A modo del tribunal criminal de José creó asimismo la central uno

de seguridad pública que entendiese en los delitos de infidencia, y

aunque no tan arbitrario como aquel en la aplicación y desigualdad

de las penas, reprobaron con razón su establecimiento los que no

quieren ver rotos bajo ningún pretexto los diques que las leyes y la

experiencia han puesto a las pasiones y a la precipitación de los

juicios humanos. Ya en Aranjuez se estableció dicho tribunal con

el nombre de extraordinario de vigilancia y protección; y aun se

nombraron ministros por la mayor parte del consejo que le compusieran;

mas hasta Sevilla y bajo otros jueces no se vio que ejerciese su

terrible ministerio. Afortunadamente rara vez se mostró severo e

implacable. Dirigió casi siempre sus tiros contra algunos de los

que estaban ausentes y abiertamente comprometidos, respondiendo en

parte a los fallos de la misma naturaleza que pronunciaba el tribunal

extraordinario de Madrid. Solo impuso la pena capital a un ex guardia

de corps que se había pasado al enemigo, y en abril de 1809 mandó

ajusticiar en secreto, exponiéndolos luego al público, a Luis Gutiérrez

y a un tal Echevarría, su secretario, mozo de entendimiento claro y

despejado. El Gutiérrez había sido fraile y redactor de una gaceta en

español que se publicaba en Bayona, y el cual con su compañero llevaba

comisión para disponer los ánimos de los habitantes de América en

favor de José. Encontráronles cartas del rey Fernando y del infante

Don Carlos que se tuvieron por falsas. Quizá no fue injusta la pena

impuesta, según la legislación vigente, pero el modo y sigilo empleado

merecieron con razón la desaprobación de los cuerdos e imparciales.

[Marginal: Centrales enviados a las provincias.]

Tampoco reportó provecho el enviar individuos de la central a

las provincias, de cuya comisión hablamos en el libro sexto. La

junta intitulándolos comisarios, los autorizó para presidir a las

provinciales y representarla con la plenitud de sus facultades. Los

más de ellos no hicieron sino arrimarse a la opinión que encontraron

establecida, o entorpecer la acción de las juntas, no saliendo por

lo general de su comisión ninguna providencia acertada ni vigorosa.

Verdad es que siendo, conforme queda apuntado, pocos entre los

individuos de la central los que se miraban como prácticos y entendidos

en materias de gobierno, quedáronse casi siempre los que lo eran en

Sevilla, yendo ordinariamente a las provincias los más inútiles y

limitados. [Marginal: Marqués de Villel en Cádiz.] Fue de este número

el marqués de Villel: enviado a Cádiz para atender a su fortificación,

y desarraigar añejos abusos en la administración de la aduana, provocó

por su indiscreción y desatentadas providencias un alboroto que a no

atajarse con oportunidad, hubiera dado ocasión a graves desazones. Como

este acontecimiento se rozó con otro que por entonces y en la misma

ciudad ocurrió con los ingleses, será bien que tratemos a un tiempo de

entrambos.

[Marginal: Los ingleses quieren ocupar la plaza.]

Luego que el gobierno británico supo las derrotas de los ejércitos

españoles, y temiendo que los franceses invadiesen las Andalucías,

pensó poner al abrigo de todo rebate la plaza de Cádiz, y enviar tropas

suyas que la guarneciesen. Para el recibimiento de estas y para proveer

en ello lo conveniente envió allí a Sir Jorge Smith con la advertencia,

según parece, de solo obrar por sí en el caso de que la junta central

fuese disuelta, o de que se cortasen las comunicaciones con el

interior. No habiendo sucedido lo que recelaba el ministerio inglés, y

al contrario estando ya en Sevilla el gobierno supremo, de repente y

sin otro aviso notició el Sir Jorge al gobernador de Cádiz como S. M.

B. le había autorizado para exigir que se admitiese dentro de la plaza

guarnición inglesa: escribiendo al mismo tiempo a Sir Juan Cradock

general de su nación en Lisboa, a fin de que sin tardanza enviase a

Cádiz parte de las tropas que tenía a sus órdenes. Advertida la junta

central de lo ocurrido, extrañó que no se la hubiera de antemano

consultado en asunto tan grave, y que el ministro inglés Mr. Frere no

le hubiese hecho acerca de ello la más leve insinuación. Resentida,

dióselo a entender con oportunas reflexiones, previniendo al marqués de

Villel su representante en Cádiz y al gobernador, que de ningún modo

permitiesen a los ingleses ocupar la plaza, guardando no obstante en la

ejecución de la orden el miramiento debido a tropas aliadas.

