El agua de mar, hasta la más pura, tomada mar adentro y lejos de toda

mezcla, es ligeramente blanquizca y un poco viscosa. Si se la detiene

entre los dedos, _hace hebra_ y resbala con lentitud. Los análisis

químicos no explican ese carácter: existe en ella una substancia

orgánica que sólo se analiza destruyéndola, quitándole su especialidad,

y haciéndola volver violentamente al número de los elementos generales.

Las plantas, los animales marinos, están revestidos de esa substancia,

cuya mucosidad, consolidada á su alrededor, produce el efecto de

gelatina, unas veces inmóvil y otras temblorosa. Plantas y animales

aparecen á través como bajo una capa diáfana, y nada contribuye tanto á

las ilusiones fantásticas que nos produce el mundo de los mares. Sus

reflejos son singulares y á menudo extrañamente iríseos, por ejemplo,

sobre las escamas de los peces y sobre los moluscos, que al parecer

reciben por ese medio toda la ostentación de sus nacaradas conchas.

Es lo que más llama la atención del niño que por primera vez ve un

pescado. A mí me sucedió esto siendo muy pequeño, aunque recuerdo como

ahora la impresión que me produjo. Aquel ser brillante, resbaladizo, con

sus plateadas escamas, me causó sorpresa y entusiasmo difíciles de

explicar. Traté de agarrarlo, pero esto fué tan difícil para mí, como

retener el agua en mis manos. Parecióme idéntico al elemento do nadaba,

y me imaginé confusamente que no era otra cosa que agua, agua animal,

organizada.

Más tarde, ya hombre, no fué menor mi sorpresa al ver en una playa

cierto animal luminoso. A través de su cuerpo transparente, divisaba los

morrillos y la arena. Incoloro como el cristal, un poco consistente,

temblando al tocarlo, aparecióseme como á los antiguos y como al célebre

Reaumur, que llamaba sencillamente á esos seres agua _gelatinificada_.

Y la impresión es más fuerte todavía cuando se encuentran en estado de

formación primitiva las cintas color blanco amarillento que muellemente

bosqueja el mar y constituyen las ovas, las laminarias que, trocando su

color en pardusco, alcanzarán la solidez de las pieles. Mas, cuando

tiernas, al estado viscoso, elásticas, tienen á manera de la

consistencia de una ola solidificada, tanto más fuerte cuanto más blanda

es.

Lo que se sabe actualmente de la complicada generación y organización de

los seres inferiores, vegetales ó animales, nos veda la explicación dada

por los antiguos y por Reaumur. Pero todo esto no nos impide repetir la

pregunta que fué el primero en hacer Bory de Saint-Vincent: «¿Qué es el

_mucus_ del mar? ¿La viscosidad que presenta el agua en general? ¿No es

acaso el elemento universal de la vida?»

* * *

Preocupado con tales ideas, encaminéme en busca de un químico ilustre,

espíritu positivista y sólido, novador tan prudente como atrevido, y sin

preámbulos establecí _ex abrupto_ mi pregunta: «Caballero, ¿qué es, á

vuestro entender, ese elemento viscoso, blanquizco, que ofrece el agua

del mar?»

--La vida.

Luego volviendo á tocar el asunto para corroborar esta frase demasiado

sencilla y absoluta, añadió: «Quiero decir una materia semiorganizada y

ya perfectamente organizable. En ciertas aguas, no es más que una

densidad de infusorios, en otras lo que va á serlo, lo que puede

trocarse en ello. Por otra parte semejante estudio no se ha emprendido

aún, pues á nadie ha preocupado seriamente.» (17 de mayo de 1860).

Al salir de su casa fuí á la de un gran fisiólogo cuyas opiniones en la

materia no son menos valiosas á mis ojos. Le cuestionó sobre lo mismo, y

su respuesta fué larga y bellísima. Hela aquí en extracto: «Tan

ignorante se está de la constitución del agua como de la sangre. Lo que

con más claridad se entrevé relativamente al _mucus_ del agua del mar,

es que, á la vez, es el fin y el principio. ¿Resulta de los innumerables

residuos de la muerte que los cedería á la vida? Indudablemente que sí,

es una ley natural; mas, de hecho, en ese mundo marítimo de rápida

absorción, la mayor parte de los seres son absorbidos vivos; no se

arrastran en estado cadavérico como acontece en la tierra, donde son más

lentas las destrucciones. El mar es elemento purísimo; la guerra y la

muerte provéenlo y nada dejan en él de repugnante.

