Varios tienen todas las apariencias de una individualidad precoz, no
permaneciendo mucho tiempo avasallados á la vida comunista y polípera do
se arrastran sus superiores inmediatos, los verdaderos pólipos. Muchos
de esos invisibles, de un salto se convierten en individuos, es decir,
en seres capaces de ir y correr de acá para allá solos, á su capricho,
libres ciudadanos del mundo que sólo depende de ellos en lo tocante á la
dirección de sus movimientos.
Cuanto puede imaginarse de locomociones diversas, de modos de andar en
el mundo superior, es igualado, sobrepujado de antemano por los
infusorios. El impetuoso torbellino de un astro poderoso, de un sol que
arrastra como á sus planetas cuantos seres débiles encuentra en su
carrera, el curso más irregular del cometa cabelludo que atraviesa ó que
dispersa mundos vagos á su paso, la graciosa ondulación de la esbelta
culebra que sigue el agua ó nada en tierra, la barca oscilante que sabe
virar á tiempo, decaer del rumbo para ir más lejos, en fin, el rastreo
lento y circunspecto de nuestros tardígrados, que se apoyan, se agarran
á cualquier cosa, todos esos diversos aires se observan entre los
imperceptibles. Mas ¡con qué maravillosa sencillez de medios! Los hay
que no siendo más que un hilo, para avanzar se disparan como un
tirabuzón elástico; otros se valen de su ondulante cola ó de sus
pequeñas cejas vibrantes á guisa de remo y gobernalle; las preciosas
vorticelas, cual jarrón de flores, se agarran juntas sobre una isla
(plantecica ó cangrejito), y luego se aislan descolgando su delicado
pedúnculo.
* * *
Lo que aún llama más la atención que los órganos de movimiento, es lo
que podríamos nombrar las expresiones, las actitudes, los signos
originales del humor y del carácter. Hay seres apáticos, otros muy
activos y fantásticos, otros agitados por la guerra, otros diligentes
sin causa aparente y poseídos de una vana agitación. En ocasiones, á
través de una masa de gentes tranquilas y pacíficas, un atolondrado,
sordo y ciego, lo echa todo á rodar.
¡Prodigiosa comedia! Parece como que están ensayando entre ellos el
drama que representará nuestro mundo, el noble y serio mundo de los
grandes animales visibles.
A la cabeza de los infusorios coloquemos con cierto respeto los
majestuosos gigantes, los dos jefes de orden, el alto tipo del
movimiento y el de la fuerza (lenta, pero temible) armada.
Tomad un poco de musgo de un tejado cualquiera, dejadlo algunos días en
agua, y observad después con un microscopio. Un poderoso animal, el
elefante, la ballena de los infusorios, muévese con un vigor y un garbo
de vida que no siempre tienen semejantes colosos. Respetémoslo. Es el
rey de los átomos, el rotífero, así nombrado porque en ambos lados de la
cabeza lleva dos ruedas, órganos de locomoción que lo asimilarían al
barco de vapor, ó tal vez armas de caza que lo ayudan á apoderarse de
los más débiles.
Todos huyen, cejan ante él, y uno solo resiste, no temiendo nada,
confiado en sus armas. Es éste un monstruo, empero provisto de sentidos
superiores, el cual tiene dos ojazos de púrpura. Poco movible y
verdadero tardígrado, en cambio ve y está armado, pues ostenta en sus
sólidas patas uñas muy pronunciadas, que le sirven para asirse en caso
de necesidad y sin duda también para pelear.
* * *
¡Poderoso preludio de la Naturaleza que, en esa economía de sustancia y
de materia, con nada comienza á crear tan majestuosamente! ¡Sublime
abertura! Estos (¿qué importa su tamaño?) tienen una potencia colosal de
absorción y de movimiento, que estarán muy lejos de poseer los enormes
seres clasificados mucho más alto en la serie animal.
La ostra pegada en su roca, la limaza que se arrastra sobre su abdomen,
son para el rotífero lo que yo sería al lado de los Alpes, de las
cordilleras; seres tan desproporcionados que no pueden medirse con la
vista, y apenas por el cálculo y la imaginación.
Sin embargo, ¿qué se han hecho entre esas montañas animales la presteza
y el ardor de vida que desplegaba el rotífero? ¡Qué caída la nuestra al
ascender la escala!... Mis átomos estaban llenos de vida, se movían
vertiginosamente, y esas bestias gigantescas están atacadas de
parálisis.
