se extenúan en su provecho, ventean y trabajan
para ellos.
* * *
El insecto, en su crisálida, parece olvidarse de sí mismo, ignorarse,
permanecer extraño á los sufrimientos; diríase más bien que disfruta de
esa muerte relativa, como un niño de teta en la templada cuna. Empero el
crustáceo durante la muda se ve, tiene conciencia de sí: sábese
precipitado repentinamente de la vida más enérgica á una deplorable
impotencia. Parece atolondrado, perdido. Lo único que sabe hacer es
instalarse debajo una piedra y aguardar tembloroso. No habiendo
encontrado jamás enemigo serio ni obstáculo alguno, dispensado de toda
industria por la superioridad de sus armas terribles, el día que éstas
le faltan no le queda ningún recurso. Tal vez podría protegerle la
asociación si la muda no fuese común á todos y no estuvieran sus
compañeros desarmados como él, é incapaces de auxiliar á los enfermos,
pues también lo están ellos. Dícese, sin embargo, que hay ciertas
especies en que el macho quiere proteger á la hembra, la sigue, y si es
aprisionada, no hay más remedio que aprisionar á los dos.
* * *
Esa terrible servidumbre de la muda, la áspera vigilancia del hombre
(que de día en día adquiere más imperio sobre las playas), y,
finalmente, la desaparición de especies antiguas que les procuraban
abundante alimento, han debido producir cierta decadencia entre ellos.
El pulpo, que no sirve para nada, ni se pesca ni se come, ha disminuido
bastante en tamaño y en número. ¡Cuánto más, pues, el crustáceo, cuya
carne es tan suculenta y que agrada á toda la Naturaleza!
Diríase que lo saben. Los más débiles entre ellos inventan, no diremos
artes para resguardarse, pero sí pequeñas mañas groseras, ingeniándose é
intrigando. Esta última palabra les es aplicable, pues hacen el efecto
de unos intrigantes, de gentes desclasificadas que, sin oficio conocido,
viven de expedientes, de recursos poco dignos. Factótums bastardos, ni
carne ni pescado, acomódanse un poco de todo, de los muertos, de los
moribundos, de los vivos, y en ocasiones hasta de los animales
terrestres. El oxistomo fabrícase una careta, una visera y vuela entre
tinieblas. El birgo, llegada la noche, abandona el mar, merodea, se
encarama hasta en los cocoteros, y come frutas si no encuentra cosa
mejor. Las dromias se disfrazan con el traje de un cuerpo extraño. El
Bernardo-Ermitaño, que nunca ve dura su cáscara, imagina, para mejor
resguardar la parte blanda, convertirse en falso molusco; al objeto
apodérase de una concha que le venga bien; devora á su dueño, y se
acomoda en la casa robada, arrastrándola consigo. De noche, con este
disfraz, va á caza de víveres: óyesele y se reconoce al peregrino al
ruido que mueve con su concha, pues sólo consigue arrastrarla cojeando y
dando tropiezos.
Otros, en fin, más honrados, descorazonados del movimiento y de sus
luchas con el mar, prefieren la tierra, no tan aguerrida y agitada. En
invierno (y también en las otras estaciones) la habitan casi siempre y
fabrican madrigueras. Tal vez cambiarían por completo y se trocarían en
insectos si no les fuese tan caro el mar, como patria de sus amores. Así
como una vez al año las doce tribus de Israel encaminábanse á Jerusalén
para celebrar la fiesta de los Tabernáculos, vese en algunas playas á
esos fieles hijos del mar que se dirigen en grupos de población, á
rendirle sus homenajes, á confiar sus tiernos huevos á la grande y buena
nodriza, encomendando sus pequeñuelos á aquélla que meció sus
antepasados.
XI
Los peces.
El libre elemento, el mar, debe tarde ó temprano crearnos un ser á su
semejanza, un ser eminentemente libre, escurridizo, onduloso, flúido,
que se deslice á imagen de las ondas, pero en quien la movilidad
maravillosa proceda de un milagro interior, todavía más grande, de una
organización central, fina y sólida, muy elástica, no parecida á la de
ninguno de los seres conocidos hasta el día.
