por todas las provincias ocupadas. Distinguiose desde los principios la
de Don Juan Martín Díez que llamaron el _Empecinado_ [apodo que dan los
comarcanos a los vecinos de Castrillo de Duero de donde era natural].
Soldado licenciado después de la guerra de Francia de 1793, pasaba
honradamente la vida dedicado a la labranza en la villa de Fuentecén.
Mal enojado como todos los españoles con los acontecimientos de abril
y mayo de 1808, dejó la esteva y empuñó la espada, hallándose ya en
las acciones de Cabezón y Rioseco. Persiguiéronle después envidias
y enemistades, y le prendieron en el Burgo de Osma, de donde se
escapó al entrar los franceses. Luego que se vio libre reunió gente
ayudado de tres hermanos suyos; y empezando en diciembre a molestar al
enemigo, recorrió en enero y febrero con fruto los partidos de Aranda,
Segovia, tierra de Sepúlveda y Pedraza. Aunque acosado en seguida por
los enemigos, internándose en Santa María de Nieva, recogió en sus
cercanías muchos caballos y hombres. Con tales hechos se extendió la
fama de su nombre, mas también el perseguimiento de los franceses
que enviaron en su alcance fuerzas considerables, y prendieron como
en rehenes a su madre. Casi rodeado salvose en la primavera con su
partida, y sin abandonar ninguno de los prisioneros que había hecho,
yendo por las sierras de Ávila, se guareció en Ciudad Rodrigo. Llegaron
entonces a noticia de la central sus correrías, y le condecoró con
el grado de capitán. También por los meses de abril y mayo tomó las
armas y formó partida Don Jerónimo Merino cura de Villoviado. Lo mismo
hicieron, otros muchos, de los que y de sus cuadrillas suspenderemos
hablar hasta que ocurra algún hecho notable o refiramos lo que pasaba
en las provincias en que tenían su principal asiento.
[Marginal: Ciudad Rodrigo y Wilson.]
Ayudaron al principio mucho a estas partidas, amparándolas en sus
apuros las plazas y puntos que todavía quedaban libres. Acabamos de
ver como el Empecinado se abrigó a Ciudad Rodrigo, en cuya plaza y
sus alrededores solía permanecer el digno e incansable jefe inglés
Sir Roberto Wilson. Asistido de su legión lusitana a la que se habían
agregado españoles e ingleses dispersos, y una corta fuerza bajo Don
Carlos de España, protegía a nuestros partidarios e incomodaba al
general Lapisse colocado en Ledesma y Salamanca. Este aunque al frente
de 10.000 hombres y con mucha artillería, apenas había hecho cosa
notable hasta abril desde enero en que se apoderó de Zamora, ciudad
casi abandonada. Solo en 2 de marzo esperanzado en malos tratos se
presentó delante de Ciudad Rodrigo para entrar de rebate la plaza, mas
el aviso de buenos españoles y la diligencia de Wilson le impidieron
salir adelante con su proyecto, incomodándole este continuamente aun en
sus mismos reales.
[Marginal: Asturias.]
Por aquel tiempo Asturias, provincia que después de la invasión de
Galicia era la sola libre entre las del norte, mostrose firme, y
continuó desplegando sus patrióticos sentimientos. [Marginal: La
junta.] Gobernábala la misma junta que se había congregado en 1808,
compuesta de hacendados y personas principales del país. Dio para
el armamento y defensa enérgicas providencias; que la malquistaron
con muchos. Tales fueron un alistamiento general sin excepción de
clase ni persona; el repartimiento extraordinario a toda la provincia
de 2.000.000 de reales, y el de otras sumas entre los más ricos
capitalistas y propietarios, la rebaja de sueldos a los empleados;
y por último el haber mandado a las corporaciones eclesiásticas que
tuviesen a su disposición los caudales que existieran en sus depósitos.
Con estos recursos hubo bastante para hacer frente a los considerables
gastos que ocasionaron las dispersiones de Espinosa y las posteriores;
y arreglar de nuevo y aumentar la fuerza necesaria para la defensa del
principado.
[Marginal: Ballesteros.]
