En sus demás partes, por juicioso que fuese el plan adoptado, no se

persistió largo tiempo en llevarle adelante. Contribuyó a alterarle el

marqués de Lazán que habiendo sido llamado de Gerona con la división

de 6 a 7000 hombres que mandaba, llegó a la línea española en sazón de

estar apurada Zaragoza. Interesado particularmente en su conservación,

propuso el marqués y se aprobó que pasaría la sierra de Alcubierre con

la fuerza de su mando, y que prestaría, si le era dado, algún auxilio a

aquella ciudad. Llenos entonces los españoles de admiración y respeto

por la defensa que allí se hacía, [Marginal: Varíase.] murmuraban de

que mayores fuerzas no volasen al socorro, pareciéndoles cosa fácil

desembarazarse en una batalla del ejército del general Saint-Cyr. Había

crecido el aliento de resultas de algunas cortas ventajas obtenidas

en reencuentros parciales, y sobre todo porque retirándose el enemigo

y reconcentrándose más y más, atribuyose a recelo lo que no era sino

precaución. Aveníase bien con el osado espíritu de Reding la voz

popular, y cundiendo esta con rapidez, resolvió aquel caudillo dar un

ataque general; sobreponiéndose a las justas reflexiones de algunos

jefes cuerdos y experimentados. Movíanle igualmente las esperanzas que

le daban secretas relaciones de que Barcelona se levantaría al tiempo

que su ejército se aproximase.

[Marginal: Situación del ejército español.]

Se hallaba este en Tarragona esparcido en una enorme línea de 16

leguas, que partiendo de aquella ciudad se extendía hasta Olesa por el

Coll de Santa Cristina, la Llacuna, Igualada y el Bruch. Las tropas de

dicha línea que estaban fuera de Tarragona pasaban de 15.000 hombres,

y las mandaba Don Juan Bautista de Castro. Las que había dentro de

la plaza a las órdenes inmediatas del general en jefe Don Teodoro

Reding ascendían a unos 10.000 hombres. Según el plan de ataque que

se concertó, debía el general Castro avanzar e interponerse entre el

enemigo y Barcelona, al paso que el general Reding aparecería con 8000

hombres en el Coll de Santa Cristina, descolgándose también de las

montañas y por todos lados los somatenes.

[Marginal: Le atacan los franceses.]

Los franceses en número de 18.000 hombres se alojaban en el Panadés, y

su general en jefe había dejado maniobrar con toda libertad al de los

españoles, confiado en que fácilmente rompería la inmensa línea dentro

de la cual se presumía envolverle. Por fin el 16 de febrero cuando

vio que iba a ser atacado, se anticipó tomando la ofensiva. Para ello

después de haber dejado en el Vendrell la división del general Souham,

salió de Villafranca con la de Pino, debiéndosele juntar las de los

generales Chavot y Chabran cerca de Capelladas, y componiendo las tres

11.000 hombres. Antes de que se uniesen se habían encontrado las tropas

del general Chavot con los españoles, cuyas guerrillas al mando de Don

Sebastián Ramírez habían rechazado las del enemigo y cogido más de 100

prisioneros, entre los que se contó al coronel Carrascosa. Sacó de

apuro a los suyos la llegada del general Saint-Cyr, quien repelió a los

nuestros, y maniobrando después con su acostumbrada destreza, atravesó

la línea española en la dirección de la Llacuna, y con un movimiento

por el costado se apareció súbitamente a la vista de Igualada, y

sorprendió al general Castro, que se imaginaba que solo sería atacado

por el frente. [Marginal: Entran en Igualada.] Vuelto de su error

apresuradamente se retiró a Montmeneu y Cervera, a cuyos parajes ciaron

también en bastante desorden las tropas más avanzadas. Los enemigos

se apoderaron en Igualada de muchos acopios de que tenían premiosa

necesidad, y recobraron los prisioneros que habían perdido la víspera

en Capelladas.

[Marginal: Movimientos de Saint-Cyr y Reding.]

Habiendo cortado de este modo el general Saint-Cyr la línea española,

trató de revolver sobre su izquierda para destruir las tropas que

guarecían los puntos de aquel lado, y unirse al general Souham. Dejó

en Igualada a los generales Chabot y Chabran, y partió el 18 la vuelta

de San Magín, de donde desalojó al brigadier Don Miguel Iranzo,

obligándole a recogerse al monasterio de Santas Cruces, cuyas puertas

en vano intentó el general francés que se le abriesen ni por fuerza ni

por capitulación.

