En los seis meses que pasé á dos leguas de Génova, á orillas del mar más

pintoresco del Universo y el más abrigado, en Nervi, sólo disfruté de

una pequeña tempestad de corta duración; mas, en tan poco tiempo,

_rabió_ con inusitada furia. No pudiendo contemplarla á mis anchas desde

la ventana de mi vivienda, la abandoné y por callejuelas tortuosas entre

altos _palazzi_, aventuréme á dirigirme, no á la playa (ésta no existe),

sino á una cornisa, de negras rocas volcánicas que orillan el mar,

angosto sendero, el cual en ciertos puntos no tiene tres pies de

anchura, y que, unas veces subiendo, bajando otras, desplomándose á

menudo sobre el mar, le domina á la altura de treinta y hasta cuarenta

y sesenta pies. La vista no podía fijarse á gran distancia. Continuados

torbellinos obstruían la visión. Poco se vislumbraba, y ese poco tenía

sus límites y era espantoso. La aspereza, los ángulos frágiles de esa

costa de guijarros, sus puntas y sus picos, sus entradas súbitas y

abruptas, imponían á la tempestad saltos, botes, esfuerzos increíbles,

torturas infernales. Rechinaba de blanca espuma, pareciendo responder

con una sonrisa execrable á la ferocidad de las lavas que

desapiadadamente la rompían. Oíanse ruidos insensatos, absurdos; nada de

seguido, sino truenos discordantes, silbidos tan ásperos como los de las

máquinas de vapor, al extremo de tener uno que taparse los oídos.

Aturdido de un espectáculo que entorpecía los sentidos, traté de

recobrarme: apoyándome en un muro que se internaba y no hubiera

consentido que la furiosa me arrastrara, comprendí mejor aquella

algarabía. Aspera y corta era la onda, y la dureza del combate se debía

á lo extraño de aquella costa, tan abruptamente cortada, á sus ángulos

crueles que apuntaban á la tempestad, desgarraban la ola. La cornisa por

debajo, á uno y otro costado, hundíala en sus profundidades atronadoras.

Los ojos quedaban heridos al igual del oído por el contraste diabólico

de esa nieve deslumbradora azotando las negrísimas lavas.

En fin, en aquel momento comprendí que más culpa tenía la tierra que el

mar en lo terrible del cuadro que acabo de pintar. Lo contrario sucede

en el Océano.

VII

La tempestad del mes de octubre de 1859.

La tempestad que he observado mejor es la que hizo estragos en el Oeste,

el 24 y 25 de octubre de 1859, que se renovó con más furor y con

imponente grandiosidad el viernes 28 del mismo mes, durando el 29, el 30

y el 31, implacable, infatigable, seis días con sus noches, á excepción

de un corto intervalo. Innumerables fueron las embarcaciones perdidas en

nuestras costas occidentales. Antes y después, se experimentaron muy

graves perturbaciones barométricas; los alambres del telégrafo quedaron

rotos ó inservibles, interrumpidas las comunicaciones. Algunos años

cálidos habían precedido á esa tempestad, y después de ella hubo una

gran variedad de tiempo, ya frío ya lluvioso. Y el presente año de 1860,

hasta el día en que escribo estas líneas, está entregado á la obstinada

anegada de los vientos Oeste y Sur, que parece quieren traer sobre

nosotros todas las lluvias del Atlántico y del grande Océano Austral.

Contemplaba esta tempestad de un sitio grato y apacible, cuya dulzura no

daba el más pequeño indicio de lo que iba á acontecer. Hablo del

puertecito de Saint-Georges, junto á Royan, en la desembocadura del

Gironde. Allí habían transcurrido cinco meses de mi existencia en

completa calma, sumido en la meditación, interrogando mi corazón, y

buscando responder al asunto que traté en 1859, asunto tan delicado, tan

grave. El sitio, el libro, se mezclan agradablemente á mis recuerdos.

¿Me habría sido posible escribirlo en otra parte? Lo ignoro. Lo que

puedo afirmar es que el perfume agreste del país, su severa suavidad,

los olores de vivificante amargura que constituyen el encanto de sus

matorrales, la flora de las landas, la de los méganos, mucho han

contribuido á dar animación al libro en cuestión, prestándole su sabor,

que nunca desaparecerá.

Los moradores están en su sitio en medio de aquella naturaleza. No son

vulgares ni groseros. El campesino es grave, de rectas costumbres. Los

marineros son todos pilotos, pequeña tribu protestante librada del furor

de las persecuciones religiosas. Allí existe la honradez primitiva (son

desconocidos todavía en ese país los cerrojos); nada de ostentación.