»Empero la vida, sin llegar á su disolución suprema, muda sin cesar,

trasuda de sí cuanto no la hace falta. Entre nosotros, animales

terrestres, la epidermis pierde incesantemente. Esas mudas, á que es

dado llamar la muerte cotidiana y parcial, llenan el mundo de los

mares, de una riqueza gelatinosa de que en el acto se aprovecha la vida

naciente, encontrando en suspensión la superabundancia oleosa de esa

trasudación común, las partículas todavía animadas, los líquidos

vivientes que no han tenido tiempo de perecer. Todo eso no vuelve á caer

en estado inorgánico, sino que entra rápidamente en los nuevos

organismos. De todas las hipótesis, ésta es la más verosímil; si se

rechaza, nos engolfamos en dificultades inmensas.»

* * *

Las opiniones que acaban de exponerse, debidas á los hombres de ideas

más avanzadas y más serios del día, no son inconciliables con las que

profesaba hará cosa de treinta años, Geoffroy Saint-Hilaire, sobre el

_mucus_ general, de donde parece que la Naturaleza extrae toda su vida.

«Es--dice aquel sabio,--la sustancia animalizable, el primer grado de

los cuerpos orgánicos. No hay seres, animales ó vegetales, que no la

absorban ó la produzcan en la primera época de la vida, por débiles que

sean, aumentando su abundancia más bien en razón de su debilidad.»

Esta última frase abre un conocimiento profundo sobre la vida del mar.

La mayor parte de sus hijos parecen fetos en estado gelatinoso, que

absorben y producen la materia mucosa, colmando las aguas, dándolas la

fecunda dulzura de una matriz infinita, donde sin cesar se presentan

nuevos recién nacidos, nadando cual en un lago de leche tibia.

* * *

Asistamos á la obra divina; tomemos una gota de agua de mar. Allí

veremos cómo comienza la primitiva creación. Dios no opera hoy de un

modo y mañana de otro. Mi gota de agua, no cabe duda, con sus

transformaciones me va á contar la historia del Universo. Esperemos, y á

observar.

¿Quién es capaz de prever, de adivinar la historia de esa gota de agua?

Planta-animal, animal-planta, ¿cuál debe salir primero?

Dicha gota ¿será el infusorio, la _mónade_ primitiva que agitando y

vibrando no tarda en convertirse en _vibrador_; el que, de escalón en

escalón, pólipo, coral ó perla, llegará, tal vez, en el transcurso de

diez mil años á la dignidad de insecto?

Lo que surgirá de esa gota ¿es acaso el hilo vegetal, el tenue y sedoso

plumión que nadie creería un ser, y no obstante es el primer cabello de

una joven diosa, cabello sensible, amoroso, llamado con tanta propiedad

_cabello de Venus_?

Lo que os estoy contando no pertenece al dominio de la fábula, no: es

historia natural lisa y pura. Ese cabello de dos clases (vegetal y

animal) en el que se condensa la gota de agua, puede titularse el

primogénito de la vida.

* * *

Mirad al fondo de un manantial: primero nada veis, y luego observáis

algunas gotas un poco turbias. Con un buen anteojo, lo turbio se

convierte en una nubécilla, ¿gelatinosa ó coposa? Vista al microscopio

el copo se vuelve múltiple, como un grupo de filamentos, de caballitos.

Se les considera mil veces más delgados que el más delgado cabello

femenino. He aquí la primera y tímida tentativa de la vida que quisiera

organizarse. Esas confervas, como se les llama, se encuentran

incesantemente en el agua dulce y en la salada cuando está inmóvil,

empezando por ellas la doble serie de plantas originarias del mar y de

las que adquirieron carta de naturaleza en la tierra cuando ésta

emergió. Fuera del agua críase la numerosísima familia de los hongos, y

dentro de las confervas, algas y otras plantas análogas.