Noticioso en tanto Don Teodoro Reding de lo acaecido con Castro, salió

de Tarragona acompañado de una brigada de artillería, 300 caballos y

un batallón de suizos, con objeto de unir los dispersos y libertar al

brigadier Iranzo. Consiguió que este y una parte considerable de la

demás tropa se le agregasen en el Pla, Sarreal y Santa Coloma. Pero

Saint-Cyr temeroso de ser atacado por fuerzas superiores, estando solo

con la división de Pino, procuró unirse a la de Souham, y colocarse

entre Tarragona y D. Teodoro Reding. Advertido este del movimiento

del enemigo, decidió retroceder a aquella plaza, dejando a cargo de

Don Luis Wimpffen unos 5000 hombres que cubriesen el corregimiento de

Manresa, y observasen a los franceses que habían quedado en Igualada.

Se mandó asimismo a Wimpffen proteger al somatén del Vallés y a los

inmediatos destinados a ayudar la proyectada conspiración de Barcelona.

Moviose después Reding hacia Montblanch llevando 10.000 hombres, y

el 24 congregó a junta para resolver definitivamente si retrocedería

a Tarragona, o si iría al encuentro de los franceses: tanto pesaba

a su atrevido ánimo volver la espalda sin combatir. En el consejo

opinaron muchos por enriscarse del lado de Prades y enderezar la marcha

a Constantí enviando la artillería a Lérida: otros, y fue lo que se

decidió, pensaron ser más honroso caminar con la artillería y los

bagajes por la carretera que pasando entre el Coll de Riba y orillas

del Francolí va a Tarragona, mas con la advertencia de no buscar al

enemigo, ni de esquivar tampoco su encuentro si provocase a la pelea.

Emprendiose la marcha y el 25 al rayar el alba, después de cruzar el

puente de Goy, tropezaron los nuestros con la gran guardia de los

franceses, la cual haciendo dos descargas se recogió al cuerpo de su

división, que era la del general Souham situada en las alturas de Valls.

[Marginal: Batalla de Valls.]

Don Teodoro Reding en vez de proseguir su marcha a Tarragona, conforme

a lo acordado, retrocedió con la vanguardia y se unió al grueso del

ejército que estaba en la orilla derecha del Francolí, colocado en

la cima de unas colinas. Tomada esta determinación empeñose luego

una acción general, a la que sobre todo alentó haber nuestras tropas

ligeras rechazado a las enemigas. El general Castro regía la derecha

española; quedó la izquierda y centro al cargo del general Martí.

La fuerza de los franceses consistía únicamente hasta entonces en la

división de Souham, que teniendo su derecha del lado de Pla apoyaba

su izquierda en el Francolí. En aquel pueblo permanecía el general

Saint-Cyr con la división de Pino, cuya vanguardia cubría el boquete

de Coll de Cabra, hasta que sabedor de haber Reding venido a las manos

con Souham, se apresuró a juntarse con este. Antes de su llegada

combatieron bizarramente los españoles durante cuatro horas, perdiendo

terreno los franceses, los cuales reforzados a las tres de la tarde

cobraron de nuevo ánimo. Entonces hubo generales españoles que creyeron

prudente no aventurar las ventajas alcanzadas contra tropas que venían

de refresco, resolviéndose por tanto a volver a ocupar la primera línea

y proseguir el camino a Tarragona. Mas fuese por impetuosidad de los

contrarios, o por la natural inclinación de Reding a no abandonar el

campo, trabose de nuevo y con mayor ardor la pelea.

