Impetuosa es la Mancha con su estrecho do se sumerge el flujo del Océano

del Norte; áspero es el mar bretón con los violentos remolinos de sus

cortaduras basálticas; mas, el golfo de Gascuña, desde Cordouan á

Biarritz, es un mar de contradicciones, un enigma de combates. En

dirección al Mediodía se vuelve de repente extraordinariamente profundo,

un abismo donde el agua se cuela. Un ingenioso naturalista lo compara á

un gigantesco embudo que absorbiese bruscamente. La ola, escapándose de

allí bajo espantosa presión, se eleva á alturas de que no hay otro

ejemplo en nuestros mares.

La marejada del Noroeste es el motor de la máquina, y si es un tanto más

Norte empuja hacia el fondo del golfo, va á aplastar San Juan de Luz.

Más Oeste, hace regolfar el Gironde y encasqueta sus horribles olas al

infortunado Cordouan.

No se conoce bastante á ese respetable personaje, á ese mártir de los

mares; y creo que de todos los faros de Europa es el más viejo. Uno solo

puede disputarle su antigüedad, la célebre linterna de Génova; mas la

diferencia es grande. Esta, que corona un fuerte, asentada

tranquilamente sobre una roca excelente y muy sólida, puede reirse de

las tormentas. Cordouan se encuentra sobre un escollo rodeado

continuamente de agua. En verdad que fué mucha audacia edificar sobre la

misma onda, ¿qué digo? sobre la violenta onda, en medio del eterno

combate de un río y un mar semejantes.

Estos, le prodigan á cada momento ó sendos latigazos ó pesados bofetones

que truenan sobre él como un cañonazo. Aquello es un eterno asalto. El

mismo Gironde, empujado por las brisas terrestres, por los torrentes de

los Pirineos, combate por momentos á ese portero del paso, como si fuera

responsable de los obstáculos que le opone el Océano.

Y, sin embargo, ese faro es la única luz que resplandece en aquel mar:

todo el que se desvíe de Cordouan empujado por el viento Norte, corre

peligro; también es fácil se aparte de Arcachón. Ese mar es tan terrible

como tenebroso; de noche, no se divisa una sola señal que guíe al

navegante, ni hay un solo punto de abrigo.

Durante los seis meses que permanecí en aquellas playas, mi

contemplación ordinaria, mejor diré, mi sociedad habitual, era Cordouan.

Perfectamente comprendía que su posición de guardián de los mares, de

vigilante constante del estrecho, constituían aquella mole en una

especie de personaje. De pie sobre el vasto horizonte de Poniente, se

ofrecía á mis ojos bajo cien aspectos distintos. A veces, en una zona de

gloria triunfaba el sol; en otras ocasiones, pálido y apenas visible,

flotaba entre la niebla presagiando desdichas; y al tender su negro

manto la noche, cuando aparecía bruscamente su luz roja y lanzaba sus

miradas de fuego, parecía un inspector celoso que vigilaba las aguas,

penetrado é inquieto de su responsabilidad. No importa lo que en el mar

sucediese, él siempre era el culpado: alumbrando la tormenta, solía

arrancar alguna víctima de sus brazos, y no obstante él tenía la culpa

de la furia de los elementos. Así es cómo la ignorancia acostumbra á

tratar al genio, acusándole de los males que descubre. Me acuso en este

sitio de haberle tratado yo mismo con injusticia. Si no se encendía á la

hora acostumbrada, si sobrevenía el mal tiempo, le acusaba, le

reprendía. «¡Ah! ¡Cordouan! ¡Cordouan! ¿No puedes traernos, blanco

fantasma, más que huracanes?»

* * *

Y, sin embargo, creo que debimos á él, en la tempestad de octubre, la

salvación de nuestros treinta hombres. La embarcación se hizo trizas,

mas se salvaron los que la tripulaban.

Gran cosa es ver do se naufraga, irse á pique en plena luz, con

conocimiento del sitio, de las circunstancias y de los recursos de que

se puede echar mano. «¡Dios todopoderoso! ¡Si es nuestro destino

perecer, que á lo menos perezcamos de día!»