Es el elemento primitivo, indispensable, de la vida, encontrándosele

donde parece imposible que pueda medrar. En las sombrías aguas marciales

cargadas y sobrecargadas de hierro, en las muy cálidas aguas termales,

encontraréis ese ligero _mucus_ y esas criaturillas que se asemejan á

gotas apenas desarrolladas, pero que oscilan y se mueven. No importa

cómo se las clasifique, ni que Candolle las honre con el nombre de

animales, y que Dujardin las relegue al último rango de los vegetales.

No tienen más misión que vivir, que empezar por su modesta existencia la

dilatada serie de seres que sólo ellos pueden producir. Esos

pequeñuelos, vivos ó muertos, les sustentan con su propio ser,

administrándoles desde abajo la gelatina de vida que sacan

incesantemente del agua materna.

* * *

No hay verosimilitud en indicar como muestra de la creación primitiva

fósiles ó piedras diluvianas de animales ó vegetales complicados:

animales (los trilobitos) que ya poseen sentidos superiores, por

ejemplo, ojos; vegetales gigantescos de poderosa organización. Es muy

probable que seres mucho más sencillos precedieron y prepararon

aquéllos, mas su muelle consistencia no ha dejado ningún vestigio. ¿Cómo

habrían podido resistir la acción de los tiempos tan débiles seres,

cuando las más duras conchas son trituradas ó disueltas? En el mar del

Sur se han visto peces de acerados dientes ramoneando el coral, lo mismo

que un carnero ramonea la hierba. Los blandos esbozos de la vida, las

gelatinas animadas, aunque sólidas apenas, se han fundido millones de

veces antes de que la Naturaleza pudiese fabricar su robusto trilobito,

su indestructible helecho.

Restituyamos á esos pequeñuelos (confervas, algas microscópicas, seres

flotantes entre dos reinos, átomos indecisos que se truecan por momentos

de vegetal en animal y de éste en aquél), restituyámosles su derecho de

primogenitura que, según parece, les corresponde.

Sobre ellos, y á su costa, comienza á elevarse la inmensa, la

maravillosa flora de los mares.

Y no me es dado en este punto ocultar la tierna simpatía que por ella

siento. Por tres motivos la bendigo.

Pequeñas ó grandes, esas plantas tienen tres caracteres simpáticos:

Primero su inocencia. Ni una sola produce la muerte. El mar no encierra

ningún veneno vegetal. En las plantas marinas todo es salud y

salubridad, bendición, de la vida.

Esas inocentes sólo quieren alimentar la animalidad. Algunas (por

ejemplo las laminarias), son dulces como el azúcar; otras, tienen un

amargor saludable (como el precioso ceramio purpúreo y violáceo, llamado

musgo de Córcega). Todas concentran un mucílago nutritivo, especialmente

varios fucos, el ceramio de las salanganas cuyos nidos se comen en la

China, la capilaria, esa providencia, de los pechos cansados. En todos

los casos en que hoy día se prescribe el yodo, antiguamente se daban en

Inglaterra confituras de fuco.

El tercer carácter que llama la atención en aquella vegetación, es su

amor inmenso. Dan ganas de creer que es el género más amoroso que existe

al ver sus extrañas metamorfosis de himeneo. El amor es el esfuerzo de

la vida para ser más allá de su ser y poder más que su potencia.

Obsérvase esto en las luciolas y otros animalillos que se exaltan hasta

producir llamas, y asimismo en las plantas tales como las conjugadas y

las algas, que en el momento sagrado salen de su vida vegetal usurpando

un rango superior y esforzándose por trocarse en animales.

* * *

¿Dónde empezaron tales maravillas? ¿Dónde se verificaron los primeros

esbozos de la animalidad? ¿Cuál debió ser el teatro primitivo de la

organización?

Antiguamente, esto dió margen á grandes controversias: empero hoy día

nótase cierto acuerdo sobre dicho asunto entre el mundo de los sabios

europeos.

Podría contestar valiéndome de infinidad de libros aceptados,

autorizados, mas, prefiero entresacar la respuesta de una Memoria

premiada recientemente por la Academia de Ciencias de París y por lo

tanto apoyada en su gran autoridad.