Formó el general Saint-Cyr cuatro columnas, dos en el centro con la

división de Pino, y dos en las alas con la de Souham. Pasó el Francolí,

y arremetió subir a la cima en que se habían vuelto a colocar nuestras

tropas. La resistencia de los españoles fue tenacísima, cediendo solo

al bien concertado ataque de los enemigos. Rota después y al cabo de

largo rato la línea en vano se quiso rehacerla, salvándose nuestros

soldados por las malezas y barrancos de la tierra. Alcanzaron a Don

Teodoro Reding algunos jinetes enemigos; defendiose él y los oficiales

que le acompañaban valerosamente, mas recibió cinco heridas y con

dificultad pudo ponerse en cobro. Nuestra pérdida pasó de 2000 hombres:

menor la de los franceses. Contamos entre los muertos oficiales

superiores, y quedó prisionero con otros el marqués de Casteldosríus,

grande de España. Los dispersos se derramaron por todas partes

acogiéndose muchos a Tarragona, a donde llegó por la noche el general

Reding sin que el pueblo le faltase al debido respeto, noticioso de

cuanto había expuesto su propia persona.

[Marginal: Entran los franceses en Reus.]

Los franceses entraron al siguiente día en Reus, cuyos vecinos

permanecieron en sus casas contra la costumbre general de Cataluña,

y el ayuntamiento salió a recibir a los nuevos huéspedes, y aun

repartió una contribución para auxiliarlos. Irritó sobre manera tan

desusado proceder, y desaprobole agriamente el general Reding como de

mal ejemplo. Villa opulenta a causa de sus fábricas y manufacturas

no quiso perder en pocas horas la acumulada riqueza de muchos años.

Extendiéronse los franceses hasta el puerto de Salou, y cortaron la

comunicación de Tarragona con el resto de España. [Marginal: Esperanzas

de Saint-Cyr.] Mucho esperó Saint-Cyr de la batalla de Valls,

principalmente padeciéndose en Tarragona una enfermedad contagiosa

nacida de los muchos enfermos y heridos hacinados dentro de la plaza,

y cuyo número se había aumentado de resultas de un convenio que propuso

el general Saint-Cyr y admitió Reding: según el cual no debían en

adelante considerarse los enfermos y heridos de los hospitales como

prisioneros de guerra, sino que luego de convalecidos se habían de

entregar a sus ejércitos respectivos. Como estaban en este caso muchos

más soldados españoles que franceses, pensaba el general Saint-Cyr que

aumentándose así los apuros dentro de Tarragona, acabaría esta plaza

por abrirle sus puertas. Tenía en ello tanta confianza que conforme él

mismo nos refiere en sus memorias, determinó no alejarse de aquellos

muros mientras que pudiese dar a sus soldados la cuarta parte de una

ración. Conducta permitida si se quiere en la guerra, pero que nunca se

calificará de humana.

[Marginal: Salen vanas.]

Nada logró: los catalanes sin abatirse empezaron por medio de los

somatenes y miqueletes a renovar una guerra destructora. Diez mil

de ellos bajo el general Wimpffen y los coroneles Miláns y Clarós,

atacaron a los franceses de Igualada, y los obligaron con su general

Chabran a retirarse hasta Villafranca. [Marginal: Guerra de somatenes.]

Bloquearon otra vez a Barcelona, y cortando las comunicaciones

de Saint-Cyr con aquella plaza, infundieron nuevo aliento en sus

moradores. Quiso Chabran restablecerlas, mas rechazado retirose

precipitadamente, hasta que insistiendo después con mayores fuerzas y

por orden repetida de su general en jefe, abrió el paso en 14 de marzo.

No pudiendo ya, falto de víveres, sostenerse el general Saint-Cyr

en el campo de Tarragona, se dispuso a abandonar sus posiciones y

acercarse a Vic, como país más provisto de granos y bastante próximo

a Gerona, cuyo sitio meditaba. Debía el 18 de marzo emprender la

marcha: difiriose dos días a causa de un incidente que prueba cuán

hostil se mantenía contra los franceses toda aquella tierra. [Marginal:

Dificultad de las comunicaciones.] Estaba el general Chabot apostado

en Montblanch para impedir la comunicación de Reding con Wimpffen, y

de este con la plaza de Lérida. Oyose un día en los puntos que ocupaba

el ruido de un fuego vivo que partía de más allá de sus avanzadas.

Tal novedad obligole a hacer un reconocimiento, por cuyo medio

descubrió que provenía el estrépito de un encuentro de los somatenes

con 600 hombres y dos piezas que traía un coronel enviado de Fraga

por el mariscal Mortier, a fin de ponerse en relación con el general

Saint-Cyr. A duras penas habían llegado hasta Montblanch, mas no les

fue posible retroceder a Aragón, teniendo después que seguir la suerte

de su ejército de Cataluña. Hecho que muestra de cuán poco había

servido domeñar a Zaragoza, y ganar la batalla de Valls para ser dueños

del país, puesto que a poco tiempo no le era dado a un oficial francés

poder hacer un corto tránsito a pesar de tan fuerte escolta.