[Marginal: Altercados que hubo en ello.]

A poco tiempo y al principiar febrero llegaron a la bahía gaditana con

el general Mackenzie dos regimientos de los pedidos a Lisboa, y súpose

también entonces por el conducto regular cuáles eran los intentos

del gobierno inglés. Este confiado en que la expedición de Moore no

tendría el pronto y malhadado término que hemos visto, quería, conforme

manifestó, trasladar aquel ejército o bien a Lisboa, o bien al mediodía

de España; y para tener por esta parte un punto seguro de desembarco,

había resuelto enviar de antemano a Cádiz al general Sherbrooke con

4000 hombres que impidiesen una súbita acometida de los franceses.

Así se lo comunicó Mr. Frere a la junta central, y así en Londres Mr.

Canning al ministro de España Don Juan Ruiz de Apodaca, añadiendo

que S. M. B. deseaba que el gobierno español examinase si era o no

conveniente dicha resolución.

Parecían contrarios a los anteriores procedimientos de Sir George Smith

los pasos que en la actualidad se daban, y disgustábale a la central

que después de haber desconocido su autoridad se pidiese ahora su

dictamen y consentimiento. No pensaba que Smith se hubiese excedido

de sus facultades según se le aseguró, y más bien presumió que se

achacaba al comisionado una culpa que solo era hija de resoluciones

precipitadas, sugeridas por el temor de que los franceses conquistasen

en breve a España. Siguiéronse varias contestaciones y conferencias

que se prolongaron bastantemente. [Marginal: (* Ap. n. 8-4.)] La junta

mantúvose firme y con decoro, y terminó el asunto por medio de una

juiciosa nota [*] pasada en 1.º de marzo, de cuyas resultas diose otro

destino a las tropas inglesas que iban a ocupar a Cádiz.

[Marginal: Alboroto en Cádiz.]

Al propio tiempo y cuando aún permanecían en su bahía los regimientos

que trajo el general Mackenzie, se suscitó dentro de aquella plaza el

alboroto arriba indicado, cuya coincidencia dio ocasión a que unos

le atribuyesen a manejos de agentes británicos, y otros a enredos y

maquinaciones de los parciales de los franceses; estos para impedir

el desembarco e introducir división y cizaña, aquellos para tener

un pretexto de meter en Cádiz las tropas que estaban en la bahía.

Así se inclina el hombre a buscar en origen oscuro y extraordinario

la causa de muchos acontecimientos. En el caso presente se descubre

fácilmente esta en el interés que tenían varios en conservar los

abusos que iba a desarraigar el marqués de Villel; en los desacordados

procedimientos del último y en la suma desconfianza que a la sazón

reinaba. [Marginal: Conducta extraña de Villel.] El marqués en vez de

contentarse con desempeñar sus importantes comisiones, se entrometió en

dar providencias de policía subalterna, o solo propias del recogimiento

de un claustro. Prohibía las diversiones, censuraba el vestir de las

mujeres, perseguía a las de conducta equívoca, o a las que tal le

parecían, dando pábulo con estas y otras medidas no menos inoportunas

a la indignación pública. En tal estado bastaba el menor incidente

para que de las hablillas y desabrimientos se pasase a una abierta

insurrección.

Presentose con la entrada en Cádiz el 22 de febrero de un batallón de

extranjeros compuesto de desertores polacos y alemanes. Desagradaba

a los gaditanos que se metiesen en la plaza aquellos soldados, a su

entender poco seguros: con lo que los enemigos de la central y los de

Villel que eran muchos, soplando el fuego, tumultuaron la gente que

se encaminó a casa del marqués para leer un pliego sospechoso a los

ojos del vulgo, y el cual acababa de llegar al capitán del puerto.

Manifestose el contenido a los alborotados, y como se limitase este a

una orden para trasladar los prisioneros franceses de Cádiz a las islas

Baleares, aquietáronse por de pronto, [Marginal: Riesgo que corre su

persona.] más luego arreciando la conmoción fue llevado el marqués con

gran peligro de su persona a las casas consistoriales. Crecieron las

amenazas, y temerosos algunos vecinos respetables de que se repitiese

la sangrienta y deplorable escena de Solano, acudieron a libertar al

angustiado Villel acompañados del gobernador D. Félix Jones y de Fr.