Uno de los puntos que urgía poner al abrigo de un impensado ataque era
el del lado oriental, por donde los enemigos se habían extendido hasta
más acá de San Vicente de la Barquera. Juntáronse las pocas tropas que
quedaban, y se pusieron a las órdenes de Don Francisco Ballesteros; que
de capitán retirado y visitador de tabacos había ascendido a mariscal
de campo en la profusión de grados que se concedieron. Contentose al
principio el nuevo general con ocupar las orillas del río Sella, hasta
que reforzado avanzó en enero de 1809 a Colombres y riberas del Deva.
Descubrieron luego Ballesteros y otros jefes suma actividad y celo,
esmerándose en la instrucción y disciplina de subalternos y soldados.
Y en aquel campo al paso que se perfeccionaron unos y otros en los
ejercicios de su profesión, habituáronse también al fuego, no estando
separados del enemigo sino por el Deva, y al fin se alcanzó formar una
división que regida por Ballesteros adquirió justo renombre en el curso
de la guerra.
[Marginal: Sus operaciones en Colombres.]
Antes de empezar febrero ascendía dicha fuerza a 5000 hombres, y el
6 del mismo desalojó ya a la del enemigo de la línea que ocupaba,
incomodándole con frecuencia, y casi siempre ventajosamente. Hubo
ocasiones en que las refriegas fueron de más empeño, sobre todo una
acaecida en fines de abril, consiguiendo los nuestros penetrar basta
San Vicente de la Barquera, en cuyo pueblo celebró su victoria el
general Ballesteros con grande aparato; vana ostentación a que era
inclinado, pero con la que entusiasmaba al soldado y granjeaba su
voluntad.
[Marginal: Armamento de la provincia.]
La junta de Asturias había además establecido dentro del principado,
bajo el nombre de _Alarma_, un levantamiento general para que acudiesen
a la defensa, en caso de irrupción, todos los hombres capaces de
manejar un fusil o un chuzo, de cuyas armas no había vecino que no
estuviese provisto.
[Marginal: Worster.]
A últimos de enero, al saberse la ocupación de Galicia, igualmente
paró su atención en formar y juntar con prontitud una división de 7000
hombres que cubriese la parte occidental de Asturias, y cuyo mando por
desgracia dio a Don José Worster, general de menguado seso, aunque
antiguo oficial de artillería.
[Marginal: Entran los asturianos en Ribadeo.]
Puesta esta fuerza a orillas del Eo, sabiendo ser corta la que tenían
enfrente los enemigos, y ansiando por tener un apoyo los patriotas de
aquellos partidos, de los que del lado de Vivero se habían ya levantado
algunos, tratose seriamente al comenzar febrero de hacer una excursión
en Galicia. Verificose así, mas con tan poco orden que las tropas
de Worster cometieron excesos en Ribadeo como si fuesen enemigas, y
mataron a Don Raimundo Ibáñez comerciante rico e ilustrado de aquella
villa. Difícil era que soldados tan insubordinados se comportasen
debidamente cuando se tratase de guerrear. No obstante intentó Worster
sorprender a los franceses que guarnecían a Mondoñedo. [Marginal: Y en
Mondoñedo.] Sita esta ciudad en un profundo valle, cercada de altas
montañas, y sin otro camino llano más que el que conduce a Asturias,
pudiera fácilmente haberse conseguido la empresa. Pero Worster por
sus mal concertadas órdenes, y el coronel Linares por no atender
cumplidamente al punto que guardaba, diéronse tan torpe maña que
dejaron retirarse a los franceses sin grande molestia. Worster luego
que entró en Mondoñedo en vez de tener presente la clase de enemigo
con quien las había, entregose a fiestas y convites que le dieron los
vecinos, de cuyo descuido enterado el general francés Maurice Mathieu
que mandaba por aquella parte, después de entrar en Vivero, en que se
había formado una junta, y de entregar al saco y furor del soldado
aquella villa, revolvió sobre Mondoñedo, [Marginal: Sorprenden y
dispersan los franceses a Worster.] sorprendió y dispersó la división
de Worster, superior en número, y penetrando en Asturias hasta el
Navia saqueó y aniquiló los concejos que median entre este río y el
Eo. Afortunadamente se hallaba en las cercanías Don Manuel Acevedo
individuo de la junta, y hermano del general que pereció después de la
batalla de Espinosa, y a su actividad e ilustrada diligencia debiose
la pronta reunión a esta parte del Navia de los soldados desbandados,
ayudándole con esmero el gobernador del partido Don Matías Menéndez,
y el bizarro coronel Galdiano. Advertido el general francés de que la
tropa asturiana se había rehecho, y juzgando arriesgado internarse aún
en el principado, retrocedió a Galicia y se contentó con ocupar sus
antiguas posiciones.