Obsérvase una modestia no acostumbrada entre los hombres de mar, la

discreción y el tino que no siempre se encuentran en las clases más

elevadas de la sociedad. Bien visto y apreciado de todos, tuve, sin

embargo, el reposo y tranquilidad requeridos para trabajar á mis anchas.

Esto hizo que me interesara más y más por aquellos hombres y sus

peligros. Sin hablarles, todos los días les acompañaba con mis votos en

su oficio de héroes. El estado del tiempo me inquietaba, y con

frecuencia me preguntaba al contemplar el paso peligroso, si el mar,

durante largo tiempo terso y tranquilo, no se trocaría de repente en

montuoso y cruel.

Aquel sitio peligroso nada tiene de triste. Cada mañana desde mi ventana

veía enfrente las blancas lonas, ligeramente tintas por la aurora, de un

sinnúmero de barcos mercantes que aguardaban la brisa favorable para

partir. Allí, el Gironde no tiene menos de tres leguas de ancho: tan

solemne como los grandes ríos americanos, ostenta, sin embargo, la

animación de Burdeos. Royan es un pueblecito de recreo adonde acuden

gentes de toda la Gascuña. Su bahía y la de Saint-Georges disfrutan del

espectáculo gratuito que dan los marsuinos al entregarse alegremente á

la caza de los bañistas en pleno río, zambulléndose y dando saltos fuera

del agua hasta la altura de cinco ó seis pies. Parece como que saben

perfectamente que en aquel país nadie se libra á la pesca; que en el

sitio de combate, donde lo que preocupa al marinero es la dirección y

salvamento de su embarcación, nadie hace caso de lo que puede valer el

aceite de un marsuino.

Añadid á esa alegría de las aguas la preciosa é incomparable armonía de

ambas riberas. Los pingües viñedos del Medoc se ostentan enfrente de las

mieses de la Saintonge, de su variada agricultura. El cielo no tiene la

belleza fija, y á veces monótona, del Mediterráneo. El de ese país es

muy variable. Aguas saladas y dulces se elevan de las nubes iríseas,

proyectando, sobre el espejo de donde proceden, extraños colores,

verde-claro, rosado y violeta. Creaciones fantásticas, que pasan como

una exhalación para ser después más deplorada su pérdida, adornan la

puerta del Océano en forma de monumentos originales, atrevidas arcadas,

puentes sublimes y á veces arcos triunfales.

Las dos playas semicirculares de Royan y de Saint-Georges, con su fina

arena, constituyen para los pies delicados el más suave paseo, que se

prolonga sin cansancio por el sendero de pinos que alegran la duna con

su verdor. Los magníficos promontorios que separan esas playas y las

landas del interior, envían, aun á lo lejos, salutíferas emanaciones. La

que domina las dunas es un tanto medical, emanación suave de las

siemprevivas, donde parecen concentrarse todos los rayos solares y el

calor de las arenas. En las landas florecen las plantas amargas, con un

encanto penetrante que desentumece el cerebro y revive el corazón. Allí

se ostentan el tomillo y el sérpol, la mejorana amorosa, y la salvia

bendecida de nuestros padres por sus grandes virtudes. La menta que sabe

á pimienta y, sobre todo, la clavellina silvestre, exhalan los finos

perfumes de las especias de Oriente.

Parecíame que, en medio de aquellas landas, el canto de las aves tenía

más armonía que en parte alguna. Nunca he visto una calandria como la

que se posó en el mes de julio sobre el promontorio de Vallière. Animada

del espíritu de las flores, subía por el espacio, reflejando sobre su

plumaje los rayos del sol poniente bajo el Océano. Su voz que venía de

tan alto (tal vez se encontraba á mil pies de tierra), á pesar de su

potencia conservaba toda su modestia y dulzura. Al nido, al humilde

surco, á los pequeñuelos que la contemplaban dirigía visiblemente su

canto agreste y sublime: hubiérase dicho que con su armonía se hacía la

intérprete del espléndido sol, de la gloria do se cernía, sin orgullo, y

que animaba á sus pequeñuelos diciéndoles: «¡Subid, hijitos míos!»

