Es la electricidad común que despiden en tiempo borracoso esas aguas

semi-vivientes, inocente y pacífico rayo de que son conductores

inocentes todos los seres marinos. Lo aspiran y espiran, restituyéndolo

con largueza al morir. El mar lo da y vuelve á tomarlo. A lo largo de

las costas y de los estrechos, los estregones y remolinos le hacen

circular poderosamente. Cada ser toma una parte, más ó menos grande,

según su naturaleza. Aquí, inmensas superficies de pacíficos infusorios

forman una especie de mar lácteo, de suave y blanca luz, que, animándose

por momentos, se vuelve de un color azufrado encendido; allá, conos de

luces van haciendo piruetas sobre sí mismos ó rodando en forma de balas

rojas. Prodúcese un gran disco de fuego (pirosoma), que, empezando por

el color opalino, vuélvese verde un instante, luego se irrita,

trocándose en rojo y naranjado para terminar en azur. Tales metamorfosis

tienen cierta regularidad que indicaría una función natural, la

contracción y dilatación de un ser que atiza el fuego.

Sin embargo, serpientes inflamadas agítanse en el horizonte en una

grande extensión (en ocasiones veinticinco ó treinta leguas). Los

bíforos y las salpas, seres transparentes que atraviesan el mar y el

fósforo, dan ese espectáculo serpentiforme. Sorprendente asociación que

origina tan desenfrenadas danzas, y luego se separa. Una vez separados,

sus miembros libres producen otros pequeñuelos asimismo libres, que á su

turno engendrarán repúblicas danzantes, las cuales renovarán en el mar

aquella bacanal de fuego.

Grandes masas más pacíficas pasean sobre las ondas innumerables luces.

Los velelos iluminan al llegar la noche sus barquillas; las beroes se

ostentan triunfantes como llamas; empero ninguna luz tan espléndida como

la de nuestras medusas. ¿Es sólo puro efecto físico, como el que hace

serpentear las salpas inyectadas de fuego? ¿Es un acto de aspiración,

como hacen presumir otros seres? ¿O es únicamente capricho, como entre

tantas criaturillas que se divierten con las chispas de una vana ó

inconstante alegría? No, las nobles y deliciosas medusas (tales como la

Oceánica coronada y la encantadora Dionea), parecen expresar graves

ideas. Debajo de ellas sus luminosos cabellos, semejantes á una sombría

lámpara de noche, lanzan misteriosos rayos de esmeralda y otros colores

que, relumbrando ó palideciendo, revelan un sentimiento y cierto

misterio inexplicable. Diríase el espíritu del abismo meditando sus

secretos; el alma que llega ó la que algún día debe vivir. ¿O acaso

debemos ver en ello el melancólico ensueño de un destino imposible que

nunca ha de alcanzar el término apetecido? ¿O el llamamiento á la dicha

de amor, único consuelo que en este mundo nos queda?

Sabido es que, en la tierra, ese fuego es para nuestras luciolas la

señal, la declaración de la amante que se da á conocer, indica su morada

y se traiciona á sí misma. ¿Tiene igual sentido entre las medusas? Se

ignora. Lo positivo es que vierten juntas su llama y su vida. La savia

fecunda y virtud genésica de ellas, están contenidas en esto, y á cada

destello se escapa y disminuye.

Si se desea el cruel entretenimiento de redoblar ese cuento de hadas, no

hay más que exponerlas al calor. Entonces se exasperan, centellean y se

vuelven tan hermosas, tan hermosas... que todo concluye. Llama, amor y

vida acaban de evaporarse, todo desaparece á un tiempo.

VII

El picapedrero.

Cuando el bueno del doctor Livingstone penetró por entre las míseras

tribus del Africa que, trabajosamente, se defienden de los traficantes

en carne humana y de los leones, como las mujeres le viesen armado de

todas las artes protectoras de la Europa, invocándole, no sin justicia,

como una providencia amiga, decíanle esta conmovedora frase:

«¡Procuradnos el sueño!»

Esta es la súplica que todo ser vivo, cada uno en su lengua, dirige á la

madre Naturaleza. Del primero al último desean y sueñan con la

seguridad; y esto no ofrece ningún género de duda al ver los ingeniosos

esfuerzos que todos hacen por obtenerla. Dichos esfuerzos han creado las

artes, no habiendo inventado ni una sola el hombre sin apercibirse de

que los animales habíanla inventado antes que él, inspirados por el

instinto, tan grande y notable, que poseen de salvación.