Cuando la embarcación, arrastrada desde alta mar por el furioso oleaje,

llegó de noche cerca de las costas, había mil probabilidades contra una

de no entrar en Gironde. A la derecha, la luminosa punta de Grave le

advertía que evitase el Medoc; á la izquierda, el pequeño faro de

Saint-Palais le mostraba la peligrosa roca de la Grand'Caute del lado de

la Saintonge. Entre esos fuegos blancos y fijos, se destacaba sobre el

escollo central la claridad rojiza de Cordouan que, cada minuto, indica

el paso.

Por un esfuerzo desesperado logró pasar la embarcación, pero fué todo.

El viento, las olas, la corriente, la asaltaron en Saint-Palais: la

benéfica trinidad de los tres fuegos reflejaba en aquel sitio. Los

treinta vieron do estaban, que iban á encallar en la arena y que tal vez

podrían salvar sus vidas si abandonaban á tiempo el frágil leño. Puesto

en práctica su pensamiento, confiáronse á la tormenta, al furor del

viento; y, efectivamente, los trató éste como á esas olas que arrastra

hacia la tierra sin permitirlas retroceder. Topándose unos con otros,

magullados, fueron arrojados no sé dónde, pero es lo cierto que salieron

del peligro con vida.

* * *

¿Quién es capaz de contar el número de hombres y de barcos que salvan

los faros? Vista la luz en esas horribles noches de confusión en que los

más animosos se turban, no sólo indica el camino, sino que presta valor,

impidiendo al ánimo extraviarse. Es un gran apoyo moral decirse en el

trance supremo: «¡Persiste! ¡un esfuerzo más!... Si el viento y el mar

son tus contrarios, no estás solo, la Humanidad vela por ti.»

Los antiguos, que seguían las costas y las tenían á la vista

incesantemente, necesitaban más que nosotros alumbrarlas. Dícese que los

etruscos fueron los que empezaron á entretener los fuegos nocturnos

sobre las piedras sagradas. El faro era un altar, un templo; una

columna, una torre. Los celtas también fabricaron, existiendo todavía

importantes _dolmens_ precisamente en los puntos favorables de donde

pueden divisarse mejor los fuegos. El Imperio Romano había iluminado,

de promontorio en promontorio, todo el Mediterráneo.

El gran terror de los piratas del Norte, la vida temblorosa de la

sombría Edad Media, apagan todo eso, cuidándose de auxiliar los

desembarcos. El mar hase convertido en objeto de terror: todo barco es

un enemigo, y si se estrella, una presa. El pillaje del náufrago

constituye una de las rentas del señor: es el noble _derecho de

fractura_. Conocido es el Conde de León enriquecido por su escollo,

«piedra preciosa--decía,--más que cuantas causan la admiración del vulgo

en las coronas de los reyes.»

En los tiempos modernos, si bien inocentemente, los pescadores han

causado no pocos naufragios encendiendo hogueras en la playa que se

veían desde el mar; y aun los mismos faros han ocasionado alguna

catástrofe cuando se han confundido entre sí. Una luz tomada por otra

inmediata, á veces dió motivo á terribles equivocaciones.

Después de sus grandes guerras, la Francia tomó la iniciativa del nuevo

arte de luces y de su aplicación en beneficio del género humano. Armada

con el rayo de Fresnel (una lámpara de la potencia de cuatro mil y que

se distingue á doce leguas de distancia), erigió una cintura de esas

poderosas llamas que entrecruzan sus luces y se penetran unas á otras.

Así desaparecieron las tinieblas de la faz de nuestros mares.

Para el marino que se guía por las constelaciones, este invento fué como

un nuevo cielo que se le ofreció, creando á la vez los planetas,

estrellas fijas y satélites, y dando á esos astros de invención, los

matices y caracteres diversos de los de arriba. Asimismo varió el color,

la duración, la intensidad de su centelleo. A los unos, dió la luz

tranquila que basta para las noches serenas; á los otros, una luz

movible giratoria, una mirada de fuego que atraviesa los cuatro lados

del horizonte: éstos, como los misteriosos animales que alumbran el mar,

tienen la viviente palpitación de una llama que relumbra y palidece, que

brota y muere. En las sombrías noches de tormenta, se conmueven, parecen

tomar parte en las convulsiones del Océano, y, sin sorprenderse,

devuelven fuego por fuego á los resplandores celestes.