[Marginal: Romana.]
Tales eran los acontecimientos ocurridos en Asturias, mientras que
esta provincia, si bien libre, se había mantenido como aislada y sin
comunicación con las otras, hasta que en la primavera de 1809 pisó
su suelo por primera vez el marqués de la Romana; mas para averiguar
los motivos que trajeron a este caudillo al principado, necesario es
referir antes lo que pasó en Galicia después que le dejamos en enero a
él y a su gente cerca de la frontera de Portugal.
[Marginal: Su ejército.]
Allí continuó todo el febrero mudando a menudo de posición, y
aproximándose a veces a la plaza portuguesa de Chaves. Consistía
su fuerza en 9000 hombres, distribuidos en una vanguardia al cargo
de Don Gabriel de Mendizábal, y en dos divisiones que mandaban los
generales Mahy y Taboada. Su estancia en aquellos parajes animó mucho
al paisanaje de Galicia, abultándose el número de sus tropas y el de
sus recursos. También procuraba el mismo marqués por medio de emisarios
atizar el fuego, y el ayudante general Moscoso en una comisión que tuvo
en lo interior de aquella provincia, repartió con buen éxito ejemplares
manuscritos de una instrucción que había compuesto para la guerra de
partidas.
[Marginal: Empieza el levantamiento de Galicia.]
Hubo sitios en que produjeron estos pasos conveniente efecto; mas hubo
otros en que sin ajeno estímulo formáronse muy luego los habitantes
en cuadrillas. Así aconteció con los paisanos de la Puebla de Tribes
que los primeros y antes de comenzar febrero, dirigidos por Diego
Núñez de Millaroso, cogieron prisioneros a 80 dragones de la división
del general Marchand, los cuales con varios despojos llevaron en
triunfo adonde estaba Romana. Imitáronlos en breve otros muchos en el
valle de Valdeorras, y uniéndose cinco fieldades eligieron una junta,
escogiendo por su general a Don José, abad de Casoyo, mozo arrojado y
de la casa de Quiroga, ilustre en aquella tierra. Su hermano Don Juan,
también de Quiroga y Uría, cooperó grandemente a sus empresas, que se
multiplicaron y se extendieron hacia el Bierzo. En la línea de Lugo
desde el valle de Cruzul hasta monte Salgueiro, no lejos de Betanzos,
interceptaron los naturales correos y destacamentos, señalándose el
juez de Cancelada Don Ignacio Herbón, quien al acabar febrero atacó
en Doncos un convoy, y le cogió en su mayor parte. Pero en donde se
encendió extraordinariamente y tomó forma más regular la insurrección,
según veremos más adelante, fue del lado de Tuy.
Mucho hubiera podido contribuir a darle pronto y vigoroso centro
la permanencia de Romana hacia Monterrey; mas nuevas ocurrencias
le obligaron a alejarse. Indicamos en otro libro como el mariscal
Soult avanzaba por la costa de Galicia vía de Portugal. Ejecutó este
movimiento en virtud de orden que en 28 de enero recibió en el Ferrol
para invadir aquel reino.
[Marginal: Mariscal Soult.]
Luego que se embarcaron los ingleses en la Coruña quedando pocos
en Lisboa, pareciole fácil a Napoleón llegar a las puertas de esta
capital, y lavar con su conquista la antigua mancha. [Marginal: Trata
de invadir Portugal.] Para ello al paso que Soult había de realizar la
principal invasión por la costa de Galicia y provincias portuguesas
del norte, el general Lapisse y el mariscal Victor estaban encargados
de amenazar la frontera portuguesa por Ciudad Rodrigo y Extremadura.
Componíanse las fuerzas de Soult del segundo cuerpo y de parte del que
había mandado Junot: según Napoleón ascendían en todo a 50.000 hombres,
como si no hubiesen tenido pérdidas ni baja alguna; mas realmente
estaban reducidos a la mitad: 4000 eran de caballería.