Sufren, están atemorizados y quieren vivir. No es dado creer que los

seres poco avanzados, embrionarios, sean casi sensibles: muy al

contrario. En todo embrión, lo primero bosquejado es el sistema

nervioso, es decir, la capacidad de percepción y de sufrimiento. El

dolor es el aguijón por medio del cual se estimula poco á poco la

previsión, empujando, forzando al ser á ingeniarse. El placer también

sirve para el caso, y notáislo ya en los que se supondrían más fríos.

Precisamente hase observado en el caracol la sensación que experimenta,

después de penosas investigaciones de amor, al encontrarse con el objeto

amado. Macho y hembra, con una gracia conmovedora, ondulando sus

pescuezos de cisne, se prodigan mutuas caricias. ¿Y quién afirma esto?

El severo, el muy verídico Blainville. (_Moll., p. 181_).

Mas, ¡ay! ¡cuán ampliamente se prodiga el dolor! ¿Quién no ha visto con

tristeza los lentos y penosos esfuerzos del molusco sin concha que se

arrastra sobre el estómago? Chocante, pero fiel imagen del feto que una

cruel casualidad hubiese arrancado del vientre de la madre y arrojado

por los suelos indefenso y desnudo. La triste bestiezuela condensa su

piel tanto como puede, dulcifica las asperezas y da suavidad al camino

que recorre. No importa. Es preciso que experimente uno tras otro todos

los obstáculos, los choques, las puntas aceradas de los guijarros;

convengo en que esté endurecida, resignada, mas, con todo, á su

contacto, se retuerce, se contrae, dando señales de una gran

sensibilidad.

A pesar de todo, la grande Alma de armonía, que es la unidad del mundo,

ama; ama, y por la alternativa de placer y dolor cultiva todos los seres

y les obliga á subir.

Empero para subir, para pasar á un grado superior, preciso es que hayan

apurado cuantas pruebas, más ó menos penosas, contiene el inferior,

todos los estimulantes de inventiva y arte de instinto. Y aun es preciso

que hayan exagerado su genio y hayan hallado el exceso que, por

contraste, hace sentir la necesidad de un género opuesto. Así se

constituye el progreso por una como oscilación entre las cualidades

contrarias que, sucesivamente, se desprenden y se encarnan en la vida.

Traduzcamos esas cosas divinas al lenguaje humano, familiar, indigno de

su grandeza, mas por el cual serán conocidas:

Habiéndose complacido la Naturaleza por mucho tiempo en hacer y deshacer

la medusa, en variar hasta lo infinito ese tema gracioso de la libertad

naciente, cierta mañana, golpeándose la frente, se dijo: «He hecho una

cabeza. Esto es delicioso, mas olvidé asegurar la vida de la pobre

criatura, y tan sólo podrá subsistir por lo infinito de su número, por

el exceso de su fecundidad. Ahora me hace falta un ser más prudente y

resguardado. Si es preciso, que sea tímido; empero, sobre todo (lo

quiero), ¡que viva!»

Desde el momento que aparecieron esos tímidos, se echaron en brazos de

la prudencia hasta un límite desconocido; huyeron de la luz del día,

encerráronse. Para librarse de los contactos duros, secos, cortantes de

la piedra, emplearon el sistema universal, la muda, secretando de su

muda gelatinosa un envoltorio, un tubo que va dilatándose á la par que

se dilata su carrera. Mísero expediente que mantiene á esos menores (los

taretos) alejados de la luz y del aire libre, causándoles un dispendio

enorme de sustancia. Cada paso que dan les cuesta lo que no es decible,

el gasto entero de una casa. Un ser que de tal suerte se arruina para

vivir, sólo puede vegetar, y es incapaz de progreso.

No es mucho mejor el recurso de amortajarse un momento, esconderse en la

arena durante la baja mar, remontando cuando se presenta el flujo. Es lo

que practican los solenos. Vida variable, incierta, fugitiva dos veces

al día y de constante inquietud.