[Marginal: Retírase Saint-Cyr de las cercanías de Tarragona.]

Esta ocurrencia, la de Chabran, y lo demás que por todas partes pasaba,

afligía a los franceses viendo que aquella era guerra sin término, y

que en cada habitante tenían un enemigo. Para inspirar confianza y dar

a entender que nada temía, el 19 de marzo antes de salir de Valls envió

el general Saint-Cyr a Reding un parlamentario avisándole que forzado

por las circunstancias a acercarse a la frontera de Francia, partiría

al día siguiente, y que si el general español quería enviar un oficial

con un destacamento, le entregaría el hospital que allí había formado.

Accedió Reding a la propuesta, manifestando con ella el general francés

a su ejército el poco recelo que le daban en su retirada los españoles

de Tarragona, oprimidos con enfermedades y trabajos. Paráronse algunos

días las divisiones francesas del Llobregat allá, y aprovechándose de

su reunión ahuyentaron a Wimpffen del lado de Manresa.

[Marginal: Pasa por Barcelona.]

Entró al paso en Barcelona el general Saint-Cyr, en donde permaneció

hasta el 15 de abril. Durante su estancia no solo se ocupó en la

parte militar, sino que también tomó disposiciones políticas, de las

que algunas fueron sobradamente opresivas. [Marginal: Estado de la

ciudad.] El general Duhesme había en todos tiempos mostrado temor de

las conspiraciones que se tramaban en Barcelona, ya porque realmente

las juzgase graves, o ya también por encarecer su vigilancia. No hay

duda que continuaron siempre tratos entre gentes de fuera de la plaza

y personas notables de dentro, siendo de aquellas principal jefe Don

Juan Clarós, y de estas el mismo capitán general Villalba, sucesor que

habían dado a Ezpeleta los franceses. En el mes de marzo recobrando

ánimo después de pasados algunos días de la rota de Valls, acercose

muchedumbre de miqueletes y somatenes a Barcelona, ayudándoles los

ingleses del lado de la mar; hubo noche que llegaron hasta el glacis,

y aun de dentro se tiraron tiros contra los franceses. En muchas de

estas tentativas estaban quizá los conspiradores más esperanzados de

lo que debieran, y a veces la misma policía aumentaba los peligros, y

aun fraguaba tramas para recomendar su buen celo. Tal se decía de su

jefe el español Casanova, y aun lo sospechaba el general Saint-Cyr,

sirviendo de pretexto el nombre de conjuración para apoderarse de los

bienes de los acusados. Mas con todo no dejó de haber conspiraciones

que fueron reales, y que mantuvieron justo recelo entre los enemigos:

motivo por el que quiso el general Saint-Cyr obligar con juramento a

las autoridades civiles a reconocer a José, del mismo modo que se había

intentado antes con los militares, sin que en ello fuese más dichoso.

[Marginal: Niéganse las autoridades civiles a prestar juramento.]

Hasta entonces no había parecido a Duhesme conveniente exigírselo

deseoso de evitar nueva irritación y disgustos, y se contentaba con

que ejerciesen sus respectivas jurisdicciones: resolución prudente y

que no poco contribuyó a la tranquilidad y buen orden de Barcelona.