De todo esto, canto y perfumes, brisa suave y mar dulcificado por el

agua del plácido río, fórmase una armonía infinitamente agradable,

aunque sin grande ostentación. La luna parecíame luminosa sin despedir

gran claridad, las estrellas muy visibles, pero poco brillantes. Un

clima agradabilísimo, completamente humanizado, y que sería voluptuoso á

no estar saturado de un no sé qué que da lugar á la reflexión, aleja de

la mente los ensueños y nos vuelve á la realidad.

* * *

¿Cómo es esto? ¡Acaso se debe á las arenas movedizas, á las veleidosas

dunas, á los calizos poco firmes y cubiertos de fósiles, que os

advierten la movilidad universal? ¿Es el recuerdo silencioso, pero no

borrado, de las persecuciones protestantes? La causa de aquel interior

agreste débese más que á otra cosa á la solemnidad que reviste el país,

á los continuados naufragios, á la proximidad de un mar terrible cual

ninguno.

Un gran misterio se verifica en aquel sitio solemne, un tratado, un

enlace, empero enlace mucho más importante que cualquiera himeneo real.

Enlace, es verdad, de conveniencia entre esposos poco adecuados. La dama

de las aguas del Suroeste, doblemente engrosada por el Tarn y el

Dordogne, empujada por sus violentos hermanos los torrentes de los

Pirineos, viene á ofrecerse (entiéndase que hablamos de la amable y

soberana Gironde) á su gigantesco esposo el viejo Océano. Empero en

ningún sitio éste es más áspero, más avinagrado. La triste barrera de

lodos del Charante, y luego la dilatada faja de arenas que le detienen

por espacio de cincuenta leguas, pónenle malhumorado. Cuando no

desencadena su cólera sobre Bayona y San Juan de Luz, azota la pobre

Gironde. No se desliza, como el Sena, abrigado por varias costas, sino

que va en línea recta al ilimitado Océano. Las más de las veces éste le

rechaza, y entonces retrocede y se desparrama á derecha é izquierda,

escondiéndose por los pantanos de la Saintonge y hasta bajo los viñedos

del Medoc, comunicando á sus vinos las cualidades de sobriedad y

enfriamiento que constituyen el espíritu de sus aguas.

Ahora, figuraos el atrevimiento del hombre, que llega al punto de

lanzarse entre los esposos en el fragor de la lucha, para ir, montado en

una frágil barquilla, afrontando los golpes que se prodigan, en busca de

la tímida embarcación detenida en la embocadura y no atreviendo á

aventurarse. Ahí está el peligro que corre la vida de mis pilotos, vida

modesta, pero tan gloriosa cuando se encuentre un Homero que cante su

Odisea.

Compréndese fácilmente que el viejo soberano de los naufragios, el

antiguo atesorador de tantos bienes sumergidos, no sabe agradecer ni

poco ni mucho á los indiscretos que se presentan á disputarle su presa.

Si en ocasiones les deja obrar, suele también con frecuencia, malicioso

y cazurro como es, herirlos, vengarse, más contento de ahogar á un

piloto que de engullirse las embarcaciones.

Con todo, tiempo hacía que no se citaba ningún accidente marítimo. El

muy cálido verano de 1859 no ofreció otro siniestro en aquellos parajes

que una barca destrozada en el mes de junio. Mas cierta agitación

inexplicable hacía prever alguna desdicha. Llegaron septiembre y

octubre. La turbamulta de visitantes que sólo pide sonrisas al mar,

habíase eclipsado. En cuanto á mí, allí me estaba, clavado á causa de mi

obra no terminada, á la par que por el singular atractivo que tienen

esas estaciones intermedias.

Observábase la veleidad y rareza de vientos que pocas veces se ofrece:

ejemplo, una brisa abrasadora del Este, una ráfaga huracanada procedente

constantemente de la parte serena. En ocasiones, las noches eran

calurosas (y más en septiembre que en agosto), sin poder nadie pegar los

ojos; agitadas, nerviosas; el pulso latía aceleradamente, estaba

conmovido sin causa aparente, el temperamento hacíase desigual.

Un día que nos encontrábamos sentados en las _pinadas_, azotadas por el

viento, aunque un tanto abrigadas por la luna, oímos una voz juvenil,

extraordinariamente clara y penetrante, de un timbre muy acerado. No

obstante, era la voz de una casi niña, de perfil austero. Acertaba á

pasar con su madre y cantaba con toda la fuerza de sus pulmones el

refrán de una antigua canción. Suplicámosla que se sentara y cantase

toda la canción.

Aquel poemita rústico expresaba á maravilla el doble espíritu de la

comarca. La Saintonge es un país agrícola, amante del hogar doméstico.