Entre seres mucho más inferiores había empezado á despuntar cierta cosa,

obscura todavía, y que á la larga debía cambiar la faz del Universo. Las

simples estrellas marinas, en sus cinco rayos tenían cierto

sustentáculo, algo como una armazón de piezas articuladas, algunas

espinas por afuera, chupaderas que adelantan y retroceden á voluntad. Un

animal asaz modesto, aunque tímido y serio, hase aprovechado, al parecer

de tan grosero bosquejo. Opino que ha hablado de esta suerte á la

Naturaleza:

«Nací sin ambición: no pido, pues, los brillantes dones de los señores

moluscos; no fabricaré ni nácar ni perla; no quiero colores vivos, lujo

que atraería sobre mí las miradas de los demás. Menos deseo la gracia de

vuestras casquivanas medusas, ni el ondulante encanto de sus cabellos

inflamados que atraen, las crean enemigos y las ayudan á naufragar. ¡Oh

madre! sólo deseo una cosa, ser... ser uno, y sin apéndices externos y

comprometedores--ser rechoncho, fuerte en mí mismo, redondo, pues es la

forma más á propósito para podernos librar de las garras de los

demás,--el ser, en fin, centralizado.

»Apenas poseo el instinto de los viajes. De la plea á la baja mar,

bastante hacemos con ir rodando. Pegado estrictamente en mi roca,

resolveré allí el problema que vuestro futuro favorito, el hombre, debe

buscar en vano, el problema de la seguridad: _excluir estrictamente el

enemigo, al paso que recibimos al amigo_, sobre todo el agua, el aire y

la luz. No ignoro que esto me costará no poco trabajo, un esfuerzo

constante; cubierto de espinas movibles, me haré temer. Erizado, solo

como un misántropo, llamaráseme el _esquino_.»

¡Cuan superior á los pólipos es ese discreto animal, los cuales pegados

en su propia piedra que forman de pura secreción, sin trabajo real,

carecen, no obstante, de seguridad! ¡Y cuán superior parece á sus mismos

superiores, esto es, á tantos y tantos moluscos cuyos sentidos son más

variados, empero carecen de la fija unidad de su bosquejo vertebral, de

su perseverante trabajo, y de las ingeniosas herramientas que dicho

trabajo ha inventado!

Lo maravilloso es que, siendo á la vez él mismo, la pobre bola rodadera

que se supone una castaña espinosa, _es uno y es múltiple; es fijo y es

movible_; constando de dos mil cuatrocientas piezas que se desmontan á

voluntad.

Veamos cómo se creó.

Erase un angosto ancón del mar de Bretaña. No tenía allí un blando lecho

de pólipos y de algas como los esquinos del mar de las Indias, que están

dispensados de industria. Encontrábase frente á frente del peligro, de

las dificultades, como el Ulises de la Odisea, el cual, arrojado, traído

por el oleaje, prueba de agarrarse á las rocas con sus uñas

ensangrentadas. Cada flujo y reflujo era para el pequeño Ulises sinónimo

de una gran borrasca; mas, su fuerza de voluntad, su poderoso deseo le

hizo besar de tal suerte la roca, que ese continuado beso creó una

ventosa, la cual hizo el vacío y lo unió á la roca misma.

La cosa no paró aquí: de sus espinas que escarbaban y querían agarrarse,

se subdividió una, convirtiéndose en triple pinza, verdadera áncora de

salvación que secundaría á la ventosa si ésta se aplicaba mal á una

superficie poco lisa.

Cuando hubo pellizcado, aspirado poderosamente su roca, sintióse

afirmado, comprendiendo más y más cada vez, que era ventajosísimo para

él si, de convexa que aquélla era, llegaba á trocarla en cóncava,

fabricando á su medida un agujerito, haciéndose un nido, pues la

juventud pasa y nos abandonan las fuerzas. ¡Qué dulzura si algún día el

jubilado esquino podía desprenderse un tanto del esfuerzo de aquella

áncora que prosigue día y noche!

Así pues, empezó á cavar: ésta es su existencia. Fabricado de piezas

sueltas, obra por medio de cinco espinas que, empujando siempre á un

tiempo, se soldaron y constituyeron un pico admirable para horadar.

Este pico, con cinco dientes del más precioso esmalte, está sostenido

por una armazón delicada, aunque muy sólida, formada de cuarenta piezas,

las cuales se deslizan por una especie de vaina, salen, penetran; en

fin, su mecanismo es perfecto. Por medio de esa elasticidad evitan los

choques violentos; más aún, repáranse si sobreviene algún accidente.

