regimientos de dragones repeliolos nuestra infantería que avanzaba
con intrepidez. Durante dos horas lidiaron los franceses, retirándose
lentamente y en silencio: nuestra izquierda progresaba, y el centro y
la derecha cerraban de cerca al enemigo, cuya ala siniestra cejó hasta
un recodo que forma el Guadiana al acercarse a Medellín. Las tropas
ligeras de los españoles, esparcidas por el llano, amedrentaban por su
número y arrojo a los tiradores del enemigo; y como si ya estuviesen
seguras de la victoria, anunciaban con grande algazara que los campos
de Medellín serían el sepulcro de los franceses. Por todas partes
ganaba terreno el grueso de nuestra línea, y ya la izquierda iba a
posesionarse de una batería enemiga a la sazón que los regimientos de
caballería de Almansa y el Infante, y dos escuadrones de cazadores
imperiales de Toledo, en vez de cargar a los contrarios volvieron
grupa, y atropellándose unos a otros huyeron al galope vergonzosamente.
En vano Don José de Zayas, oficial de gran valor y pericia, y que en
realidad mandaba la vanguardia, en vano les gritaba acompañado de
sus infantes firmes y serenos, «¿qué es esto? Alto la caballería.
Volvamos a ellos que son nuestros...» Nada escuchaban, el pavor había
embargado sus sentidos. Don Gregorio de la Cuesta al advertir tamaño
baldón partió aceleradamente para contener el desorden; mas atropellado
y derribado de su caballo estuvo próximo a caer en manos de los
jinetes enemigos, que pasando adelante en su carga afortunadamente
no le percibieron. Aunque herido en el pie, maltratado y rendido con
sus años, pudo Cuesta volver a montar a caballo, y libertarse de ser
prisionero.
Abandonada nuestra infantería de la izquierda por la caballería, fue
desunida y rota, y cayendo sobre nuestro centro y derecha, que al
mismo tiempo eran atacados por su frente, desapareció la formación
de nuestra dilatada y endeble línea como hilera de naipes. El duque
de Alburquerque fue el solo que pudo por algún tiempo conservar el
orden, para tomar una loma plantada de viña que había a espaldas del
llano; pero estrechada su gente por los dispersos, y aterrada con los
gritos de los acuchillados, desarreglose simultáneamente, corriendo a
guarecerse de los viñedos. Desde entonces todo el ejército no presentó
ya otra forma sino la de una muchedumbre desbandada, huyendo a toda
priesa de la caballería enemiga, que hizo gran mortandad en nuestros
pobres infantes. Durante mucho tiempo los huesos de los que allí
perecieron se percibían y blanqueaban, contrastando su color macilento
en tan hermoso llano con el verde y matizadas flores de la primavera.
Fue nuestra pérdida entre muertos, heridos y prisioneros de 10.000
hombres; la de los franceses, aunque bastante inferior, no dejó de ser
considerable.
Así terminó y tan desgraciadamente la batalla de Medellín. Gloriosa
para la infantería no lo fue para algunos cuerpos de caballería, que
castigó severamente Don Gregorio de la Cuesta suspendiendo a tres
coroneles, y quitando a los soldados una pistola hasta que recobrasen
en otra acción el honor perdido. Pero por reprensible que en efecto
fuese la conducta de estos, en nada descargaba a Cuesta del temerario
arrojo de empeñar una batalla campal con tropas bisoñas y no bien
disciplinadas, en una posición como la que escogió y en el orden
en que lo hizo, sin dejar a sus espaldas cuerpo alguno de reserva.
Claro era que rota una vez la línea quedaba su ejército deshecho, no
teniendo en que sostenerse ni punto adonde abrigarse, al paso que los
franceses, aun perdida por ellos la batalla, podían cubrirse detrás
de unas huertas cerradas con tapia que había a la salida de Medellín,
y escudarse luego con el mismo pueblo desamparado de los vecinos,
apoyándose en el cerro del castillo. [Marginal: Sus resultas.] Don
Gregorio de la Cuesta con los restos de su ejército se retiró a
Monasterio, límite de Extremadura y Andalucía, y en cuyo fuerte sitio
debiera haber aguardado a los franceses si hubiera procedido como
general entendido y prudente.
