entonces, la piedra muerta y el calizo grosero tuvieron el interés de la
vida. Cuando Lamarck los juntó, explicando su constitución en el Museo,
acababa de sorprendérseles en el misterio de su actividad, ocupados en
sus inmensas creaciones, habiéndonos enseñado cómo se fabrica un mundo.
Se empezó á sospechar que, si la tierra produce el animal, éste también
produce la tierra, desempeñando ambos á dos la obra de la Creación.
La animalidad existe por doquiera: todo lo llena, todo lo puebla. Sus
restos ó huellas se encuentran hasta en minerales, tales como el mármol
estatuario y el alabastro, que han pasado por el crisol de los fuegos
más destructores. A cada paso que damos en el conocimiento de lo actual,
descubrimos un pasado enorme de vida animal. El día en que fué dado á la
óptica divisar el infusorio, viósele fabricar montañas y empedrar el
Océano. El duro sílice del Trípoli, es una masa de animálculos, la
esponja un sílice animado. Nuestros calizos son todo animales. París
está edificado con infusorios; una parte de Alemania, descansa sobre un
mar de coral, hoy día amortajado. Infusorios, corales, testáceos, todo
es cal, creta, pues, sin cesar, la extraen del mar. Mas, los peces que
devoran el coral, lo expelen en forma de creta, restituyendo ésta á las
aguas de donde ha salido el mar. Así el mar de Coral, en su obra de
alumbramiento, de agitaciones, de movimientos, en sus construcciones
incesantemente aumentadas ó desaparecidas, fabricadas, arruinadas, es
una fábrica inmensa de calizo, que va alternando entre sus dos vidas:
vida _diligente_ hoy, vida _disponible_ que obrará mañana.
* * *
Forster ha visto, visto perfectamente (lo cual se ha negado sin razón)
que esas islas circulares son cráteres de volcanes, levantados por los
pólipos. En la hipótesis contraria, no es posible explicar la identidad
de forma, constituyendo siempre un anillo de unos cien pasos de
diámetro, asaz bajo, azotado exteriormente por las olas, si bien el
interior forma una concha tranquila. Algunas plantas de tres ó cuatro
géneros distintos, constituyen una corona de verdura, de trecho en
trecho en la parte de adentro. El agua es de un verde magnífico; el
anillo está formado de arena blanca (residuos de corales disueltos),
contrastando con el azul subido del Océano. Bajo las aguas amargas,
están trabajando nuestros obreros, según sus especies ó sus caracteres:
los más atrevidos en las rompientes, en las apacibles costas la gente
tímida.
He aquí un mundo poco variado. Esperad. Los vientos, las corrientes,
trabajan para enriquecerle. Bastará una fuerte borrasca para que las
islas inmediatas hagan su fortuna: ésta es una de las más espléndidas
funciones de la tempestad. Cuanto más imponente, furiosa y turbulenta se
presenta arrastrándolo todo, más fecunda es. Pasa una tromba sobre una
isla; el torrente que produce, cargado de limo, de despojos, de plantas
muertas ó vivas, á veces de bosques enteros arrancados de cuajo, plaga
negra, cenagosa, traspasa el mar, y empujado luego por las olas aquí y
allá, distribuye esos presentes entre las islas cercanas.
Un gran mensajero de vida y de los más transportables es la sólida nuez
de coco, la cual no sólo viaja, sino que, arrojada sobre los arrecifes,
basta que encuentre un poco de arena blanca para medrar en sitios donde
perecería otra planta cualquiera. El agua salobre no le amedrenta, se
sirve de ella como del agua dulce, y crece también. Germina, se hace
grande, conviértese en árbol, en un robusto cocotero. Donde hay un árbol
no tarda en haber agua dulce, y despojos, y por lo tanto tierra; esto
convida á otros árboles, y al poco tiempo vese levantar su copa á
algunas palmeras. De los vapores que esos árboles detienen se forma un
arroyuelo que, manando del centro de la isla, mantiene en la blanca
cintura un hoyo que respetan los pólipos, habitantes de las aguas
amargas.
Conócese actualmente la rapidez extrema de su trabajo. En el puerto de
Río Janeiro, después de cuarenta días de parada, desaparecían ya los
botes bajo los tubulares que de ellos se habían apoderado; un estrecho
inmediato á Australia contaba antes veintiséis islotes, y á la fecha hay
ciento cincuenta bien establecidos, anunciando el Almirantazgo inglés
que son en mayor número y que dentro de veinte años en toda su longitud
de cuarenta leguas será impracticable.