[Marginal: Inútil tentativa para atravesar el Miño.]
El mariscal Soult después de tomar las correspondientes providencias
y de dejar en su lugar a Ney, ausente en Lugo al recibo de la orden,
púsose en marcha, y el 3 de febrero llegó a Santiago. Precediéronle
los generales La Houssaye y Franceschi: el primero con los dragones se
encaminó a Ribadavia y Salvatierra, plaza de poco valer y desmantelada
a orilla derecha del Miño; y el segundo con la caballería ligera fue la
vuelta de Tuy, ciudad colocada en la misma ribera. Sostenía a estas
divisiones la de infantería del general Merle, que avanzó a Pontevedra.
Las otras con el mariscal Soult salieron de Santiago el 8, llegando el
10 a Tuy. Corre el Miño por allí muy caudaloso, y sin que desde Orense
se encuentre puente alguno; no obstante pensó Soult cruzarle hacia la
marina, acopiando los preparativos necesarios en el puertecillo de La
Guardia, separado de la desembocadura por el monte de Santa Tecla.
Habiendo dificultades para doblar la punta que este forma, y subir río
arriba, trasladaron los franceses por tierra en carros gallegos cosa de
una legua con mucho trabajo los botes destinados al transporte de la
tropa, y los volvieron a poner boyantes en el Tamuge, río pequeño que
desagua en el Miño. El 15 en la noche a la hora de la marea alta quedó
encargado de empezar la operación el general Thomières. Ejecutose en
buen orden por el Tamuge, pero al entrar en la gran corriente del Miño,
más rápida con el reflujo que comenzaba, separáronse los botes, y pocos
fueron los que arribaron a la orilla opuesta. Los portugueses mandados
por el general Bernardino Freire hicieron contra ellos un fuego vivo y
acertado, con lo cual y la marea ya contraria tuvieron que volver los
más a tierra de España, quedando prisioneros de los portugueses unos 40
hombres. El malogramiento de esta tentativa cundiendo por una y otra
frontera animó al paisanaje, deseoso de molestar a los franceses.
[Marginal: Toma Soult hacia Orense.]
También con aquel contratiempo vio el mariscal Soult los obstáculos que
se le ofrecían para pasar el Miño, no teniendo a su pronta disposición
los medios necesarios. Por lo cual determinó entrar en Portugal vía
de Orense, tomando río arriba. Salió pues de Tuy el 17 de febrero, y
nombró al general Lamartinière comandante de la ciudad, en la que dejó
los enfermos, la mayor parte de la artillería, y alguna guarnición.
[Marginal: Insurrección.]
A corta distancia ya percibió síntomas de una insurrección general.
Habíanla fomentado varios individuos, entre los que se señalaron el
abad de Couto y el de Valladares. [Marginal: Los abades de Couto y
Valladares.] Aquella tierra está bien cultivada, con población numerosa
y desparramada en caseríos rústicos. De las heredades distribuidas en
cortas porciones, y por lo general a foro enfitéutico, disponen los
usufructuarios como de cosa propia. Y la gente trabajadora y de suyo
guardosa, temía más que la de otras provincias perder con la invasión
de extraños el producto de sus labores e industria, y con tanta mayor
razón cuanto los franceses escasos de provisiones comenzaron a hacer
repartimientos excesivos, y a cometer robos y saqueos.
[Marginal: El paisanaje molesta a los franceses en su marcha.]
Allí los abades, nombre que se da a los curas párrocos, tienen mucho
influjo por su riqueza y poder. Lo tienen los ricos y cercanos
monasterios del orden cisterciense de San Clodio y Melón, y teníanlo
también entonces por su patriotismo varios particulares, los cuales
juntos y separadamente trataron de aprovechar la buena disposición del
pueblo contra los extranjeros. Antes que ninguno descubriose el abad
de Couto Don Mauricio Troncoso, quien congregando a sus feligreses con
motivo de un repartimiento que los invasores habían echado, díjoles:
«En vez de dar a los enemigos lo que nos piden, seré vuestra guía si
queréis negárselo y emplearlo en vuestra defensa.» Aplaudieron todos
aquellas palabras, y agregándose personas de cuenta y aun portugueses,
soltáronse de todos lados partidas que hostigaron a los franceses en
su marcha. En Mourentan hízoles notable daño el mismo abad de Couto,
y quemaron aquel pueblo en venganza. Desde el puente de las Hachas
hasta Ribadavia también padecieron varias acometidas, acaudillando al
paisanaje José Labrador, el monje bernardo Fray Francisco Carrascón,
y después el juez de Maside; y si bien en estos reencuentros los
franceses con su pericia y buenas armas rompían al fin por medio e iban
adelante, perdían gente y amilanábanse sus soldados con guerra tan
continua y encarnizada.