* * *

Es preciso recordar que en aquella época (1826), y hasta 1830, todo el

mar estaba en tinieblas. Contados eran los faros en Europa; en Africa

sólo existía el del Cabo; en Asia había tres: los de Bombay, Calcuta y

Madrás, y ni uno solo en el espacio inmenso de la América del Sur. Desde

entonces acá, todas las naciones han seguido imitando á la Francia. Poco

á poco se hace la luz.

Quisiera llevar á cabo con el lector en una sola noche, y sin movernos

de este sitio, la circunnavegación de nuestro Océano, entre Dunkerque y

Biarritz, y la revista de los grandes faros. Empero sería esto tarea muy

larga.

Calais hace señales hospitalarias á la Inglaterra, á la muchedumbre que

pasa por aquel país, con sus cuatro faros de colores diversos, que deben

verse desde el mismo Douvres. El magnífico golfo del Sena, entre la Hève

y Barfleur, alumbrado por faros amigos, abre el Havre á la América,

recibiéndola directamente en el hogar, en el corazón de la Francia.

El mismo Sena se adelanta hacia el mar para recoger las embarcaciones,

iluminando con gran esmero todas las puntas de la Bretaña. En la

vanguardia de Brest, en Saint-Mattbieu, en Penmark, en la isla de Sen,

se ostentan luces distintas que resplandecen por minutos y aun por

segundos, gritando al navegante: «¡Atención! Observa esa roca... Huye de

ese escollo... Vira hacia aquí... ¡Perfectamente!... ya estás en el

puerto.»

* * *

Notad que todas esas torres levantadas en sitios peligrosos, edificadas

á menudo sobre las rompientes y en medio de las tempestades, establecían

al arte el problema de la absoluta solidez. Muchos faros se levantan á

alturas inmensas. La tan decantada arquitectura de la Edad Media no se

aventuraba á edificar tan alto si no daba al edificio apoyos exteriores,

contrafuertes, botareles, y hacia la cima de las torres ya no se fiaba

de la piedra, sino que recurría al auxilio no muy artístico de los

grapones de hierro que enlazaban entre sí las piedras, como puede verse

todavía en la aguja de la catedral de Strasburgo. Nuestros arquitectos

desprecian tales medios. El faro de los Héaux, construido últimamente

por M. Reynaud sobre el peligroso escollo de las Espadas de Tréguier,

tiene la sencillez sublime de una gigantesca planta marina. Poco se cura

de los contrafuertes: hunde en la roca viva sus cimientos tallados al

cincel, y sobre una base de sesenta pies de anchura, se yergue su

columna de veinticuatro pies de diámetro. Sus anchas piedras de granito

están embutidas la una en la otra; además, en la parte inferior, las

hiladas se encuentran unidas por medio de dados (también de granito) que

penetran á la vez en otras piedras superpuestas. Toda la obra está tan

bien ajustada que el cimiento fué cosa superflua. De abajo arriba,

mordiendo cada piedra á su inmediata, según se ha dicho, el faro

constituye una sola mole, más compacta que la roca sobre que se

asienta. La ola no sabe qué lado atacar: azota, rabia, pero resbala.

Todo lo que consigue ganar con sus prolongados truenos es que el faro

oscile y se incline un tanto. Empero no hay que alarmarse por esto; la

misma ondulación presentan las más antiguas y sólidas torres.

* * *

Así, pues, en lugar de los tristes bastiones que antiguamente amenazaban

al mar, como los que todavía he visto en la costa de Berbería, la

civilización moderna edifica las torres de la paz, de la hospitalidad

benévola. Preciosos y nobles monumentos, á veces sublimes á los ojos del

arte y que siempre conmueven el ánimo. Sus luces de colores distintos,

donde se representan el oro, la plata de las estrellas, ofrecen el

seguro firmamento que una providencia humana ha organizado sobre la

tierra. Cuando están velados todos los astros, es dado al marino

contemplar éstos y recobrar el perdido ánimo, reconociendo en ellos su

estrella, la estrella de la Fraternidad universal.

* * *

¡Cuánto agrada sentarse junto á uno de esos faros, bajo esas luces

amigas, verdadero hogar de la vida marítima! El más moderno de entre

ellos es ya venerable por las preciosas vidas que ha salvado. Su vista

produce más de un recuerdo; rodéalo la tradición y es objeto de sabrosas

leyendas, pero leyendas verdad. Dos generaciones bastan para que un faro

tome carta de antigüedad y se convierta en sagrada su memoria.