Encuéntranse seres vivientes en las aguas á una temperatura de ochenta á

noventa grados de calor: y cuando el globo enfriado bajó á esa

temperatura, entonces se hizo posible la vida. El agua había absorbido

en parte el elemento de muerte, el gas ácido carbónico. Se pudo

respirar.

Al principio, los mares se asemejaron á esas porciones del Océano

Pacífico cuya profundidad es escasa y que están sembradas de islotes

bajos; estos islotes son antiguos volcanes, cráteres extintos. Los

viajeros sólo los distinguen merced á los picos que salen de las aguas y

á los trabajos practicados por los pólipos. Empero el fondo entre esos

volcanes debe ser también volcánico, y durante los ensayos de la

creación primitiva sería un receptáculo de vida.

Por largo tiempo la tradición popular consideró á los volcanes como

_guardadores_ de los tesoros subterráneos y que de vez en cuando

desparraman el oro escondido en sus entrañas. Falsa poesía con sus

puntas de verdad. Las regiones volcánicas encierran en sí los tesoros

del globo, y poderosas virtudes de fecundidad. Ellas fueron las que

dotaron á la tierra estéril, pues debió brotar la vida del polvo de sus

lavas, de sus cenizas siempre calientes.

Conocida es la riqueza de los bordes del Vesubio, de los valles del Etna

en las dilatadas raíces que empuja hacia el mar; conocido es también el

paraíso que forma bajo el Himalaya el precioso circo volcánico del valle

de Cachemira, y otro tanto sucede á cada paso en las islas del mar del

Sur.

En circunstancias las menos favorables, la vecindad de los volcanes y

las cálidas corrientes que les son anejas continúan la vida animal en

los sitios más desolados. Bajo la horrible devastación del polo

antártico, no lejos del volcán Erebus, James Ross encontró corales vivos

á mil brazas bajo el mar helado.

* * *

En la primitiva edad del mundo los numerosos volcanes de que está

sembrado tenían una acción submarina mucho más poderosa que ahora. Sus

fisuras, sus valles intermedios, permitieron al _mucus_ marítimo

acumularse por capas, electrizarse de las corrientes. Sin duda que allí

se asió la gelatina, fijóse, se afirmó, inquietóse y fermentó con toda

su vigorosa potencia.

La levadura fué el atractivo de la substancia en provecho propio.

Elementos creadores nativamente disueltos en el mar, formaron

combinaciones, matrimonios iba á decir, apareciendo vidas elementales

para evaporarse y morir. Otras, enriquecidas con sus despojos, duraron;

seres preparatorios, lentos y pacientes creadores que, desde aquel

momento, comenzaron bajo el agua la obra eterna de fabricación y la

prosiguen á nuestra vista.

El mar, que á todos los sustentaba, distribuía á cada cual lo que mejor

le convenía. Descomponiéndolo cada uno á su manera, en provecho propio,

los unos (pólipos, madréporas, conchas) absorbieron el calizo; otros

(los infusorios del trípoli, las colas de caballo rugosas, etc.)

concentraron el sílice. Sus despojos, sus construcciones, revistieron la

sombría desnudez de las rocas vírgenes, hijas del fuego, que arrancaran

del núcleo planetario lanzándolas ardientes y estériles.

Cuarzo, basaltos y pórfidos, guijarros semi-petrificados, todo recibió

de esas criaturillas una corteza menos inhumana, elementos suaves y

fecundos que extraían de la leche materna (llamo leche al _mucus_

marítimo), que elaboraban y depositaban, haciendo habitable la tierra.

En esos medios más favorables pudo realizarse el mejoramiento, la

ascensión de las especies primitivas.

Estos trabajos debieron practicarse primitivamente en las islas

volcánicas, en el fondo de sus archipiélagos, en esos meandros sinuosos,

esos apacibles laberintos donde las olas sólo penetran discretamente;

tibias cunas para los recién nacidos.

Mas, la flor escogida florece con plenitud en las profundas hondonadas

de los golfos índicos. Aquí, el mar fué un gran artista, pues dió á la

tierra las adoradas y benditas formas donde se complace en crear el

amor. Por medio de sus asiduas caricias, redondeando la playa, dióle los

contornos maternos, la ternura visible del seno de la mujer (iba á

decir), lo que tanto place al niño, abrigo, calor y descanso.