El molusco que se arrastra sobre su abdomen fué el pobre siervo de la
gleba. El pulpo, con todo su orgullo, su hinchazón, su ronquido, mal
nadador y andarín nulo, no deja de ser por eso el siervo de la
casualidad: sin su potencia de embotamiento no hubiese podido vivir. El
bélico crustáceo, sucesivamente tan grande y tan pequeño, ya terror, ya
irrisión de los demás, sufre las muertes alternativas en que hace el
papel de esclavo, de presa y aun de juguete de los más débiles.
Enormes y terribles servidumbres. ¿Cómo librarnos de ellas?
* * *
La libertad está en la fuerza. Desde el origen, buscando la vida, aunque
á tientas, á la fuerza, parecía soñar confusamente con la futura
creación de un eje central que haría del ser uno, decuplicando el vigor
del movimiento. Así lo presintieron los radiosos y los moluscos, y
bosquejaron algunos ensayos. Empero traíalos harto distraídos el
abrumador problema de la defensa exterior. La corteza, siempre la
corteza: he aquí lo que preocupaba grandemente á esos pobres seres. En
dicho género fabricaron obras maestras: bola espinosa del esquino,
concha abierta y cerrada á la vez del haliótido, en fin, la armadura del
crustáceo compuesta de piezas articuladas, perfección de la defensa, y
terriblemente ofensiva. ¿Qué más se quiere? ¿Hay algo que añadir? Parece
que no.
¿Que no? Mucho que sí. Necesítase un ser que todo lo fíe al movimiento,
un ser audaz que desprecie á todos los mencionados como enclenques ó
tardígrados, que considere la corteza como cosa subordinada y concentre
la fuerza en sí.
El crustáceo rodeábase de una especie de esqueleto exterior. El pez
háceselo en el centro, en su íntimo interior, sobre el eje donde los
nervios, los músculos, todos los órganos, en fin, se reunirán.
Invención fantástica, al parecer, y contraria al buen sentido: colocar
lo duro, lo sólido, precisamente en el sitio que tan bien resguarda la
carne. El hueso, tan útil al exterior, instalado en un punto donde de
poco ó nada servirá su dureza.
Reiríase el crustáceo cuando vió por primera vez un ser blando, grande,
rechoncho (los peces del mar de las Indias) que, ensayándose, se
deslizaba, corría, sin cáscara, armadura ni defensa; teniendo
concentrada interiormente toda su fuerza, protegido tan sólo por su
fluidez viscosa, por el exuberante _mucus_ que le rodea, y poco á poco
se transforma en escamas elásticas. Blanda coraza que se presta y se
pliega, cediendo sin ceder del todo.
* * *
Fué una revolución análoga á la de Gustavo Adolfo cuando aligeró á sus
soldados de las pesadas armaduras de hierro, cubriendo el pecho con una
coraza de sólido cuero de camello, aunque poco pesado y suave.
Revolución atrevida, pero prudente. No estando nuestro pez cautivo en su
armadura como el cangrejo, vese libre al mismo tiempo de la condición
cruel á que estaba sujeta dicha armadura, la _muda_, del peligro, la
debilidad, el esfuerzo, el desperdicio enorme de fuerza que hay en
aquellos momentos. El pez muda poco y con lentitud, lo mismo que el
hombre y los grandes animales, economizando, amontonando la vida,
creándose el tesoro de un poderoso sistema nervioso dotado de
innumerables alambres eléctricos que resuenan en la espina y el cerebro.
Aunque carezca de hueso ó sea éste muy blando, si el pez tiene aún la
apariencia embrionaria, no por eso está desposeído de su grande armonía
merced á su rica madeja de hilos nerviosos.
No tiene el pez las debilidades elegantes del reptil y del insecto, tan
esbeltos que puede cortárseles como un hilo por ciertas partes de su
cuerpo. Está segmentado como ellos, mas esos segmentos los tiene debajo,
perfectamente ocultos y resguardados, valiéndose de los mismos para
contraerse, sin exponerse cual el reptil y el insecto á ser dividido
fácilmente.