¿Qué sería si el rotífero pudiera concebir al ser colectivo donde
dormita un infinito, por ejemplo, la magnífica, la colosal esponja
estrellada que vemos en el Museo de París? Esta, por su magnitud, está á
igual nivel del rotífero que el hombre con el globo terráqueo, de nueve
mil leguas de ruedo. Y sin embargo, estoy convencidísimo que, lejos de
verse humillado por la comparación, el átomo rebosaría de orgullo
exclamando: «Soy grande.»
* * *
¡Ah!, ¡rotífero!, ¡rotífero! No conviene menospreciar nada.
Conozco muy bien tus ventajas y tu superioridad; mas, ¿sabemos acaso si
esa vida de cautiverio que te mueve á risa no es un progreso? Tu
descompasada y vertiginosa libertad, ¿es, por ventura, el término de las
cosas? Para tomar su punto de partida hacia más elevados destinos, la
Naturaleza prefiere experimentar un encanto inmovible, penetrando en el
obscuro sepulcro de ese triste comunismo en que cada elemento desempeña
un papel insignificante, y enseña á dominar la inquietud individual, á
concentrar la substancia en beneficio de las vidas superiores.
Dormita allí por algún tiempo, como la _Linda de la selva durmiente_;
empero, sueño ó cautiverio, sortilegio ó lo que fuere, semejante estado
no es la muerte. La áspera materia de la esponja vive rellena de sílice:
sin moverse, sin respirar, sin órganos de circulación, sin ningún
aparato de los sentidos, vive. ¿Cómo se sabe eso?
La esponja pare dos veces al año; tiene sus peculiares amoríos y con más
exuberancia que otros seres. En día dado unas esferillas se desprenden
de la madre esponja, armadas de débiles nadaderas que las procuran
algunos instantes de animación y de libertad. Una vez fijas,
conviértense en esponjitas delicadas, que irán aumentando paulatinamente
en tamaño.
Así, pues, en medio de la carencia aparente de sentidos y de organismo,
envuelto todo en misterioso enigma, en el dintel dudoso de la vida, la
generación la revela y nos descubre el preludio del mundo visible cuya
escala vamos á recorrer. Sólo se divisa la nada, y en esa nada ya
aparece la maternidad. Lo mismo que entre los dioses de Egipto (Isis y
Osiris) que engendran antes de nacer, aquí el Amor nace antes del ser.
IV
Flor de sangre.
En el eje del globo, en medio de las cálidas aguas de la Línea y en su
fondo volcánico, el mar superabunda de vida hasta el punto de no poder,
á lo que parece, equilibrar sus creaciones; y sobrepujando á la vida
vegetal, de buenas á primeras, sus alumbramientos producen la vida
animada.
Mas, esos animales se atavían con un extraño lujo botánico, con libreas
espléndidas de una flora excéntrica y lujuriosa. Divisáis hasta donde
alcanza la vista flores, plantas y arbustos; á lo menos, tales os
parecen por sus formas y colores. Y esas plantas se mueven, los arbustos
son irritables, las flores tiemblan con naciente sensibilidad, do va á
posarse la voluntad.
¡Oscilación encantadora, gracioso equívoco! Al límite de los dos reinos
y bajo esas flotantes apariencias tan fantásticas, el espíritu da
testimonio de sus primeros albores. Es el alba, la aurora matutina. Con
sus resplandecientes colores, sus nácares y esmaltes, señala el sueño
nocturno y la idea del día que aparece.
¡Idea! ¿Nos atreveremos á pronunciar esta palabra? No: es un sueño,
sueño no más, pero que poco á poco se esclarece como los ensueños
matutinos.
* * *
Al norte de Africa, ó más allá del Cabo, el vegetal que reinaba como
soberano en la zona templada ve surgir á su lado rivales animados que
también vegetan, florecen, le igualan y no tardan en sobrepujarle.
El grande encantamiento comienza, va en aumento siempre y adelantando
hacia el Ecuador.
Arbustos extraños, elegantes, las gorgonas, las isis, extienden su rico
abanico; el coral adquiere su color rojo bajo las olas.
