para que llegue hasta ella el aire y el agua. Fabrica en su casa
pequeñísimas ventanas que conducen á sus pulmoncitos. No obstante, el
hambre oblígala á aventurarse: al anochecer se encarama un poco por la
vecindad y pasta alguna planta, su único sustento.
* * *
Observaremos como de paso que esas maravillosas conchas, no sólo el
haliótodo, sino también la _viuda_ (blanca y negra), _boca de oro_
(nácar dorado), son pobres herbívoras muy sobrias en el comer.--Viva
refutación de los que en el día creen ser la belleza hija de la muerte,
de la sangre, del asesinato, de una brutal acumulación de sustancia.
Esas conchas necesitan muy poca cosa para vivir. Su principal alimento
consiste en la luz que beben, que las penetra y con la que colorean é
irisan el interior de su vivienda, escondiendo asimismo el amor
solitario en aquella mansión. Todas son dobles: en cada una de ellas hay
amada y amante. Así como los palacios orientales sólo presentan en el
exterior muros descarnados, disimulando sus maravillas internas, aquí lo
de afuera es rudo y el interior deslumbra. El himeneo se produce al
resplandor de un pequeño mar de nácar que, multiplicando sus espejos, da
á la habitación, cerrada y todo, el encanto de un crepúsculo hechicero y
misterioso.
Gran consuelo es poseer, si no el sol, á lo menos una luna propia, un
paraíso de suaves matices, que, cambiando siempre sin cambiar, da á esa
vida inmóvil la poca variedad que necesitan todos los seres.
Los niños empleados en las minas piden á los curiosos que las visitan,
no víveres ni dinero, sino «algo con que producir la luz.» Otro tanto
acontece con esos niños, nuestros aliótidos. Diariamente, aunque ciegos,
sienten venir la luz, ábrense con avidez, recíbenla, contémplanla con
su cuerpo transparente, y cuando ha desaparecido, la conservan y la
cobijan con su amoroso pensamiento. La aguardan, la acechan,
constituyendo esa espera una de sus más inefables delicias. ¿Quién es
capaz de dudar que á su vuelta no sientan como nosotros el arrobamiento
del despertar, y con más fuerza, distraídos como estamos por la vida,
tan múltiple y variada?
Para aquellos seres, la eternidad transcurre en sentir y adivinar, en
soñar y echar de menos al gran amante: el Sol. Sin verlo como nosotros,
no dejan de notar que ese calor, esa gloria luminosa les viene de
afuera, de un gran centro poderoso y suave. Y los pobres aman ese otro
Yo, ese gran Yo que les acaricia, les ilumina de gozo, inúndales de
vida. No cabe duda que si pudieran se ostentarían á la luz de sus rayos.
Siquiera, pegados á su mansión, como brahman meditando á la puerta de la
pagoda, ofrécenle silenciosamente... ¿qué? la felicidad que da, y ese
suave movimiento hacia él.--Flor primera del culto instintivo. Amar y
orar es pronunciar la palabrita que un santo preferiría á cualquiera
otra oración, el «¡Oh!» con que se contenta el cielo. Cuando el indio
pronúnciale al despuntar la aurora, sabe que ese mundo inocente, nácar,
perlas, humildes conchas, hace coro con él desde el fondo de los mares.
* * *
Comprendo perfectamente que en presencia de la perla, el alma ignorante
y encantadora de la mujer, sueñe y se conmueva sin saber por qué. Dicha
perla no es ni persona ni cosa: hay en ella todo un mundo de conjeturas.
¡Qué blancura tan admirable! (candor quise decir); ¿virginal? No: mucho
mejor que eso. Las vírgenes y las niñas, por dulces que sean, tienen
poco más ó menos lo que podemos llamar el _verdor de la juventud_,
mientras que el candor de nuestra perla aseméjase más bien al de la
inocente desposada, tan pura, aunque sumisa al amor.
No tiene la menor ambición de brillar, suavizando, y apagando casi sus
matices. A primera vista no se observa más que un blanco mate, y sólo al
contemplarla de nuevo se empieza á descubrir su iris misterioso, y, como
se dice, _su oriente_.
¿Dónde vivió? Preguntádselo al profundo Océano. ¿De qué vivió? Que
responda el Sol. Vivió de luz y de amor de la luz, cual si hubiese sido
un espíritu puro.
