semi-vivientes, inocente y pacífico rayo de que son conductores
inocentes todos los seres marinos. Lo aspiran y espiran, restituyéndolo
con largueza al morir. El mar lo da y vuelve á tomarlo. A lo largo de
las costas y de los estrechos, los estregones y remolinos le hacen
circular poderosamente. Cada ser toma una parte, más ó menos grande,
según su naturaleza. Aquí, inmensas superficies de pacíficos infusorios
forman una especie de mar lácteo, de suave y blanca luz, que, animándose
por momentos, se vuelve de un color azufrado encendido; allá, conos de
luces van haciendo piruetas sobre sí mismos ó rodando en forma de balas
rojas. Prodúcese un gran disco de fuego (pirosoma), que, empezando por
el color opalino, vuélvese verde un instante, luego se irrita,
trocándose en rojo y naranjado para terminar en azur. Tales metamorfosis
tienen cierta regularidad que indicaría una función natural, la
contracción y dilatación de un ser que atiza el fuego.
Sin embargo, serpientes inflamadas agítanse en el horizonte en una
grande extensión (en ocasiones veinticinco ó treinta leguas). Los
bíforos y las salpas, seres transparentes que atraviesan el mar y el
fósforo, dan ese espectáculo serpentiforme. Sorprendente asociación que
origina tan desenfrenadas danzas, y luego se separa. Una vez separados,
sus miembros libres producen otros pequeñuelos asimismo libres, que á su
turno engendrarán repúblicas danzantes, las cuales renovarán en el mar
aquella bacanal de fuego.
Grandes masas más pacíficas pasean sobre las ondas innumerables luces.
Los velelos iluminan al llegar la noche sus barquillas; las beroes se
ostentan triunfantes como llamas; empero ninguna luz tan espléndida como
la de nuestras medusas. ¿Es sólo puro efecto físico, como el que hace
serpentear las salpas inyectadas de fuego? ¿Es un acto de aspiración,
como hacen presumir otros seres? ¿O es únicamente capricho, como entre
tantas criaturillas que se divierten con las chispas de una vana ó
inconstante alegría? No, las nobles y deliciosas medusas (tales como la
Oceánica coronada y la encantadora Dionea), parecen expresar graves
ideas. Debajo de ellas sus luminosos cabellos, semejantes á una sombría
lámpara de noche, lanzan misteriosos rayos de esmeralda y otros colores
que, relumbrando ó palideciendo, revelan un sentimiento y cierto
misterio inexplicable. Diríase el espíritu del abismo meditando sus
secretos; el alma que llega ó la que algún día debe vivir. ¿O acaso
debemos ver en ello el melancólico ensueño de un destino imposible que
nunca ha de alcanzar el término apetecido? ¿O el llamamiento á la dicha
de amor, único consuelo que en este mundo nos queda?
Sabido es que, en la tierra, ese fuego es para nuestras luciolas la
señal, la declaración de la amante que se da á conocer, indica su morada
y se traiciona á sí misma. ¿Tiene igual sentido entre las medusas? Se
ignora. Lo positivo es que vierten juntas su llama y su vida. La savia
fecunda y virtud genésica de ellas, están contenidas en esto, y á cada
destello se escapa y disminuye.
Si se desea el cruel entretenimiento de redoblar ese cuento de hadas, no
hay más que exponerlas al calor. Entonces se exasperan, centellean y se
vuelven tan hermosas, tan hermosas... que todo concluye. Llama, amor y
vida acaban de evaporarse, todo desaparece á un tiempo.
VII
El picapedrero.
Cuando el bueno del doctor Livingstone penetró por entre las míseras
tribus del Africa que, trabajosamente, se defienden de los traficantes
en carne humana y de los leones, como las mujeres le viesen armado de
todas las artes protectoras de la Europa, invocándole, no sin justicia,
como una providencia amiga, decíanle esta conmovedora frase:
«¡Procuradnos el sueño!»
Esta es la súplica que todo ser vivo, cada uno en su lengua, dirige á la
madre Naturaleza. Del primero al último desean y sueñan con la
seguridad; y esto no ofrece ningún género de duda al ver los ingeniosos
esfuerzos que todos hacen por obtenerla. Dichos esfuerzos han creado las
artes, no habiendo inventado ni una sola el hombre sin apercibirse de
que los animales habíanla inventado antes que él, inspirados por el
instinto, tan grande y notable, que poseen de salvación.