Ese héroe del trabajo, raras veces esculpe en la piedra común que

desprecia, sino en la roca, en el granito; y cuanto más dura y

resistente es la roca, más firme se halla. Por otra parte, ¿quién le

apura? El tiempo le sobra, es dueño de los siglos. Si mañana fenece,

después de usar su vida y su herramienta, otro ocupa su lugar, y

prosigue la obra comenzada. Esos solitarios se comunican muy poco en

vida, empero existe la fraternidad para ellos por la muerte, y el joven

que sobreviene y encuentra la obra medio acabada, goza de las fatigas de

su antecesor bendiciendo su memoria.

No creáis que se trate de golpear y sólo golpear. Su trabajo es un arte.

Cuando ha atacado suficientemente el cimiento que une la roca y

excavándola bien, muerde sus asperezas como con unas tenacillas, y

desarraiga el sílex. Obra de mucha paciencia, que implica dilatadas

huelgas para que el agua obre también en los sitios descarnados.

Entonces, de la primera capa puede pasarse á la segunda, y por medio de

procedimientos lentos y seguros, terminar la tarea.

En esa vida uniforme hay, sin embargo, las mismas crisis que en la del

obrero. El mar huye de ciertas playas; en el verano, tal ó cual roca se

caldea de un modo insoportable. Es preciso, pues, tener dos casas, una

de estío y otra de invierno.

Grande acontecimiento semejante mudanza para ser sin pies y que ostenta

púas por doquiera. M. Caillaud halo observado y admirado en tales

momentos. Las débiles y movibles varillas que juegan, se adelantan y

retroceden, no son insensibles, aunque garantice hasta cierto punto la

secreción á su derredor de una cantidad de blanda gelatina que, sin

duda, constituye un colchón. Por fin, es preciso; se lanza, se afirma

sobre sus púas, como sobre otras tantas muletas, rueda su tonel de

Diógenes y, como puede, llega á puerto.

Encerrado allí de nuevo y en su cáscara erizada, en el pequeño nido que

casi siempre encuentra empezado, concéntrase en sí mismo, en su regocijo

solitario de seguridad benéfica. Que ronden mil enemigos por afuera, que

las olas truenen ó mujan, todo esto le sirve de recreo. Si tiembla la

roca á los embates del mar, sabe perfectamente que nada tiene que temer,

que la que causa aquel ruido es su bondadosa nodriza. Encuéntrase

mecido, le vence el sueño y dícela: _Buenas noches_.

VIII

Conchas, nácar, perla.

El esquino ha asentado el límite del genio defensivo. Su coraza, ó si se

quiere, su fortaleza de piezas movibles, retráctiles y reparables en

caso de accidente, esa fortaleza, aplicada y anclada invenciblemente á

la roca, y más aún á la roca socavada que forma como un muro, de suerte

que el enemigo no encuentre punto vulnerable para volar la ciudadela, es

un sistema completo imposible de sobrepujar. No hay concha que pueda

comparársele, y mucho menos las obras de la humana industria.

Es el esquino la _última palabra_ de los seres circulares y radiantes:

él representa su triunfo, su más completo desarrollo. Pocas variantes

tiene el círculo; es la forma absoluta. En el globo del esquino, tan

sencillo á la par que complicado, alcanza una perfección que termina el

primer mundo.

La belleza del mundo que sigue será la armonía de las formas dobles, su

equilibrio, la gracia de su oscilación. De los moluscos al hombre, todo

ser está formado de dos mitades asociadas. En cada animal se encuentra

(mejor que la unidad) la _unión_.

La obra maestra del esquino fué más allá del objeto propuesto: el

milagro de la defensa había hecho un prisionero; no tan sólo se encerró,

sino que se amortajó, abrióse una sepultura. Su perfección de

aislamiento habíalo secuestrado, pero aparte, privado de toda relación

que inicia el progreso.

Para que el progreso se haga por ascenso regular, preciso es descender

mucho, hasta el embrión elemental, que al principio no tendrá más

movimiento que el de los elementos. El nuevo ser es el siervo del

planeta, hasta el punto de que dentro de su huevo da vueltas como la

tierra, describiendo su doble rueda, su rotación sobre sí mismo y su

rotación general.