¡Gran misterio! Mas, ella misma bastante lo da á comprender. Presiéntese
que tan caro ser ha vivido largo tiempo inmóvil, resignado, en la
quietud que hace _esperar_, _esperando_, y nada hace ni quiere sino lo
que apetece el ser amado.
El hijo del mar había puesto toda su dicha en la concha, ésta en el
nácar, el nácar en su perla, que no es otra cosa que el mismo nácar
concentrado.
Empero esa concentración sólo se alcanza (dícese) por medio de una
herida, de un sufrimiento permanente, de un dolor cuasi eterno, que
atrae, absorbe todo el ser, aniquila su vida vulgar en esa poesía
divina.
* * *
He oído decir que las verdaderas damas de Oriente y del Norte, mucho más
delicadas que las palurdas cubiertas de riquezas, evitaban el contacto
abrasador del diamante, no permitiendo que tocara su fino cutis más que
la suave perla.
Realmente, el brillo del diamante perjudica al resplandor del amor. Un
collar, dos brazaletes de perlas, es la armonía de una mujer,[1] el
verdadero adorno femenino, que en vez de divertir, conmueve, enternece á
la ternura. Ello dice: «¡Amemos! ¡Silencio!»
La perla parece enamorada de la mujer y ésta de aquélla. Las citadas
damas del Norte, cuando se las han puesto una vez ya no las abandonan,
llevándolas día y noche escondidas bajo sus ropas. En ocasiones
solemnes, á través de las ricas pieles forradas de raso blanco, se
transparenta la joya afortunada, el inseparable collar.
Es como la túnica de seda que la odalisca viste interiormente y á la que
tiene tanto apego, no dejándola hasta que está usada, rota y
completamente fuera de combate, sabiendo como sabe que es un talismán,
el aguijón infatigable del amor.
Otro tanto acontece con la perla: como la seda, se impregna de lo más
íntimo y bebe la vida. Una fuerza desconocida transmítese á ella, la
virtud de la amada. Cuando ha reposado tantas noches sobre su seno,
respirando su calor; cuando ha adquirido el aroma de su piel y los
blondos tintes que hacen delirar el corazón, la joya ya no es joya, sino
una parte integrante de la persona que no debe contemplarla con ojos
indiferentes. Sólo un ser tiene derecho á conocerla y sorprender á
través de aquel collar los misterios de la mujer querida.
IX
El ladrón de los mares (pulpo, etc.)
Las medusas y los moluscos han sido, por lo general, inocentes
criaturas, podríamos decir muchachos, y yo he vivido con ellos en un
mundo apacible. Hasta ahora hemos visto pocos carnívoros. Aun aquéllos
obligados á vivir así, sólo destruían para sus imprescindibles
necesidades, y la mayor parte vivían á expensas de la vida apenas
comenzada, de átomos, de jalea animal, inorgánica. Por lo tanto no se
conocía el dolor; no había crueldad ni cólera en ellos. Sus almitas tan
suaves, no dejaban de tener un rayo, la aspiración hacia la luz, hacia
la que nos llegaba del cielo y hacia la del amor, revelada en llama
cambiante que de noche es el encanto de los mares.
Ahora tengo necesidad de penetrar en un mundo mucho más sombrío: la
guerra, el asesinato. Debo confesar que, desde el principio, desde la
aparición de la vida, apareció la muerte violenta, depuración rápida,
útil purificación, pero cruel, de cuanto languidecía, se arrastraba ó
hubiera languidecido, de la creación lenta y débil, cuya fecundidad
habría llenado el globo.
En los terrenos más antiguos se encuentran dos animales homicidas, el
_Tragón_ y el _Chupador_. El primero se nos revela por medio de la
huella del trilobito, especie que se ha perdido, destructor extinto de
los seres extintos también. El segundo subsiste en un resto horroroso,
un pico casi de dos pies de longitud que fué el del gran chupador, sepia
ó pulpo (Dujardin). A juzgar por el pico, si el monstruo guardaba
proporción con él, debió tener un tronco enorme, brazos-chupones
espantosos, tal vez de veinte ó treinta pies de largo, como una
prodigiosa araña.