Sufren, están atemorizados y quieren vivir. No es dado creer que los
seres poco avanzados, embrionarios, sean casi sensibles: muy al
contrario. En todo embrión, lo primero bosquejado es el sistema
nervioso, es decir, la capacidad de percepción y de sufrimiento. El
dolor es el aguijón por medio del cual se estimula poco á poco la
previsión, empujando, forzando al ser á ingeniarse. El placer también
sirve para el caso, y notáislo ya en los que se supondrían más fríos.
Precisamente hase observado en el caracol la sensación que experimenta,
después de penosas investigaciones de amor, al encontrarse con el objeto
amado. Macho y hembra, con una gracia conmovedora, ondulando sus
pescuezos de cisne, se prodigan mutuas caricias. ¿Y quién afirma esto?
El severo, el muy verídico Blainville. (_Moll., p. 181_).
Mas, ¡ay! ¡cuán ampliamente se prodiga el dolor! ¿Quién no ha visto con
tristeza los lentos y penosos esfuerzos del molusco sin concha que se
arrastra sobre el estómago? Chocante, pero fiel imagen del feto que una
cruel casualidad hubiese arrancado del vientre de la madre y arrojado
por los suelos indefenso y desnudo. La triste bestiezuela condensa su
piel tanto como puede, dulcifica las asperezas y da suavidad al camino
que recorre. No importa. Es preciso que experimente uno tras otro todos
los obstáculos, los choques, las puntas aceradas de los guijarros;
convengo en que esté endurecida, resignada, mas, con todo, á su
contacto, se retuerce, se contrae, dando señales de una gran
sensibilidad.
A pesar de todo, la grande Alma de armonía, que es la unidad del mundo,
ama; ama, y por la alternativa de placer y dolor cultiva todos los seres
y les obliga á subir.
Empero para subir, para pasar á un grado superior, preciso es que hayan
apurado cuantas pruebas, más ó menos penosas, contiene el inferior,
todos los estimulantes de inventiva y arte de instinto. Y aun es preciso
que hayan exagerado su genio y hayan hallado el exceso que, por
contraste, hace sentir la necesidad de un género opuesto. Así se
constituye el progreso por una como oscilación entre las cualidades
contrarias que, sucesivamente, se desprenden y se encarnan en la vida.
Traduzcamos esas cosas divinas al lenguaje humano, familiar, indigno de
su grandeza, mas por el cual serán conocidas:
Habiéndose complacido la Naturaleza por mucho tiempo en hacer y deshacer
la medusa, en variar hasta lo infinito ese tema gracioso de la libertad
naciente, cierta mañana, golpeándose la frente, se dijo: «He hecho una
cabeza. Esto es delicioso, mas olvidé asegurar la vida de la pobre
criatura, y tan sólo podrá subsistir por lo infinito de su número, por
el exceso de su fecundidad. Ahora me hace falta un ser más prudente y
resguardado. Si es preciso, que sea tímido; empero, sobre todo (lo
quiero), ¡que viva!»
Desde el momento que aparecieron esos tímidos, se echaron en brazos de
la prudencia hasta un límite desconocido; huyeron de la luz del día,
encerráronse. Para librarse de los contactos duros, secos, cortantes de
la piedra, emplearon el sistema universal, la muda, secretando de su
muda gelatinosa un envoltorio, un tubo que va dilatándose á la par que
se dilata su carrera. Mísero expediente que mantiene á esos menores (los
taretos) alejados de la luz y del aire libre, causándoles un dispendio
enorme de sustancia. Cada paso que dan les cuesta lo que no es decible,
el gasto entero de una casa. Un ser que de tal suerte se arruina para
vivir, sólo puede vegetar, y es incapaz de progreso.
No es mucho mejor el recurso de amortajarse un momento, esconderse en la
arena durante la baja mar, remontando cuando se presenta el flujo. Es lo
que practican los solenos. Vida variable, incierta, fugitiva dos veces
al día y de constante inquietud.