Y aun emancipado del huevo, creciendo, haciéndose adulto, permanecerá

embrión; es su nombre, _muelle ó molusco_. Representará en vago bosquejo

el progreso de las vidas superiores: será su feto, la larva ó ninfa,

como la del insecto, en el cual, encogidos ó invisibles, se encuentran,

sin embargo, los órganos del ser alado en que se ha de metamorfosear.

* * *

Estoy temblando por un ser tan débil. El pólipo, aunque tan blando como

él, no obstante arriesgaba menos. Teniendo la misma vida en todas sus

partes, la herida, la mutilación, no le mataban: vivía y aun parece

olvidaba la porción destruida. La vulnerabilidad del molusco

centralizado es otra cosa. ¡Qué puerta se abre á la muerte!

El incierto movimiento propio de la medusa y que en ocasiones

casualmente podía ser su salvación, apenas lo tiene el molusco, á lo

menos al principio. Lo único que se le concede es poder con su muda, con

la gelatina que trasuda, constituirse dos muros que reemplazan la coraza

del esquino y la roca donde se pega. El molusco tiene la ventaja de

sacar de sí propio su defensa. Dos valvas forman una casa; casa ligera

y frágil: los que flotan la llevan transparente. A aquéllos que quieren

pegarse el _mucus_ hilante, pegajizo, proporciona un cable de anclaje

que se nombra su biso, el cual se forma, precisamente, como la seda, de

un elemento gelatinoso al principio. La gigantesca tridaena (acetre de

los templos) se amarra tan fuertemente por medio de ese cable, que

engaña á las madréporas, quienes la toman por una isla, edifican encima,

envuélvenla y acaban por asfixiarla.

Vida pasiva, vida inmóvil, no alterándola más suceso que la visita

periódica del sol y de la luz, ni tiene otra acción que absorber lo que

llega y secretar la gelatina que fabricó la casa y paulatinamente

construirá el resto. La atracción de la luz siempre en un mismo sentido

centraliza la vista: he aquí el ojo. La secreción, fija en un esfuerzo

siempre uniforme, hace un apéndice, un órgano que ha poco era el cable,

y más tarde conviértese en pie, masa informe, inarticulada, que puede

presentarse á todos los usos. Son las nadaderas de los que flotan, el

punzón de los que se esconden y quieren hundirse en la arena, por último

el pie de los trepadores, un pie contráctil poco á poco, que les permite

arrastrarse. Algunos, se aventurarán á blandirlo como un arco para

saltar torpemente.

Pobre rebaño, muy expuesto, perseguido por todas las tribus, flagelado

por las olas y molido por las rocas. Los que no consiguen fabricarse una

casa buscan por frágil cabaña un lecho vivo, pidiendo abrigo á los

pólipos, perdiéndose entre la blandura de los alciones flotantes. La

avícula productora de la perla busca algún reposo en la copa de las

esponjas; la frágil ostra pena sólo se aventura entre la hierba

cenagosa; el folado anida en la piedra, vuelve á empezar las artes del

esquino, mas ¡en qué grado tan inferior! En vez del admirable cincel que

envidiaría el más hábil picapedrero, sólo posee una escofinita, y para

abrir una morada á su frágil concha gasta esta misma concha.

Con muy raras excepciones, el molusco es el ser tímido que sabe sirve de

pasto á todo el mundo. El conoce tan bien que se le acecha, que no se

atreve á salir de su morada, y muere allí temeroso de la muerte: la

voluta, la porcelana, arrastran lentamente sus lindas habitaciones,

escondiéndolas cuanto pueden; el casco sólo posee para mover su palacio

un piecico chinesco, de suerte que casi renuncia á andar.

Tal vida tal habitación. En ningún otro género encuéntrase identidad

entre el habitante y su nido; mas siendo aquí extraído de su substancia,

el edificio es la continuación de su manto de carne, cuyas formas y

tintas adapta. Debajo del edificio, el arquitecto es por sí propio la

piedra viva.

Arte asaz sencillo para los sedentarios. La ostra inerte, que el mar se

cuidará de sustentar, sólo desea una buena caja para carne, que se

entreabra un poco cuando el anacoreta necesita comer, la cual cierra

bruscamente si teme ser á su vez pasto de algún ávido vecino.