Mas ahora cumpliendo con lo que había dispuesto el general Saint-Cyr

convocó al efecto el 9 de abril a la casa de la audiencia a las

autoridades civiles, y señaladamente concurrieron a ella los oidores

Mendieta, Vaca, Córdova, Beltrán, Marchamalo, Dueñas, Lasauca, Ortiz,

Villanueva y Gutiérrez; nombres dignos de mentarse por la entereza y

brío con que se portaron. Abriose la sesión con un discurso en que se

invitaba a prestar el juramento, obligación que se suponía suspendida

a causa de particulares miramientos. Negáronse a ello resueltamente

casi todos, replicando con claras y firmes razones, principalmente los

señores Mendieta y Don Domingo Dueñas, quien concluyó con expresar «que

primero pisaría la toga que le revestía, que deshonrarla con juramentos

contrarios a la lealtad.» Siguieron tan noble ejemplo seis de los

siete regidores que habían quedado en Barcelona: lo mismo hicieron

los empleados en las oficinas de contaduría, tesorería y aduana,

afirmando el contador Asaguirre «que aun cuando toda España proclamase

a José, él se expatriaría.» Veintinueve fueron los que de resultas se

enviaron presos a Monjuich y a la ciudadela, sin contar otros muchos

que quedaron arrestados en sus casas, en cuyo número se distinguían el

conde de Ezpeleta y su sucesor Don Galcerán de Villalba. Al conducirlos

a la prisión el pueblo agolpábase al paso, y mirándolos como mártires

de la lealtad, los colmaba de bendiciones, y les ofrecía todo linaje de

socorros.

[Marginal: Prenden a muchos y los llevan a Francia.]

No satisfecho Saint-Cyr con esta determinación, resolvió poco después

trasladarlos a Francia, medida dura y en verdad ajena de la condición

apacible y mansa que por lo común mostraba aquel general, y tanto menos

necesaria cuanto entre los presos si bien se contaban magistrados

y empleados íntegros y de capacidad, no había ninguno inclinado a

abanderizar parcialidades.

[Marginal: Pasa Saint-Cyr a Vic.]

Tomada esta y otras providencias se alejó el general Saint-Cyr de

Barcelona, y llegó a Vic el 18 de abril, cuya ciudad encontró vacía

de gente, excepto los enfermos, seis ancianos y el obispo. Con

la precipitación lleváronse solamente los vecinos las alhajas más

preciosas, dejando provisiones bastantes que aliviaron la penuria

con que siempre andaba el ejército enemigo. Allí recibió su general

noticias de Francia de que carecía por el camino directo después de

cinco meses, y empezose a preparar para el sitio de Gerona, pensando

que el ejército español no estaba en el caso de poder incomodarle tan

en breve. No se engañaba en su juicio, así por el estado enfermizo y de

desorden en que se hallaba después de la batalla de Valls, [Marginal:

Muerte de Reding.] como también por el fallecimiento del general Reding

acaecido en aquella plaza el 23 de abril. Al principio no se habían

creído sus heridas de gravedad, pero empeorándose con las aflicciones

y sinsabores pusieron término a su vida. Reding general diligente y

de gran denuedo mostrose, aunque suizo de nación, [Marginal: Sucédele

Coupigny.] tan adicto a la causa de España, como si fuera hijo de su

propio suelo. Sucediole interinamente el marqués de Coupigny.

La guerra de somatenes siempre proseguía encarnizadamente, y largos

y difíciles de contar serían sus particulares y diversos trances.

Muestra fue del ardor que los animaba la vigorosa [Marginal: Paisanos

del Vallés.] respuesta de los paisanos del Vallés a la intimación que

los franceses les hicieron de rendirse. «El general Saint-Cyr [decían]

y sus dignos compañeros podrán tener la funesta gloria de no ver en

todo este país más que un montón de ruinas... pero ni ellos ni su amo

dirán jamás que este partido rindió de grado la cerviz a un yugo que

justamente rechaza la nación.»

[Marginal: Principio de las partidas en todo el reino.]

Tal género de guerra cundió a todas las provincias nacido de las

circunstancias y por acomodarse muy mucho a la situación física y

geográfica de esta tierra de España, entretejida y enlazada con los

brazos y ramales de montañas y sierras que como de principal tronco

se desgajan de los Pirineos y otras cordilleras, las cuales aunque

interrumpidas a veces por parameras, tendidas llanuras y deliciosas

vegas, acanalando en unas partes los ríos, y en otras quebrando y

abarrancando el terreno con los torrentes y arroyadas que de sus cimas

descienden, forman a cada paso angosturas y desfiladeros propios para

una guerra defensiva y prolongada. No menos ayudaba a ella la índole

de los naturales, su valor, la agilidad y soltura de los cuerpos, su

sencillo arreo, la sobriedad y templanza en el vivir que los hace por

lo general tan sufridores de la hambre, de la sed y trabajos. Hubo

sitios en que guerreaba toda la población: así acontecía en Cataluña,

así en Galicia, según luego veremos, así en otras comarcas. En los

demás parajes levantáronse bandas de hombres armados, a las que se dio

el nombre de _guerrillas_. Al principio cortas en número crecieron

después prodigiosamente, y acaudilladas por jefes atrevidos recorrían

la tierra ocupada por el enemigo y le molestaban como tropas ligeras.