[Marginal: Soult y Romana. Intimación a este.]
De Ribadavia pasó el mariscal Soult a Orense resuelto a entrar en
Portugal por la plaza de Chaves, y a disipar antes el corto ejército
de Romana. Manteníase este general en el valle de Monterrey, y
hallábase en Lamadarcos el 4 de marzo cuando llegó un parlamentario
francés con un pliego, ofreciendo recompensas y condecoraciones con
tal que Romana y su ejército reconociesen a José. Replicó el general
español debidamente, diciendo que a tales proposiciones no había otra
respuesta sino cañonazos. Pero no habiéndose tomado en el recibimiento
del oficial parlamentario las acostumbradas precauciones, examinó este
con sus propios ojos el deplorable estado de nuestro ejército, y dio
cuenta de ello a su mariscal, quien determinó atacar sin dilación a los
españoles.
[Marginal: Es desbaratada la retaguardia española.]
El marqués de la Romana quería evitar cualquier refriega, mas no
habiéndose retirado tan prontamente como era de desear, fue el 6 de
marzo alcanzada su retaguardia a las órdenes de Don Nicolás Mahy en
las inmediaciones de Verín. Cogiole el general Franceschi algunos
prisioneros y la desordenó, pero no insistiendo en su perseguimiento
pudo continuar su marcha. Los franceses solo pensaron en entrar en
Portugal, cuyas tropas mandadas por el general Silveira habían sido
acometidas en Villaza el mismo día que las españolas por la división de
Delaborde, teniendo que retirarse después de alguna pérdida al abrigo
de la noche.
El general Mahy dirigiose a las Portillas, gargantas que parten término
con Castilla, y se unió en Lubián con el marqués de la Romana. Andaban
todos inciertos acerca del camino que tomarían, y pesábales a algunos
que se abandonase a Galicia en la propia sazón en que por todas
partes cundía el fuego insurreccional. Aprobose al fin a propuesta
del ayudante general Moscoso el no alejarse de la tierra montañosa,
y conforme a esta determinación decidió Romana partir la vuelta de
Asturias, de donde soplaría la hoguera encendida en Galicia. En
consecuencia cambiose de improviso la marcha, y se revolvió sobre las
montañas de las Cabreras para cruzarlas por el puerto del Palo, país
escabroso, solitario, y cuyas sierras más bien se escalan que se suben.
A su paso sobrecogió la noche a nuestros soldados, en estación cruda,
expuestos a la inclemencia, desprovistos de todo. Animándose unos a
otros llegaron por fin a Ponferrada del Bierzo con admiración de sus
vecinos que los creían lejos de sus hogares. En aquella villa y otros
muchos pueblos no había francés alguno, contentándose estos con ocupar
la línea de comunicación de la calzada que de Galicia va a Castilla, y
aun en ella tenían poca tropa, excepto en Villafranca en que contaban
unos 1000 hombres de escogidas tropas.
[Marginal: Ataca a Villafranca.]
Las de Romana no estaban para emprender expediciones de grande
importancia, pero el haber casualmente encontrado en una ermita cerca
de Ponferrada un cañón de a doce abandonado con su cureña y balas de
su calibre, sugirió la idea al ayudante Moscoso de proponer al general
en jefe un ataque contra los franceses de Villafranca. Condescendió
Romana, y desde Toreno a donde se había ya trasladado para entrar en
Asturias, dispuso que acometiese la empresa con 1500 hombres el general
Mendizábal.
[Marginal: Se apodera de la guarnición.]