Lo mismo que el crustáceo, prefiere el pez la fuerza á la belleza, y
para conseguirlo ha suprimido el pescuezo. Cabeza y tronco no
constituyen más que una masa. Principio admirable de fuerza, que hace
que para cortar el agua, elemento tan divisible, tenga que azotarla con
mucha violencia, y si le place, mil veces más de lo necesario. Entonces
conviértese en un dardo, una flecha, en la rapidez del rayo.
El hueso interior, que apareció único é informe en la sepia, aquí es un
gran sistema _uno, pero muy múltiple_--uno por la fuerza de
unidad,--múltiple por la elasticidad, por apropiarse á los músculos que,
contraídos, dilatados sucesivamente, forman el movimiento. Maravilla,
verdadera maravilla esa estructura del pez, tan compacta (vista desde
afuera), y tan contráctil por dentro, esa carena de esbeltas y
flexibilísimas costillas (en el arenque, en el sábalo, etc.), donde
están unidos los músculos motores que empujan con choque alternativo.
Así, pues, por afuera sólo expone remos auxiliares, cortas nadaderas que
poco arriesgan, las cuales, consistentes, punzantes y viscosas, hieren,
eluden, se escapan. ¡Cuán superior es esto al pulpo ó á la medusa, que
ofrecen á todo el mundo blandos tentáculos de carne, apetitoso bocado
para el hambre devoradora de los crustáceos y de los marsuinos!
En suma, ese verdadero hijo del agua, tan movible como su madre, se
desliza á través por su _mucus_, divide con su cabeza, hiere con sus
músculos (contraídos sobre sus vértebras, sobre sus esbeltas costillas
ondulosas), y, finalmente, con sus sólidas nadaderas corta, rema y
dirige.
Bastaría la más ínfima de esas potencias: él las reune todas, tipo
absoluto del movimiento.
Hasta el pájaro es menos movible, supuesto que necesita posarse, y de
noche está tranquilo. El pez nunca para: dormido y todo, flota.
Movible hasta tal punto, es al propio tiempo robusto y vivaz en el más
alto grado. Por doquiera que hay agua, seguros estamos de encontrarlo:
es el ser universal del globo. En los más elevados lagos de las
cordilleras y de las montañas asiáticas, donde está tan rarificado el
aire, donde cesa la vida de todos los seres, allí sólo el pez se obstina
en vivir rodeado de soledad. En efecto, encuéntrase el gubio (pez
colorado), á quien cabe la gloria de ver tendida á sus plantas toda la
tierra. Del mismo modo en las grandes profundidades, bajo un peso
espantoso, habitan los arenques, los abadejos. Forbes, que dividió el
mar en diez capas ó pisos superpuestos, hallólas habitadas todas, y en
la última, al parecer tan sombría, encontró un pez provisto de unos ojos
admirables, que, por lo tanto, ve y tiene bastante luz en un sitio que
nosotros nos imaginamos rodeado de tinieblas.
Vaya otra libertad de los peces. Un buen número de especies (salmones,
sábalos, anguilas, esturiones, etc.), soportan lo mismo el agua dulce
que la del mar, alternan, y regularmente pasan de la una á la otra.
Varias familias de peces cuentan especies marinas y especies fluviales
(ejemplo, las rayas, los barbos).
Con todo, tal grado de calor, tal alimento, tal hábito, parecen
fijarlos, acorralarlos en tan libre elemento. Los mares cálidos son como
una muralla para las especies polares, que los encuentran inabordables:
al contrario, los de los mares cálidos son detenidos por las frías
corrientes del Cabo de Buena Esperanza. Sólo se conocen dos ó tres
especies de peces cosmopolitas, y contadísimos son los que frecuentan la
alta mar. La mayor parte son litorales y no se placen más que en ciertas
costas. Los peces de los Estados Unidos pertenecen á otras especies que
los que habitan en Europa. Añadid ciertas especialidades de gusto que
aunque no los encadenan del todo, los retienen. La raya chapucea en el
fango y el lenguado en los fondos arenosos, el coto se encarama sobre
los bajo-fondos, la morena se place encima de las rocas, y la pértiga
sobre los arenales, la ballesta en el agua poco profunda sobre un lecho
de madréporas. La escorpena unas veces nada y otras vuela; perseguida
por los otros peces se lanza, sostiénese en el aire, y si le dan caza
las aves, se zambulle en seguida en el mar.