Al lado de las brillantes praderas irisadas de todos colores comienzan
las plantas-piedra, las madréporas, cuyas ramas (¿diremos sus manos y
sus dedos?) florecen en helados copos rosados, parecidos á los de los
melocotones y manzanos. Por espacio de setecientas leguas antes de
llegar al Ecuador y por otras setecientas del lado de allá continúa la
mágica ilusión.
Hay seres inciertos, como por ejemplo las coralinas, que los tres reinos
se disputan. En sí encierran algo de animal, algo de mineral, y
últimamente acaban de ser clasificadas en la nomenclatura de los
vegetales. Tal vez sea el punto real en que la vida obscuramente
despierte del sueño de piedra, sin desprenderse aún de su rudo punto de
partida, como para advertirnos, á nosotros tan soberbios y que miramos
desde tan alto, la fraternidad ternaria, el derecho que el obscuro
mineral tiene á subir y animarse, y la aspiración profunda que existe en
el seno de la Naturaleza.
* * *
«Nuestras praderas, nuestros bosques--dice Darwin,--parecen desiertos y
vacíos si se comparan con los del mar.» Y en efecto, á cuantos han
recorrido los transparentes mares de las Indias, les ha llamado la
atención la fantasmagoría que ofrece su fondo, siendo sorprendente en
primer término por el extraño cambio que se opera en las plantas y los
animales en sus insignias naturales, en su apariencia. Las plantas
blandas y gelatinosas, con órganos redondos que no parecen ni tallos ni
hojas, afectando gordura, la dulzura de las curvas animales, diríase que
quieren engañar al que las mira y hacerse pasar por seres del reino
animal, mientras que los animales verdaderos parece como que se ingenian
para ser plantas y asemejarse á los vegetales, pues imitan todos los
caracteres del otro reino. Unos tienen la solidez, la casi eternidad del
árbol; otros se descogen y luego se marchitan, como las flores. Así,
pues, la anémona marina se abre cual pálida margarita rosada, ó como
áster granate adornado con ojos de azur; mas desde el momento que se ha
desprendido un hilito de su corola, ó sea una nueva anémona, veisla
disolverse y desaparecer.
Mucho más variable aún el proteo de las aguas, el alción, toma todo
género de formas y de colores, haciendo el papel de planta, de fruta;
despliégase en forma de abanico, se convierte en seto lleno de
matorrales ó en graciosa cestita. Mas, todo ésto es fugitivo, efímero,
de vida tan tímida que desaparece al menor movimiento, y nada queda: en
un instante ha vuelto todo al seno de la madre común. Hallaréis la
sensitiva en una de esas formas ligeras; la cornularia, al tacto se
repliega sobre sí misma, cierra su seno como la flor sensible al fresco
nocturno.
Cuando os asomáis al borde de los arrecifes, de los bancos de corales,
observáis el fondo del tapiz bajo el agua, verde de astreas y de
tubíporas, fungias amoldadas en bolas de nieve, meandrinas historiadas
en su laberintito y cuyos valles y colinas están indicados con los
colores más vivos. Los cariófilos (ó claveles) de terciopelo verde
matizado de naranjo al extremo de su ramo calizo, pescan los alimentos
meneando suavemente en el agua sus preciosas estambrillas de oro.
Encima de ese mundo de abajo, como para resguardarlo del sol, ondulando
cual sauces y bejucos, ó balanceándose como palmeras, las majestuosas
gorgonas de varios pies de alto, constituyen un bosque con los árboles
enanos del isis. De uno á otro árbol, la plumaria enreda su espiral muy
parecida á las tijeretas de las viñas y los hace corresponder entre sí
por medio de sus finos y ligeros ramajes, matizados de brillantes
reflejos.
Este espectáculo encanta, turba la imaginación: es un vértigo y como un
sueño. El hada de las aguas añade á esos colores un prisma de tintas
fugitivas, una movilidad sorprendente, una inconstancia caprichosa, la
vacilación, la duda.
¿He visto bien? No, no es eso... ¿era un ser ó un rellejo?... Sin
embargo, seres son, pues veo un mundo real que se aloja allí y se
divierte. Los moluscos viven confiados, arrastrando su nacarada concha;
los cangrejos tampoco desconfían, y corren y cazan. Peces extraños,
ventrudos y rechonchos, vestidos de oro y de cien colores distintos,
están paseando su pereza. Anélidos color de púrpura y violáceos,
serpentean y se agitan al lado de la delicada estrella (el ofiuro), que
bajo el influjo de los rayos solares, alarga, encoge, arrolla y
desarrolla sus elegantes brazos.