[Marginal: Determinaciones de la central.]
La junta central al saber la rota de Medellín no sintió descaído
su ánimo, a pesar del peligro que de cerca la amagaba. Elevó a la
dignidad de capitán general a Don Gregorio de la Cuesta, al paso que
temía su antiguo resentimiento en caso de que hubiese triunfado, y
repartió mercedes a los que se habían conducido honrosamente, no menos
que a los huérfanos y viudas de los muertos en la batalla. Púsose
también el ejército de la Mancha a las órdenes de Cuesta, [Marginal:
Venegas sucede a Cartaojal.] aunque se nombró para mandarle de cerca
a Don Francisco Venegas, restablecido de una larga enfermedad, y fue
llamado el conde de Cartaojal, cuya conducta apareció muy digna de
censura por lo ocurrido en Ciudad Real, pues allí no hubo sino desorden
y confusión, y por lo menos en Medellín se había peleado.
[Marginal: Reflexiones.]
Ahora haciendo corta pausa séanos lícito examinar la opinión de
ciertos escritores, que al ver tantas derrotas y dispersiones han
querido privar a los españoles de la gloria adquirida en la guerra de
la independencia. Pocos son en verdad los que tal han intentado, y en
alguno muéstrase a las claras la mala fe, alterando o desfigurando los
hechos más conocidos. En los que no han obrado impelidos de mezquinas
y reprehensibles pasiones, descúbrese luego el origen de su error en
aquel empeño de querer juzgar la defensa de España como el común de
las guerras, y no según deben juzgarse las patrióticas y nacionales.
En las unas gradúase su mérito conforme a reglas militares; en las
otras ateniéndose a la constancia y duración de la resistencia.
«Median imperios [decía Napoleón en Leipzig] entre ganar o perder una
batalla.» Y decíalo con razón en la situación en que se hallaba; pero
no así a haber sostenido la Francia su causa, como lo hizo con la de
la libertad al principio de la revolución. La Holanda, los Estados
Unidos, todas las naciones en fin que se han visto en el caso de
España, comenzaron por padecer descalabros y completas derrotas, hasta
que la continuación de la guerra convirtió en soldados a los que no
eran sino meros ciudadanos. Con mayor fundamento debía acaecer lo mismo
entre nosotros. La Francia era una nación vecina, rica y poderosa, de
donde sin apuro podían a cada paso llegar refuerzos. Sus ejércitos en
gran parte no eran puramente mercenarios: producto de su revolución
conservaban cierto apego al nombre de patria, y quince años de guerra
y de esclarecidos triunfos les habían dado la pericia y confianza de
invencibles conquistadores. Austriacos, prusianos, rusos, ingleses,
preparados de antemano con cuantiosos medios, con tropas antiguas y
bien disciplinadas, les habían cedido el campo en repetidas lides.