Carece del ánimo aventurero de los vascos. Pero, á pesar de sus gustos

sedentarios, se convierte en marítima lanzándose al acaso. ¿Por qué? Con

harta claridad lo explica la leyenda.

La preciosa hija de un rey que se entretenía en lavar su ropa, imitando

en esto á la Nausicaa de la _Odisea_, deja que las aguas del mar le

roben su sortija: el hijo de la costa se lanza al agua para recobrarla y

se ahoga. Llora la joven y queda convertida en el romero de la playa,

tan amargo y doloroso á la vez.

Esa balada de los naufragios, cantada en tan crítico momento y en medio

de un bosque gimiendo por la inminencia de la tempestad, me conmovió,

encantóme, empero vino á fortificar el presentimiento que me corroía el

alma.

* * *

Podía estar seguro cada vez que iba á Royan, que la tempestad me

sorprendería en el camino, á pesar de que el viaje sólo es de algunas

horas. Desencadenábase sobre mí al llegar á los viñedos de

Saint-Georges, y á la landa del promontorio que trepaba primero, y

aumentaba su fuerza en la gran playa circular de Royan que yo seguía. A

pesar de estar en el mes de octubre, la landa conservaba sus perfumes

agrestes, que á cada instante me parecían más penetrantes. En la

apacible playa, el viento, tibio y dulce, me azotaba el rostro, y con no

menos dulzura á pesar de lo sospechoso de sus caricias, el mar lamía mis

pies. Ni el uno ni el otro me engañaban, estando bien persuadido de la

escena que preparaban.

Como preludio y después de veladas agradables, estallaban á mitad de la

noche espantosos ventarrones. Esto aconteció varias veces, en particular

el 26: la noche de ese día empecé á temer que se preparaban grandes

desastres. Nuestros marinos se habían ausentado. En las dilatadas

fluctuaciones de la crisis equinoccial se espera un poco; y, si las

cosas se prolongan, el deber y el oficio discurren; se hace caso omiso

de todo, y uno se arriesga, salga lo que salga. Tuve, pues, el

presentimiento de una desgracia, y dije para mí: «Alguien perece.»

Y era la pura verdad.

Una embarcación de práctico, que á pesar de lo embravecido del mar había

salido para librar del peligro del paso á un buque mercante, perdió uno

de sus hombres, y aun la embarcación estuvo á punto de zozobrar. El

desgraciado dejaba tres hijos y su mujer embarazada. Y lo más sensible

del caso era que aquel hombre excelente, alentando en su pecho un amor

generoso de que se dan muchos ejemplos entre los marinos, había tomado

por compañera á una joven inútil para el trabajo, pues accidentalmente

perdió varias falanges de los dedos. ¡Situación horrible la de esta

mujer inválida, en cinta y viuda!

Hízose una colecta, y yo llevé á Royan mi pequeño óbolo. Encontré un

piloto que me habló de aquel suceso con sincero dolor. «Este es nuestro

oficio, caballero: cuando el mar ruge con toda su fuerza, entonces

estamos obligados á salir.» El comisario de la marina, en cuyas manos

están los registros de los vivos y de los muertos, y que conoce mejor

que nadie la suerte de esas familias, me pareció hallarse también muy

triste é inquieto. Todos veíamos perfectamente que la cosa apenas

comenzaba.

Dirigíme á la playa, y en aquel trayecto asaz largo tuve ocasión de

observar, de estudiar en una zona de nubes que, á mi entender, podía

extenderse en todas direcciones cosa de ocho ó diez leguas. A mi

izquierda vislumbrábase la Saintonge, cuyas orillas seguía, en

espectación, triste é insensible; á mi derecha el Medoc, del que me

separaba el río, ofrecía una calma sombría; y detrás de mí, viniendo del

Oeste, del Océano, se elevaba un mundo de negras nubes; aunque, de

frente, una fuerte brisa terrestre de Burdeos parecía querer detenerlas.

Esa brisa bajaba por el Gironde, y hubiera podido esperarse que el

poderoso río, merced á tan protectora é impetuosa corriente, haría

retroceder la lúgubre cortina que levantaba el Océano.

En medio de mi incertidumbre miraba hacia atrás y consultaba á Cordouan,

el cual parecióme sobre su escollo, de una palidez fantástica. Su torre

asemejábase á un espectro que exclamara: «¡Desdicha!» «¡desdicha!»