En medio de esa fantasmagoría y con más gravedad, la madrépora
arborescente ostenta sus no tan subidos colores. Su belleza consiste en
la forma.
Y la belleza de ese mundo está en el conjunto, en el noble aspecto de la
ciudad común: el individuo es modesto, mas la república impone. Aquí
tiene la fortaleza del áloe y el cactus; más allá es la cabeza del
ciervo, su espléndido atalaje; á mayor distancia la extensión de las
vigorosas ramas de un cedro que, después de tender horizontalmente sus
brazos, se dispone á empinarse más y más.
Esas formas, despojadas ahora de millares de flores vivas que las
animaban, las cubrían, tienen tal vez en su estado severo mayor
atractivo para el ánimo. Por lo que á mí toca, me complazco en
contemplar los árboles en invierno, cuando sus elegantes ramas desnudas
del lujo abrumador de las hojas, nos dicen lo que son por sí solos,
revelando delicadamente su escondida personalidad. Otro tanto sucede con
las madréporas. En su desnudez presente, convertidas de pinturas en
esculturas, más abstraídas, digámoslo así, parece que intentan
revelarnos el secreto de esos pueblecillos cuyo ornamento constituyen.
Varias de ellas, diríase que nos hablan por medio de extraños
caracteres: tienen enlaces, roleos complicados que visiblemente indican
algo. ¿Hay alguno que pueda interpretarlos? ¿Con qué palabras los
traduciríamos á nuestro idioma?
Presiéntese perfectamente que hoy aún existe una idea allí dentro. Uno
no puede desprenderse fácilmente de aquel sitio; y por más que se
abandone, allí se vuelve. Deletréase, se cree comprender; luego se os
escapa ese rayo de luz y os golpeáis la frente.
Los enjambres de abejas, con su fría geometría, no son, ni con mucho,
tan significativos. Estas constituyen un producto de la vida; mas,
aquello es la misma vida. La piedra no fué simplemente base y abrigo de
dicho pueblo, sino un pueblo anterior, la generación primitiva que,
suprimida paulatinamente por los jóvenes de encima ha tomado tal
consistencia. Luego, todo el pasado movimiento, el tinte de la ciudad
primitiva, están allí visibles y sorprendentes, con una verdad
flagrante, cual vivo detalle de Herculanum ó Pompeya. Empero aquí todo
se ha fabricado sin violencia ni la más pequeña catástrofe, por un
progreso natural; la más serena paz reina en dicho sitio, que tiene un
singular atractivo de dulzura.
El escultor admiraría las formas de un arte maravilloso que en un mismo
asunto ha sabido producir infinitas variantes, las cuales bastarían para
cambiar y renovar todas nuestras artes de adorno.
Pero otra cosa hay que considerar á más de la forma. Las ricas
arborescencias donde se descoge la actividad de esas tribus laboriosas,
los ingeniosos laberintos que parecen buscar un hilo, ese profundo juego
simbólico de vida vegetal y de toda vida, es el esfuerzo de una idea, de
la libertad cautiva, sus tímidos tanteos hacia la prometida luz,
relámpago encantador del alma joven comprometida en la vida común; pero
que, suavemente, sin violencia, con gracia, se emancipaba de ella.
Poseo dos de estos arbolillos, de especie análoga, y sin embargo
distinta. No hay vegetal que pueda comparárseles. Tiene el uno
inmaculada blancura, como el alabastro sin brillo, y en su amorosa
riqueza cada rama ostenta capullos, botones, florecitas, y jamás dice:
Basta. El otro, no tan blanco pero más tupido, en cada rama encierra un
mundo. Ambos son agradabilísimos por su semejanza y desemejanza, su
inocencia, su fraternidad. ¡Oh! ¡quién podrá revelarme el misterio del
alma infantil y encantadora que fabricó ese juguete de hadas! Vésela
circular aún esa alma libre y cautiva á la vez, mas con cautiverio
amoroso, y que sueña con la libertad sin quererla por entero.