¿Qué extraño pues sucediese otro tanto a los españoles en batallas
campales, en que el saber y maña en evoluciones y maniobras valían más
que los ímpetus briosos del patriotismo? Al empezar la insurrección
en mayo ya vimos cuán desapercibida estaba España para la guerra con
40.000 soldados escasos, inexpertos y mal acondicionados; dueños los
franceses de muchas plazas fuertes, y teniendo 100.000 hombres en el
corazón del reino. Y sin embargo, ¿qué no se hizo? En los primeros
meses victoriosos los españoles en casi todas partes, estrecharon a
sus contrarios contra el Pirineo. Cuando después reforzados estos
inundaron con sus huestes los campos peninsulares, y oprimieron con
su superioridad y destreza a nuestros ejércitos, la nación ni se
desalentó, ni se sometieron los pueblos fácil ni voluntariamente. Y en
enero embarcados los ingleses, solos los españoles, teniendo contra sí
más de 200.000 enemigos, mirada ya en Europa como perdida su justísima
causa, no solo se desdeñó todo acomodamiento, sino que peleándose por
doquiera transitaban franceses, aparecieron de nuevo ejércitos que
osaron aventurar batallas, desgraciadas es cierto, pero que mostraban
los redoblados esfuerzos que se hacían, y lo porfiadamente que había de
sustentarse la lucha empeñada. Cometiéronse graves faltas, descubriose
a las claras la impericia de varios generales, lo bisoño de nuestros
soldados, el abandono y atraso en que el anterior gobierno había tenido
el ramo militar como los demás; pero brilló con luz muy pura el elevado
carácter de la nación, la sobriedad y valor de sus habitadores, su
desprendimiento, su conformidad e inalterable constancia en los reveses
y trabajos, virtudes raras, exquisitas, más difíciles de adquirir que
la táctica y disciplina de tropas mercenarias. Abulte en buen hora la
envidia, el despecho, la ignorancia, los errores en que incurrimos:
su voz nunca ahogará la de la verdad, ni podrá desmentir lo que han
estampado en sus obras, y casi siempre con admirable imparcialidad,
muchos de los que entonces eran enemigos nuestros, y señaladamente los
dignos escritores Foy, Suchet y Saint-Cyr, que mandando a los suyos
pudieron mejor que otros apreciar la resistencia y el mérito de los
españoles.
[Marginal: Comisión de Sotelo.]
Volvamos ya a nuestro propósito. Ocurridas las jornadas de Ciudad Real
y Medellín, pensó el gobierno de José ser aquella buena sazón para
tantear al de Sevilla, y entrar en algún acomodamiento. Salió de Madrid
con la comisión Don Joaquín María Sotelo, magistrado que gozaba antes
del concepto de hombre ilustrado, y que deteniéndose en Mérida dirigió
desde allí al presidente de la junta central, por medio del general
Cuesta, un pliego con fecha de 12 de abril, en el que anunciando estar
autorizado por José para tratar con la junta el modo de remediar
los males que ya habían experimentado las provincias ocupadas, y el
de evitar los de aquellas que todavía no lo estaban, invitaba a que
se nombrase al efecto por la misma junta una o más personas que se
abocasen con él. La Central sin contestar en derechura a Sotelo,
mandó a Don Gregorio de la Cuesta que le comunicase el acuerdo que
de resultas había formado, justo y enérgico, concebido en estos
términos. [Marginal: Respuesta de la central.] «Si Sotelo trae poderes
bastantes para tratar de la restitución de nuestro amado Rey, y de que
las tropas francesas evacuen al instante todo el territorio español,
hágalos públicos en la forma reconocida por todas las naciones, y se
le oirá con anuencia de nuestros aliados. De no ser así la junta no
puede faltar a la calidad de los poderes de que está revestida, ni a
la voluntad nacional, que es de no escuchar pacto, ni admitir tregua,
ni ajustar transacción que no sea establecida sobre aquellas bases de
eterna necesidad y justicia. Cualquier otra especie de negociación,
sin salvar al estado, envilecería a la junta, la cual se ha obligado
solemnemente a sepultarse primero entre las ruinas de la monarquía, que
a oír proposición alguna en mengua del honor e independencia del nombre
español.» Insistió Sotelo respondiendo con una carta bastantemente
moderada; mas la junta se limitó a mandar a Cuesta repitiese el
mencionado acuerdo, «advirtiendo a Sotelo que aquella sería la última
contestación que recibiría mientras los franceses no se allanasen,
lisa y llanamente a lo que había manifestado la junta.» No pasó por
consiguiente más adelante esta negociación emprendida quizá con sano
intento; pero que entonces se interpretó mal, y dañó al anterior buen
nombre del comisionado.
[Marginal: Cartas de Sebastiani a Jovellanos y otros. (* Ap. n. 8-6.)]