* * *

Después de calcular mejor la situación, vi perfectamente bien que el

viento terrestre no sólo sería vencido, sino que era el auxiliar de su

enemigo. Aquel viento soplaba muy bajo sobre el Gironde, hundiendo,

derribando todos los obstáculos inferiores, y despejando por debajo la

vía los elevados y sombríos nubarrones que procedían del Océano: les

formaba, como un rail deslizador, sobre el cual el camino era mucho más

fácil. En poco tiempo, todo terminó por la parte de tierra; cesó la

brisa, disolviéndose en tintas grises, reinando sin obstáculo desde

aquel momento los vientos superiores.

Al llegar yo á los viñedos de Vallière, cerca de Saint-Georges, gran

número de personas estaban en los campos, terminando á toda prisa sus

faenas, pues creían no poder trabajar en muchos días. Comenzaban á caer

las primeras gotas, mas, al poco rato, todo el mundo tuvo que recogerse

á sus casas.

Había presenciado muchas tempestades, leído mil descripciones de ellas,

y por lo tanto no creía tener motivo para asombrarme. Empero nada hacía

prever el efecto que ésta me causó, tanto por su duración como por su

sostenida violencia y su implacable uniformidad. Cuando hay su más ó su

menos, un momento de reposo ó un _crescendo_, en fin, alguna variación,

el alma y los sentidos encuentran un no sé qué, que calma, que distrae,

que responde á la imperiosa necesidad de la variedad. Mas, en la

presente ocasión, fueron cinco días con sus noches, sin tregua, sin

aumentar ni disminuir, siempre la misma furia y sin la menor variedad en

lo horrible del cuadro. No hubo truenos, ni combates entre las nubes, ni

el mar se desgarró. De improviso, una gran tinta cenicienta cerró el

horizonte por todos lados; nos vimos envueltos en aquel fúnebre sudario,

sin quedar por eso completamente á obscuras, y descubriendo un mar

aplomado y blanquizco, aborrecible y desolador por su monotonía furiosa,

sin entonar más que una nota. Parecía el alarido de un gran caldero que

hierve: no hay poesía terrorífica capaz de parangonarse con aquella

prosa. Continuamente, continuamente el mismo tono: _¡Oh! ¡oh! ¡oh!_ ó

_¡uh! ¡uh! ¡uh!_

Como habitábamos en la misma playa, éramos más que espectadores de la

escena: constituíamos una parte de ella. En ciertos momentos, llegaba el

mar hasta veinte pasos de nuestra habitación, no dando un solo golpe sin

que temblara la casa. Nuestras ventanas tenían que soportar (por

fortuna no completamente de frente) el inmenso viento del Suroeste que

traía un torrente, digo mal, un diluvio, el Océano convertido en lluvia.

Desde el primer día tuvimos precipitadamente, y no sin gran trabajo, que

cerrar las ventanas y encender luz para poder distinguir los objetos en

pleno día: en las habitaciones que daban al campo, el estruendo y la

conmoción eran tan notables como en las demás. Yo persistí en trabajar,

pues tenía curiosidad de saber si aquella fuerza salvaje lograría

oprimir, poner trabas al libre albedrío, y conseguí no obstante mantener

mi pensamiento en actividad, dueño de sí mismo. Escribía y me observaba.

A la larga, sólo la fatiga y la falta de sueño consiguieron trastornar

una de mis potencias, creo que la más delicada del escritor, el sentido

rítmico. Mis frases se deslizaban inarmónicas, siendo ésta la primera

cuerda de mi instrumento que se encontró rota.

El gran mugido no tenía otra variante que las voces, extrañas,

fantásticas, del viento desencadenado sobre nosotros. La casa que

habitábamos le estorbaba, siendo para él un blanco que asaltaba de mil

maneras. Unas veces, era el golpear brusco del amo que llama á la

puerta; sacudidas como de una mano de hierro que quisiese arrancar el

marco; otras, agudos quejidos por la chimenea, lamentos por no poder

penetrar, amenazas porque no abríamos la puerta, en fin, cóleras,

horrorosas tentativas para arrancar el techo. Y sin embargo, esos ruidos

eran ahogados por el grande _¡oh! ¡oh!_ ¡Tal era la inmensidad, el

poder, lo espantoso de esto! El viento nos parecía secundario, si bien

lograba hacer penetrar la lluvia. Nuestra casa (iba á decir nuestra

embarcación) hacía agua: el granero, traspasado en varios puntos,

derramaba el líquido elemento á raudales.