* * *
Hasta ahora las artes no han sabido apoderarse de esas maravillas que
tanto las hubieran auxiliado. La magnífica estatua de la Naturaleza que
se eleva á la puerta del Jardín de Plantas, de París, debiera estar
rodeada de tales atributos. Aquella estatua había de figurar con el
cortejo triunfal que nunca la abandona, era preciso realzar con todos
sus dones el majestuoso trono do se sienta. Sus primeros seres, las
madréporas, dichosos de enterrarse en el suelo hubieran suministrado los
fundamentos, por medio de sus alabastrinos ramajes, sus meandros y sus
estrellas. Encima sus ondulosas hermanas, con sus cuerpos y sedosos
cabellos habrían constituido un blando lecho viviente para abrazar
cariñosamente á la divina Madre en medio de sus ensueños de eterno
alumbramiento.
La pintura no ha sido más hábil que la escultura en la utilización de
este asunto, puesto que pinta las flores animadas semejantes á las
flores terrestres, cuando sus colores son extraordinariamente distintos.
Los grabados al plomo que poseemos dan muy pobre idea de la cosa. Por
más que se diga, sus tintas chabacanas, pálidas, no retratan ni con
mucho la suavidad, la dulzura, la emoción de las flores del mar. Si se
emplearan los esmaltes, lo cual ensayó Palissy, el asunto saldría rudo y
glacial: admirables en la reproducción de los reptiles, de las escamas
de pescado, son demasiado lustrosos para imitar esas suaves y tiernas
criaturas que hasta de cutis carecen. Los pulmoncitos exteriores que
presentan los anélidos, los delgados filamentos nebulosos que lanzan al
viento ciertos pólipos, los móviles y sencillos cabellos que ondulan
sobre la medusa son objetos no sólo delicados sino conmovedores. Ofrecen
todos los matices, son finos y vagos, pero cálidos: es como un hálito
perceptible, y nuestros ojos atónitos ven en ellos el color del arco
iris. Para aquellos seres es algo muy serio, su propia sangre, su tenue
vida traducida en tintas, en reflejos, en resplandores cambiantes, que
se animan ó palidecen, aspiran, espiran... Tened cuidado. No ahoguéis la
almita flotante, muda, y que, á pesar de todo, os revela un mundo,
demostrándoos su íntimo misterio en sus palpitantes colores.
* * *
Los colores poco sobreviven, pues la mayor parte se disuelven y
desaparecen. Aun las mismas madréporas sólo dejan su base, que diríase
inorgánica, siendo no obstante la vida condensada, solidificada.
Las mujeres, que tienen ese sentido mucho más delicado que nosotros, no
se han engañado, presintiendo aunque confusamente que uno de dichos
árboles, el coral, era una cosa viva. De ahí la predilección que
demuestran por él. Y aunque la ciencia sostenga primero que sólo es una
piedra, luego un arbusto, el sexo bello ve en el coral algo más.
«Señora, ¿por qué prefiere usted á todas las piedras preciosas ese árbol
de un encarnado dudoso?--Caballero, dice á mi cara. El rubí hace
palidecer; éste, mate y no tan vivo, hace resaltar mejor la blancura.»
Y la señora tiene razón. Los dos objetos son parientes. En el coral, lo
mismo que en los labios y mejillas de la dama, el hierro da el color
(Vogel); encarnado el uno y el otro rosado.
«Pero señora, esas piedras brillantes son de una finura
incomparable.--Ciertamente, mas el coral es suave; tiene la suavidad
del cutis á la par que su color. A los dos minutos de llevarlo, paréceme
mi misma carne, mi propio ser.
»Señora, hay encarnados más bonitos.--Doctor, no me prive usted de éste,
pues le quiero. ¿Por qué? Lo ignoro... ¡Oh, sí! hay un motivo para
quererlo (y es éste tan bueno como otro cualquiera); dicho motivo es su
nombre oriental y verdadero: llámasele «Flor de sangre.»
V
Los fabricantes de mundos.
Nuestro Museo de Historia Natural, en su harto reducido recinto, es un
palacio de hadas, residiendo allí, al parecer, el genio de las
metamorfosis de Lamarck y de Geoffroy. En la sombría sala del piso bajo,
las silenciosas madréporas fundan el mundo, más vivo por momentos, que
se eleva encima de ellas. Más arriba, habiendo el pueblo de los mares
alcanzado su completa energía de organización en los animales
superiores, prepara las existencias terrestres. En la cúspide están los
mamíferos, sobre los cuales la tribu divina de los pájaros despliega sus
alas y parece que todavía canta.