El arrecife oriental de la Australia tiene trescientas sesenta leguas
(ciento veintisiete sin interrupción), y el de la Nueva Caledonía ciento
cuarenta y cinco leguas. Grupos de islas en el mar Pacífico cuentan
cuatrocientas leguas de largo por ciento cincuenta de ancho. Sólo la
cordillera de las Maldivas tiene cerca de quinientas millas de
longitud. Añadid á todo esto los bancos de la Isla de Francia y los
bajos del Mar Rojo, que se elevan continuamente.
Timor y sus cercanías ofrecen un mundo completamente animal: allí sólo
se pisan cosas vivas. Las rocas ofrecen formas tan extrañas y tan ricos
colores, que la vista se encanta, se deslumbra. Contempláis á aquellos
seres por espacio de muchas leguas en medio del agua del mar, que no
tiene profundidad (tal vez un pie), fabricando muy tranquilamente,
empero sin cejar en su oficio de creadores.
El primer observador inteligente fué Forster, compañero de Cook, que los
vió empeñados en su obra. Cogiólos infraganti en su gran conspiración
para levantar _piano piano_ islas á millares, cordilleras de islas, y
más tarde todo un continente.
Y esto ocurría á su vista como en los primeros días de la Creación. De
las profundidades submarinas, el fuego central hace brotar una cúpula,
un cono, que entreabriéndose, con su lava, constituye por algún tiempo
un cráter circular. Mas, la fuerza volcánica se agota. Ese cráter tibio
vese coronado de hielo animado, animal y polípero que, arrojando
constantemente de sí un _mucus_, va elevando ese círculo hasta la baja
mar, no más arriba, pues más altos estarían en seco; ni tampoco más
abajo, porque necesitan luz. Y si no tienen órgano especial de la
visualidad, la luz les penetra. El poderoso sol de los trópicos, que
atraviesa de parte á parte su pequeño ser transparente, tiene, al
parecer, sobre ellos la atracción de un invencible magnetismo. Cuando
baja el mar y quedan al aire libre, permanecen abiertos como estaban y
beben la luz.
* * *
Dumont d'Urville, que con tanta frecuencia solía visitar sus islotes,
dice: «Es un singular suplicio el ver de cerca la tranquilidad que reina
en esa concha interior, y debajo el agua, poco profunda, bancos
avanzados donde se pavonean los corales con toda seguridad cuando nos
rodea por todas partes la tempestad.» Aquel mundo agradable es un
escollo; tocadlo y os estrelláis. El transparente mar os muestra un
abismo á pico de cien brazas. No confiéis en el áncora; no hay cable que
con el frotamiento no se use, acabando por romperse. La ansiedad es
extrema en las noches interminables en que la marejada austral os empuja
hacia esas cortantes cuchillas.
* * *
Y, sin embargo, los inocentes fabricadores de escollos tienen una
respuesta para las acusaciones que se les dirigen. Dicen: «Concedednos
el tiempo requerido. Esos bordes, dulcificados paulatinamente, haránse
hospitalarios: dejadnos obrar. Los bancos, enlazados con los inmediatos
bancos, perderán sus terribles remolinos. Estamos fabricando un mundo
nuevo por si llega el caso de que el vuestro fenezca. Tal vez algún día
nos bendeciréis si acontece un cataclismo; si, como afirma no sabemos
quién, el mar se derrama de uno al otro polo cada diez mil años. Os
daréis por muy contentos de encontrar estas islas australes que os
servirán de punto de refugio.
»Preciso es confesarlo--añaden;--aunque por desgracia se perdiesen en
esto sitio algunas embarcaciones, nuestra obra es útil, buena y
grandiosa. Nuestro improvisado mundo podría mostrarse con cierto
orgullo: sin mencionar sus espléndidos colores, que dejan muy atrás
cuanto existe en la tierra, sin hablar de los círculos graciosos, de
las curvas de nos placemos, tantos y tantos problemas obscuros que os
detienen, entre nosotros parecen haber sido resueltos. La distribución
del trabajo, una encantadora variedad, en medio de una gran regularidad,
un orden geométrico que, no obstante, obstenta toda la gracia de una
libertad naciente, ¿encontraríase todo esto entre los hombres?