III

El átomo.

Cierto día, un pescador me regaló el fondo de su red, es decir, tres

seres casi moribundos, un esquino, una estrella de mar y otra estrella,

un lindo ofiuro, que todavía se agitaba y no tardó en perder sus brazos

delicados. Púselos en agua de mar, y los descuidé por espacio de dos

días, ocupado en otras tareas. Cuando me acordé de ellos, sólo hallé

tres cadáveres. Aquello estaba desconocido: habíase renovado la escena.

Una película espesa y gelatinosa se había formado á la superficie. Tomé

un átomo de ella en la punta de una aguja, y el átomo, visto al

microscopio, me ofreció lo siguiente:

Un torbellino de animales, cortos y sólidos, rechonchos, ardientes

(_cólpodos_), que se movían de acá para allá, ebrios de vida,

arrebatados de haber nacido (permítaseme la expresión), celebrando su

natalicio con una extraña bacanal.

En segunda fila hormigueaban unas culebrillas muy diminutas ó anguilas

microscópicas que más bien vibraban que nadaban para ir hacia adelante

(se las nombra _vibradores_).

Fatigada de tanto movimiento, la vista, sin embargo, no tardó en notar

que en aquella escena no todo se movía. Había vibradores tiesos aún que

no vibraban: habíalos entrelazados, agrupados en racimos, en enjambres,

que no se habían desprendido y aparentaban aguardar el momento de la

libertad.

Entre aquella fermentación viva de seres inmóviles aún, se arrojaba,

_rabiaba_, talaba, la desordenada traílla de los grandes rechonchos (los

_cólpodos_), que parecía hacer pasto de ellos, regalarse, engordar y

vivir allí á sus anchas.

Observaréis que ese espectáculo tenía por teatro la arena de un átomo

recogido en la punta de una aguja. ¿Qué de escenas parecidas hubiese

ofrecido el Océano gelatinoso que con tanta prontitud se formó sobre el

fango! El tiempo había sido aprovechado maravillosamente. Los moribundos

ó muertos, al escapárseles la vida habían creado todo un mundo. En

cambio de tres animales perdidos, ahora era dueño de millones de ellos,

y éstos ¡tan jóvenes y vivaces, animados de movimientos tan violentos,

tan absorbentes, rabiosos por vivir!

* * *

Ese mundo infinito, de tal suerte mezclado al nuestro, que por doquiera

nos rodea y está siempre con nosotros, era casi desconocido hasta hace

poco. Swammerdam y otros, que anteriormente lo habían entrevisto, fueron

detenidos en sus primeros pasos. Mucho más tarde, en 1830, el mágico

Ehrenberg lo evocó, lo reveló y clasificó, estudiando la forma de esos

invisibles, su organismo, sus costumbres, y viólos absorber, digerir,

navegar, cazar, combatir. Su generación le pareció obscura. ¿Cuáles son

sus amores? ¿Acaso aman? En seres tan elementales ¿hace el gasto la

Naturaleza de una generación complicada? ¿O bien nacen espontáneamente

como tal ó cual moho vegetal? El vulgo dice: «como los hongos.»

Cuestión árida que hace sonreir y menear la cabeza á más de un sabio.

¡Se está tan seguro de tener entre manos el misterio del mundo, de haber

fijado invariablemente las leyes de la vida! A la Naturaleza toca

obedecer. Cuando, hace cien años, se hizo observar á Reaumur que la

hembra del gusano de seda podía producir sin auxilio del macho, lo negó,

contestando: «La nada, nada produce.» El hecho, constantemente negado y

probado de continuo, acaba de serlo fijamente y queda admitido, no tan

sólo para el gusano de seda, sino para la abeja y para cierta mariposa,

y aun para otros animales.

* * *

En todo tiempo y en cualquiera nación, lo mismo entre las personas

ilustradas que entre el vulgo de las gentes, se decía: «La muerte da la

vida.» Suponíase en particular que la vida de los imperceptibles surgía

inmediatamente de los despojos que le lega la muerte. El mismo Harvey,

que fué el primero en formular la ley de generación, no se atrevió á

desmentir tan arraigada creencia. Al decir: Todo procede del huevo,

añadió: _ó de los disueltos elementos de la vida precedente_.