El asunto es más complicado para el molusco viajante, que dice para sí:

«Tengo un pie, un órgano para andar; por lo tanto andar debo.» Mas, no

puede abandonar su preciada casita y recogerse en ella á voluntad,

siéndole de absoluta necesidad cuando anda. Entonces se verá atacado.

Preciso es, pues, que abrigue á lo menos la parte más delicada de su

ser, el árbol por donde respira y que extrae la vida por medio de sus

raicitas, sustentándolo y reparando sus fuerzas. La cabeza no tiene

tanta importancia, muchos la pierden impunemente; mas, si las visceras

no estuviesen protegidas de continuo por su escudo natural, si fuesen

heridas, el molusco moriría.

De modo que, prudente, acorazado, trata de prolongar su existencia

cuanto puede. Terminado su trabajo diurno, ¿estará seguro de noche en un

sitio abierto por todos lados? ¿Los indiscretos no fijarán en él su

mirada escudriñadora? ¡Quién sabe! Tal vez hinquen el diente en sus

carnes... El ermitaño reflexiona y emplea toda su industria para que así

no suceda; mas, sólo puede valerse de su pie, útil para todo. De ese

pie, con el que intenta cerrar la entrada de su casa, se despliega á lo

largo un apéndice resistente que hace las veces de puerta. Colócalo en

la abertura y helo ahí encerrado dentro de su morada.

Con todo, la dificultad permanente, la contradicción que se observa en

su naturaleza es, que al paso que debe quedar resguardado necesita estar

en relación con el mundo exterior, pues no puede aislarse como el

esquino. Sus educadores, el aire y la luz, son los únicos capaces de dar

consistencia á un cuerpo tan blando, ayudarle en la formación de los

órganos; empero necesita adquirir sentidos, el oído, el olor, guía para

el ciego, la vista, y, sobre todo, necesita respirar.

¡Grande é imperiosísima función! Nadie se acuerda de ella cuando se

practica con facilidad; mas, si se detiene un instante, ¡qué terrible

desorden! Si nuestro pulmón se infarta, si la laringe se embaraza tan

sólo en el transcurso de una noche, la agitación, las angustias son

extremas, no pueden soportarse, soliendo acontecer que, sin cuidarnos

del peligro á que nos exponemos, mandamos abrir todas las ventanas de

nuestra casa. Nadie ignora que en las personas asmáticas es tan grande

ese tormento, que no pudiendo valerse del órgano natural, se crean un

medio suplementario de respiración.--¡Aire!, ¡aire!, ¡ó la muerte!

La Naturaleza así hostigada es terriblemente inventora; por lo tanto, no

debe sorprendernos si aquellos pobres encarcelados, ahogándose bajo el

techo de su casita han hallado mil aparejos, mil géneros de válvulas que

les alivian un tanto. Los unos respiran por unas laminillas que corren

alrededor de su pie, otros por una especie de peine: los hay que por un

disco, un broquel; otros por hilitos prolongados. Algunos poseen al

costado lindos penachos ó sobre el lomo un gracioso arbolillo que se

mueve, adelanta, retrocede, respira.

Tan sensibles órganos y que tanto esmero ponen en no ser heridos,

afectan formas encantadoras; diríase que quieren agradar, enternecer, y

piden perdón. En su inocencia desempeñan todos los papeles de la

Naturaleza y toman mil variadas formas y colores. Esos pequeños hijos

del mar, los moluscos, festéjanlo eternamente y son su adorno merced á

su gracia infantil y á su riqueza de matices. En medio de su austeridad,

el terrible elemento no puede menos de sonreirse al contemplar sus

gracias naturales.

Además, la vida tímida está llena de melancolía. No es dado creer que no

sufra la hermosa entre las hermosas, el hada de los mares (haliótido),

con su severa reclusión. Posee el pie para arrastrarse, mas, no se

atreve. «¿Quién te lo impide?--Tengo miedo... el cangrejo me acecha; si

me entreabro, se cuela en mi morada. Un mundo de peces voraces flota

sobre mi cabeza; el hombre, mi cruel admirador, me da el castigo á que

me ha hecho acreedora mi belleza. Perseguida en los mares de la India,

hasta en las aguas del polo, he sentado mis reales en California, y se

me exporta á toneladas.»

El Mar · 第 8 / 20 段