Frecuentemente dirá la madre á la joven: «Este salvó á tu abuelo, y sin

él no hubieras venido al mundo.»

¡Cuántas visitas le hace la intranquila esposa que aguarda la vuelta de

su marido! Al anochecer, y también á media noche, la hallaréis allí

sentada, aguardando y pidiendo que la bienhechora luz que brilla en lo

alto traiga al ausente, lo conduzca á puerto con seguridad.

Con justicia, los antiguos honraban el altar de los dioses salvadores

del hombre en sus piedras sagradas. Para el corazón atribulado que

tiembla y espera, los tiempos no han variado, y en medio de la

obscuridad de la noche, la que llora y ruega ve en el faro el altar y el

mismo Dios.

LIBRO SEGUNDO

GÉNESIS DEL MAR

I

Fecundidad.

La velada de San Juan (del 24 al 25 de junio), cinco minutos después de

haber dado la media noche ábrese la gran pesca del arenque en los mares

del Norte. Luces fosforescentes ondulan ó bailan sobre las ondas; «son

los _relámpagos_ del arenque,» la señal consagrada que parte de todas

las embarcaciones. Acaba de subir un mundo de seres vivientes de las

profundidades á la superficie, siguiendo el atractivo del calor, del

deseo y de la luz. La que produce la luna pálida y suave, agrada á la

gente tímida, siendo el fanal que al parecer les alienta para su gran

festín amoroso. Y van subiendo, subiendo todos juntos, sin que uno solo

se quede atrás. La sociabilidad es la ley de esa raza; siempre se

presentan en masa. Reunidos viven envueltos en las tenebrosas

profundidades; juntos acuden en la primavera á participar de la alegría

universal, á ver la luz del día, á gozar y morir. Apretados,

comprimidos, jamás se encuentran bastante cerca los unos de los otros,

navegando en bancos compactos. «Es lo mismo (decían los flamencos), que

si nuestras dunas comenzaran á bogar.» Entre Escocia, Holanda y Noruega

parece que ha surgido una inmensa isla y que un continente esté pronto á

emerger. Destácase un brazo al Este que se mete por el Sund, obstruyendo

la entrada del Báltico. En ciertos pasos estrechos, el remo no puede

abrirse paso; el mar constituye una masa sólida. Millones y más

millones, ¿quién sería osado á contar el número de esas legiones? Dícese

que en una ocasión, cerca del Havre, halló un pescador en sus redes

ochocientos mil arenques, y en un puerto de Escocia se pescaron once mil

barriles en una sola noche.

Surgen como un elemento ciego y fatal, sin que los desanime la

destrucción. Hombres y peces son sus contrarios; nada les inquieta y

bogan sin cesar. Esto no debe sorprendernos, puesto que mientras navegan

se aman, y cuanto más mueren, más producen y se multiplican sin detener

su marcha. Las columnas compactas, profundas, en la electricidad común,

flotan entregadas únicamente á la grande obra de la procreación. El todo

va impulsado por las olas y por la ola eléctrica. Escoged entre la masa

al acaso y encontraréis los fecundos, otros que lo fueron, y otros

deseosos de serlo. En medio de ese mundo que desconoce la unión fija, el

placer es una aventura, el amor un viaje. Sobre la ruta que recorren

siembran torrentes de fecundidad.

A dos ó tres brazas de profundidad desaparece el agua bajo la increíble

abundancia del flujo materno do nadan las huevas del arenque. Cuando el

sol empieza á extender sus dorados rayos sobre la tierra, es curioso

ver, hasta donde alcanza la vista, por espacio de muchas leguas, el mar

blanco del germen de los machos.

Macizas, grasientas y viscosas ondas, donde la vida fermenta en la

levadura de la vida. Por centenares de leguas, en longitud y latitud,

parece aquello un volcán de leche, y de leche fecunda que ha hecho

erupción y ahogado al mar.