También por la parte de la Mancha se hicieron al mismo tiempo
iguales tentativas, escribiendo el general francés Sebastiani, que
allí mandaba,[*] a Don Gaspar Melchor de Jovellanos individuo de la
central, a Don Francisco de Saavedra ministro de hacienda, y al general
del ejército de la Carolina Don Francisco Venegas. Es curiosa esta
correspondencia, por colegirse de ella el modo diverso que tenían
entonces de juzgar las cosas de España los franceses y los nacionales.
Como sería prolijo insertarla íntegra, hemos preferido no copiar sino
la carta del general Sebastiani a Jovellanos, y la contestación de
este. [Marginal: Carta de Sebastiani al Señor Jovellanos.] «Señor, la
reputación de que gozáis en Europa, vuestras ideas liberales, vuestro
amor por la patria, el deseo que manifestáis de verla feliz, deben
haceros abandonar un partido que solo combate por la inquisición, por
mantener las preocupaciones, por el interés de algunos grandes de
España, y por los de la Inglaterra. Prolongar esta lucha es querer
aumentar las desgracias de la España. Un hombre cual vos sois,
conocido por su carácter y sus talentos, debe conocer que la España
puede esperar el resultado más feliz de la sumisión a un rey justo
e ilustrado, cuyo genio y generosidad deben atraerle a todos los
españoles que desean la tranquilidad y prosperidad de su patria. La
libertad constitucional bajo un gobierno monárquico, el libre ejercicio
de vuestra religión, la destrucción de los obstáculos que varios siglos
ha se oponen a la regeneración de esta bella nación, serán el resultado
feliz de la constitución que os ha dado el genio vasto y sublime del
emperador. Despedazados con facciones, abandonados por los ingleses
que jamás tuvieron otros proyectos que el de debilitaros, el robaros
vuestras flotas y destruir vuestro comercio, haciendo de Cádiz un nuevo
Gibraltar, no podéis ser sordos a la voz de la patria que os pide la
paz y la tranquilidad. Trabajad en ella de acuerdo con nosotros, y que
la energía de España solo se emplee desde hoy en cimentar su verdadera
felicidad. Os presento una gloriosa carrera; no dudo que acojáis con
gusto la ocasión de ser útil al rey José y a vuestros conciudadanos.
Conocéis la fuerza y el número de nuestros ejércitos, sabéis que el
partido en que os halláis no ha obtenido la menor vislumbre de suceso:
hubiérais llorado un día si las victorias le hubieran coronado, pero el
Todopoderoso en su infinita bondad os ha libertado de esta desgracia.
Estoy pronto a entablar comunicación con vos y daros pruebas de mi
alta consideración. — Horacio Sebastiani.»
[Marginal: Contestación del Señor Jovellanos.]
«Señor general: Yo no sigo un partido, sigo la santa y justa causa que
sigue mi patria, que unánimemente adoptamos los que recibimos de su
mano el augusto encargo de defenderla y regirla, y que todos habemos
jurado seguir y sostener a costa de nuestras vidas. No lidiamos, como
pretendéis, por la inquisición ni por soñadas preocupaciones, ni por el
interés de los grandes de España: lidiamos por los preciosos derechos
de nuestro rey, nuestra religión, nuestra constitución y nuestra
independencia. Ni creáis que el deseo de conservarlos esté distante del
de destruir los obstáculos que puedan oponerse a este fin; antes por
el contrario y para usar de vuestra frase, el deseo y el propósito de
regenerar la España y levantarla al grado de esplendor que ha tenido
algún día, es mirado por nosotros como una de nuestras principales
obligaciones. Acaso no pasará mucho tiempo sin que la Francia y la
Europa entera reconozcan que la misma nación que sabe sostener con
tanto valor y constancia la causa de su rey y de su libertad contra
una agresión tanto más injusta cuanto menos debía esperarla de los que
se decían sus primeros amigos, tiene también bastante celo, firmeza y
sabiduría para corregir los abusos que la condujeron insensiblemente
a la horrorosa suerte que le preparaban. No hay alma sensible que no
llore los atroces males que esta agresión ha derramado sobre unos
pueblos inocentes a quienes después de pretender denigrarlos con el
infame título de rebeldes, se niega aun aquella humanidad, que el
derecho de la guerra exige y encuentra en los más bárbaros enemigos.