* * *
El proverbio popular: «Feliz como el pez en el agua,» expresa una
verdad. Durante la calma, un globo de aire más ó menos cargado y que le
permite graduar su peso, le hace navegar á su sabor suspendido entre dos
aguas. Se adelanta tranquilo, mecido, acariciado por la onda, y mientras
camina, duerme si quiere. Hállase á la vez ceñido y aislado por la
sustancia untuosa que hace su piel y sus escamas escurridizas é
impermeables. Su temperatura es poco variable, casi siempre la misma, ni
muy fría ni muy caliente. ¡Qué terrible diferencia entre una vida tan
cómoda y la que nos es dado gozar á nosotros, habitantes de la tierra! A
cada paso que damos encontramos alguna aspereza, algún obstáculo. La
ruda tierra nos pone piedras al paso, nos fatiga, nos aniquila,
obligándonos á subir, á bajar y á volver á subir sus cuestas. El aire
cambia según las estaciones, y á veces con harta crueldad. El agua, la
fría lluvia cae despiadadamente días y noches enteros, penetra nuestro
cuerpo, nos constipa, en ocasiones hiela nuestros cabellos y nos asedia
calenturientos con las agudas puntas de sus cristales.
La felicidad del pez, su muy afortunada plenitud de vida se expresan
bajo los trópicos por el lujo de sus colores, y en el Norte se traduce
por el vigor de sus movimientos. En la Oceanía y el mar de las Indias
juguetean, erran y vagamundean, bajo las formas más originales y los más
fantásticos atavíos; teniendo sus alegres pasatiempos entre los corales,
sobre las flores vivas. Nuestros peces de los mares fríos y templados
son los grandes veleros, los remeros poderosos, los verdaderos
navegantes: sus formas prolongadas y esbeltas conviértenles en flechas
por su rapidez, pudiendo dar lecciones al mejor constructor de buques.
Los hay que tienen hasta diez nadaderas, las cuales, remos ó velas á
voluntad, pueden mantenerse abiertas ó á medio plegar. La cola,
notabilísimo timón, es también el remo principal. La de los mejores
nadadores es ahorquillada; toda la espina termina en ella y, contrayendo
sus músculos, hace avanzar al pez.
La raya tiene dos nadaderas inmensas, dos grandes alas para azotar las
olas; su cola, larga, flexible y desligada, es una arma para golpear, un
látigo para hender y dividir la densidad de la ola. Delgada y desviando
tan poca cantidad de agua, enfilando en sentido oblicuo, vese por lo
tanto fácilmente mecida y le sobra la vejiga que sostiene á los peces
densos. Así que, todos poseen aparatos apropiados á su centro. El
lenguado es ovalado, plano, á fin de que pueda deslizarse entre la
arena; la anguila, para poder revolcarse en el cieno, toma formas
serpentinas y se convierte en larga cinta; las balderayas, que suelen
vivir agarradas á las rocas, tienen nadaderas-manos que las asemejan más
á la rana que al pez.
* * *
La vista es el sentido del pájaro, el olfato el del pez. El halcón
lanzado en el espacio lo abarca con una sola mirada y divisa la casi
invisible caza; así la raya desde las profundidades del Océano, al olor
de una presa tentadora sube diligente en su busca. En ese mundo
semi-obscuro, mundo de luces dudosas y engañadoras, sus habitantes
fíanse en el olfato y en ocasiones al tacto. Los que, como el esturión,
excavan el fango, tienen un tacto exquisito. El tiburón, la raya, el
abadejo (con sus ojazos separados) ven mal, mas huelen y sienten: es tan
sensible el olfato en la raya que tiene un velo exprofeso para taparlo á
voluntad y anular su potencia, que indudablemente la importunaría y
atacaría el cerebro.