Esta es precisamente la teoría que acaba de renacer con tal resplandor,

merced á los experimentos de M. Pouchet, quien establece que de los

despojos de infusorios y otros seres se crea la escarcha fecunda, la

«membrana prolífica,» de la que nacen, no nuevos seres, sino los

gérmenes, los óvulos de donde podrán nacer después.

Estamos en la época de los milagros, es preciso convenir en ello; mas,

éste no tiene nada de sorprendente.

En otro tiempo habríanse reído á las barbas del que hubiera pretendido

que animales indóciles á las leyes establecidas, se permitan respirar

por la patita. Los bellos trabajos de Milne Edwards han derramado luz

sobre este asunto. Dícese que asimismo Cuvier y Blainville habían notado

que otros seres que carecen de órganos regulares de circulación, los

suplían por medio de los intestinos; mas, esos grandes naturalistas

encontraron tan enorme el caso, que no se atrevieron á divulgarlo. Hoy

ha pasado al dominio de cosa juzgada por el mismo Milne Edwards, M. de

Quatrefages, etc.

* * *

Sea cual fuere la opinión que se tenga formada de su nacimiento, lo

cierto es que después de nacidos nuestros átomos ofrecen un mundo

infinito y admirablemente variado. Todas las formas de vida están

representadas en ellos honrosamente. Dado caso que se conozcan entre sí,

opinarán que componen una armonía completa á la que muy poco hay que

envidiar.

Y no son especies dispersas, creadas aparte: constituyen visiblemente un

reino donde los géneros diversos han organizado una gran división del

trabajo vital. Tienen seres colectivos como nuestros pólipos y nuestros

corales, pegados aún, sufriendo las sujeciones de una vida común; tienen

también pequeños moluscos que ya se visten con lindas conchas; tienen

peces ágiles y bullidores insectos, arrogantes crustáceos, miniatura de

los futuros cangrejos, como ellos armados hasta los dientes, aguerridos

átomos que se dedican á la caza de los átomos inofensivos.

Todo esto en medio de una riqueza enorme y excesiva que humilla la

pobreza del mundo visible. Sin hablar de los rizópodos que con sus

capitas han ayudado á la constitución de los Apeninos, sobrealzado las

cordilleras; sólo los foraminíferos, esa numerosa tribu de átomos

conchíferos, cuenta hasta dos mil especies (Carlos d'Orbigny). Los hay

contemporáneos de todas las edades de la tierra, presentándose siempre á

diversas profundidades en las treinta crisis que ha experimentado el

universo mundo, variando un tanto las formas, pero persistiendo como

género, y quedando cual testimonios idénticos de la vida del planeta. Al

presente, la fría corriente del polo austral, que la punta de América

divide entre sus dos grandes playas, envía imparcialmente cuarenta

especies hacia la Plata y otras cuarenta, hacia Chile. Empero, la, gran

manufactura que los crea y organiza parece ser el cálido río del mar que

se desprende de las Antillas. Las corrientes del Norte los matan,

arrastrándolos muertos el gran torrente paterno con dirección á

Terranova y á nuestro Océano, cuyo fondo constituyen.

* * *

Cuando el ilustre padre de los átomos (es decir, su padrino), Ehrenberg,

los bautizó, los patrocinó, introduciéndolos en la ciencia, fué acusado

de debilidad hacia ellos, y se dijo que daba demasiada importancia á

esos pequeñuelos. Ehrenberg los encontraba complicados, de una

organización muy elevada, llegando á tal punto su liberalidad hacia los

mismos, que les concedió ciento veinte estómagos á cada uno. El mundo

visible se sulfuró, y, por una reacción violenta, Dujardin los redujo á

la última expresión de sencillez. Según él, esos pretendidos órganos

sólo lo son en la apariencia. No pudiendo negar, sin embargo, su fuerza

de absorción, les concede el don de improvisar á cada momento, estómagos

al caso, y del grandor de las partículas que quieren tragarse. Esta

opinión no ha logrado cautivar á M. Pouchet, quien se inclina por la de

Ehrenberg.

* * *

El Mar · 第 5 / 20 段