Entre seres mucho más inferiores había empezado á despuntar cierta cosa,
obscura todavía, y que á la larga debía cambiar la faz del Universo. Las
simples estrellas marinas, en sus cinco rayos tenían cierto
sustentáculo, algo como una armazón de piezas articuladas, algunas
espinas por afuera, chupaderas que adelantan y retroceden á voluntad. Un
animal asaz modesto, aunque tímido y serio, hase aprovechado, al parecer
de tan grosero bosquejo. Opino que ha hablado de esta suerte á la
Naturaleza:
«Nací sin ambición: no pido, pues, los brillantes dones de los señores
moluscos; no fabricaré ni nácar ni perla; no quiero colores vivos, lujo
que atraería sobre mí las miradas de los demás. Menos deseo la gracia de
vuestras casquivanas medusas, ni el ondulante encanto de sus cabellos
inflamados que atraen, las crean enemigos y las ayudan á naufragar. ¡Oh
madre! sólo deseo una cosa, ser... ser uno, y sin apéndices externos y
comprometedores--ser rechoncho, fuerte en mí mismo, redondo, pues es la
forma más á propósito para podernos librar de las garras de los
demás,--el ser, en fin, centralizado.
»Apenas poseo el instinto de los viajes. De la plea á la baja mar,
bastante hacemos con ir rodando. Pegado estrictamente en mi roca,
resolveré allí el problema que vuestro futuro favorito, el hombre, debe
buscar en vano, el problema de la seguridad: _excluir estrictamente el
enemigo, al paso que recibimos al amigo_, sobre todo el agua, el aire y
la luz. No ignoro que esto me costará no poco trabajo, un esfuerzo
constante; cubierto de espinas movibles, me haré temer. Erizado, solo
como un misántropo, llamaráseme el _esquino_.»
¡Cuan superior á los pólipos es ese discreto animal, los cuales pegados
en su propia piedra que forman de pura secreción, sin trabajo real,
carecen, no obstante, de seguridad! ¡Y cuán superior parece á sus mismos
superiores, esto es, á tantos y tantos moluscos cuyos sentidos son más
variados, empero carecen de la fija unidad de su bosquejo vertebral, de
su perseverante trabajo, y de las ingeniosas herramientas que dicho
trabajo ha inventado!
Lo maravilloso es que, siendo á la vez él mismo, la pobre bola rodadera
que se supone una castaña espinosa, _es uno y es múltiple; es fijo y es
movible_; constando de dos mil cuatrocientas piezas que se desmontan á
voluntad.
Veamos cómo se creó.
Erase un angosto ancón del mar de Bretaña. No tenía allí un blando lecho
de pólipos y de algas como los esquinos del mar de las Indias, que están
dispensados de industria. Encontrábase frente á frente del peligro, de
las dificultades, como el Ulises de la Odisea, el cual, arrojado, traído
por el oleaje, prueba de agarrarse á las rocas con sus uñas
ensangrentadas. Cada flujo y reflujo era para el pequeño Ulises sinónimo
de una gran borrasca; mas, su fuerza de voluntad, su poderoso deseo le
hizo besar de tal suerte la roca, que ese continuado beso creó una
ventosa, la cual hizo el vacío y lo unió á la roca misma.
La cosa no paró aquí: de sus espinas que escarbaban y querían agarrarse,
se subdividió una, convirtiéndose en triple pinza, verdadera áncora de
salvación que secundaría á la ventosa si ésta se aplicaba mal á una
superficie poco lisa.
Cuando hubo pellizcado, aspirado poderosamente su roca, sintióse
afirmado, comprendiendo más y más cada vez, que era ventajosísimo para
él si, de convexa que aquélla era, llegaba á trocarla en cóncava,
fabricando á su medida un agujerito, haciéndose un nido, pues la
juventud pasa y nos abandonan las fuerzas. ¡Qué dulzura si algún día el
jubilado esquino podía desprenderse un tanto del esfuerzo de aquella
áncora que prosigue día y noche!
Así pues, empezó á cavar: ésta es su existencia. Fabricado de piezas
sueltas, obra por medio de cinco espinas que, empujando siempre á un
tiempo, se soldaron y constituyeron un pico admirable para horadar.
Este pico, con cinco dientes del más precioso esmalte, está sostenido
por una armazón delicada, aunque muy sólida, formada de cuarenta piezas,
las cuales se deslizan por una especie de vaina, salen, penetran; en
fin, su mecanismo es perfecto. Por medio de esa elasticidad evitan los
choques violentos; más aún, repáranse si sobreviene algún accidente.