A tal potencia media de caza añadid unos dientes admirables, acerados, á
veces en forma de sierra, multiplicados en algunos de ellos en varias
hileras, al extremo de solar la boca, el paladar y la garganta, y hasta
la lengua está armada con ellos. Esos dientes, delicados y frágiles,
tienen otros detrás dispuestos á reemplazarlos si llegan á romperse.
Lo hemos dicho al comenzar este libro segundo: el mar ha tenido que
producir esos seres terribles, esos destructores omnímodos, para
combatir y curar por sí mismo el extraño mal que le trabaja, su exceso
de fecundidad. La Muerte, cirujano caritativo, por medio de una sangría
perseverante, de abundancia inmensa, le alivia de esa plétora que le
hubiese aburrido. El espantoso torrente de generación que allí se
produce, el diluvio del arenque, los miles y millones de huevos del
abadejo, tantas y tan horrendas máquinas de multiplicación que,
decuplicando, centuplicando, llenarían los océanos, ahogarían la
Naturaleza, encuentran una barrera en el rápido devoramiento de la
máquina de muerte, el nadador armado, el pez.
Bello espectáculo, grande, conmovedor. El combate universal de la Muerte
y del Amor no parece nada sobre la tierra cuando se le parangona con el
que existe en el fondo de los mares. Allí, inconcebible en su grandeza,
horroriza por su furia, empero contemplándolo más despacio vésele muy
armónico y de sorprendente equilibrio. Este furor es necesario. Ese
cambio de la substancia, tan rápido (¡ hasta el punto de deslumbrar!),
esa prodigalidad de la muerte, es la salvación.
Nada de tristeza; una alegría salvaje reina al parecer en todo aquello.
De la vida del mar, áspera mezcla de las dos fuerzas que parecen
destruirse entre sí, brota una salud maravillosa, una pureza
incomparable, una belleza terrible y sublime á la par: ella triunfa lo
mismo de vivos que de muertos. Sin gran predilección ni por los unos ni
por los otros, les presta y vuelve á tomarles la electricidad, la luz,
extrayendo ese fuego de chispas y ese infinito de pálidos resplandores
que, hasta bajo las noches polares, constituye su magia siniestra.
La melancolía del mar, en su indolencia no tiene por tarea multiplicar
la muerte, sino que, impotente, tiende á conciliar el progreso con el
exceso de movimiento.
Es cien y mil veces más rico que la tierra, más rápidamente fecundo.
Edifica y fabrica. La extensión que toma la tierra (hémoslo visto en los
corales), débela al mar, y sólo al mar, no siendo éste otra cosa que el
globo en su obra de construcción, en su más activa concepción. Su único
obstáculo consiste en esa rapidez, y su inferioridad parece ser la
dificultad que tiene (él tan rico en generación) para la organización
del Amor.
Caúsanos tristeza al recordar que los miles de millones de seres que
habitan el mar sólo poseen el amor vago, elemental, impersonal. Esos
pueblos que, cada uno á su turno, suben y van en peregrinación hacia la
dicha y la luz, dan á raudales lo más sustancioso de ellos mismos, su
propia vida, el desconocido azar. Aman, y sin embargo nunca conocerán al
ser amado do se encarnara su ensueño, su deseo. Paren sin serles dada la
felicidad de renacer que se encuentra en su posteridad.
Pocos, muy pocos, de los más vivaces, de los más aguerridos, de los más
crueles, procrean á semejanza nuestra. Esos monstruos tan temibles (el
tiburón y su hembra), tienen necesidad de juntarse. Hales impuesto la
Naturaleza el peligro de darse un abrazo; abrazo terrible y sospechoso.