Ocurrió algo más grave: el huracán en su furia, y por un esfuerzo

desesperado, logró arrancar el gozne de una de las ventanas, que desde

entonces, aunque cerrada, temblaba, bamboleábase, se agitaba, y hubo

necesidad de afirmarla atándola fuertemente por sus hierros al que

estaba más sólido. Para esto fué preciso abrir la ventana: en el momento

que lo hice, aunque abrigado por ella, sentíme como envuelto en un

torbellino, medio ensordecido por la horrible fuerza de un ruido

parecido á un cañonazo, á varios cañonazos que sin interrupción hubiesen

disparado en mis oídos. Por los resquicios de la ventana observé una

cosa que daba la medida de esas fuerzas incalculables, y era que las

olas, cruzándose y rompiéndose unas con otras, con frecuencia no podían

caer: por debajo la ráfaga las levantaba cual ligera pluma,

desparramando por el campo aquellas pesadas moles. ¿Qué hubiera

acontecido si desapareciendo la ventana, el viento embarcara, en nuestra

casa aquellas imponentes olas que sostenía y empujaba con la rigidez de

una tromba, y conducía á través de los campos, terribles y al aire?...

Teníamos la extraña suerte de poder naufragar en tierra firme: nuestra

casa, tan cercana al mar, estaba expuesta á ver desaparecer su techo, ó

tal vez todo un piso. Esto inquietaba no sólo á nosotros, sino á todos

los habitantes del lugar, como nos lo confesaron, aconsejándonos la

abandonásemos. Empero nosotros suponíamos que tan larga tormenta tendría

fin, y contestábamos siempre: _Mañana_.

Las noticias que se recibían por la vía terrestre eran desastrosas: sólo

hablaban de naufragios. El 30 de octubre, un buque procedente de los

mares del Sur pereció á nuestra vista, en el paso, ahogándose cuantos lo

tripulaban (una treintena de hombres). Después de haber evitado las

rocas, los escollos, había llegado frente á una playecita de menuda

arena, donde acostumbraban bañarse las mujeres. Pues bien: en aquella

playa, levantado por el torbellino, indudablemente á grande altura, cayó

con horrorosa pesadez y fué aporreado, derrengado, dislocado, quedando

en aquel sitio como un cadáver. ¿Qué se hicieron sus tripulantes? No se

encontró la menor traza de ellos, creyéndose que tal vez todos habían

sido barridos de sobre cubierta.

Tan trágico suceso daba á suponer que hubiesen ocurrido otros muchos

idénticos; de suerte que el pensamiento no soñaba más que desventuras. Y

el mar, entretanto, parecía no estar harto todavía. Todos estábamos

saciados; él no. Yo veía á nuestros pilotos aventurarse detrás de una

muralla que les cubría por el Suroeste, observar con inquietud, mover la

cabeza. Por fortuna para los pobres, ninguna embarcación se atrevió á

penetrar, y por lo tanto no fueron requeridos sus servicios. De lo

contrario allí estaban, prontos á jugar sus vidas.

Por mi parte también contemplaba insaciablemente aquel mar que me

causaba odio. No encontrándome realmente en peligro, mi fastidio y

desconsuelo eran mayores. ¡Cuan feo era el mar! ¡Qué horrible su

aspecto! Nada recordaba en aquel momento los vanos cuadros de los

poetas; únicamente que, por un extraño contraste, cuanto más cundía mi

desaliento, tanto más animado él se presentaba. Todas aquellas olas

electrizadas por tan furioso movimiento hallábanse grandemente

estimuladas y en posesión como de un alma fantástica. En el furor

general, cada cual desempeñaba un papel distinto; y en la total

uniformidad (cosa verdadera aunque contradictoria), notábase un

diabólico hormigueo. ¿Acaso era esto visión de mis ojos y de mi fatigado

cerebro, ó la pura verdad? Las olas me hacían el efecto de un espantoso

_mob_, de un horrible populacho; no hombres, sino perros ladrando, de

miles y miles de dogos rabiosos, ó más bien, dementes... ¿Qué estoy

diciendo? ¿Perros? ¿Dogos? no era esto, no; sino execrables é

innominadas apariciones, bestias sin ojos ni orejas, sin otro órgano que

sus espumantes bocazas.

¡Monstruos! ¿Qué queréis? ¿No estáis aún embriagados con los naufragios

de que tenemos noticia á cada momento? ¿Qué más pedís?--«Tu muerte y la

muerte universal, la supresión de la tierra y la vuelta del caos.»

VIII

Los faros.

El Mar · 第 3 / 20 段