¡Cosa trágica! Esos seres de la muerte son los primeros que se hallan en
el centro de la tierra. ¿Indicaría esto que la muerte haya podido
preceder á la vida? No, mas los animales blandos que alimentaron á
aquéllos se han evaporado sin dejar traza ni huella alguna.
¿Los comedores y los comidos eran, acaso, dos naciones de origen
distinto? Lo contrario es lo más probable. Del molusco, forma indecisa,
materia apta aún para todo, la fuerza superabundante del joven, su rica
plétora, prodigando la alimentación, debió en un principio, desprender
dos formas contrarias en la apariencia, pero que llevaban un mismo fin.
Hinchó, sopló desmesuradamente el molusco en un globo, en una vejiga
absorbente, que, hinchado más y más y cada vez más hambriento (aunque
sin dientes al principio), chupó. Por otro lado, la misma fuerza,
desarrollando el molusco en miembros articulados, que cada uno de ellos
fabricó su concha, endureciendo ese ser encostrado, le dió consistencia,
sobre todo en las pinzas y en las mandíbulas, para morder y triturar los
objetos más duros.
En este capítulo sólo hablaremos del primero.
El chupador del mundo blando, gelatinoso, lo es él mismo. Haciendo la
guerra á los moluscos, mantiénese también molusco, es decir,
constantemente embrionario y ofrece el extraño aspecto, ridículo y
caricaturesco, sí no fuera terrible, del embrión que va á la guerra de
un feto cruel, furioso, blando, transparente pero delicado y cuyo soplo
es mortal. No sólo pelea por su alimento, sino porque tiene necesidad de
destruir: una vez saciado, y harto hasta reventar, todavía destruye.
Aunque carece de armadura defensiva, no por eso es menos inquieto bajo
su resoplido amenazador; su seguridad consiste en atacar. Todo ser se
convierte para él en enemigo, lanzándole al acaso sus largos brazos,
mejor dicho, sus látigos armados de ventosas. Arrójale también antes de
entablar la lucha, sus efluvios paralizadores, entorpecedores, un
magnetismo que hace innecesario el combate.
Su fuerza es doble. Al poder mecánico de sus brazos-ventosas que
enlazan, inmovilizan, añadid la fuerza mágica de ese rayo misterioso;
añadid un oído muy fino y el ojo avizor. Miedo cerval se apodera de
nosotros al pensar en él.
¿Qué eran esos monstruos de corteza elástica y que tanto daba de sí
cuando la riqueza desbordante del mundo primitivo, donde no debían
cuidarse de buscar nada, sumidos como estaban siempre en un mar vivo de
alimentos, los hinchaban indefinidamente? De entonces acá han decrecido.
Sin embargo, Rang atestigua haber visto uno del tamaño de un tonel, y
Perón encontró otro de iguales dimensiones en el mar del Sur, que
rodaba, roncaba, entre el oleaje con grande estrépito. Sus brazos, de
seis ó siete pies de longitud, se desplegaban en todas direcciones,
simulando una furiosa pantomima de horribles serpientes.
Ateniéndonos á esos relatos de hombres dignos de crédito, me parece que
no ha debido rechazarse con irrisión el de Dionisio de Monforte, que
atestigua haber visto un enorme pulpo azotar con sus látigos eléctricos,
estrujar, asfixiar á un dogo á pesar de los mordíscos con que éste se
defendía, de sus esfuerzos, de sus aullidos de dolor.
El pulpo, máquina terrible, puede, lo mismo que la de vapor, cargarse,
sobrecargarse de fuerza, adquiriendo entonces una potencia incalculable
de elasticidad, un arranque impetuoso, hasta el punto de lanzarse sobre
un buque (d'Orbigny, artículo _Céphal_). Con esto queda explicada la
maravilla que valió el dictado de embusteros á los antiguos navegantes.
Según éstos, habíanse encontrado con un pulpo gigantesco que,
arrojándose sobre el combés, abrazó con sus prodigiosos brazos los
mástiles y el cordaje, é hiciera presa de la embarcación devorando á
cuantos la tripulaban, si éstos no hubiesen cercenado aquellos miembros
á hachazos. Mutilado, volvió á caer al mar.
No faltó entre ellos quien le viera brazos de sesenta pies de largo.