Acostumbrados á devorar, á engullirse á lo ciego cuanto alcanzan
(animales, madera, piedras, no importa lo que sea), en aquella ocasión,
¡cosa admirable! moderan sus apetitos. Por sabrosas que puedan ser sus
carnes á sus propios ojos, híncanse sus sierras y sus mortíferos
colmillos. La intrépida hembra déjase agarrar, acogotar, por los
terribles arpeos que el macho le lanza; y, en efecto, sale impune de la
lucha. Ella es la que absorbe al compañero y lo arrastra consigo.
Confundidos en una sola masa, los furiosos monstruos van dando tumbos
semanas enteras, no pudiendo, á pesar del hambre que les devora,
resignarse al divorcio, ni desprenderse el uno del otro, y hasta en
plena borrasca, véseles invencibles, invariables en su salvaje abrazo.
Preténdese que aun separados prosiguen sus amoríos, y que el fiel
tiburón, enamorado de su compañera, la sigue hasta que pare, ama á su
presunto heredero, único fruto de aquel enlace, y jamás, jamás se lo
come, sino que le acompaña siempre y vigila sus pasos, y, caso de
peligro, este padre excelente se lo traga y le da abrigo en su
anchurosa boca, pero no lo digiere.
* * *
Si la vida de los mares tiene algún ensueño, un ahinco, un deseo
confuso, es el de la fijeza. El medio violento, tiránico, del tiburón,
sus acerados asideros, ese arpeo sobre la hembra, la furia de su unión,
dan idea de un amor de endemoniados. En efecto, ¿quién sabe si en otras
especies, más tímidas y aptas para la vida de familia, quién sabe si esa
impotencia de unión, esa fluctuación interminable de un viaje eterno sin
objeto, no es causa de tristeza? Esos hijos de los mares enamóranse de
la tierra: muchos entre ellos remontan los ríos, aceptan la insipidez
del agua dulce, tan pobre y poco nutritiva, para confiarle, lejos de las
tempestades, la esperanza de su posteridad. Cuando no, se acercan á las
orillas del mar, buscando algún sinuoso ancón, y utilizando su
industria, con un poco de arena, de limo, de hierba, tratan de fabricar
pequeños nidos. Esfuerzo conmovedor. Ellos carecen de los instrumentos
del insecto, maravilla de la industria animal, y están más desprovistos
que el pájaro. Sólo á fuerza de perseverancia, careciendo como carecen
de manos, de patas y de pico, y únicamente con su pobre cuerpo, llegan á
reunir un montón de hierba, y pasando y repasando por medio, logran
darle cierta cohesión (véase á Coste sobre los espinosos). Empero
¡cuántos obstáculos tienen que vencer! La hembra, ciega y glotona, turba
la obra, amenaza los huevos; el macho no los deja, defiéndelos, más
madre que la madre misma.
Tal instinto encuéntrase en varias especies, particularmente entre los
más humildes (el gobio), pececillo ni bello ni sabroso; tan despreciado,
que nadie se digna pescarlo, ó si se agarra es rechazado. Y con todo,
ese ínfimo entre los ínfimos es un tierno y laborioso padre de familia:
tan pequeño, tan débil, tan desheredado, es ingenioso arquitecto, el
obrero del nido, y con sola su voluntad, su ternura, consigue fabricar
la protectora cuna.
Lástima grande, sin embargo, que tal esfuerzo de ánimo no obtenga mejor
recompensa, que aquel ser se vea detenido en ese primer fervor del arte
por la fatalidad de su naturaleza. Al contemplarlo, se apodera de
nosotros nuevo ensueño, presintiendo que ese mundo acuático no se basta
á sí mismo.
* * *
Poderosa madre que empezaste la vida y no puedes terminarla; permite que
tu hija, la Tierra, continúe la obra comenzada. Ya lo ves: en tu mismo
seno y en el momento sagrado, tus hijos sueñan con la Tierra y su
fijeza; abórdanla, la rinden homenaje.
A ti te toca volver á empezar la serie de los nuevos seres por un
prodigio inesperado, por un bosquejo grandioso de la cálida vida
amorosa, de sangre, de leche, de ternura, que tendrá su desarrollo en
las razas terrestres.
XII
La ballena.