Ese héroe del trabajo, raras veces esculpe en la piedra común que
desprecia, sino en la roca, en el granito; y cuanto más dura y
resistente es la roca, más firme se halla. Por otra parte, ¿quién le
apura? El tiempo le sobra, es dueño de los siglos. Si mañana fenece,
después de usar su vida y su herramienta, otro ocupa su lugar, y
prosigue la obra comenzada. Esos solitarios se comunican muy poco en
vida, empero existe la fraternidad para ellos por la muerte, y el joven
que sobreviene y encuentra la obra medio acabada, goza de las fatigas de
su antecesor bendiciendo su memoria.
No creáis que se trate de golpear y sólo golpear. Su trabajo es un arte.
Cuando ha atacado suficientemente el cimiento que une la roca y
excavándola bien, muerde sus asperezas como con unas tenacillas, y
desarraiga el sílex. Obra de mucha paciencia, que implica dilatadas
huelgas para que el agua obre también en los sitios descarnados.
Entonces, de la primera capa puede pasarse á la segunda, y por medio de
procedimientos lentos y seguros, terminar la tarea.
En esa vida uniforme hay, sin embargo, las mismas crisis que en la del
obrero. El mar huye de ciertas playas; en el verano, tal ó cual roca se
caldea de un modo insoportable. Es preciso, pues, tener dos casas, una
de estío y otra de invierno.
Grande acontecimiento semejante mudanza para ser sin pies y que ostenta
púas por doquiera. M. Caillaud halo observado y admirado en tales
momentos. Las débiles y movibles varillas que juegan, se adelantan y
retroceden, no son insensibles, aunque garantice hasta cierto punto la
secreción á su derredor de una cantidad de blanda gelatina que, sin
duda, constituye un colchón. Por fin, es preciso; se lanza, se afirma
sobre sus púas, como sobre otras tantas muletas, rueda su tonel de
Diógenes y, como puede, llega á puerto.
Encerrado allí de nuevo y en su cáscara erizada, en el pequeño nido que
casi siempre encuentra empezado, concéntrase en sí mismo, en su regocijo
solitario de seguridad benéfica. Que ronden mil enemigos por afuera, que
las olas truenen ó mujan, todo esto le sirve de recreo. Si tiembla la
roca á los embates del mar, sabe perfectamente que nada tiene que temer,
que la que causa aquel ruido es su bondadosa nodriza. Encuéntrase
mecido, le vence el sueño y dícela: _Buenas noches_.
VIII
Conchas, nácar, perla.
El esquino ha asentado el límite del genio defensivo. Su coraza, ó si se
quiere, su fortaleza de piezas movibles, retráctiles y reparables en
caso de accidente, esa fortaleza, aplicada y anclada invenciblemente á
la roca, y más aún á la roca socavada que forma como un muro, de suerte
que el enemigo no encuentre punto vulnerable para volar la ciudadela, es
un sistema completo imposible de sobrepujar. No hay concha que pueda
comparársele, y mucho menos las obras de la humana industria.
Es el esquino la _última palabra_ de los seres circulares y radiantes:
él representa su triunfo, su más completo desarrollo. Pocas variantes
tiene el círculo; es la forma absoluta. En el globo del esquino, tan
sencillo á la par que complicado, alcanza una perfección que termina el
primer mundo.
La belleza del mundo que sigue será la armonía de las formas dobles, su
equilibrio, la gracia de su oscilación. De los moluscos al hombre, todo
ser está formado de dos mitades asociadas. En cada animal se encuentra
(mejor que la unidad) la _unión_.
La obra maestra del esquino fué más allá del objeto propuesto: el
milagro de la defensa había hecho un prisionero; no tan sólo se encerró,
sino que se amortajó, abrióse una sepultura. Su perfección de
aislamiento habíalo secuestrado, pero aparte, privado de toda relación
que inicia el progreso.
Para que el progreso se haga por ascenso regular, preciso es descender
mucho, hasta el embrión elemental, que al principio no tendrá más
movimiento que el de los elementos. El nuevo ser es el siervo del
planeta, hasta el punto de que dentro de su huevo da vueltas como la
tierra, describiendo su doble rueda, su rotación sobre sí mismo y su
rotación general.