Pero ¿a quién serán imputados estos males? ¿A los que los causan
violando todos los principios de la naturaleza y la justicia, o a
los que lidian generosamente para defenderse de ellos y alejarlos de
una vez y para siempre de esta grande y noble nación? Porque, señor
general, no os dejéis alucinar: estos sentimientos que tengo el honor
de expresaros son los de la nación entera, sin que haya en ella un
solo hombre bueno aun entre los que vuestras armas oprimen, que no
sienta en su pecho la noble llama que arde en el de sus defensores.
Hablar de nuestros aliados fuera impertinente, si vuestra carta no me
obligase a decir en honor suyo que los propósitos que les atribuís
son tan injuriosos como ajenos de la generosidad con que la nación
inglesa ofreció su amistad y sus auxilios a nuestras provincias, cuando
desarmadas y empobrecidas los imploraron desde los primeros pasos de la
opresión con que la amenazaban sus amigos.
En fin, señor general, yo estaré muy dispuesto a respetar los humanos y
filosóficos principios, que según nos decís profesa vuestro rey José,
cuando vea que ausentándose de nuestro territorio reconozca que una
nación, cuya desolación se hace actualmente a su nombre por vuestros
soldados, no es el teatro más propio para desplegarlos. Este sería
ciertamente un triunfo digno de su filosofía, y vos, señor general,
si estáis penetrado de los sentimientos que ella inspira, deberéis
gloriaros también de concurrir a este triunfo para que os toque alguna
parte de nuestra admiración y nuestro reconocimiento. Solo en este
caso me permitirán mi honor y mis sentimientos entrar con vos en la
comunicación que me proponéis, si la suprema junta central lo aprobare.
Entre tanto recibid, señor general, la expresión de mi sincera
gratitud por el honor con que personalmente me tratáis, seguro de la
consideración que os profeso. Sevilla 24 de abril de 1809. — Gaspar de
Jovellanos. — Excmo. señor general Horacio Sebastiani.»
Esta respuesta, digna de la pluma y del patriotismo de su autor, fue
muy aplaudida en todo el reino así por su noble y elevado estilo, como
por retratarse en su contenido los verdaderos sentimientos que animaban
a la gran mayoría de la nación.
[Marginal: Guerra de Austria.]
Semejantes tentativas de conciliación, prescindiendo de lo
impracticables que eran, parecieron entonces, a pesar de tantas
desgracias, más fuera de sazón por la guerra que empezaba en Alemania.
Temores de ella que no tardaron en realizarse, habían, según se
dijo, estimulado a Napoleón a salir precipitadamente de España. No
olvidando nunca el Austria las desventajosas paces a que se había
visto forzada desde la revolución francesa, y sobre todo la última de
Presburgo, estaba siempre en acecho para no desperdiciar ocasión de
volver por su honra y de recobrar lo perdido. Pareciole muy oportuna
la de la insurrección española que produjo en toda Europa impresión
vivísima, y siguió aquel gobierno cuidadosamente el hilo de tan grave
acontecimiento. Demasiadamente abatida el Austria desde la última
guerra, no podía por de pronto mostrar a las claras su propósito
antes de prepararse y estar segura de que continuaba la resistencia
peninsular. En Erfurt mantúvose amiga de Francia, mas con cierta
reserva, y solo difirió bajo especiosos pretextos el reconocimiento de
José. Napoleón, aunque receloso, confiando en que si apagaba pronto la
insurrección de España nadie se atrevería a levantar el grito; sacó
para ello conforme insinuamos, gran golpe de gente de Alemania, y dio
de este modo nuevo aliento al Austria que disimuladamente aceleró
los preparativos de guerra. En los primeros meses del año 1809 dicha
potencia comenzó a quitarse el embozo publicando una especie de
manifiesto en que declaraba quería ponerse al abrigo de cualquier
empresa contra su independencia, y al fin arrojole del todo en 9 de
abril en que el archiduque Carlos mandando su grande y principal
ejército, abrió la campaña por medio de un aviso y atravesó el Inn, río
que separa la Baviera de los estados austriacos. Lo poco prevenido que
cogía a Napoleón esta guerra, las formidables fuerzas que de súbito
desplegó el Austria, las muchas que Francia tenía en España, y lo
desabrida que se mostraba la voz pública en el mismo imperio francés,
daba a todos fundamento para creer que la primera alcanzaría victorias,
de cuyas resultas tal vez se cambiaría la faz política de Europa. Para
contribuir a ello y no desaprovechar la oportunidad envió la junta
central a Viena como plenipotenciario suyo a Don Eusebio de Bardají y
Azara, y aquella corte autorizó a Mr. Gennotte en calidad de encargado
de negocios cerca del gobierno de Sevilla. Veremos luego cuán poco
correspondió el éxito a esperanzas tan bien concebidas.