Otros sostenían haber divisado en los mares del Norte una isla movible
de media legua de ruedo, que sería un pulpo, el espantoso kraken, el
monstruo de los monstruos, capaz de envolver y tragarse una ballena de
cien pies de longitud.
Esos monstruos, caso que hayan existido, habrían puesto en peligro á la
Naturaleza misma, chupándose el globo. Empero, por una parte, las aves
gigantes (tal vez el _epiornis_) pudieron hacerles la guerra, y por otra
la tierra, mejor regulada, debió debilitar, deshinchar la horrenda
quimera reduciendo al gigante comestible, disminuyendo la alimentación.
A Dios gracias, los pulpos de nuestros días no son tan temibles. Sus
elegantes especies, tales como el argonauta, gracioso nadador en su
ondulada concha, el calamar, buen navegante, la linda sepia de ojos de
azur, se pasean por el Océano y sólo atacan á los seres más pequeños.
En ellos se transparenta una idea, una sombra del futuro aparato
vertebral (el hueso de sepia que se concede á los pájaros),
resplandeciendo su piel con vistosos colores que cambian á cada momento.
Pudiera llamárseles con propiedad los camaleones del mar. La sepia tiene
el exquisito perfume, el ámbar gris, que sólo se encuentra en la ballena
como residuo de las innumerables sepias que absorbe. Los marsuinos hacen
también gran carnicería entre ellas. Las sepias son sociables y van á
bandadas, y en el mes de mayo dirígense todas á la playa para depositar
unos racimos que constituyen sus huevas: allí las aguardan los
marsuinos, que se regalan con aquel manjar. Estos señores son tan
delicados que sólo se comen la cabeza, sus ocho brazos, trozo tierno y
de fácil digestión, rechazando lo más duro del animal, la parte trasera.
Toda la playa (como por ejemplo en Royan) vese cubierta de esas
miserables sepias así mutiladas. Los marsuinos celebran su festín dando
saltos descompasados, primero para intimidarlas y luego para cazarlas:
por fin, terminada la comida, entréganse á saludables ejercicios
gimnásticos.
La sepia, á pesar del aire singular que le da su pico, no deja de
excitar cierto interés. Todos los matices del más variado arco-iris se
suceden y desaparecen sobre su transparente piel, según los juegos de la
luz y el movimiento de la respiración. Moribunda, os mira todavía con su
ojo azur, descubriendo las postreras emociones de la vida por medio de
fugitivos resplandores que suben del fondo á la superficie, apareciendo
momentáneamente para desaparecer en seguida.
* * *
La decadencia general de esta clase, que tan enorme importancia tuvo en
las primitivas edades, es menos notable entre los navegantes (sepias,
etc.), y más visible en el pulpo propiamente llamado, triste habitador
de nuestras costas. Este no cuenta para navegar con la firmeza de la
sepia, edificada sobre un hueso interno; tampoco tiene como el
argonauta, un exterior resistente, una concha que preserve los órganos
más vulnerables, careciendo asimismo de la especie de vela que secunda
la navegación y dispensa de remar. Barbota un poco por la orilla, ó, á
lo sumo, puede comparársele al barco costeño que sigue la tierra. Su
inferioridad le da hábitos de pérfida astucia, de emboscada, de tímida
audacia, si vale expresarse así. Hácese el disimulado, se mantiene
quieto en las hendeduras de las rocas. Cuando ha pasado la presa, al
instante le lanza su latigazo. Los débiles quiera momentáneamente,
tenido miedo ó pasmádogarras. El hombre, al sentirse golpeado de esta
suerte mientras nada, no puede atemorizarse de luchar con tan
despreciable enemigo: á pesar de su repugnancia, preciso es que lo
agarre y (cosa muy fácil) lo vuelva del revés como un guante. Entonces
se rinde y perece.
Nos sentimos contrariados, irritados de haber, siquiera momentáneamente,
tenido miedo ó pasmádonos ante ser tan baladí.--Hácese preciso decir á
ese guerrero que llega soplando, roncando, echando pestes: «Valiente de
mentirijillas, nada encierras dentro de ti: eres más bien máscara que
ser: sin base, sin fijeza de la personalidad hasta el presente sólo
posees el orgullo. Tú roncas, máquina de vapor, tú roncas y sólo eres
una bolsa y al revés, un cuero blando y fofo, vejiga agujereada, globo
desgarrado, y mañana una cosa sin nombre, un poco de agua de mar
disipada.»