La muchedumbre no hace caso de los primeros, pasando rápidamente por
delante de esos primogénitos del globo, su habitación es fría, húmeda:
los curiosos dirigen sus pasos hacia la luz, hacia el punto do brillan
tantos objetos. Nácar, alas de mariposa, plumas de aves, esto es lo que
la encanta. Yo, que me detengo más tiempo abajo, heme hallado con
frecuencia solo en la pequeña y obscura galería.
Me agrada esa cripta de la iglesia grande: allí presiento mejor el alma
sagrada, el espíritu presente de nuestros maestros, su enorme, su
sublime esfuerzo, á la par que la audacia inmortal de los viajeros
salidos de aquel sitio. Doquiera que estén sus huesos, ellos se ostentan
en el Museo reproducidos en valiosos tesoros, tesoros que pagaron con la
vida.
El otro día (1.º de octubre) me detuve más de lo regular en aquel sitio,
entreteniéndome á leer, no sin trabajo, los rótulos de algunas
madréporas. Una de ellas, colocada junto á la puerta, llevaba el nombre
de _Lamarck_.
Mi sangre toda afluyó al corazón, sintiendo como un impulso de religioso
respeto.
¡Gran nombre y ya viejo! Es lo mismo que si en las tumbas de Saint-Denis
se leyera el nombre de Clodoveo. La gloria de sus sucesores, su imperio,
sus discusiones, han obscurecido, hecho retroceder á aquél que se
adelantó á lo menos de un siglo á su época. Fué Lamarck, ese ciego
Homero del Museo, el que por el instinto del genio creó, organizó, dió
nombre á lo que todavía estaba envuelto en la obscuridad: la clase de
los _Invertebrados_.
¿Una clase? esto es, un mundo, el abismo de la vida blanda y
semiorganizada á la que aún falta la vértebra, la centralización
huesosa, el sostén esencial de la personalidad. Interesan tanto más esos
seres, cuanto que visiblemente por ellos empieza la vida. ¡Humildes
tribus, descuidadas hasta entonces! Reaumur colocó los cocodrilos entre
los insectos; el ilustre conde de Buffon no se dignó siquiera indagar
los nombres de aquel populacho ínfimo, dejándolos fuera del Versalles
olímpico que elevó á la Naturaleza. Y tuvieron que aguardar á Lamarck
para ser clasificados esos grandes pueblos obscuros, confusos; esos
desterrados de la ciencia, que, sin embargo, lo llenan todo y todo lo
han preparado. Precisamente se había prohibido la entrada á los
primogénitos. Era fácil tarea contar á los admitidos; y si se hubiese
tenido que juzgar por el número, dijérase que lo excluido, lo olvidado,
dejaba á la calle á la Naturaleza misma.
* * *
El genio de las metamorfosis, acababa de ser emancipado por la botánica
y por la química. Fué un atrevimiento, pero fecundo en resultados, el
desviar á Lamarck de la botánica, donde había pasado lo mejor de su vida
é imponerle la obligación de ocuparse de los animales. Aquel genio
ardiente y acostumbrado á obrar milagros para la transformación de las
plantas, lleno de fe en la unidad de la vida, sacó á los animales y al
animal grande (el globo) del estado de petrificación en que se hallaban,
restableciendo, de forma en forma la circulación del espíritu.
Semiciego, á tientas, tocó intrépidamente mil cosas á que los más
perspicaces no osaban aún acercarse. Siquiera él obraba instigado por el
ardor de la ciencia. Geoffroy, Cuvier y Blainville los encontraron
calientes y con vida. «Todo está vivo--decía aquél,--ó lo estuvo. Todo
es vida, presente ó pasado.» Grande esfuerzo revolucionario contra la
materia inerte, que conduciría hasta suprimir lo inorgánico. Nada
estaría completamente muerto. Lo que ha vivido puede dormir y conservar
la vida latente, una aptitud para revivir. ¿Quién está verdaderamente
muerto? Nadie.
Esta teoría ha dado un empuje extraordinario á las velas con que marcha
nuestro siglo: atrevida ó no, ella nos ha llevado adonde nunca
hubiéramos estado. Nos hemos puesto en demanda, preguntando á todas las
cosas, ya de historia ó de historia natural: «¿Quién eres?--Soy la
vida.»--La muerte ha ido de vencida bajo la mirada de las ciencias: el
espíritu siempre adelanta y hácela retroceder.
* * *