Mariano de Sevilla, guardián de capuchinos, que ofreció custodiarle en

su convento. De entre los amotinados salieron voces de que los ingleses

aprobaban la sublevación, y teniéndolas por falsas rogó el gobernador

Jones al general Mackenzie que las desvaneciese, en cuyo deseo

condescendió el inglés. Con lo cual, y con fenecer el día se sosegó por

entonces el tumulto.

A la mañana siguiente publicó el gobernador un bando que calmase los

ánimos; más enfureciéndose de nuevo el populacho quiso forzar la

entrada del castillo de santa Catalina, y matar al general Caraffa

que con otros estaba allí preso. Púdose afortunadamente contener

con palabras a la muchedumbre, entre la que hallándose ciertos

contrabandistas, [Marginal: Matan a Heredia.] revolvieron sobre la

Puerta del mar, cogieron a Don José Heredia, comandante del resguardo,

contra quien tenían particular encono, y le cosieron a puñaladas.

[Marginal: Sosiégase el alboroto.] La atrocidad del hecho, el cansancio

y los ruegos de muchos calmaron al fin el tumulto, prendiendo los

voluntarios de Cádiz a unos cuantos de los más desasosegados.

[Marginal: Ejércitos.]

Afligían a los buenos patricios tan tristes y funestas ocurrencias, sin

que por eso se dejase de continuar con la misma constancia en el santo

propósito de la libertad de la patria. La central ponía gran diligencia

en reforzar y dar nueva vida a los ejércitos que habiéndose acogido al

mediodía de España le servían de valladar. En febrero del apellidado

del centro y de la gente que el marqués del Palacio y después el conde

de Cartaojal habían reunido en la Carolina, formose solo uno, según

insinuamos, a las órdenes del último general. En Extremadura prosiguió

Don Gregorio de la Cuesta juntando dispersos y restableciendo el orden

y la disciplina para hacer sin tardanza frente al enemigo. De cada uno

de estos dos ejércitos y de sus operaciones hablaremos sucesivamente.

[Marginal: El de la Mancha.]

El que mandaba Cartaojal, ahora llamado de la Mancha, constaba de

16.000 infantes y más de 3000 caballos. Los que de ellos se reunieron

en la Carolina tuvieron más tiempo de arreglarse; y la caballería

numerosa y bien equipada, si no tenía la práctica y ejercicios

necesarios, por lo menos sobresalía en sus apariencias. Debían darse

la mano las operaciones de este ejército con las del general Cuesta

en Extremadura, y ya antes de ser separado del mando del ejército del

centro el duque del Infantado, se había convenido en febrero entre él

y el de Cartaojal hacer un movimiento hacia Toledo, que distrajese

parte de las fuerzas enemigas que intentaban cargar a Cuesta. Con este

propósito púsose a las órdenes del duque de Alburquerque, encargado del

mando de la vanguardia del ejército del centro después de la batalla de

Uclés, una división formada con soldados de aquel y con otros del de la

Carolina; constando en todo de 9000 infantes, 2000 caballos y 10 piezas

de artillería.

[Marginal: Ataque de Mora.]

Era el de Alburquerque mozo valiente, dispuesto para este género de

operaciones. Encaminose por Ciudad Real y el país quebrado y de bosque

espeso llamado la Gualdería, y se acercó a Mora que ocupaba con 500

a 600 dragones franceses el general Dijon. Aunque por equivocación

de los guías y cierto desarreglo que casi siempre reinaba en nuestras

marchas, no había llegado aún toda la gente de Alburquerque,

particularmente la infantería, determinó este atacar a los enemigos el

18 de febrero: los cuales advertidos por el fuego de las guerrillas

españolas evacuaron la villa de Mora, y solo fueron alcanzados camino

de Toledo. Acometiéronlos con brío nuestros jinetes, señaladamente

los regimientos de España y Pavía, mandados por sus coroneles Gámez

y príncipe de Anglona, y acosándolos de cerca se cogieron unos 80

hombres, equipajes y el coche del general Dijon.