X
Crustáceos.--La guerra y la intriga.
Si, después de haber contemplado nuestra rica colección de armaduras de
la Edad Media y aquellas pesadas moles de hierro con que se tapujaban
nuestros caballeros, nos encaminamos al Museo de Historia Natural para
ver las armaduras de los crustáceos, nos causa lástima el arte del
hombre. Las primeras son un carnaval de disfraces ridículos, que
estorbaban y mortificaban, sirviendo sólo para ahogar á los guerreros y
hacerlos inofensivos; al paso que las otras, sobre todo, las armas de
los terribles decápodos, son de tal suerte horrorosas que, si tuvieran
la altura del hombre, nadie podría mirarlas sin desvío: los más
valientes se sentirían turbados, magnetizados de terror.
Allí se ostentan en traje de batalla, bajo aquel temible arsenal
ofensivo y defensivo, que llevan con tanta ligereza, sólidas pinzas,
lanzas aceradas, mandíbulas capaces de partir el hierro, corazas
erizadas de dardos, que basta que os abracen para causaros mil heridas.
Es de agradecer á la Naturaleza que los ha creado de ese tamaño, pues á
ser más grandes, ¿quién hubiera podido luchar con ellos? Ninguna arma de
fuego traspasaría su cuerpo. A su presencia, huiría el elefante, el
tigre se encaramaría á los árboles, y el rinoceronte, á pesar de lo
consistente de su piel, no estaría en salvo.
Presiéntese que el agente interior, el motor de esta máquina,
centralizado en su forma (casi siempre circular), sólo por aquello usó
de enorme fuerza. La esbelta elegancia del hombre, su forma
longitudinal, dividida en tres partes con cuatro grandes apéndices,
divergentes, alejados del centro, lo convierten, por más que se diga, en
un ser muy débil. En aquellas armaduras de caballeros los grandes brazos
telegráficos, las pesadas piernas colgantes, causan la triste impresión
de un ser descentralizado, impotente y vacilante, que un ligero choque
bastaba á derribar. En el crustáceo, por el contrario, los apéndices
están tan cercanos y unidos á la masa rechoncha, tupida, que el más
pequeño golpe que asesta lleva el empuje de todo el cuerpo. Cuando el
animal pincha, muerde ó destroza, hácelo con todo su ser, que aun al
extremo de su arma conserva completa energía vital.
Tiene dos cerebros (la cabeza y el tronco); empero para tupirse, para
obtener tan terrible centralización, el animal ha tomado su partido,
esto es, pasarse de cuello metiendo su cabeza en el abdomen.
Simplificación maravillosa. Esa cabeza une los ojos, los palpos, las
pinzas y las mandíbulas. Desde el momento que su ojo penetrante ha
divisado, los palpos palpan, las pinzas aprietan, las quijadas rompen, y
en seguida, sin intermediario, el estómago, que en sí encierra una
máquina para triturar, desmenuza y disuelve. En un momento todo ha
concluido, la presa desaparece y es digerida.
En ser semejante todo es superior.
Ven los ojos por delante y por detrás. Convexos, externos, á facetas,
son aptos para abarcar una gran parte del horizonte.
Los palpos ó antenas, órganos de ensayo, de prevención, de triple
experimento, tienen el tacto en sus extremidades, y en la base el oído y
el olfato. Ventaja inmensa de que estamos privados nosotros. ¿Qué
sucedería si la mano humana oliera, oyese? ¡Cuan rápida y simultánea
sería nuestra observación! Dispersa entre tres sentidos que trabajan
separadamente, la impresión, con frecuencia, es inexacta ó se desvanece.
De los diez pies que tiene el decápodo, seis son manos, tenazas, y
además, por su extremidad, órganos de respiración. El guerrero se zafa
aquí por un expediente revolucionario del problema que tanto ha
embarazado al pobre molusco. «Respirar á pesar de la concha.» A lo que
contesta: «Respiraré por el pie, por la mano. El punto débil por do
pudiera ser habido, lo coloco en el arma de guerra. ¡Que vengan, pues, á
atacarme por ahí!»