Y aun emancipado del huevo, creciendo, haciéndose adulto, permanecerá
embrión; es su nombre, _muelle ó molusco_. Representará en vago bosquejo
el progreso de las vidas superiores: será su feto, la larva ó ninfa,
como la del insecto, en el cual, encogidos ó invisibles, se encuentran,
sin embargo, los órganos del ser alado en que se ha de metamorfosear.
* * *
Estoy temblando por un ser tan débil. El pólipo, aunque tan blando como
él, no obstante arriesgaba menos. Teniendo la misma vida en todas sus
partes, la herida, la mutilación, no le mataban: vivía y aun parece
olvidaba la porción destruida. La vulnerabilidad del molusco
centralizado es otra cosa. ¡Qué puerta se abre á la muerte!
El incierto movimiento propio de la medusa y que en ocasiones
casualmente podía ser su salvación, apenas lo tiene el molusco, á lo
menos al principio. Lo único que se le concede es poder con su muda, con
la gelatina que trasuda, constituirse dos muros que reemplazan la coraza
del esquino y la roca donde se pega. El molusco tiene la ventaja de
sacar de sí propio su defensa. Dos valvas forman una casa; casa ligera
y frágil: los que flotan la llevan transparente. A aquéllos que quieren
pegarse el _mucus_ hilante, pegajizo, proporciona un cable de anclaje
que se nombra su biso, el cual se forma, precisamente, como la seda, de
un elemento gelatinoso al principio. La gigantesca tridaena (acetre de
los templos) se amarra tan fuertemente por medio de ese cable, que
engaña á las madréporas, quienes la toman por una isla, edifican encima,
envuélvenla y acaban por asfixiarla.
Vida pasiva, vida inmóvil, no alterándola más suceso que la visita
periódica del sol y de la luz, ni tiene otra acción que absorber lo que
llega y secretar la gelatina que fabricó la casa y paulatinamente
construirá el resto. La atracción de la luz siempre en un mismo sentido
centraliza la vista: he aquí el ojo. La secreción, fija en un esfuerzo
siempre uniforme, hace un apéndice, un órgano que ha poco era el cable,
y más tarde conviértese en pie, masa informe, inarticulada, que puede
presentarse á todos los usos. Son las nadaderas de los que flotan, el
punzón de los que se esconden y quieren hundirse en la arena, por último
el pie de los trepadores, un pie contráctil poco á poco, que les permite
arrastrarse. Algunos, se aventurarán á blandirlo como un arco para
saltar torpemente.
Pobre rebaño, muy expuesto, perseguido por todas las tribus, flagelado
por las olas y molido por las rocas. Los que no consiguen fabricarse una
casa buscan por frágil cabaña un lecho vivo, pidiendo abrigo á los
pólipos, perdiéndose entre la blandura de los alciones flotantes. La
avícula productora de la perla busca algún reposo en la copa de las
esponjas; la frágil ostra pena sólo se aventura entre la hierba
cenagosa; el folado anida en la piedra, vuelve á empezar las artes del
esquino, mas ¡en qué grado tan inferior! En vez del admirable cincel que
envidiaría el más hábil picapedrero, sólo posee una escofinita, y para
abrir una morada á su frágil concha gasta esta misma concha.
Con muy raras excepciones, el molusco es el ser tímido que sabe sirve de
pasto á todo el mundo. El conoce tan bien que se le acecha, que no se
atreve á salir de su morada, y muere allí temeroso de la muerte: la
voluta, la porcelana, arrastran lentamente sus lindas habitaciones,
escondiéndolas cuanto pueden; el casco sólo posee para mover su palacio
un piecico chinesco, de suerte que casi renuncia á andar.
Tal vida tal habitación. En ningún otro género encuéntrase identidad
entre el habitante y su nido; mas siendo aquí extraído de su substancia,
el edificio es la continuación de su manto de carne, cuyas formas y
tintas adapta. Debajo del edificio, el arquitecto es por sí propio la
piedra viva.
Arte asaz sencillo para los sedentarios. La ostra inerte, que el mar se
cuidará de sustentar, sólo desea una buena caja para carne, que se
entreabra un poco cuando el anacoreta necesita comer, la cual cierra
bruscamente si teme ser á su vez pasto de algún ávido vecino.