»Nuestro incesante trabajo para aligerar el agua de sus sales crea las
magníficas corrientes que constituyen la vida, la salud. Nosotros somos
los espíritus del mar, y le damos movimiento.
»Verdad es que no se nos muestra ingrato, pues nos sustenta con
oportunidad, y con igual exactitud nos acaricia la cálida luz, nos
engalana con sus ricos colores. Somos los mimados del Altísimo, sus
obreros favoritos, que nos ha señalado la tarea de bosquejar sus mundos.
Todos los segundones de ese globo que se presentan aquí, tienen
necesidad de nosotros. Nuestro amigo el cocotero, ese gigante que
inaugura la vida terrestre encima de nuestra isla, sólo prospera merced
al polvo que le prestamos. En el fondo, la vida vegetal es un legado, un
don, una limosna de nuestras liberalidades. Rica por nosotros,
alimentará la creación superior.
»Mas, ¿para qué sirven los otros animales? Somos un mundo completo,
armónico, y que es suficiente. El círculo de la Creación podría cerrarse
con nosotros. Escogiónos Dios para coronar su isla; sobre su antiguo
volcán de fuego ha creado un volcán de vida, mejor todavía, el
descogimiento de ese paraíso viviente. Ha obtenido lo que se propuso y
ahora descansa.»
Todavía no, todavía no. Una creación debe subir por encima de la
vuestra, cosa que vosotros no teméis. Y ese rival no es la tempestad,
pues la desafiáis; ni el agua dulce, ya que estáis fabricando junto á
ella; ni tampoco es la tierra que paulatinamente ha ido invadiendo y
cubriendo vuestras construcciones. Esta nueva potencia, ¿dónde está? En
vosotros mismos. El pólipo no se resigna á quedarse pólipo: existe en
vuestra república tal ó cual ser inquieto que afirma que la perfección
de esa vida vegetativa no es vida, soñando otra mejor: irse y navegar
solo, ver lo desconocido, el dilatado mundo, crearse, exponiéndose á
naufragar, algo que va á despuntar en él y permanece obscuro entre
vosotros:
El alma.
VI
Hija de los mares.
Los primeros meses del año 1858 deslizáronse para mí en el agradable
pueblecillo de Hyères que mira de lejos al mar, á las islas y á la
península que presta abrigo á su costa. A tal distancia, el mar atrae
más poderosamente tal vez que si uno estuviese á bordo. Los senderos que
á él conducen convidan á recorrerlos, ya se dirija uno al lado de las
huertas por los setos de jazmines y mirtos, ya, subiendo un tanto, se
atraviesen los olivares y un bosquecillo sembrado de laurel y de pinos.
Sin embargo, los árboles no impiden que de vez en cuando se distingan
algunos rayos del mar. Ha sido llamado este sitio, y no sin razón, Costa
Bella. Paseábame por él en los mejores días de un invierno muy suave,
soliendo encontrar al paso una enferma interesantísima, joven princesa
extranjera venida de quinientas leguas de distancia, para prolongar
algunos días su desfalleciente vida. Aquella corta existencia se había
deslizado triste y combatida por el infortunio; y apenas vislumbraba la
felicidad, se iba extinguiendo por momentos. La pobre se arrastraba
apoyada tiernamente en otro ser que vivía de su vida y no contaba
sobrevivirla. Si los votos y las oraciones bastasen á prolongar la vida,
aquella joven no hubiese muerto; tenía en su apoyo los de cuantos la
conocían, particularmente de los pobres. Empero la primavera llegó y con
ella el fin de sus días. Cierta mañana de abril en que todo renacía,
vimos pasear aún las dos sombras por aquel bosque pálido, como un Elíseo
de Virgilio.