[Marginal: Cataluña]
Ahora, después de haber referido lo que ocurrió durante estos meses
en las provincias meridionales de España, será bien que hablemos de
Cataluña y de las demás partes del reino. En aquella los ánimos habían
andado perturbados después de las acciones perdidas, y de las voces y
amenazas que venían de Aragón y varios puntos. Sin embargo en Tarragona
no habrá olvidado el lector como la turbación no pasó de ciertos
límites, luego que Vives dejó el mando y recayó este en Reding, mas
en Lérida manchose con sangre. [Marginal: Alboroto de Lérida.] Fue el
caso que en 1.º de enero habiendo introducido en la plaza de día y sin
precaución varios prisioneros franceses, alborotándose a su vista el
vecindario y vociferando palabras de muerte, forzó el castillo a donde
aquellos habían sido conducidos. Estaban también dentro encerrados el
oidor de la audiencia de Barcelona Don Manuel Fortuny y su esposa,
con otros cuatro o cinco individuos tachados con razón o sin ella de
infidencia. Ciega la muchedumbre penetró en lo interior y mató a estos
desgraciados y a varios de los prisioneros franceses. Duró tres días
la sublevación, hasta que llegaron 300 soldados que envió el general
Reding, con cuyo refuerzo y las prudentes exhortaciones del gobernador
Don José Casimiro Lavalle, del obispo y otras personas, se sosegó
el bullicio. Los principales sediciosos recibieron después justo y
severo castigo: siendo muy de sentir que las autoridades andando más
precavidas no hubiesen evitado de antemano tan lamentable suceso.
[Marginal: Reding en Tarragona.]
Por su parte Don Teodoro Reding con nuevos cuerpos que llegaron de
Granada y Mallorca y con reclutas había ido completando su ejército
desde diciembre basta febrero, en cuyo espacio de tiempo había
permanecido tranquilo el de los franceses sin empeñarse en grandes
empresas: teniendo para proveerse de víveres que hacer excursiones
en que perdió hombres y consumió 2.000.000 de cartuchos. El plan que
en Tarragona siguió al principio el general Reding fue prudente,
escarmentado con lo sucedido en Llinas y Molins de Rey. [Marginal: Plan
prudente de Martí.] Era obra de Don José Joaquín Martí, y consistía en
no trabar acciones campales, en molestar al enemigo al abrigo de las
plazas y puntos fragosos, en mejorar así sucesivamente la instrucción
y disciplina del ejército, y en convertir la principal defensa en una
guerra de montaña, según convenía a la índole de los naturales y al
terreno en que se lidiaba. Todos concurrían con entusiasmo a alcanzar
el objeto propuesto, y la junta corregimental de Tarragona mostró
acendrado patriotismo en facilitar caudales, en acuñar la plata de las
iglesias y de los particulares, y en proporcionar víveres y prendas
de vestuario. Quísose sujetar a regla a los miqueletes, pero encontró
la medida grande obstáculo en las costumbres y antiguos usos de los
catalanes.