Sin subir a Viriato puede con razón afirmarse que los españoles se

mostraron siempre inclinados a este linaje de lides, que se llaman en

la 2.ª Partida correduras y algaras, fruto quizá de los muchos siglos

que tuvieron aquellos que pelear contra los moros, en cuyas guerras

eran continuas las correrías a que debieron su fama los Vivares y los

Munios Sanchos de Hinojosa. En la de sucesión, aunque varias provincias

no tomaron parte por ninguno de los pretendientes, aparecieron no

obstante cuadrillas en algunos parajes, y con tanta utilidad a veces

de la bandera de la casa de Borbón, que el marqués de Santa Cruz de

Marcenado en sus reflexiones militares las recomienda por los buenos

servicios que habían hecho los paisanos de Benavarre. En la guerra

contra Napoleón nacieron más que de un plan combinado de la naturaleza

de la misma lucha. Engruesábanlas con gente las dispersiones de los

ejércitos, la falta de ocupación y trabajo, la pobreza que resultaba, y

sobre todo la aversión contra los invasores viva siempre y mayor cada

día por los males que necesariamente causaban sus tropas en guerra tan

encarnizada.

[Marginal: Decreto de la central.]

La junta central sin embargo previendo cuán provechoso sería no dar

descanso al enemigo y molestarle a todas horas y en todos sentidos,

imaginó la formación de estos cuerpos francos, y al efecto publicó un

reglamento en 28 de diciembre de 1808 en que despertando la ambición y

excitando el interés personal, trataba al mismo tiempo de poner coto

a los desmanes y excesos que pudieran cometer tropas no sujetas a la

rigurosa disciplina de un ejército. Nunca se practicó este reglamento

en muchas de sus partes, y aún no había circulado por las provincias

cuando ya las recorrían algunos partidarios. [Marginal: Porlier.]

Fue uno de los primeros Don Juan Díaz Porlier, a quien denominaron

el Marquesito por creerle pariente de Romana. Oficial en uno de los

regimientos que se hallaron en la acción de Burgos, tuvo después

encargo de juntar dispersos, y situose con este objeto en San Cebrián

de Campos a tres leguas de Palencia. Allegó en diciembre de 1808 alguna

gente, y ya en enero sorprendió destacamentos enemigos en Frómista,

Rivas y Paredes de Nava, en donde se pusieron en libertad varios

prisioneros ingleses, señalándose por su intrepidez Don Bartolomé Amor,

segundo de Porlier. Próximo este a ser cogido en Saldaña y dispersada

su tropa, juntola de nuevo, haciéndose dueño en febrero del depósito de

prisioneros que tenían los franceses en Sahagún, y de más de 100 de sus

soldados. Creció entonces su fama, difundiose a Asturias, y la junta le

suministró auxilios, con lo que, y engrosada su partida, acometió a la

guarnición enemiga de Aguilar de Campóo, compuesta de 400 hombres y dos

cañones, siendo curioso el modo que empleó para rendirlos.

Encerrados los franceses en su cuartel bien pertrechados y sostenidos

por su artillería, dificultoso era entrarlos a viva fuerza. Viendo esto

Porlier hizo subir algunos de los suyos a la torre, y de allí arrojar

grandes piedras, que cayendo sobre el tejado del cuartel, le demolieron

y dejaron descubiertos a los franceses obligándolos a entregarse

prisioneros. Concluyó otras empresas con no menor dicha.

[Marginal: Don Juan Echávarri.]

No fue tanta entonces la de Don Juan Fernández de Echávarri que, con

nombre de Compañía del Norte, levantó una cuadrilla que corría la

montaña de Santander y señorío de Vizcaya, pues preso él y algunos

de sus compañeros en 30 de marzo, fue sentenciado a muerte por

un tribunal criminal extraordinario que a manera del de Madrid

se estableció en Bilbao, el cual en este y otros casos ejerció

inhumanamente su odioso ministerio.

[Marginal: El Empecinado.]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (2 de 5) · 第 21 / 27 段