* * *

Lleno de vida á la superficie, el mar veríase obstruido si esa increíble

potencia de producción no fuese violentamente combatida por la áspera

liga de todas las destrucciones. Basta reflexionar que cada arenque

lleva en sí cuarenta, cincuenta, hasta setenta mil huevas. Si la muerte

violenta no acudía á remediarlo, multiplicándose por término medio cada

arenque en cincuenta mil, y cada uno de éstos en otros tantos, en

algunas generaciones lograrían llenar, solidificar el Océano, ó

putrificarlo, suprimiendo todas las castas y convirtiendo en desierto al

Universo. La vida reclama aquí imperiosamente la asistencia, el

indispensable auxilio de su hermana la muerte. Ambas se combaten y

entregan á una lucha inmensa que es armonía y la salvación del género

humano.

En la gran cacería universal contra la raza maldita, los ojeadores, los

encargados de impedir que la masa se disperse, los que la empujan hacia

la playa, son los gigantes del mar. Las ballenas y cetáceos no desdeñan

semejante presa; persíguenla, se introducen en los bancos; con sus

bocazas absorben por toneladas el enjambre infinito que sin disminuir

por eso huye en dirección de las costas. Allí se opera otro género de

destrucción mayor todavía. Primero, los pequeños entre los pequeños, los

pececillos microscópicos se tragan la freza y huevas del arenque,

hartándose de germen, comiéndose el futuro; en cuanto al presenté, es

decir, el arenque acabado de nacer, ha producido la Naturaleza un género

glotón que, con sus ojos separados, ve y come mejor, género todo

estómago, la golosa tribu de los _gades_ (pescadilla, abadejo, etc.). La

pescadilla se llena, se harta de arenques y engorda; otro tanto sucede

con el abadejo. De manera que el peligro de los mares, el exceso de

fecundidad vuelve á presentarse más terrible aún. ¡El abadejo! Este sí

que es más fecundo que el arenque: ¡llega á tener nueve millones de

huevas! Un abadejo de cincuenta libras tiene catorce de huevas, ¡la

tercera parte de su peso! Añadid que á esos animalitos, de tan temible

maternidad, la época del celo les dura nueve meses en el año. El bacalao

llegaría á poner en peligro al Universo. ¡A ellos, pues! Lancemos buques

al mar, equipemos flotas. Sólo Inglaterra envía á su exterminio veinte ó

treinta mil marineros. ¿Y cuántos envía la América, y la Francia, y la

Holanda, y el mundo entero? El abadejo por sí solo ha creado colonias,

fundado factorías y ciudades. Su preparación es un arte, y ese arte

posee una lengua, idioma técnico usitado entre los pescadores de

bacalao.

Empero, ¿qué puede hacer el hombre? La Naturaleza sabe que nuestros

pequeños esfuerzos, nuestras flotas y nuestras pesqueras, nada serían

para su objeto, que el bacalao vencería al hombre. Así, pues, no se fía

de él, sino que llama en su auxilio á fuerzas de muerte mucho más

enérgicas. Desde el fondo de los ríos llega al mar uno de los más

activos, de los más resueltos comedores: el esturión. Encaminándose á

los ríos para procrear, sale de allí enflaquecido y áspero, y poseído de

un apetito inmenso, introdúcese nuevamente en el mar para regalarse.

¡Qué dicha para aquel hambriento encontrar el gordo abadejo que se ha

asimilado las legiones de arenques! Allí se concentra toda la substancia

y puede morder á su sabor. Este valiente comedor de bacalao, aunque no

tan fecundo, tiene sin embargo, un millón quinientas mil huevas. Un

esturión de mil cuatrocientas libras, encierra cien libras de germen, ó

cuatrocientas cincuenta de huevas. El peligro no cesa. Amenazado ha el

arenque con su fecundidad terrible; otro tanto sucede con el bacalao, y

el esturión amenaza todavía.

Preciso es que la Naturaleza invente un supremo devorador, comedor

admirable y productor pobre, de digestión inmensa y avaro de generación.

Monstruo benéfico y terrible que siega esa plaga invencible de

fecundidad renaciente con un gran esfuerzo de absorción, que se lo traga

todo indistintamente: muertos, vivos, ¿qué digo? cuanto encuentra á su

paso. _El magnífico comedor_ de la Naturaleza, comedor privilegiado: el

tiburón.

Mas, tan terribles destructores están vencidos de antemano: á pesar de

su furia devoradora, producen muy poco. Hase visto que el esturión no es

tan fecundo como el bacalao, y el tiburón es estéril comparado con los

demás habitantes del líquido elemento. No se vierte como ellos en

torrentes por los mares: vivíparo, elabora en su seno el tiburoncito, su

heredero feudal, que nace terrible y armado de punta en blanco.