Llegué al golfo embargado el ánimo con tan tristes pensamientos. Entre
las ásperas rocas, las lagunas que dejaba el mar conservaban ciertos
animalillos demasiado lentos para seguirle. Veíanse asimismo algunas
conchas encogidas y macilentas por haber quedado en seco: en medio de
ellas, sin cáscara, sin abrigo, explayada, yacía la umbrela viviente
llamada con harta impropiedad _medusa_. ¿Por qué haber dado tan
horroroso nombre á un ser tan encantador? Nunca había fijado mi atención
en aquellos náufragos que con frecuencia se encuentran en la playa. La á
que me refiero era pequeña, del tamaño de mi mano, pero bella en extremo
y de matices suaves y ligeros; su color blanco ópalo con un tinte
diáfano lila que formaba una corona. La brisa la había volteado: su
coronilla de cabellos lilas flotaba por encima, y la delicada umbrela
(es decir su propio cuerpo), encontrándose debajo, se rozaba con la
roca. Muy magullada la pobre, herida, tenía arrancada parte de su fina
cabellera, esto es, lo que constituye sus órganos de respiración, de
absorción y aun de procreación. Y aquella masa informe recibía de plano
los rayos del sol provenzal, áspero al despertar, y más áspero en
aquellos momentos á causa de la aridez del _mistral_ que no cesaba de
soplar. Doble suplicio que desgarraba á la transparente criatura.
Viviendo en una zona acariciada por el contacto del mar, la desdichada
umbrela no se reviste de una epidermis resistente, como nosotros,
animales terrestres; de suerte que recibe los golpes en lo vivo.
Cerca de su enjuta laguna había otras lagunas repletas y que se
comunicaban con el mar: la salvación estaba á dos pasos. Mas, para ella
que sólo se mueve con el auxilio de sus ondulantes cabellos, esos dos
pasos eran una barrera infranqueable. Expuesta á los rayos de aquel sol
abrasador, era de creer que no tardaría en quedar disuelta, absorbida,
evaporada.
Nada más efímero, más fugitivo que esas hijas de los mares. Las hay más
flúidas, por ejemplo, la tenue faja azur nombrada _cinturón de Venus_,
la cual apenas salida del agua se evapora y desaparece. Un poco más
consistente la medusa, es más dura en el morir.
¿Estaba la mía muerta ó moribunda? Cuéstame mucho trabajo creer en la
muerte; así, pues, sostuve que estaba viva. De todos modos poco costaba
sacarla de aquel suplicio y echarla á la laguna del lado. Si he de ser
franco, diré que experimentaba cierta repugnancia en tocarla. La
deliciosa criatura con su inocencia visible y el iris de sus suaves
colores asemejábase á un copo de nieve tiritante, resbaladizo y que se
escurre. Desechando, pues, toda repugnancia, deslicé la mano por debajo
y levanté cuidadosamente el cuerpo inmóvil, del que cayó la cabellera,
tomando la posición natural que conserva cuando nada. En esta postura la
coloqué en la charca inmediata, donde se sumergió sin dar el más pequeño
indicio de vida.
Hecho esto, comencé á pasear orillas del mar, mas, transcurridos diez
minutos, fuí á ver mi medusa, la cual ondulaba á merced del viento,
movíase y volvía á ponerse á flote. Con una gracia peculiar, sus
cabellos, que la servían de nadaderas, alejábanla suavemente de la roca.
Verdad es que no adelantaba mucho en su camino, pero adelantaba, y al
poco rato vila bastante lejos.
* * *
Sin duda no hubiera tardado mucho en zozobrar por segunda vez, pues no
es posible navegar con medios más débiles y de una manera más peligrosa
que lo hacen esos seres. Mucho temen la playa, donde hay tantos objetos
duros que las hieren, y en pleno mar á cada momento el viento las
voltea. En este caso, como sus cabellos-nadaderas permanecen encima,
flotan á la ventura, presa de los peces y con gran contento de las aves
marinas que se divierten arrancándolas de su elemento.
Durante toda una estación pasada á orillas del Gironde, veíalas,
empujadas fatalmente por el canalizo, ser arrojadas á la costa á
centenares, y secarse allí míseramente. Estas eran grandes, blancas, muy
lindas al llegar, como arañas de cristal con ricas girándulas, y en las
que los rayos del sol producían tan variados matices que brillaban cual
si fuesen pedrerías. ¡Ay! ¡qué diferencia al cabo de dos días!
Afortunadamente que la arena se hundía y las enterraba.
Las pobres, sirven de pasto á todo el mundo, mientras que para sí
propias no tienen otro alimento que la vida poco orgánica, vaga aún, los
átomos flotantes del mar. Ellas los entorpecen, los eterizan, por
decirlo así, y los chupan sin hacerles sufrir. Carecen de dientes: no
están armadas, ni tienen ninguna defensa. Sólo algunas especies (y no
todas, dice Forbes), pueden, cuando se les ataca, secretar un licor
algo picante, como la ortiga. Sensación tan débil, por otro lado, que no
tuvo reparo Dicquemare en recibirlo en un ojo, sin que le produjese
malos resultados.