Los franceses a la inesperada vista de los españoles y del cañón
de grueso calibre, imaginándose venía sobre ellos gran fuerza, se
arredraron y metieron en el castillo-palacio de la villa, perteneciente
a los marqueses que llevan su nombre: era edificio antiguo de muros
sólidos con cuatro torreones que defendían cañones de hierro, y el
cual quemaron después los paisanos para que no sirviese otra vez de
refugio al enemigo. Comenzaron los españoles su ataque en la mañana
del 17 de marzo, distinguiéndose el regimiento de voluntarios de la
Corona, e íbase ya a entrar por fuerza el castillo, cuando intimada
la rendición abrieron los franceses la puerta, y quedaron prisioneros
1000 granaderos que le guarnecían de las más acreditadas tropas.
Avergonzábanse después de haber entregado las armas a tan corto número
de hombres y a gente de tan poca apariencia como eran entonces las
tropas de aquel ejército. La nueva de este suceso creciendo de boca en
boca alentó a los patriotas de Galicia, que se figuraban ser ya más
numerosas las tropas que capitaneaba Romana. Ojalá se hubiera siempre
limitado este caudillo a tal linaje de empresas, dignas de un militar y
de su elevado puesto, evitando entrometerse en querellas y divisiones
de provincias, según aconteció en Oviedo, a cuya ciudad llegó poco
después de la toma del castillo de Villafranca.
[Marginal: Llega Romana a Oviedo.]
Los disgustos excitados con las providencias oportunas y enérgicas de
aquella junta, habíanse entonces aumentado con otras intempestivas y
arbitrarias dadas contra algunas personas. Los descontentos, sobre
todo ciertos individuos de corporaciones privilegiadas, salieron a
recibir a Romana, y por desgracia de tal modo preocuparon su ánimo que
en vez de obrar desapasionadamente, y de contentarse con reprimir los
abusos de autoridad que hubiese habido, púsose del bando de los que
se creían agraviados. [Marginal: Altercado con la junta.] Tratáronse
por consiguiente el general y la junta con frialdad y desvío, sin
que le fuese dado conciliarlos a la prudencia y buen tino de su
presidente el brigadier D. José Valdés, antiguo jefe de Romana cuando
este servía en la armada. La central había autorizado al marqués con
amplias facultades en la parte militar, y él ensanchándolas a su sabor
empezó por reprender a la junta en lo que precisamente merecía más
alabanza, como lo era en haber mandado que tomasen las armas todos
sin excepción, inclusos los donados y legos de los conventos, y los
beneficiados no ordenados _in sacris_. Compuesta dicha corporación
de los principales de la provincia y de suyo altiva, respondió
acerbamente a la inadvertida reprensión; con lo cual irritado aún
más Romana quiso llamarla a cuentas. Negose a ello la junta por no
creerle autoridad competente, pero añadiendo que haría públicas
sus entradas e inversiones para satisfacción de sus comitentes.
Encendiéndose así el enojo de ambas partes, en especial con motivo de
un repartimiento de 4.000.000 enviados por la central para uso del
principado y que Romana quería por sí aplicar a su solo ejército,
decidiose el último a disolver la junta, a cuyo fin y por orden suya
penetró en la sala de las sesiones el coronel Don José de O’Donnell
con 50 hombres del regimiento de la Princesa, haciendo en ello un
pequeño y ridículo remedo del 18 Brumario de Napoleón. Cedieron los
vocales a la violencia, sin dejar de hacer fuerte y enérgica oposición,
señaladamente Don Manuel María de Acevedo. Romana nombró otra junta
en su lugar, mas la tropelía cometida con la anterior disgustó a los
más, y desencajó, por decirlo así, de su asiento en el principado el
orden y buen gobierno.[*] [Marginal: (* Ap. n. 8-7.)] Injustamente
acusaron algunos a la junta disuelta de malversación de caudales:
pudientes y ricos los más de sus individuos habían hecho los más de
ellos donativos cuantiosos, y su patriotismo y celo estaban libres de
tacha: solo, repetimos, incurrieron en merecida censura por algunas
medidas arbitrarias contra determinadas personas. Hablamos en este
punto con tanta mayor imparcialidad, cuanto no andábamos bien avenidos
con aquella junta, por lo que merecimos de Romana que nos nombrase de
la que había en su lugar creado, gracia que no admitimos por considerar
su procedimiento ilegal y dañoso.
[Marginal: Invade Ney Asturias.]