* * *

Puede el mar en sus fecundas tenebrosidades sonreirse de los

destructores que él mismo produce, bien seguro de procrear cada vez más.

Su riqueza principal desafía los furores de esos seres tragones, siendo

inaccesible á su rapacidad. Me refiero al mundo inmenso de átomos

vivientes, de animales microscópicos, verdadero abismo de vida que

fermenta en su seno.

Hase dicho que la falta de luz solar excluía la vida, y no obstante, en

lo más profundo del mar viven innumerables enjambres de estrellas

marinas. Las olas están pobladas de infusorios y de gusanos

microscópicos é infinidad de moluscos arrastran sobre ellas sus conchas.

Cangrejos bronceados, radiantes anémonas, nevadas porcelanas, dorados

ciclóstomos, onduladas volutas, todo vive y se mueve. Allí pululan los

animálculos luminosos que, atraídos momentáneamente á la superficie,

aparecen formando regueros, serpientes de fuego ó resplandecientes

guirnaldas. En su transparente espesor debe estar alumbrado el mar acá y

acullá con tales resplandores; las mismas aguas tienen cierto brillo,

una semi-luz que se nota sobre los peces, así vivos como muertos.

Aquello es su propia luz, su propio fanal, su cielo, su luna y sus

estrellas.

A todo el mundo es dado observar en las salinas la fecundidad del mar.

Las aguas concentradas constituyen depósitos violáceos que no son otra

cosa que infusorios. Cuentan todos los navegantes que en tal ó cual

dilatado viaje no han atravesado más que aguas vivientes. Freycinet vió

sesenta millones de metros cuadrados cubiertos de un rojo escarlata que

no es otra cosa que un animal-planta, tan diminuto, que en un solo metro

cuadrado viven cuarenta millones de ellos. En el golfo de Bengala, en

1854, el capitán Kingman, navegó por espacio de treinta millas sobre una

enorme capa blanca que daba al mar el aspecto de una llanura cubierta de

nieve. No se veía una sola nube; el cielo estaba aplomado formando

contraste con la brillantez del mar. Vista de cerca esa agua blanca era

una gelatina, y observada al lente una masa de animálculos que al

moverse producían singulares efectos luminosos.

Cuenta Perón, que durante veinte leguas navegó á través de una especie

de polvo gris, lo que, visto al microscopio, resultó ser una capa de

huevas de especie desconocida que, sobre un espacio inmenso, cubría y no

dejaba ver el agua.

En las desamparadas costas de la Groenlandia, donde el hombre se figura

que va á expirar la Naturaleza, el mar está pobladísimo. Se navega en

una longitud de doscientas millas por quince de latitud, sobre aguas

negruzcas, cuyo color deben á cierta medusa microscópica. En cada pie

cúbico de aquellas aguas viven más de ciento diez mil de dichos

animalillos. (Schleiden).

Esas aguas nutritivas están densas de todo género de átomos crasos,

apropiados á la muelle naturaleza de los peces, que perezosamente abren

la boca y aspiran, sustentados como un embrión en el seno de la madre

común. ¿Sabe el pez lo que se traga? Apenas. El alimento microscópico es

como una especie de leche que se le ofrece sin solicitarlo. La gran

fatalidad del mundo, el hambre, sólo existe en la tierra; en el mar está

evitada, se desconoce. Ningún esfuerzo de movimiento; nadie se cura de

buscar la comida. La vida debe flotar como un sueño. ¿En qué empleará

sus fuerzas el ser? En nada puede gastarlas, y las reserva para el amor.

* * *

La obra real, el trabajo del gran mundo de los mares es: amar y

multiplicarse. El amor llena su noche fecunda; súmese en las

profundidades, pareciendo mucho más rico todavía entre los infinitamente

pequeños. Mas, ¿cuál es, en realidad, el átomo? Cuando creéis estar en

posesión del más pequeño, el indivisible, observáis que también ama y

divide su existencia para producir otro ser. En el grado más bajo de la

vida, donde falta todo otro organismo, encontraréis completas las formas

genéricas.

Tal es el mar. Al parecer es la gran hembra del globo, cuyo infatigable

deseo, concepción permanente y alumbramiento son eternos.

II

El mar de leche.

El Mar · 第 4 / 20 段