* * *
He aquí una criatura apenas garantida, que vive al acaso; y eso que es
superior. Tiene sentidos, y á juzgar por sus contracciones, una
susceptibilidad notable de sufrimiento. No se puede, cual acontece con
el pólipo, dividirla impunemente: en este caso el pólipo se dobla, mas
ella muere. Gelatinosa como aquél, parece un embrión, pero el embrión
salido demasiado aprisa del seno del mar común, extraído de la base
sólida, de la asociación que constituyó la seguridad del pólipo, y
lanzado á la ventura.
* * *
¿Por qué ha emprendido la marcha? ¡Imprudente! ¿Cómo sin vela, remo ni
timón, se aventuró á dejar el puerto? ¿Cuál es su punto de partida?
En 1750 Ellis vió surgir una medusita sobre un pólipo, y en nuestros
días, varios observadores han visto y por lo tanto la cuestión está
juzgada, que es una forma de pólipo, salida de la asociación. La medusa,
hablando llanamente, es un pólipo emancipado.
¿A qué sorprendernos? dice perfectamente el discreto M. Forbes, que ha
dedicado tantas vigilias á su estudio. Esto es sólo un indicio de que á
tal grado el animal sigue aún la ley vegetal. Del árbol, ser colectivo,
sale el individuo, el fruto que se desprende, cuyo fruto formará otro
árbol. Un peral es como una especie de pólipo vegetal, en que la pera
(individuo libre) puede darnos otro peral.
Lo mismo (prosigue Forbes) que el tallo de una planta que iba á cubrirse
de hojas se detiene en su desarrollo, se contrae, conviértese en órgano
amoroso, esto es, en flor, el polípero, contrayendo algunos de sus
pólipos, transformando sus estómagos contraídos, hace la placenta, los
huevos de donde sale su flor movible, la tierna y graciosa medusa.
(_Ann. of the Nat. hist., t. 14, 387_)
* * *
Hubiérase podido adivinarlo al ver su gracia indecisa, esa debilidad
desarmada que nada teme, que se embarca sin instrumentos náuticos,
demasiado confiarla en su propia existencia: es el primero y conmovedor
rayo de luz del alma nueva, salido, indefenso, de las seguridades de la
vida común, probando tener vida propia, obrar y sufrir por su
cuenta--blando bosquejo de la Naturaleza libre,--embrión de la libertad.
Ser uno mismo, ser por sí solo un mundito completo, ¡gran tentación para
todos! ¡Seducción universal! ¡Bonita locura que constituye el esfuerzo y
el progreso todo del mundo! Mas, en sus primeros ensayos ¡qué
injustificada parece! Diríase que la medusa ha sido creada para
zozobrar.
Cargada por encima, mal afirmada por debajo, está construida al revés de
la fisalía, su parienta. Esta, sólo mantiene fuera del agua un glóbulo,
una vejiga insumergible, dejando arrastrar por el fondo sus prolongados
tentáculos, extremadamente largos (veinte ó más pies), que la afirman,
barren el mar, entorpeciendo á los peces con sus golpes, de los que hace
presa. Ágil ó indolente, hinchando su globo nacarado y matizado de azul
y púrpura, arroja por medio de sus dilatados cabellos de un azur
siniestro, cierto veneno sutil que abate cuanto toca.
Aunque menos temibles, tampoco perecen los velelos, los cuales tienen la
forma de almadía. Su pequeño organismo es algo sólido; y saben navegar,
voltear al viento su vela oblicua. Las porpitas, que parecen una flor,
una margarita, tienen en su favor la ligereza, flotando aún después de
muertas. Otro tanto sucede con innumerables seres fantásticos y casi
aéreos, guirnaldas con campanillas de oro ó guirnaldas de botones de
rosa (fisóforo, estefanomia, etc.), cinturones azurados de Venus. Todos
estos seres andan y sobrenadan invenciblemente, no temiendo más que á la
tierra; engólfanse bogando en el Grande Océano, y por enmarañado que
esté, allí encuentran su salvación. Las porpitas y los velelos tienen
tan poco temor al Océano que, pudiendo sobrenadar siempre que les
plazca, hacen esfuerzos para hundirse, y cuando se desencadena la
borrasca, escóndense en las profundidades del mar.