Avisados los franceses de las cercanías de tan impensado ataque,

comenzaron a reunir fuerzas considerables, de lo que temeroso

Alburquerque se replegó a Consuegra en donde permaneció hasta el 22. En

dicho día se descubrieron los franceses por la llanura que yace delante

de la villa, y desde las nueve de la mañana estuvo jugando de ambos

lados la artillería, hasta que a las tres de la misma tarde sabedor

Alburquerque de que 11.000 infantes y 3000 caballos venían sobre él,

creyó prudente replegarse por la Cañada del puerto de Gineta. No siguió

el enemigo, parándose en el bosque de Consuegra, y los españoles se

retiraron a Manzanares descansadamente. Infundió esta excursión, aunque

de poca importancia, seguridad en el soldado, y hubiera podido ser

comienzo de otras que le hiciesen olvidar las anteriores derrotas y

dispersiones.

[Marginal: Alburquerque y Cartaojal.]

Pero en vez de pensar los jefes en llevar a cabo tan noble resolución,

entregáronse a celos y rencillas. El de Alburquerque fundadamente

insistía en que se hiciesen correrías y expediciones para adiestrar

y foguear la tropa; mas, inquieto y revolvedor, sustentaba su opinión

de modo que, enojando a Cartaojal, mirábale este con celosa ojeriza.

En tanto los franceses habían vuelto a sus antiguas posiciones, y

fortaleciéndose en el ejército español y cundiendo el dictamen de

Alburquerque, aparentó el general en jefe adherir a él; determinando

que dicho duque fuese con 2000 jinetes la vuelta de Toledo, en donde

los enemigos tenían 4000 infantes y 1500 caballos. Dobladas fuerzas que

las que estos tenían había pedido aquel para la expedición, único medio

de no aventurar malamente tropas bisoñas como lo eran las nuestras.

Por lo mismo juzgó con razón el de Alburquerque que la condescendencia

del conde de Cartaojal no era sino imaginada traza para comprometer su

buena fama; con lo cual creciendo entre ambos la enemistad, acudieron

con sus quejas a la central, sacrificando así a deplorables pasiones la

causa pública.

[Marginal: Pasa Alburquerque al ejército de Cuesta.]

Se aprobó en Sevilla el plan del duque, pero debiendo aumentarse el

ejército de Cuesta con parte del de la Mancha, por haber engrosado el

suyo en Extremadura los franceses, aprovechose Cartaojal de aquella

ocurrencia para dar al de Alburquerque el encargo de capitanear las

divisiones de los generales Bassecourt y Echávarri, destinadas a

dicho objeto. Mas compuestas ambas de 3500 hombres y 200 caballos,

advirtieron todos que con color de poner al cuidado del duque una

comisión importante, no trataba Cartaojal sino de alejarle de su lado.

Censurose esta providencia no acomodada a las circunstancias: pues

si Alburquerque empleaba a veces reprensibles manejos y se mostraba

presuntuoso, desvanecíanse tales faltas con el espíritu guerrero y

deseo de buen renombre que le alentaban.

El conde de Cartaojal había sentado su cuartel general en Ciudad Real;

extendíase la caballería hasta Manzanares ocupando a Daimiel, Torralba

y Carrión, y la infantería se alojaba a la izquierda y a espaldas de

Valdepeñas. Don Francisco Abadía, cuartel-maestre, y los jefes de las

divisiones trabajaron a porfía en ejercitar la tropa, pero faltaba

práctica en la guerra y mayor conocimiento de las grandes maniobras.

[Marginal: Avanza Cartaojal y se retira.]

Comenzó Cartaojal a moverse por su frente y avanzó el 24 de marzo

hasta Yébenes. Allí Don Juan Bernuy que mandaba la vanguardia, atacó

a un cuerpo de lanceros polacos, el cual queriendo retirarse por el

camino de Orgaz, tropezó con el vizconde de Zolina, que le deshizo

y cogió unos cuantos prisioneros. Mas entonces informado Cartaojal

de que los franceses venían por otro lado a su encuentro con fuerzas

considerables, en vano trató de recogerse a Consuegra, ocupada ya la

villa por los enemigos. Sorprendido de que le hubiesen atajado así el

paso volvió precipitadamente por Malagón a Ciudad Real, en donde entró

en 26 a los tres días de su salida, y después de haber inútilmente

cansado sus tropas.

[Marginal: Acción de Ciudad Real.]