* * *
El no teme otro enemigo que las borrascas y las rocas. Pocos son los que
viajan en alta mar y pocos en el fondo: casi siempre se mantienen en la
orilla acechando alguna presa. A menudo, mientras están aguardando que
bostece la ostra para almorzársela, el mar se hincha, apodérase de
ellos, se los lleva rodando. En este momento el peligro está en su
armadura: sólida, sin elasticidad, recibe todos los golpes en seco,
rudamente. Sus puntas aplástanse en las asperosidades de las rocas,
estréllanse, se rompen, saliendo mutiladas de aquel combate.
Afortunadamente, al igual del esquino pueden repararse, substituir el
miembro roto con otro miembro suplementario. Y á tal punto confían en
esto, que cuando se les aprisiona rómpense un miembro voluntariamente
para adquirir la libertad.
Parece que la Naturaleza favorece de un modo especial á tan útiles
servidores. Contra su infinito fecundo, posee en los crustáceos un
infinito de absorción. Vense en todas partes, en todas las costas, tan
variados como el mar. Sus buitres groenlandios, sus gaviotas, comparten
con los crustáceos la función esencial de agentes de la salubridad. Si
encalla un animal grande, al instante el ave por encima y el cangrejo
por debajo y en el interior, trabajan para que desaparezca.
El cangrejo ínfimo y saltón que tomaríamos por un insecto (talitro)
ocupa las playas arenosas, habitando debajo. Cuando un naufragio arroja
cantidad de medusas ú otros cuerpos, veréis ondular la arena, moverse,
cubriéndose en seguida de nubes de esos sepultureros bailadores, que
hormigueando, dando brincos, limpian alegremente la playa, esforzándose
para dejarlo todo barrido entre dos mareas.
Grandes, robustos, astutos hasta lo sumo, los cangrejos ó gámbaros
constituyen un pueblo de combate, siendo tal su instinto guerrero, que
hasta saben valerse del ruido para atemorizar á sus enemigos. En actitud
amenazadora encamínanse al combate, levantadas sus tenazas y haciendo
resonar sus pinzas. Y con todo, no dejan de ser circunspectos ante
fuerzas superiores. Veíalos yo durante la baja mar de lo alto de una
roca, y á pesar de encontrarme muy elevado, al observar que los miraba,
la asamblea emprendía su retirada, corriendo de través los guerreros y
metiéndose en un instante cada cual en su garita. Ellos no son ningunos
Aquiles sino más bien Aníbales. Sólo atacan cuando se sienten fuertes,
devorando á vivos y muertos. El hombre herido no debe fiarse de
aquellos roedores. Cuéntase que en una isla desierta se comieron á
varios de los marineros que llevaba Drake, los cuales se vieron
asaltados, vencidos por sus bullidoras legiones.
Ningún ser viviente puede vencerlos con armas iguales. El pulpo
gigantesco que ahoga al más pequeño crustáceo, peligra dejar sus
tentáculos entre las garras del cangrejo, y el pez más glotón titubea
antes de engullirse un ser tan espinoso.
Desde que crece el crustáceo es el tirano, la pesadilla de los dos
elementos. Su inabordable armadura encuéntrase dispuesta para todo
ataque. Multiplicaríanse hasta lo increíble, destruirían el equilibrio
de los seres, si no fuese su propia armadura su estorbo y su peligro.
Fija y dura, no prestándose á las alternativas de la vida, es para el
cangrejo una cárcel.
Para abrirse al través de aquel muro el paso de la respiración, tuvo que
colocar la puerta en un miembro casual que pierde con frecuencia: la
pata. Y para dar lugar al crecimiento, á la extensión progresiva de sus
órganos interiores, necesita (cosa peligrosísima) que la coraza,
reblandecida por momentos y fofa, no sea más que piel; y sólo admite
este cambio desnudándose, pelándose, rechazando una porción de la misma.
Muda completa. Los ojos, las branquias, que desempeñan las funciones de
los pulmones, la sufren como el resto.
Es un espectáculo bien curioso el que ofrece el cangrejo volteándose,
agitándose, atormentándose para arrancarse su mismo ser: la operación es
tan violenta que, á veces, se le rompen sus patas, quedando sin fuerzas,
débil, muelle.