El asunto es más complicado para el molusco viajante, que dice para sí:
«Tengo un pie, un órgano para andar; por lo tanto andar debo.» Mas, no
puede abandonar su preciada casita y recogerse en ella á voluntad,
siéndole de absoluta necesidad cuando anda. Entonces se verá atacado.
Preciso es, pues, que abrigue á lo menos la parte más delicada de su
ser, el árbol por donde respira y que extrae la vida por medio de sus
raicitas, sustentándolo y reparando sus fuerzas. La cabeza no tiene
tanta importancia, muchos la pierden impunemente; mas, si las visceras
no estuviesen protegidas de continuo por su escudo natural, si fuesen
heridas, el molusco moriría.
De modo que, prudente, acorazado, trata de prolongar su existencia
cuanto puede. Terminado su trabajo diurno, ¿estará seguro de noche en un
sitio abierto por todos lados? ¿Los indiscretos no fijarán en él su
mirada escudriñadora? ¡Quién sabe! Tal vez hinquen el diente en sus
carnes... El ermitaño reflexiona y emplea toda su industria para que así
no suceda; mas, sólo puede valerse de su pie, útil para todo. De ese
pie, con el que intenta cerrar la entrada de su casa, se despliega á lo
largo un apéndice resistente que hace las veces de puerta. Colócalo en
la abertura y helo ahí encerrado dentro de su morada.
Con todo, la dificultad permanente, la contradicción que se observa en
su naturaleza es, que al paso que debe quedar resguardado necesita estar
en relación con el mundo exterior, pues no puede aislarse como el
esquino. Sus educadores, el aire y la luz, son los únicos capaces de dar
consistencia á un cuerpo tan blando, ayudarle en la formación de los
órganos; empero necesita adquirir sentidos, el oído, el olor, guía para
el ciego, la vista, y, sobre todo, necesita respirar.
¡Grande é imperiosísima función! Nadie se acuerda de ella cuando se
practica con facilidad; mas, si se detiene un instante, ¡qué terrible
desorden! Si nuestro pulmón se infarta, si la laringe se embaraza tan
sólo en el transcurso de una noche, la agitación, las angustias son
extremas, no pueden soportarse, soliendo acontecer que, sin cuidarnos
del peligro á que nos exponemos, mandamos abrir todas las ventanas de
nuestra casa. Nadie ignora que en las personas asmáticas es tan grande
ese tormento, que no pudiendo valerse del órgano natural, se crean un
medio suplementario de respiración.--¡Aire!, ¡aire!, ¡ó la muerte!
La Naturaleza así hostigada es terriblemente inventora; por lo tanto, no
debe sorprendernos si aquellos pobres encarcelados, ahogándose bajo el
techo de su casita han hallado mil aparejos, mil géneros de válvulas que
les alivian un tanto. Los unos respiran por unas laminillas que corren
alrededor de su pie, otros por una especie de peine: los hay que por un
disco, un broquel; otros por hilitos prolongados. Algunos poseen al
costado lindos penachos ó sobre el lomo un gracioso arbolillo que se
mueve, adelanta, retrocede, respira.
Tan sensibles órganos y que tanto esmero ponen en no ser heridos,
afectan formas encantadoras; diríase que quieren agradar, enternecer, y
piden perdón. En su inocencia desempeñan todos los papeles de la
Naturaleza y toman mil variadas formas y colores. Esos pequeños hijos
del mar, los moluscos, festéjanlo eternamente y son su adorno merced á
su gracia infantil y á su riqueza de matices. En medio de su austeridad,
el terrible elemento no puede menos de sonreirse al contemplar sus
gracias naturales.
Además, la vida tímida está llena de melancolía. No es dado creer que no
sufra la hermosa entre las hermosas, el hada de los mares (haliótido),
con su severa reclusión. Posee el pie para arrastrarse, mas, no se
atreve. «¿Quién te lo impide?--Tengo miedo... el cangrejo me acecha; si
me entreabro, se cuela en mi morada. Un mundo de peces voraces flota
sobre mi cabeza; el hombre, mi cruel admirador, me da el castigo á que
me ha hecho acreedora mi belleza. Perseguida en los mares de la India,
hasta en las aguas del polo, he sentado mis reales en California, y se
me exporta á toneladas.»