Habían los franceses juntado a las órdenes del general Sebastiani,

sucesor en el mando del 4.º cuerpo del mariscal Lefebvre, 12.000

hombres de infantería y caballería, de los cuales divididos en dos

trozos había tomado uno por el camino real de Andalucía, en tanto

que otro partiendo de Toledo seguía por la derecha para flanquear y

envolver a los españoles que confiadamente se adelantaban. No habiendo

alcanzado su objeto, acosaron a los nuestros y los acometieron el 27

por todas partes. Desconcertado Cartaojal, sin tomar disposición alguna

dejó en la mayor confusión sus columnas, que rechazadas aquel día y

el siguiente en Ciudad Real, el Viso, Visillo y Santa Cruz de Mudela,

fueron al cabo desordenadas, apoderándose el enemigo de varias piezas

de artillería y muchos prisioneros. Las reliquias de nuestro ejército

se abrigaron de la sierra y prontamente empezaron a juntarse en

Despeñaperros y puntos inmediatos. Situose el cuartel general en Santa

Elena y los franceses se detuvieron en Santa Cruz de Mudela, aguardando

noticias del mariscal Victor, que al propio tiempo maniobraba en

Extremadura.

[Marginal: Ejército de Extremadura.]

Encargado el general Cuesta en diciembre del ejército que se había poco

antes dispersado en aquella provincia, trató con particular conato de

infundir saludable terror en la soldadesca desmandada y bravía desde el

asesinato del general San Juan, y de reprimir al populacho de Badajoz,

desbocado con las desgracias que allí ocurrieron al acabar el año. Y

cierto que si a su condición dura hubiera entonces unido Cuesta mayor

conocimiento de la milicia, y no tanto apresuramiento en batallar, con

gran provecho de la patria y realce suyo hubiera llevado a término

importantes empresas. A su solo nombre temblaba el soldado, y sus

órdenes eran cumplidas pronta y religiosamente.

[Marginal: Avanza a Almaraz.]

Rehecho y aumentado el corto ejército de su mando constaba ya a

mediados de enero de 12.000 hombres repartidos en dos divisiones y

una vanguardia. El 25 del mismo yendo de Badajoz sentó sus reales en

Trujillo, y retirándose los franceses hacia Almaraz, fueron desalojados

de aquellos alrededores, enseñoreándose el 29 del puente la vanguardia

capitaneada por Don Juan de Henestrosa. Trasladose después el general

Cuesta a Jaraicejo y Deleitosa, y dispuso cortar dicho puente como en

vano lo había intentado antes el general Galluzo. Competía aquella obra

con las principales de los romanos, fabricada por Pedro Uría a expensas

de la ciudad de Plasencia en el reinado de Carlos V. Tenía 580 pies de

largo, más de 25 de ancho y 134 de alto hasta los pretiles. Constaba

de dos ojos y el del lado del norte, cuya abertura excedía de 150

pies, fue el que se cortó. No habiendo al principio surtido efecto los

hornillos, hubo que descarnarle a pico y barreno, e hízose con tan poca

precaución que al destrabar de los sillares, cayeron y se ahogaron 26

trabajadores con el oficial de ingenieros que los dirigía. Lástima fue

la destrucción de tamaña grandeza, y en nuestro concepto arruinábanse

con sobrada celeridad obras importantes y de pública utilidad, sin que

después resultasen para las operaciones militares ventajas conocidas.

[Marginal: Pasan los franceses el Tajo.]

El general Cuesta continuó en Deleitosa hasta el mes de marzo, no

habiendo ocurrido en el intermedio sino un amago que hizo el enemigo

hacia Guadalupe, de donde luego se retiró repasando el Tajo. Mas en

dicho mes acercándose el mariscal Victor a Extremadura, se situó en el

pueblo de Almaraz para avivar la construcción de un puente de balsas

que supliese el destruido, no pudiendo la artillería transitar por

los caminos que salían a Extremadura, desde los puentes que aún se

conservaban intactos. Preparado lo necesario para llevar a efecto la

obra, juzgó antes oportuno el enemigo desalojar a los españoles de

la ribera opuesta en que ocupaban un sitio ventajoso, para cuyo fin

pasaron 13.000 hombres y 800 caballos por el puente del Arzobispo,

así denominado de su fundador el célebre Don Pedro Tenorio, prelado de

Toledo. Puestos ya en la margen izquierda, se dividieron al amanecer del

18 en dos trozos, de los cuales uno marchó sobre las Mesas de Ibor, y

otro a cortar la comunicación entre este punto y Fresnedoso. [Marginal:

Retíranse los nuestros.] Estaba entonces el ejército de Don Gregorio

de la Cuesta colocado del modo siguiente: 5000 hombres formando la

vanguardia, que mandaba Henestrosa, enfrente de Almaraz; la primera

división de menos fuerza, y a las órdenes del duque del Parque recién

llegado al ejército, en las Mesas de Ibor; la segunda de 2 a 3000

hombres mandada por Don Francisco Trías, en Fresnedoso, y la tercera,

algo más fuerte, en Deleitosa con el cuartel general, por lo que se

ve que hubo desde enero aumento en su gente. El trozo de franceses

que tomó del lado de Mesas de Ibor acometió el mismo 18 al duque

del Parque, quien después de un reencuentro sostenido se replegó a

Deleitosa, adonde por la noche se le unió el general Trías. La víspera

se había desde allí trasladado Cuesta al puerto de Miravete, en cuyo

punto se reunió el ejército español, habiéndosele agregado Henestrosa

con la vanguardia al saber que los enemigos se acercaban al puente de

Almaraz por la orilla izquierda de Tajo.

[Marginal: Ventajas conseguidas por los españoles.]

Entraron los nuestros en Trujillo el 19, y prosiguieron a Santa Cruz

del Puerto: la vanguardia de Henestrosa, que protegía la retirada,

tuvo un choque con parte de la caballería enemiga y la rechazó,

persiguiéndola con señalada ventaja camino de Trujillo. Cuesta había

pensado aguardar a los franceses en el mencionado Santa Cruz; mas

detúvole el temor de que quizá viniesen con fuerza superior a la suya.

Continuó pues retirándose con la buena dicha de que cerca de Miajadas

los regimientos del Infante y de dragones de Almansa arremetiesen al

del número 10 de caballería ligera de la vanguardia francesa y le

acuchillasen, matando más de 150 de sus soldados. [Marginal: Únese

Alburquerque a Cuesta.] Entró Cuesta en Medellín el 22, y se alejó de

allí queriendo esquivar toda pelea hasta que se le uniese el duque de

Alburquerque, lo cual se verificó en la tarde del 27 en Villanueva de

la Serena, viniendo, según en su lugar dijimos, de la Mancha.

[Marginal: Batalla de Medellín.]

Juntas todas nuestras fuerzas revolvió el general Cuesta sobre Medellín

en la mañana del 28, resuelto a ofrecer batalla al enemigo. Está

situada aquella villa a la margen izquierda de Guadiana, y a la falda

occidental de un cerro en que tiene asiento su antiguo castillo muy

deteriorado, y cuyo pie baña el mencionado río. Merece particular

memoria haber sido Medellín cuna del gran Hernán Cortés, existiendo

todavía entonces, calle de la Feria, la casa en que nació; mas después

de la batalla de que vamos a hablar, fue destruida por los franceses,

no quedando ahora sino algunos restos de las paredes. Llégase a

Medellín viniendo de Trujillo por una larga puente, y por el otro lado

ábrese una espaciosa llanura despojada de árboles, y que yace entre la

madre del río, la villa de Don Benito, y el pueblo de Mingabril. Cuesta

trajo allí su gente en número de 20.000 infantes y 2000 caballos,

desplegándose en una línea de una legua de largo, a manera de media

luna, y sin dejar la menor reserva. Constaba la izquierda, colocada

del lado de Mingabril, de la vanguardia y primera división, regidas

por Don Juan de Henestrosa y el duque del Parque: el centro avanzado,

y enfrente de Don Benito le guarnecía la segunda división del mando de

Trías; y la derecha, arrimada al Guadiana, se componía de la tercera

división del cargo del marqués de Portago, y de la fuerza traída por

el duque de Alburquerque, formando un cuerpo que gobernaba el teniente

general Don Francisco de Eguía. Situose Don Gregorio de la Cuesta en la

izquierda, desde donde por ser el terreno algo más elevado descubría la

campaña: también colocó del mismo lado casi toda la caballería, siendo

el más amenazado por el enemigo.

Eran las once de la mañana cuando los franceses, saliendo de Medellín,

empezaron a ordenarse a poca distancia de la villa, describiendo

un arco de círculo comprendido entre el Guadiana y una quebrada de

arbolado y viñedo que va de Medellín a Mingabril. Estaba en su ala

izquierda la división de caballería ligera del general Lasalle, en

el centro una división alemana de infantería, y a la derecha la

de dragones del general Latour-Maubourg, quedando de respeto las

divisiones de infantería de los generales Villatte y Ruffin. El total

de la fuerza ascendía a 18.000 infantes y cerca de 3000 caballos.

Mandaba en jefe el mariscal Victor.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (2 de 5) · 第 19 / 27 段