No acontece lo mismo con la pobre medusa, que ha de resguardarse de la
playa al mismo tiempo que de la tempestad. Podría hacerse pesada á
voluntad y bajar, mas, le está prohibido el abismo; sólo vive á la
superficie, en plena luz, rodeada de peligros. Ve, oye, y tiene muy
delicado el tacto, demasiado delicado por desdicha suya. No le es dado
guiarse por sí misma: sus más tenues órganos la sobrecargan y con
facilidad hácenla perder el equilibrio.
Así, pues, nos dan tentaciones de creer que se arrepiente de un ensayo
de libertad tan peligroso y que echa de menos el estado inferior, la
seguridad de la vida común. El polípero produjo la medusa, y ésta hace
el polípero volviendo á la asociación. Mas esa vida vegetativa es tan
engorrosa, que á la siguiente generación vuelve á emanciparse y lánzase
otra vez al acaso de su inútil navegación. Extraña alternativa, en la
que flota eternamente. Movible, sueña con el reposo; inerte, se desvive
por moverse.
* * *
Estas metamorfosis tan originales, que subsecuentemente elevan y rebajan
al ser indeciso, haciéndolo alternar entre dos vidas tan distintas, es,
con toda verosimilitud, condición de las especies inferiores, de las
medusas que todavía no han podido penetrar en la carrera irrevocable de
la emancipación. Por lo que toca á los demás, fácil sería creer que sus
deliciosas variedades marcan progresos interiores de vida, grados de
desarrollo, los juegos, las gracias y las sonrisas de la nueva libertad.
Esta, admirable artista, sobre el sencillo tema de disco ó umbrela que
flota, cual tenue araña de cristal que relumbra á los rayos del sol, ha
formado una creación infinita de lindas variantes, un diluvio de
pequeñas maravillas.
Todas estas preciosidades, unas tras otras, flotando sobre el verde
espejo, adornadas de colores alegres y suaves, con una coquetería
infantil que sólo ellas poseen, han preocupado á los hombres
científicos, que para darles un nombre tuvieron que recurrir á las
reinas de la Historia y á las diosas de la Mitología. Esta es la
ondulante Berenice cuya rica cabellera al arrastrarse por las ondas
constituye otra onda; aquélla la pequeña Oritia, esposa de Eolo, que, al
soplo de su compañero, pasea su urna blanca y pura, incierta, apenas
afirmada por el delicado enredo de sus cabellos, que con frecuencia
enlaza por debajo; más allá, Dionea, la llorona, parece una copa de
alabastro que deja desbordar, en hilos cristalinos, espléndidas
lágrimas. De esta suerte he visto en Suiza esparcirse cascadas fatigadas
y perezosas, que, habiendo dado muchos rodeos, parecían rendidas de
sueño, de languidez.
* * *
En el grandioso cuadro de luminarias que despliega el mar en las noches
borrascosas, la medusa desempeña un papel aparte. Sumida como tantos
otros seres en el fósforo eléctrico de que están penetrados todos, lo
devuelve á su modo con una gracia personal.
¡Cuán sombría es la noche en el mar si no lo alumbra ese fósforo! ¡Qué
vastas y temibles esas tinieblas! En tierra la sombra no es tan obscura;
se reconoce uno á la variedad de los objetos que toca ó cuyas formas se
presienten y que aparecen como una señal. Mas, la dilatada noche
marítima, ¡una negrura infinita! ¡Nada, siempre nada!... ¡Mil peligros
posibles, desconocidos!
Se presiente todo esto si se vive en la playa, junto al mar, y ocasiona
no poca alegría cuando, cargado el aire de electricidad, se descubre á
lo lejos una tenue cinta de fuego. ¿Qué significa aquello? Lo hemos
visto en nuestra propia casa al contemplar algunos peces muertos, por
ejemplo los arenques. Empero vivos en grandes masas, y en las enormes
estelas viscosas que dejan tras de sí, aún es más luminoso. Ese brillo
no es de ningún modo privilegio de la muerte. ¿Acaso será efecto del
calor? No, existe en los dos polos, en los mares Antárticos y en los de
la Siberia así como en nuestros mares y en todos.